Gramáticas Extraterrestres — Fernando J. Ballesteros / Extraterrestrial Grammar by Fernando J. Ballesteros (spanish book edition)


Escrito en 2008 es una obra de divulgación corta y sencilla de seguir. Sin duda una de las mejores si se quiere tener conocimiento real, científico, sobre las probabilidades de vida extraterrestre, así como posibilidades de contacto y tipos de mensajes esperados. Me ha gustado especialmente lo directo y poco decorado del lenguaje usado, con los buenos razonamientos que un tema tan desconocido (y a menudo tratado sin rigor por otros) merece. Pone sobre la mesa lo que hay, lo que sabemos, diferenciando hechos de posibilidades, dejando abiertas algunas preguntas que sencillamente no sabemos, invitando al lector a pensar. Comienza con particularidades deseables que debe tener un mundo para que se desarrolle la vida (tal como la conocemos). Sigue con la historia de los proyectos SETI y cómo se buscan señales de inteligencias extraterrestres. Se habla de las famosas señales Wow!» y SHGb02+14a, de procedencia poco clara. Finalmente se habla del lenguaje en sí, cómo un ser con un equipo sensorial diferente podría o no entenderlo y algunos (pocos) mensajes que se han enviado junto a lenguajes inventados como Lincos, basados en matemáticas elementales. La última parte es muy interesante, un epílogo sobre la paradoja de Fermi: matemáticamente parece que es probable que deba haber vida extraterrestre, pero existe un gran silencio en el universo. ¿Dónde están? Se proponen diferentes soluciones. En suma, muy recomendable para quien se pregunte si somos los únicos seres autoconscientes que miran más allá de su mundo y cómo se podría contactar con otros.

Aborda desde la perspectiva científica la cuestión de si es posible que haya vida en otros planetas, y si, en caso de haberla, sería posible que llegáramos a comunicarnos, o incluso a encontrarnos. Y, con el análisis que Fernando J. Ballesteros va haciendo de estos asuntos, uno no puede dejar de maravillarse casi en cada página ante la vastedad inabarcable del tiempo y del espacio, ante el hecho de que haya aparecido la vida, de que la vida se haya hecho inteligente y de que hayamos tenido la fortuna de formar parte de todo esto, aquí, ahora… de ser fugazmente materia consciente de sí misma. Riguroso, claro y muy bien escrito.

La creencia en que existen civilizaciones extraterrestres parte del llamado principio de mediocridad. Este principio postula que la Tierra es un planeta normal, que gira alrededor de una estrella normal, que se encuentra dentro de una galaxia normal. Es decir, que no hay nada especial en nuestro mundo que lo haga único. Es una conclusión lógica a la que nos aboca la sucesión de «giros copernicanos» que ha sufrido la ciencia a lo largo de su historia, y que nos ha ido sacando de la posición central que creíamos ocupar en el Universo.
Hemos comprobado que tanto nuestra estrella, el Sol, como nuestra Galaxia, son ejemplares típicos, similares en todo a esos otros millones que hemos observado con nuestros telescopios, y nada de especial parece haber en ellos. Todo indica que también nuestro planeta y nuestro Sistema Solar deben de ser ejemplares típicos de la fauna planetaria, aunque nuestro conocimiento de los planetas que giran alrededor de otras estrellas (los llamados planetas extrasolares, o exoplanetas) todavía está en sus comienzos.
El conocimiento de cómo se formó nuestro Sistema Solar y la detección de numerosos planetas extrasolares y sistemas planetarios en formación nos revela que en la Galaxia existen innumerables mundos en los que eventualmente podría aparecer la vida. Pero una vez que tenemos un mundo formado ¿cómo de probable es que aparezca la vida en él? De nuevo, para estimar esta probabilidad, hay que partir del estudio de lo conocido. Por desgracia, en este caso muy poco es lo que conocemos con seguridad sobre la aparición de la vida en la Tierra. Sólo contamos con un conjunto de atractivas teorías y algunas pruebas químicas y geológicas.
Los materiales más antiguos que se conservan en nuestro planeta son unos circones encontrados dentro de algunas rocas del oeste de Australia. El circón es un mineral muy duro que resiste muy bien la erosión, por ello es común encontrar circones que son más antiguos que la roca que los contiene. Los del oeste australiano están datados en unos 4.400 millones de años de antigüedad. Lo interesante de ellos es que muestran pruebas químicas inequívocas de que provienen de la fusión de una roca que había sido alterada previamente por agua líquida a bajas temperaturas y cerca de la superficie. Es decir, estos circones demuestran que ya había agua líquida en la superficie de la Tierra hace 4.400 millones de años y temperaturas superficiales no muy diferentes a las actuales.
Pilbara, Australia Occidental, donde encontramos unas extraordinarias estructuras fósiles, llamadas estromatolitos. Los estromatolitos son formaciones rocosas generadas por la acción de cianobacterias, en cierto sentido análogas a los arrecifes de los corales: los restos de las bacterias se van depositando capa tras capa, creando una estructura de aspecto rocoso que crece con el tiempo. En la actualidad, hay todavía estromatolitos vivos (por cierto, también en Australia) gracias a los cuales es posible reconocer qué son estas formaciones fósiles que se encuentran en Pilbara, datadas en 3.500 millones de años de antigüedad. Aunque en la actualidad el origen biológico de estas estructuras fósiles es muy discutido, y se han propuesto varias alternativas no biológicas para explicarlas, muchos geólogos defienden el origen biológico de estas rocas, por lo que el debate continúa.

Marte en el pasado, durante la época en que se encontraba fuera de la zona de habitabilidad, tuvo agua líquida en su superficie (es lo que se conoce como paradoja del Débil Sol Joven). Por otra parte, como vamos a ver, hoy día tenemos datos que nos indican que Europa, la luna de Júpiter, posee un océano de agua líquida bajo su capa de hielo, a pesar de que está totalmente fuera de la zona de habitabilidad. Además, Júpiter y los planetas gigantes en general realizan un trabajo de estabilización del eje de sus satélites mucho mejor que el que hace la Luna con el eje de la Tierra. En realidad, ser satélite de un gigante gaseoso proporciona muchas de las ventajas listadas arriba (además de tener otras: por ejemplo, el planeta gigante puede ofrecer una pantalla eficaz contra esporádicos rayos gamma). Así que tal vez el caso particular de la Tierra, después de todo, no es más que uno de todos los posibles escenarios donde la vida puede aparecer, y sea un error concentrarse sólo en considerar réplicas exactas de la Tierra, como han hecho los defensores de la hipótesis de la Tierra Rara. Los satélites gigantes alrededor de planetas gaseosos parecen también una buena alternativa, y en el Sistema Solar abundan. En concreto, dos de ellos resultan sumamente interesantes.
En el caso de los planetas gigantes como Júpiter o Saturno, la presencia continuada de metano se debe a un ciclo cerrado de fotólisis y regeneración: en la alta atmósfera, el metano se rompe y se recombina para dar hidrocarburos más pesados que poco a poco se hunden a capas más profundas y calientes. Conforme estos hidrocarburos profundizan más, la elevada temperatura ambiente los descompone de nuevo en moléculas de metano, más ligeras, que son transportadas a las capas altas, con lo que se recupera el metano perdido. Pero semejante ciclo no es posible en los mundos rocosos como la Tierra o Titán. ¿De dónde procede entonces el metano? En el caso de la Tierra, el metano que existe en nuestra atmósfera se debe a la acción de los los seres vivos; es un producto de desecho de la digestión bacteriana. Sin vida, no quedaría nada de metano en la atmósfera terrestre.
¿Y en Titán? Casi es inevitable pensar que en esa atmósfera tan reductora no se hayan formado exóticos organismos que, como en la Tierra, sean los causantes del metano atmosférico. Pero con unas temperaturas superficiales tan bajas, es imposible tener agua líquida. En su lugar se ha barajado la hipótesis de que haya lagos o mares de amoniaco, o de mezclas de amoniaco y metano, que con esa presión atmosférica y temperatura pueden permanecer líquidos en la superficie, desempeñando un papel equivalente al del agua.
Los dos rover marcianos, en su exploración de más de dos años de la superficie de Marte, también nos hablan de un pasado con abundante agua líquida, y han encontrado a su paso numerosas pruebas geológicas y químicas que sólo se pueden explicar con la presencia de agua superficial, no durante un corto período de tiempo, sino durante millones de años: estratos sedimentarios, concreciones de materiales inicialmente disueltos en agua que después precipitaron sobre roca porosa, y abundantes minerales (como la jarosita) que sólo se pueden formar en presencia de agua líquida.
Pero ¿dónde está el agua? De todas las regiones de Marte, el único lugar donde hay agua de manera evidente es en los casquetes polares. Sin embargo, un rápido cálculo basta para darse cuenta de que en los casquetes no hay ni de lejos agua suficiente para explicar todas las muestras de actividad hídrica encontradas en el planeta.

Las primeras búsquedas de inteligencia extraterrestre, a finales del siglo XIX, se centraron por motivos obvios en nuestro Sistema Solar. Por supuesto, el planeta Marte fue el objetivo principal de las mismas; recordemos que Giovanni Schiaparelli había «descubierto» en 1877 los canales marcianos, cautivando a muchos contemporáneos. Entre ellos, Percival Lowell, un adinerado matemático apasionado por la astronomía.
Hay gente que cree que el destino está escrito en las estrellas. Por supuesto, están completamente equivocados. Sin embargo, lo que sí es cierto es que el destino de las propias estrellas está escrito… en su masa. En efecto, el sino que sufrirá una estrella depende de la cantidad de masa que posea. Una estrella de poca masa, o de masa media como el Sol, está destinada a consumir lentamente su combustible nuclear, el hidrógeno (más lentamente cuanto menos masa tenga), hasta que, en los últimos días de su vida se hinche, y se convierta en una gigante roja. Pero ésta será la última fanfarronada de la estrella porque, poco después, volverá a contraerse sobre sí misma para convertirse en un minúsculo rescoldo denso y caliente llamado enana blanca. Una vida relativamente tranquila, como corresponde a una estrella de buenas maneras.
Pero las estrellas de masa alta (varias veces la masa del Sol) tienen una vida más alocada. Como un «rebelde sin causa», viven intensa y rápidamente consumiendo desenfrenadamente su combustible nuclear para, tras una breve juventud, morir de forma espectacular.
Algunos investigadores de SETI creen poco probable que detectemos señales que sean fugas no intencionadas de sus emisiones (equivalentes a nuestras emisiones de radio o televisión, que están escapando del Sistema Solar a la velocidad de la luz). El argumento es que tales tipos de transmisiones de alta potencia son una pérdida de energía, que con el tiempo se tiende a contrarrestar. En la misma Tierra, las potentes transmisiones analógicas de televisión están siendo sustituidas por transmisiones digitales de poca potencia, o por redes de fibra óptica, por lo que quizá la época en que una civilización emite estas fugas es de corta duración. No obstante, algunas emisiones podrían durar mucho tiempo, por ejemplo, radares para el control del tráfico de naves o para monitorizar meteoritos. Aun así, estos investigadores creen más probable la detección de una señal intencionada, de un mensaje.
Una manera de aumentar el carácter artificial de una señal intencionada sería incluir una señal de llamada, algo que fuera imposible que ningún fenómeno físico produjera como, por ejemplo, que la modulación principal consistiera en una serie de números primos: 2 pulsos, 3 pulsos, 5, 7, 11…

SERENDIP es uno de los proyectos SETI más antiguos y que más tiempo lleva en funcionamiento, pero el récord lo tiene el programa SETI de la Universidad Estatal de Ohio, en Columbus. El programa de esta universidad comenzó en 1973 a escuchar señales de radio usando el radiotelescopio Big Ear (Gran Oreja, llamado así por su forma y tamaño), que se convertía así en el primer radiotelescopio en buscar de manera continua señales de civilizaciones extraterrestres. Ha sido también hasta el momento el programa SETI más largo, ya que ha funcionado ininterrumpidamente durante la friolera de 22 años.
Pero si por algo es conocido este radiotelescopio es por haber detectado en 1977 la famosa señal Wow!, una señal de radio particularmente intensa detectada.
Las ondas de radio parecen ser unas excelentes candidatas para la comunicación interplanetaria, debido a que la Galaxia es muy transparente a ellas. Pero el problema radica en primer lugar en cómo distinguir si la señal que nos llega es artificial o natural. Cuando sintonizamos un receptor de radio y dirigimos su antena al cosmos, recogemos cientos de señales diferentes. Algunas de ellas son muy sugerentes, y pese a su origen natural, al oírlas uno está casi tentado de creer que se trata de emisiones de otras civilizaciones.
Éste es el caso de los chorus de la ionosfera, ondas de radio producidas por vibraciones naturales de los cinturones de Van Allen de la Tierra, y que resultan en bellos (y espeluznantes) cantos de sirena, fácilmente sintonizables en torno a los 10 kHz por una radio de onda larga. Cuando el Sol está especialmente activo y se producen las auroras, los chorus son más intensos y fáciles de escuchar.
Aunque exista una incomprensión fundamental entre nuestra inteligencia y las inteligencias alienígenas, la mera detección de cualquier señal proveniente de una civilización extraterrestre, por indescifrable que fuera, será suficiente revulsivo para trastocar completamente nuestra sociedad y nuestra escala de valores, pues demostraría que no somos los únicos, que no somos la única posibilidad que tiene el Universo de conocerse a sí mismo, que hay alguien más.

¿Pero realmente hay alguien más? Y si lo hay, ¿por qué todavía no sabemos nada de ellos? Esta cuestión de apariencia trivial no es tan fácil de responder como parece. Se la conoce con el nombre de la paradoja de Fermi, o también como el Gran Silencio. Su formulación más habitual suele ser una sencilla pregunta que en el verano de 1950 hizo el conocido físico italiano Enrico Fermi.
¿Pero por qué esta pregunta es una paradoja? Para empezar, porque la vida tiende de forma natural a expandirse. De lo contrario, se extinguiría. Supongamos una especie que produce cada generación un número de descendientes menor que el de progenitores.
Tal vez no seamos los primeros seres inteligentes de la Galaxia, pero sí los primeros (o los únicos) que han desarrollado una civilización tecnológica. Quizá el verdadero cuello de botella está en realidad en el desarrollo de la tecnología. Tal vez, de todos los seres inteligentes que tiene la Galaxia, nosotros hemos sido los únicos que a la vez cuentan con capacidad instrumental y con un lenguaje simbólico desarrollado. O puede que sólo nuestro tipo de matemáticas haya permitido el desarrollo tecnológico necesario para construir naves espaciales y radiotelescopios (aunque no está claro por qué ninguna de estas dos cosas debería ser así). O tal vez el motivo sea más básico: sólo en nuestro mundo se ha conquistado el fuego, un paso previo que muchos creen indispensable para el inicio de una civilización tecnológica.
Incluso la posibilidad de que las civilizaciones sí se estén extendiendo por la Galaxia. Hay quienes defienden la existencia de mecanismos que, aun permitiendo un crecimiento del número de colonias, impidan que éste sea exponencial. Por ejemplo, puede que una civilización con viajes espaciales no se decida a pasar a la siguiente estrella hasta que no se consuman todos los recursos de un sistema estelar, abandonándolo tras ellos, de forma similar a los extraterrestres de la película Independence day. El aumento del número de planetas así visitados sería lineal, no exponencial. Aunque esta solución tiene dos problemas. Uno, de nuevo el de la uniformidad: todas las civilizaciones con viajes interestelares deberían comportarse así. El otro, que habrían de tener un control de natalidad férreo para asegurar que la población estuviera siempre dentro de los límites que puede mantener un sistema estelar.
El físico y escritor de ciencia ficción Geoffrey Landis ha ideado una ingeniosa solución en la que el número de planetas colonizados crece, pero de manera fractal. La clave está en que no todas las colonias se conviertan en nuevas fuentes de colonización, sino que algunas pierdan el interés por seguir colonizando. Dependiendo de cuál sea la probabilidad de que una colonia sea fuente de nuevas colonias, la evolución del proceso será distinta.

Casi con completa seguridad Oannes y su pueblo no son más que divinidades marinas, al estilo de Neptuno y los tritones, si bien no deja de ser curioso que se los defina como «animales» (en otros fragmentos, como «semidemonios», e incluso como «cosas») y no como dioses. Resulta difícil sustraerse al encanto de esta leyenda y uno puede fácilmente dejarse seducir por la idea de que la primera civilización que hubo en nuestro mundo, allá entre el Éufrates y el Tigris, recibió un empujoncito de unos visitantes extraterrestres establecidos en una base submarina bajo el Golfo Pérsico, lo que nos llevó a nuestra actual civilización. Una idea muy en la línea del cuento corto «Encuentro en la aurora» de Arthur C. Clarke.
Tras varias décadas de estudio del fenómeno ovni, la realidad es que no existe ni la más mínima prueba objetiva de que ese «fenómeno» tenga que ver con viajeros del espacio, sino más bien con la psicología, o incluso la psiquiatría. De hecho, las historias sobre ovnis, aterrizajes y abducciones se parecen sospechosamente mucho a las antiguas historias sobre hadas y elfos del bosque (o a las apariciones marianas), e informan más sobre el funcionamiento de la psique humana que sobre la vida en el Universo. Por su parte, el comportamiento acientífico, completamente falto de rigor, paranoico, tendente al autoengaño y en muchos casos aprovechado y ruin, de los defensores e «investigadores» del fenómeno ovni, hace que la ufología entre de lleno en la clasificación de pseudociencia con todos los «honores».

La ecuación de Drake tuvo su origen en la reunión de 1961 organizada por Frank Drake, considerada a menudo el primer congreso sobre SETI. Para tener una agenda que seguir en esta reunión, Drake formuló una ecuación, que resumía todos los puntos que él consideraba relevantes para la búsqueda de inteligencias extraterrestres. Su resultado daba una estimación de la cantidad de civilizaciones en nuestra Galaxia, susceptibles de poseer emisiones de radio detectables. Esa ecuación es la famosa ecuación de Drake:

N = R · fp · ne · fl · fi · fc · L

donde N es el número de civilizaciones detectables. Los otros factores de la ecuación son:
R: la tasa de formación estelar.
fp: la fracción de estrellas que poseen planetas.
ne: el número promedio de planetas por sistema planetario que tienen condiciones adecuadas para que surja la vida.
fl: la fracción de estos planetas en los que realmente surge la vida.
fi: la fracción de planetas habitados en los que surge la inteligencia.
fc: la fracción de planetas con inteligencia capaces de establecer comunicaciones interestelares.
L: el tiempo medio en el cual tales civilizaciones son detectables (también llamado a veces ventana de contacto).

Hay que darse cuenta de que la ecuación de Drake no da una estimación del número de civilizaciones en la Galaxia, sino del número de civilizaciones con una tecnología que las haga detectables mediante ondas de radio o algún medio similar. A fin de cuentas, es lo que realmente le importa a SETI. Una civilización avanzada que no posea una tecnología que la haga evidente y que nunca se nos dé a conocer a través de SETI no cuenta para estos cálculos. Dando los valores adecuados a estos parámetros, es posible calcular cuántas civilizaciones hay actualmente en la Galaxia.
Los parámetros están ordenados de menos especulativos a más.

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Written in 2008, it is a short and simple work to follow. Undoubtedly one of the best if you want to have real, scientific knowledge about the probabilities of extraterrestrial life, as well as possibilities of contact and types of expected messages. I especially liked the direct and poorly decorated language used, with the good reasoning that such an unknown topic (and often treated without rigor by others) deserves. It puts on the table what there is, what we know, differentiating facts from possibilities, leaving open some questions that we simply do not know, inviting the reader to think. It begins with desirable particularities that a world must have for life to develop (as we know it). Continue with the history of SETI projects and how signals from extraterrestrial intelligences are sought. We talk about the famous Wow! «And SHGb02 + 14a signals, of unclear origin. Finally we talk about the language itself, how a being with a different sensory equipment may or may not understand it and some (few) messages that have been sent together to invented languages like Lincos, based on elementary mathematics. The last part is very interesting, an epilogue about Fermi’s paradox: mathematically it seems that there is likely to be extraterrestrial life, but there is great silence in the universe. Different solutions are proposed, in short, highly recommended for those who wonder if we are the only self-conscious beings who look beyond their world and how to contact others.

From the scientific perspective, it deals with the question of whether it is possible that there is life on other planets, and if, if there were one, it would be possible for us to communicate, or even find ourselves. And, with the analysis that Fernando J. Ballesteros is making of these matters, one cannot stop marveling almost on each page in the face of the unbeatable vastness of time and space, given the fact that life has appeared, that life she has become intelligent and that we have been fortunate to be part of all this, here, now … to be fleetingly self-aware matter. Rigorous, clear and very well written.

The belief that there are extraterrestrial civilizations is based on the so-called mediocrity principle. This principle postulates that Earth is a normal planet, which revolves around a normal star, which is within a normal galaxy. That is, there is nothing special in our world that makes it unique. It is a logical conclusion that leads us to the succession of «Copernican turns» that science has suffered throughout its history, and that has taken us out of the central position that we believed to occupy in the Universe.
We have verified that both our star, the Sun, and our Galaxy, are typical specimens, similar in all to those other millions that we have observed with our telescopes, and nothing special seems to be in them. Everything indicates that our planet and our Solar System must also be typical examples of planetary fauna, although our knowledge of the planets that revolve around other stars (the so-called extrasolar planets, or exoplanets) is still in its infancy.
The knowledge of how our Solar System was formed and the detection of numerous extrasolar planets and planetary systems in formation reveals that in the Galaxy there are innumerable worlds in which life could eventually appear. But once we have a world formed, how likely is life to appear in it? Again, to estimate this probability, we must start from the study of the known. Unfortunately, in this case very little is what we know for sure about the appearance of life on Earth. We only have a set of attractive theories and some chemical and geological tests.
The oldest materials that are preserved on our planet are zircons found within some rocks of western Australia. Zircon is a very hard mineral that resists erosion very well, so it is common to find zircons that are older than the rock that contains them. Those of Western Australia are dated to about 4.4 billion years old. The interesting thing about them is that they show unequivocal chemical evidence that they come from the melting of a rock that had previously been altered by liquid water at low temperatures and near the surface. That is, these zircons show that there was already liquid water on the Earth’s surface 4,400 million years ago and surface temperatures not very different from today.
Pilbara, Western Australia, where we find extraordinary fossil structures, called stromatolites. Stromatolites are rock formations generated by the action of cyanobacteria, in a sense analogous to coral reefs: the remains of bacteria are deposited layer after layer, creating a rocky-looking structure that grows over time. At present, there are still live stromatolites (by the way, also in Australia) thanks to which it is possible to recognize what are these fossil formations found in Pilbara, dated 3.5 billion years old. Although currently the biological origin of these fossil structures is much discussed, and several non-biological alternatives have been proposed to explain them, many geologists defend the biological origin of these rocks, so the debate continues.

Mars in the past, during the time it was outside the habitability zone, had liquid water on its surface (this is what is known as the Young Sun Weak paradox). On the other hand, as we are going to see, today we have data that tell us that Europe, the moon of Jupiter, has an ocean of liquid water under its ice sheet, although it is totally outside the habitability zone. In addition, Jupiter and the giant planets in general perform a work of stabilizing the axis of their satellites much better than the one that the Moon does with the Earth’s axis. Actually, being a satellite of a gas giant provides many of the advantages listed above (in addition to having others: for example, the giant planet can offer an effective screen against sporadic gamma rays). So perhaps the particular case of the Earth, after all, is nothing more than one of all the possible scenarios where life can appear, and it is a mistake to concentrate only on considering exact replicas of the Earth, as defenders have done of the Rare Earth hypothesis. Giant satellites around gaseous planets also seem a good alternative, and in the Solar System they abound. Specifically, two of them are extremely interesting.
In the case of giant planets such as Jupiter or Saturn, the continued presence of methane is due to a closed cycle of photolysis and regeneration: in the high atmosphere, methane breaks and recombines to give heavier hydrocarbons that are gradually they sink to deeper and hotter layers. As these hydrocarbons go deeper, the high ambient temperature breaks them down into lighter methane molecules, which are transported to the upper layers, thereby recovering the lost methane. But such a cycle is not possible in rocky worlds like Earth or Titan. Where does methane come from then? In the case of the Earth, the methane that exists in our atmosphere is due to the action of living beings; It is a waste product of bacterial digestion. Without life, there would be no methane left in the Earth’s atmosphere.
And on Titan? It is almost inevitable to think that in such a reducing atmosphere exotic organisms have not been formed that, as on Earth, are the cause of atmospheric methane. But with such low surface temperatures, it is impossible to have liquid water. Instead, the hypothesis that there are lakes or seas of ammonia, or mixtures of ammonia and methane, that with that atmospheric pressure and temperature can remain liquid on the surface, playing a role equivalent to that of water has been considered.
The two rover Martians, in their exploration of more than two years of the surface of Mars, also speak to us of a past with abundant liquid water, and have found in their path numerous geological and chemical tests that can only be explained with the presence of surface water, not for a short period of time, but for millions of years: sedimentary strata, concretions of materials initially dissolved in water that later precipitated on porous rock, and abundant minerals (such as jarosite) that can only form in the presence of liquid water.
But where is the water? Of all the regions of Mars, the only place where there is water is obviously in the polar caps. However, a quick calculation is enough to realize that in the ice caps there is not enough water far enough to explain all the samples of water activity found on the planet.

The first searches for extraterrestrial intelligence, at the end of the 19th century, focused on obvious motives in our Solar System. Of course, the planet Mars was their main objective; remember that Giovanni Schiaparelli had «discovered» in 1877 the Martian canals, captivating many contemporaries. Among them, Percival Lowell, a wealthy mathematician passionate about astronomy.
There are people who believe that destiny is written in the stars. Of course, they are completely wrong. However, what is certain is that the fate of the stars themselves is written … in their mass. Indeed, the fate that a star will suffer depends on the amount of mass it possesses. A star of low mass, or of medium mass like the Sun, is destined to slowly consume its nuclear fuel, hydrogen (more slowly the less mass it has), until, in the last days of its life it swells, and becomes In a red giant. But this will be the last bluff of the star because, shortly thereafter, it will contract on itself to become a tiny, dense, hot embers called a white dwarf. A relatively quiet life, as befits a star in good ways.
But high-mass stars (several times the mass of the Sun) have a crazier life. As a «rebel without a cause,» they live intensely and rapidly consuming their nuclear fuel rampantly to, after a brief youth, die spectacularly.
Some SETI researchers believe it is unlikely that we will detect signals that are unintended leaks of their emissions (equivalent to our radio or television broadcasts, which are escaping from the Solar System at the speed of light). The argument is that such types of high-power transmissions are a waste of energy, which over time tends to counteract. On the same Earth, powerful analog television transmissions are being replaced by low-power digital transmissions, or fiber optic networks, so perhaps the time when a civilization emits these leaks is short-lived. However, some emissions could last a long time, for example, radars for the control of ship traffic or for monitoring meteorites. Even so, these investigators believe more likely the detection of an intentional signal, of a message.
One way to increase the artificial character of an intentional signal would be to include a call signal, something that would be impossible for any physical phenomenon to produce such as, for example, that the main modulation consisted of a series of prime numbers: 2 pulses, 3 pulses, 5, 7, 11 …

SERENDIP is one of the oldest and longest running SETI projects, but the record is held by the SETI program at the Ohio State University in Columbus. The program of this university began in 1973 to listen to radio signals using the Big Ear radio telescope (named for its shape and size), which became the first radio telescope to continuously search for signals from extraterrestrial civilizations. It has also been the longest SETI program so far, as it has worked continuously for a whopping 22 years.
But if this radio telescope is known for anything, it is for having detected in 1977 the famous Wow! Signal, a particularly strong radio signal detected.
Radio waves seem to be excellent candidates for interplanetary communication, because the Galaxy is very transparent to them. But the problem lies first in how to distinguish whether the signal that reaches us is artificial or natural. When we tune a radio receiver and direct its antenna to the cosmos, we collect hundreds of different signals. Some of them are very suggestive, and despite their natural origin, hearing them one is almost tempted to believe that they are emissions from other civilizations.
This is the case of the chorus of the ionosphere, radio waves produced by natural vibrations of the Van Allen belts of the Earth, and resulting in beautiful (and spooky) siren songs, easily tunable at around 10 kHz per A long wave radio. When the Sun is especially active and auroras occur, chorus is more intense and easy to hear.
Although there is a fundamental misunderstanding between our intelligence and the alien intelligences, the mere detection of any signal from an extraterrestrial civilization, however indecipherable it may be, will be revulsive enough to completely disrupt our society and our scale of values, as it would show that we are not unique, that we are not the only possibility for the Universe to know itself, that there is someone else.
Even the possibility that civilizations are spreading throughout the Galaxy. There are those who defend the existence of mechanisms that, even allowing a growth in the number of colonies, prevent it from being exponential. For example, a civilization with space travel may not decide to move on to the next star until all the resources of a star system are consumed, leaving it behind them, similar to the aliens in the movie Independence Day. The increase in the number of planets so visited would be linear, not exponential. Although this solution has two problems. One, again that of uniformity: all civilizations with interstellar travel should behave like this. The other, that they would have to have a strict birth control to ensure that the population was always within the limits that a star system can maintain.
The physicist and science fiction writer Geoffrey Landis has devised an ingenious solution in which the number of colonized planets grows, but in a fractal way. The key is that not all colonies become new sources of colonization, but some lose interest in continuing to colonize. Depending on the probability that a colony is a source of new colonies, the evolution of the process will be different.

Almost with complete certainty, Oannes and his people are nothing more than marine divinities, in the style of Neptune and the Tritons, although it is still curious that they are defined as «animals» (in other fragments, such as «semi-demons», and even as «things») and not as gods. It is difficult to escape the charm of this legend and one can easily be seduced by the idea that the first civilization in our world, there between the Euphrates and the Tigris, received a push from extraterrestrial visitors established in an underwater base under the Persian Gulf, which led us to our current civilization. An idea in line with the short story «Encounter in the dawn» by Arthur C. Clarke.
After several decades of studying the UFO phenomenon, the reality is that there is not even the slightest objective evidence that this «phenomenon» has to do with space travelers, but rather with psychology, or even psychiatry. In fact, stories about UFOs, landings and abductions resemble suspiciously much like the ancient stories about fairies and forest elves (or Marian apparitions), and inform more about the functioning of the human psyche than about life in the Universe. On the other hand, the unscientific behavior, completely lacking in rigor, paranoid, tending towards self-deception and in many cases taking advantage and ruin, of the defenders and «researchers» of the UFO phenomenon, makes ufology fully enter the pseudoscience classification with All «honors».

Drake’s equation had its origin in the 1961 meeting organized by Frank Drake, often considered the first congress on SETI. To have an agenda to follow at this meeting, Drake formulated an equation, which summarized all the points he considered relevant for the search for extraterrestrial intelligences. Its result gave an estimate of the number of civilizations in our Galaxy, which could have detectable radio emissions. That equation is Drake’s famous equation:

N = R · fp · ne · fl · fi · fc · L

where N is the number of detectable civilizations. The other factors in the equation are:
R: the star formation rate.
fp: the fraction of stars that have planets.
ne: the average number of planets per planetary system that have adequate conditions for life to arise.
fl: the fraction of these planets on which life really arises.
fi: the fraction of inhabited planets in which intelligence arises.
fc: the fraction of planets with intelligence capable of establishing interstellar communications.
L: the average time in which such civilizations are detectable (also sometimes called a contact window).

It must be realized that the Drake equation does not give an estimate of the number of civilizations in the Galaxy, but of the number of civilizations with a technology that makes them detectable by radio waves or some similar means. After all, it really matters to SETI. An advanced civilization that does not possess a technology that makes it evident and that is never made known to us through SETI does not count towards these calculations. By giving the appropriate values to these parameters, it is possible to calculate how many civilizations are currently in the Galaxy.
The parameters are ordered from less speculative to more.

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