Cobayas Atómicos. Los Experimentos Radioactivos Con Humanos Que Ocultó Estados Unidos — Eileen Welsome / The Plutonium Files: America’s Secret Medical Experiments in the Cold War by Eileen Welsome

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En primer lugar, este libro es LARGO, así que no lo intentes a menos que tengas tiempo para dedicarlo. Estaba debatiendo si Welsome podría cortar algo de los antecedentes del Proyecto Manhattan, Los Álamos, los bombardeos japoneses, etc. pero después de mucha reflexión, he concluido que probablemente cortó tanto como pudo sin perder la narrativa para los no iniciados. Por supuesto, si ya está bien versado en los antecedentes históricos, gran parte será repetitivo, pero en el contexto de la experimentación humana, los hilos se unen de manera muy interesante. Otros críticos encontraron que el elenco masivo de personajes era difícil de manejar, pero una vez más, si alguna vez has leído algo sobre el Proyecto Manhattan, has abordado este problema ya que había numerosos científicos involucrados en todos los aspectos.

Entonces, si puedes manejar la narrativa larga, complicada y saturada de elenco, este libro es MUY convincente. Extremadamente deprimente a veces, pero una parte importante de la historia de los Estados Unidos que NECESITA ser compartida para evitar que vuelva a suceder.
Lectura obligatoria. Quite, por un lado, que el programa nuclear y su prolífica explosión de ojivas nucleares han contaminado a millones de seres humanos … lo que no quiere decir que todos hemos estado expuestos a niveles mortales, sino que la excusa y la representación fueron las pruebas. eran necesarios por lo tanto, nuestro gobierno decidió marcarnos a todos como asumiendo los riesgos por el bien de la seguridad. Pero esto se convirtió en una pregunta planteada, bajo un manto de secreto que permitió que cualquier experimento o prueba fuera aprobada, «para la seguridad nacional». Entonces, todos los mecanismos del experimento podrían estar ocultos.
Supongamos, por una segunda cosa, que los médicos que supervisaron la experimentación humana a menudo hablaron de manera bastante inconsciente en términos que hicieron evidentes sus creencias jerárquicas: que pensaban que algunas personas tenían menos derechos naturales que otras; que podrían concebir sacrificar, por dictado, a los participantes inconscientes por «la causa».
Quite, por una tercera cosa, que nos encontraremos aquí nuevamente. Si los estadounidenses no son vigilantes, veremos más pruebas nucleares, más de la representación que de alguna manera los datos obtenidos de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki; de soldados, marineros y pilotos a quienes se les ordenó «limpiar» y participar en ejercicios; y de las víctimas de los muchos accidentes, los experimentos, pruebas y producción de armas nucleares y sus componentes engendrados, no son suficientes … que se necesitan más «pruebas». Por seguridad.

Los experimentos de radiación en soldados empezaron en 1951, cuando comenzaron las pruebas sobre el terreno en Nevada. Continuaron hasta 1962, año en que se interrumpieron. Se emplearon efectivos militares en pruebas psicológicas, en experimentos de descontaminación y en estudios sobre ceguera repentina, sobre vuelos en nubes radiactivas y sobre medición de radioisótopos en los fluidos corporales.
Muchos de los experimentos militares también resultaron ser recurrentes y estar mal planificados. Thomas Shipman, el científico de Los Álamos que dirigió la División de Salud del laboratorio durante gran parte de la Guerra Fría, se quejó en 1952 de que algunos de los estudios de las fuerzas armadas parecían ser «los mismos castaños de siempre que ardían una y otra vez».
Con el viaje a Italy, Texas, arrancó el proceso de transformar los números de los pacientes de plutonio en seres humanos. CAL-3 no era un simple animalito de laboratorio que proporcionó a los científicos un montón de datos sobre los depósitos de plutonio en los músculos y los huesos.

Todos los médicos sabían que el plutonio sería sumamente peligroso, aunque no supuso un gran problema durante buena parte del año 1943 porque había muy poco. Al principio, la mayor parte del material producido por el ciclotrón se enviaba a Chicago. Los científicos de Los Álamos estaban obligados a utilizar isótopos de «sustitución», como, por ejemplo, el uranio, para llevar a cabo sus estudios químicos mientras esperaban a que el reactor de grafito de Oak Ridge se pusiera en funcionamiento.
El Proyecto Manhattan también se enfrentarían a la contaminación con plutonio, el problema parecía ser especialmente grave en Los Álamos, que era responsable no solo de diseñar y montar la bomba, sino también de la última etapa de purificación y formato del metal de plutonio. Como era muy consciente de la tragedia con las mujeres que pintaban relojes, Louis Hempelmann y sus colegas de Los Álamos hicieron todo lo que estaba en sus manos para prepararse para el plutonio. Organizaron conferencias e hicieron circular prospectos con instrucciones de seguridad, obligaron a los empleados a llevar mono, botas y gorros de cirujano, pidieron unas cubiertas de vidrio para los escritorios de los empleados que trabajaban con plutonio, instalaron puertas correderas para eliminar la contaminación de los pomos «calientes», e importaron mecanismos de monitorización, ambientadores y respiradores…

* Cinco días después de la inyección —y casi tres semanas después del accidente—, los huesos de Ebb ya se habían curado. La operación permitió a los científicos lograr un aspecto de máxima importancia para el experimento: obtener muestras de hueso de Ebb después de que el plutonio hubiera circulado en su organismo. Las muestras revelaron que, efectivamente, el plutonio se había depositado en los huesos. En uno de los fragmentos, los científicos detectaron ochenta y dos recuentos por minuto. También le arrancaron quince dientes a Ebb, supuestamente porque sufría una inflamación de las encías y varias caries. Los dientes, así como partes de su tejido de las encías y la mandíbula, fueron analizados para detectar contenido en plutonio. El plutonio también se almacena en la mandíbula, donde se encaja la dentadura.

La radiación de la prueba de Trinity se difundió mucho más allá de lo que cualquier alarmista como Warren se atrevía a imaginar. Se detectó radiación a casi dos mil kilómetros de distancia, en el río Wabash en Vincennes, Indiana. Cuando los furiosos directivos de Eastman Kodak alegaron que las partículas radiactivas del agua del río se habían absorbido en el papel utilizado en sus envases y creaba unas diminutas motas negras en la película fotográfica, los científicos atómicos obtuvieron sus primeros datos fidedignos sobre cuán lejos podía registrarse la radiación.

Mientras se administraban las inyecciones de uranio, Langham siguió insistiéndole a Samuel Bassett para que recogiera más muestras de orina y de sangre de los pacientes inyectados con plutonio cuando volvieran a ingresar en el hospital. Se obtuvieron muestras adicionales del hemofílico William Purcell cuando regresó al hospital a principios de enero de 1946 por un sangrado en el tracto intestinal. También se recogieron muestras de John Mousso, el residente de East Rochester, cuando volvió a ingresar en el centro hospitalario. Eda Schultz Charlton, una viuda solitaria y deprimida, resultó ser uno de sus sujetos más productivos.
En 1946, seis empleados del Met Lab bebieron una solución con plutonio preparada por Edwin Russell. Probablemente, el estudio se realizó para que los científicos pudieran confirmar que el plutonio no era absorbido fácilmente por el tracto gastrointestinal. Uno de los voluntarios fue Robert Carr Milham, de Augusta, Georgia. En el momento de escribir este libro tiene más de setenta años y goza de buena salud, y en 1995 Milham comentó estar plenamente informado acerca de la naturaleza del experimento. La bebida tenía un gusto parecido a la «limonada —añadió—. Creo que algunas personas que estaban en fase terminal participaron en este experimento antes que nosotros».
Cuando el Proyecto Manhattan empezó a distribuir sus isótopos radiactivos en 1946, los científicos que querían emplear los materiales en seres humanos tenían que presentar una petición a un grupo conocido como Subcomité sobre Aplicaciones Humanas. En cierto momento, entre los miembros del comité se encontraban Hymer Friedell, Andrew Dowdy, Joseph Hamilton y Paul Aebersold, el científico que había ayudado a Robert Stone en su experimento con neutrones anterior a la guerra y que fue asignado para ayudar a Stafford Warren en Trinity. Apodado «Señor Isótopo», Aebersold fue casi un fanático en su apoyo al programa. El científico Merril Eisenbud, uno de los especialistas de la CEA en lluvia radiactiva, tildó a Aebersold de «loco» al cabo de unos años. Eisenbud añadió: «Se suicidó, un hecho que probablemente supone la culminación de su locura. Pero era muy fanático acerca de la importancia de los radioisótopos y lo que esto iba a hacer por ti».
Existen escasos informes del subcomité. Pero se han hallado documentos que demuestran que el subcomité desarrolló sus propias normas acerca de la investigación con trazadores. Podían emplearse dosis altas de radionucleidos en pacientes terminales y en sujetos con discapacidad intelectual, según dictaminó el grupo de expertos. Pero para 1949 se desaconsejaba el uso de sustancias radiactivas en niños sanos y mujeres embarazadas. Para más de ochocientas mujeres de Nashville, en Tennessee, a quien se les suministraron «cócteles» de hierro radiactivo para beber en una clínica a la que acudían para someterse a las acostumbradas revisiones prenatales, esta recomendación llegó varios años tarde.

Los documentos que no fueron desclasificados hasta mediados de la década de 1990 revelan que en 1951, el año en que empezaron a caer bombas sobre Nevada, Shields Warren albergaba una gran inquietud por los riesgos sobre la salud de la lluvia radiactiva. Cuando surgió la controversia sobre esta cuestión, se había comprometido firmemente con la idea de que, fueran cuales fueran los riesgos, las pruebas eran necesarias para mantener Estados Unidos a salvo de la Unión Soviética y de un mundo dominado por el comunismo.
Entre 1959 y 1985, las partes del cuerpo de 1.712 seres humanos, incluidos una docena de cadáveres enteros, fueron enviadas a Los Álamos y analizadas por su contenido en plutonio. En un principio, el objetivo del proyecto era ver si la cantidad de plutonio en trabajadores de instalaciones nucleares fallecidos coincidían con las cantidades predichas a partir de los registros de exposición.
Los investigadores de Los Álamos obtuvieron órganos y cadáveres de personas que murieron en otras partes del país para que sirvieran de «grupo de control». Estos análisis también ayudaron a los científicos a calcular cuánto plutonio estaba acumulando el pueblo americano a partir de las pruebas de las bombas. Los órganos humanos se secaron en hornos, se redujeron a cenizas y luego se disolvieron en una solución ácida para poder analizarlos. Durante muchos años se practicó autopsias a cualquier persona que muriera en la ciudad de Los Álamos, incluidos los visitantes, a quienes el patólogo Clarence Lushbaugh llamó «extras».

Los médicos militares nunca hallaron un marcador fiable y al final tuvieron que confiar en los mismos síntomas de enfermedad por radiación que habían visto en las víctimas más graves de los bombardeos de Japón: inicio, gravedad y duración de las náuseas, vómitos, anorexia y pérdida de cabello. A día de hoy, estos son los mejores indicadores del grado de radiación al que una persona ha quedado expuesta.
En 1969, los Institutos Nacionales de Salud [NIH, por sus siglas en inglés] rechazaron financiar el experimento por «motivos éticos». Los NIH volvieron a declinar la financiación del experimento en 1973. A pesar de estos rechazos, Donald Chalkley, descrito en artículos de prensa como el «guardián ético» de los NIH, alabó posteriormente el experimento de Cincinnati, alegando que había supuesto «una contribución significativa a nuestro armamento contra el cáncer metastásico».

El 17 de agosto de 1963, los testículos del primer reo de Oregón fueron bombardeados con 200 rads de radiación por un aparato de aspecto poco agradable que había sido diseñado por Heller y sus colegas. La máquina estaba compuesta de dos armazones naranjas montados sobre unas ruedas para poder moverla mejor. Cada uno de esos armazones contenía una unidad de rayos X dentro de una caja revestida de plomo. Entre las dos cajas había una pequeña taza de plexiglás llena de agua.
Los penes de los sujetos de la prueba se sujetaban con cinta adhesiva a sus estómagos y un trozo de sábana de un centímetro y medio de ancho y varios centímetros de largo se ataba por encima de los testículos para apartarlos del cuerpo. Luego los hombres se tumbaban boca abajo sobre la máquina y colocaban sus órganos sobre la taza. La temperatura del agua se mantenía a 32 ºC aproximadamente para favorecer la caída de los testículos y asegurarse de que la radiación se distribuía por igual. Una serie de mirillas y espejos permitían al técnico ver que los testículos estaban correctamente colocados sobre la taza. Había un panel de control situado en una estancia anexa.
La CEA pidió a Heller que empezara con 600 rads. Aunque al final irradió a quince hombres con 600 rads (uno incluso recibió un total de 708 rads en tres dosis separadas).
Los reos dijeron no sentir nada, excepto tal vez un leve cosquilleo o calorcillo, cuando se les aplicaba la radiación. Luego les salieron sarpullidos, descamación y ampollas en los escrotos. Muchos alegaron que, meses y años después de esa exposición, sufrieron dolor en sus relaciones sexuales, que tenían dificultades para mantener la erección y que sus testículos se encogieron.
Las biopsias se realizaban minutos, días, semanas e incluso meses después de la exposición. Por lo general, se transportaba a los hombres de sus celdas al hospital de la prisión la noche antes de la biopsia. A la mañana siguiente, recibían una potente mezcla de analgésicos y los llevaban al quirófano.

Las inyecciones de plutonio fueron el primer experimento descrito en el informe. También incluía una breve descripción de los estudios de radiación testicular, los experimentos de vuelo en la nube nuclear y numerosos estudios sobre lluvia radiactiva.
Aunque los experimentos descritos en el informe Markey representaban solo la punta del iceberg, el informe representaba de todos modos la primera vez en que se llevaba a cabo un esfuerzo exhaustivo por examinarlos. El estudio observó muy pertinentemente que el Gobierno ocultó las pruebas de muchos de los estudios a las víctimas o a sus familiares, y que a menudo no se obtenía el consentimiento informado. «Aunque estos experimentos proporcionaban información sobre la retención y la absorción de sustancias radiactivas en el organismo, los experimentos siguen siendo repugnantes porque básicamente se utilizó a sujetos humanos como cobayas e instrumentos de calibración.»
Aunque el informe de Markey era demoledor, apenas recibió la cobertura de los medios de comunicación. Las agencias de noticias lo redujeron a un breve artículo de varios centenares de palabras. Muchos de los grandes periódicos del país se hicieron eco de la noticia en las secciones de interior o ni siquiera la cubrieron.

El 7 de diciembre de 1993, casi un año después de ser nombrada secretaria de Energía, O’Leary invitó a los medios de comunicación a una conferencia de prensa en el auditorio de la sede central del Departamento de Energía. En un podio a sus espaldas había un primer lote de documentos recién desclasificados. Fue la primera de varias conferencias de prensa de la «Iniciativa de Apertura» celebradas por O’Leary, y la catapultó de su condición de miembro relativamente discreto de la presidencia de Clinton a ser una de las figuras de mayor relieve de su primera administración.
Entre ellos, los documentos desclasificados, estaba el siguiente: los científicos armamentísticos habían hecho detonar doscientas cuatro bombas nucleares más, y un 20 % más de armas, que las cifras que se habían divulgado con anterioridad; casi tres cuartos de cuatrocientos cincuenta mil kilos de mercurio —el equivalente a unos once mil millones de termómetros— se habían arrojado por un barranco de Oak Ridge; Estados Unidos había fabricado ochenta y nueve toneladas de plutonio durante la Guerra Fría. Muchas toneladas de este material altamente radiactivo se almacenaban en varios centros de investigación del país, incluidos Hanford, Los Álamos y Argonne, situado a escasos cincuenta kilómetros del centro de Chicago.
Hacia el final de la conferencia de prensa, O’Leary se detuvo y colocó una de sus últimas transparencias en la pantalla. En negrita, se podía leer lo siguiente: «Los Experimentos de Radiación en Humanos». El departamento, según reconoció, había dirigido varios centenares de experimentos de radiación en ciudadanos estadounidenses, incluido uno en el que dieciocho personas recibieron inyecciones de plutonio. O’Leary dijo que quedó sorprendida y horrorizada por esos experimentos, y que había contratado a un especialista en temas éticos para que los estudiara.

Cuando el panel de expertos hubo determinado que la mayoría de los experimentos fueron inofensivos, se disiparon las cuestiones problemáticas sobre si miles de estadounidenses que habían sido utilizados en los estudios deberían ser notificados y recibir un seguimiento médico. Si nadie resultó herido, entonces no había necesidad alguna de notificación y seguimiento. En un primer borrador de su informe final, el grupo recomendó un seguimiento médico de los prisioneros a los que se les irradió los testículos, aunque el grupo cambió de opinión al llegar a la conclusión de que el riesgo de que los sujetos padecieran cáncer era menos de lo que los investigadores habían calculado en un principio. Incluso Carl Heller, que quedó discapacitado como consecuencia de una apoplejía y yacía sobre un colchón de plástico, contó a los abogados en 1976 que a los prisioneros se les debería hacer un seguimiento de por vida.Si el comité hubiera recomendado un seguimiento médico para un grupo de sujetos de prueba, habría sido muy difícil no recomendar el mismo seguimiento para personas que participaron en otros experimentos.
El panel de expertos basaba su recomendación en contra de la notificación y del seguimiento médico en una serie inusual de pautas que eran mucho más restrictivas de lo acostumbrado en otras agencias de salud pública. Los criterios eran los siguientes: (1) si la persona tendía más de una oportunidad entre mil de morir de un cáncer terminal como resultado de la exposición a la radiación; y (2) si la detección temprana y el tratamiento beneficiaban al sujeto del experimento.
El comité no hizo a ningún científico responsable ni culpó a ninguna institución en concreto. Prefirió condenar a todo el Gobierno federal y a la profesión médica, una condena tan amplia que equivalía a no condenar a nadie. Incluso la condena a los médicos se redactó con un tono tímido y vacilante.

Caracterizar a una gran profesión de modo que parezca que ha participado en muchos años de conducta poco ética —años en los que se ha realizado un enorme progreso para paliar los grandes males de la humanidad— puede sorprender a muchos como un posicionamiento arrogante y poco razonable. Sin embargo, una valoración justa indica que las circunstancias eran una de esas veces en la historia en que acciones equivocadas son cometidas por personas muy decentes que estaban en posición de saber que había que mejorar un aspecto determinado de sus interacciones con los demás.

La mayoría de los estadounidenses prestaron escasa atención al discurso de Clinton. Dos horas después, un jurado de Los Ángeles volvía a la sala del tribunal con su veredicto sobre el mediático juicio por asesinato de la leyenda del fútbol O. J. Simpson. En la frenética cobertura mediática que siguió al veredicto de inocencia, las palabras de Clinton sobre una cuestión de culpabilidad de mucho más calado quedaron reducidas a unos instantes en el boletín de noticias de la noche y a varias crónicas de las páginas de interior de los periódicos de ámbito nacional. Ni siquiera los médicos más listos del Proyecto Manhattan pudieron haber soñado en semejante maniobra de distracción.

En su conjunto, los documentos demuestran que los veteranos atómicos corrieron un riesgo sin tener conocimiento de ello. Probablemente, el alcance de ese riesgo nunca se sabrá con certeza porque el paso del tiempo ha borrado pistas de información y la evidencia documental era chapucera e incompleta. Muchos veteranos corrieron riesgos por una finalidad frívola y desvergonzada: relaciones públicas. Los líderes militares, como el general James Cooney, querían demostrar al Ejército y al público estadounidense que la tierra quemada provocada por una detonación atómica era perfectamente habitable poco después de la explosión. El Gobierno federal, tal y como el senador por California Alan Cranston observó en 1984, tiene una obligación moral ante los veteranos atómicos que no ha cumplido.
Los residentes que vivían en las inmediaciones de Hanford y de otras instalaciones armamentísticas también pueden considerarse sujetos de lo que el Comité Asesor denominó «experimentos de oportunidad». Sin duda alguna, los residentes desconocían los peligros de las emisiones de las plantas de fabricación, y muchos fueron los subsiguientes objetos de estudio científico, que no fue identificado como tal.
Los documentos incluso se atreven a desmitificar algunos de los aspectos más secretos del programa armamentístico. Con la revelación de información llega la comprensión, y tal vez esto conforme una base sobre la cual comunicar. El presidente Clinton dijo que esperaba que la desclasificación masiva de documentos ayudase a reconstruir la confianza del público en el Gobierno. Pero la confianza se produce cuando la conducta es coherente y honesta durante un largo periodo de tiempo. El historial de transparencia es breve. Los escollos por delante son numerosos. Los secretos innecesarios y las enormes distancias seguirán existiendo entre las personas que están dentro y las que están fuera de la valla.

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First and foremost, this book is LONG, so don’t attempt it unless you have the time to dedicate to it. I was debating if Welsome could cut any of the background on the Manhattan Project, Los Alamos, the Japanese bombings, etc. but after much reflection I’ve concluded she probably cut as much as she probably could without losing the narrative for the uninitiated. Of course, if you’re already well-versed in the historical background, much of it will be repetitive, but in the context of human experimentation the threads tie together very interestingly. Other reviewers found the massive cast of characters hard to manage, but again, if you’ve ever read anything about the Manhattan Project, you’ve dealt with this problem as there were numerous scientists involved in every aspect.

So, if you can handle the long, complicated, and cast-saturated narrative, this book is VERY compelling. Extremely depressing at times, but a significant portion of American history that NEEDS to be shared in order to prevent it from happening again.
Required reading. Take away, for one thing, that the nuclear program and its prolific exploding of warheads has tainted millions of human beings…which is not to say we have all been exposed to deadly levels, but that the excuse and the representation were the tests were necessary; thus our government chose to mark us all down as assuming the risks for security’s sake. But this became a begged question, under a shroud of secrecy that allowed any experiment or test to be green-lighted, «for national security». Then all of the experiment’s mechanisms could be hidden.
Take away, for a second thing, that the doctors who oversaw human experimentation often spoke quite unselfconsciously in terms that made their hierarchical beliefs apparent: that they thought some people had fewer natural rights than others; that they could conceive of sacrificing, by dictat, unwitting participants for «the cause».
Take away, for a third thing, that we will find ourselves here again. If Americans are not vigiliant, we will see more nuclear testing, more of the representation that somehow the data obtained from victims of Hiroshima and Nagasaki; from soldiers, and sailors, and pilots ordered to «clean up» and to participate in exercises; and from victims of the many accidents the experiments, tests, and production of nuclear weapons and their components engendered, is not enough…that further «testing» is needed. For security.

Radiation experiments on soldiers began in 1951, when field tests began in Nevada. They continued until 1962, the year they were interrupted. Military personnel were employed in psychological tests, in decontamination experiments and in studies on sudden blindness, on flights in radioactive clouds and on measurement of radioisotopes in body fluids.
Many of the military experiments also turned out to be recurring and poorly planned. Thomas Shipman, the Los Alamos scientist who led the Laboratory’s Health Division during much of the Cold War, complained in 1952 that some of the studies of the armed forces seemed to be «the same old chestnut trees that burned one and again».
With the trip to Italy, Texas, the process of transforming the numbers of plutonium patients into human beings began. CAL-3 was not a simple laboratory animal that provided scientists with a lot of data on plutonium deposits in muscles and bones.

All doctors knew that plutonium would be extremely dangerous, although it was not a big problem for much of the year 1943 because there was very little. At first, most of the material produced by the cyclotron was sent to Chicago. Los Alamos scientists were required to use «substitution» isotopes, such as uranium, to carry out their chemical studies while waiting for the Oak Ridge graphite reactor to become operational.
The Manhattan Project would also face pollution with plutonium, the problem seemed to be especially serious in Los Alamos, which was responsible not only for designing and assembling the pump, but also for the last stage of purification and formatting of plutonium metal. Since he was very aware of the tragedy with the women who painted watches, Louis Hempelmann and his colleagues in Los Alamos did everything in their power to prepare for plutonium. They organized conferences and circulated leaflets with safety instructions, forced employees to wear overalls, boots and surgeon’s caps, requested glass covers for the desks of employees who worked with plutonium, installed sliding doors to eliminate contamination from «hot» knobs, and imported monitoring mechanisms, air fresheners and respirators …

* Five days after the injection – and almost three weeks after the accident – Ebb’s bones had already healed. The operation allowed scientists to achieve an aspect of utmost importance for the experiment: to obtain samples of Ebb bone after the plutonium had circulated in their organism. The samples revealed that, indeed, plutonium had been deposited in the bones. In one of the fragments, the scientists detected eighty-two counts per minute. Ebb also took fifteen teeth, supposedly because he suffered from gum inflammation and several cavities. The teeth, as well as parts of their gum tissue and jaw, were analyzed for plutonium content. Plutonium is also stored in the jaw, where the dentures fit.

The radiation of the Trinity test spread far beyond what any alarmist like Warren dared to imagine. Radiation was detected almost two thousand kilometers away, on the Wabash River in Vincennes, Indiana. When the furious managers of Eastman Kodak claimed that the radioactive particles of the river’s water had been absorbed into the paper used in their containers and created tiny black specks in the photographic film, the atomic scientists obtained their first reliable data on how far it could be recorded. the radiation.

While administering uranium injections, Langham continued to insist on Samuel Bassett to collect more urine and blood samples from patients injected with plutonium when they returned to the hospital. Additional samples of the hemophiliac William Purcell were obtained when he returned to the hospital in early January 1946 for bleeding in the intestinal tract. Samples were also collected from John Mousso, the East Rochester resident, when he returned to the hospital. Eda Schultz Charlton, a lonely and depressed widow, turned out to be one of her most productive subjects.
In 1946, six Met Lab employees drank a solution with plutonium prepared by Edwin Russell. Probably, the study was conducted so that scientists could confirm that plutonium was not readily absorbed by the gastrointestinal tract. One of the volunteers was Robert Carr Milham, of Augusta, Georgia. At the time of writing this book is over seventy years old and in good health, and in 1995 Milham said he was fully informed about the nature of the experiment. The drink tasted like «lemonade,» he added. I think some people who were in the terminal phase participated in this experiment before us ».
When the Manhattan Project began distributing its radioactive isotopes in 1946, scientists who wanted to use the materials in humans had to submit a petition to a group known as the Subcommittee on Human Applications. At one point, among the committee members were Hymer Friedell, Andrew Dowdy, Joseph Hamilton and Paul Aebersold, the scientist who had helped Robert Stone in his pre-war neutron experiment and was assigned to help Stafford Warren in Trinity Nicknamed «Mr. Isotope,» Aebersold was almost a fan in his support of the program. The scientist Merril Eisenbud, one of the specialists of the CEA in radioactive rain, described Aebersold as «crazy» after a few years. Eisenbud added: «He committed suicide, a fact that is probably the culmination of his madness. But I was very fanatic about the importance of radioisotopes and what this was going to do for you.
There are few subcommittee reports. But documents have been found that demonstrate that the subcommittee developed its own standards regarding plotter research. High doses of radionuclides could be used in terminal patients and in subjects with intellectual disabilities, according to the expert group. But by 1949 the use of radioactive substances in healthy children and pregnant women was discouraged. For more than eight hundred women in Nashville, Tennessee, who were given «cocktails» of radioactive iron to drink at a clinic they went to undergo the usual prenatal check-ups, this recommendation came several years late.

Documents that were not declassified until the mid-1990s reveal that in 1951, the year bombs began to fall on Nevada, Shields Warren harbored a great concern about the health risks of radioactive fallout. When controversy arose over this issue, he had firmly committed himself to the idea that, whatever the risks, tests were necessary to keep the United States safe from the Soviet Union and from a world dominated by communism.
Between 1959 and 1985, the body parts of 1,712 human beings, including a dozen whole bodies, were sent to Los Alamos and analyzed for their plutonium content. Initially, the objective of the project was to see if the amount of plutonium in deceased nuclear facility workers coincided with the predicted quantities from the exposure records.
Los Alamos researchers obtained organs and bodies of people who died in other parts of the country to serve as a «control group.» These analyzes also helped scientists calculate how much plutonium the American people were accumulating from bomb tests. The human organs were dried in ovens, reduced to ashes and then dissolved in an acid solution to analyze them. For many years autopsies were performed on anyone who died in the city of Los Alamos, including visitors, whom pathologist Clarence Lushbaugh called «extras».

Military doctors never found a reliable marker and in the end they had to rely on the same symptoms of radiation sickness they had seen in the most serious victims of the bombings in Japan: onset, severity and duration of nausea, vomiting, anorexia and loss of hair. Today, these are the best indicators of the degree of radiation to which a person has been exposed.
In 1969, the National Institutes of Health [NIH] refused to fund the experiment for «ethical reasons.» The NIH declined funding for the experiment again in 1973. Despite these rejections, Donald Chalkley, described in newspaper articles as the “ethical guardian” of the NIH, subsequently praised the Cincinnati experiment, claiming that he had made “a contribution significant to our armament against metastatic cancer ».

On August 17, 1963, the testicles of the first Oregon inmate were bombarded with 200 rads of radiation by an unpleasant-looking device that had been designed by Heller and his colleagues. The machine was composed of two orange frames mounted on wheels to move it better. Each of those frames contained an X-ray unit inside a lead-lined box. Between the two boxes was a small cup of Plexiglas filled with water.
The penises of the test subjects were fastened with tape to their stomachs and a piece of sheet a centimeter and a half wide and several centimeters long was tied above the testicles to separate them from the body. Then the men lay face down on the machine and placed their organs on the cup. The water temperature was maintained at approximately 32 ° C to favor the fall of the testicles and ensure that the radiation was distributed equally. A series of sight glasses and mirrors allowed the technician to see that the testicles were correctly placed on the cup. There was a control panel located in an attached room.
The CEA asked Heller to start with 600 rads. Although in the end it irradiated fifteen men with 600 rads (one even received a total of 708 rads in three separate doses).
The inmates said they felt nothing, except perhaps a slight tingling or warmth, when radiation was applied. Then they got rashes, peeling and blisters on the scrotum. Many claimed that, months and years after that exposure, they suffered pain in their sexual relations, that they had difficulty maintaining an erection and that their testicles shrunk.
Biopsies were performed minutes, days, weeks and even months after exposure. Usually, men in their cells were transported to the prison hospital the night before the biopsy. The next morning, they received a powerful mixture of pain relievers and took them to the operating room.

Plutonium injections were the first experiment described in the report. It also included a brief description of testicular radiation studies, nuclear cloud flight experiments and numerous studies on radioactive fallout.
Although the experiments described in the Markey report represented only the tip of the iceberg, the report still represented the first time an exhaustive effort was made to examine them. The study noted very pertinently that the Government concealed the evidence of many of the studies from the victims or their families, and that informed consent was often not obtained. «Although these experiments provided information on the retention and absorption of radioactive substances in the body, the experiments remain disgusting because basically human subjects were used as guinea pigs and calibration instruments.»
Although Markey’s report was devastating, he barely received media coverage. The news agencies reduced it to a brief article of several hundred words. Many of the country’s major newspapers echoed the news in the interior sections or did not even cover it.

On December 7, 1993, almost a year after being appointed Secretary of Energy, O’Leary invited the media to a press conference in the auditorium of the headquarters of the Department of Energy. On a podium behind him there was a first batch of newly declassified documents. It was the first of several press conferences of the «Opening Initiative» held by O’Leary, and catapulted her status as a relatively discreet member of the Clinton presidency to be one of the most prominent figures of her first administration.
Among them, the declassified documents were the following: arms scientists had detonated two hundred and four more nuclear bombs, and 20% more weapons, than the figures that had been previously disclosed; almost three quarters of four hundred and fifty thousand kilos of mercury – the equivalent of about eleven billion thermometers – had been thrown down an Oak Ridge ravine; The United States had manufactured eighty-nine tons of plutonium during the Cold War. Many tons of this highly radioactive material were stored in several research centers in the country, including Hanford, Los Alamos and Argonne, located just fifty miles from downtown Chicago.
Towards the end of the press conference, O’Leary stopped and placed one of his last transparencies on the screen. In bold, the following could be read: «The Human Radiation Experiments.» The department, he acknowledged, had conducted several hundred radiation experiments on US citizens, including one in which eighteen people received plutonium injections. O’Leary said she was surprised and horrified by these experiments, and that she had hired a specialist in ethical matters to study them.

When the panel of experts had determined that most of the experiments were harmless, the problematic questions about whether thousands of Americans who had been used in the studies should be notified and should receive medical follow-up were dissipated. If no one was injured, then there was no need for notification and follow-up. In a first draft of its final report, the group recommended a medical follow-up of the prisoners whose testicles were irradiated, although the group changed its mind when it concluded that the risk of subjects suffering from cancer was less of what the researchers had initially calculated. Even Carl Heller, who became disabled as a result of a stroke and lay on a plastic mattress, told lawyers in 1976 that prisoners should be followed for life. If the committee had recommended medical follow-up for a group of test subjects, it would have been very difficult not to recommend the same follow-up for people who participated in other experiments.
The panel of experts based their recommendation against notification and medical follow-up on an unusual set of guidelines that were much more restrictive than usual in other public health agencies. The criteria were as follows: (1) if the person had more than one thousand chance of dying from terminal cancer as a result of radiation exposure; and (2) if early detection and treatment benefited the subject of the experiment.
The committee did not hold any scientist responsible or blame any particular institution. He preferred to condemn the entire federal government and the medical profession, a sentence so broad that it amounted to not condemn anyone. Even the conviction of doctors was written in a timid and hesitant tone.

Characterize a great profession so that it seems that it has participated in many years of unethical behavior – years in which enormous progress has been made to alleviate the great evils of humanity – may surprise many as an arrogant and unreasonable positioning . However, a fair assessment indicates that the circumstances were one of those times in history in which wrong actions are committed by very decent people who were in a position to know that a particular aspect of their interactions with others had to be improved.

Most Americans paid little attention to Clinton’s speech. Two hours later, a Los Angeles jury returned to the courtroom with its verdict on the media murder trial of football legend O. J. Simpson. In the frantic media coverage that followed the verdict of innocence, Clinton’s words on a much more important guilt issue were reduced to a few moments in the evening’s newsletter and to several chronicles of the inside pages of the newspapers of National scope. Not even the smartest doctors in the Manhattan Project could have dreamed of such a distraction maneuver.

Most Americans paid little attention to Clinton’s speech. Two hours later, a Los Angeles jury returned to the courtroom with its verdict on the media trial for murder of football legend O. & nbsp; J. Simpson In the frantic media coverage that followed the verdict of innocence, Clinton’s words on a much more important guilt issue were reduced to a few moments in the evening’s newsletter and to several chronicles of the inside pages of the newspapers of National scope. Not even the smartest doctors in the Manhattan Project could have dreamed of such a distraction maneuver.

As a whole, the documents show that atomic veterans took a risk without being aware of it. Probably, the extent of that risk will never be known with certainty because the passage of time has erased clues of information and the documentary evidence was bungling and incomplete. Many veterans took risks for a frivolous and shameless purpose: public relations. Military leaders, such as General James Cooney, wanted to show the Army and the American public that the burned land caused by an atomic detonation was perfectly habitable shortly after the explosion. The federal government, as California Senator Alan Cranston observed in 1984, has a moral obligation to atomic veterans that he has not fulfilled.
Residents who lived in the immediate vicinity of Hanford and other weapons facilities can also be considered subjects of what the Advisory Committee called «opportunity experiments.» Undoubtedly, residents were unaware of the dangers of emissions from manufacturing plants, and many were the subsequent objects of scientific study, which was not identified as such.
The documents even dare to demystify some of the most secret aspects of the arms program. With the disclosure of information comes understanding, and perhaps this conforms to a basis on which to communicate. President Clinton said he hoped that mass declassification of documents would help rebuild public confidence in the government. But trust occurs when the behavior is consistent and honest for a long period of time. The transparency history is short. The pitfalls ahead are numerous. Unnecessary secrets and enormous distances will continue to exist between the people inside and those outside the fence.

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