El Mosquito. La Historia De La Lucha De La Humanidad Contra Su Depredador Más Letal — Timothy C. Winegard / The Mosquito: A Human History of Our Deadliest Predator by Timothy C. Winegard

10138913-0F65-4264-BBDD-1B34E25C345B
Este libro comenzó con una explicación de la biología de los mosquitos y la propagación de enfermedades. Sin embargo, el texto se deterioró rápidamente a una visión general de casi todas las batallas mundiales y nacionales, destacando el papel de las enfermedades infecciosas secundarias a los mosquitos. La historia militar fue tan amplia y las muertes por enfermedades transmitidas por mosquitos fueron tan devastadoras que los conflictos pronto se confundieron. El mensaje final fue que los soldados a lo largo de la historia han sucumbido a terribles enfermedades transmitidas por mosquitos, pero el punto se repitió tantas veces que la parte central del libro era casi ilegible. El final se centró en las medidas de control de mosquitos, incluidas las manipulaciones genéticas. Este libro estuvo interesante por el principio y el final, sin embargo, la parte central del libro fue una batalla cuesta arriba.

El libro estaba bien escrito pero, en última instancia, era demasiado esponjoso para ser súper agradable. Curiosamente, esta es otra historia que tiene exactamente el problema opuesto. Este libro está lleno de detalles, y realmente aprendí mucho, incluso como alguien que ha leído varios libros en esta materia. Winegard hizo su investigación, y este es uno de esos libros que se encontrará excavando en sus conversaciones casuales, uno de mis principales marcadores de una buena historia.
Pero Dios, tiene el peor caso de enfermedad de referencia que he visto. Quiere hacer referencias de la cultura pop a las películas, quiere encontrar maneras de meter citas y aforismos famosos, quiere llamar constantemente a los mosquitos succubi por alguna razón, y así sucesivamente. Es un tipo de tono y enfoque extremadamente televisivo, hace que el libro sea un desastre enormemente frustrante. Para su crédito, si bien esto es realmente malo al principio y al final, se reduce en el medio: la mayor parte del libro interno es en realidad una serie de historias militares donde los mosquitos juegan un papel fundamental en un lado u otro, y este enfoque militar (que es claramente sobre lo que siempre quiso escribir) al menos parece mantenerlo un poco menos disperso. Pero incluso entonces, se dedica a una repetición bastante irritante, tanto de prosa como de ideas.
Así que esto tiene muchos hechos interesantes enterrados bajo alguna mala escritura, ¿vale la pena leerlos? Bueno, primero deberías leer el libro de Sonia Shah: Cómo la malaria ha gobernado a la humanidad durante 500,000 años (Winegard lo cita varias veces en este libro; de nuevo, independientemente de las otras críticas que tengo de él, el hombre hizo su investigación). Eso es más una historia general en lugar de un histórico golpe por golpe. Si, al final, piensas «Guau, me encantaría saber de qué lado terminaron la malaria y la fiebre amarilla en los principales conflictos militares de nuestra era transoceánica», entonces toma este libro y sus preguntas serán respondidas, incluso si tiene que luchar un poco para superarlo. Pero si los escritos de Shah no pueden venderte porque esto es interesante, Winegard no tiene ninguna posibilidad en el infierno, así que asegúrate de hacer el pedido correctamente.

Un revoloteador e incontenible ejército de 110 billones de mosquitos enemigos patrulla cada centímetro del globo excepto la Antártida, Islandia, las Seychelles y un puñado de islas de la Polinesia Francesa. Las hembras guerreras de esta zumbadora población insectil están provistas de al menos quince armas biológicas letales y debilitadoras que usan contra 7.700 millones de humanos, cuyos mecanismos defensivos resultan dudosos y a menudo perjudiciales para ellos mismos. Efectivamente, nuestro presupuesto de defensa para escudos personales, aerosoles y otros sistemas disuasorios contra los ataques implacables de los mosquitos aumenta rápidamente, y tiene un coste anual de 11.000 millones de dólares. Y, a pesar de ello, sus letales campañas ofensivas y sus crímenes contra la humanidad continúan con un desenfreno temerario. Aunque nuestros contraataques reducen el número de bajas que causan los mosquitos cada año, estos siguen siendo los cazadores de seres humanos más mortíferos del planeta. El año pasado exterminaron solo a 830.000 personas. Nosotros, Homo sapiens sensatos y sabios, ocupamos el segundo lugar de la clasificación, pues matamos a 580.000 individuos de nuestra propia especie.

La sangre del grupo 0 parece ser la cosecha que más le gusta frente a la de los grupos A y B o su mezcla. Las personas del grupo sanguíneo 0 son picadas el doble de veces que las del grupo A, y las del grupo B se encuentran en un punto intermedio.
A lo largo de nuestra existencia, la malaria y la fiebre amarilla, la pareja tóxica del mosquito, han sido los principales agentes de muerte y de cambio histórico y desempeñarán en gran medida el papel de antagonistas en la prolongada guerra cronológica entre el hombre y el mosquito. «No siempre es fácil tener presentes a la fiebre amarilla y la malaria y ser justos con ellas.
Sin embargo, la malaria y la fiebre amarilla son solo dos de las más de quince enfermedades que el mosquito concede a los humanos. Las demás representarán los papeles secundarios en nuestro relato. Los patógenos que transmiten los mosquitos pueden separarse en tres grupos: virus, gusanos y protozoos (parásitos).
Los más abundantes son los virus: provocan fiebre amarilla, dengue, fiebre de chikungunya, mayaro, fiebre del Nilo occidental, zika y diversas encefalitis, entre ellas la de Saint Louis, la equina y la japonesa. Aunque son debilitantes, estas enfermedades, dejando aparte la fiebre amarilla, no suelen ser letales. Las de los virus del Nilo occidental, mayaro y zika son entradas relativamente nuevas del índice de enfermedades transmitidas por mosquitos. En la actualidad no hay vacunas que las eviten, salvo para la fiebre amarilla, pero en su mayor parte los supervivientes tienen la suerte de permanecer inmunes durante toda su vida.
En resumen, los climas más cálidos pueden mantener poblaciones de mosquitos durante todo el año que promueven la circulación endémica (crónica y siempre presente) de las enfermedades que transmiten. Las temperaturas anormalmente altas como consecuencia de los efectos del Niño o la Niña pueden causar epidemias estacionales (un brote repentino de una enfermedad que se extiende entre la población antes de desaparecer) de enfermedades transmitidas por mosquitos en regiones donde estas se hallan ausentes o en las que aparecen de forma fugaz. Los intervalos de calentamiento global, natural o inducido artificialmente, también permiten que el mosquito y sus enfermedades amplíen su distribución topográfica. A medida que las temperaturas aumentan, las especies transmisoras de enfermedades, que por lo general están confinadas a regiones meridionales y a altitudes bajas, se desplazan lentamente hacia el norte y a cotas superiores.

Las crónicas de la antigua China, entre ellas el famoso Nei Jing (Canon de Medicina del Emperador Amarillo, 400-300 a.n.e.), distinguen claramente las pautas de flujo y reflujo de la fiebre propia de varios tipos de malaria y describen bien el agrandamiento del bazo. Se creía que los síntomas de «la madre de todas las fiebres» se debían a las alteraciones del chi (fuerza energética) y del equilibrio entre el yin y el yang (el bien y el mal), conceptos que aparentemente tomó prestados el gurú George Lucas, creador de La guerra de las galaxias. En el folclore y en los textos médicos chinos, la malaria se representaba a través de un trío demoníaco, en el que cada uno de los espíritus malignos significaba una fase del ciclo de la fiebre. El demonio de los escalofríos iba armado de un cubo de agua fría; el siguiente demonio, el de la fiebre, avivaba un fuego abrasador; y el último demonio, el de la sudoración y los fuertes dolores de cabeza, sostenía un mazo.
El poder de estos demonios de la malaria se plasma en la leyenda que cuenta la historia de un emperador chino que pidió a su emisario más leal que pacificara una remota provincia meridional y se convirtiera en su gobernador. El embajador dio las gracias al emperador y empezó a prepararse para su nuevo cargo. Sin embargo, cuando llegó el momento de marcharse, se negó a irse, pues dijo que su destino suponía la muerte segura, pues la provincia en cuestión estaba llena de malaria. Fue decapitado de inmediato por el enfurecido gobernante.
Algunos textos médicos indios datados hacia el 1500 a.n.e. mencionan también las diferentes fiebres maláricas. El «rey de las enfermedades» era representado por Takman, el feroz demonio de la fiebre, que surge del rayo durante la estación de las lluvias. Los hindúes no solo reconocían que el agua estaba relacionada de algún modo con los mosquitos, sino que parece que fueron los primeros en identificar los mosquitos como el origen de la malaria. En el siglo VI a.n.e., el médico indio Sushruta distinguía, en su detallado compendio de medicina, entre cinco especies de mosquito del valle del Indo.
La mayor parte de Europa, como consecuencia inmediata del hundimiento del Imperio romano, se replegó sobre sí misma. El feudalismo dictatorial de las monarquías, los señoríos y el papado reinaban de manera suprema. El cristianismo invirtió su rumbo, así que dejó de ser una fe que curaba y se convirtió en una doctrina fatalista, cargada de fuego y alcrebite y una generalizada corrupción espiritual y económica. La población europea, en retroceso, se aisló durante el oscurantismo de la Edad Media, y el progreso, el mundo académico y el saber de los antiguos se desvaneció de la memoria colectiva. Mientras Europa quedaba ciega por la enfermedad y la inestabilidad religiosa y cultural, en Oriente Medio surgía y prosperaba otro orden espiritual y político. La aparición del islam en La Meca y Medina a principios del siglo VII generó en todo Oriente Medio un rico renacimiento cultural e intelectual. Mientras Europa se deslizaba hacia un abismo intelectual, la educación y el progreso medraban en toda el área de expansión musulmana. Inevitablemente, estas dos superpotencias espirituales competirían por la hegemonía territorial y económica entre las nubes de mosquitos seglares que atizaron el choque de civilizaciones de las Cruzadas.

El epicentro palúdico de Inglaterra, los llamados Fens o Fenlands, se extendía por la costa oriental a lo largo de 500 kilómetros, desde Hull hasta Hastings, de norte a sur. Las marismas que partían de forma radial del núcleo de Essex y Kent, repletas de mosquitos maláricos, consumían los siete condados sudorientales del país. Durante la parte final del siglo XVI y el siglo XVII, Inglaterra empezó a recuperarse de la devastación que la Peste Negra había provocado. Su población más que se duplicó durante el siglo XVII y alcanzó los 5,7 millones de habitantes a finales de la centuria. Londres pasó de tener una población de 75.000 personas en 1550 a 400.000 habitantes un siglo después. Los vagabundos y contrabandistas migrantes, así como los pobres ávidos de tierras, acudieron en masa a los Fenlands, que los humanos no habían reivindicado pero que los mosquitos utilizaban ampliamente.
Los habitantes de los Fens, a los que se les solía llamar «moradores de las marismas», «marjaleros», o «guapos», debido a la ictericia producida por el paludismo y a su aspecto demacrado, arrostraban tasas de mortalidad relacionadas con la malaria de más del 20 por ciento.
Escocia, que ya tenía dificultades fiscales, quedó en bancarrota debido a la aventura de Darién liquidada por el mosquito. En la salvaje jungla de Panamá, el mosquito se había comido, casi literalmente, el tesoro escocés. Miles de escoceses perdieron sus ahorros, las calles se llenaron de disturbios, las tasas de desempleo tocaron techo y el país se abismó en el caos financiero. En aquella época, aunque Inglaterra y Escocia compartían el monarca, eran dos países independientes con legislaturas parlamentarias distintas. Inglaterra era más rica y estaba más poblada, y, en general, era mucho más acomodada, y le había estado insistiendo durante siglos a su vecino del norte, más pobre, para que se unificaran. Los escoceses, sin olvidar a William Wallace blandiendo su espada a finales del siglo XIII, se habían resistido ferozmente hasta entonces a todas las súplicas inglesas. «Cuando Inglaterra se ofreció a pagar toda la deuda del Parlamento escocés y a reembolsar a los accionistas, muchos escoceses encontraron esta oferta irresistible. Incluso algunos patriotas escoceses comprometidos como Paterson respaldaron el Acta de Unión de 1707. Así nació Gran Bretaña, con ayuda de las fiebres de Darién», explica J. R. McNeill. En su lamento por la pérdida de la independencia escocesa, Robert Burns, idolatrado como el poeta nacional de Escocia, reprendió a los políticos corruptos y a los comerciantes acaudalados por vender al pueblo escocés respaldando las Leyes de la Unión. «Nos compran y nos venden por el oro inglés. ¡Qué lote de canallas en una nación!», amonestaba Burns. Aunque el pueblo escocés no veía con buenos ojos el Acta de Unión ni la pérdida de la independencia, la economía empezó a recuperarse, pues se benefició del éxito de las florecientes colonias inglesas mercantilistas y extractivas de las Américas.

Después de la sobrecogedora carnicería de la Guerra Civil, Estados Unidos merecía unas largas vacaciones sin muerte. Pero no habría tiempo para que el país, devastado por el conflicto, se lamiera las heridas. El mosquito no respeta el periodo de duelo y saca provecho tanto de las peleas baladíes como de la guerra total. Lamentablemente, aunque las matanzas en el campo de batalla terminaron, el mosquito no reconoció las salvas tras la negociación de la paz entre Lee y Grant en el porche de Wilmer McLean. Millones de soldados volvieron a su hogar con imágenes de batallas grabadas a fuego en el cerebro y enfermedades transmitidas por mosquitos hirviendo en sus venas. Durante las décadas de la Reconstrucción, tumultuosas desde el punto de vista político y turbulentas desde el racial, que se extendieron por la presidencia mancillada y plagada de escándalos de Grant, el mosquito desató las peores epidemias de la historia americana en una población que ya lloraba a sus muertos y estaba cansada de la guerra.
A la luz de los descubrimientos realizados por Manson, Ross, Grassi, Reed y Gorgas, entre otros, países de todo el mundo organizaron departamentos nacionales de salud, escuelas de medicina tropical, instituciones benefactoras de la investigación científica como la Fundación Rockefeller, departamentos de higiene militar, cuerpos de enfermería del ejército, comisiones de saneamiento e infraestructuras públicas de eliminación de desechos, además de aprobar leyes sanitarias. En su estudio de los efectos del control de los mosquitos durante la construcción del canal de Panamá, Paul Sutter explica que «fue la expansión comercial y militar estadounidense hacia la América Latina tropical y el Pacífico asiático lo que conectó más estrechamente la experiencia entomológica federal con las campañas de salud pública. De hecho, estas campañas imperialistas contribuyeron a desarrollar la capacidad federal para promover la salud pública y a reformular el control de las enfermedades […] como una cuestión federal a principios del siglo XX». A Estados Unidos le siguieron una serie de países que pasaron a entender la salud nacional no solo como una prioridad civil (o incluso un derecho legal) sino también como una necesidad militar. Todos ellos tenían al mosquito como su enemigo número uno.

Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, «la incidencia de la malaria en Estados Unidos era la más baja de la historia», según la Oficina para el Control de la Malaria en Zonas de Guerra, predecesora en tiempos de conflicto de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés). Con el transcurso de la guerra, la historia cambió por completo. Combatir al mosquito, así como al enemigo humano, era esencial para lograr la victoria en todos los frentes. La Segunda Guerra Mundial fue un punto de inflexión para la ciencia, la medicina, la tecnología y el equipamiento militar, que conllevó también la modernización y mejora del armamento y las municiones empleados contra los mosquitos. Durante el conflicto y en la inmediata «paz» de la Guerra Fría, los fármacos sintéticos efectivos contra la malaria, como la atabrina y la cloroquina, así como el compuesto químico DDT, un método de erradicación barato y de producción masiva, arrastraron al mosquito y sus enfermedades a una espiral declinante y a una retirada global en toda regla. Por primera vez en la historia, los humanos gozábamos de ventaja en nuestra eterna guerra contra los mosquitos.
Equipados con los recientes descubrimientos de Ross, Grassi, Finlay y Reed, entre otros, relativos a las enfermedades transmitidas por mosquitos, durante ambas guerras mundiales y, sin duda, en mayor medida aún en la segunda, los gobiernos y sus ejércitos fueron capaces de controlar más eficazmente los mosquitos y el contagio y el tratamiento de sus enfermedades. El mosquito había sido acorralado e identificado como el propagador de la malaria, la fiebre.
Durante la guerra hubo en torno a 725.000 casos declarados de enfermedades transmitidas por mosquitos entre los soldados estadounidenses, de los cuales aproximadamente 575.000 fueron de malaria, 122.000 de dengue y 14.000 de filariasis. Las enfermedades transmitidas por mosquitos supusieron 3,3 millones de días de baja por enfermedad de los soldados. Se estima que el 60 por ciento de todos los estadounidenses estacionados en el Pacífico contrajeron malaria al menos una vez; entre los personajes célebres que la sufrieron en tiempos de guerra se encuentran el teniente de la Marina John F. Kennedy, el corresponsal de guerra Ernie Pyle y el soldado Charles Kuhl. Kuhl fue uno de los dos soldados que, en agosto de 1943, durante la invasión aliada de Sicilia, fueron abofeteados por un enfurecido general George S. Patton, quien los acusó de cobardía por fingir «fatiga de combate» o «neurosis de guerra». En realidad, Kuhl, ardiendo con una fiebre de 39 grados, era víctima de una malaria que le sería diagnosticada más tarde.

En 1972, diez años después de que Primavera silenciosa se hiciera viral y Estados Unidos golpeara al DDT con una prohibición agrícola nacional, esto ya no tenía mucha importancia. Ya había sonado el toque de difuntos del DDT como defensa de primera línea contra los mosquitos. El DDT se había quedado más tiempo de lo debido. El mosquito había sobrevivido a la efectividad y utilidad de su enemigo, y su imperio de enfermedades contraatacó, se adaptó y evolucionó durante las primaveras silenciosas de la década de los sesenta. Los parásitos de la malaria se echaron al coleto un trago de cloroquina entre plato y plato de antimaláricos varios, y los mosquitos fueron desarrollando una lujosa capa de espuma de inmunidad cuando se duchaban con DDT.
En realidad, la prohibición del DDT impuesta por Estados Unidos en 1972 tenía más que ver con su ineficacia contra los mosquitos resistentes al producto, que se encontraron por primera vez de manera probada en 1956 (y que es concebible que ya los hubiera en 1947) que con alguna influencia política ambiental de largo alcance o con algo que Carson escribiera.
Por ejemplo, en 1968, Ceilán (hoy Sri Lanka) dejó de rociar DDT, prematuramente, como se demostraría después. De inmediato, la malaria se desató por la isla e infectó a 100.000 personas. Al año siguiente el número de infectados había subido hasta el medio millón. En 1969, el año en que la OMS terminó su Programa de Erradicación de la Malaria, que duró catorce años y costó 1.600 millones de dólares (aproximadamente 11.000 millones de dólares de 2018), la India informó de 1,5 millones de casos de malaria. En 1975 en este país había más de 6,5 millones de casos documentados de malaria. En los primeros años de la década de los setenta, las tasas de enfermedades transmitidas por mosquitos en América del Sur, América Central, Oriente Medio y Asia central alcanzaron niveles previos al DDT.
Las propiedades antipalúdicas (Artemisa annua) no se redescubrieron hasta 1972, y lo hizo el Proyecto 523 de Mao Zedong, un programa de investigación secreto sobre la malaria, muy confidencial, que llevó a cabo el Ejército Popular de Liberación a petición de Vietnam del Norte, que se hallaba enredado en un atolladero de guerra y enfermedad con Estados Unidos. La malaria fue una carga constante para todos los combatientes durante el prolongado conflicto. Con la incorporación de tropas extranjeras que tragaban inefectivas tabletas de cloroquina y las migraciones en masa de poblaciones no resistentes en Vietnam, Laos, Camboya y las provincias meridionales de China, la malaria floreció en este paraíso tropical, la Perla del Lejano Oriente. «La jungla vietnamita pronto se convirtió en la primera incubadora de la malaria resistente a los fármacos del mundo», informa Sonia Shah en su análisis del Proyecto 523.
Zhou Yiqing, un médico chino que trabajaba en el Proyecto 523, recuerda que se le «ordenó realizar investigación de campo sobre enfermedades tropicales en Vietnam.
Cuando las grandes compañías farmacéuticas finalmente adquirieron los derechos de la artemisinina, en 1994, los gobiernos occidentales iniciaron el largo proceso de los ensayos clínicos de las ACT, que empezaron en 1999. Una década después, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos concedió su aprobación. Muy rápidamente las ACT se convirtieron en el antimalárico de referencia, lo que le valió a Tu Youyou, la pionera del Proyecto 523, su merecido Premio Nobel en 2015 «por sus descubrimientos relacionados con una nueva terapia contra la malaria». Compartió estos honores con William Campbell y Satoshi Omura, que desarrollaron la ivermectina, un fármaco efectivo para erradicar las infecciones de gusanos parásitos, entre ellas la filariasis humana y la dirofilariasis del corazón del perro, ambas transmitidas por mosquitos.
En la actualidad, las ACT son caras, y las campañas que la promocionan van dirigidas a los turistas y mochileros ricos, a quienes persiguen para recuperar los costos de la investigación y el desarrollo, pero también porque el reloj de la resistencia está en marcha para las ACT. Las compañías farmacéuticas necesitan ganar dinero antes de que el parásito evolucione y se adapte, y a la artemisinina se le acaba el tiempo, tal como les ocurrió a la mayoría de los demás antimaláricos. «Por efectivos y potentes que sean hoy en día los fármacos de artemisinina, es solo cuestión de tiempo que surjan y se difundan cepas genéticamente resistentes», advirtió el Instituto de Medicina en 2004. Cuatro años después, esta afirmación se convirtió en una realidad.

La doctora Susan Moeller, especialista en medios de comunicación y asuntos internacionales de la Universidad de Maryland, culpa a los medios por crear esta atmósfera apática que ella denomina «fatiga de compasión». Las nuevas enfermedades de diseño que tan de moda están, como el SARS, la gripe aviar (H5N1), la gripe porcina (H1N1) y especialmente el temido ébola, podrían amenazar a los países ricos en los que las enfermedades transmitidas por mosquitos han estado relativamente latentes durante décadas. Por su parte, el sida ya recordó a las naciones ricas que las enfermedades epidémicas no eran fenómenos históricos ni estaban limitadas a continentes remotos. Las generaciones más jóvenes de estadounidenses, canadienses, europeos y otros occidentales pudientes no viven en un mundo de malaria como hicieron sus antepasados, y no temen a las enfermedades transmitidas por mosquitos, si acaso han oído hablar de ellas.
No obstante, a lo largo de las dos últimas décadas ha renacido una ofensiva cada vez más letal organizada por el mosquito y puesta en práctica por los veteranos curtidos en la batalla de la malaria y el dengue, junto con los nuevos reclutas del virus del Nilo occidental y el zika, que lo ha cambiado todo. Aparentemente surgido de ninguna parte, en 1999 el mosquito atacó la ciudad de Nueva York, atemorizó el corazón de una superpotencia y sembró el pánico. Estados Unidos respondió de manera sumaria con un contraataque constante y creciente a las órdenes de Bill y Melinda Gates.
No obstante, a lo largo de las dos últimas décadas ha renacido una ofensiva cada vez más letal organizada por el mosquito y puesta en práctica por los veteranos curtidos en la batalla de la malaria y el dengue, junto con los nuevos reclutas del virus del Nilo occidental y el zika, que lo ha cambiado todo. Aparentemente surgido de ninguna parte, en 1999 el mosquito atacó la ciudad de Nueva York, atemorizó el corazón de una superpotencia y sembró el pánico. Estados Unidos respondió de manera sumaria con un contraataque constante y creciente a las órdenes de Bill y Melinda Gates.

El gigante farmacéutico GlaxoSmithKline, radicado en Londres, llegó el primero a la meta de la vacuna. En el verano de 2018, al cabo de veintiocho años de desarrollo y gracias a 565 millones de dólares de la Fundación Gates y otros patrocinadores, su vacuna antipalúdica RTS,S, o Mosquirix, fue finalmente sometida a la tercera y última ronda de ensayo clínico en humanos en Ghana, Kenia y Malaui. Sin embargo, de acuerdo a los resultados iniciales, no es seguro que la RTS,S vaya a funcionar. Cuatro años después de la primera vacunación y tras una serie de recuerdos, la tasa de éxito de RTS,S era del 39 por ciento, y se desplomaba hasta el 4,4 por ciento siete años más tarde. «El problema con la mayoría de las vacunas es que su efectividad es con frecuencia efímera. Con más investigación y desarrollo, podría ofrecer una protección de por vida contra la malaria».
Ahora que podemos manipular el genoma del mosquito, se nos brinda por fin la oportunidad de contraatacar, pero hay lecciones históricas de las que debemos ser conscientes y a las que tenemos que atender. Como hemos visto con el DDT, las cosas nunca son tan sencillas. El destino de nuestra especie ha estado ligado al del mosquito a lo largo de nuestra carrera coevolutiva, desde los primeros torpes encuentros que mantuvimos en África…

El mosquito propició tanto el ascenso como la caída de antiguos imperios, y alumbró el nacimiento de unos países independientes mientras subyugaba y sometía cruelmente a otros. Ha paralizado e incluso arrasado economías. Ha estado presente en los campos de batalla más históricos y decisivos, ha amenazado y diezmado a los ejércitos más imponentes de todas las épocas, ha superado a los generales y las mentes militares más célebres jamás enrolados, y ha acabado con las vidas de muchos de ellos en el curso de sus carnicerías. A lo largo de nuestra violenta historia, los generales Anófeles y Aedes fueron poderosas armas de guerra, pluriempleados como formidables enemigos o cicateros aliados.
Aunque en los últimos tiempos hemos logrado amortiguar en cierta medida sus ataques, continúa ejerciendo su influencia sobre las poblaciones humanas.
El año pasado mató a solo 830.000 personas, pero aun así superó con creces las carnicerías que los humanos cometimos contra nuestros propios congéneres. Recientemente, nuestros curtidos guerreros antimosquitos, traficantes de armas científicos y señores de la guerra médicos han añadido a nuestro arsenal nuevas y sofisticadas armas de destrucción masiva en forma de impulso genético mediante las CRISPR y las vacunas contra la malaria. Estamos desplegando esta artillería en los frentes más activos del campo de batalla operativo para combatir a la creciente amenaza que supone el mosquito, gracias a los nuevos y efectivos proyectiles que emplea, como el zika y el virus del Nilo occidental, y la modernización de sus soldados históricamente cumplidores y aguerridos, como la malaria y el dengue. Esta guerra sin cuartel contra el más letal de nuestros depredadores solo puede tener un final: la rendición incondicional del mosquito y sus enfermedades.

Tal vez la actitud del lector hacia el mosquito también haya evolucionado, o haya variado en algún sentido respecto al odio sincero expresado en la introducción de este libro. Mi juicio sobre él oscila ahora entre la verdadera repulsión y un respeto y una admiración genuinos. Quizá ambos sean compatibles. Al fin y al cabo, en el marco de la guerra cotidiana que es el mundo y de la ley de la selva que rige la naturaleza, el mosquito no es muy distinto del lector ni de mí: como nosotros, simplemente está tratando de sobrevivir.

——————

9E33A034-52C6-460D-8C2F-2556CA419190
This book started out strong with an explanation of mosquito biology and disease spread. However, the text quickly deteriorated to a sweeping overview of almost every global and national battle, highlighting the role of infectious diseases secondary to mosquitos. The military history was so broad and the deaths from mosquito transmitted illness so devastating, that the conflicts soon blurred into one another. The take home message was that soldiers throughout history have succumbed to terrible mosquito borne diseases–but the point was repeated so many times that the middle part of the book was almost unreadable. The ending focused on mosquito control measures including genetic manipulations. Nice book and because of the beginning and the end, however, the central part of the book was an uphill battle.

The book was well-written but ultimately just far too fluffy to be super enjoyable. Funny enough, this is another history that has exactly the opposite problem. This book is stuffed full of detail, and I really did learn a lot, even as someone who’s read a number of books in this subject area. Winegard did his research, and this is one of those books that will find itself burrowing in to your casual conversations – one of my chief markers of a good history.
But god, it has the worst case of Referncer’s Disease I’ve ever seen. He wants to make pop culture references to movies, he wants to find ways to shoehorn in famous quotes and aphorisms, he wants to constantly call mosquitoes succubi for some reason, and so on. It’s an extremely TV Tropes, I Fucking Love Science kind of tone and focus, and it makes the book a hugely frustrating mess to go through. To his credit, while this is really bad at the start and end, it does taper off in the middle – the bulk of the inner book is actually a series of military histories where mosquitoes play a pivotal role on one side or the other, and this military focus (which is clearly what he wanted to write about all along) at least seems to keep him a bit less scatterbrained. But even then, he engages in some pretty grating repetition, both of prose and of ideas.
So this has a lot of interesting facts buried under some bad writing – worth reading? Well, first you should read Sonia Shah’s excellent The Fever: How Malaria Has Ruled Humankind for 500,000 Years (Winegard cites it several times in this book – again, whatever other criticisms I have of him, the man did his research). That’s more of a general history instead of a historical blow-by-blow. If, at the end of The Fever, you think «Wow – I’d love to know ‘what side’ malaria and yellow fever ended up on in the major military conflicts of our trans-oceanic age», then pick up this book and your questions will be answered, even if you have to fight a bit to get through it. But if Shah’s writing can’t sell you on this being interesting, Winegard doesn’t have a chance in hell, so make sure you get the order right.

A fluttering and unstoppable army of 110 billion enemy mosquitoes patrol every inch of the globe except Antarctica, Iceland, the Seychelles and a handful of islands in French Polynesia. The female warriors of this buzzing insect population are provided with at least fifteen lethal and debilitating biological weapons that they use against 7.7 billion humans, whose defensive mechanisms are doubtful and often harmful to themselves. Indeed, our defense budget for personal shields, aerosols and other deterrent systems against relentless attacks by mosquitoes increases rapidly, and has an annual cost of $ 11 billion. And, despite this, his lethal offensive campaigns and crimes against humanity continue with reckless debauchery. Although our counterattacks reduce the number of casualties caused by mosquitoes each year, they are still the deadliest human hunters on the planet. Last year they killed only 830,000 people. We, Homo sapiens sensible and wise, occupy the second place of the classification, because we kill 580,000 individuals of our own species.

The blood of group 0 seems to be the crop that you like best compared to that of groups A and B or their mixture. People in blood group 0 are bitten twice as much as those in group A, and those in group B are somewhere in between.
Throughout our existence, malaria and yellow fever, the toxic partner of the mosquito, have been the main agents of death and historical change and will largely play the role of antagonists in the prolonged chronological war between man and man. mosquito. «It is not always easy to keep yellow fever and malaria in mind and be fair to them.
However, malaria and yellow fever are only two of the more than fifteen diseases that the mosquito grants to humans. The others will represent the secondary roles in our story. The pathogens transmitted by mosquitoes can be separated into three groups: viruses, worms and protozoa (parasites).
The most abundant are viruses: they cause yellow fever, dengue fever, chikungunya fever, mayaro, West Nile fever, Zika and various encephalitis, including Saint Louis, equine and Japanese. Although they are debilitating, these diseases, leaving yellow fever aside, are not usually lethal. Those from West Nile, Mayaro and Zika viruses are relatively new entries in the mosquito-borne disease index. There are currently no vaccines to avoid them, except for yellow fever, but for the most part, survivors are lucky to remain immune throughout their lives.
In summary, warmer climates can maintain mosquito populations throughout the year that promote the endemic circulation (chronic and always present) of the diseases they transmit. Abnormally high temperatures as a result of the effects of the Boy or Girl may cause seasonal epidemics (a sudden outbreak of a disease that spreads among the population before disappearing) of mosquito-borne diseases in regions where they are absent or in the that appear fleetingly. Global warming intervals, natural or artificially induced, also allow the mosquito and its diseases to expand its topographic distribution. As temperatures rise, disease-transmitting species, which are generally confined to southern regions and low altitudes, slowly move north and higher.

The chronicles of ancient China, including the famous Nei Jing (Yellow Emperor’s Medicine Canon, 400-300 ane), clearly distinguish the ebb and flow patterns of fever characteristic of various types of malaria and describe well the enlargement of spleen. It was believed that the symptoms of «the mother of all fevers» were due to alterations of chi (energy force) and the balance between yin and yang (good and evil), concepts that Guru George apparently borrowed Lucas, creator of Star Wars. In folklore and in Chinese medical texts, malaria was represented through a demonic trio, in which each of the evil spirits meant a phase of the fever cycle. The demon of the chills was armed with a bucket of cold water; the next demon, the one with the fever, stoked a scorching fire; and the last demon, that of sweating and strong headaches, held a mallet.
The power of these demons of malaria is reflected in the legend that tells the story of a Chinese emperor who asked his most loyal emissary to pacify a remote southern province and become its governor. The ambassador thanked the emperor and began preparing for his new position. However, when it was time to leave, he refused to leave, because he said his destiny meant certain death, because the province in question was full of malaria. He was immediately beheaded by the enraged ruler.
Some Indian medical texts dated around 1500 a.n.e. They also mention the different malarial fevers. The «king of diseases» was represented by Takman, the fierce fever demon, who emerges from the lightning during the rainy season. Hindus not only recognized that water was related in some way to mosquitoes, but it seems that they were the first to identify mosquitoes as the origin of malaria. In the sixth century BC, the Indian doctor Sushruta distinguished, in his detailed compendium of medicine, between five species of mosquitoes in the Indus Valley.
Most of Europe, as an immediate consequence of the collapse of the Roman Empire, fell back on itself. The dictatorial feudalism of the monarchies, the manors and the papacy reigned supremely. Christianity reversed its course, so it ceased to be a faith that healed and became a fatalistic doctrine, loaded with fire and alcrebite and widespread spiritual and economic corruption. The European population, in decline, was isolated during the obscurantism of the Middle Ages, and progress, the academic world and the knowledge of the ancients faded from collective memory. While Europe was blinded by disease and religious and cultural instability, another spiritual and political order emerged and prospered in the Middle East. The appearance of Islam in Mecca and Medina at the beginning of the 7th century generated a rich cultural and intellectual renaissance throughout the Middle East. While Europe was sliding into an intellectual abyss, education and progress mediated throughout the area of Muslim expansion. Inevitably, these two spiritual superpowers would compete for territorial and economic hegemony among the clouds of secular mosquitoes that fueled the clash of civilizations of the Crusades.

The malarial epicenter of England, the so-called Fens or Fenlands, stretched along the east coast for 500 kilometers, from Hull to Hastings, from north to south. The marshes that departed radially from the core of Essex and Kent, full of malarial mosquitoes, consumed the seven southeastern counties of the country. During the final part of the 16th and 17th centuries, England began to recover from the devastation that the Black Death had caused. Its population more than doubled during the seventeenth century and reached 5.7 million inhabitants at the end of the century. London went from having a population of 75,000 people in 1550 to 400,000 inhabitants a century later. Migrant tramps and smugglers, as well as the poor avid for land, flocked to the Fenlands, which humans had not claimed but which mosquitoes used widely.
The inhabitants of the Fens, who used to be called «marshland dwellers», «marjaleros», or «handsome», due to jaundice caused by malaria and its emaciated appearance, dragged mortality rates related to malaria of more than 20 percent.
Scotland, which already had fiscal difficulties, went bankrupt due to Darién’s adventure liquidated by the mosquito. In the wild jungle of Panama, the mosquito had eaten, almost literally, the Scottish treasure. Thousands of Scots lost their savings, the streets were filled with riots, unemployment rates hit a ceiling and the country was filled with financial chaos. At that time, although England and Scotland shared the monarch, they were two independent countries with different parliamentary legislatures. England was richer and more populated, and, in general, was much more affluent, and had been insisting for centuries to its poorer northern neighbor, to unify. The Scots, not forgetting William Wallace brandishing his sword at the end of the thirteenth century, had fiercely resisted until then all English pleas. “When England offered to pay all the debt of the Scottish Parliament and to reimburse the shareholders, many Scots found this offer irresistible. Even some committed Scottish patriots like Paterson backed the Union Act of 1707. Thus Britain was born, with the help of Darien’s fevers, ”explains J. R. McNeill. In his lament over the loss of Scottish independence, Robert Burns, idolized as the national poet of Scotland, rebuked corrupt politicians and wealthy merchants for selling to the Scottish people in support of Union laws. «They buy and sell us for English gold. What a lot of scoundrels in a nation! ”Burns admonished. Although the Scottish people did not welcome the Union Act or the loss of independence, the economy began to recover, as it benefited from the success of the flourishing English mercantilist and extractive colonies of the Americas.

After the overwhelming carnage of the Civil War, the United States deserved a long vacation without death. But there would be no time for the country, devastated by the conflict, to lick its wounds. The mosquito does not respect the period of mourning and takes advantage of both the baladíes fights and the total war. Unfortunately, although the killings on the battlefield ended, the mosquito did not recognize the saved ones after the peace negotiation between Lee and Grant on the porch of Wilmer McLean. Millions of soldiers returned home with images of battles etched in the brain and diseases transmitted by boiling mosquitoes in their veins. During the decades of the Reconstruction, tumultuous from the political point of view and turbulent from the racial point of view, which were extended by the spotted and plagued presidency of Grant’s scandals, the mosquito unleashed the worst epidemics in American history in a population that already cried to their dead and I was tired of war.
In light of the discoveries made by Manson, Ross, Grassi, Reed and Gorgas, among others, countries around the world organized national departments of health, schools of tropical medicine, institutions that benefit scientific research such as the Rockefeller Foundation, departments of military hygiene, army nursing bodies, sanitation commissions and public waste disposal infrastructure, in addition to passing health laws. In his study of the effects of mosquito control during the construction of the Panama Canal, Paul Sutter explains that “it was the American commercial and military expansion towards tropical Latin America and the Asian Pacific that most closely connected the federal entomological experience with Public health campaigns. In fact, these imperialist campaigns contributed to developing federal capacity to promote public health and to reformulate disease control as a federal […] issue at the beginning of the 20th century. The United States was followed by a number of countries that came to understand national health not only as a civil priority (or even a legal right) but also as a military necessity. They all had the mosquito as their number one enemy.

At the beginning of World War II, «the incidence of malaria in the United States was the lowest in history,» according to the Office for Malaria Control in War Zones, predecessor in times of conflict at the Centers for Disease Control and Prevention (CDC). With the course of the war, the story changed completely. Fighting the mosquito, as well as the human enemy, was essential to achieve victory on all fronts. World War II was a turning point for science, medicine, technology and military equipment, which also led to the modernization and improvement of weapons and ammunition used against mosquitoes. During the conflict and in the immediate «peace» of the Cold War, synthetic drugs effective against malaria, such as atabrine and chloroquine, as well as the chemical compound DDT, a method of cheap eradication and mass production, dragged the mosquito and its diseases to a declining spiral and a full-fledged global withdrawal. For the first time in history, we humans had an advantage in our eternal war against mosquitoes.
Equipped with the recent discoveries of Ross, Grassi, Finlay and Reed, among others, related to mosquito-borne diseases, during both world wars and, no doubt, to a greater extent even in the second, governments and their armies were able to more effectively control mosquitoes and the spread and treatment of their diseases. The mosquito had been cornered and identified as the propagator of malaria, fever.
During the war there were around 725,000 reported cases of mosquito-borne diseases among US soldiers, of which approximately 575,000 were from malaria, 122,000 from dengue and 14,000 from filariasis. Mosquito-borne diseases accounted for 3.3 million days of sick leave. An estimated 60 percent of all Americans stationed in the Pacific contracted malaria at least once; Among the famous characters who suffered in times of war are Navy Lieutenant John F. Kennedy, War Correspondent Ernie Pyle and Soldier Charles Kuhl. Kuhl was one of two soldiers who, in August 1943, during the Allied invasion of Sicily, were slapped by an enraged general George S. Patton, who accused them of cowardice for pretending «combat fatigue» or «war neurosis» . In fact, Kuhl, burning with a 39-degree fever, was the victim of a malaria that would be diagnosed later.

In 1972, ten years after the Silent Spring went viral and the United States hit the DDT with a national agricultural ban, this no longer mattered. The death toll of the DDT had already sounded as a frontline defense against mosquitoes. The DDT had stayed longer than was due. The mosquito had survived the effectiveness and usefulness of its enemy, and its empire of diseases counterattacked, adapted and evolved during the silent springs of the sixties. Malaria parasites poured a shot of chloroquine between plates and plates of various antimalarials, and the mosquitoes developed a luxurious layer of immunity foam when showering with DDT.
In reality, the DDT ban imposed by the United States in 1972 had more to do with its ineffectiveness against product-resistant mosquitoes, which were first found in a proven manner in 1956 (and it is conceivable that they were already in 1947) that with some long-range environmental political influence or something Carson wrote.
For example, in 1968, Ceylon (today Sri Lanka) stopped spraying DDT prematurely, as would be shown later. Immediately, malaria broke out on the island and infected 100,000 people. The following year the number of infected had risen to half a million. In 1969, the year that WHO completed its Malaria Eradication Program, which lasted fourteen years and cost $ 1.6 billion (approximately $ 11 billion in 2018), India reported 1.5 million cases of malaria . In 1975 in this country there were more than 6.5 million documented cases of malaria. In the early seventies, the rates of mosquito-borne diseases in South America, Central America, the Middle East and Central Asia reached levels prior to DDT.
The antimalarial properties (Artemisa annua) were not rediscovered until 1972, and the 523 Mao Zedong Project, a very confidential secret malaria research program, carried out by the People’s Liberation Army at the request of North Vietnam , which was entangled in a quagmire of war and disease with the United States. Malaria was a constant burden for all combatants during the prolonged conflict. With the incorporation of foreign troops swallowing ineffective chloroquine tablets and mass migrations of non-resistant populations in Vietnam, Laos, Cambodia and the southern provinces of China, malaria flourished in this tropical paradise, the Pearl of the Far East. «The Vietnamese jungle soon became the world’s first drug-resistant malaria incubator,» reports Sonia Shah in her analysis of Project 523.
Zhou Yiqing, a Chinese doctor who worked on Project 523, recalls that he was «ordered to conduct field research on tropical diseases in Vietnam.
When large pharmaceutical companies finally acquired the rights of artemisinin, in 1994, Western governments began the long process of clinical trials of ACTs, which began in 1999. A decade later, the U.S. Food and Drug Administration granted Your approval The ACTs quickly became the reference antimalarial, which earned You Youyou, the pioneer of Project 523, her deserved Nobel Prize in 2015 «for her discoveries related to a new malaria therapy.» He shared these honors with William Campbell and Satoshi Omura, who developed ivermectin, an effective drug to eradicate parasitic worm infections, including human filariasis and dirofilariasis of the dog’s heart, both transmitted by mosquitoes.
At present, the ACTs are expensive, and the campaigns that promote it are aimed at tourists and rich backpackers, who are persecuting them to recover the costs of research and development, but also because the resistance clock is underway to the ACT. Pharmaceutical companies need to make money before the parasite evolves and adapts, and artemisinin is running out of time, just like most other antimalarials. «As effective and potent as artemisinin drugs are today, it is only a matter of time before genetically resistant strains arise and spread,» the Institute of Medicine warned in 2004. Four years later, this statement became a reality.

Dr. Susan Moeller, a specialist in media and international affairs at the University of Maryland, blames the media for creating this apathetic atmosphere she calls «compassion fatigue.» New design diseases that are so fashionable, such as SARS, bird flu (H5N1), swine flu (H1N1) and especially the dreaded Ebola, could threaten rich countries where mosquito-borne diseases have been relatively latent for decades. For its part, AIDS has already reminded rich nations that epidemic diseases were not historical phenomena nor were they limited to remote continents. Younger generations of Americans, Canadians, Europeans and other wealthy Westerners do not live in a world of malaria as their ancestors did, and they do not fear mosquito-borne diseases, if they have heard of them.
However, over the past two decades, an increasingly lethal offensive organized by the mosquito and implemented by tanned veterans in the battle of malaria and dengue has been reborn, along with the new recruits of the Nile virus Western and Zika, which has changed everything. Apparently emerging from nowhere, in 1999 the mosquito attacked New York City, frightened the heart of a superpower and sowed panic. The United States responded summarily with a constant and growing counterattack under Bill and Melinda Gates.
However, over the past two decades, an increasingly lethal offensive organized by the mosquito and implemented by tanned veterans in the battle of malaria and dengue has been reborn, along with the new recruits of the Nile virus Western and Zika, which has changed everything. Apparently emerging from nowhere, in 1999 the mosquito attacked New York City, frightened the heart of a superpower and sowed panic. The United States responded summarily with a constant and growing counterattack under Bill and Melinda Gates.

The pharmaceutical giant GlaxoSmithKline, based in London, first reached the goal of the vaccine. In the summer of 2018, after twenty-eight years of development and thanks to 565 million dollars from the Gates Foundation and other sponsors, its RTS, S, or Mosquirix malaria vaccine was finally submitted to the third and final round of clinical trial in humans in Ghana, Kenya and Malawi. However, according to the initial results, it is not certain that the RTS, S will work. Four years after the first vaccination and after a series of memories, the success rate of RTS, S was 39 percent, and plummeted to 4.4 percent seven years later. “The problem with most vaccines is that their effectiveness is often short-lived. With more research and development, I could offer lifelong protection against malaria”.
Now that we can manipulate the mosquito genome, we are finally given the opportunity to fight back, but there are historical lessons that we should be aware of and that we have to attend to. As we have seen with DDT, things are never so simple. The fate of our species has been linked to that of the mosquito throughout our coevolutive career, since the first awkward encounters we had in Africa …

The mosquito caused both the rise and fall of ancient empires, and enlightened the birth of independent countries while subjugating and cruelly subduing others. It has paralyzed and even devastated economies. He has been present in the most historic and decisive battlefields, he has threatened and decimated the most imposing armies of all ages, he has surpassed the most famous generals and military minds ever enlisted, and he has ended the lives of many of them in the course of their butchers. Throughout our violent history, Generals Anopheles and Aedes were powerful weapons of war, multi-employed as formidable enemies or allied scars.
Although in recent times we have managed to dampen their attacks to some extent, it continues to exert its influence on human populations.
Last year he killed only 830,000 people, but he still far exceeded the carnage that humans committed against our own fellow human beings. Recently, our tanned anti-mosquito warriors, scientific weapons dealers and medical warlords have added to our arsenal new and sophisticated weapons of mass destruction in the form of genetic momentum through CRISPR and malaria vaccines. We are deploying this artillery on the most active fronts of the operational battlefield to combat the growing threat posed by the mosquito, thanks to the new and effective projectiles it uses, such as Zika and West Nile virus, and the modernization of its historically compliant and hardened soldiers, such as malaria and dengue. This war without quarter against the most lethal of our predators can only have an end: the unconditional surrender of the mosquito and its diseases.

Perhaps the reader’s attitude towards the mosquito has also evolved, or has varied in some sense regarding the sincere hatred expressed in the introduction of this book. My judgment about him now oscillates between true repulsion and genuine respect and admiration. Maybe both are compatible. After all, in the framework of the daily war that is the world and the law of the jungle that governs nature, the mosquito is not very different from the reader or me: like us, it is simply trying to survive.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.