Las Puertas De La Percepción / Cielo E Infierno — Aldous Huxley / The Doors of Perception & Heaven and Hell by Aldous Huxley

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«Hay cosas conocidas
y hay cosas desconocidas
y en el medio están las puertas»; Las puertas de la percepción.

¿Por qué deberías leerlo?
1. Si quieres cuestionar la mente.
2. Si quieres una idea de los psicodélicos. (es decir, si aún no ha probado ninguna forma de alucinógenos)
3. Si desea saber acerca de lo «desconocido» y su diferencia con lo «conocido».
4. Si quieres saber cuál es la diferencia entre un cerebro trastornado (esquizofrénico) y uno normal, y qué define un cerebro normal y lo llama visionario, loco.
5. Si desea leer la riqueza del texto utilizado para describir el tratamiento filosófico de la experiencia mística.
6. Si eres un fanático de Morrison.
7. Por último, si quieres ROMPER A TRAVÉS (AL OTRO LADO).

Basado en su propia experiencia con la mescalina, Huxley nos informa sobre la verdadera naturaleza de la realidad, es decir, el alcance de la misma. No se detiene en grandes obras de arte, shizofrenia o religión, sino que conecta libremente su ingesta de esta droga con un ambicioso conjunto de temas para complementarlos a todos y prescribir un poco más de la misma medicina, o al menos similar. . Las drogas y la trascendencia / vida en general siempre tuvieron mucho en común, pero su forma de predicar es exactamente como lo que su encuentro de drogas le advierte.
La descripción de su aventura sería mucho más reveladora, si no se hubiera convertido en una conferencia sobre dos categorías antiguas de ser, una experimentada a través de nuestra vida cotidiana, donde el lenguaje representa una barrera entre nosotros y el mundo, y la otra de esencia verdadera que solo se puede alcanzar a través de alguna actividad trascendental, como tomar drogas. Aunque su expedición a la esfera de la percepción pura le muestra las limitaciones de las palabras y todas nuestras clasificaciones, parece que identifica su viaje con tantos conceptos y teorías como sea posible. Él crea un paradigma de ser puro, que desinteresado como es, se basa en un solo experimento de su humilde ser. Poco queda de este experimento, sino doctrinas generalizadas, que se ajustan demasiado bien. Me pregunto cuánto conocimiento anterior afectó su experiencia o cuántas interpretaciones posteriores lo atravesaron y tuve la sensación de que no entendió su unicidad, o como él diría, talidad.

O tal vez solo fueron sus contundentes implicaciones con las que tengo problemas. Cuando no generaliza, hace lo mejor que puede; Su caracterización de cortinas en las pinturas barrocas es simplemente hermosa.

Fue en 1886 cuando el farmacólogo alemán Ludwig Lewin publicó el primer estudio sistemático del cacto, al que se dio luego el nombre del propio investigador, Anhalonium lewinii, nuevo para la ciencia. Para la religión primitiva y los indios de México y del Sudoeste de los Estados Unidos, era un amigo de tiempo inmemorial. Era, en realidad, mucho más que un amigo. Según uno de los primeros visitantes españoles del Nuevo Mundo, esos indios “comen una raíz que llaman peyotl y a la que veneran como a una deidad”.
La razón de que la veneraran como a una deidad quedó de manifiesto cuando psicólogos tan eminentes como Jaensch, Havelock Ellis y Weir Mitchell iniciaron sus experimentos con la mescalina, el principio activo del peyotl. Cierto es que se detuvieron mucho antes de llegar a la idolatría, pero todos ellos coincidieron en asignar a la mescalina un puesto entre las drogas más distinguidas. Administrada en dosis adecuadas, cambiaba la cualidad de la conciencia más profundamente —siendo al mismo tiempo menos tóxica— que cualquier otra sustancia del repertorio de la farmacología.
Ulteriores investigaciones revelaron que el ácido lisérgico, un alucinógeno muy poderoso que se obtiene del cornezuelo del centeno, tiene con ambas una relación bioquímica estructural. Luego vino el descubrimiento de que el adrenocromo, que es un producto de la descomposición de la adrenalina, puede producir muchos de los síntomas observados en la intoxicación con mescalina. Pero el adrenocromo se produce probablemente de modo espontáneo en el cuerpo humano. En otros términos, cada uno de nosotros es capaz de producir una sustancia química de la que se sabe que, aun administrada en dosis diminutas, causa profundos cambios en la conciencia. Algunos de estos cambios son análogos a los que se manifiestan en la plaga más característica del siglo XX, la esquizofrenia. ¿Es que el desorden mental tiene por causa un desorden químico? ¿Y el desorden químico se debe a su vez a angustias psicológicas?.

El cambio que efectivamente se produjo en él no fue en modo alguno revolucionario. Media hora después de tomada la droga advertí una lenta danza de luces doradas. Poco después hubo suntuosas superficies rojas que se hinchaban y expandían desde brillantes nódulos de energía, unos nódulos vibrantes, con una vida ordenada continuamente cambiante.
La mente obtiene su percepción en función de intensidad de existencia, de profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema.
El esquizofrénico es un alma, no solamente no regenerada, sino además desesperadamente enferma. Su enfermedad consiste en su incapacidad para escapar de la realidad interior y exterior y refugiarse —como lo hace habitualmente la persona sana— en el universo de fabricación casera del sentido común, en el mundo estrictamente humano de las nociones útiles, los símbolos compartidos y las convenciones socialmente aceptables. El esquizofrénico es como un hombre que está permanentemente bajo la influencia de la mescalina y que, por tanto, no puede rechazar la experiencia de una realidad con la que no puede convivir porque no es lo bastante santo, que no puede explicar porque se trata del más innegable y porfiado de los hechos primarios.
Aunque evidentemente superior a la cocaína, el opio, el alcohol y el tabaco, la mescalina no es todavía la droga ideal. Junto a la felizmente transfigurada mayoría de tomadores de mescalina, hay una minoría para la que la droga representa únicamente un infierno o un purgatorio. Además, como droga que, del mismo modo que el alcohol, debe ser de consumo general, sus efectos duran demasiado tiempo.
El razonamiento sistemático es algo de lo que tal vez no podamos prescindir ni como especie ni como individuos. Pero tampoco podemos prescindir, si hemos de permanecer sanos, de la percepción directa, cuanto menos sistemática mejor, de los mundos interior y exterior en los que hemos nacido. Esta realidad es un infinito que está más allá de toda comprensión y, sin embargo, puede ser percibida directamente, y desde cierto punto de vista, de modo total.

Existen dos métodos. Ninguno de ellos es perfecto, pero ambos son lo suficientemente seguros, fáciles y de fiar para que se justifique su empleo por quienes sepan lo que están haciendo. En el primer caso el alma es transportada a su distante destino con la ayuda de un producto químico: la mescalina o el ácido lisérgico. En el segundo, el vehículo es de naturaleza psicológica y el paso a las antípodas de la mente se efectúa por medio de la hipnosis. Los dos vehículos llevan a la conciencia a la misma región, pero la droga tiene más campo de acción y lleva a sus pasajeros más al interior de la terra incognita.
En cuanto a los efectos fisiológicos de la mescalina, sabemos poco. Probablemente —no estamos seguros de ello—, causa perturbaciones en el sistema de enzimas que regula el funcionamiento cerebral. Al obrar así, disminuye la eficiencia del cerebro como instrumento para concentrar la mente en los problemas de la vida sobre la superficie de nuestro planeta. Esta disminución en lo que podría llamarse la eficiencia biológica del cerebro parece permitir la entrada en la conciencia de ciertas clases de sucesos mentales que normalmente están excluidos, porque no poseen valor de supervivencia. La enfermedad o la fatiga pueden originar intrusiones análogas de material biológicamente inútil, pero estética y a veces espiritualmente valioso. Cabe también que se llegue a lo mismo por el ayuno o por un período de confinamiento en un lugar oscuro y de completo silencio.
Una persona bajo la influencia de la mescalina o el ácido lisérgico deja de tener visiones cuando se le da una dosis grande de ácido nicotínico.

En el mundo occidental hay actualmente muchos menos visionarios y místicos que antes. Hay dos razones principales para este estado de cosas: una razón filosófica y una razón química. En el cuadro del universo actualmente de moda, no hay sitio para la experiencia trascendental válida. Consiguientemente, quienes han tenido lo que consideran experiencias trascendentales válidas son mirados con recelo, como chiflados o farsantes. Ya no acredita a nadie ser un místico o un visionario.
Pero no es nuestro clima mental lo único desfavorable para el visionario y el místico; también lo es nuestro ambiente químico, un ambiente muy distinto de aquel en el que vivieron nuestros antepasados.
El cerebro está químicamente regulado y la experiencia ha demostrado que cabe hacerlo permeable a los (en términos biológicos) aspectos superfluos de la Inteligencia Libre mediante la modificación de la (en términos biológicos) química normal del cuerpo.
Muchos esquizofrénicos pasan la mayor parte de su tiempo, no en la tierra o el cielo, ni siquiera en el infierno, sino en un mundo gris y sombrío de fantasmas e irrealidades. Lo cierto de estos psicóticos lo es también, en menor medida, de ciertos neuróticos afligidos por una forma más suave de enfermedad mental. Recientemente, se ha podido inducir a este estado de existencia fantasmal mediante la administración de una pequeña cantidad de uno de los derivados de la adrenalina. Para los vivos, las puertas del cielo, el infierno o el limbo se abren, no con “macizas llaves de metales hechas”, sino por la presencia en la sangre de una serie de compuestos químicos y por ausencia de otra serie. El mundo de las sombras habitado por algunos esquizofrénicos y neuróticos se parece mucho al mundo de los muertos, tal como ha sido descripto en algunas de las primeras tradiciones religiosas.

En Sartor Resartus Carlyle ha dejado lo que —en El Señor Carlyle, mi paciente— su biógrafo psicosomático, el doctor James Halliday, denomina “una asombrosa descripción de un estado mental psicótico, en gran parte depresivo, pero en parte también esquizofrénico”.
“Los hombres y mujeres a mi alrededor —escribe Carlyle—, hasta cuando me hablaban, eran únicamente Figuras; yo había olvidado prácticamente que estaban vivos, que no eran meros autómatas.

Libros relacionados con el tema:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/01/como-cambiar-tu-mente-lo-que-la-nueva-ciencia-de-la-psicodelia-nos-ensena-sobre-la-conciencia-la-muerte-la-adiccion-la-depresion-y-la-transcendencia-michael-pollan-how-to-change-your-m/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/16/plantas-de-los-dioses-origen-del-uso-de-los-alucinogenos-richard-evans-schultes-albert-hofmann-plants-of-the-gods-their-sacred-healing-and-hallucinogenic-powers-by-richard-evans/

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‘There are things known
and there are things unknown
and in between are the doors’; The Doors of Perception.

Why should you read it?
1. If you want to question the mind.
2. If you want an insight into psychedelics. (i.e. if you haven’t already tried any form of hallucinogens yet)
3. If you want to know about the ‘unknown’ and its difference with the ‘known’.
4. If you want to know what is the difference between a deranged ( schizophrenic) and a normal brain and what defines a brain, normal and labels a visionary, mad?
5. If you want to read the richness of the text used to describe the philosophical treatment of the mystical experience.
6. If you are a Morrison fan.
7. Lastly, If you want to BREAK ON THROUGH (TO THE OTHER SIDE).

Based on his own experience with mescalin, Huxley informs us about the true nature of reality, that is, the sheer scope of it. He doesn’t stop at great works of art, shizophrenia or religion, but freely connects his intake of this drug to an ambitious bundle of themes in order to supplement them all and to prescribe some more of the same, or at least similar, medicine. Drugs and transcendence/life in general had always have much in common, but his way of preaching is exactly like what his drug encounter warns him against.
The description of his adventure would be much more revealing, if it hadn’t elevate into a lecture about two ancient categories of being, one experienced through our everyday life, where language represents a barrier between us and the world, and the other one of true essence that can be reached only through some transcendental activity such as taking drugs. Although his expedition to the sphere of pure perception shows him the limitations of words and all of our classifications, it seems he identifies his trip with as many concepts and theories as he possibly can. He makes a paradigm of pure being out of it, which selfless as it is, is based on one sole experiment of his humble self. Little is left of this experiment but widespread doctrines, which just fit too neatly. I wonder how much previous knowledge affected his experience or how much posterior interpretations transversed it and I got the feeling he didn’t quite catch its uniqness, or as he would said, suchness.

Or perhaps it was just his forceful implications I have troubles with. When he doesn’t generalize, he does his best; his charachterisation of draperies in the baroque paintings is just beautiful.

It was in 1886 when the German pharmacologist Ludwig Lewin published the first systematic study of the cactus, which he later gave the name of the researcher himself, Anhalonium lewinii, new to science. For the early religion and the Indians of Mexico and the Southwest of the United States, he was a friend of time immemorial. He was, in fact, much more than a friend. According to one of the first Spanish visitors to the New World, those Indians «starting a root they call peyotl and whom they worship as a deity.»
The reason they revered her as a deity remained clear when such eminent psychologists as Jaensch, Havelock Ellis and Weir Mitchell began their experiments with mescaline, the active substance of peyotl. It is true that they stopped long before coming to idolatry, but all agreed to assign mescaline a position among the most distinguished drugs. Administered in adequate doses, it changes the quality of consciousness more deeply – while being less toxic – than any other substance in the pharmacology repertoire.
Further research reveals that lysergic acid, a very powerful hallucinogen that is obtained from ergot of rye, has a structural biochemical relationship. Then came the discovery that adrenochrome, which is a product of the breakdown of adrenaline, can produce many of the symptoms observed in mescaline poisoning. But adrenochrome probably occurs spontaneously in the human body. In other words, each of us is capable of producing a chemical known to be that even when administered in tiny doses, it causes profound changes in consciousness. Some of these changes are analogous to those manifested in the most characteristic plague of the twentieth century, schizophrenia. Is it that mental disorder causes a chemical disorder? And the chemical disorder is due in turn to psychological anguish?

The change that actually occurred in him was by no means revolutionary. Half an hour after taking the drug announces a slow dance of golden lights. Shortly thereafter there were sumptuous red surfaces that swelled and expanded from bright nodules of energy, vibrant nodules, with a continuously changing orderly life.
The mind obtains its perception in the function of intensity of existence, of depth of meaning, of relationships within a system.
The schizophrenic is a soul, not only not regenerated, but also desperately ill. His illness consists in his inability to escape from inner and outer reality and take refuge – as the healthy person usually does – in the universe of home-made common sense, in the strictly human world of useful notions, shared symbols and socially acceptable conventions. The schizophrenic is like a man who is permanently under the influence of mescaline and who, therefore, cannot reject the experience of a reality he cannot live with because he is not holy enough, who cannot explain why it is more undeniable and stubborn of the primary facts.
Although obviously superior to cocaine, opium, alcohol and tobacco, mescaline is not yet the ideal drug. Along with the happily transfigured majority of mescaline takers, there is a minority for which the drug represents a hell or a purgatory. In addition, as a drug that, like alcohol, must be of general consumption, its effects last too long.
Systematic reasoning is something you may not be able to do without as a species or as individuals. But we cannot do without, if we are to remain healthy, the direct perception, the less systematic the better, of the inner and outer worlds in which we were born. This reality is an infinite that is beyond all comprehension and yet it can be perceived directly, and from a certain point of view, in a total way.

There are two methods. Neither of them is perfect, but both are safe, easy and reliable enough to justify their employment by those who know what they are doing. In the first case the soul is transported to its distant destination with the help of a chemical: mescaline or lysergic acid. In the second, the vehicle is of a psychological nature and the passage to the antipodes of the mind is carried out through hypnosis. The two vehicles bring consciousness to the same region, but the drug has more scope and takes its passengers further into the Incognita terra.
As for the physiological effects of mescaline, we know little. Probably – we are not sure about it – it causes disturbances in the enzyme system that regulates brain function. By doing so, it decreases the efficiency of the brain as an instrument to concentrate the mind on the problems of life on the surface of our planet. This decrease in what could be called the biological efficiency of the brain seems to allow the entry into consciousness of certain kinds of mental events that are normally excluded, because they have no survival value. Illness or fatigue can cause similar intrusions of biologically useless, but aesthetic and sometimes spiritually valuable material. It is also possible to achieve the same thing by fasting or by a period of confinement in a dark place and complete silence.
A person under the influence of mescaline or lysergic acid ceases to have visions when given a large dose of nicotinic acid.

In the western world there are currently many less visionaries and mystics than before. There are two main reasons for this state of affairs: a philosophical reason and a chemical reason. In the universe of the currently fashionable universe, there is no place for valid transcendental experience. Consequently, those who have had what they consider to be valid transcendental experiences are viewed with suspicion, such as nuts or fakers. It no longer credits anyone to be a mystic or a visionary.
But our mental climate is not the only unfavorable thing for the visionary and the mystic; so is our chemical environment, an environment very different from that in which our ancestors lived.
The brain is chemically regulated and experience has shown that it can be made permeable to the (in biological terms) superfluous aspects of Free Intelligence by modifying the normal chemical (in biological terms) of the body.
Many schizophrenics spend most of their time, not on earth or in the sky, not even in hell, but in a gray and gloomy world of ghosts and unrealities. The truth of these psychotics is also, to a lesser extent, of certain neurotics afflicted by a milder form of mental illness. Recently, it has been possible to induce this state of ghostly existence by administering a small amount of one of the adrenaline derivatives. For the living, the doors of heaven, hell or limbo are opened, not with «solid metal keys made», but by the presence in the blood of a series of chemical compounds and by the absence of another series. The world of shadows inhabited by some schizophrenic and neurotic people is very similar to the world of the dead, as described in some of the earliest religious traditions.

In Sartor Resartus Carlyle he has left what – in Mr. Carlyle, my patient – his psychosomatic biographer, Dr. James Halliday, calls «an amazing description of a psychotic mental state, largely depressive, but partly also schizophrenic.»
“The men and women around me,” writes Carlyle, “until they spoke to me, they were only Figures; I had practically forgotten that they were alive, that they were not mere automatons.

Books about subject:

https://weedjee.wordpress.com/2019/06/01/como-cambiar-tu-mente-lo-que-la-nueva-ciencia-de-la-psicodelia-nos-ensena-sobre-la-conciencia-la-muerte-la-adiccion-la-depresion-y-la-transcendencia-michael-pollan-how-to-change-your-m/

https://weedjee.wordpress.com/2019/10/16/plantas-de-los-dioses-origen-del-uso-de-los-alucinogenos-richard-evans-schultes-albert-hofmann-plants-of-the-gods-their-sacred-healing-and-hallucinogenic-powers-by-richard-evans/

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