El Turco. Diez Siglos A Las Puertas De Europa — Francisco Veiga / The Turk. Ten Centuries At The Gates Of Europe by Francisco Veiga (spanish book edition)

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Magnífico libro, ampliado y que debe ser leído con el libro de Andres Mourenza, comentado en el blog, dos de los mejores libros sobre Turquia.
Mucho ha llovido desde 2006 y, sobre todo, se han producido cambios en profundidad que hubieran parecido impensables por aquel entonces. Ha transcurrido toda una era, marcada por acontecimientos que han resultado trascendentales no sólo para Turquía, sino también para Europa en su conjunto: la gran recesión de 2008, la crisis griega de 2010, la Primavera Árabe, la guerra civil siria, la crisis de los refugiados, el auge del ultranacionalismo, el pinchazo de la globalización y la delicada situación del proyecto de integración europea.
Los períodos históricos de crisis y descomposición están marcados por el desorden, y su relato es difícil, al contrario de aquellos presididos por un proyecto que parece ser constructivo. La exposición y el análisis son tanto más complicados por el hecho de que afectan a la siempre compleja realidad política de Turquía, desde luego; pero a una Turquía cada vez más inmersa en los procelosos fenómenos globales.
Queda claro que el ahora presidente Erdoğan ha sido el gran protagonista de este período, pero también su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), así como la masa social de militantes, simpatizantes y votantes sin los cuales no hubiera podido mantenerse en el poder durante todos estos años, con mayorías absolutas, aun asumiendo que su proyecto político navega hacia el autoritarismo o, como se suele explicitar en nuestros tiempos, hacia el iliberalismo. Esto es: hacia sistemas formalmente liberales representativos, con su Parlamento y sus partidos políticos, pero poco respetuosos con el verdadero Estado de derecho y las libertades individuales.
La realidad de Europa y de Turquía es, a la postre y por suerte, mucho más rica, diversa y esperanzadora.

A lo largo de 2003 comenzaron a multiplicarse las señales de que esta vez Bruselas estaba considerando seriamente la posibilidad de formalizar la candidatura turca a la Unión Europea.
El nexo predominante que da color a ese tapiz es la idea de que, durante siglos, los turcos han constituido un verdadero laboratorio para el mundo islámico. A partir de ahí, el tópico de que ningún país árabe o ni siquiera musulmán seguirá el modelo kemalista es falsa por varias razones. La primera de ellas, porque el kemalismo hace tiempo que ha desaparecido como realidad política viva. La República turca ya influyó en la articulación política e institucional de toda una serie de estados de corte laico que surgieron tras la Segunda Guerra Mundial; e incluso antes, como fue el caso de la República del Rif, que tanta guerra dio a España en los años veinte. O el Irán del sha Reza Pahlevi, ya en vida de Mustafa Kemal, como pone de relieve una documentada monografía publicada recientemente.
Algunos de esos estados muestran un pequeño homenaje a Turquía en sus banderas: la presencia del creciente y la estrella. Motivo que históricamente no posee la potencia simbólica representativa del islam que se le ha querido dar en tiempos recientes, y que en todo caso está más asociado a la cultura turca ancestral que a la árabe. En definitiva un país complejo.

Comenzaron las invasiones turcas: no bajo la forma de una brutal y única arremetida, como la protagonizada por los hunos seis siglos antes, sino en cortos empujones, como bolas de billar chocando entre sí, o en capas sucesivas que se superponían unas sobre las otras. No existía nada parecido a un plan preciso de invasión y dominación, ni siquiera una voluntad de imponer una cultura propia. Mahmūd de Gazna era un turco convertido al islam, suní ortodoxo y bastante ansioso por integrarse en el universo abasí con la bendición de Bagdad. Conservó la administración samaní y organizó en Gazna una corte en la que acogió a importantes artistas de la época —entre ellos, al gran poeta Firdawsī— y fue el centro del renacimiento de la cultura persa.
Mientras tanto, empujados desde Oriente, quizá por los mongoles, llegaron los turcomanos, tribus no convertidas al islam y cuya actividad económica se centraba en el pastoreo. Aparecieron por la Transoxiana, una región clave denominada así porque estaba situada al este del río Oxus.

El Cairo no era el único enemigo de los turcos selyúcidas. También el Imperio bizantino podía ser considerado un adversario, aunque fuera colateral. Era cierto que mantenía prósperas relaciones comerciales con los fatimíes, pero no era ése el principal problema para Bagdad. La cuestión era que los territorios bizantinos de la alargada península de Anatolia se habían convertido en un apetecible botín para las hordas turcomanas de pastores y seminómadas que habían acompañado la llegada de los selyúcidas al Próximo Oriente y continuaron penetrando en la zona desde Asia Central en años sucesivos. El medio físico de Anatolia era mucho más apetecible que las duras estepas kazakas o los desiertos del Kizil Kum o el Kara Kum. Más allá de la cadena del Taurus o las estribaciones de los Zagros, que hacían de puertas entreabiertas, se llegaba a un territorio rico, de clima mediterráneo. Para los pastores guerreros turcomanos era el final de un largo camino.
Anatolia estaba poblada por cristianos, que los árabes y turcos denominaban colectivamente con el calificativo de rum. Pero eso le daba aún mayor atractivo a la conquista: eran botín sagrado, doblemente apetitoso.
Tras la muerte de Tuğrul Bey, su sobrino y sucesor Alp Arslan se tomó más en serio el asunto de las fronteras del noroeste. Realmente le preocupaba una posible alianza entre fatimíes y bizantinos dirigida contra los selyúcidas y el califato abasí. Por ello, su estrategia pasó desde un principio por asegurar el flanco derecho antes de emprender una gran campaña contra el territorio fatimí en Siria, destinada a tomar Damasco. Ése fue el objetivo de la toma de Armenia, que llevó a la destrucción de su capital, Ani, en el 1064. Al año siguiente comenzaron los ataques contra la fortaleza fronteriza de Edesa (Urfa). Como los turcos selyúcidas aún eran básicamente guerreros a caballo, no poseían práctica en la guerra de sitio ni disponían del equipamiento necesario para llevarla a cabo. Pero a partir de entonces, cada año, desencadenaron un nuevo ataque contra la fortaleza. En el 1066 se hicieron con los pasos que franqueaban los montes, y tras penetrar durante la primavera en Capadocia, saquearon la capital de la región: Cesarea (Kayseri). Ese mismo invierno, sendos ejércitos bizantinos fueron derrotados en Melitene (Malatya) y Sebastea, con lo que Armenia entera quedó en poder de los selyúcidas. Eso ya era una incursión en profundidad, más allá del curso superior del Éufrates. Pero siguieron otras, cada vez más audaces: Amorium en el 1068 e Iconium (Konya) —ciudad que pronto tendría gran importancia para los turcos— al año siguiente.
Por entonces quedaba claro que el gobierno imperial debería reaccionar ante la situación.
La derrota de Manzikert y la penetración turca en Anatolia, seguidas por la conquista de Antioquía y Jerusalén, sirvieron para justificar el lanzamiento de la primera cruzada a partir de la célebre exhortación del papa Urbano II en noviembre del 1095, durante el Concilio de Clermont. Todavía son tema de debate historiográfico las motivaciones reales del Papa al dar este paso y el porqué del éxito del llamamiento. Pero, en todo caso, está más que establecida la exageración que contenía la descripción ofrecida por el Papa de la supuesta opresión de la Iglesia cristiana de Oriente a manos de las hordas invasoras musulmanas. Por otra parte, la conquista de Antioquía —la ciudad del apóstol Pedro— y de Jerusalén se remontaban a casi veinte años atrás y nada tenían que ver con ninguna guerra santa entre cristianos y musulmanes.

Los turcos que inicialmente habían sido sólo los dominadores y mercenarios militares, se habían transformado en gobernantes políticos. Resultaban perceptibles los elementos que denotaban la fijación sobre el terreno de los viejos nómadas. El sultanato de Rūm era un estado turco aferrado a la tierra que ocupaba; ya no habrá más dispersión por los cuatro vientos de las estepas. Cuando llegara el nuevo enemigo, no habría más alternativas que permanecer y sobrevivir, o desaparecer.
Se explica la enorme relevancia que para la historia de los turcos cobraron los selyúcidas de Rūm: allí se forjó un estado de turcos que gobernaban a una población mayoritariamente turca, que a su vez generó una cultura autóctona. Además, la península de Anatolia vino a ser el final del camino iniciado en los remotos márgenes de Mongolia, un estrecho cuello de botella en el que terminaban las correrías y migraciones por las inmensas estepas. Ciertamente que cuando Bagdad sucumbió, el antiguo sultanato de Rūm era un vasallo de los mongoles y la verdadera potencia sucesora del islam parecía ser el Egipto gobernado por los turcos mamelucos. Pero tal estado nunca gozó de credibilidad real como verdadero sucesor de omeyas y abasíes. Ni siquiera logró retener la altura del Egipto fatimí. Los califas que se autoproclamaron en El Cairo de los mamelucos no fueron tomados en serio por el resto de la comunidad islámica. Sin embargo, más al norte, en la postrada Anatolia, de las cenizas del sultanato selyúcida de Rūm iba a surgir el último gran Imperio musulmán. Ese fue el primer gran viraje de los turcos de Anatolia en su paradójico destino histórico: sobrevivir un siglo contra la espada y la pared para gestar en su seno lo que sería una espectacular transformación a comienzos del siglo XIV.

A comienzos del siglo XIV, el islam parecía abocado a la extinción. Tras morir el último gran califa en Bagdad, otros de la misma familia abasí se habían proclamado como tales en El Cairo. Pero nadie aceptaba su autoridad más allá del estado regido por los mamelucos, que los utilizaban, pura y simplemente, como comparsas de su poder. El primero de ellos, Mustansir, fue proclamado califa por el sultán Baybars, que intentó restablecerlo en Bagdad. Pero cuando iba a iniciar la campaña militar contra los mongoles, dio marcha atrás y dejó que el infortunado califa hiciera el viaje hacia la capital iraquí con una exigua guardia. Nunca más se supo de él. Un año más tarde, otro miembro de la familia abasí fue proclamado califa en El Cairo: Hākim. Tras la ceremonia fue recluido en la ciudadela y jamás tuvo un ápice de influencia en la vida política del país.
En Anatolia también el poder político de los selyúcidas estaba definitivamente quebrado.
En aquellos tiempos de desgracia para el islam, los sufíes y la piedad popular llenaron el hueco dejado por la desaparición del califato y la destrucción de Bagdad, el gran centro de la ortodoxia suní. Por otra parte, se convirtieron también en un referente de continuidad espiritual y religiosa en medio del vuelco social que provocaron los desplazamientos masivos en el mapa del Próximo Oriente. El sufismo nunca pudo sustituir la ortodoxia musulmana dominante; en realidad, nunca lo hubiera logrado, ni de hecho lo pretendió. Aunque siempre abundaron los falsos sufíes y los oportunistas, la idea central de esa filosofía era la de «estar en el mundo pero no ser del mundo». Con todo, se convirtió en la expresión más característica de la vida religiosa para las masas populares en el Próximo Oriente, en la fuerza de cohesión de la unidad islámica tras la devastación causada por el invasor mongol. La rosa, imagen de la perfección espiritual, era uno de los símbolos centrales de la mística sufí. Y en Anatolia iba a desempeñar un papel central en el surgimiento del último gran Imperio musulmán sobre la tierra.

A comienzos del siglo XIV, el Imperio bizantino iba de desastre en desastre. Cuando atravesaba un momento de relativa recuperación, el emperador Andrónico III falleció en 1341. Esa fue la señal para que serbios y búlgaros atacaran la frontera norte. El doméstico Juan Cantacuzino se proclamó coemperador con el niño Juan V, bajo el nombre de Juan VI Cantacuzino. La primera desgracia que siguió a su entronización fue la llegada a la ciudad de la Peste Negra o peste bubónica, que se propagó desde China a través de los mongoles, por Asia Central (1338-1339). En algún ataque a la colonia genovesa de Kaffa, en Crimea, prendió el contagio, que posteriormente, en 1347, propagaría hasta Sicilia incubada en las ratas de los barcos o en algunos marinos enfermos. A partir de ese foco, y de manera fulminante, la enfermedad arrasó zonas enteras del continente europeo. Esto supuso mortandades elevadísimas entre la población —en algunos lugares, hasta dos tercios— con la consiguiente despoblación de algunas áreas, abandono de cultivos y trastornos sociales de gran envergadura, entre los que se incluyen movimientos milenaristas como el de los flagelantes.
La estructura bicefálica balcánico-anatolia también la había tenido antiguamente el Imperio bizantino, y quizá eso contribuye a explicar su longevidad. Fue necesario un ataque sistemático y dirigido pieza a pieza contra su poder, como el llevado a cabo por los otomanos, para liquidar toda la estructura estatal. En todo caso, como ya habían experimentado los selyúcidas en el sultanato de Rūm, la era de los imperios de las estepas, que crecían tan rápidamente como desaparecían, se había terminado definitivamente; y así fue como el Imperio otomano sobrevivió durante varios siglos al de Tamerlán, muerto en 1405 cuando preparaba su campaña para invadir China.

La caída de Constantinopla transformó profundamente todo el panorama geoestratégico en el Mediterráneo Oriental. En parte, porque los restos del Imperio que aún controlaba la capital bizantina se convirtieron en hojas al viento, que pronto cayeron en manos del nuevo poder turco: algunas por fuerza, y otras gracias a la habilidad política. Al descomponerse todo el conjunto, también perdieron sentido los antiguos y nuevos vasallajes. Todo ello combinado con la agresividad del joven sultán Mehmed, potenciada por el éxito obtenido en Constantinopla. Y rubricado con la desaparición de viejas figuras relevantes, como el déspota serbio Djuradj Branković, que falleció en la Navidad de 1456, a la edad de noventa años; o de János Hunyádi, muerto en junio de ese mismo año. El mismo visir Çandarlı Halil, todo un símbolo de la opción política equivocada, fue ejecutado pocos días después de la caída de Constantinopla.
Inicialmente, incluso después de tomar la capital bizantina, el nuevo sultán se mostró de buen talante para con los estados cristianos de la vecindad. Se contentó con exigir tributos de diversa cuantía que deberían abonarse una vez al año. Pero muy pronto las cosas cambiaron drásticamente, y a partir de 1454 ya impulsó una serie de campañas militares. La justificación global era eliminar algunos estados o vasallos que, de hecho, servían más como posibles puestos avanzados del enemigo que como «hinterland» defensivo.
Con Selim había transformado la esencia del Imperio otomano. Hasta entonces básicamente europeo, con unas fronteras casi calcadas sobre las del desaparecido Imperio bizantino y con su epicentro político en los Balcanes, se había transformado en una nueva entidad que incorporaba a la casi totalidad de los pueblos árabes del Próximo Oriente. Con Selim I «Yavuz» («el Sombrío»), el Imperio otomano pasó de tener de 2.500.000 a 6.500.000 kilómetros cuadrados; pero sobre todo se «orientalizó» y por primera vez en su historia —fenómeno paradójico— la mayor parte de su población devino musulmana.

La eficacia como gran potencia que había exhibido el Imperio otomano a lo largo de los primeros años se debió a la creación de una estructura administrativa muy ordenada y bien jerarquizada que con el tiempo desarrolló una eficaz burocracia. Coronando todo el edificio imperial, el sultán exhibía, durante los años de auge, las capacidades de liderazgo directo de un caudillo militar y político. Con el tiempo, la complejidad y extensión del Imperio contribuyeron a que los sultanes renunciaran a su gobierno directo, que fue a parar a manos de los grandes visires, cuyo mandato era temporal. La envergadura del Imperio hacía muy complicada y peligrosa para su integridad la lucha por el poder a la muerte del sultán, por lo que la selección natural de los primeros años fue siendo sustituida por otros sistemas que garantizaban la estabilidad política del sistema, pero no la dirección apropiada. En cierta manera, la denominada ley del fratricidio sultánico estaba relacionada con la progresiva burocratización del estado conforme se engrandecía el Imperio.
“El pescado se pudre por la cabeza» es un viejo refrán turco. A partir del fallecimiento de Süleyman I, el sultanato entró en un período decadente que se caracterizó por una creciente inestabilidad. En comparación con los veintisiete años de media que se habían mantenido en el poder los primeros diez sultanes de la historia otomana, la siguiente decena estuvo marcada por los destronamientos (cinco) y asesinatos (dos) y, consecuentemente, por un número de años en el poder muy inferior. Ni que decir tiene que en su mayor parte fueron personas de escasa valía política o militar e incluso algunos resultaron tener minusvalías psíquicas evidentes. Por ello, esta época configuró la leyenda negra de los historiadores y cronistas occidentales de entonces, cuajadas de sultanes crueles y estúpidos dominados por las conspiraciones de harén.

Los manuales de historia del Imperio otomano señalan el advenimiento del sultán Selim III, hijo de Mustafa III, como el momento del gran vuelco en el impulso reformador. Este hombre, algo así como un déspota ilustrado «a la otomana», mantuvo correspondencia con Luis XVI incluso desde su reclusión en la kafes del palacio; y en las cartas no dejaba de pedirle ayuda y asesoramiento francés para reconstruir el ejército y recuperar los territorios de Crimea. Dado que su advenimiento al trono es casi coetáneo al desencadenamiento de la Revolución francesa, Bernard Lewis argumenta que el importante flujo de ideas reformadoras que penetró en el Imperio durante esa época puede explicarse, al menos en parte, debido a su secularismo. Los fundamentos de las reformas políticas que estaban transformando Francia —que los otomanos conocían bien— estaban expresadas en términos no religiosos. Ello habría resultado especialmente atractivo para el mundo musulmán de la época, ansioso por aprender los secretos del poder occidental, pero sin comprometer sus creencias y tradiciones religiosas.
Por lo tanto, las reformas que emprendió Selim III estaban en relación directa con la nueva guerra que había dejado al ejército otomano convertido en una masa informe de soldados desmoralizados y desorganizados. Que las medidas modernizadoras comenzaran por las fuerzas armadas era bien lógico, porque de ellas pendía la supervivencia del Imperio ante una Rusia a la que se había enfrentado en cuatro ocasiones a lo largo de un siglo, siendo los choques cada vez más cercanos entre sí en el tiempo. Pero lo cierto es que ni éstos ni otros proyectos dependían tanto de la voluntad de personalidades puntuales como se ha querido presentar en muchos manuales de historia del Imperio otomano. Ocurría más bien que la presión exterior, cada vez más contundente y continuada, generaba una respuesta también más creciente, regular y amplia en Estambul. Si bien el partido de los reformistas había sido inicialmente exiguo, con el tiempo resultaba cada vez más difícil cerrar los ojos ante la realidad. Al final, el mismo sultán —como fue el caso de Selim III— se situó en el bando de los reformadores, incluso contra los ulemas y los sectores más conservadores.
El problema era, como siempre, que la resistencia a las reformas no consistía en unas personas determinadas o en un discurso concreto, sino en arraigados intereses, en vastos esquemas de poder. Las estructuras estaban conformadas de tal manera que una buena parte de la ciudadanía, al menos la musulmana —de primera categoría—, no estaba interesada en cambios profundos que pudieran afectar a su estatus social: desde los sipahis que aún se beneficiaban del sistema timar hasta los ulemas, pasando por los jenízaros, escribas y todo tipo de funcionarios, éstos y otros muchos más tenían un interés vital en el mantenimiento de unos privilegios que provenían del estado y la sociedad otomanas tal como estaban constituidos. Ese inmovilismo era tan cerril que llegaba a extremos autodestructivos o provocaba rupturas interesadas.
El caso más patente era el de los poderes locales que se distanciaban cada vez más de la órbita de Estambul, creando réplicas a pequeña escala del estado central.

La Conferencia de Berlín de 1878 fue la antesala del «delirio imperialista», cuyo inicio datan los manuales de historia en siete años más tarde de esa fecha. No obstante, ya en 1881 Francia ocupó por su cuenta Túnez, la última posesión del Imperio otomano en el Magreb. La Sublime Puerta protestó ante las potencias que habían garantizado la integridad del Imperio en Berlín, pero no obtuvo respuesta.
La Conferencia de Berlín consagró a los nuevos estados balcánicos como agresivos estados-nación de la era imperialista, es decir, como copias a pequeña escala de las potencias occidentales, impulsadas por la fuerza del nacionalismo violento y respaldadas por la potencia militar y económica de la revolución industrial triunfante. Pero a diferencia de sus modelos, los nuevos pequeños estados estaban comprimidos unos contra los otros en una montañosa península: un avispero en perpetua rivalidad, malos imitadores de sus poderosos padrinos pero con una creciente capacidad de involucrarlos en sus querellas, manipulándolos y llevándolos a mezclarse en conflictos para los que no tenían solución ni verdadera voluntad de intervenir. Pero sobre todo la Conferencia de Berlín fue el ejemplo más claro de toda una sucesión de intervenciones diplomáticas internacionales imperfectas, que al no quedar cerradas y solucionadas, se convertían en semillero de futuras discordias. De esa forma, en el arbitraje de 1878 se institucionalizó el mecanismo de la «trampa balcánica» que volvería a funcionar una y otra vez durante más de un siglo.
La guerra de 1877-1878 tuvo un desastroso efecto no sólo sobre la integridad territorial y poblacional del Imperio otomano, sino también en su capacidad de supervivencia política, al destruir prematuramente la experiencia parlamentaria y prolongar la autocracia. Las circunstancias de la contienda propiciaron también la destrucción del otomanismo y la aparición de un nacionalismo panturco que terminaría por acelerar la destrucción del Imperio. Sin embargo, ese fenómeno no se percibió todavía a lo largo de los años ochenta.

El Imperio otomano quedaba reducido a un estrecho territorio, con un ejército que no podría sobrepasar los cincuenta mil hombres y, como en el caso de Alemania y Hungría, con un armamento restringido y sujeto a supervisión internacional. Pero quizá lo peor de todo era que el gobierno del nuevo estado otomano perdía de hecho la capacidad de ejercer una política económica propia, dado que una comisión aliada debería supervisar los presupuestos, la deuda pública, fiscalidad, aduanas, moneda y crédito.
Aparte de ello, los griegos recibían la parte del león en el nuevo reparto territorial de los restos: toda la Tracia Oriental, hasta tan sólo 40 kilómetros de Estambul; Esmirna (İzmir) y sus alrededores se concedían a su administración por un período de cinco años, tras lo cual sus habitantes podrían expresar mediante referéndum su voluntad de unión con Grecia; todas las islas turcas del Egeo pasaban también a manos griegas, con la excepción de las del Dodecaneso, que quedaban en poder de Italia. Armenia era reconocida como nuevo estado independiente con el arbitraje del presidente Wilson aunque quedaban por discutir sus fronteras. El Kurdistán recibía una amplia autonomía susceptible de convertirse en independencia. Los Estrechos, por último, quedarían sujetos a la administración internacional.
El 15 de octubre de 1927 se asistió a la autoconsagración de Mustafa Kemal como líder supremo de la nación turca. Fue con ocasión del denominado Nutuk, o Discurso, una de las piezas de oratoria más largas de toda la historia: duró seis jornadas con un total de 36 horas y su preparación fue tan compleja que ni siquiera estaba concluida el primer día. Tras cada sesión, el Gazi se encerraba en su despacho para acabar la del día siguiente. Una vez terminado, el discurso se editó en versiones sucesivas que procuraban simplificar su florida sintaxis en turco otomano; aun así, el texto completo ocupa seiscientas páginas y se amplió con unos trescientos documentos. En esencia, el Nutuk es el relato en primera persona de los avatares acaecidos entre 1919 y 1927, es decir, la guerra de independencia, las luchas políticas, la liquidación del sultanato y el califato, y las reformas que llevaron a erigir el nuevo estado. En conjunto venía a ser una larga justificación de los motivos que habían llevado a la implantación del régimen de partido único —el ya denominado Partido Republicano del Pueblo— y, sobre todo, un ataque directo contra toda oposición en defensa de las purgas de 1925-1926. Pero era también la consagración definitiva del culto a la personalidad: con el Nutuk, Mustafa Kemal inventaba el «Yo Nación» y legaba a las generaciones futuras —esa era la conclusión del discurso— la misión de defender la nación en nombre de su creador.
Para cuando Mustafa Kemal pronunció su Nutuk, hacía ya un par de años que se había puesto en marcha la revolución social. Comenzó con la instauración de una reforma que las generaciones posteriores, especialmente a partir de los grandes cambios vestimentarios de los años sesenta, no suelen entender en su trascendencia, sobre todo en el contexto de la Turquía de aquellos años. Por entonces, Kemal hacía frecuentes giras por el país. Lograba con ello una gran popularidad: los sultanes habían permanecido encerrados en sus palacios y harenes, no debían manifestarse entre el pueblo; como contraste, el Gazi tomaba contacto con las masas, exponía directamente sus ideas y a veces hasta discutía con la gente. Durante una de esas giras, en el verano de 1925, explicó su intención de abolir el fez y el turbante como prenda masculina, para ser sustituido por el sombrero. La consigna no se limitaba en realidad a esa prenda, sino que aspiraba a introducir en la sociedad masculina turca la moda occidental íntegra, a base de traje con americana y corbata.
A partir de las últimas reformas sociales, instituidas en 1935, la decreciente energía de Kemal Atatürk se dirigió hacia la resolución de algunas cuestiones diplomáticas, como el acuerdo con Francia sobre el sancak de Alexandretta (İskanderun) en 1937. Al año siguiente su salud se deterioró claramente, víctima de la cirrosis hepática, hasta su fallecimiento en el palacio de Dolmabahçe, Estambul, el 10 de noviembre de 1938.
Kemal Atatürk había desaparecido físicamente, pero su presencia iba a impregnar la vida de la república durante todo lo que restaba de siglo y más allá. Aparte de su innegable genio político y el carisma personal, fue un líder que a ojos de los turcos reunió en sí mismo un múltiple significado simbólico. En su momento fue la reencarnación de los caudillos militares que en la mitología histórica nacional.

El 14 de octubre de 1973 se celebraron elecciones generales y el poder volvió a manos de los civiles. Sin embargo, y a grandes trazos, se retomó una dinámica similar a la vivida durante la década de 1961-1971. Los partidos mayoritarios seguían teniendo serios problemas para alcanzar la mayoría absoluta; los pequeños lo tenían aún más difícil para conseguir representaciones parlamentarias significativas y se veían limitados a actuar como partidos bisagra, aunque muchas veces tendían a la radicalización. De hecho, la violencia política no hizo más que aumentar, a pesar de la represión ejercida por los militares durante el período de su tutela. Por supuesto, el trasfondo social y económico de Turquía en su conjunto no cambió durante esos dos años y medio: las cosas no hicieron sino empeorar.
Las elecciones de 1973 aportaron otra novedad. Dado que al Partido Republicano del Pueblo le faltaban escaños para obtener mayoría, se decidió una alianza con la nueva creación de Erbakan, el Partido de la Salvación Nacional, título grandilocuente que disimulaba lo que en realidad era un partido de tendencias islamistas aunque todavía con un discurso izquierdizante. Si bien por entonces la politización del islam no despertaba mayores recelos, el problema era la casi total inexistencia de coincidencias programáticas entre ambos socios. Por ello, su alianza para formar gobierno se basó en la pura conveniencia táctica y en cierto «estilo de izquierdas» que en realidad no formaba parte del alma de ninguno de los dos.

Los militares y sectores laicos más radicales consideraron que en 2001 habían concluido la tarea iniciada en 1997: la desactivación del islamismo político junto con sus bases de poder económicas y sociales, todo ello sin llegar a la guerra civil. Sin embargo, fue una falsa apreciación: como no se tardaría en comprobar de forma palmaria.
El 3 de noviembre de 2002, el AKP (Adalet ve Kalkınma Partisi, «Partido de la Justicia y el Desarrollo») obtuvo una victoria electoral histórica con el 34,28 por ciento de los votos, lo cual equivalía a casi once millones de votos y 363 escaños (sobre un total de 550). Eso supuso una holgada mayoría absoluta puesto que su más directo competidor, el kemalista CHP (Cumhuriyet Halk Partisi, «Partido Republicano del Pueblo»), sólo había logrado un 19,39 por ciento de los sufragios y 178 escaños. Y por debajo el vacío: el Partido de la Recta Vía, con sólo el 9,54 por ciento, y los ultranacionalistas del MHP (Milliyetçi Hareket Partisi, «Partido de Acción Nacionalista»), con un 8,36 por ciento. Durante años, ésos iban a ser los protagonistas principales en las diversas convocatorias electorales, con un AKP al frente, provisto de abultadas mayorías absolutas.
La victoria del AKP no fue una sorpresa para la mayor parte de los turcos, pero sí la aplastante mayoría que obtuvo. Podía gobernar en solitario, algo que no se había visto desde la victoria de Özal en 1983. Pero constituyó una hecatombe para los adversarios: quinientos parlamentarios de partidos tradicionales perdieron sus escaños.

El año clave fue 2011, no sólo por el desarrollo de la Primavera Árabe, sino también por la distorsión que estaban experimentado Europa y los países aledaños debido al recrudecimiento de la Gran Recesión de 2008 (a raíz de la crisis griega de 2010). Sin embargo, sobre todo por causas internas de la política turca: en las elecciones generales de ese año, el AKP mantuvo alto el listón al obtener la mitad de los votos emitidos. Ese respaldo, más las reformas constitucionales implantadas por los referéndums de 2007 y 2010, suponían que el presidente de la República sería ya elegido por sufragio directo, y no ya por la Asamblea Nacional. Abdullah Gül, islamista, militante del AKP y mano derecha de Erdoğan, había sido designado presidente en 2007 por la Asamblea Nacional, pero estaba claro que pronto le sucedería su mentor político y primer ministro. La oposición parlamentaria, y en especial el kemalista CHP, se habían empleado a fondo para bloquear jurídicamente las reformas constitucionales, pero a medio plazo lo tenían complicado dado que muchas de esas enmiendas formaban parte del paquete de adecuaciones al acervo de la Unión Europea.
El ambiente político en Turquía estaba muy enrarecido…
Erdoğan azuzó a la extrema derecha contra los fethullahçı, aunque en realidad éstos ya habían sido tipificados también como una variante del ultranacionalismo más cercana al moderno identitarismo tan en boga en Europa y Estados Unidos. El choque entre familias de una misma tendencia ultra no es nada tan novedoso, aunque empezaba a ser característico de un ultranacionalismo en auge en ese crucial año de 2016, en el cual el Brexit triunfó en Reino Unido y Donald Trump llegó a la Casa Blanca en Estados Unidos. Por ello, aquel verano, a partir de ese desmadejado golpe y su contundente respuesta, Recep Tayyip Erdoğan entró en el club de los strongmen, los estadistas «duros» de la posglobalización, junto con Rodrigo Duterte, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro, Abdul Fattah al-Sisi, el príncipe Mohammed bin Salman, Narindra Modi, Vladímir Putin y el mismo Donald Trump. Sin embargo, a pesar de todas las irregularidades y del viraje prorruso que dio Ankara, Turquía no fue expulsada de la OTAN ni su candidatura a la Unión Europea fue anulada. Había entrado en una nueva era y su insólito destino sólo se podría descifrar unos años más tarde.

Turquía no entrará de momento en la Unión Europea, sumando más y más años a su eterna espera. Pero no lo hará, al menos en parte, porque la misma Unión Europea no se halla en condiciones de aceptar a ese candidato cuando ni siquiera está gestionando adecuadamente sus propias contradicciones internas en su momento más grave (ni el Brexit ni las relaciones con la Italia de Salvini o los díscolos miembros del Este, cuando tiene sobre la mesa la posible y problemática candidatura de Ucrania). Tampoco nadie sabe ya muy bien en qué ha quedado el poderoso soft power de la Unión Europea, que en su momento parecía llegar incluso hasta Kirguistán.
Está claro que un régimen político como el turco, capaz de desencadenar una fenomenal purga político-administrativa como la llevada a cabo durante dos años de régimen de excepción, tras el fallido golpe de 2016, no parece cumplir con los estándares democráticos de ese club. No obstante, cabe preguntarse en qué país miembro de la Unión Europea —y no digamos de la OTAN— podría haber prosperado un golpe de estado como el perpetrado aquel verano.
Turquía sigue estando a las puertas del Viejo Continente y es posible que continúe así durante tiempo, si bien, aunque no llegue a formar parte jurídicamente de la Unión Europea, resulta probable que con el paso del tiempo se diluya más y más en una Europa culturalmente evolucionada. De hecho, eso es lo que ha venido sucediendo, más o menos lentamente, en los últimos siglos. La moderna ultraderecha europea extrapola la imagen del «peligro turco» o musulmán en arremetidas profundas y puntuales, como los asedios de Viena de 1529 y 1683. Pero, en realidad, el primer estado otomano creció durante un siglo como una entidad geográfica que abarcaba Anatolia Occidental y los Balcanes.
Erdoğan desaparecerá tarde o temprano, e incluso el régimen del AKP se disolverá en la historia. Pero los cambios sociales que se han producido en Turquía a lo largo de las convulsas primeras décadas del siglo XXI son ya difícilmente reversibles, mientras el país sigue ocupando el lugar geoestratégico que es su principal capital histórico.

Libros del autor comentados en el blog:

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Magnificent book, extended and that should be read with Andres Mourenza’s book, commented on the blog, two of the best books on Turkey.
Much has rained since 2006 and, above all, there have been changes in depth that would have seemed unthinkable at that time. An entire era has passed, marked by events that have proved transcendental not only for Turkey, but also for Europe as a whole: the great recession of 2008, the Greek crisis of 2010, the Arab Spring, the Syrian civil war, the crisis of refugees, the rise of ultranationalism, the prick of globalization and the delicate situation of the European integration project.
The historical periods of crisis and decomposition are marked by disorder, and their story is difficult, unlike those presided over by a project that seems to be constructive. The exposition and analysis are all the more complicated because they affect Turkey’s always complex political reality, of course; but to a Turkey increasingly immersed in the global process phenomena.
It is clear that the now President Erdoğan has been the great protagonist of this period, but also his Justice and Development Party (AKP), as well as the social mass of militants, supporters and voters without whom he could not have remained in the power during all these years, with absolute majorities, even assuming that his political project navigates towards authoritarianism or, as is usually explained in our times, towards iliberalism. That is: towards formally representative liberal systems, with their Parliament and their political parties, but not very respectful of the true rule of law and individual freedoms.
The reality of Europe and Turkey is, in the end and luckily, much richer, more diverse and hopeful.

Throughout 2003 the signs began to multiply that this time Brussels was seriously considering the possibility of formalizing the Turkish candidacy for the European Union.
The predominant link that gives color to that tapestry is the idea that, for centuries, the Turks have been a true laboratory for the Islamic world. From there, the topic that no Arab or even Muslim country will follow the Kemalist model is false for several reasons. The first one, because Kemalism has long since disappeared as a living political reality. The Turkish Republic has already influenced the political and institutional articulation of a whole series of secular states that emerged after World War II; and even before, as was the case with the Republic of the Rif, which gave so much war to Spain in the 1920s. Or the Iran of sha Reza Pahlevi, already in the life of Mustafa Kemal, as evidenced by a recently published documented monograph.
Some of those states show a small tribute to Turkey on their flags: the presence of the crescent and the star. Reason that historically does not have the representative symbolic power of Islam that has been wanted to give it in recent times, and that in any case is more associated with ancestral Turkish culture than with Arab. In short, a complex country.

The Turkish invasions began: not in the form of a brutal and unique attack, like the one starred by the Huns six centuries earlier, but in short shocks, like billiard balls crashing into each other, or in successive layers that overlapped each other . There was nothing like a precise plan of invasion and domination, not even a willingness to impose a culture of its own. Mahmūd de Gazna was a Turk converted to Islam, Sunni Orthodox and quite anxious to integrate into the Abbasid universe with the blessing of Baghdad. He retained the Samani administration and organized in Gazna a court in which he welcomed important artists of the time – among them, the great poet Firdawsī – and was the center of the revival of Persian culture.
Meanwhile, pushed from the East, perhaps by the Mongols, came the Turkmen, tribes not converted to Islam and whose economic activity was focused on grazing. They appeared on the Transoxiana, a key region named that way because it was located east of the Oxus River.

Cairo was not the only enemy of Seljuk Turks. The Byzantine Empire could also be considered an adversary, even if it was collateral. It was true that he had prosperous business relations with the Fatimids, but that was not the main problem for Baghdad. The point was that the Byzantine territories of the long peninsula of Anatolia had become an appetizing loot for the Turkmen hordes of shepherds and semi-nomads who had accompanied the arrival of the Seljuks to the Middle East and continued to penetrate the area from Central Asia in years successive The physical environment of Anatolia was much more palatable than the harsh kazaka steppes or the deserts of the Kizil Kum or the Kara Kum. Beyond the Taurus chain or the foothills of the Zagros, which were ajar, you could reach a rich territory with a Mediterranean climate. For the Turkmen warrior pastors it was the end of a long road.
Anatolia was populated by Christians, which the Arabs and Turks collectively called the rum. But that gave the conquest even more appeal: they were sacred spoils, doubly appetizing.
After the death of Tuğrul Bey, his nephew and successor Alp Arslan took the issue of the northwest borders more seriously. He was really worried about a possible alliance between Fatimids and Byzantines directed against the Seljuks and the Abbasid caliphate. Therefore, its strategy went from the beginning to secure the right flank before embarking on a great campaign against the Fatimid territory in Syria, destined to take Damascus. That was the objective of the capture of Armenia, which led to the destruction of its capital, Ani, in 1064. The following year the attacks against the border fortress of Edessa (Urfa) began. Since the Seljuk Turks were still basically warriors on horseback, they had no practice in site warfare nor did they have the necessary equipment to carry it out. But thereafter, each year, they unleashed a new attack on the fortress. In 1066 they took the steps that crossed the mountains, and after penetrating during the spring in Cappadocia, looted the capital of the region: Caesarea (Kayseri). That same winter, two Byzantine armies were defeated in Melitene (Malatya) and Sebastea, with which all Armenia remained in the hands of the Seljuks. That was already a deep incursion, beyond the upper course of the Euphrates. But others followed, more and more daring: Amorium in 1068 and Iconium (Konya) – a city that would soon be of great importance to the Turks – the following year.
By then it was clear that the imperial government should react to the situation.
The defeat of Manzikert and the Turkish penetration in Anatolia, followed by the conquest of Antioch and Jerusalem, served to justify the launch of the first crusade after the famous exhortation of Pope Urban II in November 1095, during the Clermont Council. The real motivations of the Pope in taking this step and the reason for the success of the appeal are still a matter of historiographic debate. But, in any case, the exaggeration contained in the description offered by the Pope of the alleged oppression of the Eastern Christian Church at the hands of the invading Muslim hordes is more than established. On the other hand, the conquest of Antioch — the city of the apostle Peter — and of Jerusalem dated back almost twenty years ago and had nothing to do with any holy war between Christians and Muslims.

The Turks who had initially been only the military dominators and mercenaries had become political rulers. The elements denoting the fixation on the ground of the old nomads were perceptible. The sultanate of Rūm was a Turkish state clinging to the land it occupied; there will be no more dispersion through the four winds of the steppes. When the new enemy arrived, there would be no alternatives but to remain and survive, or disappear.
The enormous relevance of the Rūm Seljuks charged to the history of the Turks is explained: there was a state of Turks that governed a predominantly Turkish population, which in turn generated an indigenous culture. In addition, the Anatolian peninsula became the end of the road started in the remote margins of Mongolia, a narrow bottleneck where the runways and migrations through the immense steppes ended. Certainly when Baghdad succumbed, the former sultanate of Rūm was a vassal of the Mongols and the true successor power of Islam seemed to be Egypt ruled by the Mamluk Turks. But such a state never enjoyed real credibility as a true successor to Umayyads and Abbasids. He did not even retain the height of Fatimid Egypt. The caliphs that proclaimed themselves in Cairo of the Mamluks were not taken seriously by the rest of the Islamic community. However, further north, in the prostrate Anatolia, the last great Muslim Empire was to emerge from the ashes of the Seljuk Sultanate of Rūm. That was the first great turn of the Anatolian Turks in their paradoxical historical destiny: to survive a century against the sword and the wall to create in their bosom what would be a spectacular transformation at the beginning of the 14th century.

At the beginning of the fourteenth century, Islam seemed destined for extinction. After the last great caliph died in Baghdad, others from the same Abbasid family had proclaimed themselves as such in Cairo. But no one accepted their authority beyond the state ruled by the Mamluks, who used them, purely and simply, as comparsas of their power. The first one, Mustansir, was proclaimed a Caliph by Sultan Baybars, who tried to restore it in Baghdad. But when he was going to start the military campaign against the Mongols, he backed down and let the unfortunate Caliph make the trip to the Iraqi capital with a meager guard. never heard from him again. A year later, another member of the Abbasid family was proclaimed a Caliph in Cairo: Hākim. After the ceremony he was held in the citadel and never had an iota of influence in the political life of the country.
In Anatolia also the political power of the Seljuks was definitely broken.
In those times of misfortune for Islam, the Sufis and popular piety filled the gap left by the disappearance of the caliphate and the destruction of Baghdad, the great center of Sunni orthodoxy. On the other hand, they also became a reference of spiritual and religious continuity in the midst of the social upheaval caused by massive displacements on the map of the Near East. Sufism could never replace the dominant Muslim orthodoxy; in reality, I would never have done it, nor did I really pretend to. Although false Sufis and opportunists always abounded, the central idea of that philosophy was to «be in the world but not be of the world.» However, it became the most characteristic expression of religious life for the popular masses in the Middle East, in the force of cohesion of Islamic unity after the devastation caused by the Mongol invader. The rose, image of spiritual perfection, was one of the central symbols of Sufi mysticism. And in Anatolia he was going to play a central role in the emergence of the last great Muslim Empire on earth.

At the beginning of the 14th century, the Byzantine Empire was going from disaster to disaster. When it was going through a moment of relative recovery, Emperor Andronic III died in 1341. That was the signal for Serbs and Bulgarians to attack the northern border. The domestic Juan Cantacuzino was proclaimed coemperador with the boy Juan V, under the name of Juan VI Cantacuzino. The first misfortune that followed its enthronement was the arrival in the city of the Black Death or bubonic plague, which spread from China through the Mongols, through Central Asia (1338-1339). In some attack on the Genoese colony of Kaffa, in Crimea, he ignited the contagion, which later, in 1347, would spread to Sicily incubated in the rats of the ships or in some sick sailors. From that focus, and in a fulminating way, the disease razed entire areas of the European continent. This meant very high deaths among the population – in some places, up to two-thirds – with the consequent depopulation of some areas, abandonment of large-scale crops and social disorders, including millenarian movements such as flagellants.
The Byzantine Balkan-Anatolian structure had also been formerly the Byzantine Empire, and perhaps that helps explain its longevity. It was necessary a systematic attack and directed piece by piece against its power, like the one carried out by the Ottomans, to liquidate the entire state structure. In any case, as the Seljuks had already experienced in the Sultanate of Rūm, the era of the steppe empires, which grew as rapidly as they disappeared, was finally over; and that is how the Ottoman Empire survived the Tamerlane for several centuries, died in 1405 when it was preparing its campaign to invade China.

The fall of Constantinople profoundly transformed the entire geostrategic landscape in the Eastern Mediterranean. In part, because the remains of the Empire that still controlled the Byzantine capital became leaves in the wind, which soon fell into the hands of the new Turkish power: some by force, and others thanks to political ability. When the whole group broke down, the old and new vasallajes also made sense. All this combined with the aggressiveness of the young Sultan Mehmed, enhanced by the success obtained in Constantinople. And signed with the disappearance of old relevant figures, such as Serbian despot Djuradj Branković, who died at Christmas in 1456, at the age of ninety years; or of János Hunyádi, died in June of that same year. The vizdar Çandarlı Halil himself, a symbol of the wrong political option, was executed a few days after the fall of Constantinople.
Initially, even after taking the Byzantine capital, the new Sultan was in good spirits towards the Christian states in the neighborhood. He was content to demand taxes of various amounts that should be paid once a year. But very soon things changed dramatically, and as of 1454 he already promoted a series of military campaigns. The global justification was to eliminate some states or vassals that, in fact, served more as possible outposts of the enemy than as a defensive «hinterland.»
With Selim he had transformed the essence of the Ottoman Empire. Until then basically European, with almost traced borders on those of the disappeared Byzantine Empire and with its political epicenter in the Balkans, had been transformed into a new entity that incorporated almost all of the Arab peoples of the Near East. With Selim I «Yavuz» («the Shadowed One»), the Ottoman Empire went from 2,500,000 to 6,500,000 square kilometers; but above all it was «orientalized» and for the first time in its history – a paradoxical phenomenon – most of its devout Muslim population.

The effectiveness as a great power that the Ottoman Empire had exhibited throughout the first years was due to the creation of a very orderly and well-ranked administrative structure that eventually developed an effective bureaucracy. Crowning the entire imperial building, the Sultan exhibited, during the boom years, the direct leadership capabilities of a military and political leader. Over time, the complexity and extension of the Empire contributed to the sultans renouncing their direct government, which ended up at the hands of the great visires, whose mandate was temporary. The size of the Empire made the struggle for power to the death of the Sultan very complicated and dangerous for its integrity, so that the natural selection of the first years was being replaced by other systems that guaranteed the political stability of the system, but not the appropriate address. In a way, the so-called sultanic fratricide law was related to the progressive bureaucratization of the state as the Empire grew.
«The fish rots by the head» is an old Turkish saying. As of the death of Süleyman I, the sultanate entered a decadent period that was characterized by increasing instability. Compared to the twenty-seven years on average that had remained in power the first ten sultans of Ottoman history, the next ten were marked by dethronements (five) and murders (two) and, consequently, for a number of years in much lower power. most of them were people of little political or military value and some even turned out to have obvious psychic handicaps, which is why this era shaped the black legend of Western historians and chroniclers of that time, curdled by cruel and stupid sultans dominated by the harem conspiracies.

The history manuals of the Ottoman Empire point to the advent of Sultan Selim III, son of Mustafa III, as the moment of the great turnaround in the reforming impulse. This man, something like an enlightened despot «to the Ottoman,» corresponded with Louis XVI even since his confinement in the palace’s kafes; and in the letters he kept asking for French help and advice to rebuild the army and recover the territories of Crimea. Since his advent to the throne is almost contemporary to the unleashing of the French Revolution, Bernard Lewis argues that the important flow of reform ideas that penetrated the Empire during that time can be explained, at least in part, due to its secularism. The foundations of the political reforms that were transforming France – which the Ottomans knew well – were expressed in non-religious terms. This would have been especially attractive to the Muslim world of the time, eager to learn the secrets of Western power, but without compromising their religious beliefs and traditions.
Therefore, the reforms undertaken by Selim III were directly related to the new war that had left the Ottoman army turned into a mass report of demoralized and disorganized soldiers. That the modernization measures began by the armed forces was very logical, because of them the survival of the Empire hung against a Russia that had faced four times over a century, the clashes becoming closer to each other in time. But the truth is that neither these nor other projects depended as much on the will of specific personalities as has been presented in many history manuals of the Ottoman Empire. It was rather that the external pressure, more and more forceful and continuous, generated a response that was also growing, more regular and wider in Istanbul. Although the party of the reformists had been initially meager, over time it became increasingly difficult to close their eyes to reality. In the end, the Sultan himself – as was the case with Selim III – stood on the side of the reformers, even against the ulemas and the most conservative sectors.
The problem was, as always, that resistance to reforms did not consist of specific people or of a specific discourse, but of deep-rooted interests, of vast power schemes. The structures were shaped in such a way that a good part of the citizenship, at least the Muslim one – first class -, was not interested in profound changes that could affect their social status: from the sipahis who still benefited from the Timar system to the ulemas, passing through the jenízaros, scribes and all kinds of officials, these and many others had a vital interest in maintaining privileges that came from the Ottoman state and society as they were constituted. That immobility was so close that it reached self-destructive extremes or caused interested ruptures.
The most obvious case was that of local powers that were increasingly distancing themselves from the orbit of Istanbul, creating small-scale replicas of the central state.

The Berlin Conference of 1878 was the prelude to the «imperialist delirium,» whose history dates back to the manuals seven years after that date. However, as early as 1881 France occupied Tunisia on its own, the last possession of the Ottoman Empire in the Maghreb. The Sublime Gate protested to the powers that had guaranteed the integrity of the Empire in Berlin, but got no response.
The Berlin Conference enshrined the new Balkan states as aggressive nation-states of the imperialist era, that is, as small-scale copies of the Western powers, driven by the force of violent nationalism and backed by the military and economic power of the triumphant industrial revolution. But unlike their models, the new small states were compressed against each other in a mountainous peninsula: a hornet in perpetual rivalry, bad imitators of their powerful sponsors but with a growing ability to involve them in their quarrels, manipulating them and leading them to mix in conflicts for those who had no solution or real will to intervene. But above all, the Berlin Conference was the clearest example of a succession of imperfect international diplomatic interventions, which, not being closed and solved, became the hotbed of future discords. Thus, in the arbitration of 1878 the mechanism of the «Balkan trap» was institutionalized, which would work again and again for more than a century.
The war of 1877-1878 had a disastrous effect not only on the territorial and population integrity of the Ottoman Empire, but also on its capacity for political survival, by prematurely destroying parliamentary experience and prolonging autocracy. The circumstances of the contest also led to the destruction of Ottomanism and the emergence of a panturian nationalism that would eventually accelerate the destruction of the Empire. However, this phenomenon was not yet perceived throughout the 1980s.

The Ottoman Empire was reduced to a narrow territory, with an army that could not exceed fifty thousand men and, as in the case of Germany and Hungary, with a restricted armament and subject to international supervision. But perhaps worst of all, the government of the new Ottoman state was in fact losing its ability to exercise its own economic policy, given that an allied commission should oversee budgets, public debt, taxation, customs, currency and credit.
Apart from that, the Greeks received the lion’s share in the new territorial distribution of the remains: the entire Eastern Thrace, up to only 40 kilometers from Istanbul; Izmir (İzmir) and its surroundings were granted to its administration for a period of five years, after which its inhabitants could express by means of referendum their will to join with Greece; all the Turkish islands of the Aegean also passed to Greek hands, with the exception of those of the Dodecanese, which were held by Italy. Armenia was recognized as a new independent state with the arbitration of President Wilson although its borders remained to be discussed. Kurdistan received a wide autonomy that could become independent. The Straits, finally, would be subject to international administration.
On October 15, 1927, Mustafa Kemal’s self-consecration was attended as the supreme leader of the Turkish nation. It was on the occasion of the so-called Nutuk, or Speech, one of the longest public speaking pieces in history: it lasted six days with a total of 36 hours and its preparation was so complex that it was not even concluded on the first day. After each session, the Gazi locked himself in his office to finish the next day. Once finished, the speech was edited in successive versions that sought to simplify its florid Ottoman Turkish syntax; even so, the full text occupies six hundred pages and was extended with about three hundred documents. In essence, the Nutuk is the first-person account of the avatars that occurred between 1919 and 1927, that is, the war of independence, political struggles, the liquidation of the sultanate and the caliphate, and the reforms that led to the erection of the new state. . Overall, it came to be a long justification of the reasons that had led to the implementation of the single party regime – the so-called Republican People’s Party – and, above all, a direct attack against any opposition in defense of the 1925 purges. 1926 But it was also the definitive consecration of the cult of personality: with the Nutuk, Mustafa Kemal invented the «I Nation» and bequeathed to future generations – that was the conclusion of the speech – the mission of defending the nation in the name of its creator.
By the time Mustafa Kemal pronounced his Nutuk, it had been a couple of years since the social revolution had begun. It began with the introduction of a reform that later generations, especially after the great changes of clothing of the sixties, do not usually understand in their transcendence, especially in the context of the Turkey of those years. At that time, Kemal made frequent tours of the country. With this he achieved great popularity: the sultans had remained locked in their palaces and harems, they should not demonstrate among the people; in contrast, the Gazi made contact with the masses, directly exposed his ideas and sometimes even argued with the people. During one of those tours, in the summer of 1925, he explained his intention to abolish the fez and the turban as a male garment, to be replaced by the hat. The slogan was not really limited to that garment, but instead aspired to introduce the entire western fashion into Turkish male society, based on a suit with an American jacket and tie.
From the last social reforms, instituted in 1935, the diminishing energy of Kemal Atatürk was directed towards the resolution of some diplomatic issues, such as the agreement with France on the Alexandretta sancak (İskanderun) in 1937. The following year his health was He deteriorated clearly, victim of liver cirrhosis, until his death at the Dolmabahçe Palace, Istanbul, on November 10, 1938.
Kemal Atatürk had physically disappeared, but his presence was to permeate the life of the republic for all that remained of the century and beyond. Apart from his undeniable political genius and personal charisma, he was a leader who in the eyes of the Turks gathered in himself a multiple symbolic meaning. At the time it was the reincarnation of military leaders who in national historical mythology.

On October 14, 1973, general elections were held and power returned to civilians. However, and in broad strokes, a dynamic similar to that experienced during the decade of 1961-1971 was resumed. Majority parties continued to have serious problems to reach the absolute majority; the little ones had it even harder to get meaningful parliamentary representations and were limited to acting as hinge parties, although they often tended to radicalization. In fact, political violence only increased, despite the repression exerted by the military during the period of their guardianship. Of course, the social and economic background of Turkey as a whole did not change during those two and a half years: things only got worse.
The 1973 elections brought another novelty. Since the Republican People’s Party lacked seats to obtain a majority, an alliance was decided with the new creation of Erbakan, the National Salvation Party, a grandiloquent title that concealed what was actually a party of Islamist tendencies although still with a leftist speech. Although at that time the politicization of Islam did not arouse major misgivings, the problem was the almost total absence of programmatic coincidences between both partners. Therefore, his alliance to form a government was based on pure tactical convenience and a certain «leftist style» that was not really part of the soul of either.

The most radical military and secular sectors considered that in 2001 they had completed the task begun in 1997: the deactivation of political Islamism along with its economic and social power bases, all without reaching civil war. However, it was a false appreciation: as it would not take long to check palmaria.
On November 3, 2002, the AKP (Adalet ve Kalkınma Partisi, «Justice and Development Party») won a historic electoral victory with 34.28 percent of the vote, which amounted to nearly eleven million votes and 363 seats (over a total of 550). That meant a comfortable absolute majority since its most direct competitor, the Kemalist CHP (Cumhuriyet Halk Partisi, «Republican People’s Party»), had only achieved 19.39 percent of the vote and 178 seats. And below the void: the Straight Way Party, with only 9.54 percent, and the ultra-nationalists of the MHP (Milliyetçi Hareket Partisi, «Nationalist Party of Action»), with 8.36 percent. For years, those were going to be the main protagonists in the various electoral calls, with an AKP in front, provided with bulky absolute majorities.
The victory of the AKP was not a surprise for most of the Turks, but the overwhelming majority it won. He could rule alone, something that had not been seen since Özal’s victory in 1983. But it was a catastrophe for the adversaries: five hundred parliamentarians of traditional parties lost their seats.

The key year was 2011, not only because of the development of the Arab Spring, but also because of the distortion that Europe and surrounding countries were experiencing due to the resurgence of the Great Recession of 2008 (following the Greek crisis of 2010). However, especially for internal reasons of Turkish politics: in the general elections of that year, the AKP kept the bar high by obtaining half of the votes cast. That support, plus the constitutional reforms implemented by the referendums of 2007 and 2010, meant that the president of the Republic would already be elected by direct suffrage, and not by the National Assembly. Abdullah Gül, an Islamist, an AKP militant and an Erdoğan right-hand man, had been appointed president in 2007 by the National Assembly, but it was clear that his political mentor and prime minister would soon succeed him. The parliamentary opposition, and especially the Kemalist CHP, had been used thoroughly to legally block constitutional reforms, but in the medium term they had it complicated since many of these amendments were part of the package of adaptations to the acquis of the European Union.
The political environment in Turkey was very rare …
Erdoğan lashed out to the extreme right against the fethullahçı, although in reality they had already been typified as a variant of ultranationalism closer to modern identitarianism so in vogue in Europe and the United States. The clash between families of the same ultra trend is nothing so novel, although it was beginning to be characteristic of a booming ultra-nationalism in that crucial year of 2016, in which Brexit triumphed in the United Kingdom and Donald Trump arrived at the White House in U.S. For that reason, that summer, from that dismantle blow and its overwhelming response, Recep Tayyip Erdoğan entered the club of the strongmen, the «hard» statesmen of the post-globalization, along with Rodrigo Duterte, Viktor Orbán, Jair Bolsonaro, Abdul Fattah al-Sisi, Prince Mohammed bin Salman, Narindra Modi, Vladimir Putin and Donald Trump himself. However, despite all the irregularities and the pro-Russian turn that Ankara gave, Turkey was not expelled from NATO and its candidacy for the European Union was not annulled. He had entered a new era and his unusual destiny could only be deciphered a few years later.

Turkey will not enter the European Union at the moment, adding more and more years to its eternal wait. But it will not, at least in part, because the European Union itself is not in a position to accept that candidate when it is not even properly managing its own internal contradictions at its most serious moment (neither Brexit nor relations with Italy of Salvini or the blissful members of the East, when he has on the table the possible and problematic candidacy of Ukraine). Nor does anyone know very well what the powerful soft power of the European Union has been, which at the time seemed to reach even Kyrgyzstan.
It is clear that a political regime such as the Turkish, capable of unleashing a phenomenal political-administrative purge such as that carried out during two years of emergency regime, after the failed coup of 2016, does not seem to meet the democratic standards of that club. However, it is worth asking in which member country of the European Union – and not to mention NATO – a coup d’etat such as the one perpetrated that summer could have prospered.
Turkey remains at the gates of the Old Continent and may continue this way for a long time, although, even if it does not become legally part of the European Union, it is likely that over time it will be diluted more and more in a culturally Europe evolved In fact, that is what has been happening, more or less slowly, in recent centuries. The modern European extreme right extrapolates the image of the «Turkish or Muslim danger» in deep and punctual attacks, such as the sieges of Vienna from 1529 and 1683. But, in reality, the first Ottoman state grew for a century as a geographical entity that encompassed Anatolia Western and the Balkans.
Erdoğan will disappear sooner or later, and even the AKP regime will dissolve in history. But the social changes that have taken place in Turkey throughout the first decades of the 21st century convulses are already hardly reversible, while the country continues to occupy the geostrategic place that is its main historical capital.

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