Un Pueblo Traicionado. Corrupción, Incompetencia Política Y División Social — Paul Preston / A People Betrayed: Corruption, Political Incompetence and Social Divisions, Spain 1874-2014 by Paul Preston

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Algunos lectores cuando lean el libro clamarán contra Paul Preston diciendo que es un libro sesgado pero yo debo decir que me pareció una lectura interesante. Sin duda provoca la tristeza de ver cómo algunos problemas se eternizan.

El filósofo José Ortega y Gasset escribió en 1921: «Empezando por la Monarquía y siguiendo por la Iglesia, ningún poder nacional ha pensado más que en sí mismo. ¿Cuándo ha latido el corazón, al fin y al cabo extranjero, de un monarca español o de la Iglesia española por los destinos hondamente nacionales? Que se sepa, jamás. Han hecho todo lo contrario. Monarquía e Iglesia se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales».
Desde la instauración de la República en 1931 hasta su fin en 1939, la corrupción fue menos tóxica, sobre todo porque la nueva élite política se inspiró en muchas de las propuestas de los regeneracionistas. Esto no quiere decir que la corrupción no existiera. Un personaje recurrente en este libro, el multimillonario Juan March, que estuvo detrás de la corrupción más espectacular de la dictadura de Primo, permaneció activo durante la República, así como en las primeras décadas de la dictadura franquista. Lo mismo ocurrió con Alejandro Lerroux, un político destacado que estaba a sueldo de March. La trayectoria de corrupción descarada de Lerroux alcanzó su punto culminante en 1935, cuando, como presidente del Gobierno republicano, avaló sin recato alguno la instalación de un sistema de ruletas trucadas, una operación escandalosa que dio lugar al término «estraperlo», que se ha convertido en sinónimo de «malversación de caudales».
La victoria del general Franco supuso el establecimiento de un régimen de terror y pillaje que les permitió, a él y a una élite de secuaces, saquear con impunidad, enriqueciéndose, al mismo tiempo que daba rienda suelta a la ineptitud política que prolongó el atraso económico de España hasta bien entrados los años cincuenta. Irónicamente, a lo largo de su vida, Franco expresó un feroz desprecio por la clase política, a la que consideraba responsable de la pérdida del imperio colonial en 1898.
A principios de los años treinta del siglo XX y en los albores de la Transición, hubo cierto grado de respeto público por los políticos. Sin embargo, el desprecio y el resentimiento generalizados se han intensificado de nuevo durante la crisis económica de los últimos años. El desarrollo de los años noventa fomentó la corrupción y fue testigo de una incompetencia política sin precedentes. Desde finales de los ochenta hasta la actualidad, la corrupción endémica y la renovada ebullición del nacionalismo han llevado otra vez a la misma desilusión de siempre con la clase política. Aunque el desencanto no se encuentre en los mínimos irrepetibles de 1898, la población española valora a sus políticos muy por debajo de lo que habría podido suponerse cuando se ensalzaba la Transición como un modelo para otros países.

Se suele contemplar a España desde los mitos sobre el carácter nacional. Uno de los más duraderos ha sido el de la corrupción y la deshonestidad, que debe mucho a las numerosas traducciones a otras lenguas europeas de las primeras e inmensamente populares novelas picarescas: el Lazarillo de Tormes (1554), de autor anónimo, y El Buscón (o Historia de la vida del Buscón, llamado don Pablos; ejemplo de vagamundos y espejo de tacaños), de Francisco de Quevedo, escrita en 1604, pero publicada en 1626. Durante los siglos XVIII y XIX, España fue el escenario habitual, y convenientemente exótico, de óperas de compositores extranjeros.
En 1868, la clase trabajadora, cada vez más descontenta, se alió con la clase media y los militares, cada vez más desafectos debido a las tendencias clericales y ultraconservadoras de la monarquía, y a los escándalos económicos y sexuales en los que se vio involucrada la reina Isabel II. En septiembre de 1868, se produjeron varios pronunciamientos que culminaron en el del general Joan Prim, que coincidió con el estallido de disturbios en las ciudades. Todo ello provocó el derrocamiento y el exilio de la reina. En el fondo, las dos fuerzas que impulsaron la revolución que se conoce con el sobrenombre de Gloriosa eran hostiles entre sí. La clase media liberal y los oficiales del Ejército, que se habían propuesto reformar la estructura constitucional del país, descubrieron alarmados que habían despertado un movimiento revolucionario de masas a favor del cambio social y allanado el camino a seis años de inestabilidad, conocidos como el «Sexenio Revolucionario». Además, a dicha inestabilidad vino a sumársele, entre 1868 y 1878, el estallido en Cuba, la colonia más rica de España, de una rebelión contra la metrópolis.
En el campo catalán, la mayoría de los pequeños propietarios y agricultores eran carlistas, no solo por el clericalismo del movimiento, sino también por su defensa de los fueros, es decir, de la autonomía. Así, en Cataluña, y también en el País Vasco, los vínculos de la Iglesia con los carlistas contribuyeron a apoyar a los independentistas de ambas regiones. Desde mediados del siglo XIX, hubo un resurgir del sentimiento catalanista, de la literatura catalana y de la lengua, cuyo uso oficial había sido prohibido desde el siglo XVIII. Este renacer, la Renaixença, se intensificó con el movimiento federalista desde 1868 hasta el hundimiento de la Primera República. En ninguna parte el federalismo fue tan fuerte como en Cataluña. Otro factor que contribuyó a la desafección de los catalanes fue el resquemor por su falta de influencia en el Gobierno central. Entre 1833 y 1901, fueron nombrados 902 ministros. Solo 24 de ellos, el 2,6 por ciento del total, eran catalanes. Como consecuencia, el catalanismo prosperó no solo en las zonas rurales, sino también en Barcelona, donde encontró adeptos entusiastas entre la burguesía. En 1892, se formó una federación de grupos catalanistas de clase media y alta, la Unió Catalanista. Su programa, las Bases de Manresa, pedía la restauración de un gobierno autónomo, un sistema fiscal propio, la protección de la industria catalana y la oficialidad del catalán. Con la excepción de un breve periodo de 1906 a 1909, desde 1868 hasta la dictadura de Primo de Rivera —en los años veinte del siglo pasado—, el nacionalismo catalán sería un movimiento en buena medida conservador.

Durante los gobiernos de Cánovas, los casinos de juego eran ilegales, pero se les permitía funcionar siempre que pagasen la mordida correspondiente. En Madrid, por ejemplo, cada casino pagaba 35.000 pesetas al gobernador civil, el marqués de Heredia Spínola. Teóricamente, el dinero era para obras benéficas, pero no se auditaba. El sucesor del marqués en el cargo, el conde de Xiquena, intentó cerrar los casinos, pero los propietarios organizaron una campaña de atentados con explosivos en junio de 1881 que hirió gravemente a varios niños. Más tarde, Xiquena alegó que Romero Robledo había sido uno de los beneficiarios de los sobornos que pagaban los empresarios del juego, pero se vio obligado a retirar la acusación cuando Cánovas amenazó con paralizar las Cortes mediante el abandono del hemiciclo del Partido Conservador.
Otro elemento que explica la falta de protestas contra la impunidad con que la corrupción dominaba el sistema político era el hecho de que, a principios del siglo XX, alrededor del 75 por ciento de la población era analfabeta. Miles de pueblos carecían de escuela. Incluso en Madrid y Barcelona, había menos de la mitad de las escuelas que exigía la ley. Y donde las había, la asistencia no era obligatoria y los maestros estaban mal pagados hasta el punto de que, a menudo, no tenían ningún tipo de remuneración. En el Ejército, se enseñaba una rudimentaria alfabetización.

El filósofo José Ortega y Gasset reflexionó así sobre Cánovas y el sistema que inventó: «La Restauración, señores, fue una panorama de fantasmas y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría. […] por encima de ser un gran orador, y un gran pensador, fue Cánovas, señores, un gran corruptor, como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible».

Después de una derrota rápida y humillante en una guerra de ocho meses contra Estados Unidos, el esfuerzo por aplastar a los rebeldes en Cuba y Filipinas acabó en desastre. El fin del espejismo de España como gran potencia ocasionó una crisis nacional y la consternación íntima de una población otrora belicosa.
Las consecuencias dañinas del desastre de 1898 no tardaron mucho en tener un impacto sobre algunas partes de la economía española, especialmente en Cataluña, de cuyos productos Cuba había sido un mercado cautivo. Los sectores más dependientes del comercio colonial se vieron gravemente afectados, si bien la diversificación de las exportaciones y la renovación tecnológica lograron aliviar las dificultades.
En el resto de España, el sistema corrupto de la Restauración sobrevivió, y el aumento de la competencia electoral hizo que se intensificaran las prácticas fraudulentas. A finales de siglo, las cuentas de la sociedad March Hermanos revelan pagos sustanciales a carabineros, guardias civiles y espías, así como gastos electorales en cigarros y ensaimadas. En 1905, en Alicante secuestraron a electores que iban a depositar su voto. En el mismo año y en la mayoría de las elecciones de la época, en Guadalajara y otras provincias, el conde de Romanones utilizó su inmensa fortuna para crear un arsenal de favores y amenazas que sus agentes empleaban para comprar votos. La disyuntiva entre la compra del voto y el ejercicio de la violencia dependía en parte de los recursos económicos del grupo político en cuestión.
La CNT se iba radicalizando a medida que, poco a poco, socialistas y republicanos se volvían cada vez más moderados. En el curso de los enconados conflictos laborales que se produjeron durante la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un movimiento exclusivamente anarcosindicalista. Su cifra de afiliados se disparó, de los 15.000 iniciales a más de 700.000 en 1919, reflejo de la creciente base industrial del país.

Para Raymond Carr y Shlomo Ben-Ami, Primo asesinó la democracia que acababa de alumbrar el gabinete de García Prieto, mientras que para Javier Tusell y José Luis García Navarro, se limitó a enterrar un cadáver. Ambas visiones prefieren dejar al margen a Alfonso XIII. Al fin y al cabo, sin su intervención, el golpe podría haberse detenido fácilmente. Al dar rienda suelta a su predilección por los gobiernos militares, el rey se quedó sin alternativa cuando los oficiales, a su vez, se quedaron también sin ideas. Resulta más sutil la brillante conclusión de Francisco Romero: «De hecho, el “cirujano de hierro” acababa de desconectar los aparatos que mantenían con vida al paciente en coma. Después de haber pensado en hacerlo él en persona, el jefe de planta, el rey Alfonso XIII, no tuvo inconveniente en firmar el certificado de defunción».
La dictadura de Primo de Rivera fue considerada en años posteriores como una edad de oro por las clases medias españolas y se convirtió en un mito central de la derecha reaccionaria. Eduardo Aunós se refirió al 13 de septiembre de 1923 como «el connubio de Primo de Rivera con la inmortalidad». Algunos años más tarde, sin ironía aparente, Franco aclamaría en 1942 ese periodo de corrupción generalizada como «los años venturosos del glorioso general Primo de Rivera, de buena administración: seis años ejemplares, de victorias marroquíes, de paz y de progreso».

La Segunda República se proclamó el 14 de abril de 1931 en medio de estallidos de júbilo popular en las principales ciudades. Las multitudes coreaban insultos contra el rey por su presunta corrupción. El escritor Ramón del Valle-Inclán escribió: «Ahora no se le arroja a Alfonso XIII por anticonstitucional, sino por ladrón».[1] La indignación por los abusos de la monarquía y la dictadura había alimentado expectativas exageradas en cuanto a lo que podría ofrecer el nuevo régimen.[2] De hecho, en un contexto de depresión mundial, la República se enfrentaba a problemas enormes. La riada de emigrantes de vuelta desbordaba a la España rural, al igual que los obreros de la construcción no cualificados que fueron despedidos al terminar el despilfarro de las obras públicas de la dictadura. Todo ello intensificó la necesidad de reformas en materia de protección social y propiedad de la tierra, pero la República tendría poca capacidad económica para introducir cambios debido a la pesada carga financiera heredada de Primo y a la desconfianza de la banca internacional.
El nuevo ministro de la Guerra, Manuel Azaña, declaró con orgullo en las Cortes que la monarquía había sido derrocada sin que se rompiera ni una ventana.
El discurso de Azaña salvó la Constitución, pero produjo una crisis de gabinete al dimitir los católicos más destacados del Gobierno: Alcalá Zamora y Maura. La actuación de Azaña, y los prolongados aplausos con los que fue recibido, le convirtieron en el candidato más claro a ocupar la presidencia del Consejo de Ministros, para lo que contaba con el apoyo tanto de los socialistas como de los republicanos de izquierda. La corrupción pública y notoria de Lerroux era un obstáculo insalvable para su elección, pero el Emperador del Paralelo se sintió ninguneado y escribió más tarde: «la República necesitaba al frente de su Gobierno un republicano de abolengo, de experiencia y de autoridad: todo eso lo tenía yo, y nadie en mejor medida que yo». Azaña aceptó el cargo a regañadientes, pero al hacerlo se ganó sin querer la enemistad no solo de Lerroux, sino también de Alcalá Zamora, que fue elegido presidente de la República el 10 de diciembre. Alcalá Zamora nunca perdonó a Azaña lo ocurrido el 13 de octubre. Por otra parte, la inmensa egolatría del primero le llevaría a ser apodado en círculos políticos «Alfonso XIV» y «Don Alfonso en rústica».
Cuando la noticia del alzamiento en Marruecos llegó a Madrid, Azaña le preguntó a Casares qué hacía Franco, a lo que el presidente del Gobierno respondió con complacencia: «Está bien guardado en Canarias». Casares telefoneó a su amigo, el distinguido fisiólogo Juan Negrín, para decirle: «Está garantizado el fracaso de la intentona. El Gobierno es dueño de la situación. Dentro de poco todo estará terminado». El corresponsal anarquista Salvador Cánovas Cervantes afirmó que un grupo de periodistas detuvo a Casares Quiroga en los pasillos de las Cortes y le dijeron que estaba a punto de producirse un levantamiento militar, a lo que él, al parecer, respondió: «¡Que se levanten! Yo, en cambio, me voy a acostar». Había estallado la Guerra Civil y el Gobierno llevaba ya una gran desventaja.

La corrupción estaba en todas partes. Los servicios de espionaje de la Falange informaron a Franco de que el gobernador civil de Madrid, Miguel Primo de Rivera, usaba los fondos de una colecta en beneficio de la División Azul para sufragar su fastuoso tren de vida. Cuando el utópico poeta falangista Dionisio Ridruejo fue recibido por Franco después de regresar de la División Azul a finales de abril de 1942, repatriado debido a una enfermedad pulmonar, informó que, entre sus compañeros, había muchas críticas a la corrupción en España, a lo que Franco respondió sin inmutarse que, en otros tiempos, los vencedores eran recompensados con títulos nobiliarios y tierras, pero como eso era difícil en la actualidad, tenía contentos a sus seguidores haciendo la vista gorda ante la venalidad. El 7 de julio, Ridruejo escribió a Franco reiterando sus críticas y afirmando que los que dominaban el régimen eran mediocres ineptos, reaccionarios e hipócritas. Ridruejo renunció a todos sus cargos debido a lo que para él era «la burla trágica» que el régimen le estaba haciendo a España. La recompensa de Ridruejo por su franqueza fueron ocho meses de destierro en Ronda.

La derrota del Tercer Reich acabó con las pretensiones del dictador de construir un nuevo imperio. Sin embargo, como pragmático redomado, su defensa de la supervivencia del régimen no estaba condicionada por ninguna ideología a largo plazo. Y, como no se sentía obligado a morir en las ruinas de un búnker, Franco supo defenderse de la hostilidad de los Aliados con una astucia que hace difícil subestimar su extraordinaria inteligencia política. No perdía ocasión de recordar a los españoles lo que había sacrificado por ellos. Las imágenes de sus apariciones públicas, que siempre abrían los noticiarios de cine diarios controlados por el Estado, el Noticiario Español y su posterior reencarnación, el No-Do (Noticiarios y Documentales), proyectaban con insistencia la imagen del incansable y vigilante Caudillo.
De 1945 a 1950, Franco se autoconvenció de que él y España padecían un asedio mortal. El resurgir de la oposición, a la espera del apoyo de los Aliados, hizo que muchos de los seguidores del Caudillo vacilaran durante lo que se ha llamado «la noche negra del franquismo». La estrategia franquista con respecto a las grandes potencias fue reescribir su papel en la Segunda Guerra Mundial, y con respecto a la población española, reescribir lo que sucedía fuera. Después de casi diez años de adulación diaria, Franco era incapaz de distinguir entre sus necesidades políticas personales y las de España. Consideraba que las críticas extranjeras a su figura eran fruto de una conspiración masónica contra el Estado español. A lo largo de la Guerra Fría, utilizó descaradamente la prensa como instrumento para garantizar su propia supervivencia, repitiendo casi a diario que el hombre que había coqueteado sin rubor con Hitler había salvado personalmente a España de la Segunda Guerra Mundial. El ostracismo internacional provocado por sus vínculos con el Eje se presentaba como un acoso internacional perverso motivado por la envidia de las democracias ante lo que el Caudillo había hecho por el país.
El fracaso del régimen en sus intentos de acercamiento a la CEE y las huelgas de 1962 atrajeron las simpatías de Europa hacia la oposición antifranquista. Para capitalizarlas, unos ochenta monárquicos, católicos y falangistas arrepentidos, residentes en España, se reunieron con 38 socialistas y nacionalistas vascos y catalanes exiliados en Múnich en el IV Congreso del Movimiento Europeo del 5 al 8 de junio de 1962. El encuentro, financiado por el Congreso para la Libertad Cultural controlado por la CIA, concluyó con un comunicado moderado y pacífico en el que se pedía la evolución política de España. Franco montó en cólera ante lo que para él no era más que una conspiración para socavar el régimen por parte de masones, judíos y católicos e insistió en suspender las escasas garantías constitucionales del Fuero de los Españoles.
A finales de mayo, el dictador le dijo a Carrero Blanco que nombraría a Juan Carlos sucesor antes del verano. Luego, presionado por los falangistas para que no hiciera nada, volvió a dudar, según le comentó a Carrero Blanco, por miedo a abandonar a sus leales seguidores. Ante la impaciencia de los ministros tecnócratas, optó por hacer efectivo el anuncio el 17 de julio. Pero al no decirle nada sobre el tema a Juan Carlos, que se disponía a visitar a su padre en Portugal, hasta su regreso el 12 de julio, Franco provocó astutamente la ruptura entre padre e hijo, ya que don Juan supuso que Juan Carlos le había engañado, y las relaciones entre ellos siguieron siendo tensas durante algún tiempo. A Juan Carlos se le concedió el título de príncipe de España, y no el de príncipe de Asturias, tradicional del heredero al trono. Así, Franco interrumpía tanto la continuidad como la legitimidad dinástica de los Borbones. La nueva monarquía era suya.
Las disputas internas del régimen por el caso Matesa iban mucho más allá de las rivalidades por las prebendas del poder. También reflejaban el creciente malestar por los disturbios laborales, estudiantiles y regionalistas. Los partidarios de Franco estaban empezando a dividirse en facciones que no reproducían las divisiones tradicionales entre falangistas, monárquicos y católicos, sino que se trataba de grupos de composición variable en busca de opciones de supervivencia tras la muerte del dictador. Los tecnócratas creían que la prosperidad y una Administración eficiente permitirían una transición sin problemas a una monarquía franquista dirigida por Juan Carlos. Otros creían que la modernización había abierto las puertas a la oposición y, por lo tanto, abogaban por el retorno al franquismo más duro. Ciego ante la incapacidad de su dictadura para hacer frente a una España dramáticamente distinta, Franco creyó que el Gobierno monocolor sería capaz de resolver los graves problemas que ya se anunciaban. Sin embargo, pronto la incapacidad del nuevo equipo para frenar la ebullición de la sociedad española hizo que Franco y Carrero volvieran instintivamente a la mentalidad de asedio de los años cuarenta.

La señal más evidente del giro radical que estaban tomando los acontecimientos para los intereses de Franco fue el nombramiento de monseñor Vicente Enrique y Tarancón como primado de España a instancias del papa Pablo VI en febrero de 1969. El cardenal Tarancón, comprometido con el espíritu progresista del Concilio Vaticano II, sería el instrumento con el cual Roma se distanciaría del régimen. Al mismo tiempo, el aumento de la oposición en las universidades, fábricas y nacionalidades históricas reflejaba las limitaciones del crecimiento económico de los años sesenta. Los planes de desarrollo habían ido acompañados de ineficiencia, corrupción y altos costes sociales y no contribuyeron en absoluto a redistribuir la riqueza ni a disminuir los desequilibrios territoriales. Una vez iniciado el impulso económico derivado de la apertura de España al comercio mundial, la planificación a largo plazo fue sustituida por políticas cortoplacistas de control de la inflación y del déficit de la balanza de pagos. Por eso, cuando el desarrollo de los años sesenta comenzó a frenarse, los tecnócratas respondieron con medidas de austeridad, lo que inevitablemente aumentó el número de huelgas. El crecimiento había creado una nueva clase obrera cuya militancia solo podía controlarse mediante la mejora constante.
Cuando se anunció la muerte de Franco, la gente bailaba en las calles de los pueblos y ciudades vascos. Aunque había una gran aprensión en el aire, en Madrid y Barcelona se agotaron las existencias de champán. Ningún jefe de Estado importante, salvo el dictador chileno, el general Pinochet, asistió al funeral. Por el contrario, la coronación de Juan Carlos contaría con la presencia de los presidentes de Francia y Alemania Occidental, el duque de Edimburgo, el vicepresidente de Estados Unidos y el primer ministro de Alemania Occidental, Willy Brandt, que había luchado en las Brigadas Internacionales. Los inicios del reinado de Juan Carlos fueron acogidos con una enorme buena voluntad, tanto dentro como fuera de España. Sin embargo, había enormes obstáculos en el camino. El legado de odio en el País Vasco acosaría a la política española en los años venideros. El búnker estaba atrincherado en el Ejército, la policía y la Guardia Civil. Más de cien mil falangistas seguían autorizados a llevar armas. El problema se puso claramente de manifiesto el 22 de noviembre en la ceremonia en las Cortes en la que Juan Carlos fue proclamado rey. Tal como se le pidió, juró fidelidad a las leyes fundamentales y a los principios del Movimiento pero, en un discurso ligeramente progresista, omitió toda referencia al 18 de julio de 1936. Esto fue recibido con frialdad por los procuradores. En su coronación, el búnker se indignó porque el cardenal Enrique y Tarancón lo llamó a ser «rey de todos los españoles».
El progreso sin derramamiento de sangre dependía de las habilidades de Juan Carlos —sobre todo en relación con las fuerzas armadas—, de los ministros que eligiera y de los líderes de la oposición. Sus asesores le habían mantenido informado del deseo de importantes sectores del capitalismo español de deshacerse de los mecanismos políticos del franquismo.
la contundencia de la victoria del Psoe, puso fin a la pretensión de que el ejército podía ejecutar la voluntad nacional mejor que los políticos electos.

La entrada de España en la OTAN, en junio de 1982, supuso un gran avance en cuanto al apoyo exterior a la democracia española. Fue un paso clave para la posterior adhesión a la CEE y, de hecho, para apartar a los militares de su obsesión por la política nacional. Inicialmente, el PSOE se había opuesto a la integración en la OTAN pero, una vez en el poder, Felipe González no retiró a España de la Alianza Atlántica, aunque sí detuvo el proceso de incorporación a la estructura militar integrada. A lo largo del año posterior a la tentativa de golpe de Estado, el rey fue el más firme defensor de la disciplina militar, al igual que un entusiasta de la entrada de España en la CEE.La época del apaciguamiento de los militares por parte de la UCD, en la que el rey, como él mismo comentaba con amargura, había tenido que actuar a menudo como «bombero», finalizó con las elecciones del 28 de octubre de 1982 y la amplísima mayoría obtenida por los socialistas. En total, Felipe González ganaría cuatro elecciones generales, en 1982, 1986, 1989 y 1993, las tres primeras por mayoría absoluta.
Uno de los primeros casos de corrupción socialista se produjo cuando, para aliviar el subempleo en el campo, se incrementaron las ayudas y se crearon los subsidios del Plan de Empleo Rural (PER), que fomentó el fraude como ilustra el típico caso denunciado en Pinos Puente (Granada). El alcalde de esta localidad entre 1987 y 1991, Juan Ferrándiz, abrió una cuenta en un banco local; quien le hiciera un ingreso de 300 pesetas recibía a cambio la certificación de haber trabajado los 60 días necesarios para tener derecho al subsidio de desempleo de 28.000 pesetas previsto por el PER. Entre 1988 y 1990, el Ayuntamiento certificó que 4.000 residentes locales habían trabajado 200.000 días a un coste para el Instituto Nacional de Empleo de 990 millones de pesetas. En junio de 1996, Ferrándiz fue condenado a dieciocho meses de cárcel y a una multa de 100.000 pesetas. Hubo otros casos similares.
Qué decir de Aznar , la Casa Real de España, empresarios, banqueros…

La corrupción fue una respuesta al hecho de que la política democrática en la era de la televisión y los medios de comunicación de masas es enormemente cara. Alguno de los primeros y más notorios escandalos de corrupción – Filesa, Naseiro – se debieron originariamente a las necesidades de financiación electoral de los partidos políticos. Por supuesto, en cuanto el dinero empezó a circular, una parte fue desviada a bolsillos de particulares de todos los escalafones de la pirámide política, desde el trono al ayuntamiento más humilde. Y aunque con una lentitud exasperante el poder judicial se ha enfrentado al poder de la corrupción, está por ver si alguien consigue solucionar el mal endémico de la incompetencia política. Hasta que se resuelvan ambos, sus consecuencias sociales seguirán dividiendo la política española.

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Some readers when they read the book will cry out against Paul Preston saying that it is a biased book but I must say that I found it an interesting read. It certainly causes sadness to see how some problems are eternalized.

The philosopher José Ortega y Gasset wrote in 1921: «Starting with the Monarchy and following the Church, no national power has thought more than in itself. When has the heart beat, after all, a Spanish monarch or the Spanish Church for deep national destinies? Let it be known, never. They have done the opposite. Monarchy and Church have been obstinate in having their own destinies adopted as truly national ones ».
From the establishment of the Republic in 1931 until its end in 1939, corruption was less toxic, especially since the new political elite was inspired by many of the proposals of the regenerationists. This does not mean that corruption did not exist. A recurring character in this book, billionaire Juan March, who was behind the most spectacular corruption of the Primo dictatorship, remained active during the Republic, as well as in the first decades of the Franco dictatorship. The same happened with Alejandro Lerroux, a prominent politician who was paid by March. Lerroux’s blatant corruption trajectory reached its climax in 1935, when, as president of the Republican Government, he endorsed the installation of a system of truncated roulettes, a scandalous operation that resulted in the term «straperlo», which has been become synonymous with «embezzlement of flows.»
The victory of General Franco meant the establishment of a regime of terror and pillage that allowed him and an elite of henchmen to plunder with impunity, enriching himself, while giving free rein to the political ineptitude that prolonged the economic backwardness of Spain until well into the fifties. Ironically, throughout his life, Franco expressed a fierce disregard for the political class, which he considered responsible for the loss of the colonial empire in 1898.
In the early thirties of the twentieth century and at the dawn of the Transition, there was some degree of public respect for politicians. However, widespread contempt and resentment have intensified again during the economic crisis of recent years. The development of the 1990s encouraged corruption and witnessed unprecedented political incompetence. From the late eighties to the present, endemic corruption and the renewed boil of nationalism have once again led to the same disillusionment as always with the political class. Although the disenchantment is not in the unrepeatable minimums of 1898, the Spanish population values its politicians far below what could have been assumed when the Transition was extolled as a model for other countries.

Spain is usually contemplated from the myths about the national character. One of the most lasting has been that of corruption and dishonesty, which owes much to the numerous translations into other European languages of the first and immensely popular picaresque novels: Lazarillo de Tormes (1554), anonymous author, and El Buscón (or History of the life of Buscón, called Don Pablos; example of vagamundos and stingy mirror), by Francisco de Quevedo, written in 1604, but published in 1626. During the eighteenth and nineteenth centuries, Spain was the usual scenario, and conveniently exotic, from operas by foreign composers.
In 1868, the working class, increasingly dissatisfied, allied itself with the middle class and the military, increasingly disaffected due to the clerical and ultra-conservative tendencies of the monarchy, and the economic and sexual scandals in which the Queen isabel II. In September 1868, there were several pronouncements that culminated in that of General Joan Prim, which coincided with the outbreak of riots in the cities. All this caused the overthrow and exile of the queen. Deep down, the two forces that drove the revolution that is known as Gloriosa were hostile to each other. The liberal middle class and Army officers, who had proposed to reform the constitutional structure of the country, discovered alarmed that they had awakened a revolutionary mass movement in favor of social change and paved the way to six years of instability, known as the « Revolutionary Sexennium ». In addition, to this instability came to be added, between 1868 and 1878, the outbreak in Cuba, the richest colony in Spain, of a rebellion against the metropolis.
In the Catalonian countryside, most of the small owners and farmers were Carlist, not only because of the clerical movement, but also because of their defense of the fueros, that is, of autonomy. Thus, in Catalonia, and also in the Basque Country, the Church’s ties with the Carlists contributed to support the independence of both regions. Since the mid-nineteenth century, there was a resurgence of Catalan sentiment, Catalan literature and language, whose official use had been banned since the eighteenth century. This rebirth, the Renaixença, intensified with the federalist movement from 1868 until the collapse of the First Republic. Nowhere was federalism as strong as in Catalonia. Another factor that contributed to the disaffection of the Catalans was the resentment for their lack of influence in the central government. Between 1833 and 1901, 902 ministers were appointed. Only 24 of them, 2.6 percent of the total, were Catalan. As a consequence, Catalanism prospered not only in rural areas, but also in Barcelona, where he found enthusiastic adherents among the bourgeoisie. In 1892, a federation of middle and upper class Catalan groups was formed, the Catalan Union. Its program, the Bases of Manresa, called for the restoration of an autonomous government, its own tax system, the protection of Catalan industry and the official status of Catalan. With the exception of a brief period from 1906 to 1909, from 1868 until the dictatorship of Primo de Rivera – in the twenties of the last century -, Catalan nationalism would be a largely conservative movement.

During the governments of Cánovas, gambling casinos were illegal, but they were allowed to function as long as they paid the corresponding bite. In Madrid, for example, each casino paid 35,000 pesetas to the civil governor, the Marquis de Heredia Spínola. Theoretically, the money was for charities, but it was not audited. The successor of the Marquis in office, the Count of Xiquena, tried to close the casinos, but the owners organized a campaign of bomb attacks in June 1881 that seriously injured several children. Later, Xiquena alleged that Romero Robledo had been one of the beneficiaries of the bribes paid by the game’s businessmen, but was forced to withdraw the accusation when Canovas threatened to paralyze the Cortes by abandoning the Conservative Party’s hemicycle.
Another element that explains the lack of protests against impunity with which corruption dominated the political system was the fact that, at the beginning of the twentieth century, about 75 percent of the population was illiterate. Thousands of villages lacked school. Even in Madrid and Barcelona, there were less than half of the schools required by law. And where there were, attendance was not mandatory and teachers were underpaid to the point that they often did not have any kind of remuneration. In the Army, rudimentary literacy was taught.

The philosopher José Ortega y Gasset reflected on Cánovas and the system he invented: «The Restoration, gentlemen, was a panorama of ghosts and Cánovas, the great entrepreneur of phantasmagoria. […] above being a great speaker, and a great thinker, was Cánovas, gentlemen, a great corrupter, as we would say now, a professor of corruption. It corrupted the incorruptible».

After a rapid and humiliating defeat in an eight-month war against the United States, the effort to crush the rebels in Cuba and the Philippines ended in disaster. The end of the illusion of Spain as a great power caused a national crisis and the intimate consternation of a once belligerent population.
The harmful consequences of the 1898 disaster did not take long to have an impact on some parts of the Spanish economy, especially in Catalonia, whose products Cuba had been a captive market. The sectors most dependent on colonial trade were severely affected, although export diversification and technological renewal managed to ease the difficulties.
In the rest of Spain, the corrupt Restoration system survived, and the increase in electoral competition caused fraudulent practices to intensify. At the end of the century, the March Brothers Brothers’ accounts reveal substantial payments to police, civil guards and spies, as well as electoral expenses on cigars and ensaimadas. In 1905, in Alicante they kidnapped voters who were going to cast their vote. In the same year and in most of the elections of the time, in Guadalajara and other provinces, the count of Romanones used his immense fortune to create an arsenal of favors and threats that his agents used to buy votes. The dilemma between the purchase of the vote and the exercise of violence depended in part on the economic resources of the political group in question.
The CNT was radicalized as, little by little, socialists and Republicans became increasingly moderate. In the course of the bitter labor conflicts that occurred during World War I, it became an exclusively anarcho-syndicalist movement. Its number of affiliates skyrocketed, from the initial 15,000 to more than 700,000 in 1919, reflecting the country’s growing industrial base.

For Raymond Carr and Shlomo Ben-Ami, Primo killed the democracy that had just lit García Prieto’s cabinet, while for Javier Tusell and José Luis García Navarro, he just buried a corpse. Both visions prefer to leave aside Alfonso XIII. After all, without his intervention, the coup could have easily stopped. By giving free rein to his predilection for military governments, the king was left with no alternative when the officers, in turn, also ran out of ideas. The brilliant conclusion of Francisco Romero is more subtle: «In fact, the» iron surgeon «had just disconnected the devices that kept the patient alive in a coma. After thinking of doing it himself, the head of the plant, King Alfonso XIII, had no problem signing the death certificate.
The dictatorship of Primo de Rivera was considered in later years as a golden age by the Spanish middle classes and became a central myth of the reactionary right. Eduardo Aunós referred to September 13, 1923 as «the connubium of Primo de Rivera with immortality.» A few years later, without apparent irony, Franco would praise in 1942 that period of widespread corruption as «the successful years of the glorious General Primo de Rivera, of good administration: six exemplary years, of Moroccan victories, peace and progress».

The Second Republic was proclaimed on April 14, 1931 amid popular outbursts of joy in the main cities. Crowds chanted insults against the king for his alleged corruption. The writer Ramón del Valle-Inclán wrote: «Now Alfonso XIII is not thrown for unconstitutional, but for a thief.» [1] The outrage over the abuses of the monarchy and dictatorship had fueled exaggerated expectations as to what the new regime could offer. [2] In fact, in a context of global depression, the Republic faced enormous problems. The flood of emigrants back overflowed with rural Spain, as were the unskilled construction workers who were fired after the waste of public dictatorship wastes. All of this intensified the need for reforms in the field of social protection and land ownership, but the Republic would have little economic capacity to introduce changes due to the heavy financial burden inherited from Primo and the distrust of international banks.
The new Minister of War, Manuel Azana, proudly declared in the Cortes that the monarchy had been overthrown without breaking a window.
Azaña’s speech saved the Constitution, but it produced a cabinet crisis by resigning the most prominent Catholics of the Government: Alcalá Zamora and Maura. The performance of Azana, and the prolonged applause with which he was received, made him the clearest candidate for the presidency of the Council of Ministers, for which he had the support of both the Socialists and the Republicans on the left. The public and notorious corruption of Lerroux was an insurmountable obstacle for his election, but the Parallel Emperor felt unimpaired and wrote later: “the Republic needed a Republican of ancestry, experience and authority at the head of his Government: all that I had it, and no one better than me. Azaña reluctantly accepted the position, but in doing so he won without wanting the enmity not only of Lerroux, but also of Alcalá Zamora, who was elected president of the Republic on December 10. Alcalá Zamora never forgave Azana what happened on October 13. On the other hand, the immense egolatry of the former would lead him to be nicknamed in political circles «Alfonso XIV» and «Don Alfonso in paperback.»
When the news of the uprising in Morocco arrived in Madrid, Azana asked Casares what Franco was doing, to which the president of the Government replied with satisfaction: «It is well kept in the Canary Islands». Casares phoned his friend, the distinguished physiologist Juan Negrín, to tell him: «The failure of the attempt is guaranteed. The Government owns the situation. Soon everything will be finished ». Anarchist correspondent Salvador Cánovas Cervantes said that a group of journalists arrested Casares Quiroga in the halls of the Cortes and told him that a military uprising was about to take place, to which he apparently replied: «Let them rise ! I’m going to bed instead. The Civil War had broken out and the Government was already at a great disadvantage.

Corruption was everywhere. The spy services of the Falange informed Franco that the civil governor of Madrid, Miguel Primo de Rivera, used the funds of a collection for the benefit of the Blue Division to cover his lavish life train. When the utopian Falangist poet Dionisio Ridruejo was received by Franco after returning from the Blue Division at the end of April 1942, repatriated due to a lung disease, he reported that, among his companions, there were many criticisms of corruption in Spain, at Franco responded without flinching that, in other times, the victors were rewarded with noble titles and lands, but since that was difficult at present, he had his followers happy turning a blind eye to venality. On July 7, Ridruejo wrote to Franco reiterating his criticisms and affirming that those who dominated the regime were mediocre inept, reactionary and hypocritical. Ridruejo resigned from all charges because of what he was «the tragic mockery» that the regime was doing to Spain. Ridruejo’s reward for his candor was eight months of exile in Ronda.

The defeat of the Third Reich ended the dictator’s claims to build a new empire. However, as a redesigned pragmatic, his defense of the regime’s survival was not conditioned by any long-term ideology. And, since he did not feel obliged to die in the ruins of a bunker, Franco knew how to defend himself against the hostility of the Allies with a cunning that makes it difficult to underestimate his extraordinary political intelligence. He lost no chance to remind the Spaniards what he had sacrificed for them. The images of his public appearances, which were always opened by the daily film newscasts controlled by the State, the Spanish News and his subsequent reincarnation, the No-Do (News and Documentaries), projected insistently the image of the tireless and vigilant Caudillo.
From 1945 to 1950, Franco convinced himself that he and Spain suffered a deadly siege. The resurgence of the opposition, waiting for the support of the Allies, caused many of the Caudillo’s followers to waver during what has been called «the black night of Francoism.» The Francoist strategy with respect to the great powers was to rewrite their role in World War II, and with respect to the Spanish population, to rewrite what happened outside. After almost ten years of daily flattery, Franco was unable to distinguish between his personal political needs and those of Spain. He considered that foreign criticism of his figure was the result of a Masonic conspiracy against the Spanish State. Throughout the Cold War, he used the press blatantly as an instrument to ensure his own survival, repeating almost daily that the man who had flirted without blushing with Hitler had personally saved Spain from World War II. The international ostracism caused by its links with the Axis presented itself as a perverse international harassment motivated by the envy of democracies over what the Caudillo had done for the country.
The failure of the regime in its attempts to approach the EEC and the strikes of 1962 attracted the sympathies of Europe towards the anti-Franco opposition. To capitalize on them, some eighty monarchists, Catholics and repentant Falangists, residents in Spain, met 38 Basque and Catalan nationalists and nationalists exiled in Munich at the IV Congress of the European Movement from June 5 to 8, 1962. The meeting, funded by The Congress for Cultural Freedom controlled by the CIA, concluded with a moderate and peaceful statement calling for the political evolution of Spain. Franco mounted in anger at what for him was nothing more than a conspiracy to undermine the regime by Masons, Jews and Catholics and insisted on suspending the scarce constitutional guarantees of the Fuero de los Españoles. (spaniards charter)
At the end of May, the dictator told Carrero Blanco that he would name Juan Carlos successor before the summer. Then, pressed by the Falangists to do nothing, he hesitated again, he told Carrero Blanco, for fear of abandoning his loyal followers. Given the impatience of the technocratic ministers, he chose to make the announcement effective on July 17. But by not saying anything on the subject to Juan Carlos, who was preparing to visit his father in Portugal, until his return on July 12, Franco shrewdly caused the rupture between father and son, since Don Juan assumed that Juan Carlos He had cheated, and relations between them remained tense for some time. Juan Carlos was granted the title of Prince of Spain, and not that of Prince of Asturias, traditional heir to the throne. Thus, Franco interrupted both the continuity and the dynastic legitimacy of the Bourbons. The new monarchy was his.
The internal disputes of the regime for the Matesa case went far beyond rivalries over the prebends of power. They also reflected the growing discomfort from labor, student and regionalist unrest. Franco’s supporters were beginning to divide into factions that did not reproduce the traditional divisions between Falangists, monarchists and Catholics, but instead were groups of variable composition in search of survival options after the dictator’s death. The technocrats believed that prosperity and efficient administration would allow a smooth transition to a Francoist monarchy led by Juan Carlos. Others believed that modernization had opened the doors to the opposition and, therefore, advocated the return to tougher Francoism. Blind to the inability of his dictatorship to face a dramatically different Spain, Franco believed that the single-color government would be able to solve the serious problems that were already announced. However, soon the inability of the new team to stop the boiling of Spanish society made Franco and Carrero instinctively return to the siege mentality of the forties.

The most obvious sign of the radical turn that events were taking for Franco’s interests was the appointment of Monsignor Vicente Enrique y Tarancón as primacy of Spain at the request of Pope Paul VI in February 1969. Cardinal Tarancón, committed to the progressive spirit of the Second Vatican Council, it would be the instrument with which Rome would distance itself from the regime. At the same time, the increase in opposition in historical universities, factories and nationalities reflected the limitations of the economic growth of the 1960s. Development plans had been accompanied by inefficiency, corruption and high social costs and did not contribute at all to redistributing wealth or reducing territorial imbalances. Once the economic impulse derived from the opening of Spain to world trade began, long-term planning was replaced by short-term policies to control inflation and the balance of payments deficit. Therefore, when the development of the sixties began to slow down, the technocrats responded with austerity measures, which inevitably increased the number of strikes. Growth had created a new working class whose militancy could only be controlled by constant improvement.
When Franco’s death was announced, people danced in the streets of Basque towns and cities. Although there was a great apprehension in the air, in Madrid and Barcelona, champagne stocks were exhausted. No major head of state, except the Chilean dictator, General Pinochet, attended the funeral. On the contrary, the coronation of Juan Carlos would have the presence of the presidents of France and West Germany, the Duke of Edinburgh, the vice president of the United States and the prime minister of West Germany, Willy Brandt, who had fought in the International Brigades . The beginnings of the reign of Juan Carlos were welcomed with enormous goodwill, both inside and outside Spain. However, there were huge obstacles along the way. The legacy of hatred in the Basque Country would harass Spanish politics for years to come. The bunker was entrenched in the Army, the police and the Civil Guard. More than one hundred thousand Falangists were still allowed to carry weapons. The problem was clearly revealed on November 22 at the ceremony in the Cortes in which Juan Carlos was proclaimed king. As requested, he swore faithfulness to the fundamental laws and principles of the Movement but, in a slightly progressive speech, omitted any reference to July 18, 1936. This was received coldly by the attorneys. At his coronation, the bunker was outraged because Cardinal Enrique y Tarancón called him to be «king of all Spaniards».
Progress without bloodshed depended on Juan Carlos’ abilities – especially in relation to the armed forces -, the ministers he chose and the opposition leaders. His advisors had kept him informed of the desire of important sectors of Spanish capitalism to get rid of the political mechanisms of Francoism.
the forcefulness of the victory of the Psoe, put an end to the claim that the army could execute the national will better than elected politicians.

The entry of Spain into NATO, in June 1982, was a breakthrough in terms of foreign support for Spanish democracy. It was a key step for subsequent accession to the EEC and, in fact, to remove the military from their obsession with national politics. Initially, the PSOE had opposed the integration into NATO but, once in power, Felipe González did not withdraw Spain from the Atlantic Alliance, although he did stop the process of incorporation into the integrated military structure. Throughout the year after the attempted coup d’etat, the king was the strongest defender of military discipline, as was an enthusiast of Spain’s entry into the EEC. The era of appeasement of the military by the UCD, in which the king, as he himself commented bitterly, had often had to act as a «fireman», ended with the elections of October 28, 1982 and the vast majority obtained by the socialists. In total, Felipe González would win four general elections, in 1982, 1986, 1989 and 1993, the first three by absolute majority.
One of the first cases of socialist corruption occurred when, to alleviate underemployment in the countryside, aid was increased and subsidies for the Rural Employment Plan (PER) were created, which encouraged fraud as illustrated by the typical case reported in Pinos Bridge (Granada). The mayor of this town between 1987 and 1991, Juan Ferrándiz, opened an account at a local bank; who made an income of 300 pesetas in return received the certification of having worked the 60 days necessary to qualify for the unemployment benefit of 28,000 pesetas provided by the PER. Between 1988 and 1990, the City Council certified that 4,000 local residents had worked 200,000 days at a cost to the National Employment Institute of 990 million pesetas. In June 1996, Ferrándiz was sentenced to eighteen months in jail and a fine of 100,000 pesetas. There were other similar cases.
What to say about Aznar, the Royal House of Spain, businessmen, bankers …

Corruption was a response to the fact that democratic politics in the era of television and mass media is enormously expensive. Some of the first and most notorious corruption scandals – Filesa, Naseiro – were originally due to the electoral financing needs of the political parties. Of course, as soon as the money began to circulate, a part was diverted to private pockets of all the ranks of the political pyramid, from the throne to the humblest town hall. And although with an exasperating slowness the judiciary has faced the power of corruption, it remains to be seen if anyone manages to solve the endemic evil of political incompetence. Until both are resolved, their social consequences will continue to divide Spanish politics.

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