Buenas Noches, Dulces Sueños — Jiří Kratochvil / Dobrou Noc, Sladké Sny (Good Night, Golden Slumbers) by Jiří Kratochvil

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Es una novela que creo no gustará a todos los lectores. Buenas noches, dulces sueños, destaca especialmente, un ambiente onírico y fabuloso que podría definirse como un tipo de realismo mágico centroeuropeo, a la checa, a la morava.
Sin lugar a duda, este tipo de fantasía albergada en la narración es una cualidad determinante para cierto tipo de narrativa de Mitteleuropa, y en concreto de la conocida como literatura de Praga, pero que también desarrolla Kratochvil en sus novelas, que abarcan un complejo universo alrededor de la ciudad de Brno.
Esta ciudad, al final de la ocupación nazi durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, será el escenario de Buenas noches, dulces sueños. Y nunca mejor empleada la palabra escenario, porque Brno aparece caracterizada como un enorme teatrillo en el que cualquier cosa es posible, presentando una galería de personajes sorprendentes y sazonada de sucesos chocantes.
En este sentido disparatado, la novela comparte otras de esas características de la novela de Mitteleuropa a la que me refería antes: el humorismo, el esperpento y casi lo ridículo. Si os interesa descubrir o recordar algunas características determinantes de la novela centroeuropea, que sin duda posee la obra de Kratochvil.

Lo primero que nos resulta chocante en la novela de Kratochvil es el tratamiento de la voz narrativa: alterna la tercera persona con la primera de una forma completamente heterodoxa, añadiendo, para mayor confusión de voces, la transcripción de una carta como soliloquio o monólogo a modo de capítulo final. Esta mezcla de perspectivas, esa focalización saltarina, que incluso incluye interpelaciones directas al lector, toma mucho de cierta tradición oral de la zona, tiene hechuras de balada heroica, de retazos tomados de la lírica popular.
Por eso, tal vez, la novela posee ese enorme componente mágico en donde cualquier cosa puede ocurrir: desde una funambulista ciega, una boda de enanos de circo en un tejadillo amenazado por los bombardeos, una gata que habla o un lago subterráneo…, entre otros muchos sucesos y personajes disparatados. Pero sin duda, la idea de un tiempo cero es una de las estrellas de la novela, y en gran parte la causa de ella.
El tiempo, en efecto, es uno de los grandes protagonistas, junto a un par de parejas. La odisea que afrontan estos cuatro personajes dura 24 horas, las 24 horas finales en las que manda ese denominado tiempo cero, ese:

“final del horror de la guerra, en el tiempo y espacio cero. Algo, dentro de su propia esencia, está rompiéndose, quebrándose durante estos días. Justo ahora nos encontramos en ese único e irrepetible instante que decidirá sobre el futuro de todas y cada una de las cosas. Y justo ahora se da también la oportunidad de participar en ello. Pero ese instante está limitado a unas pocas horas”.

Inmersos en esta premisa cuántica, las dos parejas protagonistas llevan a cabo su aventura limitada a esas horas escasas. Por un lado están Kosta y Kuba, un dúo chocante aglutinado alrededor de la pintura. Porque ambos son apasionados del arte, y en concreto de un cuadro del maestro realista Iliá Repin en el que aparecen unos cosacos —en efecto, Repin, el autor del estremecedor Los sirgadores del Volga, o del no menos tremendo Ivan el Terrible y su hijo—. Aunque no se determina exactamente el título del cuadro, ciertas características que se describen del mismo me llevan a pensar que se trata de los Cosacos de Zaporozhia escribiendo una carta al Sultán de Turquía, pintado entre 1880 y 1891, del que se conservan, además, diferentes variantes de esbozos al óleo (pueden contemplarse en el Museo Estatal Ruso de Alejandro III en San Petersburgo).
Ambos, Kosta y Kuba, emprenden una búsqueda con ribetes de absurdo, rastreando por la apocalíptica ciudad de Brno a un personaje que llaman Mr. Penicilin y que presuponen será un soldado americano que ha sido lanzado en paracaídas en algún bosque cercano con un montón de dosis de penicilina en su mochila, algo crucial para atender a la multitud de heridos que aguantan en improvisados hospitales, víctimas de las refriegas finales durante la retirada de los nazis y la llegada del Ejército Rojo.
Esta búsqueda los llevará a un recorrido por el absurdo, un disparate urbano que busca reflejar el caos de esos momentos de indecisión que separan la guerra de la paz. Comentaba el escritor Ángel García Galiano que durante una estancia en una jungla africana se percató de que todo el rugido selvático se quedaba en un silencio mortal por unos instantes, durante el momento que separaba el atardecer del anochecer, unos segundos suspendidos del ocaso antes de que estallaran los bramidos de los animales nocturnos.

Este tiempo cero de Brno por el que se mueven los protagonistas viene a significar algo parecido. Unas bestias en retirada, los nazis: un régimen concebido por y para la guerra, que dará paso a los soviéticos: esas bestias de la paz. En medio de ese tránsito, otra extraña pareja afronta su destino. Se tratan de Jindrich y una gata que habla, Kanka. La gata, regalo de una gitana misteriosa y demiúrgica, también adopta la figura de una especie de chupatintas burocrático, que el propio Jindrich bautiza como el Minotauro.
La gata alterna esas dos figuras con el objeto de preservar la vida de Jindrich, porque se antoja decisiva para el futuro humano, y más en concreto el hijo que dentro de muchos años tendría con la funambulista ciega. Pero Jindrich arrastra un grave problema que lo destroza y reconcome: no ha sido capaz de evitar que sus padres, dueños de una próspera fábrica, hayan sido gaseados en un campo de concentración. Esta carga convierte el cuento de hadas que nos narra Kratochvil en una pesadilla que saca a flote lo peor del ser humano, los comportamientos más abyectos producto de la guerra y el odio.
Jindrich, aquejado de ese mal del superviviente al que hacen referencia Primo Levi e Imre Kertész, entre otros supervivientes del Holocausto, no consigue superar la carga. El mal del superviviente se denomina vergüenza del superviviente, que una y otra vez se pregunta por los motivos que lo han salvado a él y condenado a otros, interrogándose por su comportamiento, por si hizo algo infame con objeto de salvarse, con la sensación imposible de aplacar de haber dejado en la estacada a quienes han muerto.

Por este motivo, Buenas noches, dulces sueños, es una novela que tiene mucho de terrible y desgarradora, a pesar de que la narración se nos envuelva en un mundo onírico con gotas de picaresca e incluso de absurdo —o quizás es así por eso mismo, para que tanto horror pueda ser digerido. En este sentido hay una conexión directa con El tambor de hojalata (Alfaguara) de Günter Grass.
En este sentido, los enanos, los elementos circenses, los fantoches…, todos ellos recuerdan a la nutrida galería de personajes grassiana, porque parece que, para ambos escritores, la mejor forma de plasmar el espanto de aquella guerra radica, precisamente, en convertirlo en una apoteosis de lo absurdo y de lo ridículo.
Algunos críticos entienden que esta forma de aproximarse a la desgracia de la contienda, a la brutalidad de la masacre, es una manera optimista de hacerlo. Discrepo en este punto, y la novela de Kratochvil, con su final desgraciado, viene a darme la razón, Exacerbar los elementos cómicos y paródicos todavía pone más al descubierto el nervio doloroso de la infamia humana, el hueso descarnado de la ignominia y, si bien es cierto que hacen más llevadera la exposición de miserias, después arrojan una gran amargura y tristeza al finalizar la lectura. Así nos ocurre al terminar la novela de Grass, como sucede al cerrar el volumen de Kratochvil.
Sin embargo, en este aspecto radica la grandeza de estas literaturas. En concreto, la novela de Kratochvil nos cubre con un manto de amargura, algo que me parece totalmente comprensible porque yo soy de los que siempre ha entendido la literatura como un ejercicio de dolor. Y las verdades literarias que se albergan en Buenas noches, dulces sueños son tan poderosas, tan sinceras, que resultan determinantes para convertir a la novela en Gran Literatura.

Por supuesto, esta no es la única ni la primera novela de Kratochvil, considero como la más sincera y dolorosa de todas ellas este Buenos días, dulces sueños que derrama sobre nosotros el embrujo de un realismo mágico que nos hipnotiza para, después, hacernos tragar con un embudo la barbarie y la sordidez humanas.
Al menos, ante tanto dolor nos queda un consuelo: esta enorme tristeza ha sido capaz de generar una novela magnífica.

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It is a novel that I think will not please all readers. Good night, golden slumbers, especially highlights a dreamlike and fabulous atmosphere that could be defined as a kind of magical Central European, Czech, Moravian realism.
Undoubtedly, this type of fantasy housed in the narrative is a determining quality for a certain type of Mitteleuropa narrative, and in particular the one known as Prague literature, but which Kratochvil also develops in his novels, which encompass a complex universe around the city of Brno.
This city, at the end of the Nazi occupation during the last days of World War II, will be the scene of Good Night, sweet dreams. And never better used the word scenario, because Brno appears characterized as a huge theater in which anything is possible, presenting a gallery of amazing characters and seasoned with shocking events.
In this absurd sense, the novel shares other of those characteristics of the Mitteleuropa novel that I referred to earlier: humor, grotesque and almost ridiculous. If you are interested in discovering or remembering some determining characteristics of the Central European novel, which undoubtedly possesses the work of Kratochvil.

The first thing that is shocking to us in Kratochvil’s novel is the treatment of the narrative voice: it alternates the third person with the first one in a completely heterodox way, adding, for greater confusion of voices, the transcription of a letter as a soliloquy or monologue to final chapter mode. This mixture of perspectives, that jumping focus, which even includes direct interpellations to the reader, takes much of a certain oral tradition in the area, has heroic ballad, pieces taken from the popular lyric.
That is why, perhaps, the novel has that enormous magical component where anything can happen: from a blind tightrope walker, a wedding of circus dwarfs in a roof threatened by bombing, a talking cat or an underground lake …, between many other crazy events and characters. But without a doubt, the idea of a zero time is one of the stars of the novel, and largely the cause of it.
Time, in fact, is one of the great protagonists, along with a couple of couples. The odyssey faced by these four characters lasts 24 hours, the final 24 hours in which the so-called zero time rules, that:

“End of the horror of war, in time and space zero. Something, within its own essence, is breaking, breaking during these days. Right now we are in that unique and unrepeatable moment that will decide on the future of each and every one of the things. And right now there is also the opportunity to participate in it. But that moment is limited to a few hours. ”

Immersed in this quantum premise, the two protagonist couples carry out their adventure limited to those scarce hours. On the one hand are Kosta and Kuba, a shocking duo grouped around the painting. Because both are passionate about art, and in particular a picture of the realistic master Iliá Repin in which Cossacks appear – in effect, Repin, the author of the shocking The Servants of the Volga, or of the no less tremendous Ivan the Terrible and his son -. Although the title of the painting is not determined exactly, certain characteristics that are described in it lead me to think that it is the Zaporozhia Cossacks writing a letter to the Sultan of Turkey, painted between 1880 and 1891, which are also preserved different variants of oil sketches (can be seen in the Russian State Museum of Alexander III in St. Petersburg).
Both, Kosta and Kuba, embark on a search with absurd edging, tracing through the apocalyptic city of Brno a character they call Mr. Penicilin and who presuppose he will be an American soldier who has been parachuted into a nearby forest with lots of dose of penicillin in his backpack, something crucial to attend to the multitude of wounded who endure in makeshift hospitals, victims of the final fractions during the withdrawal of the Nazis and the arrival of the Red Army.
This search will take you on a journey through the absurd, an urban nonsense that seeks to reflect the chaos of those moments of indecision that separate the war from peace. The writer Ángel García Galiano commented that during a stay in an African jungle he realized that all the jungle roar remained in a deadly silence for a moment, during the time that separated the sunset from dusk, a few seconds suspended from sunset before the bellows of nocturnal animals will explode.

This zero time of Brno through which the protagonists move comes to mean something similar. Beasts in retreat, the Nazis: a regime conceived by and for war, which will give way to the Soviets: those beasts of peace. In the middle of that transit, another strange couple faces their destiny. They are about Jindrich and a talking cat, Kanka. The cat, a gift of a mysterious and demiurgic gypsy, also adopts the figure of a kind of bureaucratic chupatintas, which Jindrich himself baptizes as the Minotaur.
The cat alternates these two figures in order to preserve the life of Jindrich, because it seems decisive for the human future, and more specifically the son who in many years would have with the blind funambulista. But Jindrich carries a serious problem that destroys him and he recovers: he has not been able to prevent his parents, owners of a prosperous factory, from being gassed in a concentration camp. This burden turns the fairy tale that Kratochvil tells us into a nightmare that brings up the worst of human beings, the most abject behaviors caused by war and hate.
Jindrich, suffering from this evil of the survivor referred to by Primo Levi and Imre Kertész, among other survivors of the Holocaust, fails to overcome the burden. The evil of the survivor is called the shame of the survivor, who again and again wonders about the reasons that have saved him and condemned others, questioning his behavior, in case he did something infamous in order to save himself, with the impossible feeling to placate those who have died in the lurch.

For this reason, is a novel that has a lot of terrible and heartbreaking, despite the fact that the narrative is wrapped in a dream world with drops of picaresque and even absurd – or maybe that’s why , so much horror can be digested. In this sense there is a direct connection with the tin drum (Alfaguara) of Günter Grass.
In this sense, the dwarves, the circus elements, the fantoches …, all of them remind of the large gallery of grassian characters, because it seems that, for both writers, the best way to capture the horror of that war lies precisely in converting it in an apotheosis of the absurd and the ridiculous.
Some critics understand that this way of approaching the disgrace of the contest, the brutality of the massacre, is an optimistic way to do it. I disagree at this point, and Kratochvil’s novel, with its unfortunate ending, comes to prove me right. Exacerbating the comic and parodic elements still exposes the painful nerve of human infamy, the stark bone of ignominy and, if it is true that they make the exposure of miseries more bearable, then they show great bitterness and sadness at the end of the reading. This is what happens when we finish Grass’s novel, as happens when closing the volume of Kratochvil.
However, in this aspect lies the greatness of these literatures. Specifically, Kratochvil’s novel covers us with a blanket of bitterness, something that seems completely understandable to me because I am one of those who have always understood literature as an exercise in pain. And the literary truths that are housed in Good Night, sweet dreams are so powerful, so sincere, that they are decisive to turn the novel into Great Literature.

Of course, this is not the only one or the first Kratochvil novel, I consider it the most sincere and painful of them all this good morning, sweet dreams that spill upon us the spell of a magical realism that hypnotizes us to, later, make us swallow with funnel human barbarity and sleaze.
At least, in the face of so much pain we have a consolation: this enormous sadness has been able to generate a magnificent novel.

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