Sombras De Reikiavik — Anthony Adeane / Out of Thin Air: A True Story of Impossible Murder in Iceland by Anthony Adeane

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El libro es interesante, sobre todo, para gente que viaja, haya viajado o viajará a Islandia, y para fanáticos de ese país nórdico. Porque con la excusa de la historia de una doble desaparición desgrana gran parte de la historia y las costumbres islandesas, incluyendo muchos aspectos actuales como la catástrofe económica de hace unos años o el boom turístico actual. La historia del caso en sí está plagada de errores policiales, presiones, confesiones dudosas y falsos culpables, y engancha porque hasta el final esperamos que se pueda resolver el asunto, pero realmente, si no fuera por el contexto de la isla misma, no pasaría de ser un caso más o menos vulgar de desapariciones.
Poco de true crime y mucho de sociedad y cultura islandesa. Interesante, pero no es lo que espera uno al leer este libro.

En enero de 1974, un adolescente de Reikiavik salió de un bar nocturno y jamás regresó a casa. Apenas diez meses después, otro hombre recibió una llamada por la noche y cogió el coche para dirigirse a una cafetería. De él, solo quedaron las llaves puestas en el contacto del vehículo. La policía, poco acostumbrada a los delitos graves y prácticamente desconocedora de cómo investigar un homicidio, no tenía ninguna pista. Sin embargo, acabaron apareciendo seis sospechosos. Y algunos de ellos llegaron a declararse culpables de las desapariciones, aunque no recordaran haber cometido ningún crimen.

La muerte de Sævar llegó en medio de un feroz sentimiento antisistema en los años posteriores a la crisis económica. Un giro electoral a la izquierda marcó el fin del extenso dominio que el Partido de la Independencia había ejercido sobre la política parlamentaria. Jón Gnarr, el humorista cuyo eslogan había hecho fortuna entre los manifestantes congregados ante el Parlamento, ganó las elecciones a la alcaldía de Reikiavik gracias a una campaña cuyas promesas centrales incluían un oso polar para el zoológico, toallas gratis en las piscinas y «de todo para los menos afortunados». Los banqueros responsables en mayor o menor medida de la bancarrota de Islandia fueron enviados a la prisión de Kvíabryggja, la misma en la que Guðjón había cumplido su sentencia. Se establecieron comités para examinar las denuncias de abusos históricos en centros como el de Breiðavík. Las víctimas de los malos tratos sistematizados descubrieron que sus acusaciones estaban siendo reexaminadas.
Había llegado el momento de evaluar con ojo más crítico algunas cuestiones pendientes de resolución. Era hora por fin de reconsiderar los casos. Y si los tribunales no lo hacían, habría que encontrar otra forma.

En su evaluación final, la policía de Reikiavik sostuvo que los sospechosos habían prestado testimonios deliberadamente falsos y que habían urdido toda una serie de patrañas. Parece mucho más probable que, sometidos a un cautiverio tan intenso, los sospechosos estuviesen dispuestos a decir lo que fuese para aliviar la presión ejercida sobre ellos. En sus declaraciones, tanto podían rechazar cualquier implicación en el caso como reconocer todo cuanto quería oír la policía, y entre bandazos acabaron confesando de todo.
Lo que en los medios de comunicación se había descrito como duplicidad por parte de los sospechosos era, en realidad, confusión en grado extremo.
En los interrogatorios, Schütz recurrió a una técnica de su propia invención que él llamaba el «método indio». Consistía en hacer preguntas a los acusados en un orden no lineal, saltando de un tema a otro. El razonamiento era que, al plantear las preguntas en una cronología confusa, el acusado tendría que responder sin pensar, con lo que le resultaría más difícil mentir. En la práctica, el proceso generó muchísimo desconcierto. Los investigadores creían que habían arrestado a los culpables, y que si les apretaban las tuercas acabarían dándose por vencidos. El problema, claro, es que no había un plan maestro secreto que descubrir.
Schütz era plenamente consciente de que no disponía de más pruebas que las confesiones.

El viernes 24 de febrero de 2017, el comité encargado de decidir si se reabrían las causas anunció que el Tribunal Supremo reexaminaría los casos de cinco de los seis acusados: Sævar y Kristján por el asesinato de Guðmundur y Geirfinnur, Tryggvi por el asesinato de Guðmundur, Guðjón por el asesinato de Geirfinnur y Albert por su participación en la desaparición de Guðmundur.
La noche de la desaparición de Geirfinnur, un hombre entró en la cafetería Hafnarbúðin de Keflavík. Hubo un intento de reproducir su rostro. Antes de que se creara el retrato tridimensional, un dibujante habló con testigos oculares en el café y realizó entre quince y veinte bocetos diferentes del hombre que habían visto. Uno de los bocetos, sin embargo, tuvo su origen en otra fuente. Magnús Gíslason, el dibujante en cuestión, dice que la policía le entregó una foto de la cara de un hombre y le pidió que la dibujara para ellos. Ese fue el boceto seleccionado para el modelado de la estatuilla. La foto que la policía le dio a Gíslason era de Magnús Leópoldsson. Por eso el busto se parecía tanto a Magnús: el escultor trabajó a partir de una imagen de su rostro.
Durante la creación del «Leirfinnur» no se consultó en ningún momento con Guðlaug Jónasdóttir, la mujer que mejor entrevio al hombre que entró en la cafetería. Mucho antes de que Erla y Sævar fueran arrestados, parece que existía ya la voluntad de implicar a Magnús Leópoldsson en la desaparición de Geirfinnur.

A las 4.30 horas del sábado 14 de enero de 2017, la joven dependienta Birna Brjánsdóttir, de veinte años de edad, salió de Hurra, un bar del centro de Reikiavik. Se detuvo en un puesto de comida para llevar y, luego, emprendió el camino hacia su casa.
Varias cámaras de circuito cerrado de televisión colocadas en diferentes puntos del centro de la ciudad captaron a Birna a su paso por la calle Laugavegur. Vestida con una chaqueta negra, y con una pita de falafel en la mano, se dirigió con paso no muy firme hacia Breiðholt, el barrio periférico de la capital donde vivía con su padre. Alrededor de las cinco de la mañana, las cámaras de Laugavegur la perdieron de vista. Birna había desaparecido.
Al día siguiente comenzó la mayor operación de búsqueda y rescate de la historia de Islandia. Más de setecientos miembros de la ICE-SAR, once perros y un gran número de unidades policiales rastrearon los campos de lava y la escarpada costa que flanquea Reikiavik. Tres días después de su desaparición, encontraron algo en un muelle de Hafnarfjördur: las Doc Martens negras de Birna.
El fin de semana siguiente, su cuerpo apareció a cincuenta kilómetros de Reikiavik en una playa de guijarros negros próxima al colorista faro amarillo de Selvogsviti.
De común acuerdo con los medios de comunicación locales, los investigadores animaron al público a participar activamente en la búsqueda mostrando las imágenes captadas por las cámaras de seguridad e implorando a quien hubiese visto algo que transmitiese esa información a las autoridades. En las imágenes de las cámaras de seguridad podía verse un Kia Rio de color rojo, y cuando la policía identificó la matrícula descubrió que el coche había sido alquilado por tripulantes de un pesquero groenlandés atracado en Hafnarfjörður la misma noche en que Birna desapareció.
La Guardia Costera de Islandia envió un helicóptero a interceptar el Polar Nanoq, que acababa de zarpar de Hafnarfjörður; a bordo del helicóptero iban seis oficiales de las fuerzas especiales islandesas, conocidas como el «Escuadrón Vikingo». Se detuvo a dos personas, una de las cuales fue posteriormente puesta en libertad. Thomas Frederik Møller Olsen pasó a ser el principal sospechoso.

La vista del asesinato de Birna Brjánsdóttir comenzó en septiembre de 2017. El 28 de septiembre de 2017, Thomas Olsen fue declarado culpable de su asesinato, y también de intentar pasar de contrabando veinte kilos de hachís. Fue condenado a diecinueve años de prisión, la mayor pena impuesta en el país desde que Sævar Ciesielski fuese condenado por el asesinato de Guðmundur y Geirfinnur.
Las desapariciones siguen siendo un misterio. En junio de 2016 se produjo el arresto de dos tipos que habían estado conduciendo por Hafnarfjörður la noche en que Guðmundur desapareció. La exnovia de uno de ellos había declarado que iba con ellos en el coche cuando atropellaron a un muchacho durante una tormenta. Los dos hombres la dejaron en su casa y se perdieron con el coche en la nevada con el muchacho en el asiento trasero. No sabría decir si se trataba de Guðmundur, pero pensaba que bien podría haberlo sido.
Uno de aquellos dos hombres, Stefán Almarsson, había estado cumpliendo condena por un delito menor muy poco antes de que Erla y Sævar fueran arrestados.
Han tenido que pasar casi cuarenta años, pero hoy sabemos que las coartadas clave en el caso Geirfinnur pueden encontrarse en una simple hoja de papel: el programa de televisión publicado la mañana del 19 de noviembre de 1974.
Más asombroso todavía es que, a lo largo del verano de 2016, Ómar Ragnarsson, un periodista y personaje público venerado como pocos en Islandia, publicase un libro sobre la desaparición de Geirfinnur. Según él, catorce años atrás entrevistó a un par de personas que confesaron haber atropellado a Geirfinnur y, presas del pánico, haberse deshecho del cuerpo en los campos de lava. No nombró a la pareja, y dijo que nunca lo haría.
Quedan todavía lagunas en el corazón de esta historia: no hay pruebas, ni cadáveres, ni motivos, ni conexión entre las desapariciones. Nadie sabe siquiera si se cometió un crimen: con el tiempo se ha sabido que la policía de Keflavík nunca comprobó que se llamase por teléfono desde el café a casa de Geirfinnur. Lo del busto de arcilla fue una patraña, esculpida a partir de una imagen de Magnús Leópoldsson con la intención de que coincidiese con la cara de un hombre que quizá ni siquiera había llamado a Geirfinnur. Guðmundur pudo haber muerto en una tormenta.
Hace más de cuarenta años, dos hombres desaparecieron como por ensalmo, y desde entonces la gente se ha dedicado a inventar historias, rumores, declaraciones y confesiones. Los casos, levantados sobre rumores y habladurías, fueron producto de la histeria que ayudaron a crear; las confesiones utilizadas para condenar a un gran número de personas no fueron sino historias que a día de hoy siguen presentes en los sueños de la gente.

* Veintitrés civiles islandeses, todos ellos montañeros experimentados, decidieron unir fuerzas y escalaron juntos el Vatnajökull; algunos de ellos recorrieron más de treinta kilómetros sobre el glaciar para llegar al lugar del accidente. Consiguieron salvar a los diez supervivientes de ambos aviones, así como a uno de los perros, y aquel osado y peligrosísimo rescate ocupó las portadas de todo el país. Allí donde las fuerzas armadas de Estados Unidos habían fracasado, unos islandeses, sin apenas entrenamiento especializado digno de tal nombre, habían conseguido salirse con la suya. Inspirada por esta épica hazaña, toda una red de equipos de rescate fue extendiéndose por el país. Así nació la ICE-SAR, o Asociación Islandesa de Búsqueda y Salvamento.
Los equipos de la ICE-SAR, integrados por voluntarios que se someten a dos años de exigente formación para llegar a ser miembros, y financiados en parte por la venta de fuegos artificiales en Nochevieja, se han granjeado una excelente fama a escala mundial, y es habitual que se recurra a ellos en situaciones de crisis global.

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The book is interesting, especially for people who travel, have traveled or will travel to Iceland, and for fans of that Nordic country. Because, with the excuse of the history of a double disappearance, a large part of Icelandic history and customs is broken down, including many current aspects such as the economic catastrophe of a few years ago or the current tourist boom. The history of the case itself is plagued by police errors, pressures, doubtful confessions and false culprits, and it hooks because until the end we hope that the matter can be resolved, but really, if it were not for the context of the island itself, it would not happen of being a more or less vulgar case of disappearances.
Little true crime and a lot of Icelandic society and culture. Interesting, but it is not what one expects when reading this book.

In January 1974, a Reykjavik teenager left a night bar and never returned home. Just ten months later, another man received a call at night and picked up the car to go to a cafeteria. Of him, only the keys placed on the vehicle’s contact remained. The police, unaccustomed to serious crimes and virtually unaware of how to investigate a homicide, had no clue. However, six suspects appeared. And some of them came to plead guilty to the disappearances, even if they didn’t remember committing any crime.

Sævar’s death came in the middle of a fierce anti-system sentiment in the years after the economic crisis. An electoral turn to the left marked the end of the extensive dominance that the Independence Party had exercised over parliamentary politics. Jón Gnarr, the humorist whose slogan had made his fortune among the protesters gathered before Parliament, won the elections to the Reykjavik mayor’s office thanks to a campaign whose central promises included a polar bear for the zoo, free towels in the pools and «everything for the less fortunate ». The bankers responsible to a greater or lesser extent in Iceland’s bankruptcy were sent to the Kvíabryggja prison, the same in which Guðjón had served his sentence. Committees were established to examine allegations of historical abuse in centers such as Breiðavík. Victims of systematized ill-treatment discovered that their accusations were being reexamined.
The time had come to evaluate some issues pending resolution with a more critical eye. It was time to finally reconsider the cases. And if the courts did not, another way would have to be found.

In its final evaluation, the Reykjavik police said the suspects had given deliberately false testimonies and that they had plotted a series of hoaxes. It seems much more likely that, under such intense captivity, the suspects were willing to say anything to relieve the pressure exerted on them. In their statements, they could both reject any implication in the case and acknowledge everything the police wanted to hear, and they ended up confessing everything.
What in the media had been described as duplicity by the suspects was, in reality, confusion to an extreme degree.
In interrogations, Schütz resorted to a technique of his own invention that he called the «Indian method». It consisted of asking the defendants questions in a non-linear order, jumping from one subject to another. The reasoning was that, when posing the questions in a confusing chronology, the defendant would have to answer without thinking, which would make it harder for him to lie. In practice, the process generated a lot of confusion. Investigators believed they had arrested the culprits, and that if they tightened the nuts they would end up giving up. The problem, of course, is that there was no secret master plan to discover.
Schütz was fully aware that he had no more evidence than confessions.

On Friday, February 24, 2017, the committee responsible for deciding whether the cases were reopened announced that the Supreme Court would reexamine the cases of five of the six defendants: Sævar and Kristján for the murder of Guðmundur and Geirfinnur, Tryggvi for the murder of Guðmundur , Guðjón for the murder of Geirfinnur and Albert for their participation in the disappearance of Guðmundur.
On the night of Geirfinnur’s disappearance, a man entered the Hafnarbúðin coffee store in Keflavík. There was an attempt to reproduce his face. Before the three-dimensional portrait was created, a cartoonist spoke with eyewitnesses in the cafe and made between fifteen and twenty different sketches of the man they had seen. One of the sketches, however, had its origin in another source. Magnús Gíslason, the cartoonist in question, says that the police handed him a picture of a man’s face and asked him to draw it for them. That was the sketch selected for the modeling of the statuette. The photo that the police gave to Gíslason was by Magnús Leópoldsson. That is why the bust looked so much like Magnus: the sculptor worked from an image of his face.
During the creation of the «Leirfinnur», Guðlaug Jónasdóttir, the woman who best interviewed the man who entered the cafeteria, was not consulted at any time. Long before Erla and Sævar were arrested, it seems that there was already a willingness to involve Magnus Leopoldsson in the disappearance of Geirfinnur.

At 4.30 p.m. on Saturday, January 14, 2017, the young saleswoman Birna Brjánsdóttir, twenty years old, left Hurra, a bar in downtown Reykjavik. He stopped at a take-away food stand and then started on his way home.
Several CCTV cameras placed in different parts of the city center captured Birna as it passed through Laugavegur Street. Dressed in a black jacket, and with a falafel pita in her hand, she walked with a not very firm step towards Breiðholt, the peripheral district of the capital where she lived with her father. Around five in the morning, Laugavegur’s cameras lost sight of her. Birna was gone.
The next day, the largest search and rescue operation in Iceland’s history began. More than seven hundred ICE-SAR members, eleven dogs and a large number of police units tracked the lava fields and the rugged coast flanking Reykjavik. Three days after their disappearance, they found something on a Hafnarfjördur pier: the black Doc Martens of Birna.
The following weekend, his body appeared fifty kilometers from Reykjavik on a black pebble beach next to the colorful yellow lighthouse of Selvogsviti.
In agreement with the local media, the researchers encouraged the public to actively participate in the search by showing the images captured by the security cameras and imploring whoever had seen something that transmitted that information to the authorities. In the images of the security cameras a red Kia Rio could be seen, and when the police identified the license plate, they discovered that the car had been rented by crew members of a Greenlandic fisherman docked at Hafnarfjörður the same night Birna disappeared.
The Icelandic Coast Guard sent a helicopter to intercept the Polar Nanoq, which had just set sail from Hafnarfjörður; On board the helicopter were six officers of the Icelandic special forces, known as the «Viking Squadron.» Two people were arrested, one of whom was subsequently released. Thomas Frederik Møller Olsen became the main suspect.

The hearing of the murder of Birna Brjánsdóttir began in September 2017. On September 28, 2017, Thomas Olsen was convicted of his murder, and also of trying to smuggle twenty kilos of hashish. He was sentenced to nineteen years in prison, the greatest penalty imposed in the country since Sævar Ciesielski was convicted of the murder of Guðmundur and Geirfinnur.
The disappearances remain a mystery. In June 2016, the arrest of two guys who had been driving through Hafnarfjörður on the night Guðmundur disappeared. The ex-girlfriend of one of them had declared that she was with them in the car when they hit a boy during a storm. The two men left her at home and got lost with the car in the snowstorm with the boy in the back seat. I wouldn’t know if it was Guðmundur, but I thought it might as well have been.
One of those two men, Stefán Almarsson, had been serving time for a misdemeanor very shortly before Erla and Sævar were arrested.
Almost forty years have passed, but today we know that the key alibis in the Geirfinnur case can be found on a simple piece of paper: the television program published on the morning of November 19, 1974.
Even more amazing is that, throughout the summer of 2016, Ómar Ragnarsson, a journalist and public figure revered as few in Iceland, published a book on the disappearance of Geirfinnur. According to him, fourteen years ago he interviewed a couple of people who confessed to having run over Geirfinnur and, in panic, to have disposed of the body in the lava fields. He didn’t name the couple, and said he never would.
There are still gaps in the heart of this story: there is no evidence, no bodies, no motives, no connection between the disappearances. No one even knows if a crime was committed: over time it has been known that Keflavík police never verified that they called by telephone from the cafe to Geirfinnur’s house. The clay bust was a hoax, sculpted from an image of Magnus Leopoldsson with the intention that it coincided with the face of a man who might not even have called Geirfinnur. Guðmundur may have died in a storm.
More than forty years ago, two men disappeared as if by magic, and since then people have dedicated themselves to inventing stories, rumors, statements and confessions. The cases, raised on rumors and gossip, were the product of hysteria that helped create; The confessions used to condemn a large number of people were nothing but stories that are still present in people’s dreams.

* Twenty-three Icelandic civilians, all of them experienced mountaineers, decided to join forces and together climbed the Vatnajökull; some of them traveled more than thirty kilometers over the glacier to reach the accident site. They managed to save the ten survivors of both planes, as well as one of the dogs, and that daring and very dangerous rescue occupied the covers of the whole country. Where the armed forces of the United States had failed, some Icelanders, with hardly any specialized training worthy of the name, had managed to get their way. Inspired by this epic feat, a whole network of rescue teams spread across the country. Thus was born the ICE-SAR, or Icelandic Search and Rescue Association.
The ICE-SAR teams, made up of volunteers who undergo two years of demanding training to become members, and funded in part by the sale of fireworks on New Year’s Eve, have earned excellent worldwide fame, and It is common for them to be used in situations of global crisis.

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