La Deriva Reaccionaria De La Izquierda — Félix Ovejero Lucas / The Left Reactionary Drift by Félix Ovejero Lucas (spanish book edition)

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Un muy buen ensayo. La etiqueta política de la izquierda ha perdido en nuestros días gran parte de los argumentos que la identificaban hasta mediados del siglo XX. Sin embargo, describe el autor, la desigualdad sigue siendo uno de los grandes problemas de la humanidad que crece inexorablemente. Y mientras tanto la clase política supuestamente progresista se distrae con otros objetivos que son esencialmente reaccionarios: la identidad y el nacionalismo, la religiosidad que trata de imponer su doctrina en el espacio público, el nihilismo conservacionista, etc. Estimulante ensayo que propugna recuperar los objetivos que fundamentaron la Ilustración.
La tesis central del libro es que los partidos socialistas han renunciado en parte a la tradición ilustrada y racional –heredera de la Revolución Francesa- para defender otras causas sociales, lejanas de sus intereses originales. Esta idea se desarrolla sobre todo en la introducción y en las conclusiones, donde a ratos transmite la sensación de ser un desahogo ante el clima (anti)intelectual en Cataluña (y en España por extensión). Como ya hiciera Tony Judt, ubica en mayo de 1968 el punto de inflexión a partir del cual los partidos socialdemócratas sustituyen el énfasis en las políticas de redistribución y justicia social por otros intereses relacionados con la corrección política, las actitudes posmodernas, el multiculturalismo, el comunitarismo identitario e incluso la simpatía con el nacionalismo. No obstante, pese a esa tesis central (representada, por cierto, de manera magnífica en la portada), el grueso del libro es una recopilación de ensayos ya publicados sobre marxismo, socialismo democrático y Estado de Bienestar. Se trata de ensayos de filosofía política, no siempre de fácil lectura. En el capítulo sobre “la fascinación nacionalista” explica muy bien el desvarío político de Cataluña.

Una parte de la izquierda, muy representada entre nosotros, se ha vuelto comprensiva con la sinrazón religiosa, simpatiza con quienes quieren levantar comunidades políticas sostenidas en la identidad y manifiesta una antipatía sin matices contra el proceso globalizador. Incluso se muestra dubitativa de la peor manera a la hora de valorar la ciencia y el progreso científico. Llevada por la necesidad de «pensar a la contra», acaba no pocas veces en el absurdo, peleando contra sí misma, contra sus conquistas.

La disposición ha encontrado un fermento propicio en unos sistemas democráticos que alientan el infantilismo de los ciudadanos, su miopía, cuando no su ceguera, ante los problemas colectivos. Las criaturas prefieren un caramelo hoy a un ciento mañana.
El juego de la competencia política expulsa el realismo y alienta la fantasía. Se castiga a quienes recuerdan verdades amargas y se premia a quienes, sin precisar nada, prometen todo a todo el mundo, a sabiendas de que los votantes, en lo que atañe al pasado, tienen memoria de pez y, en lo que está por venir, sesgos cognitivos que los impermeabilizan frente a las malas noticias: quien avisa de una crisis pierde las elecciones. Lo aclaró mejor que nadie Jean-Claude Juncker, ex primer ministro de Luxemburgo y más tarde presidente del Eurogrupo: «Sabemos exactamente lo que debemos hacer; lo que no sabemos es cómo salir reelegidos si lo hacemos». Como nadie gana elecciones paseando malas noticias, las burbujas financieras se disimulan, el populismo señorea el patio, los desbarajustes ambientales se ahondan y las ficciones se ceban a diario. La democracia participa de lo que Nassim Taleb llama ingratitud hacia el héroe silencioso: «Todo el mundo sabe que es más necesaria la prevención que el tratamiento, pero pocos son los que premian los actos preventivos».

Hace ya tiempo que sabemos que la mejor sociedad no será el paraíso, sino el infierno más llevadero. Nos lo recordaron las mentes más lúcidas y honestas. Y las más radicales. Gentes que se negaron a disimular los problemas, como Bertrand Russell.
Las patologías de la hipocresía son imprevisibles. No hay fanático más cerril que aquel que descubre la pobreza de las razones que le impedían sentir lo que quería sentir. Encontrar que las perversiones contenidas son el camino de la salvación es el principio de la barbarie, y cuando la víscera reaccionaria deja de doler y se instala en la buena conciencia, lo peor empieza a suceder.

El Estado del bienestar parece haberse convertido en el clavo ardiendo de la izquierda igualitaria. Lejos quedan los días en los que la izquierda alejada del poder lo despreciaba, en la medida en que veía en él una forma de apaciguar y escamotear los conflictos de clase y, por ese camino, preservar el sistema capitalista («mantener la armonía», según la fórmula de James O’Connor), mientras que la otra izquierda, que lo había gestionado durante mucho tiempo, lo defendía sin convicción, acomplejada, como sintiéndose en connivencia con los defensores de la tesis del fin de las ideologías y la coincidencia de los sistemas, con autores acusados —en algún caso no sin razón, según supimos más tarde— de estar en la nómina del Departamento de Estado. Ahora, las cosas han cambiado y de pronto el Estado del bienestar aparece como el no va más, el único no va más, de la izquierda, por lo menos de la izquierda que aún conserva cierto nervio igualitario.

Cataluña ha sido agredida por España desde siempre y, ahora mismo, es objeto de maltrato económico. Su peculiar identidad justifica un trato diferencial, cosa que no se da. Al contrario, la asfixia económica, unida a la falta de reconocimiento de su identidad, impide su plenitud nacional. El TC, al limitar el Estatuto, despreció la voluntad de Cataluña y cerró la última puerta. El pacto constitucional está acabado. La cerrazón de los gobiernos españoles, en especial el de Aznar, fabricante de independentistas, no deja otra salida que la independencia. Una salida legítima en la medida en que Cataluña, como nación soberana, dispone de un derecho…
El relato anterior, gestado por CiU, es hoy compartido en distinto grado por la izquierda catalana y, en no poca medida, por buena parte de la española. Sin embargo, cada uno de sus enunciados es falso o analíticamente insostenible. Veamos los más importantes.
I. Los principios. Tres supuestos conforman la anatomía conceptual y propagandística del nacionalismo: a) la lengua proporciona una identidad compartida; b) la identidad fundamenta la nación; c) la nación justifica la soberanía. El programa de construcción nacional consiste en que los ciudadanos asuman dichos supuestos, que encuentran su refuerzo en otro adicional: existe una nación cuando un conjunto de individuos cree que es una nación. A eso se le llamaba «extender la conciencia nacional».
Ninguno de tales supuestos se sostiene. Para empezar, no se sostiene el adicional, que, dicho sea de paso, descalifica las habituales apelaciones a la nación ancestral, pues según él, hace tres o cuatro años, cuando nadie creía en la nación, esta no existía.
2. La realidad. Primero, los datos: el 31,6% de los catalanes tenemos como lengua materna el catalán; y el 55%, el castellano, lengua común y mayoritaria. Los parlamentarios son bien diferentes: tan solo el 7% reconoce el castellano como su «identidad lingüística». Por lo demás, es de suponer que si la identidad colectiva tiene algún sentido inteligible, algo tendrá que ver con la identidad individual.
3. La demanda del pueblo. El nuevo Estatuto nació como una estrategia electoral de desgaste bajo el supuesto de que el PP volvería a ganar. Nadie creía en dicho Estatuto, y menos que nadie CiU. Únicamente querían sacar más pecho que los demás y romper potenciales alianzas con el PP.
4. La justificación. La explicación reactiva, ese «yo no era independentista pero España me ha hecho serlo», es una de las mayores deshonestidades de un nacionalismo que siempre ha acabado por imponer unas propuestas que planteaba como «soluciones definitivas» —incluidos los modelos de financiación— y que al poco tiempo presentaba como imposiciones centralistas. El terrible Aznar cedió a las comunidades el 40% de los impuestos especiales, incrementó el porcentaje del IVA (y el IRPF pasó del 0 al 33%), mantuvo a Pujol con sus votos en el gobierno y, atendiendo a su petición, alejó de la política catalana a Vidal-Quadras, colocó a un hombre destilado entre nacionalistas como Josep Piqué al frente del PP catalán y, llegada la hora, no recurrió la Ley de Política Lingüística de 1998 ante el TC y presionó al Defensor del Pueblo para que tampoco lo hiciera.

El resultado final queda a la vista: el afán de hacer suyo un mensaje esencialmente opuesto al que la identifica ha conducido a nuestra izquierda al extravío ideológico y, seguramente, a medio plazo, a una debacle política irreversible.

No llegó la hora de la izquierda. Más bien al contrario. Si una tendencia de fondo se puede reconocer en este tiempo es la revitalización de partidos de extrema derecha que, en envases diferentes, apuestan por defender recreadas identidades nacionales como fundamento de las fronteras políticas. Y poco más, aunque no falten algunos, dispuestos a ver dirección y sentido en cualquier esquina de la historia, que encuentran cada mes un Macron. Otro espejismo. Explicable, eso sí. Son tiempos inciertos en los que es fácil dejarse llevar por la natural disposición de nuestro cableado mental a encontrar orden en la historia.
En todo caso, lo que parece poco discutible es que la izquierda ni está ni se la espera. En mitad de su marasmo intelectual, se ha ido agarrando a distintos clavos ardiendo, sin despreciar las apuestas puramente pirotécnicas más o menos efectistas. En ese desorden, el común proceso de decantación ideológica reconocible es una actitud puramente reactiva, a la contra, en la que el único componente vertebrador reconocible —no sin esfuerzo— es una ambigua apuesta «culturalista», que incluye desde imprecisas defensas de segmentos sociales desprotegidos hasta más que discutibles compromisos multiculturales y comunitarios ajenos a —incluso antagónicos con— la tradición ilustrada. Con todo, esa apuesta tampoco le ha servido a dicha izquierda para dotarse de una identidad propia, para encontrar una línea de demarcación franca que la distinga de derechas liberales que están en excelentes condiciones para —en nombre de la «privacidad» y de la protección de la libertad negativa «frente a las intromisiones públicas»— articular intelectualmente las defensas de «minorías» y condenar las aspiraciones universalistas de los proyectos emancipadores.

Lo peor es que las malas ideas acaben por encontrar apoyos en quienes en otro tiempo las combatieron. Que los buenos, por así decir, cambien de bando. Y algo de eso comienza a suceder cuando el afán de renovación de la izquierda, cebado en ese «pensar a la contra» y sostenido en el vacío ideológico, sin principios en los que asirse, en los que anclar el punto de vista, lleva a defender cualquier locura y salir por peteneras. Una inquietud que no se mitiga a la vista de las «renovaciones» examinadas en las páginas anteriores o de las señales que nos llegan de las mejores universidades norteamericanas. No es solo lo que se defiende, la sinrazón y la horma de las palabras correctas («todos y todas») para conjurar las realidades ingratas, sino cómo se defiende, imponiendo el silencio e intimidando a los discrepantes. En ese sentido, también hay verdad en la otra pieza del relato: el afán de decir algo cuando no hay nada nuevo que decir —porque en cuestión de principios no hay nada nuevo que decir: los principios no caducan— allana el camino a defender lo contrario de lo que se defendía.

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A very good essay. The political label on the left has lost much of the arguments that identified it until the mid-twentieth century. However, the author describes, inequality remains one of the great problems of humanity that grows inexorably. And meanwhile the supposedly progressive political class is distracted by other goals that are essentially reactionary: identity and nationalism, religiosity that tries to impose its doctrine on public space, conservationist nihilism, etc. Stimulating essay that seeks to recover the objectives that founded the Enlightenment.
The central thesis of the book is that the socialist parties have partly renounced the illustrated and rational tradition – inherited from the French Revolution – to defend other social causes, far from their original interests. This idea is developed mainly in the introduction and in the conclusions, where at times it conveys the sensation of being a relief to the (anti) intellectual climate in Catalonia (and in Spain by extension). As Tony Judt already did, in May 1968 he located the turning point from which the social democratic parties replaced the emphasis on redistribution and social justice policies with other interests related to political correctness, postmodern attitudes, multiculturalism, Identitarian communitarianism and even sympathy with nationalism. However, despite this central thesis (represented, by the way, magnificently on the cover), the bulk of the book is a compilation of already published essays on Marxism, democratic socialism and the Welfare State. These are essays on political philosophy, not always easy to read. In the chapter on «the nationalist fascination» he explains very well the political raving of Catalonia.

A part of the left, very represented among us, has become sympathetic to the religious reason, sympathizes with those who want to raise political communities sustained in identity and manifests a nuanced antipathy against the globalization process. It is even doubtful in the worst way when it comes to valuing science and scientific progress. Driven by the need to «think against it,» it ends not infrequently in the absurd, fighting against itself, against its conquests.

The provision has found a favorable ferment in democratic systems that encourage the infantilism of citizens, their myopia, when not their blindness, in the face of collective problems. Creatures prefer a candy today to a hundred tomorrow.
The game of political competition drives out realism and encourages fantasy. Those who remember bitter truths are punished and those who, without specifying anything, promise everything to everyone, knowing that voters, as regards the past, have a memory of fish and, in what is yet to come , cognitive biases that waterproof them against bad news: who warns of a crisis loses the elections. It was clarified better than anyone by Jean-Claude Juncker, former Luxembourg prime minister and later president of the Eurogroup: “We know exactly what we should do; what we don’t know is how to get reelected if we do it ». As nobody wins elections by walking bad news, financial bubbles are hidden, populism dominates the courtyard, environmental disruptions deepen and fictions are primed daily. Democracy participates in what Nassim Taleb calls ingratitude towards the silent hero: «Everyone knows that prevention is more necessary than treatment, but few are those who reward preventive acts».

We have known for some time that the best society will not be paradise, but the most bearable hell. We were reminded of the most lucid and honest minds. And the most radical. People who refused to hide the problems, such as Bertrand Russell.
The pathologies of hypocrisy are unpredictable. There is no fan more cerrile than the one who discovers the poverty of the reasons that prevented him from feeling what he wanted to feel. Finding that the perversions contained are the way of salvation is the principle of barbarism, and when the reactionary viscera stops hurting and settles in the good conscience, the worst begins to happen.

The welfare state seems to have become the burning nail of the egalitarian left. Gone are the days when the left away from power despised him, to the extent that he saw in him a way to appease and skip class conflicts and, along that path, preserve the capitalist system («maintain harmony», according to the formula of James O’Connor), while the other left, which had managed it for a long time, defended it without conviction, self-conscious, as if feeling in collusion with the defenders of the thesis of the end of ideologies and the coincidence of the systems, with accused authors – in some cases not without reason, as we learned later – to be on the payroll of the State Department. Now, things have changed and suddenly the welfare state appears as he does not go, the only one does not go, on the left, at least on the left that still retains a certain egalitarian nerve.

Catalonia has always been attacked by Spain and, right now, is subject to economic abuse. Its peculiar identity justifies a differential treatment, something that is not given. On the contrary, economic suffocation, together with the lack of recognition of their identity, prevents their national fulfillment. The TC, by limiting the Statute, despised the will of Catalonia and closed the last door. The constitutional pact is finished. The closure of the Spanish governments, especially that of Aznar, manufacturer of independentistas, leaves no other way out than independence. A legitimate exit to the extent that Catalonia, as a sovereign nation, has a right …
The previous story, created by CiU, is today shared to a different extent by the Catalan left and, not to a small extent, by much of the Spanish. However, each of its statements is false or analytically unsustainable. Let’s see the most important.
I. The principles. Three assumptions make up the conceptual and propaganda anatomy of nationalism: a) language provides a shared identity; b) the identity bases the nation; c) the nation justifies sovereignty. The national construction program is that citizens assume these assumptions, which find their reinforcement in an additional one: there is a nation when a group of individuals believes it is a nation. That was called «extending national consciousness.»
None of such assumptions hold. To begin with, the additional one is not supported, which, incidentally, disqualifies the usual appeals to the ancestral nation, because according to him, three or four years ago, when no one believed in the nation, it did not exist.
2. The reality. First, the data: 31.6% of Catalans have Catalan as their mother tongue; and 55%, Spanish, common and majority language. Parliamentarians are very different: only 7% recognize Spanish as their «linguistic identity.» For the rest, it is assumed that if the collective identity has some intelligible meaning, something will have to do with the individual identity.
3. The demand of the people. The new Statute was born as an electoral strategy of attrition under the assumption that the PP would win again. No one believed in the Statute, and less than anyone CiU. They only wanted to get more chest than others and break potential alliances with the PP.
4. The justification. The reactive explanation, that «I was not independentist but Spain has made me one,» is one of the greatest dishonesty of a nationalism that has always ended up imposing proposals that it proposed as «definitive solutions» – including financing models – and which soon presented as centralist impositions. The terrible Aznar gave the communities 40% of the special taxes, increased the percentage of VAT (and the IRPF went from 0 to 33%), kept Pujol (former president Catalonia) with his votes in the government and, according to his request, moved away from Catalan policy to Vidal-Quadras, placed a distilled man among nationalists like Josep Piqué at the head of the Catalan PP and, when the time came, he did not resort to the Language Policy Act of 1998 before the TC and pressured the Ombudsman to stop I would do it.

The final result is visible: the desire to endorse a message essentially opposite to the one that identifies it has led to our left to ideological loss and, surely, in the medium term, to an irreversible political debacle.

The time did not come from the left. Quite the contrary. If a fundamental tendency can be recognized at this time, it is the revitalization of far-right parties that, in different packages, are committed to defending recreated national identities as the foundation of political borders. And little else, although there are not a few missing, willing to see direction and meaning in any corner of the story, who find a Macron every month. Another mirage. Explainable, yes. These are uncertain times when it is easy to get carried away by the natural disposition of our mental wiring to find order in history.
In any case, what seems unquestionable is that the left is neither expected nor expected. In the middle of his intellectual morass, he has been grabbing different burning nails, without neglecting the purely pyrotechnic bets more or less effective. In this disorder, the common process of recognizable ideological decanting is a purely reactive attitude, in contrast, in which the only recognizable vertebrate component – not effortless – is an ambiguous «culturalist» commitment, which includes from vague defenses of social segments unprotected even more than debatable multicultural and community commitments outside of – even antagonistic to – the enlightened tradition. However, that bet has also not served that left to provide its own identity, to find a line of frank demarcation that distinguishes it from liberal rights that are in excellent condition for – in the name of «privacy» and protection of negative freedom «against public interference» – intellectually articulate the defenses of «minorities» and condemn the universalist aspirations of emancipatory projects.

The worst thing is that bad ideas end up finding support in those who once fought them. May the good, so to speak, change sides. And some of that begins to happen when the desire for renewal of the left, primed in that «thinking against» and sustained in the ideological vacuum, without principles on which to grasp, on which to anchor the point of view, leads to defend any madness and go out by peteneras. A concern that is not mitigated in view of the «renovations» examined in the previous pages or the signals that come to us from the best American universities. It is not only what is defended, the unreasonableness and the last of the right words («all and all») to conjure ungrateful realities, but how it defends itself, imposing silence and intimidating the dissenting. In that sense, there is also truth in the other piece of the story: the eagerness to say something when there is nothing new to say – because in a matter of principles there is nothing new to say: the principles do not expire – paves the way to defend what contrary to what was defended.

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