Viajar. Ensayos Sobre Viajes — Robert Louis Stevenson / Essays of Travel by Robert Louis Stevenson

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Robert Louis Stevenson fue un gran observador de las personas y su entorno; y sus escritos siempre están descritos por su gran sentido del humor. Mi escritor favorito y todas las descripciones sobre Edimburgo son encantadoras e impresionantes.

Ningún aficionado negará que se puede encontrar más placer en un único dibujo que te haya llevado toda una tarde hacer -una tarde entera sentado, tranquilo, de modo que puedas sintonizar con lo que sería el estado de ánimo del artista- del que puede obtenerse con el deslumbramiento y la acumulación de impresiones incongruentes que uno recibe, hastiado y aturdido, en una de esas famosas galerías de arte. Pero esto que admitimos aquí en relación con el arte no es extensivo a esas bellezas, llamadas naturales, a las que ningún exceso en el sublime contorno de las montañas, o en las gracias de los cultivos de las llanuras, podrá perjudicar de tal manera que debilite o degrade el sabor que dejan.
El viajero siente también que su estado de ánimo entra en comunión con el del camino que recorre: todos hemos visto senderos que serpentean entre la arena de la costa y que transcurren pesados sobre las dunas, como una culebra aplastada. Aquí debemos avanzar caminando despacio, con ritmo pesado y pasos lentos; y también habrá cierta comunión entre nuestro estado mental y la expresión de las curvas relajadas y nítidas del camino. Este es un fenómeno que tal vez pueda resolver nuestro intelecto, aun con cierta dificultad.

Disfrutar al máximo cualquier lugar que visitamos es asunto difícil, que depende en gran medida de nuestra propia capacidad, pues lo que se contempla de principio a fin y con paciencia acaba por mostrar su lado hermoso.
No debe pensarse que un viaje a pie, como podrían imaginar muchos, es simplemente una manera mejor o peor de recorrer una región. Hay muchas formas de ver el paisaje que pueden ser igual de buenas, y la más realista de todas, a pesar de lo que digan los diletantes hipócritas, es verlo desde un ferrocarril. Pero el paisaje, en un recorrido a pie, siempre es un cómplice.
Para que el disfrute sea adecuado, un viaje a pie ha de emprenderse solo. Si uno va en compañía, o en pareja, ya sólo será un viaje a pie de nombre; será otra cosa, más parecida a un picnic. Un viaje a pie debe hacerse solo porque su esencia es la libertad; porque uno tiene que poder detenerse y continuar, seguir esta ruta o aquella otra, según se tercie. Y porque ha de avanzar uno a su paso, no trotando junto al campeón de los caminantes ni andando a pasitos cortos junto a una muchacha. Tienes que ser como un junco con el que juega el viento.

El valle del Loira verde y ventoso, resulta muy atractiva para cualquier persona, jovial o solitaria. El tiempo era fantástico; hubo truenos y relámpagos durante toda la noche, y la lluvia cayó sobre las calles en forma de cortina, pero por el día no había en el cielo ni una nube: el sol era ardiente y el aire vigoroso y puro.
Creo que les gustará más el bosque justo al comienzo de la primavera, cuando está empezando a despertar y un sinnúmero de violetas se asoman por entre las hojas caídas; cuando dos o tres personas, como máximo, se sientan a cenar y, ya a la mesa, se agradece una manta echada por las rodillas, porque las noches son frescas y el comedor está abierto al patio. Hay menos cosas que distraen nuestra atención, para empezar, y el bosque es más de verdad: no está salpicado de artistas con sombrillas que parecen hongos de una especie desconocida, ni sembrado de restos de los picnic ingleses. La caza continúa, y en cualquier momento se te puede subir el corazón a la boca al escuchar en la lejanía un cuerno.

La antigua y célebre metrópolis del Norte se asienta sobre un ventoso estuario: lo contempla desde la loma y la cumbre de tres colinas. No cabe imaginar mejor situación de dominio para la capital de un reino, ni mejor elegida para fines nobles. Desde su elevado despeñadero y desde sus jardines, dispuestos en terrazas, la ciudad mira a lo lejos, contempla el mar y las amplias llanuras. Hacia el este, cuando se pone el sol, puede verse el destello del faro de May, donde el estuario se expande hacia el Mar Germánico; hacia el oeste, sobre el humedal de Stirling, se aprecian las primeras nieves en el Ben Ledi.
Pero Edimburgo paga por ocupar ese lugar privilegiado un cruel tributo: tiene uno de los peores climas que hay bajo la capa del cielo. La alcanza cualquier viento que sople, desde cualquier parte; la empapa la lluvia, la ahogan las frías neblinas marinas que se forman al este, y la cubre de polvo blanco la nieve que llega volando en dirección al sur, desde las colinas de las Highlands. El clima es crudo y tormentoso en invierno, traicionero y desagradable en verano, y un purgatorio meteorológico en primavera.
Edimburgo ha abdicado sólo en parte: aún sigue luciendo, en las parodias, sus ropajes ceremoniales de metrópolis. Mitad capital, mitad ciudad de provincias, toda ella lleva una doble existencia; sufre prolongados trances de una de esas vidas, y algún destello de la otra; como el Joven Rey de las Islas Negras, la mitad está viva y la otra mitad es una estatua de mármol. Hay hombres armados y un cañón en lo alto de la ciudadela.
Los jueces con peluca se sientan, con expresión grave, en lo que fue una vez escenario de imperiales deliberaciones. Al lado, en High Street, tal vez resuenen las trompetas cuando llegue el mediodía, y entonces podremos ver una tropa de ciudadanos con disfraces del peor gusto: un tabardo arriba, un pantalón de cheviot abajo y ellos, caminando a duras penas por el barro, entre espectadores indolentes. Sin embargo, los palafreneros de un circo de renombre recorren las calles con más éxito: son los Heraldos y Persevantes de Escocia, que están a punto de proclamar una nueva ley del Reino Unido ante unos cuantos muchachos, ladrones y cocheros. Entre tanto, cada hora, suena el tañido de la campana de la Universidad más alta que el murmullo de las calles y, cada hora, una doble marea de estudiantes que vienen y van llena las profundas arcadas. Y por último, cualquier noche de primavera -o tal vez una mañana, más bien, casi al amanecer- los trasnochadores pueden oír las voces de una multitud de hombres cantando un salmo al unísono en una iglesia que hay a un lado de la vieja High Street.

El Casco Viejo es, o así se considera, lo más característico y -desde el punto de vista del pintoresquismo- algo así como «el solomillo de Edimburgo». Una de las formas más extendidas de desprecio consiste en lanzar agua fría sobre el todo mediante el elogio excesivo de la parte.
El tiempo ha imprimido muchos cambios notables en los alrededores de la Iglesia de St. Giles. La iglesia misma, si no fuera por el chapitel, sería irreconocible; todos los Krames han desaparecido, y entre sus contrafuertes no queda ni una tiendecilla; devotos magistrados y un arquitecto desorientado han eliminado el elemento humano de ese escenario dejándolo desnudo.
Entre el castillo y Holyrood hay un paso subterráneo que tiene su historia, algo absurda, sobre un gaitero de las Highlands que se ofreció a explorar sus entresijos. Entró por el extremo más alto, tocando la gaita a ritmo de strathspey; los más curiosos le iban siguiendo calle abajo, bailando el strathspey, acompañando desde la calle el recorrido subterráneo del gaitero; de pronto, más o menos a la altura de St. Giles, la música se paró, y la gente se quedó en pie en medio de la calle con los brazos en alto. Si el gaitero se ahogó con los gases, si pereció en una ciénaga, o su cuerpo se lo llevó el Maligno, es una cuestión que nunca se aclaró. Pero lo cierto es que nunca volvieron a ver al gaitero, ni a tener noticias de él.
Tenemos la historia de Begbie, el portero del banco, al que dieron una puñalada en el corazón y dejaron desangrándose a unos pasos de la concurrida High Street. En otros lugares la gente narra en susurros los asesinatos de Burke y Hare; hay relatos de drogas y tumbas profanadas, o sobre los ladrones de cadáveres que aplastaban a sus víctimas con las rodillas. Tenemos también la de DeaconBrodie, que se ha mantenido viva con devoción.

Descalificar la Ciudad Nueva parece algo tan natural como exaltar el Casco Viejo, y hasta las autoridades más reputadas han tomado este barrio nuevo como el símbolo de lo que resulta condenable en materia de arquitectura. Pueden decirse muchas cosas y, de hecho, muchas se han dicho ya en este artículo. Pero para los sencillos, aquellos que consideran agradable una cosa sólo si les complace, la Ciudad Nueva de Edimburgo será en sí no sólo una zona alegre y aireada, sino también muy pintoresca.
La parte este del nuevo Edimburgo está protegida por una colina escarpada y de escasa altura, que rodea la ciudad. La vieja carretera de Londres discurre por uno de sus lados, mientras la entrada nueva, que parte del otro lado, completa el circuito. Se asciende por unas escaleras talladas en la piedra y al llegar se encuentra uno en medio de un campo de monumentos. El monumento a Dugald Steward ha sido honrado por la situación y por la arquitectura; a Burns se le conmemora más abajo, en un espolón; Lord Nelson, como corresponde a un navegante, da su nombre a esa vela mayor que es Carlton Hill.
Carlton Hill es tal vez el mejor lugar al que se puede ir si se busca una buena vista. Desde allí se puede contemplar el Castillo y el Asiento de Arturo, que no se ve desde el Asiento de Arturo. Es el lugar perfecto para pasear durante esos días de sol en los que sopla el levante y que tanto abundan en nuestro verano, más que templado.
El dialecto escocés es singularmente rico en términos de reproche hacia el viento invernal. «Snell», «blae», «nirly» y «scowthering» son sólo cuatro de estos vocablos, cargados de significado. Todas ellas son palabras que llevan consigo un escalofrío.

Los Alpes, la primera sorpresa será esa fila de caras bronceadas alrededor de la mesa. Uno empieza por mirar a ver dónde están los enfermos y entonces olvida sus propias penas, porque ni siquiera uno de cada cinco de los graves lleva en la cara signo alguno de enfermedad. El sol orondo que brilla en lo alto, y su fuerte reverberación, en el suelo, broncean la piel como si uno estuviera en territorio indio. El tratamiento, que consiste sobre todo en la exposición al aire libre, hace que hasta los más enfermos se bronceen, y una mesa de comensales enfermos se convertirá, en un mes o dos, en lo que parecerá una mesa de cazadores. Y aunque el recién llegado se sorprenderá a primera vista, su perplejidad irá en aumento a medida que vaya experimentando los efectos del clima en su persona. Vivir en los Alpes es, en muchos aspectos, un trabajo difícil: se ejercita el estómago, el apetito suele languidecer, el hígado se rebela a veces… sólo por encontrarse uno tan lejos de las comodidades metropolitanas no se va a reponer sin más. Pero hay una cosa que no puede negarse: un extraño goce que no se da en otros sitios.

El bosque de Fontainebleau casi nunca resulta aburrido. Yo conozco toda su parte oeste bastante a fondo, podría decirse; lo suficientemente bien, en todo caso, como para aseverar que no hay en él una sola milla cuadrada exenta de cierto carácter y encanto especial. Lugares como Long Rocher, Bas-Breau y la Reine Blanche podrían estar separados por cientos de millas: apenas tienen nada en común, más allá del silencio de los pájaros. Los dos últimos están totalmente pegados, y en ambos hay árboles altos, antiguos, que han sobrevivido a un millar de vicisitudes políticas. Pero en uno prosperan plácidos los grandes robles sobre su suelo regular, dando sombra a una extensión enorme; el aire y la luz son claros bajo sus extensas ramas. En el otro, los árboles dificultan el paso; castillos de roca blanca yacen apilados uno sobre otro: el pie se resbala, hiberna la víbora engañosa, el musgo sobresale por las grietas; y por encima de todo, las enormes hayas, elevándose al cielo con los brazos extendidos con una gracia superior a la de la arquitectura eclesiástica y sirviendo de baldaquín a este caos desigual.

La bahía de Monterey ha sido descrita por nada menos que el General Sherman como un anzuelo de pescar doblado; y la comparación, si bien menos importante que la marcha a través de Georgia, pone de relieve las habilidades de un soldado en materia de topografía. Santa Cruz se encuentra asentada en el asta del anzuelo; la desembocadura del río Salinas se encuentra en medio de la curvatura, y la propia Monterey cómodamente resguardada junto a la punta. Así, la antigua capital de California mira a la bahía mientras el Océano Pacífico, aunque oculto por bosques y colinas suaves, la ataca por el costado izquierdo y por la retaguardia con su eterno oleaje. Delante de la ciudad la prolongada playa se extiende hacia el norte y el noroeste, y luego al oeste, rodeando la bahía. Las olas que lamen suavemente las escolleras de Monterey se hacen más grandes cada vez, con la distancia. Se las ve romper, altas y blancas, durante el día, y por la noche la línea de la costa se dibuja con el tono plateado de la luz de luna y de la espuma que salpica; y en todas partes, incluso cuando hace buen tiempo. El rugido lejano y electrizante del Pacífico resuena por toda la orilla y por los campos adyacentes, como el humo que se eleva sobre un campo de batalla.
En determinados aspectos es también una sociedad incompleta; o al menos contenía -cuando yo pasé por allí- a una persona incompletamente civilizada. En North Platte, donde cenamos aquella noche, un hombre pidió a otro que le pasara la jarra de leche. El otro iba bien vestido y tenía lo que llamamos un aspecto respetable. Era un hombre de piel algo oscura, bien hablado, y comía como si hubiera estado en contacto con la alta sociedad. Pero se volvió hacia el primero con tono de extraordinaria vehemencia. Utah no deja ninguna impresión especial en la mente. Sacramento una ciudad llena de jardines en medio de un campo de maíz…

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/18/poemas-robert-louis-stevenson-poems-by-robert-louis-stevenson/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/22/olalla-robert-louis-stevenson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/07/el-club-de-los-suicidas-robert-louis-stevenson/

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Robert Louis Stevenson was a keen observer of both people and his environment; and his accounts are always informed by his great sense of humor. My favorite writer y all descriptions about Edinburgh is lovely as stunning!.

No fan will deny that more pleasure can be found in a single drawing that has taken you an entire afternoon to do – an entire afternoon sitting, quiet, so that you can tune into what would be the mood of the artist – from which you can get with the glare and the accumulation of incongruous impressions that one receives, jaded and stunned, in one of those famous art galleries. But what we admit here in relation to art is not extensive to those beauties, so-called natural ones, to which no excess in the sublime contour of the mountains, or in the grains of the plains crops, may harm in such a way that weaken or degrade the taste they leave.
The traveler also feels that his mood enters into communion with that of the path he travels: we have all seen trails that wind through the sand on the coast and run heavy over the dunes, like a crushed snake. Here we must move forward slowly, with a heavy pace and slow steps; and there will also be some communion between our mental state and the expression of the relaxed and sharp curves of the road. This is a phenomenon that may solve our intellect, even with some difficulty.

Enjoying the most of any place we visit is a difficult matter, which depends largely on our own capacity, since what is contemplated from beginning to end and with patience ends up showing its beautiful side.
It should not be thought that a journey on foot, as many might imagine, is simply a better or worse way of touring a region. There are many ways to see the landscape that can be just as good, and the most realistic of all, despite what hypocritical dilettants say, is to see it from a railroad. But the landscape, on a walking tour, is always an accomplice.
For the enjoyment to be adequate, a journey on foot must be undertaken alone. If one goes in company, or in couple, it will only be a trip on foot of name; It will be something else, more like a picnic. A journey on foot should be made only because its essence is freedom; because one has to be able to stop and continue, follow this route or that one, depending on the situation. And because one has to move forward, not jogging next to the champion of the walkers or walking short steps with a girl. You have to be like a reed that the wind plays with.

The green and windy Loire Valley is very attractive to anyone, jovial or lonely. The weather was fantastic; there was thunder and lightning throughout the night, and the rain fell on the streets in the form of a curtain, but during the day there was not a cloud in the sky: the sun was burning and the air vigorous and pure.
I think they will like the forest more right at the beginning of spring, when it is starting to wake up and countless violets peek through the fallen leaves; when two or three people, at most, sit down for dinner and, at the table, a blanket thrown by the knees is appreciated, because the nights are cool and the dining room is open to the patio. There are fewer things that distract our attention, for starters, and the forest is more real: it is not dotted with artists with umbrellas that look like fungi of an unknown species, nor planted with remnants of English picnics. The hunt continues, and at any moment you can raise your heart to your mouth when you hear a horn in the distance.

The ancient and famous metropolis of the North sits on a windy estuary: it looks at it from the hill and the summit of three hills. It is not possible to imagine a better situation of dominion for the capital of a kingdom, nor better chosen for noble purposes. From its high cliff and from its gardens, arranged on terraces, the city looks far away, contemplates the sea and the wide plains. To the east, when the sun sets, the flash of May’s lighthouse can be seen, where the estuary expands towards the Germanic Sea; towards the west, on the wetland of Stirling, the first snows in the Ben Ledi are appreciated.
But Edinburgh pays to occupy that privileged place a cruel tribute: it has one of the worst climates under the sky layer. It is reached by any wind that blows, from anywhere; the rain drenches it, the cold marine mists that form to the east drown it, and the snow that blows southward from the hills of the Highlands covers it with white dust. The weather is raw and stormy in winter, treacherous and unpleasant in summer, and a meteorological purgatory in spring.
Edinburgh has abdicated only in part: it still looks, in parodies, its ceremonial costumes of metropolis. Half capital, half city of provinces, all of it has a double existence; it suffers prolonged trances of one of those lives, and some flash of the other; Like the Young King of the Black Islands, half is alive and the other half is a marble statue. There are armed men and a cannon at the top of the citadel.
Judges with wigs sit, with serious expression, in what was once the scene of imperial deliberations. On the side, on High Street, the trumpets may resonate when noon arrives, and then we can see a troop of citizens in costumes of the worst taste: a tabard upstairs, a cheviot pants down and they, barely walking through the mud , among indolent spectators. However, the palafreneros of a renowned circus roam the streets with more success: they are the Heralds and Persevants of Scotland, who are about to proclaim a new law of the United Kingdom before a few boys, thieves and coachmen. In the meantime, every hour, the bell of the University bell rings louder than the murmur of the streets and, every hour, a double tide of students coming and filling the deep arcades. And finally, any spring night – or maybe one morning, rather, almost at dawn – night owls can hear the voices of a crowd of men singing a psalm in unison in a church next to the old High Street.

The Old Town is, or so it is considered, the most characteristic and – from the point of view of picturesqueness – something like «the sirloin of Edinburgh.» One of the most widespread forms of contempt is to throw cold water on the whole by excessive praise of the part.
Time has printed many notable changes around the Church of St. Giles. The church itself, if not for the spire, would be unrecognizable; all the Krames have disappeared, and among their buttresses there is not a small shop; Devout magistrates and a disoriented architect have removed the human element from that scenario by leaving him naked.
Between the castle and Holyrood there is an underpass that has its history, somewhat absurd, about a piper from the Highlands who offered to explore its ins and outs. He entered at the highest end, playing the bagpipe to the rhythm of strathspey; the most curious were following him down the street, dancing the strathspey, accompanying from the street the underground route of the piper; Suddenly, more or less up to St. Giles, the music stopped, and the people stood in the middle of the street with their arms raised. If the piper drowned with the gases, if he died in a swamp, or his body was taken by the Evil One, it is a matter that was never clarified. But the truth is that they never saw the piper again, nor heard from him.
We have the story of Begbie, the bank’s doorman, who was stabbed in the heart and left bleeding a few steps from the busy High Street. In other places people narrate in whispers the murders of Burke and Hare; there are narratives of drugs and desecrated graves, or about the thieves of corpses that crushed their victims with their knees. We also have DeaconBrodie’s, who has remained alive with devotion.

Disqualifying the New City seems as natural as exalting the Old Town, and even the most reputable authorities have taken this new neighborhood as the symbol of what is condemned in terms of architecture. Many things can be said and, in fact, many have already been said in this article. But for the simple ones, those who consider something nice only if they are pleased, the New Town of Edinburgh will itself not only be a lively and airy area, but also very picturesque.
The eastern part of the new Edinburgh is protected by a steep and low-rise hill that surrounds the city. The old London road runs along one side, while the new entrance, which starts on the other side, completes the circuit. You climb up some stairs carved in the stone and when you arrive you will find one in the middle of a field of monuments. The monument to Dugald Steward has been honored by the situation and the architecture; Burns is commemorated below, in a ram; Lord Nelson, as befits a navigator, gives his name to that mainsail that is Carlton Hill.
Carlton Hill is perhaps the best place to go if you are looking for a good view. From there you can see the Castle and the Seat of Arthur, which is not seen from the Seat of Arthur. It is the perfect place to walk during those sunny days in which the east blows and that abounds so much in our summer, rather than temperate.
The Scottish dialect is uniquely rich in terms of reproach towards the winter wind. «Snell», «blae», «nirly» and «scowthering» are just four of these words, full of meaning. All of them are words that carry a chill with them.

The Alps, the first surprise will be that row of tanned faces around the table. You start by looking to see where the sick are and then forget your own sorrows, because not even one in five of the serious bears any sign of illness on your face. The golden sun that shines on high, and its strong reverberation, on the ground, tan the skin as if one were in Indian territory. The treatment, which consists mostly of outdoor exposure, causes even the sickest to get a tan, and a table of sick diners will become, in a month or two, what a hunter’s table will look like. And although the newcomer will be surprised at first sight, his perplexity will increase as he experiences the effects of the weather on his person. Living in the Alps is, in many respects, a difficult job: the stomach is exercised, the appetite tends to languish, the liver sometimes rebels … just being one so far from the metropolitan comforts will not be replaced without more. But there is one thing that cannot be denied: a strange enjoyment that does not occur in other places.

The forest of Fontainebleau is almost never boring. I know all of its western part quite thoroughly, it could be said; well enough, in any case, to assert that there is not a single square mile in it free of a certain character and special charm. Places like Long Rocher, Bas-Breau and the Reine Blanche could be separated by hundreds of miles: they hardly have anything in common, beyond the silence of the birds. The last two are totally glued together, and in both there are tall, ancient trees that have survived a thousand political vicissitudes. But in one the great oaks thrive on their regular soil, giving shade to an enormous extension; the air and the light are clear under its extensive branches. In the other, the trees hinder the passage; white rock castles lie stacked one on top of another: the foot slips, the deceptive viper hibernates, the moss protrudes through the cracks; and above all, the enormous beech trees, rising to the sky with arms extended with a grace superior to that of ecclesiastical architecture and serving as a canopy to this uneven chaos.

Monterey Bay has been described by no less than General Sherman as a bent fishing hook; and the comparison, although less important than the march through Georgia, highlights a soldier’s skills in topography. Santa Cruz is seated on the hook’s horn; the mouth of the Salinas river is in the middle of the curvature, and Monterey itself comfortably sheltered next to the tip. Thus, the old capital of California looks at the bay while the Pacific Ocean, although hidden by forests and gentle hills, attacks it on the left side and the rear with its eternal waves. In front of the city, the long beach extends north and northwest, and then west, surrounding the bay. The waves that gently lick the Monterey breakwaters get bigger every time, with distance. They are seen breaking, tall and white, during the day, and at night the shoreline is drawn with the silvery tone of the moonlight and the splashing foam; and everywhere, even in good weather. The distant and electrifying roar of the Pacific resonates along the entire shore and adjacent fields, like smoke rising above a battlefield.
In certain aspects it is also an incomplete society; or at least it contained – when I passed by – an incompletely civilized person. In North Platte, where we had dinner that night, a man asked another to pass the milk jug. The other was well dressed and had what we call a respectable appearance. He was a man of somewhat dark skin, well spoken, and ate as if he had been in contact with high society. But he turned to the first with a tone of extraordinary vehemence. Utah leaves no special impression on the mind. Sacramento a city full of gardens in the middle of a cornfield…

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/07/18/poemas-robert-louis-stevenson-poems-by-robert-louis-stevenson/

https://weedjee.wordpress.com/2017/07/22/olalla-robert-louis-stevenson/

https://weedjee.wordpress.com/2016/01/07/el-club-de-los-suicidas-robert-louis-stevenson/

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