La Desintoxicación Moral De Europa Y Otros Escritos Políticos — Stefan Zweig / Menschen und Schicksale ( The Moral Detoxification of Europe and Other Political Writings) by Stefan Zweig

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Magnífico libro de espejos. Si bien es cierto que muchas de las propuestas y reflexiones del autor vienés en estos artículos están bastante bien afianzadas ya en nuestra vida presente, no menos cierto es el hecho de que muchos de los peligros mencionados por Zweig son palpables también en nuestra actualidad. Los anhelos de instituciones europeas, por ejemplo, son hoy una realidad, pero el riesgo de perderlas no es, por otra parte, menos real. Tal vez leyendo acerca de las fuerzas que entonces se oponían a la forja de una unión de Europa podamos entender mejor lo que tenemos, lo que deberíamos preservar y, no en última instancia, lo que podríamos hacer a título individual o colectivo para preservarlo.

Recordar cómo fue conquistada esta India por los ingleses es tan interesante como las hazañas de Cortés y Pizarro. Ese ensayo de Macaulay sobre lord Clive, tan poco leído entre nosotros, nos lo cuenta de manera concisa y con fervoroso entusiasmo: cuenta cómo el joven teniente lord Clive, de Madrás, se pone en marcha con doscientos malos soldados, vence en Arcot y en Seringapatam y, dos meses más tarde, anda ya revolviendo los millones de las cámaras del tesoro de algún nabab. Negociaciones, engaños y sobornos completan lo que había iniciado la bravura. Y hacia mediados del siglo XIX los ingleses, a pesar del gobierno aparente de algunos marajás, son los dueños de la India, desde Ceilán hasta el extremo superior, en la frontera con Afganistán. Y entonces, como caído del cielo, se desata el motín de los cipayos. El año 1857 es tal vez el más heroico en toda la historia de Inglaterra. No son Trafalgar ni Waterloo las batallas capaces de mostrar hazañas tales como la marcha de Calcuta a Deli y a Lucknow en medio del calor abrasador del verano tropical: un par de regimientos contra un enemigo cien veces superior.
La India es un conglomerado de razas diferentes. Se hablan en el país más de cien idiomas, setenta millones de musulmanes y varios millones de budistas han impregnado lo indio y los propios hindúes se mantienen a indecible distancia unos de otros debido a las barreras de las castas. Estas contradicciones –el fundamento sobre el que pudo erigirse el dominio inglés– excluyen toda unanimidad en los modos de sentir y, sobre todo, en los modos de actuar. Tal vez existan círculos cerrados –la «Alianza de los Hijos de Shiva, el Destructor» es quizás un producto de la fantasía de aquellos que quieren ver en todas partes algo místico, incluida una revolución–, pero apenas es posible delimitar su actividad. Que los disturbios se desatan con virulencia cada vez mayor en el país lo advertimos en realidad únicamente por la inquietud creciente de los ingleses, por las concesiones que hace el Gobierno y por el relampagueo de los atentados.
Los indios cultos y con capital son los verdaderos enemigos de los ingleses. Nada ha minado más la posición de Inglaterra que, precisamente, la generosidad y el afán con los que los propios ingleses han divulgado entre los hindúes la cultura europea en las escuelas. En un principio lo hicieron por interés, naturalmente. Un imperio de millones de habitantes no puede ser administrado únicamente por europeos: el correo, los trenes, el banco, la Office necesitan peones, oficinistas, personas instruidas, formadas, miles y decenas de miles que ocupen los puestos más bajos por un salario más bajo aún. Porque si cara es la vida para el europeo –que necesita una casa con treinta sirvientes, un coche, todo tipo de confort, que alcanza aquí precios exorbitantes–, mucho más modesta es la vida del indio, cuya vivienda es una choza, cuya alimentación son el curry y el arroz. Para crear un funcionariado, para formar médicos, abogados y comerciantes, fue preciso fundar escuelas y universidades en todo el país.
La culpa trágica de los ingleses: que, hoy en día, después de ciento cincuenta años, han seguido siendo en la India una casta situada por encima de las castas, que no reconocen socialmente al indio culto, ni siquiera al half-caste, al mestizo. Ellos le dan el empujón para el ascenso, le permiten conocer la superioridad de la sociedad europea, pero luego los obligan a retroceder con otro empujón.

Donde con mayor fuerza se percibe lo absurdo de este tipo de exhibiciones (Exposición Universal de Bruselas) es en las máquinas, ya que la fuerza de estas es totalmente subterránea, reside del todo en la misteriosa concatenación de sus movimientos. Y aquí aparecen en reposo. Se muestran en la inmensa nave con sus bruñidos cuerpos metálicos de color azul acero, pero están allí inmóviles, frías; ellas, cuya esencia más íntima la constituyen el fuego y la velocidad. Hay máquinas allí capaces de extraer agua de la tierra desde cientos de metros de profundidad; otras que, con sus mandíbulas de acero, moldean metales como si fuesen de cera, y algunas, a su vez, que pueden hacer que otros cientos de máquinas se muevan frenéticamente en un regulado movimiento giratorio; la fuerza de decenas de miles de personas, una fuerza no terrenal que está ahí y que se niega a sí misma por su inactividad.
La abundancia de personas, la fuente espumeante de la masa alimentada por manantiales invisibles, que levanta aquí su espuma de un modo incesante, es la impresión más incomparable de toda la muestra. Resulta cautivador seguir a los individuos, verlos pasar de una sala a la otra con el temor inconfesado de perderse algo, de olvidar alguna cosa, y observar cómo esa inquietud se va propagando lentamente, cómo todo ese ir y venir encierra una intensa, absurda, pero no menos hermosa excitación.
Es como si uno estuviera de pie sobre una alta cumbre y una tormenta apareciese siempre por el mismo flanco, siempre con el ruido, con la voz estruendosa de la vida; y uno la inhala, siente crecer la propia fuerza, las propias ansias, y uno se alegra de ver este frenesí de ávida gente que llega para asistir a un espectáculo singular y único, sin sospechar siquiera que el espectáculo es ella misma.

MONOTONIZACIÓN DEL MUNDO. ESA ES LA IMPRESIÓN intelectual más poderosa de cada viaje en los últimos años, a pesar de algunas satisfacciones aisladas: un leve horror ante la monotonización del mundo. Todo se vuelve más uniforme en sus formas de vida exterior, todo se nivela a un esquema cultural homogéneo. Las tradiciones individuales de los pueblos se van desgastando, los trajes típicos se uniformizan, las costumbres se internacionalizan. Los países, en cierto modo, parecen imbricarse cada vez más, la gente parece vivir y actuar de acuerdo con un mismo esquema, y cada vez son más las ciudades que se asemejan entre sí en su aspecto exterior. Tres cuartas partes de París se han americanizado, y mientras tanto Viena se «budapestiza»: cada vez se evapora más el refinado aroma de lo particular en las culturas, cada vez es más rápido el proceso que hace que una capa de pintura se desconche, y bajo el barniz agrietado se hace visible el émbolo color acero del ajetreo mecánico, la moderna maquinaria del mundo.
De América llega esa terrible oleada de uniformidad que da a cada persona lo mismo, que pone el mismo over-all sobre la piel, el mismo libro en la mano, la misma estilográfica entre los dedos, la misma conversación en los labios y el mismo automóvil sustituyendo a los pies.
No hace falta pregonar el desprecio por todas esas cosas en las que tal vez resida un sentido más elevado que ahora no entendemos. Aislarnos por dentro, pero no por fuera: llevar los mismos vestidos, asumir las comodidades de la tecnología, no regodearse en distanciamientos presuntuosos, en una estúpida e impotente resistencia frente al mundo. Vivir discretamente, pero libres, sin alharacas, plegarse de manera inadvertida a los mecanismos externos de la sociedad, pero vivir por dentro únicamente las inclinaciones más íntimas, preservar el propio ritmo, el propio compás vital. No apartar la vista con arrogancia, no mantenerse al margen con insolencia, sino observar, intentar reconocer, y luego, a sabiendas, rechazar lo que no nos venga bien, preservando, también a sabiendas, lo que nos parezca necesario. Porque si nos resistimos a la creciente homogeneidad del mundo también con nuestra mente, podremos entonces vivir con leal gratitud el lado indestructible de ese mismo mundo, lo que perdura por siempre, más allá de todos los cambios. Todavía hay poderes que se mofan de toda fragmentación y nivelación. La naturaleza sigue siendo transformable en sus formas y, en el movimiento giratorio de sus estadios, se regala montañas y mares, creando siempre de manera nueva.

La historia como historia de la guerra, tal como se enseña hoy de manera casi exclusiva, pone de manifiesto el modo en que Europa se ha ido destruyendo ininterrumpidamente; la historia de la cultura, en cambio, la cual no es todavía, en la actualidad, materia de estudio suficiente en las escuelas, nos enseña cómo los pueblos de Europa han ido construyéndose hasta formar un magnífico concepto intelectual gracias a los logros comunes de Roma, Grecia, Francia, Alemania, Italia, Inglaterra, España, Holanda o los países de la península escandinava. La historia de la guerra incita a la juventud a admirar la violencia, la historia de la cultura les enseña a honrar el intelecto; aquella les enseña a sentir la guerra como un logro supremo de la humanidad, para esta el logro es precisamente la paz.
Si queremos, pues, sustituir el espíritu de la desconfianza por el de la confianza, tendremos que incluir en la educación de los jóvenes la historia de la cultura, o por lo menos la historia intelectual, ubicarla de modo que tenga igualdad de derechos con la historia militar y la historia política.
A partir de esa élite, de ese grupo de personas vinculadas por la amistad, el conocimiento que se tiene en cada país sobre el otro país tendrá una irradiación inmediata, y esos hombres serían los portadores, con vocación, de un nuevo modo de comunicarse, los divulgadores del entendimiento y, gracias a ello, serán los que combatan la embotada desconfianza entre las naciones que, en realidad, consideramos algo mucho más funesto que cualquier breve enemistad bélica.
Con la creación de ese colectivo, de una nueva generación ya educada sin odio, imbuida del respeto a los logros europeos comunes, se habrá creado en todos los países una clase más amplia de personas con una postura que es nacional y europea a la vez, y podríamos pensar entonces en introducir nuevas organizaciones, como una academia europea.
Una instancia supranacional de tal índole, una que tenga la responsabilidad de corregir toda mentira política dentro de los países europeos, sería, según mi parecer, fácil de crear; bastarían seis personas, o doce hombres de fama y prestigio a los que cualquier individuo o nación ofendido o calumniado pudieran dirigirse en cada caso concreto, y cuyo veredicto por mayoría o unanimidad esté en condiciones de exigir un mentís sobre una base de autoridad. Tal instancia no perjudicaría a ninguna nación europea concreta y sería en principio favorable a todas; en lugar de restringir la función o la labor de los periódicos…

La falta de honradez genera falta de honradez, la violencia produce más violencia. La paz soñada por Wilson, en su conjunto, como algo eternamente duradero, queda en fragmento, en estructura imperfecta, ya que no ha sido modelada con sentido de futuro, no ha partido del espíritu del humanismo, sino del materialismo de la razón: una oportunidad única, tal vez la más fatídica de la historia, se ha desperdiciado de un modo lamentable, y el mundo, decepcionado, desdivinizado una vez más, lo percibe con apatía y confusión. El hombre que regresa, que fue antes aclamado como portador de la felicidad del mundo, ya no es Mesías para nadie, no es más que un hombre cansado, enfermo, tocado de muerte. Ningún júbilo lo acompaña ya, no hay banderas ondeando a sus espaldas. Cuando el barco zarpa de la costa europea, el vencido se da la vuelta. Le niega su mirada, se niega a mirar atrás, a nuestra tierra desdichada, que desde hace milenios añora paz y unidad sin conseguirlo. Y una vez más se deshace en la niebla y en la lejanía la eterna imagen soñada de un mundo más humano.

Reconozcamos ante todo, por lo tanto, la efectiva superioridad fáctica de la idea opuesta, la idea del nacionalismo en el marco de nuestra época. La idea de Europa no es, como el sentimiento patriótico, un sentimiento primario, no se parece en nada al sentimiento surgido de saberse parte de un pueblo determinado; no es algo que nazca de un instinto ancestral, sino a lo que se llega gracias a una conclusión, no es producto de la pasión espontánea, sino el fruto de la lenta floración de un modo de pensar más avanzado. La idea europea carece totalmente, en primer lugar, de ese instinto apasionado tan propio del sentimiento patriótico, de modo que el sacroegoísmo nacionalista seguirá siendo para el hombre medio algo más palpable que el sacroaltruismo del sentimiento europeísta; y es que siempre será más fácil reconocer lo propio que entender, con actitud de respeto y abnegación, lo del vecino. A ello se añade el hecho de que el sentimiento nacional está organizado desde hace centenares de años y encuentra para promoverse a aliados muy poderosos. El nacionalismo cuenta para su causa con la escuela, el ejército, los periódicos, los uniformes, los himnos y emblemas, la radio, el lenguaje; tiene al Estado como protector y la resonancia de las masas, mientras que nosotros, para nuestra idea, no disponemos de nada más que de la palabra y la letra impresa, dos cosas que –y no lo neguemos– solo tienen una eficacia insuficiente ante esos recursos probados con éxito durante siglos.
Para que nuestra idea tenga auténtica efectividad tendríamos que sacarla de la esfera esotérica de la discusión intelectual y emplear todas nuestras fuerzas para hacerla visible y comprensible para unos círculos más amplios. Y para ese propósito la palabra no basta, así que tengamos conciencia de ello: tenemos que invertir todas las fuerzas de agitación de la época y orientar todos nuestros empeños hacia los modos de hacer visible nuestra idea también para las grandes masas. Reconozcamos con admiración el modo en que el nacionalismo –precisamente él, que de por sí tiene a su disposición todas las fuerzas del Estado– sabe representarse con los recursos del arte y del teatro…
Lo trágico de la idea europea reside en que, por naturaleza, no tiene ningún centro estable y bien cimentado. Carecemos en nuestra Europa de una capital, Ginebra no es esa ciudad. Una ciudad querrá suceder a la otra, un país a otro país, y esa emulación, que tantas veces se ha agotado en hostilidad, hemos de intentar convertirla en una competencia del sentido común de la hospitalidad. Claro que pasarán años antes de que hayamos alcanzado e impregnado, en esa peregrinación, a la Europa entera, pero, aun así, a mí ese atajo que nos lleve de una ciudad a otra me parece mucho más fructífero que obrar únicamente a través de la palabra y la escritura, que –admitámoslo con toda sinceridad– solo alcanzan a un círculo encumbrado y desprovisto de fuerza: a las grandes masas, en cambio, con las que tenemos que contar y a las que, sobre todo, debemos salir a buscar, solo puede llegarse con un sentido de la proximidad, con la imagen perceptible por la vía de los sentidos, no con la palabra hablada, sino solo mediante una organización insistente y firme en sus propósitos.
El plan que propongo no tiene, en definitiva, por qué ser el que sirva para comenzar, pero, eso sí: debemos comenzar. No perdamos tiempo, porque el tiempo no obra en nuestro favor, sino en contra nuestra, no nos fiemos, en una época de contrasentidos, del mero sentido común, y dejemos atrás la vanidosa fe humanista de que con palabras, escritos y congresos podemos alcanzar algo en un mundo erizado de armas, lleno de desconfianza mutua.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/02/novela-de-ajedrez-stefan-zweig-die-schachnovelle-chess-story-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/09/el-misterio-de-la-creacion-artistica-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2017/02/24/jeremias-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2015/01/10/castellio-contra-calvino-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2014/12/22/veinticuatro-horas-en-la-vida-de-una-mujer-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2020/02/28/la-desintoxicacion-moral-de-europa-y-otros-escritos-politicos-stefan-zweig-menschen-und-schicksale-the-moral-detoxification-of-europe-and-other-political-writings-by-stefan-zweig/

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Magnificent book of mirrors. While it is true that many of the proposals and reflections of the Viennese author in these articles are already well established in our present life, no less certain is the fact that many of the dangers mentioned by Zweig are palpable also in our present. The hopes of European institutions, for example, are a reality today, but the risk of losing them is not, on the other hand, less real. Perhaps reading about the forces that were then opposed to the forging of a European union, we can better understand what we have, what we should preserve and, not ultimately, what we could do individually or collectively to preserve it.

Remembering how India was conquered by the English is as interesting as the exploits of Cortés and Pizarro. That essay by Macaulay on Lord Clive, so little read among us, tells us in a concise way and with fervent enthusiasm: he tells how the young lieutenant Lord Clive, of Madras, starts up with two hundred bad soldiers, wins in Arcot and in Seringapatam and, two months later, he is already stirring the millions of the treasure chambers of some nabab. Negotiations, deceptions and bribes complete what the bravery had begun. And by the middle of the 19th century the English, despite the apparent government of some marajás, are the owners of India, from Ceylon to the upper end, on the border with Afghanistan. And then, as if fallen from the sky, the riot of the cipayos is unleashed. The year 1857 is perhaps the most heroic in the history of England. They are not Trafalgar or Waterloo battles capable of showing feats such as the march from Calcutta to Deli and Lucknow amid the scorching heat of the tropical summer: a pair of regiments against an enemy one hundred times higher.
India is a conglomerate of different races. More than one hundred languages are spoken in the country, seventy million Muslims and several million Buddhists have permeated the Indian and the Hindus themselves are kept unspeakable from each other due to caste barriers. These contradictions – the foundation on which English rule could be erected – exclude all unanimity in the ways of feeling and, above all, in the ways of acting. There may be closed circles – the «Alliance of the Children of Shiva, the Destroyer» is perhaps a product of the fantasy of those who want to see something mystical everywhere, including a revolution – but it is hardly possible to delimit their activity. That the riots are unleashed with increasing virulence in the country, we really warn only by the growing concern of the English, by the concessions made by the Government and by the lightning of the attacks.
The educated and capital Indians are the true enemies of the English. Nothing has undermined England’s position more than, precisely, the generosity and eagerness with which the English themselves have spread European culture among the Hindus in schools. At first they did it out of interest, of course. An empire of millions of inhabitants cannot be managed solely by Europeans: the mail, the trains, the bank, the Office need laborers, clerks, educated, trained people, thousands and tens of thousands who occupy the lowest positions for one more salary still low. Because if life is expensive for the European – who needs a house with thirty servants, a car, all kinds of comfort, which reaches exorbitant prices here – much more modest is the life of the Indian, whose dwelling is a hut, whose food They are curry and rice. To create a civil servant, to train doctors, lawyers and merchants, it was necessary to found schools and universities throughout the country.
The tragic fault of the English: that, today, after one hundred and fifty years, they have remained in India a caste located above the castes, who do not socially recognize the Indian cult, not even half-caste, at half Blood. They give him the push for promotion, let him know the superiority of European society, but then force them to back off with another push.

Where the absurdity of this type of exhibitions is perceived with greater force (Universal Exhibition of Brussels) is in the machines, since the strength of these is totally underground, it resides entirely in the mysterious concatenation of its movements. And here they appear at rest. They are shown in the immense ship with their burnished steel blue metallic bodies, but they are still there, cold; they, whose most intimate essence is fire and speed. There are machines there capable of extracting water from the earth from hundreds of meters deep; others that, with their steel jaws, mold metals as if they were wax, and some, in turn, that can cause hundreds of other machines to move frantically in a regulated rotating movement; the force of tens of thousands of people, a non-earthly force that is there and that denies itself for its inactivity.
The abundance of people, the sparkling source of the mass fed by invisible springs, which raises its foam here in an incessant way, is the most incomparable impression of the entire sample. It is captivating to follow the individuals, to see them move from one room to the other with the unconfessed fear of missing something, to forget something, and to observe how that restlessness spreads slowly, how all that coming and going contains an intense, absurd, But no less beautiful excitement.
It is as if one were standing on a high summit and a storm always appeared on the same flank, always with the noise, with the thunderous voice of life; and you inhale it, feel your own strength grow, your eagerness, and one is glad to see this frenzy of avid people who come to attend a unique and unique show, without even suspecting that the show is itself.

MONOTONIZATION OF THE WORLD. THAT IS THE MOST INTELLIGENT INTELLIGENT PRINTING OF EVERY TRAVEL IN THE LAST YEARS, IN spite of some isolated satisfactions: a slight horror at the monotonization of the world. Everything becomes more uniform in its external life forms, everything is leveled to a homogeneous cultural scheme. The individual traditions of the towns wear out, the typical costumes are standardized, the customs are internationalized. Countries, in a way, seem to be overlapping more and more, people seem to live and act according to the same scheme, and more and more cities are similar to each other in their outward appearance. Three quarters of Paris have become Americanized, and in the meantime Vienna is «budapestized»: the refined aroma of the particular in cultures is evaporating more and more, the process that makes a layer of paint melt faster and faster, and under the cracked varnish the steel-colored piston of the mechanical hustle, the modern machinery of the world, becomes visible.
From America comes that terrible wave of uniformity that gives each person the same, that puts the same over-all on the skin, the same book in the hand, the same fountain pen between the fingers, the same conversation on the lips and the same car replacing the feet.
There is no need to proclaim contempt for all those things in which perhaps a higher sense resides that we do not understand now. Isolate ourselves from the inside, but not from the outside: wear the same clothes, assume the comforts of technology, not gloat in presumptuous distancing, in stupid and helpless resistance to the world. Live discreetly, but free, without fuss, inadvertently fold to the external mechanisms of society, but live inside only the most intimate inclinations, preserve the rhythm itself, the vital compass itself. Do not look away with arrogance, not stay out of it with insolence, but observe, try to recognize, and then, knowingly, reject what does not suit us, preserving, also knowingly, what seems necessary. Because if we resist the growing homogeneity of the world also with our mind, we can then live with loyal gratitude the indestructible side of that same world, which endures forever, beyond all changes. There are still powers that mock all fragmentation and leveling. Nature remains transformable in its forms and, in the rotating movement of its stadiums, mountains and seas are given away, always creating a new way.

History as a history of war, as taught almost exclusively today, highlights the way in which Europe has been destroyed continuously; the history of culture, on the other hand, which is not yet, at present, a matter of sufficient study in schools, teaches us how the peoples of Europe have been building up to form a magnificent intellectual concept thanks to the common achievements of Rome , Greece, France, Germany, Italy, England, Spain, Holland or the countries of the Scandinavian peninsula. The history of war encourages youth to admire violence, the history of culture teaches them to honor the intellect; that teaches them to feel war as a supreme achievement of humanity, for this achievement is precisely peace.
If we want, then, to replace the spirit of distrust with that of trust, we will have to include in the education of young people the history of culture, or at least the intellectual history, to locate it so that it has equal rights with the military history and political history.
From that elite, from that group of people linked by friendship, the knowledge that is held in each country about the other country will have an immediate irradiation, and those men would be the bearers, with vocation, of a new way of communicating, the disseminators of the understanding and, thanks to this, will be those who fight the dull mistrust among the nations that, in reality, we consider something much more dire than any brief warlike enmity.
With the creation of that collective, of a new generation already educated without hatred, imbued with respect for common European achievements, a wider class of people with a posture that is both national and European will have been created in all countries, and we could think about introducing new organizations, like a European academy.
A supranational instance of this nature, one that has the responsibility of correcting any political lie within European countries, would be, in my opinion, easy to create; six people would be enough, or twelve men of fame and prestige to whom any individual or nation offended or slandered could address in each specific case, and whose verdict by majority or unanimity is in a position to demand a lie on an authority basis. Such an instance would not harm any specific European nation and would be in principle favorable to all; instead of restricting the role or work of newspapers …

Lack of honesty generates dishonesty, violence produces more violence. The peace dreamed by Wilson, as a whole, as something eternally lasting, remains in fragment, in imperfect structure, since it has not been modeled with a sense of the future, it has not departed from the spirit of humanism, but from the materialism of reason: a Unique opportunity, perhaps the most fateful in history, has been wasted in an unfortunate way, and the world, disappointed, dedivinized once again, perceives it with apathy and confusion. The man who returns, who was previously acclaimed as the bearer of the happiness of the world, is no longer Messiah to anyone, is nothing more than a tired, sick man, touched to death. No joy accompanies him anymore, there are no flags flying behind him. When the ship sails from the European coast, the vanquished turns around. He denies his gaze, refuses to look back at our unfortunate land, which for millennia longs for peace and unity without achieving it. And once again the eternal dream image of a more human world is undone in the fog and in the distance.

Let us first recognize, therefore, the effective factual superiority of the opposite idea, the idea of nationalism within the framework of our time. The idea of Europe is not, like the patriotic feeling, a primary feeling, it is not at all like the feeling that arose from knowing part of a particular people; It is not something that is born from an ancestral instinct, but to what is reached thanks to a conclusion, it is not a product of spontaneous passion, but the fruit of the slow flowering of a more advanced way of thinking. The European idea totally lacks, in the first place, that passionate instinct so characteristic of patriotic sentiment, so that nationalist sacroegoism will remain somewhat more palpable for the average man than the sacroaltruism of Europeanist sentiment; and it is always easier to recognize their own than to understand, with an attitude of respect and selflessness, the neighbor. To this is added the fact that the national sentiment has been organized for hundreds of years and is found to promote very powerful allies. Nationalism has for its cause the school, the army, the newspapers, the uniforms, the hymns and emblems, the radio, the language; it has the State as protector and the resonance of the masses, while we, for our idea, have nothing but the word and the printed letter, two things that – and we do not deny it – only have insufficient efficacy in the face of those Resources tested successfully for centuries.
For our idea to be truly effective, we would have to get it out of the esoteric sphere of intellectual discussion and use all our strength to make it visible and understandable for wider circles. And for that purpose the word is not enough, so let’s be aware of it: we have to reverse all the forces of agitation of the time and direct all our efforts towards ways of making our idea visible also to the great masses. Let us recognize with admiration the way in which nationalism – precisely he, which in itself has all the forces of the State at his disposal – knows how to represent himself with the resources of art and theater …
The tragic thing about the European idea is that, by nature, it has no stable and well-founded center. We lack in our Europe a capital, Geneva is not that city. A city will want to succeed the other, a country to another country, and that emulation, which has so often run out of hostility, we must try to turn it into a common sense competition of hospitality. Of course, it will be years before we have reached and impregnated, on that pilgrimage, the whole Europe, but, even so, to me that shortcut that takes us from one city to another seems to me much more fruitful than working only through the Word and writing, that we admit with all sincerity, only reach a circle encumbrado and devoid of strength: the great masses, however, with which we have to count and those that, above all, we must go out to look, only it can be reached with a sense of proximity, with the image perceptible by the path of the senses, not with the spoken word, but only through an insistent and firm organization in its purposes.
The plan that I propose does not, in short, have to be the one that serves to begin, but, yes: we must begin. Let us not waste time, because time does not work in our favor, but against us, we do not commit ourselves, in a time of contradictions, of mere common sense, and leave behind the vain humanistic faith that with words, writings and congresses we can reach something in a world bristling with arms, full of mutual distrust.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2020/02/28/la-desintoxicacion-moral-de-europa-y-otros-escritos-politicos-stefan-zweig-menschen-und-schicksale-the-moral-detoxification-of-europe-and-other-political-writings-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2018/08/02/novela-de-ajedrez-stefan-zweig-die-schachnovelle-chess-story-by-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2017/03/09/el-misterio-de-la-creacion-artistica-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2017/02/24/jeremias-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2015/01/10/castellio-contra-calvino-stefan-zweig/

https://weedjee.wordpress.com/2014/12/22/veinticuatro-horas-en-la-vida-de-una-mujer-stefan-zweig/

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