Memorial De Los Libros Naufragados. Hernando Colón Y La Búsqueda De Una Biblioteca Universal — Edward Wilson-Lee / The Catalogue of Shipwrecked Books by Edward Wilson-Lee

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No conocía la historia de Hernando Colón. La mayor parte de los libros de Hernando no era como los valiosos manuscritos atesorados por las grandes bibliotecas de la época: consagrados tomos de teología, filosofía y derecho, libros que a menudo estaban destinados a reflejar suntuosamente el gran valor que se había depositado en ellos. En cambio, gran parte de la colección de Hernando constaba de libros escritos por autores que carecían de fama o reputación, folletos endebles, baladas impresas en una sola página y diseñadas para ser pegadas en las paredes de las tabernas, y otras cosas similares que a la mayoría de sus contemporáneos debieron de parecerles poco menos que basura. A ojos de algunos, el hijo del gran descubridor había dejado un legado que era pura bazofia. Para Hernando, sin embargo, estas cosas no tenían precio porque lo acercaban a su objetivo de crear una biblioteca que lo abarcara todo, con el fin de convertirse en universal en un sentido nunca imaginado hasta entonces. Ni siquiera estaba claro dónde empezaba y dónde acababa esta extraña y variadísima colección. Además de todos esos libros escritos, había muchos arcones llenos de estampas —la mayor colección jamás reunida— y más música impresa de la que nunca hasta entonces se había recopilado. Con arreglo a algunos informes, incluso el jardín de fuera había empezado a reunir la vida vegetal de todo el mundo ordenada en sus arriates. Sin embargo, todavía no existía una palabra que definiera un jardín botánico de estas características.

Un historiador, no importa cuán meticuloso, se conecta con una audiencia general solo cuando siente la confianza para invertir algo de sí mismo. Es una confianza basada en la erudición, no, como en el caso de pareidolia, de temperamento o impulso. Aunque se está refiriendo a su tema Hernando Colón (hijo favorito de Cristóbal Colón), Wilson-Lee también parece estar expresando sus propias dificultades al escribir este libro cuando dice: “¿Cómo se gana la vida con palabras y papel? Capturar la esencia de otra persona usando las herramientas burdas de la narrativa es un desafío en el mejor de los casos: a partir de la miríada de eventos, se debe discernir un patrón, una estructura creada en la que la vida tenga sentido y se deben encontrar palabras que resuciten sujeto, conjurando para el lector la experiencia de estar en su presencia».

Incrustado en este libro hay una doble biografía entrelazada. Hernando dio forma a la narrativa heroica de la búsqueda visionaria de Colón para navegar hacia el oeste para encontrar el Este en su libro La vida y los hechos del almirante, publicado póstumamente en 1571, pero escrito y ampliamente difundido durante su vida como una refutación a los asaltos en los años 1530 en adelante. La reputación y los logros del explorador. Hernando idolatraba a su padre y, además, tenía motivos de orgullo familiar y seguridad financiera para defender al padre de los recuerdos de su infancia. Wilson-Lee señala: «… esta narrativa construye el personaje que se necesitaba en la década de 1530, cuando estaba claro que Estados Unidos no era parte del continente asiático, cuando el carácter providencial de los descubrimientos de Colón era menos claro, y cuando el Las barandillas de Bartolomé de las Casas habían comenzado a abrir los ojos europeos a las atrocidades de los conquistadores, y tiene poco parecido con el Colón que sale de sus propios escritos. En todo caso, el Colón retratado en La vida y los hechos del almirante, el compilador de información calmado y metódico, que simpatiza con las ideas de Las Casas, se parece mucho más al propio Hernando «.

Wilson-Lee crea su propio arco narrativo para unir las vidas de estos dos hombres. Su marco es el paso rápido de una mentalidad medieval en 1492 a las semillas del pragmatismo secular del Renacimiento. Colón percibió su propia vida como un paso inicial crucial hacia un triunfo divinamente ordenado del cristianismo universal. Toda la trayectoria de su vida fue, según este marco, una expresión de la voluntad de Dios. Cita pasajes de San Agustín para reforzar esta afirmación. Los pasajes del libro de Isaías y Salmos fueron citados como profecías que las interpretaciones de Colón le dieron una nueva claridad, interpretaciones halagadoras para sus patrones reales españoles. Celebró su expulsión de los moros y presagió su papel en la difusión del cristianismo a las nuevas tierras. Esto, a su vez, confirmaría su conquista destinada a Jerusalén y la fundación de un reino cristiano universal gobernado por España como el acto final antes del final de los días. En su cuarto viaje, Colón insinuó que Centroamérica era en realidad la «Tierra Dorada» de Plinio, la fuente de la riqueza del Rey Salomón (p.100). La crisis que encontró en este viaje fue la prohibición de Dios contra la violación de los límites del Paraíso Celestial. Estas grandiosas ideas fueron presentadas en su Libro de Profecías.

En el lapso de apenas 50 años desde el primer viaje de Colón hasta la muerte de Hernando en 1539, el mundo había cambiado, y Hernando evitó la referencia al Libro de las Profecías en su biografía revisionista.

Wilson-Lee retrata a Hernando como una verdadera criatura del Renacimiento. Tenía un deseo obsesivo de recopilar la mayor cantidad posible de la escritura que surgió de la invención de Gutenberg. Le fascinaba la efímera que expresaba un zeitgeist embriagador e infinitamente variado: panfletos, parodias, ficción espeluznante (por ejemplo, The Lusty Andalusian) y baladas callejeras, así como los escritos de Erasmo y volúmenes sobre medicina, astronomía, matemáticas, jeroglíficos y botánica.

Wilson-Lee vincula su tema a una perspectiva moderna que presagió las preocupaciones de la Ilustración más de un siglo después. Un proyecto de censo de España se expandió rápidamente en una representación integral y dinámica de la topografía y la cultura provincial. Hernando comenzó dibujando su mapa sobre un fondo de líneas de cuadrícula para promover la precisión. Anteriormente, los mapas eran más parecidos a ejemplos de arte ilustrativo con características consideradas importantes representadas centralmente y ampliadas. Envió recolectores de datos, instigó métodos de verificación y recopiló los datos en su Descripción de España. Capa sobre capa de información llenó sus notas: “un vocabulario descriptivo, que registra que la tierra es dura, árida o fértil. En poco tiempo, la lista de palabras se ha multiplicado para incluir playas de guijarros, entradas de agua dulce, ríos claros, laderas traicioneras, bosques de castaños y robles, viñedos, una fuente termal que rueda hirviendo en verano o invierno. El espacio abstracto también está invadido por las estaciones: la ruta hacia el interior desde Sanlúcar, donde Hernando había desembarcado con su padre en 1504, tiene lagunas que se convierten en pantanos en invierno y debe ser vadeada hasta las rodillas, la ciudad gallega de Porriño tiene deliciosas nabos tan grandes como los lanzadores, y cerca de Sancroy tienen una técnica para salvar sus vides desenterrando sus raíces y tallos y volviéndolos a plantar al año siguiente «.

Hernando confronta la organización de sus colecciones masivas al diseñar una serie de sistemas de catalogación. Un inventario sencillo, requerido por sus frecuentes viajes, podría representar una lista moderna de estanterías. La Tabla de Autores y Ciencias fue un índice de autor / título. El Libro de Materiales era un índice de materias que usaban términos comunes en lugar de una lista controlada de encabezados. El Libro de Epítomes abordó más ampliamente el problema del contenido, además de proporcionar la base secundaria para una política de adquisiciones. Se contrató a un equipo de empleados para comprimir el contenido de cada libro en un resumen de unas siete u ocho líneas. El título que Wilson-Lee ha elegido adquiere una intensidad especial aquí. Hernando realmente perdió una gran parte de su colección debido a un naufragio. Sin embargo, su colección masiva y las múltiples copias de los catálogos en cierto sentido naufragaron en el tiempo. La colección fue dispersada, descuidada y perdida. Sus ideas organizativas se dejaron reinventar por generaciones de futuros bibliotecarios y su visión única de estructurar la información en relaciones novedosas solo se materializaría completamente con la invención de Internet.

La descripción de Wilson-Lee del renacimiento naciente está llena de detalles. Es alucinante darse cuenta de que está cubriendo un período de solo 50 años. En ese tiempo, España sería gobernada por un hombre que solo era nominalmente español. El futuro emperador del Sacro Imperio Romano, Carlos V, había sido criado por Margarita de Austria y estaba rodeado de cortesanos flamencos. Roma había resucitado de las cenizas bajo el patrocinio del Papa Julián II (el «César de la Iglesia», señala Wilson-Lee con ironía), solo para ser despedido una vez más en 1527 durante la lucha entre Carlos V y la Liga de Cognac respaldada por el Papa. Martin Luther publicó sus 95 tesis, y el Imperio Otomano estaba presionando hacia el oeste. Estos pasajes están llenos de alusiones a los literatos de la época y sus escritos. Si bien transmite una sensación del caos y la libertad de pensamiento del período, muchos de estos detalles serán de interés solo para el aficionado a la historia más dedicado. Fue un alivio para mí cuando reconocí a Luca Pacioli en esta multitud. Es una figura central; Cómo los mercaderes de Venecia dieron forma al mundo moderno, que había leído anteriormente. Este fue un libro interesante, pero debo admitir que es difícil de leer. Como sugiere su subtítulo, el alcance del libro es amplio. Tengo interés en las bibliotecas, pero esta fue solo una de las estructuras de apoyo de la narrativa. Sin embargo, me alegro de haber luchado a través de sus páginas.

Colón y su tripulación a menudo parecían poco conscientes del poder de este acto de denominación. Como más adelante registraría Hernando, la última isla a la que le pusieron nombre, La Española, fue llamada así porque en ella capturaron el mismo pescado que había en España (mújol, róbalo, salmón, sábalo, gallo, raya, corvina, sardinas y cangrejos de río). El poder de los nombres de Colón para cambiar el mundo no guardaba a menudo consonancia con la manera fortuita con que los elegía: para conmemorar un acontecimiento especial o la impresión que le había causado un paisaje o, como en este caso, porque le traía recuerdos de algún sitio en el que había estado antes. Una de las experiencias más decisivas para el descubridor Colón, y para los europeos que escuchaban sus proezas, fue el sentimiento de haber encontrado algo familiar en un lugar inesperado, y en torno a esas cosas familiares empezó a formarse la imaginación europea sobre el Nuevo Mundo.
La carta que Colón escribió desde Lisboa no sólo marcó el inicio de su fama, sino que además lo salvó del destino de los segundones. Al llegar al puerto español de Palos el 15 de marzo, se enteró de que en realidad la Pinta no se había hundido en la tormenta de las Azores y de que su capitán, Martín Alonso Pinzón, se había adelantado y se dirigía a Barcelona para dar la noticia del descubrimiento y de la conquista a Isabel y Fernando. Significativamente, la suerte de Colón se prolongó unos días más, y Pinzón murió antes de conseguir audiencia con los monarcas.
En la biblioteca de Hernando, los libros escritos por su padre estaban clasificados bajo la entrada de «Cristophori Colón», un nombre más español que el latinizado «Columbus», como lo llamaba el resto de Europa, o que su nombre de pila italiano, Colombo. Además de cambiar de nombre, Colón parece haber corrido un tupido velo sobre sus primeros años de vida, dejando que los biógrafos modernos desenterraran sus modestos orígenes en una familia de tejedores, cuya tradicional artesanía y región natal de Génova abandonó en algún momento anterior a sus veinte años, y ahora existen pruebas irrefutables de que Colón se inició en empresas mercantiles y, en particular, trabajó en el incipiente comercio del azúcar para la familia Centurione de su Génova natal. También es perfectamente posible que los libros formaran parte de sus actividades, una especialización para la que su hijo heredó una familiaridad instintiva. Sin embargo, aun después de siglos de investigación, las pruebas de sus actividades son fragmentarias antes de su llegada a Lisboa a finales de la década de 1470, cuando tenía unos treinta años. Sus primeros años eran como un espacio en blanco excepto cuando, ocasionalmente y en una etapa más avanzada de su vida…
Uno de los grandes logros de los Colón —iniciado por Cristóbal, pero llevado a la perfección por Hernando— fue convertir la serie de acontecimientos posteriores en un relato cuyo protagonista era el destino personal. Si los historiadores de hoy se centran en las grandes fuerzas históricas que impulsaron la expansión europea por el Atlántico, y en las coincidencias que proporcionaron al viaje de 1492 su forma específica, la leyenda colombina lo vio como una ocasión en la que la historia centró su mirada en el explorador y guió su mano en todo momento.

El relato de los sucesos de 1491 y principios de 1492 fue pulido con posterioridad, hasta alcanzar una perfección épica, por quienes querían representar un panorama del destino español y por la visión de Colón, promovida por el propio descubridor y su círculo. La leyenda oculta muchos de los contextos prosaicos y prácticos que pudieran empañar esta versión mesiánica de los hechos. Entre ellos figuraban la necesidad de los reyes de nuevas fuentes de oro, ahora que los árabes de España no seguirían pagando tributos sobre las rutas comerciales del norte de África; la presión para que Europa se expandiera (especialmente desde las naciones mercantiles, incluidos los venecianos y los genoveses) hacia el oeste, dado que los turcos otomanos empezaban a ocupar las regiones del Mediterráneo oriental que, en otro tiempo, habían suministrado muchos de sus productos; y, por último, la comparación del viaje de Colón con muchas expediciones del siglo XV que habían ampliado la órbita europea hacia el sur, hacia la costa de África, y en dirección oeste, hacia las islas del Atlántico.

Cualquiera que fuera el papel que desempeñara Hernando en la época en que su padre emprendió su segundo viaje —hijo de su madre, hermano pequeño, hijo natural de un padre que rara vez estaba presente—, ninguno de estos papeles lo había preparado para su llegada a la corte de los Reyes Católicos a principios de 1494.
Durante el período que siguió a la aparición de Colón encadenado, el curtido y avejentado explorador compartió con su hijo un proyecto secreto que prometía mostrar el mundo bajo una luz completamente distinta. Esta obra tenía por objeto elevar los descubrimientos de Colón por encima del mezquino cálculo de las ventajas económicas en el que se centraban muchos de los debates cortesanos, y enmarcar a cambio estos acontecimientos dentro de una gran narrativa religiosa de la historia, allanando así el camino para el triunfo de la fe cristiana hasta el fin de los tiempos. Del manuscrito en el que compiló sus testimonios se han conservado 84 hojas de papel gravemente deteriorado, cuya letra en ocasiones procede de diferentes manos. Cada hoja de papel, originalmente hecho en Italia, tiene una marca de agua o filigrana de una mano extendida bajo una estrella de seis puntas. Inicialmente, a la obra se le puso el título descriptivo y más bien anodino de «Libro o colección de auctoritates [textos que apoyan lo que se dice], dichos, opiniones y profecías concernientes a la necesidad de recuperar la Ciudad Santa y el monte Sion, y al hallazgo y la conversión de las islas de las Indias. Hernando le cambió el nombre por el libro de las profecías y el papel que desempeñó en su creación es la primera prueba de su talento para la creación.
Lo que en muchos aspectos es más fascinante que las observaciones de Hernando cuando viaja por estas islas —manatíes en Azúa, pozas de agua dulce en los islotes de arena, dinero de chocolate en Guanaja— es el principio de organización, que hasta al propio Hernando se le oculta: cada isla, cada punto de desembarque, queda definido para él y para sus lectores por la única lección que ha de dar a los exploradores. La idea de que uno registra de un lugar sólo lo que es distinto, parece tan obvia y tan natural que podemos olvidar fácilmente que obrar de ese modo pertenece a una tradición de pensamiento particular, concretamente a la tradición europea. Esta práctica, en parte, se hizo necesaria debido a la falta de medidas de longitud precisas: si a un territorio no se le podían asignar unas coordenadas espaciales específicas, sólo podía ser identificado por sus rasgos humanos y paisajísticos únicos. Pero esto acarreaba consecuencias indeseadas: si cada isla debe ofrecer una nueva experiencia al observador, el mapa se convierte en poco más que un registro del orden en que el mundo se le revela a ese observador.

Hernando permaneció obedientemente en la corte y recibió instrucciones de su padre, el cual intentó estar al día de los rápidos avances de la casa real, pero no pudo. La última vez que el gran descubridor coincidió con la corte fue cuando ésta llegó a Valladolid en marzo de 1506, pero cuando la corte se trasladó, ya estaba demasiado enfermo como para seguirla. Colón murió allí el 20 de mayo de ese año. El vacío que dejó en la vida de Hernando la muerte de su padre se pondría de relieve durante las siguientes décadas, cuando poco a poco fue eliminando de su registro histórico las debilidades y la locura del almirante, permitiendo así que su propia vida se convirtiera en una especie de Nuevo Testamento del Antiguo Testamento de Colón, cambiando sus pautas y sus significados. Pero con el fin de salvar la reputación de su padre como creador de una época, Hernando tendría que embarcarse en un proyecto personal que definiría una era.
Un índice alfabético es ideal para crear una lista ordenada de los contenidos de un libro, pero ¿cómo iba a abordar Hernando la clasificación de su enorme colección de estampas? Dado que el número de grabados que poseía aumentaba más allá de la capacidad memorística de cualquier persona, aun cuando ésta tuviera una memoria prodigiosa, para recordarlos todos hacía falta un sistema, como mínimo, para asegurarse de que no estaba comprando una y otra
vez las mismas imágenes. Pero mientras que las palabras de un libro se pueden poner en un orden alfabético acordado y conocido por todos los que utilizan el alfabeto romano, para las imágenes no existe tal lenguaje compartido. Muy pocos grabados estaban firmados por quienes los hacían, y en rarísimas ocasiones aparecían firmados con pictogramas, como la paloma de Palumba, pero no con el nombre completo del artista, del grabador o del impresor. En respuesta a este mundo sin palabras, Hernando ideó un excéntrico pero ingenioso método para poner sus grabados en orden, dividiéndolos primero en seis grupos por el tema que representaban:
Humanos
Animales
Objetos inanimados
«Nudos» (dibujos abstractos)
Paisajes (incluidos los mapas)
Follaje
Dentro de estas categorías, las imágenes estaban luego subdivididas por el tamaño del papel en el que habían sido estampadas; el grupo que contenía imágenes humanas, que era el más grande con diferencia, estaba a su vez subdividido por el número de personas…

La biblioteca de Hernando albergaba muchos modelos para una biografía, numerosos volúmenes que narraban la historia de la vida de todo tipo de gente muy apreciada por la cultura europea. Había vidas de santos en los que la santidad se caracterizaba por una devoción precoz, por inhumanas proezas de resistencia, por la indiferencia ante las cosas terrenales, por la serenidad ante el dolor y la muerte, y por milagros en torno a los restos del santo; también había biografías de autores, escritas como prefacio de sus libros, que tenían por objetivo realzar a la persona que había escrito la obra que venía a continuación, como la vida de Pico della Mirandola, escrita por su sobrino y traducida (entre otros) por Tomás Moro. Asimismo había colecciones de vidas, en su mayoría de figuras políticas, como Vidas de los nobles griegos y romanos, de Plutarco, o La caída de los hombres ilustres, de Boccaccio. Algunos líderes políticos se hicieron merecedores de biografías individuales, incluida la vida de Agrícola, obra de Tácito, o la vida de Ricardo III, escrita por Tomás Moro pero no publicada todavía. Sin embargo, aunque escribir sobre una vida se presente como algo centrado en las acciones y las motivaciones de un individuo, la biografía es una treta literaria.
Si Hernando no podía probar, utilizando documentos justificativos, que su padre fue el primero en descubrir el Nuevo Mundo, y tampoco podía proporcionarle una vida que desembocara de manera natural en el acto del descubrimiento, ¿qué otra cosa le quedaba? La respuesta a esto se relaciona con una tercera manera de organizar el mundo del conocimiento, una a la que inevitablemente nos lleva la creciente reducción de la escala cuya evolución hemos venido siguiendo: desde el orden cronológico, que dispone las cosas a la escala de la historia, pasando por el psicológico, que considera el progreso de una vida humana como la base del orden, hasta el fisiológico, que contempla el propio cuerpo humano como el mejor modelo para entender la estructura del universo. Hernando siempre había estado interesado por el cuerpo y por la medicina, tal como lo sugiere el gran número de libros médicos que figura entre sus primeras adquisiciones, y ésta puede ser en parte la razón por la que, durante este período culminante de su vida, viajó a Francia, donde además de visitar Montpellier.
Para su funcionamiento, la imagen de Colón, creada por Hernando como algo crucial para fomentar la leyenda del explorador, requería que Hernando acometiera una prolífica tarea de revisión histórica. De la biografía de Hernando sobre su padre ha desaparecido la convicción de Colón de que, en 1492, había llegado al Extremo Oriente —Cipangu y los alrededores de Catay—, así como muchas de las descabelladas teorías sobre los lugares que había visitado, que se conservan en sus cartas a los Reyes Católicos. El Libro de las profecías, con su argumento de que los descubrimientos de Colón eran parte del plan de Dios para la humanidad, y con su mención de las revelaciones divinas que Colón y Hernando utilizaron para que los guiaran en el cuarto viaje, no aparece mencionado en ninguna parte. Hernando también omite la serie de visiones que su padre experimentó de 1498 en adelante, las cuales, según Colón, lo guiaban en sus aventuras y eran la prueba de que Dios lo había elegido para esta tarea.

El proyecto de Hernando comenzó con un sistema radicular que aprovechaba el núcleo de la imprenta utilizando las redes comerciales existentes para que los libros llegaran a la biblioteca. Las principales arterias partirían de cinco ciudades esenciales tanto para la imprenta como para la vida de Hernando: las grandes ciudades italianas del libro, Roma y Venecia, donde por primera vez tomó forma el proyecto de Hernando, y por las que circulaban nuevas obras procedentes de Grecia, Bizancio y de las operaciones misioneras; Núremberg, la ciudad de Durero, donde Hernando empezó a acumular volúmenes de los reinos alemanes y de las tierras situadas al este de ellos; Amberes, el gran emporio de los libros para los Países Bajos, Escandinavia y Gran Bretaña; y París, el centro de las publicaciones francesas al que Hernando, debido a los conflictos bélicos, sólo había podido acceder en un período tardío de su vida.
Que la biblioteca no estuviera destinada a la consulta pública no significaba que no pretendiera ser útil para el público. El celo con que Hernando custodiaba las colecciones era, en parte, para asegurar que existiera un sitio en el que todos los escritos pudieran mantenerse a salvo para siempre, una cámara acorazada eterna que evitaría que la cultura humana se perdiera de nuevo como lo había hecho a finales del período clásico. Este banco de datos central, sólo de lectura, también garantizaría que hubiera un lugar en el que se pudieran resolver asuntos que plantearan muchas dudas: una biblioteca completa, con un ejemplar de todos los libros de todos los autores, permitiría que las citas fueran comprobadas con los originales, erradicando así la contradicción y el error, tal como había hecho Hernando en Badajoz y en su biografía. Sin embargo, sería un error suponer que Hernando concebía la biblioteca como un último recurso, como un santuario que para prevenir la pérdida de libros los convertía en inaccesibles. Aunque al principio parezca algo desconcertante, Hernando declaró que el principal propósito de la biblioteca era la compilación de los tres grandes catálogos que servían como guía de sus colecciones: el Libro de los epítomes, el Libro de las materias y el último proyecto, la Tabla de autores y ciencias.
Sin embargo, mientras la milagrosa biblioteca de Hernando alcanzaba su punto culminante y triunfal, una tormenta se cernía por el horizonte. Aunque ya se habían ordenado los diez mil primeros libros, clasificados por categorías y subcategorías de materias, el sistema empezó a fallar por encima de los diez mil ejemplares. Con el creciente aluvión de libros habría resultado imposible hasta mirar cada uno de ellos durante el tiempo suficiente como para entender de qué trataba, para saber dónde colocarlo en la biblioteca. Por encima de los diez mil, los libros empezaron a ser divididos por vez primera con arreglo a la lengua: largas hileras de libros que no compartían nada más que el hecho de estar escritos en italiano o en francés. Mientras que hasta ese momento las secciones de la biblioteca habían mezclado las lenguas, procurando ordenar todos los conocimientos atesorados por la humanidad sin tener en cuenta su procedencia, cerca del final, la propia magnitud de la tarea debió de forzar a Hernando y sus ayudantes a hacer ciertas concesiones.

El glorioso mundo que Hernando había urdido con los mimbres de su vida empezó a desintegrarse poco después de su muerte. Luis Colón, el hijo de Diego que ahora era marqués de Jamaica y duque de Veragua, así como el tercer almirante, mostró poco interés por la biblioteca que le había dejado su tío.
La catedral, sin embargo, resultó ser cualquier cosa menos un santuario. Muchos de los libros fueron víctimas de la Inquisición, que identificó algunos de ellos como proscritos, incluidas las obras de Erasmo, junto a cuyo nombre, en el volumen que le regaló a Hernando, aparece escrito auctor damnatus, «autor condenado». En 1592, el historiador español Argote de Molina lamentaría que la biblioteca estuviera ahora «encarcelada en una buhardilla cercana a la nave y sin que nadie la utilice».
La colección de Hernando de imágenes o estampas, la más grande del Renacimiento, ha desaparecido por completo; probablemente la destruyeron los daños ocasionados por las inundaciones y simplemente la tiraron. Los originales de los cuadernos de bitácora de Colón, que registran el descubrimiento del Nuevo Mundo, han desaparecido…
El sueño de Hernando de una biblioteca universal que reuniera todos los libros, sin distinción de credo, lengua o materia, se fue con él a la tumba. Aunque otros de la época también llegaron a reconocer la necesidad de encauzar la poderosa avalancha de información que veían a su alrededor, ninguno tenía la maníaca ambición que Hernando había heredado de su padre, y todos cuantos seguían la estela de Hernando pusieron unos límites mucho más estrechos a sus proyectos.
Algunas de las ideas de Hernando serían retomadas más adelante por otras personas en épocas mejor equipadas para llevarlas a cabo. El hijo del emperador Carlos, Felipe II de España, pondría en marcha durante la década de 1570 un proyecto para topografiar España (las Relaciones topográficas) que presentaba un asombroso parecido con la Descripción, que Hernando había tenido que interrumpir en 1523 por orden expresa del rey.
Pero la mayor ambición de Hernando —crear un depósito o repositorio de todos los conocimientos escritos del mundo, que se pudieran buscar mediante palabras clave, recorrer mediante breves resúmenes y clasificar con arreglo a diferentes criterios, todo ello accesible desde los puntos más dispersos— representa una extraordinaria premonición del mundo de internet, de la World Wide Web, de buscadores y bases de datos que surgirían casi cinco siglos después. Aunque los esfuerzos de Hernando fueron asombrosos y sus planes estaban magníficamente concebidos, a decir verdad, el proyecto que imaginó no era posible llevarlo a cabo sin una digitalización, sin la habilidad de las máquinas para leer y transcribir textos, así como para buscar algoritmos que pudieran ser ejecutados mediante la lógica booleana de los ordenadores. Cuando estas tecnologías llegaron a estar disponibles, el gigante informático Google, mediante el proyecto de Google Books, fue capaz de completar en pocos años gran parte del trabajo que había quedado estancado durante cinco siglos, desde la muerte de Hernando (aunque este proyecto revolucionario también quedó enseguida inmerso en dificultades legales sobre los derechos de autor y, aun hoy, permanece medio oculto).

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I didn’t know the story of Hernando Colón. Most of Hernando’s books were not like the valuable manuscripts treasured by the great libraries of the time: consecrated volumes of theology, philosophy and law, books that were often intended to sumptuously reflect the great value that had been deposited in them . Instead, much of Hernando’s collection consisted of books written by authors who lacked fame or reputation, flimsy brochures, ballads printed on a single page and designed to be pasted on the walls of taverns, and other similar things to most of his contemporaries must have seemed little less than garbage. In the eyes of some, the son of the great discoverer had left a legacy that was pure bazofia. For Hernando, however, these things were priceless because they brought him closer to his goal of creating a library that encompassed everything, in order to become universal in a sense never imagined until then. It was not even clear where it began and where this strange and varied collection ended. In addition to all those written books, there were many bunkers full of prints – the largest collection ever assembled – and more printed music than ever before. According to some reports, even the garden outside had begun to gather the plant life of the whole world in their beds. However, there was still no word that defined a botanical garden of these characteristics.

A historian, no matter how meticulous, connects with a general audience only when he feels the confidence to invest something of himself. It’s a confidence based on erudition, not, as in the case of pareidolia, of temperament or impulse. Although he is referring to his subject Hernando Colón (favorite son of Christopher Columbus), Wilson-Lee seems to also be voicing his own struggles in writing this book when he says: “How does one make a life out of words and paper? Capturing the essence of another person using the crude tools of narrative is a challenge at the best of times: out of the myriad events a pattern must be discerned, a structure created in which the life makes sense, and words must be found that resurrect the subject, conjuring for the reader the experience of being in their presence».

Embedded in this book is an intertwined double biography. Hernando shaped the heroic narrative of Columbus’ visionary quest to sail west to find the East in his book The Life and Deeds of the Admiral, published posthumously in 1571, but written and widely circulated during his lifetime as a rebuttal to assaults in the 1530’s on the explorer’s reputation and accomplishment. Hernando idolized his father, and moreover had motives both of family pride and financial security to defend the father of his childhood memories. Wilson-Lee points out: “…this narrative constructs the character that was needed in the 1530’s — when it was clear America was not part of the Asian continent, when the providential character of Columbus’ discoveries was less clear, and when the railings of Bartolomé de las Casas had begun to open European eyes to the atrocities of the conquistadores — and bears little resemblance to the Columbus who comes out of his own writings. If anything, the Columbus portrayed in the Life and Deeds of the Admiral — the calm and methodical compiler of information, sympathetic to the ideas of Las Casas — looks a lot more like Hernando himself».

Wilson-Lee creates his own narrative arc to tie the lives of these two men together. His framework is the swift passage of a medieval mindset in 1492 to the seeds of secular pragmatism of the Renaissance. Columbus perceived his own life as a crucial initial step toward a divinely ordained triumph of universal Christianity. The entire trajectory of his life was, according to this framework, an expression of God’s will. He cites passages from St. Augustine to bolster this claim (p.66). Passages from the book of Isaiah and Psalms were cited as prophecies given new clarity by Columbus’ interpretations, interpretations flattering to his royal Spanish patrons as well. It celebrated their expulsion of the Moors, and presaged their role in spreading Christianity to the new lands. This, in turn, would confirm their destined conquest of Jerusalem and the foundation of a universal Christian kingdom ruled by Spain as the final act before the end of Days. By his fourth voyage, Columbus was hinting that Central America was actually Pliny’s “Golden Land” — the source of King Solomon’s wealth (p.100). The doldrums he encountered on this voyage were God’s prohibition against violation of boundaries of the Celestial Paradise. These grandiose ideas were presented in his Book of Prophecies.

In the space of a mere 50 years from Columbus’ first voyage to Hernando’s death in 1539, the world had changed, and Hernando avoided reference to The Book of Prophecies in his revisionist biography.

Wilson-Lee portrays Hernando as a true creature of the Renaissance. He had an obsessive desire to collect as much of the writing that poured from Gutenberg’s invention as possible. He had a fascination for the ephemera that expressed a heady and infinitely varied zeitgeist: pamphlets, parodies, lurid fiction (e.g. The Lusty Andalusian), and street ballads, as well as the writings of Erasmus and volumes on medicine, astronomy, mathematics, hieroglyphics and botany.

Wilson-Lee links his subject to a modern perspective that foreshadowed the concerns of The Enlightenment over a century later. A census project of Spain quickly expanded into a comprehensive and dynamic portrayal of both topography and provincial culture. Hernando began by drawing his map against a background of grid lines to promote accuracy. Previously, maps were more akin to examples of illustrative art with features deemed important depicted centrally and enlarged. He dispatched data collectors, instigated methods of verification, and collated the data into his Description of Spain. Layer upon layer of information filled his notes: “a descriptive vocabulary, recording that the land is harsh or barren or fertile. Before long the list of words has multiplied to include pebbled beaches, sweet-water inlets, clear rivers, treacherous hillsides, forests of chestnut and of oak, vineyards, a hot spring that rolls boiling in summer or winter. The abstract space is also invaded by the seasons: the route inland from Sanlúcar, where Hernando had landed with his father in 1504, has lagoons that turn into marshes in winter and must be waded through knee-deep, the Galician town of Porriño has delicious turnips as big as pitchers, and nearby in Sancroy they have a technique for saving their vines by digging up their roots and stems and planting them again the next year».

Hernando confronts the organization of his massive collections by devising a series of cataloguing systems. A straight-forward inventory, necessitated by his frequent travels, could stand in for a modern shelf list. The Table of Authors and Sciences was an author/title index. The Book of Materials was an index of subjects using common terms rather than a controlled list of headings. The Book of Epitomes addressed more fully the problem of content, as well as providing the secondary basis for an acquisitions policy. A team of clerks was hired to compress the contents of each book into a summary of some seven or eight lines. The title Wilson-Lee has chosen takes on a special poignancy here. Hernando did actually lose a large part of his collection due to a shipwreck. However, his massive collection and the multiple copies of the catalogues were in a sense shipwrecked by time. The collection was dispersed, neglected and lost. His organizational ideas were left to be reinvented by generations of future librarians and his unique view of structuring information into novel relationships would only fully be realized by the invention of the internet.

Wilson-Lee’s description of the dawning Renaissance is crowded with details. It is mind-boggling to realize he is covering a mere 50 year period. In that time, Spain would come to be ruled by a man who was only nominally Spanish. The future Holy Roman Emperor, Charles V, had been raised by Margaret of Austria and was surrounded by Flemish courtiers. Rome had risen from the ashes under the patronage of Pope Julian II (the «Caesar of the Church», Wilson-Lee wryly notes), only to be sacked once again in 1527 during the struggle between Charles V and the papal backed League of Cognac. Martin Luther posted his 95 theses, and the Ottoman Empire was pressing westward. These passages are filled with allusions to the literati of the day and their writings. While he conveys a sense of the chaos and free-thinking of the period, many of these details will be of interest only to the most dedicated history buff. It was a relief to me when I recognized Luca Pacioli in this crowd. He is a central figure in Double Entry; How the Merchants of Venice Shaped the Modern World, which I had read previously. This was an interesting book, but I have to admit, difficult to read. As suggested by its subtitle, the scope of the book is broad. I have an interest in libraries, but this was only one of the supporting structures of the narrative. Nevertheless, I am glad that I struggled through its pages.

Columbus and his crew often seemed unaware of the power of this act of denomination. As later recorded by Hernando, the last island to which they named it, Hispaniola, was named that way because they caught the same fish in Spain (mullet, bass, salmon, tarpon, rooster, stripe, sea bass, sardines and River Crabs). The power of the names of Columbus to change the world was often not consistent with the fortuitous way he chose them: to commemorate a special event or the impression that a landscape had caused him or, as in this case, because it brought back memories from somewhere I had been before. One of the most decisive experiences for the discoverer Columbus, and for the Europeans who listened to his exploits, was the feeling of having found something familiar in an unexpected place, and around these familiar things the European imagination about the New World began to form .
The letter that Columbus wrote from Lisbon not only marked the beginning of his fame, but also saved him from the destiny of the latter. Upon arriving at the Spanish port of Palos on March 15, he learned that La Pinta had not really sunk in the Azores storm and that his captain, Martín Alonso Pinzón, had come forward and was heading to Barcelona to give the news of the discovery and the conquest of Isabel and Fernando. Significantly, the fate of Columbus lasted a few more days, and Pinzón died before getting an audience with the monarchs.
In Hernando’s library, books written by his father were classified under the entry of «Cristophori Colón», a name more Spanish than the Latinized «Columbus», as the rest of Europe called it, or that its Italian first name, Colombo In addition to changing his name, Columbus seems to have run a thick veil over his first years of life, letting modern biographers dig up their modest origins in a family of weavers, whose traditional crafts and home region of Genoa abandoned at some time before their twenty years, and now there is irrefutable evidence that Columbus began in mercantile companies and, in particular, worked in the incipient trade of sugar for the Centurione family of his native Genoa. It is also perfectly possible that books were part of his activities, a specialization for which his son inherited an instinctive familiarity. However, even after centuries of research, evidence of their activities is fragmentary before they arrived in Lisbon in the late 1470s, when they were in their thirties. His early years were like a blank space except when, occasionally and at a more advanced stage of his life …
One of the great achievements of the Columbus – initiated by Christopher, but perfectly carried out by Hernando – was to turn the series of subsequent events into a story whose protagonist was personal destiny. If today’s historians focus on the great historical forces that drove European expansion across the Atlantic, and on the coincidences that gave the 1492 trip its specific form, the Colombian legend saw it as an occasion on which history centered its look in the explorer and guided his hand at all times.

The story of the events of 1491 and the beginning of 1492 was subsequently polished, until reaching an epic perfection, by those who wanted to represent a panorama of Spanish destiny and by the vision of Columbus, promoted by the discoverer himself and his circle. The legend hides many of the prosaic and practical contexts that could tarnish this messianic version of the facts. Among them were the need of the kings for new sources of gold, now that the Arabs of Spain would no longer pay tributes on the trade routes of North Africa; the pressure for Europe to expand (especially from mercantile nations, including Venetians and Genoese) to the west, as the Ottoman Turks began to occupy the regions of the Eastern Mediterranean that had once supplied many of their products ; and, finally, the comparison of Columbus’s trip with many expeditions of the fifteenth century that had extended the European orbit southward, to the coast of Africa, and westward, to the Atlantic islands.

Whatever the role played by Hernando at the time his father undertook his second trip – son of his mother, little brother, natural son of a father who was rarely present -, none of these papers had prepared him for his arrival to the court of the Catholic Monarchs in early 1494.
During the period that followed the appearance of Chained Columbus, the tanned and aging explorer shared with his son a secret project that promised to show the world in a completely different light. The purpose of this work was to elevate Columbus’s discoveries over the mean calculation of the economic advantages in which many of the courtly debates were centered, and to frame in turn these events within a great religious narrative of history, thus paving the way for the triumph of the Christian faith until the end of time. From the manuscript in which he compiled his testimonies, 84 sheets of severely damaged paper have been preserved, the letter of which sometimes comes from different hands. Each sheet of paper, originally made in Italy, has a watermark or watermark of a hand extended under a six-pointed star. Initially, the work was given the descriptive and rather nondescript title of «Book or collection of auctoritates [texts that support what is said], sayings, opinions and prophecies concerning the need to recover the Holy City and Mount Zion , and to the discovery and conversion of the islands of the Indies. Hernando changed his name to the book of prophecies and the role he played in his creation is the first proof of his talent for creation.
What in many ways is more fascinating than Hernando’s observations when he travels through these islands – manatees in Azúa, freshwater pools on sand islets, chocolate money in Guanaja – is the organizing principle, which even Hernando himself it is hidden from him: each island, each landing point, is defined for him and his readers by the only lesson he has to give the explorers. The idea that one registers from one place only what is different, seems so obvious and so natural that we can easily forget that acting in this way belongs to a particular thought tradition, specifically to the European tradition. This practice, in part, became necessary due to the lack of precise length measurements: if a territory could not be assigned specific spatial coordinates, it could only be identified by its unique human and landscape features. But this had undesirable consequences: if each island must offer a new experience to the observer, the map becomes little more than a record of the order in which the world is revealed to that observer.

Hernando remained obediently in court and received instructions from his father, who tried to keep up with the rapid advances of the royal house, but could not. The last time the great discoverer coincided with the court was when it arrived in Valladolid in March 1506, but when the court moved, he was already too ill to follow it. Columbus died there on May 20 of that year. The emptiness he left in the life of Hernando the death of his father would be highlighted during the following decades, when little by little he was removing from his historical record the weaknesses and madness of the admiral, thus allowing his own life to become a New Testament species from the Old Testament of Columbus, changing its patterns and meanings. But in order to save his father’s reputation as the creator of an era, Hernando would have to embark on a personal project that would define an era.
An alphabetical index is ideal for creating an ordered list of the contents of a book, but how was Hernando going to deal with the classification of his huge collection of prints? Since the number of prints he possessed increased beyond the memory capacity of any person, even if he had a prodigious memory, to remember them all, at least one system was needed to make sure he was not buying over and over
Once the same images. But while the words of a book can be put in an agreed alphabetical order and known to all who use the Roman alphabet, for images there is no such shared language. Very few prints were signed by those who made them, and on very rare occasions they were signed with pictograms, such as Palumba’s dove, but not with the full name of the artist, the engraver or the printer. In response to this world without words, Hernando devised an eccentric but ingenious method to put his engravings in order, dividing them first into six groups by the theme they represented:
Humans
Animals
Inanimate objects
«Knots» (abstract drawings)
Landscapes (including maps)
Foliage
Within these categories, the images were then subdivided by the size of the paper on which they had been stamped; the group that contained human images, which was the largest by far, was in turn subdivided by the number of people …

Hernando’s library housed many models for a biography, numerous volumes that told the story of the life of all kinds of people much appreciated by European culture. There were lives of saints in which holiness was characterized by an early devotion, by inhuman feats of resistance, by indifference to earthly things, by serenity before pain and death, and by miracles around the remains of the saint ; There were also biographies of authors, written as a preface to their books, which aimed to enhance the person who had written the work that came next, such as the life of Pico della Mirandola, written by his nephew and translated (among others) by Tomás Moro. There were also collections of lives, mostly of political figures, such as Lives of the Greek and Roman nobles, of Plutarch, or The Fall of Illustrious Men, of Boccaccio. Some political leaders became deserving of individual biographies, including the life of Agrícola, the work of Tacitus, or the life of Ricardo III, written by Tomás Moro but not yet published. However, although writing about a life is presented as something focused on the actions and motivations of an individual, biography is a literary trick.
If Hernando could not prove, using supporting documents, that his father was the first to discover the New World, nor could he provide a life that would naturally lead to the act of discovery, what else did he have left? The answer to this is related to a third way of organizing the world of knowledge, one that inevitably leads us to the increasing reduction of the scale whose evolution we have been following: from the chronological order, which arranges things to the scale of the history, through the psychological one, which considers the progress of a human life as the basis of order, even the physiological one, which considers the human body itself as the best model to understand the structure of the universe. Hernando had always been interested in the body and medicine, as suggested by the large number of medical books that appear among his first acquisitions, and this may be partly the reason why, during this culminating period of his life, He traveled to France, where besides visiting Montpellier.
For its operation, the image of Columbus, created by Hernando as something crucial to foster the legend of the explorer, required that Hernando undertake a prolific task of historical revision. From Hernando’s biography about his father, Columbus’s conviction that, in 1492, he had reached the Far East – Cipangu and the surroundings of Catay – has disappeared, as well as many of the wild theories about the places he had visited, which they keep in their letters the Catholic Monarchs. The Book of the prophecies, with its argument that Columbus’s discoveries were part of God’s plan for humanity, and with his mention of the divine revelations that Columbus and Hernando used to guide them on the fourth voyage, is not mentioned. nowhere. Hernando also omits the series of visions that his father experienced from 1498 onwards, which, according to Columbus, guided him in his adventures and was proof that God had chosen him for this task.

Hernando’s project began with a root system that took advantage of the core of the printing press using existing commercial networks to get the books to the library. The main arteries would start from five essential cities both for the printing press and for the life of Hernando: the great Italian cities of the book, Rome and Venice, where Hernando’s project first took shape, and through which new works from Greece, Byzantium and missionary operations; Nuremberg, the city of Dürer, where Hernando began to accumulate volumes of the German kingdoms and the lands located east of them; Antwerp, the great emporium of books for the Netherlands, Scandinavia and Great Britain; and Paris, the center of French publications that Hernando, due to the war conflicts, had only been able to access at a late period of his life.
That the library was not intended for public consultation did not mean that it was not intended to be useful to the public. The zeal with which Hernando guarded the collections was, in part, to ensure that there was a place where all writings could be kept safe forever, an eternal vault that would prevent human culture from being lost again as it had done at the end of the classic period. This central, read-only database would also ensure that there was a place where issues that raised many doubts could be resolved: a complete library, with a copy of all the books of all authors, would allow citations to be checked. with the originals, thus eradicating contradiction and error, just as Hernando had done in Badajoz and in his biography. However, it would be a mistake to assume that Hernando conceived the library as a last resort, as a sanctuary that, to prevent the loss of books, made them inaccessible. Although at first it seems somewhat disconcerting, Hernando declared that the main purpose of the library was the compilation of the three great catalogs that served as a guide for his collections: the Book of epitomes, the Book of subjects and the latest project, the Table of authors and sciences.
However, while Hernando’s miraculous library reached its climax and triumphant, a storm loomed over the horizon. Although the first ten thousand books had already been ordered, classified by subject categories and subcategories, the system began to fail above the ten thousand copies. With the growing barrage of books it would have been impossible to look at each of them long enough to understand what it was, to know where to place it in the library. Above ten thousand, books began to be divided for the first time according to the language: long rows of books that shared nothing but the fact of being written in Italian or French. While until that moment the sections of the library had mixed the languages, trying to order all the knowledge treasured by humanity without taking into account its origin, near the end, the very magnitude of the task must have forced Hernando and his assistants to Make certain concessions.

The glorious world that Hernando had made with the wicks of his life began to disintegrate shortly after his death. Luis Colón, Diego’s son who was now Marquis of Jamaica and Duke of Veragua, as well as the third admiral, showed little interest in the library his uncle had left him.
The cathedral, however, turned out to be anything but a sanctuary. Many of the books were victims of the Inquisition, which identified some of them as outlaws, including the works of Erasmus, next to whose name, in the volume he gave to Hernando, appears auctor damnatus, «convicted author.» In 1592, the Spanish historian Argote de Molina would regret that the library was now «imprisoned in an attic near the ship and without anyone using it.»
Hernando’s collection of images or prints, the largest of the Renaissance, has completely disappeared; the damage caused by the floods probably destroyed it and simply threw it away. The originals of Columbus’s logbooks, which record the discovery of the New World, have disappeared …
Hernando’s dream of a universal library that gathered all the books, regardless of creed, language or subject, went with him to the grave. Although others of the time also came to recognize the need to channel the powerful avalanche of information they saw around them, none had the manic ambition Hernando had inherited from his father, and everyone who followed Hernando’s wake set limits much more close to your projects.
Some of Hernando’s ideas would be retaken later by other people in times better equipped to carry them out. The son of Emperor Carlos, Philip II of Spain, would launch during the 1570s a project to survey Spain (Topographic Relations) that presented an amazing resemblance to the Description, which Hernando had had to interrupt in 1523 by express order of King.
But Hernando’s greatest ambition – creating a repository or repository of all written knowledge of the world, which could be searched by keywords, traversed by brief summaries and classified according to different criteria, all accessible from the most dispersed points – represents an extraordinary premonition of the world of internet, of the World Wide Web, of search engines and databases that would emerge almost five centuries later. Although Hernando’s efforts were amazing and his plans were superbly conceived, in fact, the project he imagined was not possible without a digitalization, without the ability of machines to read and transcribe texts, as well as to search for algorithms that could be executed through the Boolean logic of the computers. When these technologies became available, the computer giant Google, through the Google Books project, was able to complete in a few years much of the work that had been stuck for five centuries, since the death of Hernando (although this revolutionary project also was immediately immersed in legal difficulties on copyright and, even today, remains half hidden).

7 pensamientos en “Memorial De Los Libros Naufragados. Hernando Colón Y La Búsqueda De Una Biblioteca Universal — Edward Wilson-Lee / The Catalogue of Shipwrecked Books by Edward Wilson-Lee

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