El Infinito En Un Junco — Irene Vallejo / The Infinity Of The Reed by Irene Vallejo (spanish book edition)

Magnífico. El infinito del junco es un ensayo sobre el libro, el libro como formato, que profundiza, usando la piedra, el papiro o el palo como excusa, en la Historia que rodeó al nacimiento del mismo, en lo clásico y en lo moderno, en las bibliotecas y en las mujeres que osaron escribir cuando les decían que no, que no podían.
Todo en este infinito me ha gustado. He aprendido muchísimo sobre eso (esto) que es mi pasión, pero sobretodo he cerrado el libro con ganas de aprender más y más.
El infinito en un junco es un hilo que nos une con nuestros antepasados, un viaje de millones de años donde descubrimos el comienzo del amor por los libros, desde la biblioteca de Alejandría hasta la biblioteca actual de Oxford. Un ensayo que es un canto a las humanidades pero también a la humanidad en sí.
Se trata de un ensayo que narra, y digo bien narra, la historia del libro, de su importancia a lo largo de etapas preclásicas y clásicas. Para un enamorado del libro, se convierte en una pequeña complicidad que permite un juego comunicativo entre objeto y receptor. El libro se personifica y se convierte en un interlocutor ante el cual sólo podemos abrir la boca, pasmarnos y asentir. La cantidad de datos que ofrece es muy sustancial-sin atosigar-, y nos alimenta nuestro afán de saber. Este estudio nos converge sectaria y secretamente en un grupúsculo de “locos cuerdos” por los libros.
Sin duda, un maravilloso avance de lo que el gusto por la lectura/libro/literatura supone en nosotros. Si tenéis la avidez de aprender y entablar una comunicación con la lectura, creo que este ensayo os puede encantar.

El libro ha superado la prueba del tiempo, ha demostrado ser un corredor de fondo. Cada vez que hemos despertado del sueño de nuestras revoluciones o de la pesadilla de nuestras catástrofes humanas, el libro seguía ahí. Como dice Umberto Eco, pertenece a la misma categoría que la cuchara, el martillo, la rueda o las tijeras. Una vez inventados, no se puede hacer nada mejor.
Por supuesto, la tecnología es deslumbrante y tiene fuerza suficiente como para destronar a las antiguas monarquías. Sin embargo, todos añoramos cosas que hemos perdido —fotos, archivos, viejos trabajos, recuerdos— por la velocidad con la que envejecen y quedan obsoletos sus productos.

Gílide es una de las primeras celestinas de la historia de la literatura, una alcahueta profesional que conoce los secretos del oficio y apunta, sin dudar, al resquicio más frágil de sus víctimas: el miedo universal a envejecer. Sin embargo, a pesar de su talento cruel, Gílide fracasa esta vez.
La lengua griega tiene una palabra para describir su obsesión: póthos. Es el deseo de lo ausente o lo inalcanzable, un deseo que hace sufrir porque es imposible de calmar. Nombra el desasosiego de los enamorados no correspondidos y también la angustia del duelo, cuando añoramos de manera insoportable a una persona muerta. Alejandro no encontraba reposo en sus ansias de ir siempre más allá para escapar al aburrimiento y la mediocridad. Todavía no había cumplido treinta años y empezaba a temer que el mundo no sería lo suficientemente grande para él.

A los lectores de hoy, la biblioteca de Babel nos fascina como alegoría profética del mundo virtual, de la desmesura de internet, de esa gigantesca red de informaciones y textos, filtrada por los algoritmos de los buscadores, donde nos extraviamos como fantasmas en un laberinto.
En un sorprendente anacronismo, Borges presagia el mundo actual. El relato contiene, es cierto, una intuición contemporánea: la red electrónica, el concepto que ahora denominamos web, es una réplica del funcionamiento de las bibliotecas. En los orígenes de internet latía el sueño de alentar una conversación mundial. Había que crear itinerarios, avenidas, rutas aéreas para las palabras. Cada texto necesitaba una referencia —un enlace—, gracias a la cual el lector pudiera encontrarlo desde cualquier ordenador en cualquier rincón del mundo.
El rollo más largo de la colección egipcia del Museo Británico, el papiro Harris, medía originalmente 42 metros.
El rollo de papiro supuso un fantástico avance. Tras siglos de búsqueda de soportes y de escritura humana sobre piedra, barro, madera o metal, el lenguaje encontró finalmente su hogar en la materia viva. El primer libro de la historia nació cuando las palabras, apenas aire escrito, encontraron cobijo en la médula de una planta acuática. Y, frente a sus antepasados inertes y rígidos, el libro fue desde el principio un objeto flexible, ligero, preparado para el viaje y la aventura.
Rollos de papiro que albergan en su interior largos textos manuscritos trazados con cálamo y tinta: este es el aspecto de los libros que empiezan a llegar a la naciente Biblioteca de Alejandría.

Las bibliotecas más antiguas de las que hay noticia, en el Próximo Oriente —Mesopotamia, Siria, Asia Menor y Persia— también lanzaron maldiciones contra los ladrones y destructores de textos.
«A aquel que se apropie la tablilla mediante robo o se la lleve por la fuerza o haga que su esclavo la robe, que Shamash le arranque los ojos, que Nabu y Nisaba lo vuelvan sordo, que Nabu disuelva su vida como el agua».
«A quien rompa esta tablilla o la ponga en agua o la borre hasta que no pueda entenderse, que los dioses y diosas del cielo y de la tierra lo castiguen con una maldición que no pueda romperse, terrible y sin piedad, mientras viva, para que su nombre y su simiente queden borrados de la tierra y su carne sea pasto de los perros».
Las primeras bibliotecas del mundo fueron lugares humildes, pequeños almacenes con estantes adosados a las paredes y filas de tablillas colocadas de pie, en posición vertical, una junto a otra, sobre las baldas. En realidad, los especialistas en Próximo Oriente antiguo prefieren llamarlas «archivos». Allí se guardaban facturas, albaranes de entrega, recibos, inventarios, contratos matrimoniales, acuerdos de divorcio, actas de juicios, códigos legales. Y, en un pequeño porcentaje, también literatura, sobre todo poemas e himnos religiosos. En las excavaciones del palacio de Hattusa, la capital hitita, en la actual Turquía, se han encontrado varios especímenes de un curioso género literario: oraciones para combatir la impotencia sexual.

Antes de la invención de la imprenta, cada libro era único. Para que existiera un nuevo ejemplar, alguien debía reproducirlo letra a letra, palabra por palabra, en un ejercicio paciente y agotador. Había pocas copias de la mayoría de las obras, y la posibilidad de que un determinado texto se extinguiese por completo era una amenaza muy real. En la Antigüedad, en cualquier momento, el último ejemplar de un libro podía estar desapareciendo en un anaquel, devorado por las termitas o destruido por la humedad. Y, mientras el agua o las mandíbulas del insecto actuaban, una voz era silenciada para siempre.
De hecho, esa pequeña obra de destrucción sucedió muchas veces.
El alfabeto fue una tecnología aún más revolucionaria que internet. Construyó por primera vez esa memoria común, expandida y al alcance de todo el mundo. Ni el saber ni la literatura completa caben en una sola mente pero, gracias a los libros, cada uno de nosotros encuentra las puertas abiertas a todos los relatos y todos los conocimientos. Podemos pensar, como vaticinaba Sócrates, que nos hemos vuelto un puñado de engreídos ignorantes. O que, gracias a las letras, formamos parte del cerebro más grande y más inteligente que ha existido nunca. Borges, que pertenecía al grupo de los que piensan de la segunda manera, escribió: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio y el telescopio son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación».

Las leyendas proceden de un mundo arcaico, pero en nuestro telar volvemos a trenzarlas con hebras nuevas.
Los libros tienen voz y hablan salvando épocas y vidas. Las librerías son esos territorios mágicos donde, en un acto de inspiración, escuchamos los ecos suaves y chisporroteantes de la memoria desconocida.

Los libros son hijos de los árboles, que fueron el primer hogar de nuestra especie y, tal vez, el más antiguo recipiente de nuestras palabras escritas. La etimología de la palabra encierra un viejo relato sobre los orígenes. En latín, liber, que significaba «libro», originariamente daba nombre a la corteza del árbol o, para ser más exactos, a la película fibrosa que separa la corteza de la madera del tronco. Plinio el Viejo afirma que los romanos escribían sobre cortezas antes de conocer los rollos egipcios. Durante muchos siglos, diversos materiales —el papiro, el pergamino— desplazarían a aquellas antiguas páginas de madera, pero, en un viaje de ida y vuelta, con el triunfo del papel, los libros volvieron a nacer de los árboles.
Como ya he explicado, los griegos llamaban biblíon al libro, rememorando la ciudad fenicia de Biblos, famosa por la exportación de papiros. En nuestra época, el uso del término, en su evolución, ha quedado reducido al título de una sola obra, la Biblia. Para los romanos, liber no evocaba ciudades ni rutas comerciales, sino el misterio del bosque donde sus antepasados empezaron a escribir, entre los susurros del viento en las hojas. También los nombres germánicos -book, Buch, boek— descienden de una palabra arbórea: el haya de tronco blanquecino.

Como dice Steven Pinker, la historia no la escriben tanto los vencedores como la gente pudiente, esa pequeña fracción de la humanidad que dispone del tiempo, el ocio y la educación necesarios para permitirse reflexionar. Solemos olvidar la miseria de otras épocas, en parte porque la literatura, la poesía y las leyendas celebran a aquellos que vivieron bien y olvidan a quienes se ahogaron en el silencio de la pobreza. Los periodos de escasez y hambre han sido mitificados e incluso se recuerdan como edades doradas de simplicidad pastoril. No lo fueron.
De la misma manera que las estirpes de los ricos, los clásicos no son libros aislados, sino mapas y constelaciones. Italo Calvino escribió que un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lea aquel reconoce enseguida su lugar en la genealogía. Gracias a ellos descubrimos orígenes, relaciones, dependencias. Se esconden unos en los pliegues de otros: Homero forma parte de la genética de Joyce y Eugenides; el mito platónico de la caverna regresa en Alicia en el País de las Maravillas y Matrix; el doctor Frankenstein de Mary Shelley fue imaginado como un moderno Prometeo; el viejo Edipo se reencarna en el desgraciado rey Lear; el cuento de Eros y Psique, en La Bella y la Bestia; Heráclito en Borges; Safo en Leopardi; Gilgamesh en Supermán; Luciano en Cervantes y en La guerra de las galaxias; Séneca en Montaigne; las Metamorfosis de Ovidio en el Orlando, de Virginia Woolf; Lucrecio en Giordano Bruno y Marx; y Heródoto en La ciudad de cristal, de Paul Auster.
Hay una gran historia casi ignorada detrás de la supervivencia de los clásicos más antiguos, la de todas las personas anónimas que consiguieron conservar, por pasión, un frágil legado de palabras, la historia de su misteriosa lealtad a esos libros. Mientras los textos e incluso los idiomas de las primeras civilizaciones que inventaron la escritura en el Creciente Fértil —Mesopotamia y Egipto— quedaron olvidados con el transcurso de los siglos y, en el mejor de los casos, volvieron a ser descifrados largos siglos después, la Ilíada y la Odisea nunca han dejado de tener lectores.

La invención de los libros ha sido tal vez el mayor triunfo en nuestra tenaz lucha contra la destrucción.
Los que somos lectores tenemos un pasado dentro de los libros. Para bien o para mal. Porque leímos cosas que hoy nos causarían perplejidad, incluso aburrimiento. Pero también leímos páginas que todavía nos provocan entusiasmo o certezas. Un libro siempre es un mensaje».
Los libros han legitimado, es cierto, acontecimientos terribles pero también han sustentado los mejores relatos, símbolos, saberes e inventos que la humanidad construyó en el pasado.
Sin los libros, las mejores cosas de nuestro mundo se habrían esfumado en el olvido.
En los Estados Unidos con el New Deal, servicio público, planes para favorecer la lectura. Empiezan a sentir alivio. Nadie menciona impuestos, tribunales o desahucios. Además, las jóvenes bibliotecarias tienen aspecto amistoso, parecen creer en Dios y en la bondad.
Combatir el desempleo, la crisis y el analfabetismo mediante amplias dosis de cultura sufragada por el Estado: ese era uno de los cometidos de la Work Progress Administration. En torno a 1934, cuando se concibió el proyecto, las estadísticas solo registraban un libro per cápita en el estado de Kentucky. En el empobrecido territorio montañoso del este, sin carreteras ni electricidad, era impensable poner en marcha un sistema de bibliotecas móviles en vehículos, que tanto éxito estaban alcanzando en otras zonas del país.

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Magnificent. The infinity of the reed is an essay on the book, the book as a format, that deepens, using the stone, the papyrus or the stick as an excuse, in the History that surrounded the birth of the same, in the classic and in the modern, in libraries and women who dared to write when they said no, they couldn’t.
I liked everything in this infinity. I have learned a lot about that (this) which is my passion, but above all I have closed the book with the desire to learn more and more.
Infinity in a reed is a thread that unites us with our ancestors, a journey of millions of years where we discover the beginning of love for books, from the Alexandria library to the current Oxford library. An essay that is a song to the humanities but also to humanity itself.
It is an essay that tells, and I say well tells, the history of the book, of its importance throughout preclassic and classical stages. For a lover of the book, it becomes a small complicity that allows a communicative game between object and receiver. The book is personified and becomes an interlocutor to whom we can only open our mouths, pass us by and nod. The amount of data it offers is very substantial – without harassment – and it fuels our eagerness to know. This study converges sectarianly and secretly in a small group of «crazy ropes» for books.
Undoubtedly, a wonderful advance of what the taste for reading / book / literature means in us. If you are eager to learn and establish communication with reading, I think you can love this essay.

The book has passed the test of time, has proven to be a long-distance runner. Every time we woke up from the dream of our revolutions or from the nightmare of our human catastrophes, the book was still there. As Umberto Eco says, it belongs to the same category as the spoon, the hammer, the wheel or the scissors. Once invented, nothing better can be done.
Of course, the technology is dazzling and has enough strength to dethrone the old monarchies. However, we all yearn for things we have lost – photos, files, old jobs, memories – because of the speed with which they age and their products become obsolete.

Gílide is one of the first Palestinians in the history of literature, a professional alcahueta who knows the secrets of the trade and points, without hesitation, to the most fragile loophole of her victims: the universal fear of aging. However, despite his cruel talent, Gílide fails this time.
The Greek language has a word to describe its obsession: posthos. It is the desire of the absent or the unattainable, a desire that causes suffering because it is impossible to calm down. Name the uneasiness of the unrequited lovers and also the anguish of grief, when we yearn unbearably for a dead person. Alejandro found no rest in his eagerness to always go further to escape boredom and mediocrity. He had not yet turned thirty and was beginning to fear that the world would not be big enough for him.

To today’s readers, Babel’s library fascinates us as a prophetic allegory of the virtual world, of the excessiveness of the internet, of that gigantic network of information and texts, filtered by search engine algorithms, where we get lost as ghosts in a maze .
In a surprising anachronism, Borges foreshadows today’s world. The story contains, it is true, a contemporary intuition: the electronic network, the concept that we now call web, is a replica of the functioning of libraries. In the origins of the internet beat the dream of encouraging a worldwide conversation. It was necessary to create itineraries, avenues, air routes for words. Each text needed a reference – a link -, thanks to which the reader could find it from any computer in any corner of the world.
The longest scroll in the Egyptian collection of the British Museum, the Harris Papyrus, originally measured 42 meters.
The papyrus scroll was a fantastic breakthrough. After centuries of searching for supports and human writing on stone, mud, wood or metal, language finally found its home in living matter. The first book in history was born when the words, just written air, found shelter in the core of an aquatic plant. And, in front of its inert and rigid ancestors, the book was from the beginning a flexible, light object, prepared for travel and adventure.
Papyrus rolls that house long manuscript texts traced with calamus and ink: this is the aspect of the books that begin to arrive at the nascent Library of Alexandria.

The oldest libraries of which there is news, in the Middle East – Mesopotamia, Syria, Asia Minor and Persia – also launched curses against thieves and text destroyers.
«To him who appropriates the tablet by robbery or takes it by force or has his slave steal it, may Shamash tear his eyes out, Nabu and Nisaba turn him deaf, may Nabu dissolve his life like water.»
«Whoever breaks this tablet or puts it in water or erases it until it can be understood, that the gods and goddesses of heaven and earth punish him with a curse that cannot be broken, terrible and merciless, while alive, to may his name and seed be erased from the earth and his flesh be the pasture of dogs.
The world’s first libraries were humble places, small warehouses with shelves attached to the walls and rows of slats standing upright, side by side, on the shelves. Actually, specialists in the ancient Near East prefer to call them «archives.» There, invoices, delivery notes, receipts, inventories, marriage contracts, divorce agreements, lawsuits, legal codes were stored there. And, in a small percentage, also literature, especially religious poems and hymns. In the excavations of the Palace of Hattusa, the Hittite capital, in present-day Turkey, several specimens of a curious literary genre have been found: prayers to combat sexual impotence.

Before the invention of the printing press, each book was unique. For a new copy to exist, someone had to reproduce it letter by letter, word by word, in a patient and exhausting exercise. There were few copies of most of the works, and the possibility that a given text would be completely extinguished was a very real threat. In ancient times, at any time, the last copy of a book could be disappearing on a shelf, devoured by termites or destroyed by moisture. And, while the water or the insect’s jaws acted, a voice was silenced forever.
In fact, that little work of destruction happened many times.
The alphabet was an even more revolutionary technology than the internet. He built for the first time that common memory, expanded and available to everyone. Neither knowledge nor complete literature fit into one mind but, thanks to the books, each of us finds the doors open to all stories and all knowledge. We can think, as Socrates predicted, that we have become a handful of ignorant conceited. Or that, thanks to the letters, we are part of the largest and most intelligent brain that has ever existed. Borges, who belonged to the group of those who think the second way, wrote: “Of the various instruments of man, the most amazing is, without doubt, the book. The others are extensions of his body. The microscope and telescope are extensions of your sight; the phone is voice extension; Then we have the plow and the sword, extensions of his arm. But the book is something else: the book is an extension of memory and imagination ».

The legends come from an archaic world, but in our loom we braid them again with new strands.
The books have a voice and talk saving times and lives. Bookstores are those magical territories where, in an act of inspiration, we hear the soft and sizzling echoes of unknown memory.

Books are children of trees, which were the first home of our species and, perhaps, the oldest recipient of our written words. The etymology of the word contains an old story about the origins. In Latin, liber, which meant «book,» originally gave name to the bark of the tree or, to be more exact, to the fibrous film that separates the bark from the wood of the trunk. Pliny the Elder states that the Romans wrote about barks before knowing the Egyptian scrolls. For many centuries, various materials – papyrus, parchment – would displace those old wooden pages, but, on a round trip, with the triumph of paper, books were reborn from trees.
As I have explained, the Greeks called the book a bibli, recalling the Phoenician city of Biblos, famous for the export of papyri. In our time, the use of the term, in its evolution, has been reduced to the title of a single work, the Bible. For the Romans, liber did not evoke cities or trade routes, but the mystery of the forest where their ancestors began to write, among the whispers of the wind in the leaves. Also the Germanic names – book, Buch, boek – descend from an arboreal word: the whitish trunk beech.

As Steven Pinker says, history is not written by both the victors and the wealthy people, that small fraction of humanity that has the time, leisure and education necessary to allow themselves to reflect. We tend to forget the misery of other times, partly because literature, poetry and legends celebrate those who lived well and forget those who drowned in the silence of poverty. The periods of scarcity and hunger have been mitigated and even remembered as golden ages of pastoral simplicity. They were not.
In the same way as the ancestry of the rich, the classics are not isolated books, but maps and constellations. Italo Calvino wrote that a classic is a book that is before other classics; but whoever read the others first and then read that immediately recognizes his place in genealogy. Thanks to them we discover origins, relationships, dependencies. They hide in the folds of others: Homer is part of the genetics of Joyce and Eugenides; the platonic myth of the cave returns to Alice in Wonderland and Matrix; Dr. Frankenstein of Mary Shelley was imagined as a modern Prometheus; the old Oedipus is reincarnated in the unfortunate King Lear; the story of Eros and Psyche, in Beauty and the Beast; Heraclitus in Borges; Safo in Leopardi; Gilgamesh in Superman; Luciano in Cervantes and in Star Wars; Seneca in Montaigne; the Metamorphosis of Ovid in Orlando, by Virginia Woolf; Lucretius in Giordano Bruno and Marx; and Herodotus in The City of Glass, by Paul Auster.
There is a great story almost ignored behind the survival of the oldest classics, that of all the anonymous people who managed to preserve, by passion, a fragile legacy of words, the story of their mysterious loyalty to those books. While the texts and even the languages of the first civilizations that invented writing in the Fertile Crescent — Mesopotamia and Egypt — were forgotten over the centuries and, in the best case, were deciphered again centuries later, the Iliad and the Odyssey have never stopped having readers.

The invention of books has been perhaps the greatest triumph in our stubborn fight against destruction.
Those of us who are readers have a past in books. For better or worse. Because we read things that today would cause us perplexity, even boredom. But we also read pages that still cause us enthusiasm or certainties. A book is always a message ».
The books have legitimized, it is true, terrible events but they have also supported the best stories, symbols, knowledge and inventions that humanity built in the past.
Without the books, the best things in our world would have vanished into oblivion.
In the United States with the New Deal, public service, plans to favor reading. They begin to feel relief. No one mentions taxes, courts or evictions. In addition, young librarians look friendly, seem to believe in God and goodness.
Fighting unemployment, crisis and illiteracy through large doses of culture borne by the State: that was one of the tasks of the Work Progress Administration. Around 1934, when the project was conceived, statistics only recorded one book per capita in the state of Kentucky. In the impoverished mountainous territory of the east, without roads or electricity, it was unthinkable to launch a system of mobile libraries in vehicles, which were so successful in other areas of the country.

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