Diez Mitos Sobre Los Judíos — María Luiza Tucci Carneiro / Dez Mitos Sobre Os Judeus (Ten Myths About The Jews) by María Luiza Tucci Carneiro

Interesante libro. Por lo general, el mito —que es polimorfo, dinámico, invisible y polifacético— se adapta a los terrenos fértiles excavados por la ignorancia y conquista nuevos adeptos que, en el futuro, lo promoverán. Es común, como se puede constatar a través de los documentos dejados por el mito, que la narrativa se combina con las tradiciones regionales que ofrecen elementos inspirados en la realidad, favoreciendo la creencia en la mentira. Tal constatación demuestra que hay una persistencia de las prácticas totalitarias que, en las décadas de 1930 y 1940, inspiraron la construcción de los «demonios» y las conspiraciones mundiales que, ciertamente, contribuyeron a acelerar muchos de los planes genocidas articulados por la Alemania nazi. Los «demonios hitlerianos» sobreviven bajo múltiples facetas, determinados por representaciones que los mantienen a la orden del día.
Al considerar el mito político como uno de los responsables de la radicalización del pensamiento racista en varios países del mundo, conviene analizar el proceso de construcción de ese discurso que instiga al odio hacia los judíos y hacia Israel.
Considerando que el mito sostiene al antisemitismo histórico, subrayo que su narrativa es siempre acusadora, impregnada de estigmas. Con cada versión de la mentira, se refuerza a lo largo del tiempo el proceso de construcción del mito mediante un conjunto de otras narrativas, cuya dinámica abarca al mito del hereje, del judío errante, de la «raza» pura, del pueblo «bárbaro, falso e hipócrita», del pueblo invasor, por invocar solo algunos ejemplos. Entre los mitos más comunes que refuerzan las versiones antisemitas tenemos: los judíos «dominan la economía mundial», «actúan como una sociedad secreta», «mataron a Jesucristo», «no existen judíos pobres», «controlan los medios», «son racistas», «se creen superiores», «son avaros»…

El concepto de chivo emisario, sin embargo, es más antiguo de lo que nos imaginamos. Tiene sus raíces en la propia tradición judía, en el llamado Día de la Expiación, citado en el libro bíblico de Levítico 16:5-28. En ese evento, los hebreos organizaban una serie de rituales para purificar a su nación usando dos chivos que, por sorteo, tendrían destinos distintos. Uno de ellos sería sacrificado junto a un toro y su sangre se usaría para marcar las paredes del templo; el otro —resguardado de la muerte ritual— recibía la misión de cargar los pecados del pueblo de Israel, que simbólicamente se pasaban a la cabeza del animal a través de las manos del sumo sacerdote. Enseguida, se abandonaba al chivo emisario o chivo expiatorio en el desierto, y este se llevaría consigo «todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y el hombre dejará ir al macho cabrío por el desierto» (Lv 16: 21-22).

El peligro de los mitos contra las minorías étnicas (judíos, gitanos, negros, indígenas, etc.) es que estos, por la dinámica de imágenes que se encadenan, preparan a las mentes para que autoricen el genocidio o cualquier otro tipo de violencia física o simbólica. Instigan a los movimientos de «cacería de brujas», transformando los argumentos en fuerzas movilizadoras. Muchas veces, un fragmento de realidad es suficiente para detonar el odio, incitar persecuciones, prisiones, torturas, deportaciones y masacres. La carga emocional se vuelve tan fuerte que parte de la población cree en la mentira, como ocurrió durante la era inquisitorial ibérica (España: 1478-1834; Portugal: 1536-1821) y la era nazi (1935-1945).

En pleno siglo XXI, debemos evaluar la persistencia y la revitalización de los mitos políticos bajo el prisma de las nuevas tecnologías y del impacto de las mismas sobre la construcción del conocimiento sobre los judíos. Haciendo una retrospectiva histórica, nos damos cuenta de que los mitos, por su dinámica y capacidad de renovación, pasaron de la tradición oral medieval a los modernos medios de comunicación de masas. Hoy, modernizados, circulan con mayor rapidez por los ordenadores, programas informáticos, juegos interactivos, iPhones e internet. Incitan al odio mediante mentiras globales, sin fronteras ni identidad, transmitidas por los blogs neonazis y antisemitas. Favorecidos por el derecho a la libertad de expresión y por la facilidad de anonimato que otorga internet.

Mito 1. Los judíos mataron a Cristo.
En su esencia, el mito de que «los judíos mataron a Cristo» tiene sus raíces en las interpretaciones de los Evangelios por los eruditos cristianos, quienes instigarían al odio y a la violencia a través de sus prédicas. A lo largo de los siglos, esta mentira circuló en los catecismos católicos, en los sermones, en los manuales inquisitoriales, en una rica iconografía, en las entradas de enciclopedias, en los textos de la dramaturgia, crónicas periodísticas, literatura de cordel, caricaturas políticas y en los conocimientos «útiles» divulgados por las revistas ilustradas y almanaques. Innumerables manuales (laicos, pastorales y clérigos), periódicos católicos y protestantes contribuyeron a afirmar el concepto de crimen deicida (matador de Dios y, en particular, de Jesucristo), presentado aquí como un mito de larga duración. Tiene sus raíces en las polémicas judeocristianas que, desde el siglo I al IV, favorecieron el alejamiento entre el cristianismo y el judaísmo, siendo constantemente revitalizado por nuevas imágenes mentales y visuales.
La acusación de que los judíos mataron a Cristo se arraigó más y más en el cristianismo y sus orígenes están en las polémicas judeocristianas que favorecieron, entre los siglos I y IV, la propagación de tales calumnias. Ese proceso de difamación culminó con la demonización de los judíos que fueron animalizados para fortalecer al cristianismo (presentado como símbolo del Bien) en oposición al judaísmo (símbolo del Mal). En el contexto, se explica la violencia emprendida contra los judíos durante la peste bubónica o peste negra como se hizo conocida, que acometió a varios países europeos, entre ellos Francia, donde ocurrieron pogromos en 1348. En aquella ocasión, el papa Clemente VI promulgó dos bulas papales, enfatizando que los judíos no eran los culpables de la plaga, pero sin éxito. Bajo el liderazgo del conde de Saboya, decenas de judíos fueron presos y torturados en regiones alrededor del lago de Ginebra, acusados de envenenar al cristianismo.

Mito 2. Los judíos son una entidad secreta.
A partir del siglo XV, principalmente, el término marrano (que quiere decir cerdo, puerco, según el antiguo vocabulario español) se aplicó para definir a los judíos y a los moros convertidos al cristianismo. Con sentido peyorativo, el vocablo venía asociado a la idea de falsedad, indignos de confianza, conspiradores y de raza infecta. Según el diccionario de Raphael Bluteau publicado en 1713, «infecto de sangue chamamos a quem descende de Pays mouros ou de Judeos. Porque he herdado como infecto de sangue». Dicha definición remite a otra entrada que explica el sentido de ser «limpio de sangre», en oposición a «infecto»: «diz se hü christão-velho, sem casta de mouro, nem judeo. Puro sanguine genitus». Los conceptos de pureza e impureza de sangre persistieron a lo largo de los siglos XVIII y XIX, abarcando también a los negros, mulatos y gitanos. En el siglo XX, en la Alemania nazi, la expresión «limpio de sangre» fue retomada para calificar a aquellos que eran de sangre aria, comprobando así la «pureza de raza».
Como fecha de referencia para el nacimiento del antimasonismo el año 1698, cuando circuló en Londres un panfleto impreso en formato octavilla (11 × 16 cm) que alertaba a los cristianos contra «esta secta diabólica», por su secretismo y conexión con el Anticristo. En Escocia, circuló una carta con fecha de 1690-1691 en la cual el pastor Robert Kirk asociaba la palabra masón a una tradición rabínica, mientras en España, la primera referencia a los fundadores de la masonería con tono acusador vino del inquisidor de Valladolid Andrés Ignacio Orbe, quien, en 1745, escribió que «los fundadores recelo tenían algo de judaísmo». Pero, según Domínguez Arribas, fue en la carta enviada por el capitán piamontés Jean-Baptiste Simonini al abad Barruel en 1806 donde el mito judeo-masónico emergería como alerta. Simonini critica a Barruel por no haber mencionado en sus Memorias la responsabilidad de la «secta judaica» en el conjunto de «sectas infernales que están abriendo el camino al Anticristo».

Mito 3. Los judíos controlan la economía mundial.
La relación directa de los judíos con el capitalismo moderno ha generado una acumulación de acusaciones por parte de aquellos que, por envidia o por sentirse «enyesados» por las normas de sus religiones, no aceptan las conquistas de este grupo en el campo empresarial. Para algunos, vivir como comerciante o como banquero significa vivir «a costa de otro», seducido por la ganancia fácil, el ocio y el lucro. Pero, en verdad, el sentimiento de ganancia y ambición en el hombre no es una fatalidad exclusiva de los judíos ni del capitalismo.
Para comprender la dinámica del mito de que «los judíos dominan la economía mundial», y su extensión a lo largo de los siglos XX y XXI, debemos retomar la historia de Los Protocolos que, en cuanto producto de varios mitos políticos, se transformó en uno de los propulsores del antisemitismo y el genocidio modernos. Su contenido nos remite a otro mito relacionado: el de que los judíos forman una sociedad secreta internacional, que controlan los medios de información y la política, financian las guerras, el tráfico de armas, etc. Esta obra, considerada como uno de los mayores engaños de la historia contemporánea, es el perfecto ejemplo del principio de que, cuando se repite una mentira innumerables veces, no importa cuan ridícula sea, se la empieza a aceptar como verdad.
El texto matriz que dio origen a Los Protocolos fue inspirado en la obra escrita por Sergey Nilus a fines del siglo XIX, quien, a su vez, había tomado como base una sátira publicada en Bruselas (1864), de autoría de Maurice Joly, contra Napoleón III, emperador de Francia.

Mito 4. No existen judíos pobres.
Actualmente, el mayor número de judíos se concentra en Israel (5.443.842), seguido por los Estados Unidos (5.165.019), Francia (490.000), Canadá (374.000), Reino Unido (295.000), Rusia (221.000), Argentina (120.000) y Brasil (107.329), además de otros países88. Entre ellos, existen miles de judíos pobres y por debajo de la línea de pobreza, cuyos números son ignorados o totalmente desconocidos por la población en general de cualquier país en donde existan comunidades judías. Tales desigualdades persisten como consecuencia de las crisis económicas, de la corrupción y de la ausencia de políticas públicas dirigidas hacia el bienestar del ciudadano.
Partiendo de situaciones reales: en el Estado de Israel, en febrero de 2007 por ejemplo, existían 1.674.800 judíos pobres, entre los cuales 774.000 eran niños, según el informe de Seguridad Nacional divulgado por el ministro de Previsión Social. Un año después, se registró una caída en el nivel de pobreza a 1.630.40090.
Hoy, parte de la población judía de Latinoamérica, principalmente, vive en situaciones difíciles y enfrenta la pobreza, teniendo que mal alimentarse a pesar de las acciones de solidaridad practicadas por sus comunidades. Gran número de judíos pobres emergentes son jóvenes desempleados y excomerciantes en bancarrota que se unen a los jubilados, ancianos y enfermos, que no tienen cómo mantenerse. Piden ayuda a las sinagogas e instituciones de beneficencia que, por tradición, los acogen. Porque la responsabilidad del mantenimiento y la educación de los pobres y de los huérfanos consta en el Talmud, entre los tres principios básicos de la vida, además de la caridad y de la práctica de buenas acciones.

Mito 5. Los judíos son avaros.
Tanto el discurso de la Iglesia católica como las teorías políticas del Renacimiento han servido para construir el mito de que «todos los judíos son avaros y malos». Son dichas fuentes las que alimentarían la literatura de la era isabelina producida, en este caso, por Christopher Marlowe, William Shakespeare y Charles Dickens, entre otros. Christopher Marlowe (1564-1593) creó el personaje Barrabás en su obra El judío de Malta, producida entre 1589 y 1590, y que sigue estrictamente los métodos propuestos por Maquiavelo: «no importan los medios que se utilicen para lograr los fines». En ella Barrabás, un rico comerciante judío, es presentado como un pervertido, interesado, frío y sin afecto, cuyo perfil fue construido a partir de versiones transmitidas por el clero católico, las autoridades estatales y el pueblo. Según Silvio Ruiz Paradiso, estudioso de esta producción literaria, Barrabás destaca como un ser diabólico, corrupto, maquiavélico y perverso, «que al mismo tiempo dedica su vida a la acumulación de oro, al robo, a las prácticas de fornicación, etc.».
A través del habla de algunos de los personajes creados por Marlowe es posible desvelar cómo vive y quién es Barrabás.

Mito 6. Los judíos no tienen patria.
La expresión de que los judíos «no tienen patria» o de que «son eternos caminantes» no se refiere tan solo al pasado: ha sido, a lo largo de los siglos, repetida y actualizada de acuerdo con los intereses de distintos grupos sociales y políticos, y ha servido para justificar una u otra ideología. La figura del judío errante fue rehabilitándose bajo nuevas máscaras, pues el arquetipo favorece la promoción de discursos intolerantes que, adaptados a la realidad por donde circulan, alimentan el odio y la violencia no solo contra los judíos, sino también contra los africanos. Considerando que nuestras mentes son verdaderos recipientes de proyecciones mentales, tales imágenes —al mantener estrecha verosimilitud con la realidad— se adaptan, contribuyendo a perpetuar la mentira.
Entre los siglos XIX y XX —cuando el mito se transformó bajo la influencia del moderno antisemitismo— la figura polimorfa del judío errante encontró resonancias políticas y culturales, sirviendo para explicar los constantes desplazamientos y persecuciones a los judíos, a quienes se identificó como el «pueblo de la Diáspora».
En el siglo XX, la imagen del judío errante reapareció en la figura del «pasajero apátrida», expulsado y deshumanizado por el nacionalsocialismo alemán. Ya no tiene el semblante de aquella figura medieval cristiana, pero sigue siendo símbolo de desarraigado y la figura del Otro. Esta nueva apariencia atenderá también a los antisionistas que, por repetición, sostienen que los judíos no tienen derecho a regresar a su territorio de origen (antigua Palestina) o a tener una patria. Afirmaciones como estas han servido para poner en duda la legitimidad del Estado de Israel, demostrando que evaluaciones simplistas nublan la interpretación de los hechos con valores maniqueos.
Retrocediendo hasta el siglo XIII, identificaremos una de las primeras versiones de la leyenda del judío errante que, según la tradición oral, había sido contada por un arzobispo de la Gran Armenia con ocasión de su visita al monasterio de Saint-Alban. Decía este que había almorzado con José (o Cartáfilo), portero del pretorio, quien, por haberle pegado a Jesús, había sido condenado a esperar el regreso del Señor. Cada cien años, José caía en un letargo, recuperando la apariencia física de un joven de 30 años, su edad en los tiempos del martirio de Cristo camino del Calvario.
La leyenda fue, a través de la repetición, metamorfoseándose hasta que, en 1233, un cronista de Bolonia escribió que el emperador Federico II oyó de un peregrino que en Armenia había un judío condenado por Nuestro Señor Jesucristo a ser un eterno caminante. En 1228, Roger de Wendover, historiador inglés, aseguraba que José había confesado que sirvió a Poncio Pilatos, versión reafirmada en la Chronique Rimée, de Philippe Mousket, obispo de Tournai, alrededor de 1243.

Mito 7. Los judíos son racistas.
Para comprender dicha acusación, tenemos que entender, en primer lugar, qué es racismo y, especialmente, qué es antisemitismo. En cuanto ideología, el racismo es accionado por individuos o grupos y sirve como excusa para la dominación política y la explotación económica. Retrocediendo al pasado vemos que, desde la Antigüedad, los hombres han usado la existencia de diferencias físicas, de desacuerdos políticos y de intereses económicos para justificar sus luchas por el poder.
Acusar a los judíos de racistas es, ante todo, una forma de antisemitismo disimulado que contribuye a borrar la memoria de los actos genocidas y de la intolerancia que durante siglos se han practicado contra este pueblo. Sin embargo, quienes utilizan tal acusación tratan de no distinguir judíos/israelíes de israelíes/ciudadanos. O sea, no tienen interés en hacer tal distinción, pues es en la generalización donde el mito une fuerzas. Llamar a los judíos racistas, nazis o usar la palabra «holocausto» para nombrar el conflicto entre Israel y Palestina es tratar de banalizar el Holocausto.
La acusación de que los judíos son racistas ganó adeptos y versiones distorsionadas con la aprobación de la Resolución 3379 de la Asamblea General de las Naciones Unidas que, el 10 de noviembre de 1975, consideró que el «sionismo es una forma de racismo y discriminación racial».

Mito 8. Los judíos son parásitos.
Por conveniencia y desconocimiento, se ignoran los orígenes de esa narrativa que, al repetirse a lo largo de los siglos, se ha convertido en lenguaje corriente; un atributo de algo que parece, intuitivamente, verdadero. Según hemos analizado anteriormente, existen señales de una apariencia o probabilidad de verdad en la relación ambigua que se establece entre imagen e idea. El hecho de que existan judíos cobradores de impuestos, usureros, comerciantes o banqueros no les da el derecho a los demás de acusarlos de «chupasangre», «parásitos» o «explotadores del prójimo».
Desde la Antigüedad, como consecuencia de las persecuciones y violencias de las que eran blanco, los judíos buscaron protección de los soberanos que «cobraban» por esos favores, garantizándoles seguridad y una vida.
Por imposición de las leyes y principios del catolicismo, los judíos no podían poseer tierras, siéndoles prohibida la práctica de la agricultura que era permitida a los cristianos. Estos, sin embargo, no podían dedicarse al comercio ni practicar la usura. Como consecuencia, les tocó a los judíos cumplir los roles relacionados con el cobro de impuestos, la práctica del comercio y algunas profesiones liberales, lo que les proporcionó riqueza y un estatus económico privilegiado. Como el judaísmo no consideraba pecado la práctica de usura, muchos judíos se enriquecieron mediante el cobro de impuestos y el préstamo de dinero con intereses. Pero a su vez, la práctica de la usura les valió la acusación de que «vivían de la explotación del prójimo», ganando a costa del trabajo del Otro. Los antisemitas usaron esa situación para estigmatizar dicha práctica suponiendo que era maligna para la sociedad católica.
A partir de 1933, el concepto de permisividad del pueblo judío ganó espacio en el discurso de los nacional-socialistas en Alemania, quienes, a través de sofisticadas estrategias propagandísticas articuladas por el Ministerio de Propaganda dirigido por Goebbels, reforzarían la imagen de que los judíos viven como «parásitos». Tal acusación venía unida a la idea de que estos formaban verdaderos cánceres en las naciones donde se asentaban, siendo directamente asociada a la imagen de que los judíos, en sentido figurativo, corrompían, corroían y consumían lenta y ocultamente a la nación. Con un vocabulario extraído del discurso médico, los judíos eran identificados como «seres enfermos», composición metafórica que es secular. Recordemos —retomando los mitos aquí analizados— que en diferentes momentos de la Edad Media y la Edad Moderna la imagen de los judíos se comparó a la proliferación de enfermedades, entre ellas, la peste negra y la lepra.

Mito 9. Los judíos controlan los medios.
Desde su aparición en la Rusia zarista, Los Protocolos diseminaron la idea de un complot secreto articulado por la comunidad judía internacional para destruir al cristianismo y establecer la fe mosaico-talmúdica como religión universal, lo que les garantizaría la toma del poder en el mundo occidental. Una de las primeras explicaciones que se hicieron públicas a través de la revista monárquica Moskvu (núm. 1) el 23 de septiembre de 1919 fue la de que la Revolución bolchevique «había sido patrocinada por muchos millones de dólares del banquero americano Schiff en nombre del grupo neoyorquino de Kuhn, Loeb & Co.». Tales informaciones habrían sido comprobadas, según el historiador Norman Cohn, a través de un [falso] documento producido por el servicio secreto americano que citaba a Jacob Schiff por haberle sugerido a los Estados Unidos que acogiese a los judíos rusos que huían de los pogromos de 1905162.
A partir de 1919, las innumerables ediciones de Los Protocolos empezaron a incluir las acusaciones de que el complot secreto, además de judío, era también comunista.
Insistiendo en el control de la prensa como una forma para dominar los espíritus (léase las conciencias), Los Protocolos nos dejaron un legado negativo: contribuyeron (y aún contribuyen) a incitar al odio y a hacer creer que los judíos dominan los medios de comunicación. Antiguas ediciones siguen circulando en formato «PDF» por internet o son vendidas en librerías de libros usados. En varios países enemigos de Israel, nuevas ediciones de Los Protocolos siguen siendo publicadas, actuando como uno de los venenos del antisemitismo contemporáneo. Difícilmente se podrá medir la influencia perniciosa de este mito que crea trampas e interfiere en las mentes de los menos informados.
En internet podemos tener acceso a los textos divulgados por Radio Islam y a vídeos disponibles en plataformas como Dailymotion o YouTube, que insisten en que los medios de comunicación internacionales son dominados por los judíos.
La actualización del mito de que los judíos dominan los medios puede ser constatada en la caricatura que mostramos publicada por el periódico alemán Süddeutsche Zeitung de Múnich, el 21 de febrero de 2014, y replicada en el Jüdische Allgemeine —el periódico judío más grande de Alemania— y en el Presse de la prensa austríaca. La imagen representa a Mark Zuckerberg como un pulpo, cuyos tentáculos controlan las redes sociales marcadas con la letra F (de Facebook) y el icono de un teléfono (léase WhatsApp). Estamos ante la animalización del mito que, una vez más, estigmatiza la imagen del judío, demonizado por su poder y fortuna, aunque nosotros mismos disfrutemos de sus inventos. En este momento, la fuerza del mito opaca la realidad.

Mito 10. Los judíos manipulan a los Estados Unidos.
En vísperas de la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, los judíos aún no podían trabajar en instituciones públicas ni votar. Solo después de la independencia, en 1776, los judíos americanos tuvieron su libertad civil y religiosa asegurada por la Declaración de Independencia, que reforzó las ideas de libertad y justicia al afirmar que «todos los hombres son creados iguales».
La realidad de esa relación, sin embargo, sobrepasa el hecho de que los Estados Unidos defiendan a Israel, a los judíos o al judaísmo. Por tradición —y no considero aquí una cuestión a evaluar bajo el prisma del imperialismo o colonialismo—, los Estados Unidos siempre defendieron valores universales como la libertad religiosa, además de criticar públicamente la reciente escalada de ataques a minorías, entre ellas, las minorías islámicas, como los chiítas y ahmadíes en Indonesia y los bahaíes en Irán. Los Estados Unidos siempre defendieron la «libertad de profesar y practicar la fe —de creer, de no creer o de cambiar de creencia— en cuanto derecho innato de todo ser humano, posición asumida en sus informes anuales sobre libertad religiosa».
Podemos considerar que el mito de que «los judíos manipulan a los Estados Unidos» se apoya en tres acusaciones básicas:

1)los judíos ostentan un poder inmenso y una influencia sin igual en los Estados Unidos;
2)el «lobby judío» es un factor decisivo en el apoyo de los Estados Unidos a Israel;
3)los intereses judeo-sionistas no son idénticos a los intereses americanos y están en constante conflicto.

Ni siquiera el fatídico 11 de septiembre de 2001 escapó al discurso antisemita, disfrazado de antiamericanismo. Tras el atentado terrorista al World Trade Center (Nueva York) y al Pentágono (Washington), varios intelectuales, periodistas y universitarios (incluso brasileños) celebraron el terror con buenas dosis de antisemitismo. Al intentar revelar la vulnerabilidad del imperialismo americano y acusar a Israel de «terrorismo» y «genocidio», esos ciudadanos rompieron uno de los huevos de la serpiente. El impacto estético de las torres perforadas por los aviones sobrepasó el concepto de acto terrorista. Entre los rumores que circulaban sobre lo ocurrido llegué a oír, proveniente de un grupo de universitarios, que los judíos e Israel estaban involucrados en aquel acto, ya que aquel 11 de septiembre «varios miembros de la comunidad judía no habían ido a trabajar al World Trade Center», lo que explicaría el pequeño número de judíos que murieron en el atentado.
Acusaciones como esas sirven para demonizar aún más a los Estados Unidos, a Israel y a los judíos, valiéndose de imágenes que muestran el sufrimiento del pueblo palestino, principalmente a través de fotografías, muchas veces manipuladas y descontextualizadas.
Actualmente, más de cinco millones de judíos viven en los Estados Unidos, concentrándose buena parte en Nueva York, que posee la segunda mayor sinagoga del mundo. Por lo tanto, la conexión de los judíos con los Estados Unidos nació hace muchos siglos.

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Interesting book. In general, the myth – which is polymorphic, dynamic, invisible and multifaceted – adapts to the fertile grounds excavated by ignorance and conquers new adherents who, in the future, will promote it. It is common, as can be seen through the documents left by the myth, that the narrative is combined with regional traditions that offer elements inspired by reality, favoring the belief in lies. Such a finding demonstrates that there is a persistence of totalitarian practices that, in the 1930s and 1940s, inspired the construction of “demons” and world conspiracies that certainly contributed to accelerating many of the genocidal plans articulated by Nazi Germany. . The “Hitler demons” survive in multiple facets, determined by representations that keep them on the agenda.
When considering the political myth as one of those responsible for the radicalization of racist thought in several countries of the world, it is convenient to analyze the process of building that discourse that instigates hatred towards Jews and towards Israel.
Considering that the myth supports historical anti-Semitism, I stress that his narrative is always accusing, impregnated with stigmata. With each version of the lie, the process of myth construction is reinforced over time by a set of other narratives, whose dynamics encompass the myth of the heretic, of the wandering Jew, of the pure “race”, of the “barbarian” people , false and hypocritical », of the invading people, for invoking only a few examples. Among the most common myths that reinforce the anti-Semitic versions are: Jews “dominate the world economy,” “act as a secret society,” “killed Jesus Christ,” “there are no poor Jews,” “control the media,” “are Racists »,« believe themselves superior »,« are greedy »…

The concept of emissary goat, however, is older than we imagine. It has its roots in the Jewish tradition itself, in the so-called Day of Atonement, cited in the biblical book of Leviticus 16: 5-28. In that event, the Hebrews organized a series of rituals to purify their nation using two goats that, by lot, would have different destinations. One of them would be sacrificed next to a bull and his blood would be used to mark the walls of the temple; the other – protected from ritual death – was charged with carrying the sins of the people of Israel, which were symbolically passed to the animal’s head through the hands of the high priest. Immediately, the emissary goat or scapegoat was abandoned in the desert, and he would take “all their iniquities to uninhabited land; and man will let the goat go through the desert ”(Lv 16: 21-22).

The danger of myths against ethnic minorities (Jews, gypsies, blacks, indigenous people, etc.) is that they, by the dynamics of images that are chained together, prepare minds to authorize genocide or any other type of physical violence or symbolic Instigate “witch hunt” movements, transforming arguments into mobilizing forces. Many times, a fragment of reality is enough to trigger hatred, incite persecutions, prisons, torture, deportations and massacres. The emotional burden becomes so strong that part of the population believes in lies, as happened during the Iberian inquisitorial era (Spain: 1478-1834; Portugal: 1536-1821) and the Nazi era (1935-1945).

In the 21st century, we must evaluate the persistence and revitalization of political myths under the prism of new technologies and their impact on the construction of knowledge about Jews. Making a historical retrospective, we realize that the myths, due to their dynamics and capacity for renewal, went from the medieval oral tradition to the modern mass media. Today, modernized, they circulate faster through computers, computer programs, interactive games, iPhones and the Internet. They incite hatred through global lies, without borders or identity, transmitted by neo-Nazi and anti-Semitic blogs. Favored by the right to freedom of expression and the ease of anonymity granted by the internet.

Myth 1. The Jews killed Christ.
In essence, the myth that “the Jews killed Christ” has its roots in the interpretations of the Gospels by Christian scholars, who would instigate hatred and violence through their preaching. Over the centuries, this lie circulated in Catholic catechisms, in sermons, in inquisitorial manuals, in a rich iconography, in encyclopedias entries, in dramaturgy texts, journalistic chronicles, string literature, cartoons “useful” policies and knowledge disseminated by illustrated magazines and almanacs. Countless manuals (lay, pastoral and clergy), Catholic and Protestant newspapers contributed to affirm the concept of deicidal crime (killer of God and, in particular, of Jesus Christ), presented here as a long-lasting myth. It has its roots in the Judeo-Christian controversies that, from the first to the fourth century, favored the separation between Christianity and Judaism, being constantly revitalized by new mental and visual images.
The accusation that the Jews killed Christ took root more and more in Christianity and its origins are in the Judeo-Christian controversies that favored, between the first and fourth centuries, the spread of such slander. This defamation process culminated in the demonization of the Jews who were animalized to strengthen Christianity (presented as a symbol of Good) in opposition to Judaism (symbol of Evil). In the context, the violence undertaken against the Jews during the bubonic plague or black plague is explained as it became known, which rushed to several European countries, including France, where pogroms occurred in 1348. On that occasion, Pope Clement VI promulgated two papal bulls, emphasizing that the Jews were not to blame for the plague, but without success. Under the leadership of the Earl of Savoy, dozens of Jews were imprisoned and tortured in regions around Lake Geneva, accused of poisoning Christianity.

Myth 2. The Jews are a secret entity.
From the fifteenth century, mainly, the term Marrano (meaning pig, pig, according to the old Spanish vocabulary) was applied to define the Jews and Moors converted to Christianity. Pejoratively, the word was associated with the idea of falsehood, unworthy of trust, conspirators and infected race. According to the Raphael Bluteau dictionary published in 1713, “Infect de sangue chamamos a quem descends from Pays mouros ou de Judeos. Because I have hurt as sangue infection ». This definition refers to another entry that explains the meaning of being “clean of blood”, as opposed to “infect”: “diz se hü christão-velho, sem casta de mouro, nem judeo. Pure sanguine genitus ». The concepts of purity and impurity of blood persisted throughout the eighteenth and nineteenth centuries, also encompassing blacks, mulattos and gypsies. In the twentieth century, in Nazi Germany, the expression “clean of blood” was retaken to qualify those who were of Aryan blood, thus proving “race purity.”
As a reference date for the birth of antimasonism in 1698, when a leaflet printed in leaflet format (11 × 16 cm) circulated in London that alerted Christians against “this diabolical sect,” for its secrecy and connection with the Antichrist. In Scotland, a letter dated 1690-1691 circulated in which Pastor Robert Kirk associated the word Mason with a rabbinic tradition, while in Spain, the first reference to the founders of Masonry with accusing tone came from the inquisitor of Valladolid Andrés Ignacio Orbe, who, in 1745, wrote that “the founders mistrust had some Judaism.” But, according to Dominguez Arribas, it was in the letter sent by Piedmontese captain Jean-Baptiste Simonini to Abbot Barruel in 1806 where the Judeo-Masonic myth would emerge as an alert. Simonini criticizes Barruel for not mentioning in his Memoirs the responsibility of the “Jewish sect” in the set of “infernal sects that are opening the way to Antichrist.”

Myth 3. The Jews control the world economy.
The direct relationship of the Jews with modern capitalism has generated an accumulation of accusations on the part of those who, out of envy or because they feel “plastered” by the norms of their religions, do not accept the conquests of this group in the business field. For some, living as a merchant or as a banker means living “at the expense of another,” seduced by easy profit, leisure and profit. But, in truth, the feeling of gain and ambition in man is not an exclusive fatality of the Jews or of capitalism.
To understand the dynamics of the myth that “Jews dominate the world economy,” and its extension throughout the twentieth and twenty-first centuries, we must retake the history of The Protocols that, as a product of various political myths, became one of the propellants of modern anti-Semitism and genocide. Its content refers us to another related myth: that the Jews form an international secret society, that control the media and politics, finance wars, arms trafficking, etc. This work, considered one of the greatest deceptions of contemporary history, is the perfect example of the principle that, when a lie is repeated countless times, no matter how ridiculous, it begins to be accepted as true.
The parent text that gave rise to The Protocols was inspired by the work written by Sergey Nilus at the end of the 19th century, who, in turn, had taken as a basis a satire published in Brussels (1864), authored by Maurice Joly, against Napoleon III, emperor of France.

Myth 4. There are no poor Jews.
Currently, the largest number of Jews is concentrated in Israel (5,443,842), followed by the United States (5,165,019), France (490,000), Canada (374,000), United Kingdom (295,000), Russia (221,000), Argentina (120,000) and Brazil (107,329), in addition to other countries88. Among them, there are thousands of poor Jews and below the poverty line, whose numbers are ignored or totally unknown by the general population of any country where there are Jewish communities. Such inequalities persist as a result of economic crises, corruption and the absence of public policies aimed at the welfare of the citizen.
Starting from real situations: in the State of Israel, in February 2007 for example, there were 1,674,800 poor Jews, among whom 774,000 were children, according to the National Security report released by the Minister of Social Security. A year later, there was a drop in the level of poverty to 1,630,40090.
Today, part of the Jewish population of Latin America, mainly, lives in difficult situations and faces poverty, having to feed poorly despite the actions of solidarity practiced by their communities. A large number of emerging poor Jews are unemployed youth and bankrupt ex-traders who join the retired, elderly and sick, who have no way to stay. They ask for help from synagogues and charities that, by tradition, welcome them. Because the responsibility for the maintenance and education of the poor and the orphans consists in the Talmud, among the three basic principles of life, in addition to charity and the practice of good deeds.

Myth 5. Jews are greedy.
Both the discourse of the Catholic Church and the political theories of the Renaissance have served to build the myth that “all Jews are greedy and bad.” It is these sources that would feed the literature of the Elizabethan era produced, in this case, by Christopher Marlowe, William Shakespeare and Charles Dickens, among others. Christopher Marlowe (1564-1593) created the character Barabbas in his work The Jew of Malta, produced between 1589 and 1590, and strictly following the methods proposed by Machiavelli: “the means used to achieve the goals do not matter.” In it Barabbas, a rich Jewish merchant, is presented as a pervert, interested, cold and without affection, whose profile was built from versions transmitted by the Catholic clergy, state authorities and the people. According to Silvio Ruiz Paradiso, a student of this literary production, Barabbas stands out as a diabolical, corrupt, Machiavellian and perverse being, “who at the same time dedicates his life to the accumulation of gold, theft, practices of fornication, etc.” .
Through the speech of some of the characters created by Marlowe it is possible to reveal how he lives and who Barabbas is.

Myth 6. The Jews have no homeland.
The expression that the Jews “have no country” or that “they are eternal walkers” does not only refer to the past: it has been, over the centuries, repeated and updated according to the interests of different social groups and politicians, and has served to justify one or the other ideology. The figure of the wandering Jew was rehabilitated under new masks, because the archetype favors the promotion of intolerant speeches that, adapted to the reality through which they circulate, feed hatred and violence not only against Jews, but also against Africans. Considering that our minds are true recipients of mental projections, such images — by maintaining close likelihood with reality — adapt, contributing to perpetuate the lie.
Between the nineteenth and twentieth centuries – when the myth was transformed under the influence of modern anti-Semitism – the polymorphic figure of the wandering Jew found political and cultural resonances, serving to explain the constant displacements and persecutions of the Jews, who were identified as the « Diaspora people ».
In the twentieth century, the image of the wandering Jew reappeared in the figure of the “stateless passenger”, expelled and dehumanized by German National Socialism. He no longer has the countenance of that medieval Christian figure, but it is still an uprooted symbol and the figure of the Other. This new appearance will also serve the anti-Zionists who, by repetition, argue that the Jews have no right to return to their home territory (formerly Palestine) or to have a homeland. Affirmations such as these have served to cast doubt on the legitimacy of the State of Israel, demonstrating that simplistic assessments cloud the interpretation of the facts with Manichaean values.
Going back to the thirteenth century, we will identify one of the first versions of the legend of the wandering Jew who, according to oral tradition, had been told by an archbishop of Greater Armenia on the occasion of his visit to the monastery of Saint-Alban. He said that he had lunch with Joseph (or Cartáfilo), the doorman of the praetorium, who, for hitting Jesus, had been condemned to await the return of the Lord. Every hundred years, Joseph fell into a lethargy, recovering the physical appearance of a 30-year-old boy, his age at the time of the martyrdom of Christ on the way to Calvary.
The legend was, through repetition, metamorphosing until, in 1233, a chronicler from Bologna wrote that Emperor Frederick II heard from a pilgrim that in Armenia there was a Jew condemned by Our Lord Jesus Christ to be an eternal walker. In 1228, Roger de Wendover, an English historian, claimed that Joseph had confessed that he served Pontius Pilate, a reaffirmed version in the Chronique Rimée, by Philippe Mousket, bishop of Tournai, around 1243.

Myth 7. The Jews are racist.
To understand this accusation, we must first understand what racism is and, especially, what is anti-Semitism. As an ideology, racism is driven by individuals or groups and serves as an excuse for political domination and economic exploitation. Going back to the past we see that, since ancient times, men have used the existence of physical differences, political disagreements and economic interests to justify their struggles for power.
Accusing Jews of racists is, above all, a form of sneaky anti-Semitism that helps erase the memory of genocidal acts and intolerance that have been practiced against these people for centuries. However, those who use such an accusation try not to distinguish Jews / Israelis from Israelis / citizens. That is, they have no interest in making such a distinction, since it is in generalization that myth joins forces. Calling racist, Nazi Jews or using the word “holocaust” to name the conflict between Israel and Palestine is trying to banal the Holocaust.
The accusation that the Jews are racist gained adherents and distorted versions with the approval of Resolution 3379 of the United Nations General Assembly which, on November 10, 1975, considered that “Zionism is a form of racism and racial discrimination ».

Myth 8. Jews are parasites.
For convenience and ignorance, the origins of that narrative are ignored which, when repeated over the centuries, has become common language; an attribute of something that seems intuitively true. As we have analyzed previously, there are signs of an appearance or probability of truth in the ambiguous relationship established between image and idea. The fact that there are Jewish tax collectors, usurers, merchants or bankers does not give others the right to accuse them of “bloodsuckers,” “parasites” or “exploiters of others.”
Since ancient times, as a result of the persecutions and violence of which they were targeted, the Jews sought protection from the sovereigns who “charged” for those favors, guaranteeing them security and a life.
By imposition of the laws and principles of Catholicism, the Jews could not own land, being prohibited the practice of agriculture that was allowed to Christians. These, however, could not engage in commerce or practice usury. As a consequence, it was up to the Jews to fulfill the roles related to the collection of taxes, the practice of commerce and some liberal professions, which provided them with wealth and a privileged economic status. Since Judaism did not consider the practice of usury a sin, many Jews grew rich by collecting taxes and borrowing money with interest. But in turn, the practice of usury earned them the accusation that they “lived on the exploitation of others,” earning at the expense of the work of the Other. The anti-Semites used that situation to stigmatize this practice assuming it was evil for Catholic society.
From 1933, the concept of permissiveness of the Jewish people gained space in the discourse of national-socialists in Germany, who, through sophisticated propaganda strategies articulated by the Ministry of Propaganda led by Goebbels, would reinforce the image that Jews They live as “parasites.” Such accusation was linked to the idea that they formed true cancers in the nations where they settled, being directly associated with the image that the Jews, figuratively, corrupted, corroded and slowly and blindly consumed the nation. With a vocabulary extracted from medical discourse, Jews were identified as “sick beings,” a metaphorical composition that is secular. Recall – taking back the myths analyzed here – that at different times of the Middle Ages and the Modern Age the image of the Jews was compared to the proliferation of diseases, including black plague and leprosy.

Myth 9. The Jews control the media.
Since its appearance in Tsarist Russia, The Protocols disseminated the idea of a secret plot articulated by the international Jewish community to destroy Christianity and establish the Mosaic-Talmudic faith as a universal religion, which would guarantee them seizing power in the Western world. . One of the first explanations made public through the monarchical magazine Moskvu (No. 1) on September 23, 1919 was that the Bolshevik Revolution “had been sponsored by many millions of dollars of the American banker Schiff on behalf of the New York group of Kuhn, Loeb & amp; Co.”. Such information would have been verified, according to the historian Norman Cohn, through a [false] document produced by the American secret service that quoted Jacob Schiff for having suggested that the United States welcome Russian Jews fleeing the pogroms of 1905162.
Beginning in 1919, the countless editions of The Protocols began to include accusations that the secret plot, in addition to being Jewish, was also communist.
Insisting on the control of the press as a way to dominate the spirits (read consciences), The Protocols left us with a negative legacy: they contributed (and still contribute) to incite hatred and make people believe that Jews dominate the media. Old editions continue to circulate in “PDF” format on the Internet or are sold in used book stores. In several enemy countries of Israel, new editions of The Protocols continue to be published, acting as one of the poisons of contemporary anti-Semitism. The pernicious influence of this myth that creates traps and interferes with the minds of the less informed can hardly be measured.
On the internet we can access the texts published by Radio Islam and videos available on platforms such as Dailymotion or YouTube, which insist that international media are dominated by Jews.
The update of the myth that Jews dominate the media can be found in the cartoon we show published by the German newspaper Süddeutsche Zeitung in Munich, on February 21, 2014, and replicated in the Jüdische Allgemeine – the largest Jewish newspaper in Germany – and in the Presse of the Austrian press. The image represents Mark Zuckerberg as an octopus, whose tentacles control the social networks marked with the letter F (from Facebook) and the icon of a phone (read WhatsApp). We are facing the animalization of the myth that, once again, stigmatizes the image of the Jew, demonized by his power and fortune, although we ourselves enjoy his inventions. At this moment, the force of myth obscures reality.

Myth 10. The Jews manipulate the United States.
On the eve of the United States War of Independence, Jews still could not work in public institutions or vote. Only after independence, in 1776, did the American Jews have their civil and religious freedom ensured by the Declaration of Independence, which reinforced the ideas of freedom and justice by stating that “all men are created equal.”
The reality of that relationship, however, exceeds the fact that the United States defends Israel, the Jews or Judaism. By tradition – and I do not consider here a question to be evaluated under the prism of imperialism or colonialism -, the United States always defended universal values such as religious freedom, in addition to publicly criticizing the recent escalation of attacks on minorities, including Islamic minorities , like the Shiites and Ahmadis in Indonesia and the Baha’is in Iran. The United States always defended the “freedom to profess and practice the faith – to believe, not to believe or to change beliefs – as the innate right of every human being, a position assumed in its annual reports on religious freedom”.
We can consider that the myth that “Jews manipulate the United States” is based on three basic accusations:

1) Jews hold immense power and unparalleled influence in the United States;
2) the “Jewish lobby” is a decisive factor in the United States’ support for Israel;
3) Judeo-Zionist interests are not identical to American interests and are in constant conflict.

Not even the fateful September 11, 2001 escaped the anti-Semitic discourse, disguised as anti-Americanism. After the terrorist attack on the World Trade Center (New York) and the Pentagon (Washington), several intellectuals, journalists and university students (including Brazilians) celebrated the terror with a good dose of anti-Semitism. In trying to reveal the vulnerability of American imperialism and accuse Israel of “terrorism” and “genocide,” those citizens broke one of the snake’s eggs. The aesthetic impact of the towers drilled by airplanes exceeded the concept of terrorist act. Among the rumors circulating about what happened I came to hear, from a group of university students, that the Jews and Israel were involved in that act, since that September 11 «several members of the Jewish community had not gone to work at the World Trade Center », which would explain the small number of Jews who died in the attack.
Accusations such as these serve to further demonize the United States, Israel and the Jews, using images that show the suffering of the Palestinian people, mainly through photographs, often manipulated and decontextualized.
Currently, more than five million Jews live in the United States, concentrating much in New York, which has the second largest synagogue in the world. Therefore, the connection of the Jews with the United States was born many centuries ago.

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