Tiempo Y Poder. Visiones De La Historia Desde La Guerra De Los Treinta Años Hasta El Tercer Reich — Christopher Clark / Time and Power. Visions of History in German Politics, from the Thirty Years’ War to the Third Reich by Christopher Clark

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Un magnífico libro de nuevo, desde finales del siglo XIII hasta 1947, en este período relativamente corto de la historia alemana y europea, Brandeburgo, que se convirtió en el reino de Prusia, y finalmente se disolvió, como entidad política, en el DDR que pronto nacería, evolucionó de un pobre, territorio marginal, construido sobre arena y sin acceso al mar, en una de las casas de máquinas de Europa y el núcleo del nuevo Reich alemán (1871). Christopher Clarke, Iron Kingdom – The Rise and Downfall of Prussia 1600-1947, Sonámbulos- Cómo Europa fue a la guerra en 1914, fue por cierto, desde el punto de vista de un historiador de habla alemana en la tradición de Cambridge, para describir La trayectoria prusiana a través de un análisis original, a veces provocativo, de la percepción del tiempo de sus líderes: el Gran Elector Fredrick William, Federico II y Otto von Bismarck. Un cuarto y último ensayo en Tiempo y poder: visiones de la historia en la política alemana, desde la Guerra de los Treinta Años hasta el Tercer Reich, intenta analizar el desastre catastrófico del período NS a través de su historicidad.

En diciembre de 1640, cuando Frederick William accedió al trono, Brandeburgo todavía estaba bajo ocupación extranjera. Se acordó una tregua de dos años con los suecos en julio de 1641, pero el saqueo, la quema y el mal comportamiento general continuaron. En una carta de la primavera de 1641, el virrey del elector, Margrave Ernest, quien tenía la responsabilidad de administrar la marca arruinada, ofreció una sinopsis sombría:
«El país se encuentra en un estado tan miserable y en una condición empobrecida que las simples palabras apenas pueden transmitir la simpatía que uno siente con los habitantes inocentes. En general, creemos que el carro se ha hundido tan profundamente, como dicen, que no se puede sacar sin la ayuda especial del Todopoderoso «.

Durante treinta años, desde 1618 hasta las complicadas negociaciones que condujeron a la Paz de Westfalia en 1648, las tierras alemanas desde el Rin hasta las Marcas orientales que bordean el reino polaco, habían sido el patio de los diversos ejércitos de las monarquías entonces establecidas: Austria, Suecia, España, Francia, Dinamarca y Polonia. La guerra religiosa generalizada, una consecuencia de las Reformas y el caos que siguió en el antiguo orden feudal, fue la oportunidad para los numerosos ejércitos mercenarios y bandas de bandidos, para saquear, violar, masacrar a los campesinos y esos desafortunados habitantes de pueblos y ciudades. podría conquistar Del crisol de la guerra de treinta años surgiría un nuevo orden, y la Europa moderna tomaría forma. Los horrores de la guerra solo retrocederían en la psique alemana después de los desastres del siglo XX.
Frederick William, profundamente influenciado por la cultura y el espíritu calvinista de la República Holandesa, se casó en 1646 con Louise Henriette, hija del Stadholder Frederick Henry de Orange, con el objetivo de reconstruir el país, su administración, su ejército. Su perspectiva temporal, la historicidad que diría Clarke, fue una lucha continua para sacar al país de las limitaciones y obstáculos de la edad oscura que, a su juicio, habían llevado a la ruina del país. En esto se le opuso la nobleza terrateniente local, su clase, los Estados. Una vez que terminó la guerra, los Estados querían simplemente restaurar sus privilegios, y el viejo sistema por el cual gobernaban la tierra en su beneficio, y el Elector volvió a la función de su representante en gran medida impotente ante la Dieta en Viena. Este conflicto reflejó un profundo antagonismo de historicidad: uno, los Estados, fundados en el pasado, vistos como la fuente de la ley y el orden natural, y el otro, el Elector, ciertamente no «revolucionario» en el sentido posterior, después de todo El Elector era uno de los propietarios de tierras más grandes, pero transformador y buscaba soluciones para la situación actual en el futuro.

«Los estados habitaban un mundo mental de soberanías mixtas y superpuestas. Los estados de Kleve mantenían un representante diplomático en La Haya y miraban a la República Holandesa, la Dieta imperial (la asamblea del Sacro Imperio Romano), y en ocasiones incluso a Viena para el apoyo contra las intervenciones ilícitas de Berlín. Pretendían establecer su propio sistema de impuestos y formar una «unión hereditaria» corporativa con los territorios cercanos de Mark, Jülich y Berg y consultar frecuentemente con los Estados de estas tierras sobre la mejor manera de responder (y resistir) demandas de Berlín. Los estados de Ducal Prusia, por su parte, todavía eran súbditos de la corona polaca; veían a la vecina Polonia como garante de sus antiguos privilegios. Como un funcionario electoral de alto rango comentó con irritación, los líderes de los estados prusianos eran «verdaderos vecinos de los polacos» e «indiferentes a la defensa de su propio país».

A través de una mezcla de negociaciones prolongadas, mediación y la convergencia de intereses, Frederick William, a través de su reinado de 46 años, finalmente logró establecer su autoridad y la de su gobierno.
Cuando en 1740, su bisnieto, Fredrick II de Prusia, saca a sus ejércitos de Brandenburgo para conquistar Silesia del Habsburgo, su visión es completamente diferente. El historiador King es un monarca profundamente tradicional, aunque ilustrado, un aristócrata entre los aristócratas que envía a sus hijos a sus ejércitos. Prusia es un reino, respetado por sus vecinos, las fronteras de las Marcas no están amenazadas por nadie. Su padre, el Rey Soldado, ha dejado a su hijo como uno de los mejores, posiblemente el mejor ejército entrenado en Europa. Fredrick está convencido de que el presente es el mejor resultado de la historia, un estado estable de que sus conquistas no están destinadas a alterar, sino a refinar. Los pilares de la sociedad de Frederickan son el propio Rey, su ejército y la nobleza local, en perfecta armonía.

«El reinado de Federico fue rico en eventos grandes y peligrosos. La Guerra de los Siete Años llevó a Prusia al borde del colapso y bien pudo haber resultado en la partición y destrucción del estado heredado del Gran Elector. La Primera Partición de Polonia, aunque peligroso a corto plazo desde la perspectiva de Berlín, fue un evento trascendental cuyas consecuencias repercutirían en el siglo XX. Sin embargo, la vibración estremecedora y temerosa de los grandes eventos está extrañamente ausente del razonamiento de Frederick sobre el pasado, el presente y el futuro. La contingencia estaba abarrotada de voluntad; las decisiones fueron una función de ‘sistemas’ resistentes a choques e interrupciones a corto plazo «.
La era napoleónica traería el fin del Sacro Imperio Romano, y a Prusia, en rápida sucesión, derrotas y triunfos, a través de la Guerra de Liberación y su alianza con Rusia contra los franceses. Después de las revoluciones de 1848-49, nada permanece igual sino, a los ojos de Otto von Bismarck, la primacía del estado monárquico. Bismarck, el «barquero en el río del tiempo», acepta que los relojes no pueden ser devueltos y sabe que él mismo se ha beneficiado de las turbulencias políticas y sociales generadas por las revoluciones: sin ellos, un basurero relativamente bajo como él no podría han accedido a los niveles más altos del gobierno de la monarquía. Su papel es servir, preservar, si es necesario por la fuerza de las armas, la integridad del estado monárquico, el Machtstaat. Su logro es la unificación del Reich, que culminó con la coronación del Rey de Prusia, ahora Kaiser, en Versalles, una vez la sede de la corte del Rey Sol y del Antiguo Régimen francés.
Después de la caída de Bismarck y el advenimiento del nuevo Kaiser, el tiempo parece contraerse. 1918 es la línea divisoria, ya que la derrota militar, la revolución fallida y la descomposición de la sociedad, destruyen la Monarquía. A partir de los horrores de la guerra y el colapso de la estadidad se desarrolla un hiato, agravado por la ruina de la economía y la ineptitud criminal del Tratado de Versalles. En sus intersticios la ideología NS se arraigaría. Nunca consistente o claramente formulado, es una negación de la historicidad del estado alemán y de la historia misma. Las generaciones futuras admirarían, con asombro, las ruinas de los colosales edificios del Tercer Reich, en mil años. Ya no hay un horizonte de tiempo, una evolución: solo la victoria total a través de la guerra absoluta y la aniquilación de sus enemigos, o la autodestrucción cataclísmica, el estado NS es ajeno a las visiones históricas del estado alemán, de Bismarck, Fredrick el Grande o El gran elector. De hecho, Hitler odiaba Berlín, la capital resistente que se apoderó de los comunistas después de años de feroces peleas callejeras, asesinatos y víctimas de tortura no registradas en el KZ. La ciudad será destruida, es Némesis el antiguo aliado de Prusia.

Tiempo y Poder es una poderosa reflexión sobre la historia, el liderazgo, el tiempo y el destino. Mientras que los primeros tres ensayos están en la tradición de el reino de hierro, y basados en la incomparable investigación de Clarke sobre la historia de Prusia, el cuarto ensayo, Tiempo de los Nazis, rico en nuevos materiales y análisis originales, podría leerse como el modelo para un proyecto mucho más grande estudiar.
En Estados Unidos, en Polonia, en Hungría, y en otros países que están experimentando un renacer populista, se están falsificando nuevos pasados para dejar a un lado los viejos futuros. Al celebrar el éxito de Donald Trump, la líder del Frente Nacional francés, Marine Le Pen, observaba que en Estados Unidos «el pueblo está recuperando su futuro»; y predecía que muy pronto los franceses harían lo mismo.Reflexionar sobre cómo los que ejercían y moldeaban el poder político temporalizaron sus políticas en una pequeña parcela del pasado no contribuirá demasiado a contrarrestar el atractivo de que gozan hoy en día las manipulaciones de ese tipo, pero por lo menos puede ayudarnos a interpretarlas con mayor atención.

No es del todo seguro que el Elector desarrollara alguna vez una visión coherente de la «historia» en el sentido de un punto de vista filosófico sobre su significado o su naturaleza. Federico Guillermo era un hombre orientado a las cuestiones de poder y de seguridad, no muy dado a las reflexiones especulativas ni al análisis de las cuestiones de principios. Y la «historia», en su sentido actual, un sustantivo abstracto, colectivo singular que denota un proceso de transformación constituido por muchas capas y que lo engloba todo, aún no existía. La palabra todavía no había experimentado ese proceso de expansión y «temporalización» que acabaría consolidándola como uno de los conceptos generadores de la modernidad. No obstante, el Elector y su régimen sí poseían, algo más intuitivo, una forma de historicidad sumamente peculiar y dinámica, arraigada en la sensación de que el Estado monárquico ocupaba un lugar vulnerable en el umbral entre un pasado catastrófico y un futuro preñado de amenazas. El repudio de los privilegios tradicionales, que se convirtió en un rasgo destacado del reinado del Elector, encontró su expresión en el elevado ceremonial que rodeó la coronación del primer rey de Prusia en 1701.
La entidad política a cuyo trono ascendió Federico Guillermo en 1640 no era un Estado unitario. Era una «monarquía compuesta», formada por territorios adquiridos por distintos medios, sometidos a diferentes jurisdicciones, y gobernados en virtud de distintos títulos. El núcleo era el Electorado de Brandemburgo, adquirido por la Casa de Hohenzollern en 1417 por 400.000 gulden de oro al Reino de Hungría. A través de alianzas conyugales estratégicas, las sucesivas generaciones de electores Hohenzollern fueron adquiriendo derechos territoriales sobre numerosos territorios no contiguos al este y al oeste: el Ducado de Prusia a orillas del Báltico y el Ducado de Jülich-Cléveris, un conjunto de territorios renanos que incluían Jülich, Cléveris, Berg, y los condados de Mark y Ravensburg. Gracias a una relación de parentesco que se remontaba a 1530, los Hohenzollern también reivindicaron el derecho de sucesión de Pomerania, un territorio de gran importancia estratégica situado entre Brandemburgo y el mar Báltico.
Las turbulencias y la destrucción de la guerra de los Treinta Años (1618-1648) ejercieron una gran presión sobre aquellos compromisos, cuyo equilibrio era delicado. En Brandemburgo, los Estados siguieron mostrándose profundamente escépticos frente a los gastos militares y las alianzas extranjeras de cualquier tipo.
El Ducado de Prusia quedó fuera de las zonas de conflicto más intenso durante la guerra de los Treinta Años, y por consiguiente logró evitar la destrucción que azotó Brandemburgo. Allí, tradicionalmente, los Estados eran los que llevaban la batuta, pues se reunían periódicamente en sesión plenaria y mantenían un estricto control sobre el Gobierno central y local, sobre la milicia y las finanzas de los territorios. El tradicional derecho de apelación de Prusia a la Corona de Polonia, que seguía siendo oficialmente soberana en el territorio, significaba que no resultaba fácil presionar a los nobles para que cooperaran.
Los Estados de Cléveris, al igual que los de los demás territorios del Elector, se resistieron obstinadamente, e insistieron en sus derechos y privilegios hereditarios. En 1649, también los Estados de Brandemburgo se negaron a aprobar los fondos para una campaña contra los suecos en Pomerania, a pesar de la seria advertencia del Elector, que les recordaba que todos sus territorios ya eran «miembros de una sola cabeza» (membra unius capitis) y que por consiguiente era preciso ayudar a Pomerania como si fuera «parte del Electorado». En Cléveris, donde el acaudalado patriciado urbano seguía considerando al Elector como un intruso extranjero, los Estados reactivaron la tradicional «unión hereditaria» con Mark, Jülich y Berg; los portavoces más destacados incluso trazaban paralelismos con los disturbios que se estaban produciendo en Inglaterra, lo que implicaba la amenaza de tratar al Elector igual que el partido parlamentario estaba tratando al rey Carlos I.

¿Quién tenía autoridad para determinar cuándo dejaba de existir una situación de amenaza? El Elector fue monopolizando cada vez más esa potestad. Y esperaba que sus súbditos aceptaran sus explicaciones sobre la base de la confianza. En 1659, cuando los Estados de Cléveris se quejaron una vez más de las cargas que soportaban debido a la campaña que llevaba adelante el Elector contra los suecos por el control de Pomerania, el príncipe respondió que no había nada que deseara más que abolir esos gravámenes. «Pero confiamos gentilmente en que ustedes tendrán sensatamente en cuenta las actuales circunstancias (gegenwärtigen Conjuncturen) y de esa forma alcancen a ver lo imposible que nos ha resultado hasta el momento ocuparnos del mantenimiento de nuestra institución militar (Militäretats) y adoptar las medidas adecuadas para la seguridad de nuestros territorios. [De modo que esperamos que ustedes seguirán ayudándonos] para que podamos seguir defendiendo nuestra justa causa y llevar a nuestro Estado a la seguridad y la paz por el procedimiento de culminar de forma decisiva las operaciones militares ya iniciadas».
La publicidad que rodeó la coronación prusiana de 1701 hacía hincapié justamente en lo novedoso de la fundación real. Por supuesto, durante el verano de 1700 se habló mucho del «descubrimiento» en las obras de Abraham Ortelius, el geógrafo del siglo XVI, de que Prusia (es decir, el principado de Prusia a orillas del Báltico) antiguamente había sido un «reino», pero parece que nadie se lo tomó en serio. Incluso la efusiva crónica de la coronación que escribió Johann von Besser afirmaba únicamente que se trataba de «una convicción que mantienen algunos». En vez de sumir al nuevo rey en una continuidad imaginaria, los publicistas le ensalzaban como un monarca hecho a sí mismo. No se hablaba de la sangre ni de los antiguos títulos. Lo extraordinario del nuevo rey, observaba Besser en un prefacio dedicado a Federico I, era que «Vuestra majestad llegó a Su trono enteramente por Su propia mano y en Su propia Tierra». Era motivo de orgullo que el monarca de Prusia no hubiera conseguido su trono «ni por herencia, ni por sucesión, ni por elevación, sino más bien de una forma totalmente nueva, a través de su propia virtud y consolidación».
El mensaje estaba claro: lo que definía la legitimidad del Estado de Brandemburgo-Prusia era la fuerza, no la tradición, ni la herencia, ni la continuidad con el pasado. Ese era el meollo del ritual de la coronación, y había sido el pensamiento animador que estaba detrás del De rebus gestis de Pufendorf. La coronación tuvo lugar siete años después de la muerte de Pufendorf, pero al historiador le habría alegrado su desnuda artificialidad.

Vale la pena recordar cuatro importantes diferencias entre su reinado (Federico II) y el de su bisabuelo, el Gran Elector. En primer lugar, mientras que el Gran Elector fue un constructor de instituciones que gobernaba rodeado por sus consejeros, habitando un lugar en el centro de una estructura ejecutiva que él mismo fue armando poco a poco, Federico asumió un cargo que ya estaba un tanto distanciado de las estructuras formales del Estado. Había una corte real en Berlín, pero durante casi toda la última parte de su reinado, Federico nunca asistió a ella. A diferencia de su antepasado, él tenía escaso contacto con el trabajo cotidiano de los ministerios, y poco contacto con sus ministros, cuyo papel era usurpado por los propios secretarios del rey. Federico escuchaba a los altos funcionarios y a los amigos en los que confiaba, y les pedía consejo sobre muchas cuestiones, pero el tipo de brainstorming (puesta en común) colectivo sobre las opciones políticas que tenía lugar alrededor del Gran Elector en su Consejo Privado era desconocido en tiempos de Federico. El edificio con el que quedó asociado de forma más duradera no era el palacio urbano de Berlín, ni el inmenso Neues Palais, a las afueras de Potsdam tras su regreso de la guerra de los Siete Años, sino el pequeño palacio de verano de Sanssouci, que a duras penas podía alojar invitados, y mucho menos sustentar el quehacer cotidiano de un rey gobernando desde el corazón de su administración. A diferencia del Gran Elector, que había hablado por encima de todo de su «soberanía», Federico a menudo aludía al «Estado», invocándolo como una abstracción trascendente, pero en realidad durante su reinado se asistió a una marcada personalización del poder. Y ese autodistanciamento retórico de las estructuras del Estado dejó su huella, como veremos, en la textura temporal de su reinado.
En segundo lugar, mientras que el Elector era un apasionado adepto de la fe reformada, Federico, que probablemente era un deísta volteriano, asumía un punto de vista escéptico y aconfesional. Aunque para él su escepticismo representaba un avance cultural respecto a la fe ciega y la superstición de muchos de sus contemporáneos más devotos, Federico carecía de esa sensación de pertenencia a una religión de vanguardia en peligro que había sido tan importante para su bisabuelo. En tercer lugar, la lucha con los Estados que tanto había obsesionado al Gran Elector, ya estaba obsoleta en tiempos de Federico.
Por último los escenearios geopolíticos eran totalmente diferentes. En 1640, cuando el Gran Elector llegó al trono, heredó una monarquía rota y paralizada por la guerra de los Treinta Años. Berlín estaba en ruinas y tan expuesta a la depredación de las tropas extranjeras que al principio al Elector le fue imposible establecer su residencia allí. El ejército era inexistente. El reino de Brandemburgo-Prusia que heredó Federico II cien años después era muy diferente. No tenía que hacer frente a ninguna amenaza geopolítica inminente y poseía un gran ejército que, aunque tan solo se había utilizado esporádicamente, era reconocido como uno de los mejores de Europa. Así pues, los dos reinados estaban animados por unas lógicas bastante distintas. El Brandemburgo del Elector era todavía, a pesar de todos los esfuerzos y logros de su soberano, un actor secundario en un mundo donde los grandes actores decidían los desenlaces importantes. Por el contrario, el reinado de Federico II comenzó con una de las iniciativas más inesperadas y sorprendentes de la historia de la diplomacia europea moderna –⁠la invasión por Prusia, sin provocación previa, de la provincia de Silesia, perteneciente al Imperio Austrohúngaro, en diciembre de 1740–. El rey libró tres «guerras de Silesia», en 1740-1742, en 1744-1745, y de nuevo en 1756-1763 para quedarse con aquella valiosa conquista.
De joven, el futuro Federico II se hacía llamar le roi philosophe, y desde entonces el término se ha convertido en una especie de logotipo de su reinado, que define un momento de la historia de Prusia y de Europa en que el poder y la filosofía establecieron una asociación excepcionalmente íntima. En realidad, Federico fue mucho más influyente como historiador de lo que nunca llegó a ser como filósofo. Sus tratados teóricos, aunque elegantemente redactados, no destacan por su sustancia intelectual y carecen de originalidad. Parecen más preocupados por adoptar poses que por resolver problemas reales.
En el reinado de Federico abundaron los acontecimientos grandes y peligrosos. La guerra de los Siete Años llevó a Prusia al borde del colapso, y habría podido tener perfectamente como consecuencia la partición y destrucción del Estado heredado del Gran Elector. La primera partición de Polonia, aunque menos peligrosa a corto plazo desde el punto de vista de Berlín, fue un acontecimiento trascendental cuyas consecuencias iban a seguir resonando hasta bien entrado el siglo XX. Sin embargo, la vibración estremecedora y aterradora de los grandes acontecimientos está extrañamente ausente de la forma de razonar de Federico sobre el pasado, el presente y el futuro. La voluntad sustituye a las contingencias; las decisiones estaban en función de unos «sistemas» resistentes a los shocks y las perturbaciones a corto plazo.
Solo podemos especular sobre los motivos de esa extraña placidez. Los buenos deseos y las poses indudablemente desempeñaron un papel.

La analogía del ajedrez resultaba natural en aquellos observadores de mediados del siglo XIX que intentaban definir las cualidades de Bismarck como político. «No olvide», le escribía el enviado británico sir Robert Morier a Odo Russell, futuro embajador británico ante el Imperio Alemán, en septiembre de 1870, «que Bismarck está formado por dos individuos, un colosal jugador de ajedrez que domina las combinaciones más osadas, y con el ojo más rápido para la combinación adecuada en el momento oportuno, y que está dispuesto a sacrificarlo todo, incluso su odio personal, al éxito de su juego; y un individuo con las antipatías más extrañas y aún más fuertes, dispuesto a sacrificarlo todo excepto sus combinaciones».
Bismarck, cuya madre, Wilhelmine Mencken, era, según decían, una extraordinaria jugadora de ajedrez, a menudo se aplicaba la analogía a sí mismo y a las situaciones que tenía que afrontar como estadista. En sus memorias hablaba de las «jugadas de ajedrez político» de la diplomacia rusa cuando Bismarck estuvo destinado en San Petersburgo. La Convención de Alvensleben de 1863, por la que Prusia y Rusia acordaban cooperar en la represión de la actividad insurreccional polaca, fue una «exitosa jugada de ajedrez», por la que Bismarck fue capaz de «decidir la partida [de ajedrez] que los antipolacos monárquicos y los elementos polonófilos y paneslavos del Gobierno ruso estaban jugando entre ellos en aquel momento». Otros pasajes distinguían entre las iniciativas «serias» y las «meras jugadas de ajedrez diplomático», utilizaban el término neutralmente para designar las iniciativas políticas interiores o exteriores de cualquier tipo, o lo usaban para describir las maniobras tácticas concebidas para ponerle a él o a un adversario en desventaja.
Estos ejemplos reflejaban los significados convencionales de la metáfora, pero también había otros pasajes donde Bismarck explotaba la analogía del ajedrez con más profundidad para poner de manifiesto la estructura interior de su razonamiento político.
Bismarck se apresuró a reconocer el nuevo orden político inaugurado por la revolución. Pero ¿qué quería decir eso exactamente? El legado de la revolución en Prusia era complejo. Por un lado, las reformas políticas promulgadas durante la agitación revolucionaria y después –⁠sobre todo, una Constitución y un Parlamento, elecciones nacionales y una prensa relativamente libre y crítica, por lo menos conforme a los estándares del régimen de censura anteriores a marzo⁠– crearon una nueva Prusia, donde la vida política se ampliaba para incluir un abanico de fuerzas sin precedentes. Por otro lado, la contrarrevolución del otoño y del invierno de 1848 interrumpió el proceso de democratización iniciado por las sublevaciones de la primavera anterior, y consolidó el poder del ejecutivo monárquico. A fin de comprender el efecto de 1848 en la historicidad de Bismarck, tenemos que fijarnos en los dos rasgos de la transformación ocurrida durante aquel año: la consolidación del poder del Estado y la apertura de la política a la interacción de los intereses en el Parlamento y en la sociedad.
En ningún otro momento Bismarck llegó a formular más elocuentemente su insistencia en el carácter de línea divisoria de la revolución de 1848 como en su disputa terminal con el káiser Guillermo II. Decidido a poner coto al poder de su canciller, el impetuoso nuevo monarca exigió a principios de 1890 que Bismarck le devolviera la orden ministerial de 1852, promulgada para Manteuffel, donde se concedía autoridad al ministro-presidente sobre sus compañeros del Consejo de Ministros. En su carta de dimisión, fechada –⁠curiosamente⁠– el 18 de marzo, el día en que estallaron las revoluciones de 1848 en Berlín, Bismarck respondía a la petición del rey con una sofisticada genealogía histórica de su propio cargo, basada en una explicación de «la génesis y relevancia» de la orden ministerial de 1852. Había sido propuesta, señalaba Bismarck, en la primera Dieta unificada de 1847 por el diputado liberal Mevissen. Se introdujo a todos los efectos durante la primavera de 1848, como medio de «garantizar ese grado de unidad y estabilidad» sin el que «la responsabilidad ministerial», tal y como dicta la «esencia de la vida constitucional, no puede ejercerse».
Rochau, el teórico de la Realpolitik, era un liberal con simpatías radicales para quien el Estado en última instancia estaba subordinado a las fuerzas de la sociedad. La constitución de un Estado, escribía Rochau, estaba «determinada por la relación entre las fuerzas, en parte latentes, y en parte activas, que hay en su seno». Todas las fuerzas sociales tenían derecho a un grado de reconocimiento oficial acorde con su tamaño, «y el poder del Estado en sí está formado exclusivamente por la suma de las fuerzas sociales que el Estado engloba dentro de sí». A Bismarck esta última afirmación le habría parecido abominable. Para el estadista prusiano, el Estado monárquico no era una manifestación, ni un juguete de las fuerzas políticas o sociales, sino la estructura duradera que hacía posible que dichas fuerzas se enfrentaran entre sí sin que todo el sistema se sumiera en el caos.
Bismarck podía tolerar el juego de las fuerzas políticas dentro del país siempre y cuando dispusiera de los medios para poner coto y canalizar los efectos de sus interacciones. De esos medios –⁠al margen de su propia superioridad intelectual, política y táctica, un asunto sobre el que él nunca abrigó serias dudas–, el más importante era su elevada posición dentro de la estructura del Estado monárquico prusiano, y específicamente su íntima relación con la persona del soberano.
Podrían decirse muchas cosas acerca del lugar de la monarquía en la imaginación de Bismarck.

A partir de 1867-1871, la nueva Constitución imperial fue una creación del propio Bismarck, más que un ordenamiento heredado de sus predecesores. Y sin embargo, en 1889-1890, durante la crisis terminal de su carrera, Bismarck volvió a contemplar una vez más la posibilidad de restablecer la independencia del ejecutivo (y en particular de su propio cargo) por el procedimiento de cerrar el Parlamento y alterar unilateralmente la ley electoral. En aquella ocasión, Bismarck se justificó invocando la teoría de que dado que la Constitución se basaba en un acuerdo entre los distintos dirigentes, más que en las acciones de los gobiernos del Estado, era perfectamente permisible revisarla únicamente con el acuerdo de los príncipes.
Se trataba de la teoría del «golpe de Estado legal». Nunca se aplicó en una ofensiva política contra la Constitución, pero pone de relieve las limitaciones de lo que en otras circunstancias podría parecer una benigna visión por parte de Bismarck del despliegue de la historia a través de la interacción de fuerzas. En momentos de crisis, Bismarck estaba dispuesto, al igual que el gran visir del poema de Horst Kohl, a volcar el tablero de ajedrez y arrojarle las piezas al adversario.
Bismarck nunca les concedió a los socialdemócratas un lugar legítimo en el escenario político. El espectacular aumento del apoyo a la socialdemocracia, a pesar de las drásticas medidas promulgadas contra el Partido y sus cuadros, llevaron a Bismarck a considerar la posibilidad de utilizar los poderes de emergencia previstos en el artículo 28 de la Constitución para declarar un estado de excepción permanente, durante el cual los socialdemócratas serían definitivamente extirpados del cuerpo político.
El aprecio de Bismarck por el trascendente papel político del Estado gozaba de una aceptación generalizada en la Alemania del siglo XIX. Al igual que la palabra «historia», la palabra «Estado» había experimentado una escalada discursiva sin precedentes. De hecho, las dos ideas existían en una relación de interdependencia mutua. Es un hecho familiar pero notable que el teórico del Estado moderno más importante de Alemania casualmente también formuló la teoría de la historia más influyente de la Alemania decimonónica. Más que ningún otro, el filósofo Georg Wilhelm Friedrich Hegel contribuyó a consolidar el Estado moderno como un objeto privilegiado de investigación y reflexión. No era solo la sede de la soberanía y el poder; era el motor que hace la historia, o incluso la encarnación de la propia historia.

La elección del nombre Revolutionsmuseum, pues refleja la obsesión de las SA por el carácter revolucionario de la toma del poder y por la inminencia de una «segunda revolución» donde a los logros políticos de enero de 1933 les seguiría una transformación social de gran alcance. La elección de los objetos y la forma de exhibirlos reflejaba los mezquinos resentimientos y el odio alimentados durante los «años de lucha» por el control de la capital de Alemania. Entre las piezas expuestas había una fotografía enmarcada de un suplemento ilustrado de 1932 donde se veía el espacioso apartamento del antiguo vicepresidente del departamento de policía de Berlín, el judío Bernhard Weiß (1880-1951), contra el que se habían aplastado unas gafas rotas.
Uno de los objetivos del Revolutionsmuseum era publicitar la victoria del régimen (o por lo menos de sus tropas de choque armadas) sobre las fuerzas que se habían opuesto a su nacimiento. Un rote Ecke (rincón rojo), donde se exhibían armas e insignias arrebatadas a los comunistas, era un rasgo común de varias exposiciones de ese tipo. Esa forma de alardear de los trofeos no carecía de importancia en una época en que el peligro de una represalia comunista todavía se presentaba en la propaganda oficial como una amenaza genuina –⁠a lo largo del otoño de 1933 y la primavera y el verano de 1934, la prensa del Partido seguía informando de supuestos «complots rojos» y de incidentes de «terror rojo» contra policías, dirigentes nazis, y miembros de las Juventudes Hitlerianas, al tiempo que se celebraban juicios ampliamente publicitados contra supuestas bandas comunistas, donde la descripción de las armas incautadas desempeñaba un papel destacado. El museo era, en palabras de un comentarista, una «cámara de los horrores» (Schreckenskammer) cuyo propósito era infundir un escalofrío de espanto ante la idea de lo que habría podido ocurrir si los nacionalsocialistas no hubieran llegado al poder. «Estos días hace mucho calor en Berlín», escribía el escritor satírico conservador Adolf Stein durante el verano de 1935, «pero un escalofrío gélido recorre la espalda de los visitantes del Revolutionsmuseum».
La transición entre la historia política de Weimar y la toma del poder por los nazis debía considerarse una desconexión temporal radical: «Los nacionalsocialistas tenemos derecho a negarnos a ser incluidos en esa línea», insistía Hitler, aludiendo a la «lamentable» secuencia de cancilleres de Weimar entre 1919 y 1932. Reestructurar de aquella forma la relación entre el presente y el pasado permitía desalojar del presente el derrotado «sistema» del pasado reciente.
Esa negación de la continuidad entre el presente y el pasado reciente no era exclusiva del régimen nacionalsocialista. La encontramos en los primeros años de la Revolución Francesa, y el mismo reflejo puede observarse en los museos soviéticos que conmemoraban la victoria del comunismo y de la ciencia moderna sobre la fe y la superstición del pasado, como el «museo antirreligioso» que se instaló en la Catedral de San Isaac, en San Petersburgo, entre 1930 y 1936.

El poder redentor de la raza era tal que podía suspender la linealidad de la historia. Ningún acontecimiento tenía por qué ser irreversible si el carisma y la fuerza de la raza permanecían intactos: «Cualquier revés puede convertirse en padre de una victoria posterior. Cualquier guerra perdida puede convertirse en la causa de un ascenso posterior, cada aflicción en el fertilizante de las energías humanas, y de cada represión pueden brotar las fuerzas de un nuevo renacimiento espiritual, siempre y cuando se preserve la pureza de la sangre».
No todos los miembros del régimen tenían ese mismo entusiasmo por la prehistoria germánica. En ocasiones, Hitler manifestó cierto escepticismo ante el entusiasmo de Heinrich Himmler por la arqueología germánica. Alfred Speer recordaba haber oído al Führer decir que «ya es bastante lamentable que los romanos erigieran grandes edificios cuando nuestros antepasados vivían en chozas de barro; ahora Himmler está empezando a desenterrar esas aldeas de cabañas de adobe y se entusiasma con cada pieza de cerámica y cada hacha de piedra que encuentra». La conciencia del propio Hitler de la continuidad racial germánica era menos específica geográficamente que la de Himmler. Su historia racial era una narración milenaria donde los logros del Tercer Reich debían «recrear» los del Imperio Romano en la cúspide de su poder, un punto de vista que se reflejaba en su marcada preferencia por las formas neoclásicas en la arquitectura pública construida y planificada para la Alemania nacionalsocialista presente y futura. A ese respecto, Hitler difería de los entusiastas de la deutsche Vorgeschichte (prehistoria alemana) como Hahne, que alababan lo nórdico y lo germánico en contraposición con Roma. Sin embargo, fuera cual fuera la variante que uno adoptara, lo novedoso del concepto de tiempo resultante era evidente: la historia política reciente de la República de Weimar se convertía en algo astronómicamente remoto, mientras que los antecedentes milenarios del nuevo régimen –⁠ya fuera la antigüedad griega y romana, o la larga y oscura historia de los asentamientos germánicos en Europa central y septentrional, o ambas⁠– ahora parecían (o se suponía que parecían) muy cercanos.
La diferencia entre las dictaduras alemana e italiana. Al igual que el nacionalsocialismo, el fascismo italiano aspiraba a transformar la vivencia de la relación entre el pasado y el futuro. La excavación de edificios antiguos en la capital italiana no tenía como cometido conservar un pasado remoto, sino más bien «desdibujar las fronteras espaciales y temporales entre la antigüedad romana y la modernidad fascista». Era preciso movilizar los pasados de la antigüedad y del Renacimiento al servicio de la contramodernidad fascista, con la antigua Roma como «fuerza vital dinámica, que había que recrear en el presente». Son innegables los elementos comunes entre las temporalidades «híbridas» del nacionalsocialismo y del fascismo italiano, pero es igual de importante la diferencia, a saber, que mientras que el régimen fascista proyectaba aquellas manifestaciones cronopolíticas sobre una temporalidad cuya lógica seguía siendo esencialmente histórica, lineal y modernizante, el régimen alemán se adornaba con atributos modernos, pero formulaba sus pretensiones definidoras por excelencia en términos de un continuo ahistórico y racial.

Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa, hablaba de Europa, en un discurso que pronunció en la Universidad de la Sorbona el 26 de septiembre de 2017, como «nuestro horizonte, lo que nos protege y nos da un futuro». A continuación Macron proponía muchas cosas, pero su tema central recordaba los argumentos del Gran Elector y de su administración contra los que ostentaban los privilegios provinciales: a fin de prepararse proactivamente para los retos del futuro –⁠la transición ecológica, la globalización, la migración, las amenazas a la seguridad–, Europa debía poner punto final a la «guerra civil» generada por las discrepancias presupuestarias, financieras y políticas para «construir» una «soberanía real».
No está claro si Macron logrará volver a poner en marcha el «motor» europeo y alinear a toda la Unión, o a parte de ella, con esos objetivos. Por el momento, la actual oleada de incertidumbre y desorientación temporal –⁠que en sí es un fenómeno cultural de gran interés histórico⁠– sigue agravándose.

Libros del autor comentados en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/02/11/sonambulos-como-europa-fue-a-la-guerra-en-1914-christopher-clark/

https://weedjee.wordpress.com/2020/02/19/tiempo-y-poder-visiones-de-la-historia-desde-la-guerra-de-los-treinta-anos-hasta-el-tercer-reich-christopher-clark-time-and-power-visions-of-history-in-german-politics-from-the-thirty-y/

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A great book again. From the late thirteenth century to 1947, in this relatively short period of German and European history, Brandenburg, that became the kingdom of Prussia, and was finally dissolved, as political entity, in the soon to be born DDR, evolved from a poor, marginal territory, built on sand and short of access to the sea, into one of the power houses of Europe and the kernel of the new German Reich (1871). Christopher Clarke, Iron Kingdom – The Rise and Downfall of Prussia 1600-1947, The Sleepwalkers – How Europe went to War in 1914, was for certain well placed, from the vantage point of a German-speaking historian in the Cambridge tradition, to describe the Prussian trajectory through an original, sometime provocative, analysis of its leaders’ perception of time: the Great Elector Fredrick William, Frederick II and Otto von Bismarck. A fourth and final essay in Time and Power – Visions of History in German Politics, from the Thirty Years’ War to the Third Reich, attempts to analyse the cataclysmic disaster of the NS period through its historicity.

In December 1640, when Frederick William acceded to the throne, Brandenburg was still under foreign occupation. A two-year truce was agreed with the Swedes in July 1641, but the looting, burning, and general misbehaviour continued. In a letter of spring 1641, the Elector’s viceroy, Margrave Ernest, who carried the responsibility for administering the ruined Mark, offered a grim synopsis:
«The country is in such a miserable state and impoverished condition that mere words can scarcely convey the sympathy one feels with the innocent inhabitants. In general, we think that the cart has been driven so deep in the muck, as they say, that it cannot be extricated without the special help of the Almighty».

For thirty years, from 1618 to the complicated negotiations leading to the Peace of Westphalia in 1648, the German lands from the Rhein to the eastern Marks bordering the Polish kingdom, had been the playground of the diverse armies of the then established monarchies: Austria, Sweden, Spain, France, Denmark and Poland. The generalised religious war, a consequence of the Reformations and the chaos that followed in the old feudal order, was the opportunity for the many mercenary armies and outlaw bands, to plunder, rape, massacre the peasants and those unfortunate inhabitants of towns and cities they could conquer. From the crucible of the thirty-year war a new order would emerge, and modern Europe would take shape. The horrors of the war would only recede in the German psyche after the disasters of the twentieth century.
Frederick William, deeply influenced by the culture and calvinist ethos of the Dutch Republic, married in 1646 to Louise Henriette, daughter of the Stadholder Frederick Henry of Orange, aimed to rebuild the country, its administration, its army. His time perspective, historicity Clarke would say, was a continuous struggle to extract the country from the dark-age limitations and obstacles that had led, in his view, to the country’s ruin. In this he was opposed by the local land-owning nobility, his class, the Estates. Once the war was over, the Estates wanted simply to restore their privileges, and the old system whereby they ruled the land to their benefit, and the Elector returned to the function of their largely powerless representative to the Diet in Vienna. This conflict reflected a profound antagonism of historicity: one, the Estates’, grounded in the past, seen as the source of law and the natural order, and the other, the Elector’s, certainly not “revolutionary” in the later sense, after all the Elector was himself one of the larger land-owners, but transformational and looking at the future for solutions to the present predicament.

«The estates inhabited a mental world of mixed and overlapping sovereignties. The Estates of Kleve maintained a diplomatic representative in The Hague and looked to the Dutch Republic, the imperial Diet (the assembly of the Holy Roman Empire), and on occasions even to Vienna for support against illicit interventions from Berlin. They envisaged establishing their own system of taxation and forming a corporate “hereditary union” with the nearby territories of Mark, Jülich and Berg and frequently conferred with the Estates of these lands on how best to respond (and resist) demands from Berlin. The estates of Ducal Prussia, for their part, were still subjects of the Polish Crown; they saw neighbouring Poland as the guarantor of their ancient privileges. As one senior Electoral official irritably remarked, the leaders of the Prussian Estates were “true neighbours of the Poles” and “indifferent to the defence of their own country».

Through a mixture of protracted negotiations, mediation and the convergence of interests, Frederick William, through his 46-year reign, eventually succeeded in establishing his and his government’s authority.
When in 1740, his great-grandson, Fredrick II of Prussia, leads its armies out of Brandenburg to conquer Silesia from the Habsburg, his vision is wholly different. The historian King is a deeply traditional, even though enlightened, monarch, an aristocrat among the aristocrats who send their sons to his armies. Prussia is a kingdom, respected by his neighbours, the Marks’ borders are not threatened by anyone. His father, the Soldier-King, has left his son one of the best, possibly the best, trained army in Europe. Fredrick is thus convinced that the present is the best outcome of history, a steady-state that his conquests are not aimed at altering, but rather refining. The pillars of Frederickan society are the King himself, his army and the local nobility, in perfect harmony.

«Frederick’s reign was rich in large and perilous events. The Seven Year’s War brought Prussia to the brink of collapse and might well have resulted in the partition and destruction of the the state inherited from the Great Elector. The First Partition of Poland, though les dangerous in the short term from Berlin’s perspective, was a momentous event whose consequences would reverberate into the twentieth century. Yet the shuddering, fearful vibration of great events is strangely absent form Frederick’s reasoning about past, present, future. Contingency was crowded by will; decisions were a function of ‘systems’ resistant to short-term shocks and disruptions.»
The Napoleonic era would bring the end of the Holy Roman Empire, and to Prussia, in quick succession, defeats and triumph, through the Liberation War and its alliance with Russia against the French. After the Revolutions of 1848-49, nothing remains the same but, in the eyes of Otto von Bismarck, the primacy of the monarchical state. Bismarck, the «boatman on the river of time», accepts that the clocks cannot be turned back and knows that he himself has benefited from the political and social turbulences issued from the revolutions: without them a relatively low-rank junker like himself could not have acceded to the highest levels of the Monarchy’s government. His role is to serve, to preserve, if necessary by force of arms, the integrity of the monarchical state, the Machtstaat. His achievement is the unification of the Reich, culminating in the crowning of the King of Prussia, now Kaiser, in Versailles, once the seat of the Sun King’s court and of the French Ancien Régime.
After the fall of Bismarck and the advent of the new Kaiser, time seems to contract. 1918 is the watershed, as military defeat, failed revolution and the decomposition of society, destroy the Monarchy. From the horrors of the war and the collapse of statehood a hiatus develops, aggravated by the ruin of the economy and the criminal ineptitude of the Versailles Treaty. In its interstices the NS ideology would take roots. Never consistent or clearly formulated, it is a negation of the German state’s historicity and of history itself. Future generations would admire, in awe, the ruins of the colossal buildings of the Third Reich – in a thousand years. There no longer is a time horizon, an evolution: only total victory through absolute war and the annihilation of its enemies, or cataclysmic self-destrution, the NS state is alien to the historical visions of German statehood, of Bismarck, Fredrick the Great or the Great Elector. Indeed Hitler hated Berlin, the resisting capital grabbed from the Communists after years of vicious street fights, murders and unaccounted victims of torture in the KZ. The city will be destroyed, its Nemesis the old ally of Prussia.

Time and Power is a powerful reflection on history, leadership, time and fate. While the first three essays are in the tradition of Iron Kingdom, and based on Clarke’s incomparable research on Prussia’s history, the fourth essay, Time of the Nazis, rich in new material and original analyses, could be read as the blueprint for a much larger study.
In the United States, in Poland, in Hungary, and in other countries that are experiencing a populist rebirth, new pasts are being falsified to put aside old futures. In celebrating the success of Donald Trump, the leader of the French National Front, Marine Le Pen, observed that in the United States «the people are recovering their future»; and predicted that very soon the French would do the same. Reflecting on how those who exercised and shaped political power temporalized their policies on a small plot of the past will not contribute much to counteracting the attractiveness of such manipulations today, but at least it can help us interpret them with greater attention.

It is not entirely certain that the Elector will ever develop a coherent view of «history» in the sense of a philosophical view of its meaning or nature. Federico Guillermo was a man oriented to the questions of power and security, not very given to speculative reflections or the analysis of questions of principles. And the «history», in its current sense, an abstract noun, a singular collective that denotes a transformation process consisting of many layers and that encompasses everything, did not yet exist. The word had not yet undergone this process of expansion and «temporalization» that would end up consolidating it as one of the generating concepts of modernity. However, the Elector and his regime did possess, somewhat more intuitive, a form of extremely peculiar and dynamic historicity, rooted in the feeling that the monarchical state occupied a vulnerable place on the threshold between a catastrophic past and a future fraught with threats . The repudiation of traditional privileges, which became a prominent feature of the Elector’s reign, found its expression in the high ceremonial that surrounded the coronation of the first king of Prussia in 1701.
The political entity to whose throne Federico Guillermo ascended in 1640 was not a unitary State. It was a «compound monarchy,» formed by territories acquired by different means, subject to different jurisdictions, and governed under different titles. The core was the Brandenburg Electorate, acquired by the House of Hohenzollern in 1417 for 400,000 gold gulden from the Kingdom of Hungary. Through strategic marital alliances, successive generations of Hohenzollern voters were acquiring territorial rights over numerous non-contiguous territories to the east and west: the Duchy of Prussia on the banks of the Baltic and the Duchy of Jülich-Cléveris, a group of Rhineland territories that they included Jülich, Cleveris, Berg, and Mark and Ravensburg counties. Thanks to a kinship relationship dating back to 1530, the Hohenzollern also claimed the right of succession to Pomerania, a territory of great strategic importance located between Brandenburg and the Baltic Sea.
The turbulence and destruction of the Thirty Years’ War (1618-1648) put great pressure on those commitments, whose balance was delicate. In Brandenburg, states continued to be deeply skeptical of military spending and foreign alliances of any kind.
The Duchy of Prussia was left out of the most intense conflict zones during the Thirty Years’ War, and consequently managed to avoid the destruction that Brandenburg hit. There, traditionally, the States were the ones who wore the baton, since they met periodically in plenary session and maintained strict control over the central and local government, over the militia and the finances of the territories. The traditional right of appeal of Prussia to the Crown of Poland, which remained officially sovereign in the territory, meant that it was not easy to pressure the nobles to cooperate.
The States of Céveris, like those of the other territories of the Elector, stubbornly resisted, and insisted on their hereditary rights and privileges. In 1649, the Brandenburg States also refused to approve funds for a campaign against the Swedes in Pomerania, despite the serious warning of the Elector, which reminded them that all their territories were already «members of a single head» (membra unius capitis) and therefore it was necessary to help Pomerania as if it were «part of the Electorate.» In Cléveris, where the wealthy urban patriarch still considered the Elector as a foreign intruder, the States reactivated the traditional «hereditary union» with Mark, Jülich and Berg; the most prominent spokesmen even drew parallels with the riots that were occurring in England, which implied the threat of treating the Elector just as the parliamentary party was treating King Charles I.

Who had the authority to determine when a threat situation ceased to exist? The Elector was increasingly monopolizing that power. And he hoped that his subjects would accept his explanations on the basis of trust. In 1659, when the States of Céveris once again complained about the burdens they bore due to the campaign the Elector was carrying out against the Swedes over Pomeranian control, the prince replied that there was nothing he wanted more than to abolish those encumbrances . «But we kindly trust that you will take sensible account of the current circumstances (gegenwärtigen Conjuncturen) and in that way you can see how impossible it has been for us until now to take care of the maintenance of our military institution (Militäretats) and take appropriate measures to The security of our territories. [So we hope that you will continue to help us] so that we can continue to defend our just cause and lead our State to security and peace through the procedure of decisively completing the military operations already initiated. ”
The publicity surrounding the Prussian coronation of 1701 emphasized precisely the novelty of the royal foundation. Of course, during the summer of 1700 there was much talk of the «discovery» in the works of Abraham Ortelius, the 16th-century geographer, that Prussia (that is, the principality of Prussia on the Baltic) had once been a «kingdom », But it seems that nobody took it seriously. Even the effusive chronicle of the coronation that Johann von Besser wrote stated only that it was «a conviction held by some.» Instead of plunging the new king into imaginary continuity, the publicists extolled him as a self-made monarch. There was no talk of blood or old titles. The extraordinary thing about the new king, Besser observed in a preface dedicated to Frederick I, was that «Your majesty came to His throne entirely by His own hand and on His own Earth.» It was a source of pride that the monarch of Prussia had not achieved his throne «neither by inheritance, nor by succession, nor by elevation, but rather in a totally new way, through his own virtue and consolidation.»
The message was clear: what defined the legitimacy of the Brandenburg-Prussian State was force, not tradition, nor inheritance, nor continuity with the past. That was the crux of the coronation ritual, and it had been the animating thought that was behind De rebus gestis de Pufendorf. The coronation took place seven years after Pufendorf’s death, but the historian would have been glad of his naked artificiality.

It is worth remembering four important differences between his reign (Frederick II) and that of his great grandfather, the Great Elector. First, while the Great Elector was a builder of institutions that he governed surrounded by his advisors, inhabiting a place in the center of an executive structure that he himself was building little by little, Federico assumed a position that was already somewhat distanced of the formal structures of the State. There was a royal court in Berlin, but during most of the last part of his reign, Frederick never attended it. Unlike his ancestor, he had little contact with the daily work of the ministries, and little contact with his ministers, whose role was usurped by the king’s own secretaries. Federico listened to the high officials and friends he trusted, and asked for advice on many issues, but the type of collective brainstorming on the political options that took place around the Grand Voter in his Private Council was unknown. in the time of Frederick. The building with which it was associated in a more lasting way was not the urban palace of Berlin, nor the immense Neues Palais, on the outskirts of Potsdam after his return from the Seven Years’ War, but the small summer palace of Sanssouci, that he could hardly accommodate guests, much less support the daily work of a king ruling from the heart of his administration. Unlike the Great Elector, who had spoken above all of his «sovereignty,» Frederick often referred to the «State,» invoking him as a transcendent abstraction, but in reality during his reign there was a marked personalization of power. And that rhetorical self-discretion of the structures of the State left its mark, as we shall see, on the temporal texture of his reign.
Secondly, while the Elector was a passionate adept of the reformed faith, Frederick, who was probably a Volterian deist, assumed a skeptical and non-denominational point of view. Although for him his skepticism represented a cultural breakthrough regarding the blind faith and superstition of many of his most devout contemporaries, Federico lacked that sense of belonging to an endangered avant-garde religion that had been so important to his great grandfather. Thirdly, the struggle with the states that had so obsessed the Great Elector was already obsolete in Frederick’s time.
Finally the geopolitical scenarios were totally different. In 1640, when the Great Elector came to the throne, he inherited a broken monarchy and paralyzed by the Thirty Years’ War. Berlin was in ruins and so exposed to the predation of foreign troops that at the beginning the Elector was unable to establish his residence there. The army was nonexistent. The kingdom of Brandenburg-Prussia that Frederick II inherited a hundred years later was very different. He did not have to face any impending geopolitical threat and possessed a large army that, although only sporadically used, was recognized as one of the best in Europe. Thus, the two reigns were animated by quite different logics. The Brandenburg of the Elector was still, despite all the efforts and achievements of his sovereign, a secondary actor in a world where the great actors decided the important outcomes. On the contrary, the reign of Frederick II began with one of the most unexpected and surprising initiatives in the history of modern European diplomacy – the invasion by Prussia, without prior provocation, of the province of Silesia, belonging to the Austro-Hungarian Empire, in December 1740–. The king fought three «wars of Silesia,» in 1740-1742, in 1744-1745, and again in 1756-1763 to keep that valuable conquest.
As a young man, the future Frederick II called himself le roi philosophe, and since then the term has become a kind of logo of his reign, which defines a moment in the history of Prussia and Europe in which power and philosophy They established an exceptionally intimate association. Actually, Frederick was much more influential as a historian than he ever became as a philosopher. His theoretical treatises, although elegantly written, do not stand out for their intellectual substance and lack originality. They seem more concerned with adopting poses than solving real problems.
In the reign of Frederick, great and dangerous events abounded. The Seven Years’ War brought Prussia to the brink of collapse, and could have perfectly resulted in the partition and destruction of the State inherited from the Great Elector. Poland’s first partition, although less dangerous in the short term from Berlin’s point of view, was a momentous event whose consequences would continue to resonate until well into the twentieth century. However, the shocking and frightening vibration of the great events is strangely absent from Federico’s way of reasoning about the past, the present and the future. Will replaces contingencies; the decisions were based on shocks and short-term «systems» resistant.
We can only speculate on the reasons for that strange placidity. Good wishes and poses undoubtedly played a role.

The chess analogy was natural in those mid-nineteenth-century observers who tried to define Bismarck’s qualities as a politician. «Don’t forget,» the British envoy Sir Robert Morier wrote to Odo Russell, future British ambassador to the German Empire, in September 1870, «that Bismarck is made up of two individuals, a colossal chess player who dominates the most daring combinations , and with the fastest eye for the right combination at the right time, and you’re willing to sacrifice everything, including your personal hatred, to the success of your game; and an individual with the strangest and even stronger antipathies, willing to sacrifice everything except their combinations.
Bismarck, whose mother, Wilhelmine Mencken, was, as they said, an extraordinary chess player, often applied the analogy to himself and to the situations he had to face as a statesman. In his memoirs he spoke of the «political chess plays» of Russian diplomacy when Bismarck was stationed in St. Petersburg. The 1863 Alvensleben Convention, for which Prussia and Russia agreed to cooperate in the repression of Polish insurrectionary activity, was a «successful chess move,» by which Bismarck was able to «decide the [chess] game that the monarchical antipolacs and the polonophilic and Palestinian elements of the Russian Government were playing among them at that time. Other passages distinguished between «serious» initiatives and «mere diplomatic chess plays,» used the term neutrally to designate internal or external political initiatives of any kind, or used it to describe tactical maneuvers designed to put him or a adversary at a disadvantage.
These examples reflected the conventional meanings of the metaphor, but there were also other passages where Bismarck exploited the chess analogy in more depth to reveal the inner structure of his political reasoning.
Bismarck hastened to recognize the new political order inaugurated by the revolution. But what exactly did that mean? The legacy of the revolution in Prussia was complex. On the one hand, the political reforms enacted during the revolutionary upheaval and then – above all, a Constitution and a Parliament, national elections and a relatively free and critical press, at least according to the standards of the censorship regime before March. – created a new Prussia, where political life was extended to include an unprecedented range of forces. On the other hand, the counterrevolution of autumn and winter of 1848 interrupted the democratization process initiated by the uprisings of the previous spring, and consolidated the power of the monarchist executive. In order to understand the effect of 1848 on the historicity of Bismarck, we have to look at the two features of the transformation that occurred during that year: the consolidation of state power and the opening of politics to the interaction of interests in Parliament and in society.
At no other time did Bismarck more eloquently formulate his insistence on the character of the dividing line of the 1848 revolution as in his terminal dispute with the Kaiser William II. Determined to put a stop to the power of his chancellor, the impetuous new monarch demanded at the beginning of 1890 that Bismarck return the ministerial order of 1852, promulgated to Manteuffel, where authority was granted to the minister-president over his companions of the Council of Ministers. In his resignation letter, dated – curiously – on March 18, the day the revolutions of 1848 broke out in Berlin, Bismarck responded to the king’s request with a sophisticated historical genealogy of his own charge, based on an explanation of «the genesis and relevance» of the ministerial order of 1852. It had been proposed, said Bismarck, in the first unified Diet of 1847 by the liberal deputy Mevissen. It was introduced for all purposes during the spring of 1848, as a means of «guaranteeing that degree of unity and stability» without which «ministerial responsibility,» as dictated by the «essence of constitutional life, cannot be exercised.»
Rochau, the Realpolitik theorist, was a liberal with radical sympathies for whom the State was ultimately subordinated to the forces of society. The constitution of a State, Rochau wrote, was «determined by the relationship between the forces, partly latent, and partly active, which is within it.» All social forces were entitled to a degree of official recognition according to their size, «and the power of the State itself is formed exclusively by the sum of the social forces that the State encompasses within itself» . To Bismarck this last statement It would have seemed abominable. For the Prussian statesman, the monarchist state was not a manifestation, nor a toy of the political or social forces, but the lasting structure that made it possible for these forces to confront each other without the whole system plunging into chaos.
Bismarck could tolerate the game of political forces within the country as long as he had the means to curb and channel the effects of their interactions. Of those means – regardless of his own intellectual, political and tactical superiority, an issue on which he never had serious doubts – the most important was his high position within the structure of the Prussian monarchical state, and specifically his intimate relationship. with the person of the sovereign.
Many things could be said about the place of the monarchy in Bismarck’s imagination.

From 1867-1871, the new imperial Constitution was a creation of Bismarck himself, rather than an order inherited from his predecessors. And yet, in 1889-1890, during the terminal crisis of his career, Bismarck once again contemplated the possibility of restoring the independence of the executive (and in particular of his own office) by the procedure of closing Parliament and altering unilaterally the electoral law. On that occasion, Bismarck justified himself by invoking the theory that since the Constitution was based on an agreement between the various leaders, rather than on the actions of the state governments, it was perfectly permissible to review it only with the agreement of the princes.
It was the «legal coup d’etat» theory. It was never applied in a political offensive against the Constitution, but it highlights the limitations of what in other circumstances might seem like a benign vision on the part of Bismarck’s deployment of history through the interaction of forces. In times of crisis, Bismarck was willing, like the great vizier of the poem by Horst Kohl, to dump the chessboard and throw the pieces at the adversary.
Bismarck never granted the Social Democrats a legitimate place on the political stage. The dramatic increase in support for social democracy, despite the drastic measures enacted against the Party and its cadres, led Bismarck to consider the possibility of using the emergency powers provided for in article 28 of the Constitution to declare a state of emergency permanent, during which the Social Democrats would be definitively removed from the political body.
Bismarck’s appreciation of the transcendent political role of the State enjoyed widespread acceptance in 19th-century Germany. Like the word «history,» the word «State» had experienced an unprecedented discursive escalation. In fact, the two ideas existed in a relationship of mutual interdependence. It is a familiar but remarkable fact that the theorist of the most important modern state in Germany casually also formulated the most influential theory of nineteenth-century Germany. More than any other, the philosopher Georg Wilhelm Friedrich Hegel contributed to consolidate the modern state as a privileged object of investigation and reflection. It was not just the seat of sovereignty and power; it was the engine that makes history, or even the embodiment of history itself.

The choice of the name Revolutionsmuseum, as it reflects the obsession of the SA for the revolutionary character of the seizure of power and for the imminence of a «second revolution» where the political achievements of January 1933 would be followed by a powerful social transformation. The choice of objects and how to display them reflected the petty resentments and hatred fueled during the «years of struggle» for control of Germany’s capital. Among the pieces on display were a framed photograph of an illustrated supplement from 1932 showing the spacious apartment of the former vice president of the Berlin police department, the Jew Bernhard Weiß (1880-1951), against whom shattered glasses had been crushed.
One of the objectives of the Revolutionsmuseum was to publicize the victory of the regime (or at least of its armed shock troops) over the forces that had opposed its birth. A Rote Ecke (red corner), where weapons and badges taken from the communists were displayed, was a common feature of several such exhibitions. That way of boasting trophies was not unimportant at a time when the danger of communist reprisal still presented itself in official propaganda as a genuine threat – throughout the autumn of 1933 and the spring and summer of 1934 , Party press continued to report alleged «red plots» and «red terror» incidents against police, Nazi leaders, and members of the Hitler Youth, while widely publicized trials were held against alleged communist gangs, where the description of the seized weapons played a prominent role. The museum was, in the words of a commentator, a «chamber of horrors» (Schreckenskammer) whose purpose was to instill a chill of horror at the idea of what could have happened if the National Socialists had not come to power. «These days it is very hot in Berlin,» wrote the conservative satirical writer Adolf Stein during the summer of 1935, «but an icy chill runs through the backs of Revolutionsmuseum visitors.»
The transition between Weimar’s political history and the seizure of power by the Nazis should be considered a radical temporary disconnection: «National Socialists have the right to refuse to be included in that line,» Hitler insisted, referring to the «unfortunate» sequence of foreign ministers. Weimar between 1919 and 1932. Restructuring in this way the relationship between the present and the past allowed the evicted «system» of the recent past to be removed from the present.
That denial of continuity between the present and the recent past was not exclusive to the National Socialist regime. We found it in the early years of the French Revolution, and the same reflection can be seen in the Soviet museums that commemorated the victory of communism and modern science over the faith and superstition of the past, as the «anti-religious museum» that was installed in St. Isaac’s Cathedral, in St. Petersburg, between 1930 and 1936.

The redemptive power of the race was such that it could suspend the linearity of history. No event had to be irreversible if the charisma and strength of the race remained intact: “Any setback can become the father of a subsequent victory. Any lost war can become the cause of a subsequent ascent, every affliction in the fertilizer of human energies, and from each repression the forces of a new spiritual rebirth can emerge, as long as the purity of the blood is preserved ».
Not all members of the regime had the same enthusiasm for Germanic prehistory. On occasion, Hitler expressed some skepticism about Heinrich Himmler’s enthusiasm for Germanic archeology. Alfred Speer remembered hearing the Führer say that “it is already quite regrettable that the Romans erected large buildings when our ancestors lived in mud huts; Now Himmler is starting to dig up those villages of adobe huts and gets excited with every piece of pottery and every stone ax he finds. Hitler’s own awareness of Germanic racial continuity was less geographically specific than Himmler’s. His racial history was an ancient narrative where the achievements of the Third Reich were to «recreate» those of the Roman Empire on the cusp of their power, a point of view that was reflected in their marked preference for neoclassical forms in public architecture built and planned for present and future National Socialist Germany. In that regard, Hitler differed from deutsche enthusiasts Vorgeschichte (German prehistory) like Hahne, who praised the Nordic and Germanic in contrast to Rome. However, whatever variant one might adopt, the novelty of the resulting concept of time was evident: the recent political history of the Weimar Republic became astronomically remote, while the millennial antecedents of the new regime – whether it was Greek and Roman antiquity, or the long and dark history of Germanic settlements in central and northern Europe, or both – now seemed (or was supposed to seem) very close.
The difference between German and Italian dictatorships. Like National Socialism, Italian fascism aspired to transform the experience of the relationship between the past and the future. The excavation of old buildings in the Italian capital was not intended to preserve a remote past, but rather «blur the spatial and temporal boundaries between Roman antiquity and fascist modernity.» It was necessary to mobilize the pasts of antiquity and the Renaissance in the service of fascist countermodernity, with ancient Rome as «dynamic vital force, which had to be recreated in the present.» The common elements between the «hybrid» temporalities of National Socialism and Italian fascism are undeniable, but the difference is equally important, that is, while the fascist regime projected those chronopolitical manifestations on a temporality whose logic remained essentially historical, linear and modernizing, the German regime adorned itself with modern attributes, but formulated its defining claims par excellence in terms of a historical and racial continuum.

Emmanuel Macron, president of the French Republic, spoke of Europe, in a speech he delivered at the Sorbonne University on September 26, 2017, as «our horizon, which protects us and gives us a future.» Macron then proposed many things, but his central theme recalled the arguments of the Great Elector and his administration against those who held provincial privileges: in order to proactively prepare for the challenges of the future – the ecological transition, globalization, migration , threats to security – Europe must put an end to the «civil war» generated by budgetary, financial and political discrepancies to «build» a «real sovereignty.»
It is not clear whether Macron will be able to restart the European «engine» and align the whole Union, or a part of it, with those objectives. At the moment, the current wave of uncertainty and temporary disorientation – which in itself is a cultural phenomenon of great historical interest – continues to worsen.

Books from the author commented in the blog:

https://weedjee.wordpress.com/2017/02/11/sonambulos-como-europa-fue-a-la-guerra-en-1914-christopher-clark/

https://weedjee.wordpress.com/2020/02/19/tiempo-y-poder-visiones-de-la-historia-desde-la-guerra-de-los-treinta-anos-hasta-el-tercer-reich-christopher-clark-time-and-power-visions-of-history-in-german-politics-from-the-thirty-y/

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