El Casino Del Clima. Por qué No Tomar Medidas Contra El Cambio Climático Conlleva Riesgo Y Genera Incertidumbre — William D. Nordhaus / The Climate Casino: Risk, Uncertainty, and Economics for a Warming World by William D. Nordhaus

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Este es un libro bueno pero problemático. Todos los interesados en el cambio climático deberían ser conscientes de ello y de las ideas que tiene, pero algunas de estas ideas son erróneas, especialmente lo que Nordhaus dice sobre el crecimiento económico. Lo que sigue es mi extenso comentario.

El mundo tiene serios problemas, como el cambio climático, el pico del petróleo y el agotamiento de los recursos en general. Los economistas deberían estar a la cabeza de este tipo de problemas, pero a excepción de los muy pocos «economistas ecológicos», como Herman Daly, dicen cosas cada vez más extrañas sobre un mundo paralelo que parece tener solo una relación tangencial con la que nosotros en realidad vivir.

Un ejemplo de ello es el libro de William Nordhaus. Su libro es bastante perspicaz en varios niveles. El Casino del Clima es un libro inquietante, pero desafortunadamente algo de lo que lo hace inquietante no es intencional por parte del autor.

En el lado positivo, su libro es accesible para una persona razonablemente inteligente sin ningún conocimiento técnico especial. Él cree que el cambio climático es real y que debemos hacer algo al respecto. Analiza los «puntos de inflexión» en el clima que podrían aumentar drásticamente el impacto del cambio climático. Otro punto clave es que sin la cooperación internacional, lidiar con el cambio climático es mucho más difícil, si no imposible: «Si realmente creyeras que solo la mitad de todos los países participarían [en un pacto sobre cambio climático], entonces con el objetivo de [un calentamiento máximo de] 2 grados C es como esperar que puedas llevar Amtrak a la luna”. También es impresionante que discuta las complejidades de negociar un acuerdo climático a través de las fronteras internacionales y frente a la intensa política partidista.

Así que de ninguna manera es un libro inútil. Pero hay una serie de problemas muy serios con su enfoque. Aquí hay algunos problemas:

1. Límites al crecimiento. El autor no entiende que existen límites básicos en la actividad humana, y que prácticamente nos hemos topado con los límites del crecimiento. Él realmente no discute este punto; él, como la mayoría de los otros economistas convencionales, simplemente asume que la economía va a crecer mucho más. De hecho, la economía será mucho más grande, que el crecimiento económico futuro ayudará a pagar los costos de enfrentar el cambio climático.
Para Nordhaus, la economía del mañana será mucho más grande que la economía de hoy. Durante el próximo medio siglo a un siglo, los países pobres y de ingresos medios mejorarán entre un 500% y un 1000% (p. 145). En P. 80, presenta un cuadro que muestra que el ingreso promedio mundial per cápita será de $ 55,000 en 2100 y $ 130,000 en 2200, mientras que hoy es menos de $ 10,000. Esto significa que el ciudadano típico de Chad o Somalia tendrá, en 2200, un mejor nivel de vida que el que tengo hoy en los EE. UU. Incluso sin tener en cuenta los aumentos de población (¿9 mil millones? ¿12 mil millones?), Esto significa que la economía estará SOBRE 10 veces más grande de lo que es hoy.
Nordhaus dice: «Esto suena como una fantasía, pero es el resultado del crecimiento exponencial de los niveles de vida».

De Verdad?

Nordhaus confía en el crecimiento económico futuro para pagar la mitigación y adaptación al cambio climático. Necesitamos algún tipo de explicación aquí. Lo más probable es que suene como una fantasía porque es una fantasía. A primera vista, si la economía aumenta en un factor de 10, el uso de energía tendrá que aumentar en un factor de 10, o tal vez (con una eficiencia enormemente mayor) un aumento de solo 3, 5 u 8 veces más de lo que ahora usamos ¿Vamos a quemar 3, 5, 8 o 10 veces el carbón y el petróleo que ahora usamos? ¿O arrojar grandes cantidades de paneles solares y turbinas eólicas? ¿O «descarbonizar» la economía para que la mayor parte de nuestra riqueza se dedique a lecturas de poesía, terapia de masaje o enseñanza?
Cualquiera que haya estado al tanto de las noticias sabe que la energía se ha vuelto mucho más cara en las últimas décadas; el precio del petróleo aumentó ocho veces entre 1998 y 2013. A pesar de estos enormes aumentos en el precio, solo hemos tenido un ligero aumento en el suministro de petróleo, a un costo ambiental enorme (piense en las arenas bituminosas de Alberta, piense en el derrame de petróleo del Golfo).
¿Perdóneme? ¿Es así como se verá el crecimiento económico? Lo más probable es que el pico de petróleo se produzca bastante pronto, e incluso mantener el estado de la energía se volverá bastante difícil. El aumento de los suministros de energía en un factor de 10, o incluso 3, necesita algún tipo de explicación.

2. Alternativas «sin crecimiento». Nordhaus considera brevemente una alternativa de «no crecimiento» al tratar de comprender los enfoques del cambio climático. Reconoce que la alternativa de «no crecimiento» tendría emisiones de gases de efecto invernadero mucho más bajas (!), Pero considera que esto no es aceptable porque dejaría a miles de millones de personas sumidas en la pobreza. Sugiere que la única salida para las masas afectadas por la pobreza es a través del crecimiento económico.
Nordhaus ha distorsionado por completo la economía ecológica. «Sin crecimiento», dice Nordhaus, significa «sin productos o procesos nuevos o mejorados, sin crecimiento en la productividad total de los factores, para usar el lenguaje técnico del economista» (p. 81). Nordhaus menciona al destacado economista ecológico Herman Daly, pero está bastante claro que no ha leído a Daly.
Daly rechaza específicamente este concepto de una economía de «no crecimiento». Daly dice:
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Definimos el crecimiento como un aumento en el rendimiento, que es el flujo de recursos naturales del medio ambiente, a través de la economía y de regreso al medio ambiente como desperdicio. . . . Si bien el crecimiento debe terminar, esto de ninguna manera implica un fin al desarrollo, que definimos como cambio cualitativo, realización del potencial, evolución hacia una estructura o sistema mejorado, pero no más grande. (Economía ecológica: principios y aplicaciones, Daly y Farley, p. 6, cursiva agregada).

La economía ecológica no exige el fin del desarrollo económico, sino simplemente el crecimiento físico. (Economía ecológica: principios y aplicaciones)Los economistas ecológicos distinguen claramente entre ganancias de productividad y rendimiento físico total. El rendimiento físico total es el problema. Si puede hacer que la economía sea más grande sin aumentar las cantidades físicas totales de materiales y energía utilizados, entonces hurra y más energía para usted.

3. Redistribución económica. Nordhaus ve el crecimiento económico como la única forma de sacar a los pobres del mundo de la pobreza. Si Nordhaus se hubiera molestado en seguir leyendo a Daly, también habría visto que otro punto clave de los economistas ecológicos es que necesitamos redistribuir la riqueza. Mucha pobreza en el mundo se debe simplemente a la desigualdad opresiva y creciente. Evidentemente, no es el caso que nuestro único medio para enfrentar la pobreza es aumentar el tamaño de la economía. Podríamos redistribuir parte de la riqueza de las manos de los súper ricos y dar a las masas afectadas por la pobreza un interés en salvar el planeta.

4. Tratar con el clima en una economía en declive. El problema realmente desafiante, y uno que preferiría que los economistas aborden, es cómo lidiar con el cambio climático en un mundo de recursos en declive, en lugar de asumir que el crecimiento económico resolverá todo.
No es imposible. Cuando hay un reconocimiento general de una situación de crisis, como cuando los japoneses atacaron Pearl Harbor en 1941, la nación puede estar a la altura de las circunstancias. Se necesitará una crisis para movilizar al país, pero eso probablemente llegará pronto. Cuando el agotamiento de los recursos comience a reducirse y la economía comience a tambalearse nuevamente, como lo hizo en 2008, habrá una buena oportunidad para abordar los problemas subyacentes.
Necesitamos aceptar los límites en lugar de huir de ellos. Necesitaremos la aceptación de las clases bajas, y eso significa una redistribución de ingresos en una escala bastante masiva. Si existe la seguridad de que nuestra sociedad apoyará a los de abajo, que no solo convertiremos a los pobres en personas sin hogar, como lo estamos haciendo hoy, entonces tiene sentido pedirle a la gente cambios amplios en la sociedad y la cultura.
Una forma efectiva de combatir el cambio climático que realmente mejorará la economía es eliminar la agricultura ganadera. La agricultura ganadera es responsable de más de la mitad de todas las emisiones de gases de efecto invernadero. Gran parte del cambio climático se debe a los cambios radicales en el uso de la tierra que hemos visto en el siglo XX. Se ha alterado todo el equilibrio entre las plantas (que respiran oxígeno) y los animales (que respiran dióxido de carbono), y el desequilibrio entre plantas y animales ahora es responsable de un importante excedente de dióxido de carbono. Además de eso, todas esas vacas están produciendo metano, un importante gas de efecto invernadero. Alejarse de la agricultura ganadera reducirá sustancialmente los gastos médicos al eliminar la causa número uno de enfermedades en el mundo occidental y una carga significativa de los gastos de la sociedad.

Para luchar realmente contra esto, necesitaremos la máxima contribución de ideas y energía. Aquí es donde deberían entrar los economistas, pero parece que son parte del problema, no parte de la solución. Si confía en el crecimiento económico para pagar el cambio climático, su plan es fundamentalmente defectuoso.

. En primer lugar, la población mundial tiene que entender y aceptar lo grave que es el impacto derivado del calentamiento global, tanto para los seres humanos como para la naturaleza. Los científicos deben continuar realizando investigaciones exhaustivas que cubran todo tipo de aspectos ecológicos, económicos, políticos… Es importante que la ciudadanía desconfíe de los negacionistas que siempre encuentran razones para que retrasemos durante décadas la toma de medidas adecuadas.
• En segundo lugar, los gobiernos nacionales tienen que aprobar medidas encaminadas a aumentar el precio de emitir CO2 y otros GEI. Estas normas despertarán críticas y generarán resistencia, del mismo modo que muchos pacientes se muestran reacios a aceptar una medicina o terapia nueva. Sin embargo, a pesar de dicha oposición, es esencial actuar en este sentido y conseguir la entrada en vigor de normas que limiten las emisiones contaminantes y fomenten el desarrollo de tecnologías bajas en carbono.
• En tercer lugar, es evidente que conseguir cambios tecnológicos de gran calado en el sector energético es una de las reformas clave para conseguir una economía más sostenible. Las tecnologías bajas en carbono que conocemos hoy no logran sustituir el empleo de combustibles fósiles, puesto que no hay medidas compensatorias que impongan el debido castigo a las tecnologías que sí deterioran el medio ambiente con notable intensidad. Hay que desarrollar nuevas soluciones que nos acerquen a los objetivos medioambientales deseados, y las innovaciones en este campo son uno de los puntos irrenunciables para conseguir las mejoras esperadas. Por tanto, actores públicos y privados deben colaborar intensamente para conseguir tecnologías bajas en carbono y, más aún, tecnologías de cero emisiones o incluso tecnologías que hagan un uso negativo del carbono (es decir, que no sólo no lo generen sino que ayuden a la mitigación de emisiones contaminantes nacidas de otras tecnologías).

El calentamiento global es un problema especial por dos razones centrales: primero, es una externalidad de alcance mundial que está siendo causada por personas de todo el mundo que, a diario, desarrollan actividades en las que se procede al uso de combustibles fósiles y otras fuentes de energía negativas para el clima; segundo, proyecta una alargada sombra en el futuro, puesto que pone en duda lo que ocurrirá con el mundo, la humanidad y los sistemas naturales, extendiendo dicha incógnita por décadas e incluso siglos.
La economía nos enseña una lección valiosa sobre las externalidades: los mercados no resuelven automáticamente los problemas que generan. En el caso de externalidades negativas como el CO2, los mercados no regulados producen por encima de los niveles medioambientalmente sostenibles porque no se impone un precio a las emisiones contaminantes. Por ejemplo, el precio de mercado del combustible que pagan las aerolíneas no refleja el coste de las emisiones de CO2, de modo que los billetes son artificialmente baratos y el tráfico aéreo crece demasiado.
La acidificación del océano es una de las consecuencias más preocupantes de la acumulación de CO2. Es un ejemplo extremo de lo que puede suceder en un sistema inmanejable para el hombre. Hasta el año 2100 es probable que los humanos agreguen entre 3.000 y 4.000 millones de toneladas de CO2 a la capa superior de los océanos. No hay soluciones tecnológicas fáciles para solventar este problema. Más adelante veremos que las opciones que nos da la geoingeniería para luchar con el problema del cambio climático pueden retardar el calentamiento, pero no harán mucho a la hora de evitar la acidificación del océano.
Además, si bien es tranquilizador que la Tierra haya experimentado previamente picos en las concentraciones de CO2 que tuvieron dimensiones similares a las que está provocando hoy la actividad humana, tampoco podemos ignorar que la distribución de las especies en períodos anteriores era diferente. Debido a que los océanos son tan complejos, ni siquiera los científicos más talentosos pueden anticipar claramente los impactos que va a provocar la acidificación oceánica.

La mayoría de las decisiones sobre energía son tomadas por empresas privadas y consumidores que se mueven a partir de cuestiones como los precios, las expectativas de ganancias, los ingresos o los hábitos y patrones históricos. Los gobiernos influyen en el uso de la energía a través de regulaciones, subsidios e impuestos, pero las decisiones centrales se toman en el contexto privado, en el juego de la oferta y la demanda que se da en el mercado.
• En primer lugar, es esencial que los gobiernos continúen apoyando la ciencia y la tecnología básica, en la energía y otros campos relacionados. No sabemos qué avances científicos darán resultado, por lo que necesitamos financiar la investigación de manera amplia y sabia. El apoyo a la ciencia básica debe incluir el apoyo a proyectos en etapa temprana.
• En segundo lugar, debemos reconocer la importancia del sector privado en el desarrollo de nuevas tecnologías, tanto en las investigaciones sin fines de lucro como por parte de empresarios que sí buscan un beneficio. De especial importancia es asegurar que las empresas con fines de lucro tienen los incentivos adecuados para promover una transición rápida y económica hacia una economía baja en carbono. El principal requisito es que los precios del carbono sean lo suficientemente altos como para que las inversiones en tecnologías de bajo carbono puedan generar beneficios financieros tangibles y seguros. Sin un precio acorde al impacto del carbono, los innovadores y las empresas no tienen motivos para invertir en tecnologías bajas en carbono. Por tanto, una vez más, el precio del carbono se convierte en una parte central de toda estrategia orientada a contener los peligros del calentamiento global.
• En tercer lugar, vuelvo a enfatizar el papel central que debe desempeñar el cambio tecnológico en la transición a una economía baja en carbono. Las tecnologías actuales no pueden sustituir a los combustibles fósiles sin imponer una penalización económica sustancial. El desarrollo de tecnologías bajas en carbono puede reducir notablemente el coste de alcanzar nuestros objetivos climáticos. Además, si otras políticas fracasan, el desarrollo de tecnologías bajas en carbono es el último refugio que nos quedaría para lograr los objetivos planteados.

En países como Reino Unido, Suecia o España, cuya producción y empleo dependen en muy baja medida de industrias basadas en el carbón, los gobiernos podrán apoyar políticas más agresivas en materia de calentamiento global, puesto que los políticos no tendrán el mismo temor que otros dirigentes internacionales a las quejas que puede despertar la agenda de mitigación en distintos sectores de la economía nacional. En la misma línea, aquellos países que importan la mayor parte de sus combustibles energéticos se enfrentarán con una opinión pública menos hostil a las políticas contra el cambio climático.
A largo plazo, las políticas contra el calentamiento global más exigentes benefician a la mayoría de las personas, incluso en países como Estados Unidos, donde hay sectores que sí saldrían afectados. Industrias como las finanzas o los productos farmacéuticos se beneficiarían ligeramente de un impuesto al carbono, pero el beneficio sería menor que el golpe sufrido por ramas de actividad cuyos representantes sí están bien organizados. De ahí la virtud del político que sepa actuar mirando el bienestar general y no sólo los intereses de una minoría.

La lección para los científicos es clara. Las explicaciones claras y persistentes de la evidencia científica son la única forma de que la verdad se abra paso, pero el proceso es largo y complejo. Estoy convencido de que con el cambio climático ocurrirá lo mismo que con el tabaco. Al final, la postura obstruccionista será cada vez más difícil de sostener, a la luz de una montaña creciente de pruebas científicas concluyentes. Los vientos políticos terminarán soplando a favor de la lucha contra el calentamiento.
El veredicto más justo reconocería que hay evidencia clara y convincente que permite afirmar que el planeta se está calentando. También sabemos que, a menos que se tomen medidas importantes, la Tierra experimentará un calentamiento mayor del que ha visto durante al menos medio millón de años.
Los seres humanos estamos poniendo en peligro nuestro planeta, pero podemos tomar medidas que nos ayuden a deshacer el daño causado. La buena noticia es que esa rectificación se puede conseguir pagando un coste relativamente bajo. Para que así sea, debemos aceptar como cierta la amenaza del calentamiento global, implementar un mecanismo económico que penalice las emisiones de carbono y realizar esfuerzos constantes para desarrollar nuevas tecnologías bajas en carbono. Al tomar estos pasos, recorremos el camino que nos permitirá seguir protegiendo la salud de nuestro precioso planeta. Si no exploramos esa vía, seguiremos jugando a la ruleta rusa.

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This is a good but problematic book. Everyone concerned about climate change should be aware of it and the ideas it has, but some of these ideas are flawed, most notably what Nordhaus says about economic growth. What follows is my lengthy commentary.

The world has serious problems, such as climate change, peak oil, and resource depletion generally. Economists should be leading the charge on these types of issues, but except for the very few “ecological economists,” like Herman Daly, they say increasingly strange things about a parallel world which seems to have only a tangential relationship to the one in which we actually live.

A case in point is the recent book The Climate Casino: Risk, Uncertainty, and Economics for a Warming World(2013) by William Nordhaus. His book is quite insightful on several levels. The Climate Casino is a disturbing book, but unfortunately some of what makes it disturbing is not intentional on the part of the author.

On the positive side, his book is accessible to a reasonably smart person without any special technical knowledge. He believes that climate change is real and that we need to do something about it. He discusses “tipping points” in the climate that could dramatically escalate the impact of climate change. Another key point is that without international cooperation, dealing with climate change is much more difficult, if not impossible: “If you really thought that only half of all countries would participate [in a climate change pact], then aiming for [a maximum warming of] 2 degrees C is like hoping you can take Amtrak to the moon”. It’s also impressive that he discusses the intricacies of negotiating a climate agreement across international boundaries, and in the face of intense partisan politics.

So this is by no means a useless book. But there are a number of very serious problems with his approach. Here are some issues:

1. Limits to Growth. The author doesn’t understand that there are basic limits on human activity, and that we’ve pretty much run into the limits to growth. He doesn’t really argue this point; he, like most other mainstream economists, just assumes that the economy is going to get a whole lot bigger. In fact, the economy is going to be so much bigger, that future economic growth is going to help pay for the costs of dealing with climate change.
For Nordhaus, the economy of tomorrow is going to be vastly bigger than today’s economy. Over the next half century to a century, poor and middle-income countries will improve 500% to 1000% (p. 145). On p. 80, he presents a chart which shows that the AVERAGE world per capita income will be $55,000 in 2100, and $130,000 in 2200, whereas today it is less than $10,000. This means that the typical citizen of Chad or Somalia will, in 2200, have a better standard of living than I do today in the U. S. A. Even without factoring in population increases (9 billion? 12 billion?), this means the economy will be OVER 10 times bigger than it is today.
Nordhaus says: “This sounds like a fantasy, but it is the result of exponential growth of living standards”.

Really?

Nordhaus is relying on future economic growth to pay for climate change mitigation and adaptation. We need some sort of explanation here. Most likely, it sounds like a fantasy because it is a fantasy. On the face of it, if the economy increases by a factor of 10, energy use will need to increase by a factor of 10, or perhaps (with hugely increased efficiency) an increase of a mere 3, 5, or 8 times over what we now use. Are we going to be burning 3, 5, 8, or 10 times the coal and oil that we now use? Or throw up huge quantities of solar panels and wind turbines? Or “decarbonize” the economy so that most of our wealth is going into things like poetry readings, massage therapy, or teaching?
Anyone who has been keeping up with the news knows that energy has become hugely more expensive in the past couple of decades; oil increased in price eight-fold between 1998 and 2013. Despite these huge increases in price, we have had only a slight increase in oil supplies, at a huge environmental cost as well (think Alberta tar sands, think Gulf oil spill).
Excuse me? Is this what economic growth is going to look like? Most likely, peak oil will occur fairly soon, and even maintaining the energy status quo will become quite difficult. Increasing energy supplies by a factor of 10, or even 3, needs some kind of explanation.

2. “No growth” alternatives. Nordhaus briefly considers a “no growth” alternative in trying to understand approaches to climate change. He acknowledges that the “no growth” alternative would have comparatively much lower greenhouse gas emissions(!), but feels that this is not acceptable because it would leave billions of people mired in poverty. The only way out for the poverty-stricken masses, he suggests, is through economic growth.
Nordhaus has completely distorted ecological economics. “No-growth,” Nordhaus says, means “no new or improved products or processes—no growth in total factor productivity, to use the economist’s technical language” (p. 81). Nordhaus footnotes prominent ecological economist Herman Daly, but it’s fairly clear that he has not read Daly.
Daly specifically rejects this concept of a “no growth” economy. Daly says:
– – – – –
We define growth as an increase in throughput, which is the flow of natural resources from the environment, through the economy, and back to the environment as waste. . . . While growth must end, this in no way implies an end to development, which we define as qualitative change, realization of potential, evolution toward an improved, but not larger, structure or system. (Ecological Economics: Principles And Applications, Daly and Farley, p. 6, italics added).

Ecological economics does not call for an end to economic development, merely to physical growth. (Ecological Economics: Principles And Applications, p. 64, italics added)
– – – – –
The ecological economists clearly distinguish between productivity gains and total physical throughput. Total physical throughput is the problem. If you can make the economy bigger without increasing total physical quantities of materials and energy used, then hooray and more power to you.

3. Economic redistribution. Nordhaus sees economic growth as the only way to get the world’s poor out of poverty. If Nordhaus had bothered to read Daly any further, he would have also seen that another key point of the ecological economists is that we need to redistribute the wealth. A lot of poverty in the world is simply due to the oppressive and increasing inequality. It is manifestly not the case that our only means to deal with poverty is to increase the size of the economy. We could redistribute some of the wealth out of the hands of the super-rich and give the poverty-stricken masses a stake in saving the planet.

4. Dealing with the climate in a declining economy. The really challenging problem — and one which I would much prefer to see economists address — is how to deal with climate change in a world of declining resources, instead of just assuming that economic growth will solve everything.
It’s not impossible. When there is general recognition of a crisis situation, as when the Japanese attacked Pearl Harbor in 1941, the nation can rise to the occasion. A crisis will be needed to mobilize the country, but that will probably come soon enough. When resource depletion starts to bite and the economy starts to tank again, as it did in 2008, there will be a good opportunity to address the underlying problems.
We need to embrace limits rather than run from them. We will need to have buy-in from the lower classes, and that means income redistribution on a fairly massive scale. If there is assurance that our society will support those at the bottom — that we will not simply turn the poor into the homeless, as we are doing today — then it makes sense to ask people for wide-ranging changes in society and culture.
One effective way of combating climate change which will actually improve the economy is to eliminate livestock agriculture. Livestock agriculture is responsible for over half of all greenhouse gas emissions. Much of climate change is due to the radical changes in land use we have seen in the 20th century. The whole balance between plants (which respire oxygen) and animals (which respire carbon dioxide) has been upset, and the plant-animal imbalance is now responsible for a significant surplus of carbon dioxide. On top of that, all those cows are producing methane, a significant greenhouse gas. Switching away from livestock agriculture will substantially reduce medical expenses by removing the number one cause of disease in the Western world and a significant burden of society’s expenses.

To really fight this thing we are going to need the maximum contribution of ideas and energy. This is where economists should come in, but it looks like they’re part of the problem, not part of the solution. If you are relying on economic growth to pay for climate change, then your plan is fundamentally flawed.

. First, the world population has to understand and accept how serious the impact of global warming is, both for human beings and for nature. Scientists must continue to carry out exhaustive research that covers all kinds of ecological, economic, and political aspects … It is important that citizens distrust the denialists who always find reasons for us to delay taking appropriate measures for decades.
• Secondly, national governments have to approve measures aimed at increasing the price of emitting CO2 and other GHGs. These norms will arouse criticism and generate resistance, in the same way that many patients are reluctant to accept a new medicine or therapy. However, despite such opposition, it is essential to act in this direction and to bring into force regulations that limit pollutant emissions and encourage the development of low carbon technologies.
• Thirdly, it is clear that achieving major technological changes in the energy sector is one of the key reforms to achieve a more sustainable economy. The low-carbon technologies we know today fail to replace the use of fossil fuels, since there are no compensatory measures that impose due punishment on technologies that do deteriorate the environment with remarkable intensity. We must develop new solutions that bring us closer to the desired environmental objectives, and innovations in this field are one of the essential points to achieve the expected improvements. Therefore, public and private actors must collaborate intensely to achieve low carbon technologies and, even more, zero-emission technologies or even technologies that make a negative use of carbon (that is, not only do not generate it but also help mitigation of pollutant emissions born from other technologies).

Global warming is a special problem for two central reasons: first, it is an externality of global reach that is being caused by people around the world who, on a daily basis, develop activities in which the use of fossil fuels and other sources is carried out. of negative energy for the weather; second, it casts a long shadow in the future, since it casts doubt on what will happen to the world, humanity and natural systems, extending this unknown for decades and even centuries.
Economics teaches us a valuable lesson about externalities: markets do not automatically solve the problems they generate. In the case of negative externalities such as CO2, unregulated markets produce above environmentally sustainable levels because a price is not imposed on polluting emissions. For example, the market price of fuel that airlines pay does not reflect the cost of CO2 emissions, so tickets are artificially cheap and air traffic grows too much.
Ocean acidification is one of the most worrying consequences of CO2 accumulation. It is an extreme example of what can happen in an unmanageable system for man. Until 2100, humans are likely to add between 3,000 and 4,000 million tons of CO2 to the upper layer of the oceans. There are no easy technological solutions to solve this problem. Later we will see that the options that geoengineering gives us to fight with the problem of climate change can delay warming, but they will not do much when it comes to avoiding acidification of the ocean.
In addition, although it is reassuring that the Earth has previously experienced peaks in CO2 concentrations that had dimensions similar to those caused by human activity today, we cannot ignore that the distribution of species in previous periods was different. Because the oceans are so complex, not even the most talented scientists can clearly anticipate the impacts that ocean acidification will cause.

Most energy decisions are made by private companies and consumers that move from issues such as prices, earnings expectations, income or historical habits and patterns. Governments influence the use of energy through regulations, subsidies and taxes, but the central decisions are made in the private context, in the game of supply and demand in the market.
• First, it is essential that governments continue to support basic science and technology, in energy and other related fields. We do not know what scientific advances will work, so we need to fund research widely and wisely. Basic science support should include support for early stage projects.
• Second, we must recognize the importance of the private sector in the development of new technologies, both in nonprofit research and by businessmen who do seek a benefit. It is especially important to ensure that for-profit businesses have the right incentives to promote a rapid and economic transition to a low carbon economy. The main requirement is that carbon prices be high enough so that investments in low carbon technologies can generate tangible and secure financial benefits. Without a price consistent with the impact of carbon, innovators and companies have no reason to invest in low carbon technologies. Therefore, once again, the price of carbon becomes a central part of any strategy aimed at containing the dangers of global warming.
• Third, I again emphasize the central role that technological change should play in the transition to a low-carbon economy. Current technologies cannot replace fossil fuels without imposing a substantial economic penalty. The development of low carbon technologies can significantly reduce the cost of achieving our climate goals. In addition, if other policies fail, the development of low carbon technologies is the last refuge we would have left to achieve the objectives set.

In countries such as the United Kingdom, Sweden or Spain, whose production and employment depend heavily on coal-based industries, governments may support more aggressive global warming policies, since politicians will not have the same fear as others. international leaders to complaints that the mitigation agenda can arouse in different sectors of the national economy. Along the same lines, those countries that import most of their energy fuels will face a public opinion less hostile to policies against climate change.
In the long term, the most demanding global warming policies benefit most people, even in countries like the United States, where there are sectors that would be affected. Industries such as finance or pharmaceuticals would benefit slightly from a carbon tax, but the benefit would be less than the blow suffered by branches of activity whose representatives are well organized. Hence the virtue of the politician who knows how to act looking for the general welfare and not only the interests of a minority.

The lesson for scientists is clear. Clear and persistent explanations of scientific evidence are the only way for the truth to break through, but the process is long and complex. I am convinced that the same will happen with climate change as with tobacco. In the end, the obstructionist position will be increasingly difficult to sustain, in the light of a growing mountain of conclusive scientific evidence. The political winds will end up blowing in favor of the fight against warming.
The fairest verdict would recognize that there is clear and convincing evidence that makes it possible to state that the planet is warming. We also know that, unless important measures are taken, the Earth will experience greater warming than it has seen for at least half a million years.
Human beings are endangering our planet, but we can take measures that help us undo the damage caused. The good news is that this rectification can be achieved by paying a relatively low cost. For that to happen, we must accept as true the threat of global warming, implement an economic mechanism that penalizes carbon emissions and make constant efforts to develop new low-carbon technologies. By taking these steps, we walk the path that will allow us to continue protecting the health of our precious planet. If we do not explore that route, we will continue playing Russian roulette.

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