Vida, La Gran Historia: Un Viaje Por El Laberinto De La Evolución — Juan Luis Arsuaga / The Chosen Species: The Long March of Human Evolution by Juan Luis Arsuaga

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Una perfecta síntesis de la historia biológica y cultural de la vida y la especie humana, explicada con rigor y de forma amena. Además, el autor contrasta la postura de diversos científicos y filósofos siendo el lector el que decide qué opción le parece la correcta; e incluye «experimentos mentales» que le dan a uno mucho de qué pensar.

Ahora intenta abarcar la evolución y sus teorías concomitantes en toda su extensión, desde sus orígenes hace cuatro mil millones de años hasta hoy. Siempre me gustó la frescura de su relato, pero también he observado que su escritura ha ido mejorando con el tiempo y alcanza ya el nivel de los mejores divulgadores de ciencia que hay en el panorama internacional. Me ha gustado mucho su estilo. Además el tema de la evolución es muy de mi agrado, por lo que he disfrutado un montón mientras me ha durado el libro.

Esta obra es para devotos de la evolución y para aficionados con inquietudes. Para todos aquellos que gusten de observar la naturaleza y hacerse preguntas al respecto. El tema del evolucionismo es engañosamente asequible. Parece al alcance de todos y todos se permiten opinar sobre él. Con los consiguientes patinazos, por supuesto. El evolucionismo ocupa un lugar muy destacado entre las teorías científicas que han revolucionado los últimos siglos: la mecánica racional, la química moderna, las leyes de Maxwell, la relatividad, la mecánica cuántica… Y destaca por dos motivos: Porque ha marcado el camino de la biología desde que se publicó «El origen de las especies», y porque afecta a la percepción que de nosotros mismos tenemos en el mundo. Nuestra ubicación en la creación como especie elegida. Un disparo tan directo a la línea de flotación de nuestra imagen propia no podía pasar desapercibido. Y no lo hizo. Levanta enconadas pasiones, a favor y en contra. Algo que la teoría de la relatividad, la mecánica cuántica o la teoría de la información no podrían hacer entre el gran público porque son comprensibles sólo a partir de un cierto nivel de instrucción especializada. La teoría de la evolución, en cambio, es propensa al debate animado. Todos tienen una opinión sobre ella, aunque pocos conocen los entresijos, las dificultades y las explicaciones que sólo pueden verse a un profundo nivel de detalle.

Juan Luis Arsuaga hace un recorrido pormenorizado por la evolución de las especies desde el principio de la vida a la vez que recorre las teorías evolutivas que han tachonado la historia de la ciencia. Lo hace de un modo apasionado pero esforzadamente equidistante. No oculta su querencia por las teorías materialistas mientras procura exponer los hechos y las teorías en una prudente neutralidad. Aunque el punto de vista de Arsuaga es declaradamente materialista, los que crean en el espíritu y en la divinidad no se sentirán defraudados. También hay justicia para ellos en su exposición.

El texto, dividido en 2 partes (evolución de las especies y evolución humana) está repleto de información interesante con ejemplos clarificadores.
El amplio soporte bibliográfico, el prestigio y las publicaciones previas del autor acreditan la calidad del contenido que, indudablemente, merece valoración alta. Sin embargo, la abundancia de conceptos y terminología técnica “atasca” con frecuencia la lectura que, necesariamente, debe ser lenta.

Los antiguos egipcios representaban en sus templos y tumbas el árbol de la vida, que tenía una gran importancia en su mitología. Es un árbol vigoroso y está lleno de hojas acorazonadas, pero no se distingue en él un tronco principal que llegue hasta arriba del todo, como si fuera su eje central, sino que la copa está formada por muchas ramas de parecido grosor que se separan desde muy abajo. Es un árbol sin guía. Dicen los expertos que se trata de un sicomoro, un tipo de higuera («nehet» en egipcio) que se asocia con tres diosas: Nut, Hathor e Isis. El árbol de la vida es una planta femenina.
Darwin también se refirió al árbol de la vida (tree of life) para simbolizar la evolución en El origen de las especies.

La verdadera pregunta, por lo tanto, es: ¿de no haber existido esos seres humanos singulares que fueron tan protagonistas de su tiempo, el mundo actual sería, en esencia, como el que ahora tenemos?.
Para Robert Wright, las diferentes culturas humanas que existen o han existido son solo estadios, más primitivos o más avanzados, en esa evolución cultural hacia sociedades más o menos complejas.
No hay racismo en este planteamiento de Robert Wright, solo el convencimiento de que la evolución cultural es unidireccional, no multidireccional, y apunta siempre en la misma dirección, que es la del progreso. De hecho, los indios shoshone de Norteamérica, los esquimales —que se llaman a sí mismos «inuit»— e incluso los aborígenes australianos (que se tenían por un paradigma de estancamiento cultural) estaban, dice Robert Wright, evolucionando hacia sociedades más complejas cuando llegaron los europeos a sus tierras y truncaron su avance.
El motor de esa evolución cultural unidireccional es el siguiente: «La competencia entre sociedades de un determinado nivel de complejidad tiende a conducir a sociedades del siguiente nivel de complejidad si las condiciones lo permiten» (las cursivas son mías.) La agregación se produce, en resumidas cuentas, por la presión de la competencia a todos los niveles. La fusión de las unidades pequeñas para dar lugar a unidades grandes sería para Diamond un hecho documentado por la arqueología y por la Historia.
Queda por determinar, dice Diamond, el papel de la contingencia —es decir, de las circunstancias puramente humanas y de carácter accidental, que poco tienen que ver con los hechos objetivos y permanentes de carácter geográfico, climático o ecológico— en la Historia.
La ciencia no busca encontrarle un sentido al mundo, y por eso no se pregunta por qué las leyes son como son y no de otra manera. Simplemente son así y bastante tenemos con intentar formularlas y averiguar cómo actúan.
La evolución trabaja modificando los diseños heredados de los antepasados, y esa es la clave para entender por qué cualquier ser vivo está cortado por un patrón concreto: el de su especie. Todos los modelos de vertebrados terrestres, por ejemplo, son modificaciones (de diferentes tipos) realizadas a partir de antepasados comunes con aspecto de peces. Por eso los seres vivos también pueden entenderse, en cuanto a su composición, preguntando «por qué» y contestando en términos de historia.
En realidad, lo que se propone la paleontología es transformar la pregunta «por qué las especies son como son», en la pregunta «cómo han llegado las especies a ser como son». A los científicos no nos gustan las preguntas del tipo «por qué», como puede verse.

Un científico es por definición un rebelde que se enfrenta a todo lo establecido, que desafía el principio de autoridad y que no se cree nada de lo que le cuentan. Todo científico es un escéptico y un revolucionario. Por eso soy científico, no porque acepte sin crítica lo que me diga la academia. Además, ¿quién es la academia? La ciencia no tiene sanedrines.
En verdad el gran mérito de Darwin, el de dar con una explicación, una causa, un motor para la evolución. Darwin no fue el primero en defender la teoría de la evolución, hubo otros antes, pero sí en proponer la teoría de la evolución por medio de la selección natural. Hay que decir aquí que otro inglés, Alfred Russel Wallace, llegó a la misma conclusión en la misma época y, por lo tanto, es coautor de la teoría, pero Darwin hizo mucho más por argumentar y defender ante la comunidad científica la idea que ambos compartían. Por eso se llevó el premio gordo: ese ismo detrás del nombre propio Darwin con el que nos referimos a la teoría de la evolución por medio de la selección natural o darwinismo.
Por atractiva que resulte la teoría de Lamarck, sin embargo, es falsa, porque (como ya hemos visto) no hay manera de que los cambios que se producen durante la vida en el cuerpo modifiquen los genes que se van a transmitir. Lamarck no sabía nada de genes, ni Darwin tampoco, pero resultó ser cierta la ley del biólogo inglés, y completamente falsa la del francés. Es decir, cada individuo nace distinto porque su genotipo es diferente, y luego, durante la vida, la selección natural actúa como un filtro, como un cedazo. Además, cada cierto tiempo se producen mutaciones —cambios al azar— en los genes, que producen novedades en los cuerpos que son sometidas a la criba de la selección natural.

La historia de la vida estaría dominada por la contingencia, es decir, por los accidentes históricos, por las circunstancias que rodean a la vida pero que no son parte de la biología. O, siguiendo la metáfora teatral, hay actores decisivos en el drama que son geológicos y astronómicos. De hecho, no se atisba por ninguna parte un guion de esta historia, la función que se representa parece responder a una constante improvisación.
Conway Morris, a pesar de no ver finalismo en la evolución, afirma que su doble planteamiento: 1) la vida solo era posible en nuestro planeta; y 2) la evolución inevitablemente tenía que conducir a un ser pensante como el Homo sapiens, tiene implicaciones metafísicas y es compatible con la idea de creación.
El origen de la vida y el origen del universo son dos de los tres grandes orígenes que nos interesan a todos. El tercero es, inevitablemente, el origen del pensamiento racional. Y del pensamiento irracional, añado; es decir, del pensamiento mágico, de la fantasía, de los sueños, de los mitos, de la creatividad artística, que también son patrimonio exclusivo de la humanidad.
Ahora sabemos que estos tres orígenes son sucesivos y que no se dieron en un acto único de creación: del mundo, de la vida y del pensamiento humano. Y, gracias al tercero, la materia se empieza a entender a sí misma.
El big bang con el que empezó el universo fue un verdadero principio, porque antes no había nada —o por lo menos no había materia—. Sin embargo, antes de la vida no había vida, eso es cierto, pero había química orgánica, es decir, existían ya los ladrillos de la vida, las moléculas prebióticas. Eran extremadamente simples, muchísimo más sencillas que las moléculas de los seres vivos, pero ya existían en ausencia de célula alguna.
El gran problema para entender el origen de la vida es que todas las formas de vida que conocemos, incluyendo las bacterias (un virus no es un ser vivo), son de una complejidad abrumadora. Ni las entendemos del todo ni somos capaces de producirlas en un laboratorio. ¡Si supiéramos de algún organismo unicelular sencillo de verdad! Pero la vida simple no existe, no la conocemos. O es compleja, llena de orden, de organización, de información, o no es vida.

LUCA parece haber vivido entre hace 4.000 millones de años y 3.500 millones de años, y las primeras células complejas podrían haber aparecido hace unos 2.000 millones de años, lo que nos parece a algunos mucho tiempo transcurrido (al menos 1.500 millones de años) para decir que esa transición era inevitable. Sin embargo, esos 2.000 millones de años que van desde que el planeta empezó a reunir condiciones para la vida (hace 4.000 millones de años) hasta que vinieron al mundo las células complejas solo representan un 29 por ciento de todo el tiempo disponible para la vida en nuestro planeta (7.000 millones de años, aproximadamente).
En cualquier caso, podemos decir que un planeta tiene que tener mucha paciencia (es decir, mucha estabilidad y durante mucho tiempo) para que evolucionen las células complejas.

El clima actual, por mucho que se hable del cambio climático y del calentamiento global, no tiene nada que ver con el que había en el Cretácico. El planeta se ha vuelto mucho más frío y más seco. En los últimos dos millones y medio de años se han sucedido las glaciaciones, especialmente terribles en el último millón de años (hasta diez se encadenaron).
Durante las glaciaciones la mayor parte del hemisferio norte era inhabitable para los humanos, no digamos para los dinosaurios (el hemisferio norte importa más que el sur, porque representa la mayor parte de la superficie emergida del planeta, y un porcentaje mayor aún si descontamos la Antártida). Este periodo marcado por el frío se llama Pleistoceno, aunque los últimos 11.700 años se conocen en geología como Holoceno.

La ciencia es universal y la tabla periódica de los elementos se explica igual en todas las culturas y países porque la ciencia se refiere a realidades (la materia y sus leyes) que están, o deberían estar, al margen de las ideologías y las creencias. La ciencia no es materia de fe. Esos grandes descubrimientos se habrían producido, claro está, siempre y cuando existieran científicos que pudieran hacerlos.
¿Por qué somos tan diferentes unos de otros, los seres humanos? ¿Por qué, a pesar de ello, no se ha escindido el grupo evolutivo al que pertenecemos en múltiples especies? ¿No es cierto que representamos una verdadera novedad evolutiva, algo enteramente revolucionario? ¿Por qué entonces no se ha producido una radiación adaptativa humana?
Son muchas dudas a la vez, pero la verdad es que están relacionadas entre sí y no se pueden tratar completamente por separado.
Habría que empezar, eso sí, no dando por bueno, sin analizarlo a fondo antes, el enunciado de las preguntas. Porque… ¿realmente somos muy diferentes unos de otros, los seres humanos? ¿De verdad representamos una gran novedad en la evolución, un tipo de organismo sin precedentes? ¿Es cierto que no se ha producido ninguna radiación en el curso de nuestra historia evolutiva? Aunque parezca contradictorio contestaremos «no» a la primera pregunta (no, apenas somos diferentes) y «sí» a la tercera (sí que ha habido radiaciones en nuestro propio grupo evolutivo). Y también responderemos afirmativamente a la segunda pregunta (sí somos una gran novedad evolutiva).
El modelo de la evolución reticulada, es decir, de evoluciones locales con flujos de genes entre ellas que mantienen todo el tiempo la unidad de la especie desde el Homo erectus hasta el Homo sapiens, ha sobrevivido hasta nuestros días, y aún tiene partidarios entre los paleoantropólogos —el más conocido de los cuales es el norteamericano Milford Wolpoff, que la mantiene con la denominación de modelo de evolución multirregional—. Después de mucho tiempo de oscuridad, los nuevos datos genéticos, parecen darle la razón al modelo multirregional, aunque yo no lo creo.

Es posible que los primeros fabricantes de útiles de piedra fueran australopitecos y no miembros de una especie del género Homo, pero es en este género en el que utensilio y cuerpo se complementan, y ya no puede entenderse la anatomía, la fisiología y la etología de nuestros antepasados (las tres partes de lo que se conoce como el fenotipo) sin el instrumental lítico. Y eso no sucede hasta que entra en escena el género Homo. A partir de este momento ya puede hablarse de una coevolución entre la biología y la cultura, porque se crea un circuito de retroalimentación (un feedback), una nueva rueda evolutiva.
La especie más primitiva del género Homo es Homo habilis, apenas diferente de un australopiteco y también de porte bajo, pero con más cerebro y, por el contrario, muelas y cara más pequeñas.
Los fósiles más representativos y completos de Homo habilis (incluyendo al ejemplar tipo de la especie) tienen algo menos de dos millones de años y se han encontrado en Kenia y en Tanzania. Pero hay un par de fósiles (un paladar y media mandíbula) de más de dos millones de años en Etiopía que, aunque insuficientes, sugieren un origen antiguo para esta especie. Su grado es todavía el de los australopitecos, a los que se parecerían mucho físicamente (hasta el punto de que nos costaría distinguirlos si los viéramos vivos), pero ya pertenecen a nuestro linaje.
Al poco de cambiar el clima, cuando empiezan a encontrarse en los yacimientos los primeros fósiles de las líneas de Homo y de Paranthropus, que a su vez se ramifican, de manera que en el periodo comprendido entre hace dos millones de años y hace un millón y medio de años se encuentra una gran diversidad de especies de homininos, como si hubiera habido dos radiaciones, la de Homo y la de Paranthropus, favorecidas ambas explosiones evolutivas por el cambio ambiental.
El patrón ramificado se va a mantener hasta época muy reciente (cuando el Homo sapiens se quede totalmente solo) porque, aunque desaparezcan los parántropos hace algo más de un millón de años.

Nadie defiende hoy el determinismo genético ciego, por supuesto, pero tampoco hay muchos científicos que sostengan que los humanos no tenemos absolutamente nada que ver con los animales en lo que respecta al comportamiento y que no estamos condicionados como ellos —al menos en parte—, por nuestros genes, aunque sea en forma de sesgos de aprendizaje.
Nuestra especie se caracteriza por su gran sociabilidad, con grandes dosis de tolerancia, cooperación y altruismo, y esta característica tan notable debe de ser un pico muy elevado en el hiperespacio de la biología social. ¿Cómo han evolucionado las sociedades complejas del reino animal? ¿Hay más de una cumbre?
Hay dos cumbres principales. Los insectos han llegado a formar sociedades muy bien organizadas en el caso de las hormigas, las abejas y las avispas…
Otras especies de mamíferos (aparte de las ratas topo) han dado pasos hacia la eusocialidad, aunque no hayan llegado a conseguirla del todo. Por ejemplo, en las manadas de licaones africanos (o perros salvajes) solo se reproducen un macho y una hembra, y todos los miembros del clan aportan alimento a los cachorros.
En todo caso, insectos sociales y seres humanos somos los grandes herederos de la tierra firme, los vencedores en la gran competición entre las especies. Los insectos sociales lo llevan siendo mucho tiempo, y está por ver si nuestro reinado va a durar tanto, porque es posible que el Antropoceno, la nueva era protagonizada por los seres humanos, termine aún más bruscamente de lo que empezó.
Hay un fenómeno totalmente nuevo en la evolución humana, que no se da en las demás especies animales. Me refiero a la aparición de identidades simbólicas, agrupaciones de individuos que no se conocen, pero que se reconocen como pertenecientes a la misma familia aunque no compartan sus genes, porque sí comparten sus creencias y la manera de expresarlas.

¿Qué es la consciencia? ¿Cuántos tipos de consciencia hay?
Son cada vez más numerosos los científicos que piensan que muchos animales (los mamíferos, las aves, los pulpos, y quizás otros, tanto vertebrados como invertebrados) sienten y padecen, como suele decirse. O sea, son sentientes (o sintientes) y emocionales, tienen experiencias interiores, vivencias, una vida íntima, un punto de vista subjetivo del mundo (una perspectiva individual de las cosas). Y también poseen estados mentales, es decir, estados de ánimo como el amor, el gozo, la desesperación, la depresión, la ira, el rencor, la alarma, el miedo. Más aún, todo parece indicar que algunos animales experimentan algo que podríamos describir (inevitablemente tenemos que utilizar siempre el lenguaje de las emociones humanas) como compasión o empatía, y hasta indignación si se ha cometido una injusticia en el trato con ellos. En otras palabras, hay animales que sienten (hambre, por ejemplo) y se sienten (furiosos, o con ganas de jugar).

En el caso de la evolución, es posible que Huxley tuviera razón, después de todo, y no quepa esperar nada realmente nuevo de las demás especies; pero no porque carezcan de potencial evolutivo, como él pensaba, sino porque mucho me temo que las especies del futuro serán como nosotros los humanos queramos que sean, y solo existirán las que permitamos que existan. Las reglas del juego evolutivo han cambiado definitivamente.
«El mejor modo de predecir el futuro es inventarlo.

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A perfect synthesis of the biological and cultural history of life and the human species, explained rigorously and pleasantly. In addition, the author contrasts the position of various scientists and philosophers, with the reader deciding which option seems right; and includes «mental experiments» that give one a lot to think about.

Now try to cover evolution and its concomitant theories in all its extension, from its origins four billion years ago until today. I always liked the freshness of his story, but I have also observed that his writing has improved over time and already reaches the level of the best science disseminators on the international scene. I really liked his style. In addition, the topic of evolution is very much to my liking, so I enjoyed it a lot while the book lasted.

This work is for devotees of evolution and for fans with concerns. For all those who like to observe nature and ask questions about it. The subject of evolutionism is deceptively affordable. It seems available to everyone and everyone is allowed to comment on it. With the consequent skating, of course. Evolutionism occupies a very prominent place among the scientific theories that have revolutionized the last centuries: rational mechanics, modern chemistry, Maxwell’s laws, relativity, quantum mechanics … And it stands out for two reasons: Because it has marked the Biology path since «The origin of species» was published, and because it affects the perception we have of ourselves in the world. Our location in creation as a chosen species. Such a direct shot to the waterline of our own image could not go unnoticed. And did not do it. Raise fierce passions, for and against. Something that the theory of relativity, quantum mechanics or information theory could not do among the general public because they are understandable only from a certain level of specialized instruction. Evolutionary theory, on the other hand, is prone to lively debate. Everyone has an opinion about it, although few know the ins and outs, difficulties and explanations that can only be seen at a deep level of detail.

Juan Luis Arsuaga takes a detailed tour of the evolution of species from the beginning of life while touring the evolutionary theories that have studded the history of science. He does it in a passionate but effortlessly equidistant way. He does not hide his love for materialistic theories while trying to expose the facts and theories in prudent neutrality. Although Arsuaga’s point of view is declared materialist, those who believe in spirit and divinity will not be disappointed. There is also justice for them in his presentation.

The text, divided into 2 parts (evolution of species and human evolution) is full of interesting information with clarifying examples.
The wide bibliographic support, the prestige and the previous publications of the author prove the quality of the content that undoubtedly deserves high evaluation. However, the abundance of concepts and technical terminology often «jams» the reading that must necessarily be slow.

The ancient Egyptians represented in their temples and tombs the tree of life, which was of great importance in their mythology. It is a vigorous tree and is full of armored leaves, but it does not distinguish in it a main trunk that reaches up to the top, as if it were its central axis, but the cup is formed by many branches of similar thickness that separate from very low. It is a tree without a guide. Experts say that it is a sycamore, a type of fig tree («nehet» in Egyptian) that is associated with three goddesses: Nut, Hathor and Isis. The tree of life is a female plant.
Darwin also referred to the tree of life to symbolize evolution in The Origin of Species.

The real question, therefore, is: if there were no such unique human beings that were so protagonists of their time, would the current world be, in essence, like the one we now have?
For Robert Wright, the different human cultures that exist or have existed are only stages, more primitive or more advanced, in that cultural evolution towards more or less complex societies.
There is no racism in this approach by Robert Wright, only the conviction that cultural evolution is unidirectional, not multidirectional, and always points in the same direction, which is that of progress. In fact, the Shoshone Indians of North America, the Eskimos – who call themselves «Inuit» – and even the Australian aborigines (who had a paradigm of cultural stagnation) were, says Robert Wright, evolving into more complex societies when Europeans arrived on their lands and truncated their progress.
The engine of this unidirectional cultural evolution is the following: «The competition between societies of a certain level of complexity tends to lead to societies of the following level of complexity if conditions permit» (italics are mine.) Aggregation occurs, in short, by the pressure of competition at all levels. The fusion of the small units to give rise to large units would be for Diamond a fact documented by archeology and history.
It remains to be determined, says Diamond, the role of contingency – that is, of purely human and accidental circumstances, which have little to do with objective and permanent geographical, climatic or ecological facts – in History.
Science does not seek to make sense of the world, and therefore does not ask why laws are as they are and not otherwise. They are just like that and we have enough to try to formulate them and find out how they act.
Evolution works by modifying the inherited designs of the ancestors, and that is the key to understanding why any living being is cut by a specific pattern: that of its species. All land vertebrate models, for example, are modifications (of different types) made from common ancestors that look like fish. That is why living beings can also understand each other, in terms of their composition, asking «why» and answering in terms of history.
Actually, what paleontology proposes is to transform the question “why species are as they are”, into the question “how species have come to be as they are”. Scientists do not like «why» questions, as can be seen.

A scientist is by definition a rebel who faces everything established, who defies the principle of authority and who does not believe anything he is told. Every scientist is a skeptic and a revolutionary. That is why I am a scientist, not because I accept without criticism what the academy tells me. Also, who is the academy? Science has no Sanhedrines.
In truth, Darwin’s great merit, that of finding an explanation, a cause, an engine for evolution. Darwin was not the first to defend the theory of evolution, there were others before, but he did propose the theory of evolution through natural selection. It must be said here that another Englishman, Alfred Russel Wallace, came to the same conclusion at the same time and, therefore, is co-author of the theory, but Darwin did much more to argue and defend the idea that both they shared That is why he won the jackpot: that ism behind Darwin’s own name with which we refer to the theory of evolution through natural selection or Darwinism.
As attractive as Lamarck’s theory is, however, it is false, because (as we have already seen) there is no way that the changes that occur during life in the body modify the genes that are to be transmitted. Lamarck did not know anything about genes, nor did Darwin, but the law of the English biologist proved to be true, and that of French was completely false. That is, each individual is born different because their genotype is different, and then, during life, natural selection acts as a filter, like a sieve. In addition, from time to time mutations occur – random changes – in genes, which produce novelties in the bodies that are subjected to the screening of natural selection.

The history of life would be dominated by contingency, that is, by historical accidents, by the circumstances that surround life but are not part of biology. Or, following the theatrical metaphor, there are decisive actors in the drama that are geological and astronomical. In fact, a script of this story is not seen anywhere, the function that is represented seems to respond to a constant improvisation.
Conway Morris, despite not seeing finalism in evolution, states that his double approach: 1) life was only possible on our planet; and 2) evolution inevitably had to lead to a thinking being like Homo sapiens, has metaphysical implications and is compatible with the idea of creation.
The origin of life and the origin of the universe are two of the three great origins that interest us all. The third is inevitably the origin of rational thinking. And of irrational thought, I add; that is, of magical thinking, of fantasy, of dreams, of myths, of artistic creativity, which are also the exclusive patrimony of humanity.
We now know that these three origins are successive and that they did not occur in a single act of creation: of the world, of life and of human thought. And, thanks to the third, the matter begins to understand itself.
The big bang with which the universe began was a true beginning, because before there was nothing – or at least there was no matter. However, before life there was no life, that is true, but there was organic chemistry, that is, there were already the bricks of life, the prebiotic molecules. They were extremely simple, much simpler than the molecules of living beings, but they already existed in the absence of any cell.
The big problem in understanding the origin of life is that all life forms we know, including bacteria (a virus is not a living being), are of overwhelming complexity. We neither fully understand them nor are we able to produce them in a laboratory. If we knew of some simple single-celled organism, really! But simple life does not exist, we do not know it. Either it is complex, full of order, organization, information, or it is not life.

LUCA seems to have lived between 4,000 million years and 3,500 million years ago, and the first complex cells could have appeared about 2,000 million years ago, which seems to us some time elapsed (at least 1.5 billion years) to say That transition was inevitable. However, those 2,000 million years that go from when the planet began to meet conditions for life (4,000 million years ago) until complex cells came into the world only represent 29 percent of all the time available for life on our planet (approximately 7,000 million years).
In any case, we can say that a planet has to have a lot of patience (that is, a lot of stability and for a long time) for complex cells to evolve.

The current climate, as much as we talk about climate change and global warming, has nothing to do with what was in the Cretaceous. The planet has become much colder and drier. In the last two and a half million years the glaciations have happened, especially terrible in the last million years (up to ten were chained).
During the ice ages, most of the northern hemisphere was uninhabitable for humans, let alone for dinosaurs (the northern hemisphere matters more than the south, because it represents most of the planet’s surface, and a larger percentage even if we discount the Antarctica). This period marked by the cold is called Pleistocene, although the last 11,700 years are known in geology as Holocene.

Science is universal and the periodic table of the elements is explained equally in all cultures and countries because science refers to realities (matter and its laws) that are, or should be, apart from ideologies and beliefs. Science is not a matter of faith. Those great discoveries would have occurred, of course, as long as there were scientists who could make them.
Why are we so different from each other, human beings? Why, despite this, the evolutionary group to which we belong in multiple species has not been split? Isn’t it true that we represent a true evolutionary novelty, something entirely revolutionary? Why then has there not been a human adaptive radiation?
They are many doubts at the same time, but the truth is that they are related to each other and cannot be treated completely separately.
It would be necessary to begin, of course, not taking for granted, without analyzing it beforehand, the statement of the questions. Because … are we really very different from each other, human beings? Do we really represent a great novelty in evolution, an unprecedented type of organism? Is it true that no radiation has occurred in the course of our evolutionary history? Although it seems contradictory we will answer «no» to the first question (no, we are hardly different) and «yes» to the third question (yes there have been radiations in our own evolutionary group). And we will also answer affirmatively to the second question (yes we are a great evolutionary novelty).
The reticulated evolution model, that is, of local evolutions with gene flows between them that maintain the unity of the species from Homo erectus to Homo sapiens, has survived to this day, and still has supporters among paleoanthropologists – the best known of which is the American Milford Wolpoff, who maintains it with the denomination of multiregional evolution model. After a long time of darkness, the new genetic data seems to be right to the multiregional model, although I don’t believe it.

It’s possible that the first manufacturers of stone tools were australopithecines and not members of a species of the genus Homo, but it is in this genre that utensil and body complement each other, and the anatomy, physiology and ethology of our ancestors (the three parts of what is known as the phenotype) without the lithic instruments. And that does not happen until the genus Homo enters the scene. From this moment on, we can talk about a coevolution between biology and culture, because a feedback loop is created (a feedback), a new evolutionary wheel.
The most primitive species of the genus Homo is Homo habilis, just different from an australopithecus and also of small size, but with more brains and, on the contrary, smaller molars and face.
The most representative and complete fossils of Homo habilis (including the exemplary type of the species) are less than two million years old and have been found in Kenya and Tanzania. But there are a couple of fossils (a palate and half jaw) over two million years old in Ethiopia that, although insufficient, suggest an ancient origin for this species. Its grade is still that of the Australopithecus, which they would resemble very much physically (to the point that it would cost us to distinguish them if we saw them alive), but they already belong to our lineage.
Shortly after changing the climate, when the first fossils of the Homo and Paranthropus lines begin to be found in the deposits, which in turn branch, so that in the period between two million years ago and one million ago and half a year ago there is a great diversity of hominin species, as if there had been two radiations, that of Homo and that of Paranthropus, both evolutionary explosions favored by environmental change.
The branched pattern is going to be maintained until very recently (when Homo sapiens is totally alone) because, even if the paranthropists disappear just over a million years ago.

No one defends blind genetic determinism today, of course, but there are not many scientists who argue that humans have absolutely nothing to do with animals when it comes to behavior and that we are not conditioned like them – at least in part – for our genes, even in the form of learning biases.
Our species is characterized by its great sociability, with large doses of tolerance, cooperation and altruism, and this remarkable feature must be a very high peak in the hyperspace of social biology. How have complex societies in the animal kingdom evolved? Is there more than one summit?
There are two main summits. Insects have come to form very well organized societies in the case of ants, bees and wasps …
Other species of mammals (apart from mole rats) have taken steps towards eusociality, although they have not been able to achieve it at all. For example, in the herds of African lycaons (or wild dogs) only one male and one female breed, and all members of the clan provide food to the puppies.
In any case, social insects and human beings are the great heirs of the mainland, the winners in the great competition between species. Social insects have been a long time, and it remains to be seen if our reign is going to last so long, because it is possible that the Anthropocene, the new era starring human beings, ends even more sharply than it began.
There is a totally new phenomenon in human evolution, which does not occur in other animal species. I refer to the emergence of symbolic identities, groups of individuals who do not know each other, but who recognize themselves as belonging to the same family even if they do not share their genes, because they do share their beliefs and how to express them.

What is consciousness? How many types of consciousness are there?
There are more and more scientists who think that many animals (mammals, birds, octopuses, and perhaps others, both vertebrates and invertebrates) feel and suffer, as they say. That is, they are sentient (or sentient) and emotional, they have inner experiences, experiences, an intimate life, a subjective point of view of the world (an individual perspective of things). And they also have mental states, that is, moods such as love, joy, despair, depression, anger, resentment, alarm, fear. Moreover, everything seems to indicate that some animals experience something that we could describe (inevitably we always have to use the language of human emotions) as compassion or empathy, and even outrage if an injustice has been committed in dealing with them. In other words, there are animals that feel (hunger, for example) and feel (furious, or wanting to play).

In the case of evolution, it is possible that Huxley was right, after all, and not expect anything really new from the other species; but not because they lack evolutionary potential, as he thought, but because I fear that the species of the future will be as we humans want them to be, and there will only be those that we allow to exist. The rules of the evolutionary game have definitely changed.
«The best way to predict the future is to invent it.

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