Mutatio Corporis. Medicina Y Transformación — Gavin Francis / Shapeshifters: A Journey Through the Changing Human Body by Gavin Francis

Esta fue una lectura interesante: básicamente digo esto sobre todos los libros relacionados con la medicina / biología, pero es cierto. Encuentro estos temas muy interesantes e intrigantes, especialmente si están escritos de una manera informativa pero no demasiado académica que se vuelve aburrida o que se hace demasiado difícil para mí. Como no todos los capítulos están necesariamente relacionados entre sí, es posible que haya omitido dos o tres capítulos como máximo sobre los que realmente no quería leer.

Este libro analiza los múltiples cambios que ocurren en nuestro cuerpo. Lo que se siente al pasar por eso, cómo lo trataron sus pacientes, cómo se manejó como médico y cómo explorar el significado detrás de esto. Algunos de esos cambios corporales que se discuten es lo que sucede cuando duermes lo suficiente o la falta de sueño, lo que le sucede a nuestro cuerpo durante la pubertad y la menopausia, el embarazo, la castración y el género … entre otros temas. Cada capítulo se siente como un ensayo rápido y breve sobre el tema con una pequeña historia de fondo sobre su origen o cómo surgió o cómo fue hace años antes del avance de la medicina. Aunque cada capítulo fue corto, sentí que me tomó un tiempo terminarlo.

“Nadie es inmortal, nada es eterno, todo está en constante cambio. . . ”

En este libro fascinante, la medicina y la cultura se cruzan. Gavin Francis toma como tema los muchos y diversos cambios que el cuerpo humano puede sufrir en el transcurso de su vida. Un médico de cabecera de Edimburgo, Francis se basa en veinte años de experiencia clínica con pacientes (y a veces en entrevistas con otros médicos o personas con condiciones inusuales) para explorar alteraciones en el cuerpo. Cambios dictados por el ciclo de vida humano natural; transformaciones que son el resultado de fallas genéticas, enfermedades o traumas; y, algunas “mejoras” que son cosméticas o electivas, todas aparecen en este libro.

Francis utiliza historias informales de pacientes como trampolines para una amplia reflexión sobre mitos, historia, religión, filosofía y artes. La literatura de la antigüedad ocupa un lugar destacado, pero también hay referencias a obras modernas de Kafka, Atwood, Eugenides y otros. Como cabría esperar en un libro centrado en el flujo, la pubertad, el embarazo, la anorexia y el hermafroditismo están cubiertos; Sin embargo, también hay excursiones imprevistas a la licantropía (que se refiere tanto a la transformación de una persona en un hombre lobo como a una forma de locura caracterizada por la ilusión de que uno es un animal), el uso de esteroides anabólicos (y sus efectos menos conocidos sobre la personalidad). y el estado de ánimo), y los cambios que sufre el corazón de un recién nacido (y a veces no) cuando el bebé respira por primera vez.

Mutatio Corporis es una inusual y cautivadora obra de no ficción que me recuerda los trabajos del gran escritor / anatomista / patólogo estadounidense, F. González-Crussi. No es una lectura fácil, pero es rica y gratificante, uno de esos libros raros que merece una segunda lectura.
Gracias a Gavin Francis por escribirlo.

Estar vivo es estar en perpetua metamorfosis. Las fronteras de nuestro ser son porosas —moldeadas y recompuestas por los elementos de nuestro entorno—. El agua del río fue una vez espuma del mar y al año siguiente podría fluir por las venas de tu vecino. El agua de tu cerebro se derramó alguna vez sobre antiguos paisajes y se alzó en el oleaje de océanos desaparecidos hace largo tiempo. Desde esta perspectiva, el cuerpo es en sí mismo una corriente en movimiento o un fuego ardiente; en su devenir no hay dos instantes iguales. En el crecimiento y la recuperación, en la adaptación y el envejecimiento, nuestros cuerpos cambian inevitablemente de forma, y mediante el sueño, la memoria y el aprendizaje también lo hacen nuestras mentes. Desde las crisis que nos pueden abrumar hasta las transiciones que tienen lugar entre nuestro nacimiento y la tumba, desde los flujos neuronales a partir de los cuales se urde el tejido de nuestra conciencia hasta los logros que somos capaces de llevar a cabo mediante nuestra fuerza de voluntad y nuestra determinación, encarnamos el cambio.
La palabra paciente significa ‘que padece o sufre’…

Se supone que la palabra werewolf (hombre lobo) se refiere a la transformación física de un ser humano en lobo, mientras que el término de origen griego licantropía está reservado actualmente, en inglés, para designar el delirio psiquiátrico de aquella persona que cree haberse transformado en lobo, una modalidad de psicosis. Los psiquiatras han ampliado el uso del término para abarcar cualquier delirio basado en la transformación en un animal, aunque el término correcto para esto sería teriantropía, del griego therion, que significa ‘bestia’. Plinio consideraba absurda la idea de que las personas pudieran convertirse físicamente en lobos y, por tanto, únicamente la mente humana era capaz de operar semejante transformación: «¿Que los hombres puedan transformarse en lobos y volver a recuperar su forma original? Podemos creer sin miedo a equivocarnos que se trata de una soberana mentira».

Muchas culturas poseen leyendas sobre forzudos musculosos desbocados por la furia. En la cultura medieval noruega estos hombres eran muy valorados en la batalla: eran conocidos como berserks, ‘pieles de oso’, pues, transformados por su sed de sangre, parecían osos a la par que hombres. Los alemanes también tenían una palabra para ese estado alterado: mordlust, ‘lujuria de muerte’. Los anglosajones tenían a Beowulf; los irlandeses a Cú Chulainn; en la mitología hindú, Krishna; para los babilonios, Gilgamesh. En todos los casos hay resonancias y ecos del trance guerrero de Aquiles. En la Biblia hebrea está la historia de Sansón, un hercúleo forzudo que, al igual que su equivalente griego, mata a un león con sus propias manos, derriba edificios y vence él solo a un ejército (pero mientras que Hércules tenía su arco y sus flechas, Sansón está armado con una quijada de burro). Del mismo modo que el mito griego le concede a Hércules tres «esposas» humanas consecutivas, la historia hebrea lo hace con Sansón.

El cuero cabelludo es una de las partes del cuerpo con mayor riego sanguíneo: amplios canales arteriales ascienden hacia él por ambos lados de la cara, de modo que, cuando sufre alguna herida, la sangre puede salpicar hasta un par de centímetros en el aire. La piel del cuero cabelludo es resistente y resulta fácil suturarla. En el servicio de urgencias, a menudo comienzo con algunos puntos de sutura con hilo de seda para detener el sangrado y después cierro el trabajo con grapas o adhesivo tópico. El pegamento Super Glue se inventó durante la guerra de Vietnam con el propósito de reparar con urgencia heridas sangrantes como las del cuero cabelludo. Solo la lengua y las mejillas se curan más rápido, gracias a un riego sanguíneo aún más copioso. La piel del cuero cabelludo es de las más gruesas del cuerpo, alrededor de 1 milímetro (el grosor de la piel varía entre 0,05 milímetros, en las mejillas y detrás de las orejas, y 1,5 milímetros, en las palmas de las manos y las plantas de los pies). La piel del cuero cabelludo de las mujeres es más gruesa que la de los hombres y son los varones ancianos los que tienen el cuero cabelludo más fino. Toda esta variedad repartida por la superficie del cuerpo hace de la piel nuestro órgano más grande y pesado, curiosa e injustificadamente ignorado en muchos programas de enseñanza de medicina.

La anorexia nerviosa es una enfermedad inescrutable: desconcertante y frustrante tanto para aquellos que la padecen como para quienes tratan de ayudarlos. Algunas enfermedades mentales difuminan las fronteras del yo, desgarrando las costuras que nos sostienen. Otras producen delirios de acoso y persecución, de contaminación —o de lo contrario: de poder, grandeza e invulnerabilidad—. Ciertas enfermedades mentales nos obligan a apartarnos del mundo, anulando los lazos con nuestro entorno y envolviéndonos en un destructivo velo de depresión o catatonia. La anorexia, no obstante, no es ninguna de esas cosas: supone un autodestructivo y venenoso asalto a nuestro cuerpo y nuestra mente, una lúgubre alianza entre uno de nuestros más primigenios instintos, el de ayunar e incluso evitar por completo la comida ante la creencia de que puede dañarnos, y una de las más recientes preocupaciones del ser humano, el modo en que nos vemos a nosotros mismos y cómo nos ven los demás.

En griego, la palabra psyche significa ‘alma’ o ‘vida’; psychosis significa ‘animación’ o ‘infundir vida’. Para los psiquiatras de los siglos XIX y XX, tenía un significado diferente: la «psicosis» era la locura resultante de un desorden mental, en contraposición a la «neurosis», que era originada por un trastorno de los nervios (hoy en día esta distinción no sigue vigente). Actualmente el término está reservado para aquellos que sostienen ciertas creencias o afirman tener percepciones alucinatorias que son manifiestamente falsas; personas que han perdido el contacto con lo que es verificablemente real y viven dichas experiencias de un modo angustioso y dañino.
En términos generales, para ser alucinógena, una droga ha de producir una distorsión perceptiva sin actuar al mismo tiempo como sedante o estimulante. Existen muchos alucinógenos naturales, y su consumo por humanos ha sido descrito desde los tiempos de los Vedas hindúes —hace unos cinco mil años—. Durante la Edad Media, tuvieron lugar brotes periódicos de cierta afección conocida como «fuego de san Antonio», durante los cuales comunidades enteras experimentaban alucinaciones como consecuencia de haber consumido pan contaminado con alcaloides del cornezuelo de centeno. Los alcaloides son generados por un hongo que crece en los cereales. En el sistema digestivo pueden producir diarrea y vómitos; y en el cerebro causan dolores de cabeza, alucinaciones y convulsiones. Un efecto parecido es ocasionado por la ingesta de hojas o frutos de la dulcamara mortal (belladona).

El jet lag existe porque nuestros cuerpos poseen un freno que ralentiza los ajustes cada vez que nos trasladamos a un nuevo ritmo de oscuridad y luz. Es una forma de resistencia al cambio: el cuerpo se adapta con cautela al nuevo ritmo y es precisamente esta precaución lo que impide una adaptación rápida al ambiente de una nueva zona horaria. Si los relojes biológicos fueran capaces de resetearse de manera rápida y sencilla, nuestros ancestros habrían perdido por completo el control con cada luna llena…

A grandes rasgos, se puede decir que existen dos clases de risa: la que nos embarga como respuesta a algo gracioso y la que utilizamos para pautar la conversación, para facilitar la interacción social. A medida que nos hacemos mayores, mejoramos a la hora de distinguir ambas —la habilidad para hacerlo mejora sensiblemente al llegar a los cuarenta—. Ambos tipos de risa son aliados de la salud: la gente que ríe habitualmente manifiesta sentir menos dolor, ansiedad y depresión que otros; también una mayor energía y sentimientos de bienestar, y disfrutan de un sueño más reparador. La risa dilata los vasos sanguíneos, disminuye el riesgo de contraer enfermedades cardiacas y fortalece nuestro sistema inmunitario, haciéndonos menos proclives a las alergias y más fuertes a la hora de combatir las infecciones. Muchos hospitales pediátricos contratan payasos, o «médicos de la risa», para aliviar la tensión y propiciar una mejor curación de los niños internos. «La risa es la mejor medicina —dice el chiste—, a menos que tengas diarrea».
No tenemos mucha idea de por qué reímos. Es evidente que se trata de un proceso fisiológico: se altera la respiración, el rostro se sonroja, y todos conocemos esa sensación de dolor en los costados al final de un ataque de risa.
Darwin observó que los movimientos implicados en la risa —vocalizaciones breves y entrecortadas al expirar, acompañadas de largos jadeos al inspirar— son exactamente opuestos a los que se llevan a cabo al gritar de angustia. De modo que la risa actúa como un poderoso marcador social del buen humor. El efecto transformador de un ataque de risa impone una parálisis temporal que impide llevar a cabo otras acciones y hace imposible comunicar otras emociones.
La risa, para facilitar las interacciones sociales, puede ser falsa o exagerada, pero aun así sirve a un propósito útil. Muestra nuestra conformidad o desacuerdo con los demás, y es un modo más rápido que las palabras de manifestar afinidad con los que nos rodean.

Nadie comprende con exactitud el mecanismo que hace que las personas con demencia sean tan vulnerables y proclives a pérdidas de memoria cuando padecen una infección. Según la terminología médica, George experimentaba «delirios», un particular estado de confusión cuyo nombre proviene de una palabra latina para referirse a la acción de arar: deliriare significa ‘salirse del surco’. El cerebro y la mente de George estaban habituados a ciertas rutinas y estímulos estables, pero la infección de orina había sacado bruscamente la reja de su arado mental de su recorrido habitual.
La memoria nos permite viajar en el tiempo y en el espacio, nos amarra y, a la vez que nos libera del presente, nos lleva al pasado y nos permite imaginar el futuro. Pero también está su reverso: la pérdida de memoria nos aísla de cuantos nos rodean y nos desorienta profundamente. Perder la memoria es experimentar un cambio en la naturaleza del yo. Hay cien billones de células en el cerebro humano con una media de cinco mil sinapsis cada una: quinientos trillones de potenciales conexiones en las que se alojan los recuerdos. Se tardó mucho tiempo en dilucidar la auténtica escala y el esplendor de estas redes neuronales. Las ramificaciones de las neuronas (o dendritas) formaban un paisaje demasiado frondoso como para poder estudiar el funcionamiento de una sola célula con los primeros microcopios.
Para asomarnos a la enorme variedad existente de formas de olvido, merece la pena observar el índice de un libro de texto de psiquiatría. En el apartado de demencia se pueden encontrar términos como «alcohólico», «Alzheimer», «cerebrovascular», «Creutzfeldt-Jakob», «depresivo», «cuerpos de Lewy», «parkinsoniano» o «psicótico». La mitad de los casos de demencia con que me he encontrado eran de tipo cerebrovascular: a medida que el cuerpo envejece, en los vasos sanguíneos se van acumulando sedimentos y, como consecuencia, el cerebro se hace más lento y olvidadizo. Otras son parkinsonianas: la enfermedad de Parkinson puede evolucionar desde la dificultad para iniciar movimientos hasta la dificultad para iniciar pensamientos y, eventualmente, también para crear recuerdos. Sin embargo, en muchas de las personas que acuden a mi clínica con problemas de memoria no es posible identificar una causa específica —para los psiquiatras esta última variante es de «tipo alzhéimer». Cuando se llevan a cabo exámenes post mortem en los cerebros de la gente con esta clase de demencia, los circuitos mnemónicos parecen estar obstruidos por dos proteínas poco habituales. La primera, «beta-amiloide», se encuentra formando placas entre las neuronas; la segunda, llamada «tau», aparece formando nudos en el interior de las mismas células.
El motivo por el que estas sustancias se acumulan sigue siendo un misterio, y sabemos poco acerca de cómo prevenirlo. La aparición del olvido en el alzhéimer es un proceso pernicioso: en muchos casos tiene lugar con tanta lentitud que no llega a causar dificultades, mientras que en otros la acumulación de tau y amiloide se acelera por razones que siguen siendo desconocidas.

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This was an interesting read – I basically say this about all medical/biology related books but it’s true. I find these subjects very interesting and intriguing especially if they’re written in a way that’s both informative but not too academic that it becomes dull or that it becomes too difficult for me to go through. Since not all the chapters are necessarily connected with one another, I may have skipped two or three chapters at most that I didn’t really want to read about.

This book discusses multiple changes that happen in our body. What it feels like to go through it, how his patients dealt with it, how he dealt with as a doctor and exploring the meaning behind it. Some of those bodily changes that are discussed is what happens when you get enough sleep or a lack of sleep, what happens to our body during puberty and menopause, pregnancy, castration and gender… among other topics. Each chapter feels like a quick and brief essay on the topic with a little back story on it’s origin or how it came to be or what was like years ago before the advancement of medicine. Even though each chapter was short I felt like it took my a while to finish.

“no one is immortal, nothing is eternal, everything is in flux . . .”

In this fascinating book, medicine and culture intersect. Gavin Francis takes as his theme the many and various changes that the human body can undergo in the course of a lifetime. An Edinburgh GP, Francis draws on twenty years of clinical experience with patients (and sometimes on interviews with other clinicians or people with unusual conditions) to explore alterations in the body. Changes dictated by the natural human lifecycle; transformations that are the result of faulty genetics, disease, or trauma; and, some “improvements” that are cosmetic or elective—all make their appearance in this book.

Francis uses informal patient histories as springboards for wide-ranging reflection on myths, history, religion, philosophy, and the arts. The literature of antiquity figures prominently, but there are also references to modern works by Kafka, Atwood, Eugenides, and others. As one might expect in a book focused on the body in flux, puberty, pregnancy, anorexia, and hermaphroditism are covered; however, there are also unanticipated excursions into lycanthropy (which refers both to the transformation of a person into a werewolf and a form of madness characterized by the delusion that one is an animal), anabolic steroid use (and its less commonly known effects on personality and mood), and the changes a newborn’s heart usually undergoes (and sometimes doesn’t) when the infant takes her first breaths of air.

Francis serves up a veritable feast of information about anatomy, physiological processes, and cultural material related to the body—some of it quite esoteric and arcane. His book can be demanding at times if you, like me, are not as scientifically literate as you’d like to be. I found reading the book on an electronic device to be advantageous when it came to visualizing—comprehending—some of the topics under discussion. It was useful, for example, to look at a diagram of the “double spiral of opposing helical fibres” in the middle layer of the ductus arteriosus—an important blood vessel in the fetus which allows blood to bypass developing lungs. The drawing helped me to understand how this channel for blood usually closes when a newborn begins to breathe. Francis does provide some useful photographs in the book, but I wouldn’t have minded a helpful diagram or two as well.

Shapeshifters is an unusual and captivating work of nonfiction that put me in mind of the works of the great American anatomist/pathologist- writer, F. Gonzalez-Crussi. It is not an easy read, but it is a rich and rewarding one—one of those rare books that merits a second reading.
Thanks to Gavin Francis for writing it.

To be alive is to be in perpetual metamorphosis. The boundaries of our being are porous – molded and recomposed by the elements of our environment. The water of the river was once foam of the sea and the following year it could flow through the veins of your neighbor. Water from your brain once spilled over ancient landscapes and rose in the waves of long-gone oceans. From this perspective, the body is itself a current in motion or a burning fire; in its future there are no two equal moments. In growth and recovery, in adaptation and aging, our bodies inevitably change shape, and through sleep, memory and learning so do our minds. From the crises that can overwhelm us to the transitions that take place between our birth and the grave, from the neural flows from which the fabric of our consciousness is urged to the achievements we are able to carry out through our force of Will and our determination, we embody change.
The word patient means ‘who suffers or suffers’ …

The word werewolf (werewolf) is supposed to refer to the physical transformation of a human being into a wolf, while the term of Greek origin lycanthropy is currently reserved, in English, to designate the psychiatric delirium of that person who thinks he has transformed in wolf, a modality of psychosis. Psychiatrists have expanded the use of the term to encompass any delirium based on the transformation into an animal, although the correct term for this would be teriantropy, from the Greek therion, which means ‘beast’. Pliny considered the idea that people could physically become wolves absurd and, therefore, only the human mind was capable of operating such a transformation: «That men can transform themselves into wolves and regain their original form? We can believe without fear of being wrong that it is a sovereign lie ».

Many cultures have legends about stubborn muscular runaways. In Norwegian medieval culture these men were highly valued in battle: they were known as berserks, ‘bear skins’, because, transformed by their thirst for blood, they looked like bears on par with men. The Germans also had a word for that altered state: mordlust, ‘lust of death’. The Anglo-Saxons had Beowulf; the Irish to Cú Chulainn; in Hindu mythology, Krishna; for the Babylonians, Gilgamesh. In all cases there are resonances and echoes of the Achilles warrior trance. In the Hebrew Bible is the story of Samson, a forced herculean who, like his Greek equivalent, kills a lion with his own hands, demolishes buildings and defeats him alone to an army (but while Hercules had his bow and his arrows, Samson is armed with a donkey jaw). Just as the Greek myth grants Hercules three consecutive human “wives,” Hebrew history does so with Samson.

The scalp is one of the parts of the body with the greatest blood supply: wide arterial channels rise to it on both sides of the face, so that when it suffers a wound, the blood can splash up to a couple of centimeters in the air. The skin of the scalp is resistant and it is easy to suture it. In the emergency department, I often start with some stitches with silk thread to stop the bleeding and then close the work with staples or topical adhesive. Super Glue glue was invented during the Vietnam War with the purpose of urgently repairing bleeding wounds such as those on the scalp. Only the tongue and cheeks heal faster, thanks to an even more copious blood supply. The skin of the scalp is one of the thickest in the body, about 1 millimeter (the thickness of the skin varies between 0.05 millimeters, on the cheeks and behind the ears, and 1.5 millimeters, on the palms of the hands and soles of the feet). The skin of the scalp of women is thicker than that of men and it is the elderly men who have the finest scalp. All this variety spread over the surface of the body makes the skin our largest and heaviest, curious and unjustifiably ignored organ in many medical education programs.

Anorexia nervosa is an inscrutable disease: disconcerting and frustrating both for those who suffer from it and for those who try to help them. Some mental illnesses blur the boundaries of the self, tearing apart the seams that sustain us. Others produce delusions of harassment and persecution, of contamination – or otherwise: of power, greatness and invulnerability. Certain mental illnesses force us to move away from the world, annulling ties with our surroundings and wrapping ourselves in a destructive veil of depression or catatonia. Anorexia, however, is none of those things: it is a self-destructive and poisonous assault on our body and our mind, a grim alliance between one of our most primal instincts, that of fasting and even completely avoiding food in the face of belief. that it can harm us, and one of the most recent concerns of the human being, the way we see ourselves and how others see us.

In Greek, the word psyche means ‘soul’ or ‘life’; psychosis means ‘animation’ or ‘infuse life’. For the psychiatrists of the nineteenth and twentieth centuries, it had a different meaning: “psychosis” was madness resulting from a mental disorder, as opposed to “neurosis,” which was caused by a disorder of the nerves (nowadays distinction is not still valid). Currently the term is reserved for those who hold certain beliefs or claim to have hallucinatory perceptions that are manifestly false; people who have lost contact with what is verifiably real and live these experiences in an anguishing and harmful way.
In general terms, to be hallucinogenic, a drug must produce a perceptual distortion without at the same time acting as a sedative or stimulant. There are many natural hallucinogens, and their consumption by humans has been described since the time of the Hindu Vedas – about 5,000 years ago. During the Middle Ages, periodic outbreaks of a certain condition known as “San Antonio Fire” took place, during which entire communities experienced hallucinations as a result of having consumed bread contaminated with rye ergot alkaloids. Alkaloids are generated by a fungus that grows in cereals. In the digestive system they can cause diarrhea and vomiting; and in the brain they cause headaches, hallucinations and seizures. A similar effect is caused by the intake of leaves or fruits of the deadly dulcamara (belladonna).

Jet lag exists because our bodies have a brake that slows down the adjustments every time we move to a new rhythm of darkness and light. It is a form of resistance to change: the body adapts cautiously to the new rhythm and it is precisely this precaution that prevents a rapid adaptation to the environment of a new time zone. If biological clocks were able to reset quickly and easily, our ancestors would have completely lost control with each full moon …

Broadly speaking, it can be said that there are two kinds of laughter: the one that overwhelms us in response to something funny and the one we use to guide the conversation, to facilitate social interaction. As we get older, we improve when it comes to distinguishing both — the ability to do so improves significantly when we reach forty. Both types of laughter are allies of health: people who laugh usually say they feel less pain, anxiety and depression than others; also greater energy and feelings of well-being, and enjoy a more restful sleep. Laughter dilates blood vessels, decreases the risk of heart disease and strengthens our immune system, making us less prone to allergies and stronger when it comes to fighting infections. Many pediatric hospitals hire clowns, or “doctors of laughter,” to relieve tension and promote better healing of internal children. “Laughter is the best medicine,” says the joke, “unless you have diarrhea.”
We don’t have much idea why we laugh. It is evident that it is a physiological process: breathing is disturbed, the face is flushed, and we all know that sensation of pain on the sides at the end of a fit of laughter.
Darwin noted that the movements involved in laughter – brief and choppy vocalizations upon expiration, accompanied by long gasps of inspiration – are exactly the opposite of those carried out when screaming in anguish. So laughter acts as a powerful social marker of good humor. The transformative effect of an attack of laughter imposes a temporary paralysis that prevents other actions from being carried out and makes it impossible to communicate other emotions.
Laughter, to facilitate social interactions, can be false or exaggerated, but still serves a useful purpose. It shows our agreement or disagreement with others, and it is a faster way than the words of expressing affinity with those around us.

No one understands exactly the mechanism that makes people with dementia so vulnerable and prone to memory loss when they are infected. According to medical terminology, George experienced “delusions,” a particular state of confusion whose name comes from a Latin word to refer to the action of plowing: deliriare means ‘out of the groove’. George’s brain and mind were accustomed to certain stable routines and stimuli, but the urine infection had sharply removed the grille from his mental plow from his usual path.
Memory allows us to travel in time and space, it ties us and, at the same time it frees us from the present, it takes us to the past and allows us to imagine the future. But there is also its reverse: the loss of memory isolates us from those around us and deeply disorients us. Losing memory is experiencing a change in the nature of the self. There are one hundred billion cells in the human brain with an average of five thousand synapses each: five hundred trillion potential connections where memories are housed. It took a long time to elucidate the true scale and splendor of these neural networks. The ramifications of the neurons (or dendrites) formed a landscape too leafy to be able to study the operation of a single cell with the first microcopes.
To look at the enormous variety of forms of forgetfulness, it is worth observing the index of a psychiatry textbook. In the dementia section you can find terms such as “alcoholic”, “Alzheimer”, “cerebrovascular”, “Creutzfeldt-Jakob”, “depressive”, “Lewy bodies”, “parkinsonian” or “psychotic”. Half of the cases of dementia that I have encountered were of the cerebrovascular type: as the body ages, sediments accumulate in the blood vessels and, as a consequence, the brain becomes slower and forgetful. Others are parkinsonian: Parkinson’s disease can evolve from the difficulty in initiating movements to the difficulty in initiating thoughts and, eventually, also in creating memories. However, in many of the people who come to my clinic with memory problems it is not possible to identify a specific cause – for psychiatrists this last variant is of the “Alzheimer’s type”. When post mortem exams are carried out in the brains of people with this kind of dementia, the mnemonic circuits appear to be obstructed by two unusual proteins. The first, “beta-amyloid,” is forming plaques between neurons; the second, called “tau”, appears forming knots inside the same cells.
The reason why these substances accumulate remains a mystery, and we know little about how to prevent it. The appearance of forgetfulness in the Alzheimer’s is a pernicious process: in many cases it takes place so slowly that it does not cause difficulties, while in other cases the accumulation of tau and amyloid accelerates for reasons that remain unknown.

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