La Escritora Vive Aquí — Sandra Petrignani / La Scrittrice Abita Qui (The Writer Lives Here) by Sandra Petrignani

Sandra Petrignani está aquí siguiendo el rastro de seis escritores, visitando sus hogares para encontrar el fuego, no las cenizas. Van desde K. Blixen hasta Deledda, y V. Woolf.
A modo de ejemplo, no por casualidad, me detengo en la casa de Marguerite Yourcenar.

La autora del libro piensa que “una casa dice la verdad sobre quién vive en ella”. Lo habitado durante 36 años por M. Yourcenar, ‘Petite Plaisance’, “es lo contrario de un santuario o un palacio. Es una casa tierna, envolvente y femenina. Un lugar imbuido de sentimientos”.
Se encuentra en la isla de Mount Desert, Maine, cerca de las costas canadienses.
La isla se presenta en toda la magnificencia de los colores del otoño. “Alrededor del Atlántico, azul profundo poblado de ballenas”.
Justo a las afueras del pueblo de Somesville, aquí la casa aparece rodeada de naturaleza, construida en madera pintada de blanco y “con muchas buhardillas”. En el jardín, “las casas de pájaros están dispersas en casi todas partes”; En el grueso de los árboles se pueden ver las tres pequeñas tumbas de los queridos perros.

Por casualidad, pero nada sucede por casualidad, Petrignani tiene el privilegio de “sentarse a tomar el té en la sala de estar de Marguerite, frente a la chimenea”.
La casa huele a Oriente, con los objetos comprados durante el viaje por esta mujer “muy espiritual”: una daga de madera tallada tibetana “para matar el ego”, piedras de malaquita para la meditación … Luego libros en todas partes, en Todas las habitaciones, divididas con criterios personales, quizás simbólicas.

Entre las descripciones y anotaciones, la visitante está llena de anécdotas: muchos consideraron a Yourcenar “como un monumento”, pero se sorprendió: los que vinieron a entrevistarla podrían encontrarla vieja y sin pretensiones, pero poco después de las cámaras parecía elegante y casi coqueta. Los franceses, que la imaginaban lejos, una especie de ermitaño, la vieron en el famoso e ingenioso programa de televisión “Apostrophe”, capaz de mantenerse al día con el entrevistador.
Por otro lado, dijo: “Mi personalidad es como mi hogar, muy abierta”.

Es una feliz mezcla de periodismo y narrativa, crónicas de eventos e intuiciones de emociones, entre realidad e imaginación. Una novela no novedosa en la que la autora misma es un personaje, narrando voz y fisicalidad, deambulando entre viviendas en la búsqueda nostálgica de quintaesencias de escritores muy famosos. Los retratos que ofrece son vivos, compuestos y humanos, porque las casas son lugares de intimidad, de verdad y no de mito. Pequeños cameos de los cuales, de mala gana, me separé.

Los amores desdichados producen canciones, producen literatura. Especialmente si se convierten en la espina dorsal, reprimida y secretamente operativa, de una vida entera. Grazia Deledda no tenía ninguna intención de compartir el destino femenino que les estaba reservado a las mujeres de su tierra. Supo enseguida que no quería eso.
En 1900, en el barco que la alejaba de Cerdeña, llevaba sobre los hombros un chal de gasa azul que se había comprado con sus primeras ganancias literarias y al que le tenía muchísimo cariño. Lloraba al alejarse, ella que no lloraba nunca, y no se dio cuenta de que el viento le estaba arrebatando el fular, hasta que se lo llevó «y ya no fue posible recuperarlo». El chal se confundió con el agua y desapareció para siempre. Esa pérdida encarnaba simbólicamente la fractura entre su vida en la isla y la que llevaría en el continente, entre juventud y madurez, entre libertad y matrimonio. En su casa romana tenía el cuadro de Cascella que le recordaba aquel chal de gasa azul. Me imagino que lo contemplaría hasta el final, hasta que debió de sentir que había llegado el momento de seguirlo.

El estudio en el que Karen Blixen, o Isak (que quiere decir «el que ríe») Dinesen, escribió casi todos sus libros es, en la peculiar planta en forma de L, la habitación más encarada al mar, y la más fría, porque se encuentra en la extrema ala norte, expuesta a los vientos por ambos lados. Tiene una forma perfectamente cuadrada, con tres ventanas. Se la llama la habitación de Ewald, puesto que fue la habitación del gran poeta danés cuando, durante casi tres años, alrededor de 1774, vivió en Rungsted, el pueblo donde escribió algunos de sus mejores versos. «Enfermo y arruinado, desengañado en amores, escandalosamente adicto a la bebida», así aparece en el relato de los Siete cuentos góticos «La cena en Elsinor».
Al sur de Copenhague, junto al aeropuerto de Kastrup, hay un antiguo y viejo pueblecito de pescadores que se llama DragØr, que se halla solo a quince kilómetros de la ciudad. Aquí se trasladó Karen Blixen en mayo de 1960, durante los trabajos de restauración de Rungstedlund, a la pequeña casa con el tejado de paja de Clara Svendsen, tal y como son, aún hoy, casi todas las casas de DragØr. «He experimentado una gran felicidad en esta casa», le dijo a Clara con reconocimiento. Iban juntas en barca a la cercana isla de Saltholm a mirar las aves acuáticas y los patos salvajes.
Bogani House se convirtió en Museo Karen Blixen, en el distrito de Karen, a quince kilómetros de Nairobi, y ya no contiene nada que sea auténtico. En la última parte de Lejos de África vemos a Tania (era el nombre con el que preferentemente la llamaba Denys) en medio de las cajas, en el vacío de una casa en mudanza, con gente que viene a mirar y a comprar los objetos en venta…
Sin embargo, la tumba de Karen Blixen está en Rungstedlund. Una simple lápida de piedra con su nombre grabado en letras de molde a los pies de la colina conocida como Ewald, porque era el lugar del bosque preferido por el poeta, tal y como lo recuerda una estela.
Cuatro sentencias guiaron su vida. Durante su juventud la displicente incitación al valor de Pompeyo a su tripulación: «Navigare necesse est, vivere non necesse».
Una vez en África hizo suya la afirmación altamente ética, grabada en el blasón de los Finch Hatton: «Je responderai», yo responderé.
Cuando se convirtió en escritora, le complació asumir la ligereza del nombre de un barco que se había hundido en alta mar en Islandia: Pourquoi pas? En ese «¿por qué no?» adivina una «señal de desenfrenada esperanza».
Murió serenamente en Rungstedlund, en su cama, de desnutrición, de lo que se dice, en una persona tan anciana y con el físico tan deteriorado, de muerte natural. La biógrafa Judith Thurman escribe: «Isak Dinesen no tenía en modo alguno miedo a morir.

Los viajes a las casas son los viajes a las vidas. O puede que sea al contrario. Pero no importa. Una casa es un destino de todas formas. En un tiempo, los poetas les pedían a las Musas su ayuda para sus versos. Yo pedí a las tres «V», Vanessa, Vita y Virginia, que me acompañasen en estos viajes.
Tal vez no significa nada, pero es conmovedor saberlo. Sus maridos, los tres, sobrevivieron a la pérdida de mujeres tan comprometidas. Harold Nicolson murió en 1968. Leonard Woolf en 1969. Duncan Grant, muy viejo, a los noventa y tres años, en 1978. Vivieron hasta el final en las casas que habían compartido con sus compañeras.

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Sandra Petrignani is here following the trail of six writers, visiting their homes to find fire, not ashes. They range from K. Blixen to Deledda, to V. Woolf.
As an example, not by chance, I stop at Marguerite Yourcenar’s house.

The author of the book thinks that “a house tells the truth about who lives in it.” Inhabited for 36 years by M. Yourcenar, ‘Petite Plaisance’, “it is the opposite of a sanctuary or a palace. It is a tender, enveloping and feminine house. A place imbued with feelings.”
It is located on the island of Mount Desert, Maine, near the Canadian coast.
The island is presented in all the magnificence of autumn colors. “Around the Atlantic, deep blue populated with whales.”
Just outside the town of Somesville, here the house is surrounded by nature, built in white-painted wood and “with many attics.” In the garden, “bird houses are scattered almost everywhere”; In the thick of the trees you can see the three small graves of the beloved dogs.

By chance, but nothing happens by chance, Petrignani has the privilege of “sitting down to have tea in Marguerite’s living room, facing the fireplace.”
The house smells like the East, with the objects bought during the trip by this “very spiritual” woman: a Tibetan carved wooden dagger “to kill the ego”, malachite stones for meditation … Then books everywhere, in All rooms, divided with personal criteria, perhaps symbolic.

Among the descriptions and annotations, the visitor is full of anecdotes: many considered Yourcenar “as a monument”, but she was surprised: those who came to interview her could find her old and unpretentious, but shortly after the cameras she seemed elegant and almost flirtatious . The French, who imagined her away, a kind of hermit, saw her on the famous and ingenious television show “Apostrophe”, able to keep up with the interviewer.
On the other hand, he said: “My personality is like my home, very open.”

It is a happy mix of journalism and narrative, chronicles of events and intuitions of emotions, between reality and imagination. A non-novel novel in which the author herself is a character, narrating voice and physicality, wandering between homes in the nostalgic quest for quintessentials by very famous writers. The portraits he offers are alive, composed and human, because houses are places of intimacy, of truth and not of myth. Little cameos from which, reluctantly, I separated.

Unhappy loves produce songs, produce literature. Especially if they become the spine, repressed and secretly operative, of a lifetime. Grazia Deledda had no intention of sharing the feminine destiny that was reserved for the women of her land. He knew right away that he didn’t want that.
In 1900, on the ship that took her away from Sardinia, she wore a blue chiffon shawl on her shoulders that had been bought with her first literary gains and to which she was very fond of. He cried as he walked away, she who never cried, and did not realize that the wind was snatching her scarf, until she took it “and it was no longer possible to recover it.” The shawl was confused with water and disappeared forever. That loss symbolically embodied the fracture between his life on the island and the one he would lead on the continent, between youth and maturity, between freedom and marriage. In his Roman house he had the picture of Cascella that reminded him of that blue chiffon shawl. I imagine that he would contemplate it until the end, until he must have felt that the time had come to follow him.

The study in which Karen Blixen, or Isak (meaning “he who laughs”) Dinesen, wrote almost all of his books is, on the peculiar L-shaped floor, the room facing the sea, and the coldest, because it is in the extreme north wing, exposed to winds on both sides. It has a perfectly square shape, with three windows. It is called Ewald’s room, since it was the room of the great Danish poet when, for almost three years, around 1774, he lived in Rungsted, the town where he wrote some of his best verses. “Sick and ruined, disillusioned in love, scandalously addicted to drinking,” thus appears in the account of the Seven Gothic tales “Dinner in Elsinor.”
To the south of Copenhagen, next to Kastrup airport, there is an old and old fishing village called DragØr, which is only fifteen kilometers from the city. Here Karen Blixen moved in May 1960, during the restoration work of Rungstedlund, to the small house with thatched roof of Clara Svendsen, as they are, even today, almost all the houses of DragØr. “I have experienced great happiness in this house,” he told Clara with recognition. They went together by boat to the nearby island of Saltholm to watch waterfowl and wild ducks.
Bogani House became a Karen Blixen Museum, in the Karen district, fifteen kilometers from Nairobi, and it no longer contains anything that is authentic. In the last part of Far from Africa we see Tania (it was the name with which she preferably called her Denys) in the middle of the boxes, in the void of a moving house, with people who come to look and buy the objects for sale …
However, Karen Blixen’s grave is in Rungstedlund. A simple stone tombstone with its name engraved in block letters at the foot of the hill known as Ewald, because it was the place of the forest preferred by the poet, as remembered by a trail.
Four sentences guided his life. During his youth the displeasing incitement to Pompey’s courage to his crew: “Navigare necesse est, vivere non necesse”
Once in Africa he endorsed the highly ethical statement, engraved in the blazon of the Finch Hattons: “Je responderai”, I will answer.
When she became a writer, she was pleased to assume the lightness of the name of a ship that had sunk offshore in Iceland: Pourquoi pas? In that “why not?” Guess a “sign of unbridled hope.”
He died serenely in Rungstedlund, in his bed, of malnutrition, of what is said, in a person so old and with such a deteriorated physique, of natural death. The biographer Judith Thurman writes: «Isak Dinesen was in no way afraid of dying.

Trips to houses are trips to lives. Or it may be the opposite. But it does not matter. A house is a destination anyway. At one time, poets asked the Muses for help with their verses. I asked the three «Vs», Vanessa, Vita and Virginia, to accompany me on these trips.
Maybe it means nothing, but it is touching to know. Their husbands, all three, survived the loss of such committed women. Harold Nicolson died in 1968. Leonard Woolf in 1969. Duncan Grant, very old, at the age of ninety-three, in 1978. They lived to the end in the houses they had shared with their partners.

Un pensamiento en “La Escritora Vive Aquí — Sandra Petrignani / La Scrittrice Abita Qui (The Writer Lives Here) by Sandra Petrignani

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