Agatha Christie. Un Espíritu Libre Que Se Convirtió En La Autora Más Leída Del Mundo— María Romero Gutiérrez De Tena / Agatha Christie. A Free Spirit Who Became the World’s Most Read Author by María Romero Gutiérrez De Tena (spanish book edition)

Un interesante breve libro de una mujer única.
Movida por su insaciable apetito por descubrir nuevos mundos, viajar se convirtió en una de sus más grandes pasiones. Desde que la autora pisó suelo extranjero de adolescente, cuando su madre la envió a París para que completara su formación, Agatha supo que no podían contenerla más límites que los de la propia Tierra. Su casa era ella misma, por lo que prácticamente no pasó ni un año entero en el mismo lugar. Melbourne, Bagdad, El Cairo, Wellington… Agatha logró pisar los cinco continentes mucho antes de que el avión se convirtiera en el método de transporte habitual. Prefirió siempre el tren.
Su éxito como escritora empezó resultar evidente cuando rondaba los treinta años, Agatha no se consideró a ella misma como tal hasta mucho tiempo después. Empezó a escribir como respuesta a un reto, como una afición que le permitía encajar las piezas de un enrevesado acertijo en sus ingeniosas tramas.

Agatha no se propuso derribar ninguna barrera impuesta a su género de forma consciente, fue enfrentándose a un prejuicio detrás de otro sin rendirse jamás, logrando trazar su propio camino con gran independencia de las presiones sociales. A mediados del siglo XX no solo tuvo que defender su voluntad de viajar sola o de trabajar en tiempos de guerra, sino que también se enfrentó a aquellos que se oponían a otras decisiones más controvertidas para la época, como el divorcio, considerado una prueba de fracaso femenino, o el matrimonio con un hombre trece años menor que ella.
En los últimos años de su vida, la reina Isabel II reconoció la importancia de la autora al nombrarla dama del Imperio británico, y su fama se hizo aún mayor.
Agatha fue muchas mujeres: Agatha Miller, la niña apasionada que devoraba libros tras aprender por ella misma a leer; Agatha Christie, la escritora que se encontró con el éxito de imprevisto; Agatha Mallowan, la infatigable fotógrafa y ayudante en los yacimientos arqueológicos de Siria e Irak; e incluso Mary Westmacott, el pseudónimo con el que la famosa autora escribió los libros más personales de su carrera.
Pero ante todo fue una mujer que nunca aceptó el lugar al que su época la relegaba, a la que nadie fue capaz de convencer de que no podía hacer algo hasta que lo había intentado por sí misma y cuya sed de experiencias, determinación y rechazo de los convencionalismos fueron muy adelantados a su tiempo.

Agatha estaba convencida de haber vencido en Egipto su natural falta de sociabilidad, de la misma forma que su particular intuición le hacía anticipar que el recuerdo que se llevaba de Egipto cambiaría radicalmente su vida, aunque aún no pudiera dilucidar de qué modo.

El 7 de diciembre de 1926, cuatro días después de su desaparición, el Daily News ofrecía cien libras a la primera persona que diera una pista con la que encontrar a Agatha Christie con vida. No sería, por supuesto, el único periódico en interesarse en la desaparición de la autora. Después del éxito que Agatha había alcanzado con El asesinato de Roger Ackroyd, el acontecimiento fue un jugoso regalo para la prensa. En todos los diarios aparecían entrevistas y artículos de autoproclamados expertos que aseguraban saber qué le había sucedido. Durante la semana siguiente, la policía, como muchos de sus lectores, buscó a la autora sin descanso. Las circunstancias matrimoniales de la pareja convertían a Archibald Christie en el principal sospechoso. Al ser interrogado, las palabras de Archie intentaron alejar su nombre a toda costa de la lista de principales culpables: «Mi mujer me dijo una vez que ella podría desaparecer de tal modo que desafiaba a que alguien tratara de encontrarla. Esto muestra que la posibilidad de crear su propia desaparición estaba ya en su mente».

Con sesenta y dos años, establecida como autora, con una fama mundial y con productores cinematográficos y radiofónicos peleándose por sus obras, nadie dudaba de que la carrera de Agatha había alcanzado la cima. Pero ella, que nunca dejó de darle a su vida un giro más sorprendente que el de muchas de sus novelas, demostró de nuevo al mundo que siempre era capaz de superar las expectativas que habían puesto en ella: el mayor triunfo de la archiconocida escritora de novelas policíacas fue una obra de teatro. En 1952 se estrenó la versión teatral que la propia autora había realizado de Tres ratones ciegos en el Teatro Real de Nottingham. Nadie podía imaginarlo entonces, pero la trayectoria de La ratonera —como se tituló la adaptación—, cambiaría para siempre la historia del teatro: no solo fue su mayor éxito, sino el de cualquier otro autor teatral hasta la actualidad, consagrándola definitivamente en el arte que, desde su más tierna infancia, tantos goces le había proporcionado. A día de hoy, la obra sigue tan viva como el día del estreno.

Había vivido con pasión e intensidad, con la dignidad y el sentido del humor que tanto admiraba, y abrazaba la muerte con la tranquilidad de quien ha dibujado los caminos de su propia existencia, y al llegar al final, no se arrepiente de nada. La de Agatha fue una fuerza vital y creadora cuyo resultado, para aquellos que la conocían, no se limitaba a la literatura. Es difícil hallar una casa sin un volumen de la reina del crimen y, pese a esta prolífera carrera, cuando la gente se encontraba con Agatha, la historia que siempre pedían que les contara era otra: la de su propia vida.

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An interesting brief book of a unique woman.
Moved by her insatiable appetite for discovering new worlds, traveling became one of her greatest passions. Since the author stepped on foreign soil as a teenager, when her mother sent her to Paris to complete her training, Agatha knew that they could not contain it more limits than those of Earth itself. Her house was herself, so she hardly spent a whole year in the same place. Melbourne, Baghdad, Cairo, Wellington … Agatha managed to step on the five continents long before the plane became the usual method of transport. He always preferred the train.
Her success as a writer began to be evident when she was in her thirties, Agatha did not consider herself as such until much later. He began writing in response to a challenge, like a hobby that allowed him to fit the pieces of a convoluted riddle into his ingenious plots.

Agatha did not set out to break down any barrier imposed on her gender in a conscious way, she faced a prejudice behind another without ever giving up, managing to chart her own path with great independence from social pressures. In the mid-twentieth century, he not only had to defend his will to travel alone or to work in times of war, but he also faced those who opposed other more controversial decisions for the time, such as divorce, considered proof of Female failure, or marriage to a man thirteen years younger than her.
In the last years of her life, Queen Elizabeth II recognized the author’s importance in naming her the lady of the British Empire, and her fame became even greater.
Agatha was many women: Agatha Miller, the passionate girl who devoured books after learning for herself to read; Agatha Christie, the writer who encountered the unexpected success; Agatha Mallowan, the indefatigable photographer and assistant in the archaeological sites of Syria and Iraq; and even Mary Westmacott, the pseudonym with which the famous author wrote the most personal books of her career.
But first of all it was a woman who never accepted the place to which her time relegated her, to which no one was able to convince that she could not do something until she had tried it herself and whose thirst for experiences, determination and rejection of Conventionalisms were far ahead of their time.

Agatha was convinced that she had overcome her natural lack of sociability in Egypt, in the same way that her particular intuition made her anticipate that the memory she had of Egypt would radically change her life, although she still could not elucidate how.

On December 7, 1926, four days after his disappearance, the Daily News offered one hundred pounds to the first person to give a clue with which to find Agatha Christie alive. It would not, of course, be the only newspaper interested in the disappearance of the author. After the success that Agatha had achieved with the assassination of Roger Ackroyd, the event was a juicy gift for the press. Interviews and articles by self-proclaimed experts appeared in every newspaper that claimed to know what had happened to him. During the following week, the police, like many of their readers, sought the author tirelessly. The couple’s marital circumstances made Archibald Christie the main suspect. When questioned, Archie’s words tried to move his name away from the list of main culprits at all costs: «My wife once told me that she could disappear in such a way that I challenged someone to try to find her. This shows that the possibility of creating his own disappearance was already in his mind.

With sixty-two years, established as an author, with a worldwide fame and with film and radio producers fighting for her works, nobody doubted that Agatha’s career had reached the top. But she, who never stopped giving her life a more surprising turn than many of her novels, showed again to the world that she was always able to exceed the expectations they had put in her: the greatest triumph of the well-known writer of Police novels was a play. In 1952 the theatrical version that the author herself had made of Three Blind Mice was released in the Royal Theater of Nottingham. No one could imagine it then, but La mousetrap’s trajectory – as the adaptation was titled – would forever change the history of the theater: it was not only its greatest success, but that of any other theater author to the present, consecrating it definitively in art that, from his earliest childhood, so many joys he had provided. Today, the work is still as alive as the day of the premiere.

He had lived with passion and intensity, with the dignity and sense of humor that he admired so much, and embraced death with the tranquility of those who have drawn the paths of his own existence, and when he reaches the end, he does not regret anything. Agatha’s was a vital and creative force whose result, for those who knew her, was not limited to literature. It is difficult to find a house without a volume of the queen of crime and, despite this prolific career, when people met Agatha, the story they always asked me to tell them was another: that of their own life.

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