Buenas & Enfadadas: El Poder Revolucionario De La Ira De Las Mujeres — Rebecca Traister / Good and Mad: The Revolutionary Power of Women’s Anger by Rebecca Traister

El libro es gratamente interesante. No porque me haga feliz leer sobre la subyugación sistemática y continua de las mujeres. Pero porque me entusiasma ver que otras mujeres están tan enojadas como yo. Y que están haciendo algo al respecto.
Traister analiza la ira de las mujeres en el contexto de la historia, desde los sufragistas hasta el movimiento de Enmienda de Igualdad de Derechos. A lo largo del libro, ella conecta estos eventos históricos con los de hoy. Aprecio la visión a largo plazo que esto brinda a los lectores, porque combatir la opresión sistémica es siempre una visión a largo plazo.

Otro elemento clave del libro, son los aspectos interseccionales de la ira de las mujeres. Traister cuenta las historias de mujeres de color desde Mamie Till hasta Carol Moseley Braun y Patrisse Khan-Cullors. Las historias de Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, quienes luego de la histórica redada y disturbios del Stonewall Inn fundaron organizaciones de apoyo gay y trans. Cisgender, heterosexuales, mujeres blancas llegan tarde a la protesta, el partido activista.

“Por supuesto, también existe la realidad de que cuando las mujeres explotan de ira, incluso si el efecto es catalizar un movimiento social, su ira nunca se registrará, nunca se notará, nunca se recordará o se entenderá como una reforma de la nación. El hecho de que a menudo solo podemos registrar la furia de los hombres blancos como heroica está tan establecido que raya en lo cómico si no fuera tan profundamente trágico”.

Un libro de 2018 sobre la ira de las mujeres estaría incompleto sin una discusión sobre el movimiento #metoo. Traister explica dónde comenzó el hashtag. Sugerencia: no fue con la gente de Hollywood llamando a Harvey Weinstein. En cambio, fue utilizado por primera vez por Tarana Burke, “… una defensora de los derechos y la salud de las mujeres de color, que acuñó por primera vez el término” yo también “precisamente porque quería dejar que las mujeres,” particularmente las mujeres jóvenes de color, saben que no están solos”.

El acoso sexual, la agresión y el abuso son una parte crucial de esta historia de ira. Traister expone las experiencias de las mujeres, así como los puntos de vista opuestos de otras mujeres y, por supuesto, de los hombres. Prepárese para momentos deprimentes e inspiradores. Las partes difíciles son esenciales para comprender cómo las mujeres han alcanzado nuestro punto de ebullición actual, así que aguarde allí.
Como lo hizo en el estelar Big Girls Don’t Cry, Traister también habla sobre el enigma de la ira política de las mujeres. Cuando escuchas a una mujer política o figura pública, ¿habla solo en tonos medidos? Y cuando no lo hace, ¿cuál es la reacción de colegas o medios de comunicación? Tu sabes la respuesta. Cuando las mujeres expresan su enojo o disgusto, o desafían a los hombres con fuerza y estrategia, son vilipendiadas.
Las reuniones de manifestantes, que últimamente han incluido a muchas mujeres, se presentan como turbas sin control. Es una exageración o una mentira absoluta porque la minoría se siente fuera de control. Y, sin embargo, estas acciones, hablar y protestar, han dado a muchas mujeres enfoque y esperanza.

Mis conclusiones

Buenas & Enfadadas me hizo pensar mucho sobre las experiencias, especialmente sobre lo que “barren debajo de la alfombra” porque no quería hacer enojar a alguien o realmente enojarme. Estoy pensando en todas las veces cuando rien y tratar de ser “la chica genial” era la única opción que creían tener. Me rompe el corazón por ese yo más joven.

También soy uno de esos cisgénero, blancos, hetero, que canalizan mi ira hacia el activismo político. Al igual que las mujeres que menciona Traister, me hace sentir mejor.

Hay más profundidad en este libro de lo que una publicación de blog puede comenzar a revisar. Más importante aún, me gustaría discutirlo con ellos y con los hombres de mi vida. No es exagerado decir que este será un libro preeminente sobre la historia de las mujeres en las próximas décadas.

Además de analizar los muchos asuntos relacionados con las elecciones presidenciales de 2016 en EE. UU., Rebecca Traister ofrece un análisis sofisticado de las acusaciones de Harvey Weinstein y las muchas acusaciones adicionales que siguieron a su paso. Mientras los antifeministas que buscan atención como Katie Roiphe se quejan de que #metoo nos está convirtiendo en una multitud de prudentes temerosos, Traister arroja algo de luz sobre la situación y señala que, tan inoportuna como la atención sexual no deseada puede ser en una universidad o en un entorno laboral, el sexo en sí no es el punto completo. Las oportunidades profesionales de las mujeres pueden verse severamente limitadas por un ambiente sexualmente hostil, y no solo en el típico sentido de “tener sexo conmigo o que te despidan”. Piense en las mujeres que trabajaban para la compañía de Weinstein: quién tenía más probabilidades de avanzar en su carrera, la mujer que estaba dispuesta a fomentar sus actividades, jugar, poner los ojos en blanco y decir “eso es solo Harvey”, o el que se negó a tener alguna parte de ella? Nunca he sido acosada sexualmente en el sentido literal, pero definitivamente he visto mujeres que avanzaban por delante de mí, que estaban más dispuestas a reírse del obvio sexismo y perversidad grosera del jefe que yo. Independientemente de si está ofendido por el comportamiento real de (ciertos) hombres en el poder, el hecho de que pueda limitar las oportunidades de las mujeres de esta manera es razón suficiente para llamarlo y exigir un cambio. Supongo que ya sabía todo esto, pero escuchar a Traister enmarcarlo de esta manera tenía mucho sentido. También es un gran argumento para presentar a las personas despistadas que piensan que hablar sobre el coqueteo en el lugar de trabajo y agarrar el culo al mismo tiempo que el asalto real está de alguna manera abaratando el problema. Ah, y hablando de Matt Damon, Traister ofrece una discusión fabulosa de las reacciones de hombres y mujeres a las muchas acusaciones, y cómo se juzgaron esas reacciones.

Una gran cosa acerca de Rebecca Traister es que es tan conocedora, tan alegre y sensata, que cuando va a la yugular se siente totalmente ganada y muy satisfactoria. Pero más que eso, este libro fue inspirador: me encantó escuchar sobre todas las mujeres que se han involucrado recientemente en el activismo e incluso decidieron postularse para un cargo, y aprecié mucho la forma en que Traister presentó esta nueva ronda de activismo, incluidos sus enfrentamientos y desacuerdos, en contexto histórico.

Realmente espero que el libro se convierta en un éxito de ventas en los EE.UU. Obviamente han sucedido muchas cosas en los últimos dos años, y definitivamente necesitamos una voz como la de Traister para resumirlo, analizarlo y proporcionar un camino a seguir. Si lees y aprecias el libro, asegúrate de ver sus libros anteriores, Big Girls Don’t Cry y All the Single Ladies. En la actualidad, hay muchas escritoras feministas que publican libros y todas ellas son valiosas y bienvenidas, pero por cada métrica posible, Rebecca Traister es una de nuestras mejores.

Susan Sarandon, excepción entre los famosos que continuó ejerciendo el activismo político de izquierdas en los ochenta y los noventa del siglo pasado, explicó por qué incluso ella, a pesar de su constante compromiso con un discurso político rompedor, prefería el término humanista a feminista, vocablo con el que nunca se designaba: «Resulta menos alienante para gente que considera el feminismo como un reducto lleno de zorras estridentes».
Pero el espíritu del feminismo dominante era otro: la furia candente, expresada en actos públicos de protesta o desafío, en movimientos de masas por las calles o con blasfemias que se gritaban a pleno pulmón ante los poderosos, no representaba la forma fundamental de expresión del feminismo. Aunque eso no significaba que el feminismo en sí estuviera en recesión.

Lo que antes se llamó «movimiento de liberación de la mujer» había encontrado una vida y una energía nuevas en las primeras décadas del siglo XXI. Tras años de suscitar reacciones negativas, periodistas y blogueras feministas revivieron el diálogo en torno al género, y muchas de nosotras, las que participamos en las conversaciones, mostramos nuestro enfado ante el sexismo, el racismo y la desigualdad económica y por la forma en que todas estas injusticias estaban relacionadas entre sí. Sin embargo, tal vez llevadas por el afán de diferenciarnos de nuestras desquiciadas predecesoras, muchas feministas actuales (entre las que me encuentro) intentamos que la expresión de nuestras frustraciones resultara fácil de digerir y generase empatía, e invitamos a unirse a otros agentes, incluidos algunos hombres que seguramente participaban en nuestra opresión.
Lo que sí era cierto, sin embargo, es que había un movimiento cociéndose a fuego lento para combatir los abusos sexuales en la universidad, y que entre 2011 y 2012 estalló una cadena de protestas callejeras que se denominaron despectivamente Slutwalks (Marchas de las Putas), en las que las mujeres mostraron su furiosa oposición a que se culpabilizara a las víctimas, una situación que sufrían a menudo. Estas marchas fueron seguramente el primer signo de que estaba a punto de estallar un nuevo episodio, más crudo, de furia feminista. Pero también jugaban con una especie de ironía, de guiño erótico: abrazaron de nuevo un vocablo degradado, pero con gran carga sexual, adoptaron como emblema unas chapas donde se leía: «I [corazón] sluts» (me encantan las putas), y las manifestantes desfilaron ataviadas con minifaldas muy cortas y ligueros. Todo ello, en línea con otro aspecto reverdecido del feminismo: una exuberante seguridad en relación al sexo.
Pero las payasadas en público, los estallidos de pura furia ante un sistema desigual que habían sido eficaces en una era en la que las mujeres estaban lejos de estar «dentro», perjudicarían a aquellas que habían logrado «entrar», que volverían a parecer, a los ojos del público, como advenedizas.

Está muy extendida la idea de que estar enfadadas es malo para las mujeres. A comienzos de 2018, mi dentista me dijo que aproximadamente tres cuartas partes de las mujeres que habían ido a su consulta desde la elección de Trump estaban furibundas, un dato que yo catalogué inmediatamente como síntoma esperanzador. Pero él movió la cabeza apesadumbrado, y dijo: «Es malo para ellas: rechinan los dientes».
La furia está tan estigmatizada —se percibe como algo sucio, insano— que incluso las mujeres cuya actuación política ha estado, en parte, impulsada por la ira ante las injusticias, a veces renuncian a ella y nos previenen contra sus efectos negativos.
Seguramente no hay un ejemplo mejor que las elecciones presidenciales de 2016 para explicar que la ira es una emoción que se permite y se aplaude en (algunos) hombres, y que ellos pueden emplearla en su propio beneficio, mientras en las mujeres está prohibida, fuera de toda cuestión y considerada el camino más rápido a la derrota.

La ira de las mujeres negras se convierte en problema por distintas razones: ellas tienen la necesidad de ponerse a la defensiva —y plena consciencia de ello— frente a las mujeres blancas y frente a todos los hombres, y eso, en el fondo, no es más que una resistencia a enfrentarse con la raíz de la insatisfacción que sienten, ya se exprese esa insatisfacción con suavidad o con furia o, simplemente, se sugiera. El resultado: a las mujeres negras se las acusa, de manera irracional, de ingratitud de persona malcriada, negatividad o inestabilidad.
«Se nos tilda de irracionales, locas, desfasadas, creídas, alborotadoras; se dice de nosotras que no sabemos jugar en equipo», escribe Cooper en su libro Elocuent Rage (Ira elocuente), una exploración de la ira feminista entre las mujeres negras.

Como muchas mujeres piensan que la ira es un impedimento para cualquier intento eficaz de comunicación suelen disimularla, disfrazarla de otra cosa para hacerla más atractiva y darle cierta legitimidad.
Entre las estrategias más populares que se han empleado para justificar la ira de las mujeres en las esferas públicas, se encuentra la de atribuírsela a otro, haciendo hincapié en que esa ira que sentimos nos llega, canalizada, de una instancia superior. Por ejemplo, Dios.
El uso que hacen las mujeres de la vulgaridad como herramienta de comunicación para expresar su ira de modo catártico provoca en el público sentimientos encontrados. A mí me ha sorprendido: agradablemente, eso sí. Pero a mí me encanta la vulgaridad.
Fue una actriz blanca, Ashley Judd, quien utilizó por primera vez en 2018 la palabra interseccionalidad en referencia a la teoría de Kimberlé Crenshaw que habla de sesgos interseccionales y estudia cómo se configuran las distintas experiencias y perspectivas de opresión. Lo hizo en el escenario de los Óscar.

Parece posible que estemos ante un proceso de educación cívica y social a gran escala. Que tras la elección de Trump millones de estadounidenses que antes estaban sonámbulos han tenido que reaccionar, aun en shock y presas del pánico, y evolucionar. Algunos de ellos han decidido aprender, informarse de cómo funcionan las elecciones locales y estatales, o el Gobierno de la nación, o la política, y enterarse de lo que significa el racismo, el sexismo y la desigualdad económica, que son sistémicos. Algunos comenzaron a ver cómo todas estas cuestiones se relacionan unas con otras de formas que superan la jerga académica.

El tsunami de confesiones del #MeToo no solo había dejado a la vista el comportamiento de los hombres que habían agarrado, sobado, castigado y avergonzado a aquellas mujeres: también nos enseñó que lo habían hecho todo mientras construían el mundo en el que estábamos obligadas a vivir.
Había sido Anita Hill la que puso de moda la expresión «acoso sexual» y las otras mujeres negras —Angela Wright, Rose Jourdain, Sukari Hardnett— las que se mostraron dispuestas a corroborar su historia, aunque el Comité Judicial del Senado no lo pidió. Había sido Tarana Burke, defensora durante toda su vida de los derechos y el acceso a los cuidados sanitarios de las mujeres de color, la que acuñó la expresión «me too» precisamente porque quería decir a las mujeres, «sobre todo a las mujeres jóvenes de color, que no estaban solas».
Y sin embargo, las primeras manifestaciones de la oleada contemporánea del movimiento se dirigían más bien a dejar a la vista a los acosadores de mujeres blancas, principalmente hombres que pertenecían a sectores de actividad dominados por personas de raza blanca —cine, televisión, arte, restauración, política—, mientras se dejaban de lado otros como las trabajadoras de las fábricas, empleadas que dependen de las propinas, mujeres que trabajan en el sector servicios, empleadas con sueldos muy bajos…, todas sujetas a una precariedad económica que las hacía vulnerables al acoso y que probablemente no eran blancas en su mayoría.

Fue Woody Allen el primero en llamarlo «caza de brujas», al menos públicamente, en una entrevista especialmente mal planeada que concedió diez días después de que salieran a la luz las acusaciones contra Weinstein. Allen profesaba su tristeza por todas las mujeres que habían acusado a Weinstein, productor de varias de sus películas, y avisó: «Tampoco queréis que esto nos lleve a un ambiente de caza de brujas como la de Salem, donde cualquier tipo que trabaje en una oficina y guiñe un ojo a una mujer tenga que llamar de repente a un abogado que le defienda».
La analogía era inane por un sinfín de razones, sobre todo porque el ambiente de Salem, Massachusetts, entre 1692 y 1693, fecha en que fueron ejecutadas veinte personas —catorce de ellas mujeres— y otras cuatro murieron en la cárcel.
Así que no era una caza de brujas, sino un caso en el que algunos hombres perdieron su puesto o vieron perjudicada su reputación, lo que según parece muchos consideraban equiparable a que les hubieran masacrado.
De repente los hombres se veían obligados a vivir con el miedo a las consecuencias, y resultó que no era divertido. Y querían parar aquello a toda costa. Una de las lecciones que muchos hombres sacaron del #MeToo no tenía que ver con la amenaza que ellos habían supuesto para las mujeres, sino con la amenaza que las mujeres suponían para ellos.

El miedo a que el poder masculino y blanco pudiera redistribuirse había sido la motivación simbólica subyacente a la retórica de buena parte de la campaña de Trump, así como de los esfuerzos del Partido Republicano por despojar de su derecho a votar, precisamente, a aquellos que seguramente votaron en contra suya: los que no eran blancos, los que no eran ricos.

A todas las mujeres que ahora leen esto y a mi yo del futuro: lo que ahora os provoca la ira —la injusticia— seguirá existiendo aunque vosotras no la sufráis, aunque os sintáis tentadas a dejar de pensar en cómo la habéis vivido y cómo contribuís a ella. Otros aún la sufren y siguen enfadados. Algunos, enfadados con vosotras. No los olvidéis. No eliminéis su ira. Seguid airadas, como ellos, junto a ellos. Tienen derecho a estar enfadados y vosotras a estarlo con ellos.
Estar enfadado es correcto. Estar enfadado es americano. Estar enfadado puede ser gozoso y productivo, y conectar a la gente. Nunca permitáis que nadie os convenza para dejar de estar enfadadas.

—————

Good and Mad is positively stupendous. Not because it makes me happy to read about the systemic and ongoing subjugation of women. But because it makes me ecstatic to see that other women are just as angry as I am. And that they’re doing something about it.
Traister discusses women’s anger in the context of history, from suffragists to the Equal Rights Amendment movement. Throughout the book, she connects these historic events back to today. I appreciate the long view this gives readers, because fighting systemic oppression is always a long view.

Another key element of Good and Mad, is the intersectional aspects of women’s anger. Traister tells the stories of women of color from Mamie Till to Carol Moseley Braun to Patrisse Khan-Cullors. The stories of Marsha P. Johnson and Sylvia Rivera, who after the historic Stonewall Inn raid and riots went on to found gay and trans support organizations. Cisgender, straight, white women are late to the protest, activist party.

“Of course, there is also the reality that when women do explode with rage, even if the effect is to catalyze a social movement, their anger will never be recorded, never noted, never recalled or understood as nation-reshaping. The fact that we can often only register the fury of white men as heroic is so established that it would verge on the comical if it weren’t so deeply tragic.”

A 2018 book about women’s anger would be incomplete without discussion of the #metoo movement. Traister explains where the hashtag began. Hint: it wasn’t with the Hollywood folks calling out Harvey Weinstein. Instead, it was first used by Tarana Burke, “ … a lifelong advocate for the rights and health of women of color, who had first coined the term “me too” precisely because she wanted to let women, “particularly young women of color, know that they are not alone”.

Sexual harassment, assault, and abuse are a crucial part of this history of anger. Traister lays out women’s experiences, as well as the opposing viewpoints from other women and, of course, men. Be prepared for both depressing and inspiring moments. The difficult parts are essential to understanding how women have reaching our current boiling point, so hang in there.
As she did in the stellar Big Girls Don’t Cry, Traister also talks about the conundrum of women’s political anger. When you hear a female politician or public figure, does she speak in only measured tones? And when she doesn’t, what is the reaction from colleagues or media? You know the answer. When women express their anger or displeasure, or challenge men with force and strategy they’re vilified.
Gatherings of protesters, which have lately included many women, are portrayed as mobs without control. It’s an exaggeration or an outright lie because the minority feels out of control. And yet, these actions—speaking out and protesting—have given many women focus and hope.

My conclusions

Good and Mad made me think long and hard about own experiences from friends, especially about what they’ve “swept under carpet” because I didn’t want to make someone angry or truly be angry myself. I’m thinking about all the times when laughing and trying to be “the cool girl” was the only option they thought they had. It breaks my heart for that younger me.

I’m also one of those cisgender, white, hetero channeling my anger into political activism. Like women Traister mentions, it makes me feel better.

There is more depth to this book than a blog post can begin to review. More importantly, I’d like to discuss it with them and with the men in my life. It’s not hyperbole to say this will be a pre-eminent book about women’s history for decades to come.

In addition to looking at the many issues related to the 2016 U.S. presidential election, Rebecca Traister provides a sophisticated analysis of the Harvey Weinstein accusations and the many additional accusations that followed in their wake. While attention-seeking antifeminists like Katie Roiphe moan that #metoo is turning us into a crowd of fearful prudes, Traister sheds some actual light on the situation, pointing out that, as unwelcome as unwanted sexual attention can be in a university or work setting, the sex itself isn’t the entire point. Women’s career opportunities can be severely limited by a sexually hostile environment, and not just in the typical “have sex with me or you’re fired” sense. Think about the women who worked for Weinstein’s company: Who was more likely to advance in her career, the woman who was willing to abet his activities, to play along, to roll her eyes and say “that’s just Harvey,” or the one who refused to have any part of it? I’ve never been sexually harassed in the literal sense, but I have definitely seen women advance ahead of me who were more willing to laugh at the boss’s obvious sexism and gross pervertedness than I was. Regardless of whether you’re offended by the actual behavior of (certain) men in power, the fact that it can limit women’s opportunities in this way is reason enough to call it out and demand change. I guess I knew all of this already, but hearing Traister frame it this way made so much sense. It’s also a great argument to introduce to clueless people who think talking about workplace flirtation and ass-grabbing in the same breath as actual assault is somehow cheapening the issue. Oh, and speaking of Matt Damon, Traister provides a fabulous discussion of men’s and women’s reactions to the many accusations, and how those reactions were judged.

A great thing about Rebecca Traister is that she’s so knowledgeable, so good-humored and sensible, that when she goes for the jugular it feels totally earned and so satisfying. But more than that, this book was inspiring—I loved hearing about all the women who’ve become newly engaged in activism and even decided to run for office, and I greatly appreciated the way Traister put this new round of activism, including its clashes and disagreements, in historical context.

I really hope Good and Mad becomes a bestseller in the U.S. Obviously a lot has gone on in the past two years, and we definitely need a voice like Traister’s to sum it up and analyze it and provide a way forward. If you read and appreciate Good and Mad, be sure to check out her earlier books, Big Girls Don’t Cry and All the Single Ladies. There are a lot of feminist writers publishing books these days and all of them are valuable and welcome, but by every possible metric, Rebecca Traister is one of our very best.

Susan Sarandon, an exception among celebrities who continued to exercise left-wing political activism in the eighties and nineties of the last century, explained why even she, despite her constant commitment to a groundbreaking political discourse, preferred the term humanist to feminist, term with which it was never designated: «It is less alienating for people who consider feminism as a redoubt full of strident foxes».
But the spirit of dominant feminism was different: the fiery fury, expressed in public acts of protest or challenge, in mass movements in the streets or with blasphemies that shouted at the lungs before the powerful, did not represent the fundamental form of expression of the feminism. Although that did not mean that feminism itself was in recession.

What was previously called the “women’s liberation movement” had found a new life and energy in the first decades of the 21st century. After years of provoking negative reactions, journalists and feminist bloggers revived the dialogue around gender, and many of us, who participated in the conversations, showed our anger at sexism, racism and economic inequality and the way in which All these injustices were related to each other. However, perhaps driven by the desire to differentiate ourselves from our deranged predecessors, many current feminists (among whom I find myself) try to make the expression of our frustrations easy to digest and generate empathy, and invite you to join other agents, including some men who surely participated in our oppression.
What was true, however, is that there was a movement simmering to combat sexual abuse at the university, and that between 2011 and 2012 a chain of street protests erupted that were disparagingly called Slutwalks. , in which women showed their furious opposition to blaming the victims, a situation they often suffered. These marches were surely the first sign that a new, more crude episode of feminist fury was about to explode. But they also played with a kind of irony, of erotic wink: they embraced again a degraded word, but with great sexual load, they adopted as badge some badges where they read: «I [heart] sluts» (I love whores), and the demonstrators paraded dressed in very short and suspender miniskirts. All this, in line with another greenish aspect of feminism: exuberant security in relation to sex.
But the antics in public, the outbursts of pure fury in the face of an unequal system that had been effective in an era in which women were far from being “inside,” would harm those who had managed to “enter,” which would appear again, in the eyes of the public, like upstarts.

The idea that being angry is bad for women is widespread. At the beginning of 2018, my dentist told me that approximately three-fourths of the women who had visited his office since Trump’s election were angry, a fact that I immediately classified as a hopeful symptom. But he shook his head sadly and said, “It’s bad for them: they grind their teeth.”
The fury is so stigmatized – it is perceived as something dirty, insane – that even women whose political performance has been, in part, driven by anger at injustices, sometimes renounce it and prevent us against its negative effects.
Surely there is no better example than the 2016 presidential election to explain that anger is an emotion that is allowed and applauded in (some) men, and that they can use it for their own benefit, while in women it is prohibited, outside of every question and considered the fastest way to defeat.

The anger of black women becomes a problem for different reasons: they have the need to become defensive – and fully aware of it – in front of white women and in front of all men, and that, deep down, does not it is more than a resistance to face the root of the dissatisfaction they feel, whether that dissatisfaction is expressed softly or furiously or simply suggested. The result: black women are accused, irrationally, of ingratitude of spoiled person, negativity or instability.
«We are called irrational, crazy, outdated, believed, disturbing; It is said of us that we do not know how to play as a team, ”Cooper writes in his book Elocuent Rage (Eloquent Wrath), an exploration of feminist anger among black women.

As many women think that anger is an impediment to any effective attempt at communication they usually hide it, disguise it as something else to make it more attractive and give it some legitimacy.
Among the most popular strategies that have been used to justify the wrath of women in the public spheres, is that of attributing it to another, emphasizing that this anger we feel comes to us, channeled, from a higher instance. For example, God.
The use that women make of vulgarity as a communication tool to express their anger in a cathartic way causes mixed feelings in the public. I was surprised: pleasantly, yes. But I love vulgarity.
It was a white actress, Ashley Judd, who first used the word intersectionality in 2018 in reference to Kimberlé Crenshaw’s theory that talks about intersectional biases and studies how different experiences and perspectives of oppression are configured. He did it on the Oscar stage.

It seems possible that we are facing a large-scale civic and social education process. That after Trump’s election, millions of Americans who were previously sleepwalkers have had to react, even in shock and panic, and evolve. Some of them have decided to learn, learn how local and state elections, or the government of the nation, or politics work, and find out what racism, sexism and economic inequality mean, which are systemic. Some began to see how all these issues relate to each other in ways that surpass academic jargon.

The tsunami of confessions of #MeToo had not only exposed the behavior of the men who had seized, roasted, punished and embarrassed those women: it also taught us that they had done everything while building the world in which we were forced to to live.
It was Anita Hill who put the expression “sexual harassment” into fashion and the other black women – Angela Wright, Rose Jourdain, Sukari Hardnett – who were willing to corroborate her story, although the Senate Judiciary Committee did not request it. It had been Tarana Burke, defender throughout her life of the rights and access to health care of women of color, who coined the expression “me too” precisely because she meant women, “especially young women of color, they were not alone ».
And yet, the first manifestations of the contemporary wave of the movement were aimed rather at exposing the stalkers of white women, mainly men who belonged to sectors of activity dominated by white people – cinema, television, art, restoration, politics – while others were left aside as factory workers, employees who depend on tips, women who work in the service sector, employees with very low salaries …, all subject to an economic precariousness that made them vulnerable to harassment and they probably weren’t white mostly.

It was Woody Allen who first called him “witch hunt,” at least publicly, in an especially poorly planned interview he granted ten days after the accusations against Weinstein came to light. Allen professed his sadness for all the women who had accused Weinstein, producer of several of his films, and warned: “You also don’t want this to lead us to a witch hunt environment like Salem’s, where any guy who works in a office and wink at a woman suddenly have to call a lawyer to defend her ».
The analogy was inane for a myriad of reasons, especially since the atmosphere of Salem, Massachusetts, between 1692 and 1693, when twenty people were executed – fourteen of them women – and four others died in jail.
So it was not a witch hunt, but a case in which some men lost their position or were damaged their reputation, which it seems many considered comparable to having been slaughtered.
Suddenly men were forced to live in fear of the consequences, and it turned out that it was not fun. And they wanted to stop that at all costs. One of the lessons that many men took from #MeToo had nothing to do with the threat they had posed to women, but with the threat that women posed to them.

The fear that male and white power could be redistributed had been the symbolic motivation underlying the rhetoric of much of Trump’s campaign, as well as the efforts of the Republican Party to strip his right to vote, precisely, to those who surely they voted against him: those who were not white, those who were not rich.

To all the women who now read this and my self from the future: what now provokes anger – injustice – will continue to exist even if you don’t suffer it, even if you feel tempted to stop thinking about how you have lived it and how you contribute to she. Others still suffer and remain angry. Some, angry with you. Do not forget them. Do not eliminate his anger. Stay angry, like them, next to them. They have the right to be angry and you to be with them.
Being angry is correct. Being angry is American. Being angry can be joyful and productive, and connect people. Never let anyone convince you to stop being angry.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .