Posverdad: La Nueva Guerra Contra La Verdad Y Como Combatirla — Matthew D’Ancona / Post-Truth: The New War on Truth and How to Fight Back by Matthew D’Ancona

Este fue muy deprimente pero muy interesante al mismo tiempo. Entra en gran detalle sobre cómo los hechos y la verdad ya no importan en la corte de la opinión pública y la política, y cómo las interpretaciones son mucho más importantes.

Se señalan que aunque la elección de Donald Trump y el voto del Brexit han sucedido, no son la causa de la era posterior a la verdad, sino simplemente un síntoma.

Está extremadamente bien investigado, escrito y explicado. También es francamente aterrador. El capítulo final discute lo que podemos hacer para que la verdad vuelva a importar, pero el hecho de que tenemos que hacer algo es la parte que da miedo.

Parece que tengo una afición creciente por las discusiones políticas, ¡tal vez porque me encanta gritar en la televisión cuando hay programas políticos!

Recomiendo esto a cualquiera que se pregunte cómo diablos ha terminado el mundo en el estado político en el que se encuentra.

Hay una temporada para todo: 1968 señaló la revolución en la libertad personal y el anhelo de progreso social; 1989 será recordado por el hundimiento del totalitarismo; y 2016 ha sido el año en que arrancó definitivamente la era de la «posverdad». Lo que este libro pretende abordar es la naturaleza, los orígenes y los desafíos de dicha era.
Hemos entrado en una nueva fase del combate político e intelectual, donde las ortodoxias y las instituciones democráticas se ven sacudidas hasta sus cimientos por una oleada de alarmante populismo. La racionalidad se ve amenazada por las emociones, la diversidad por la reivindicación de lo autóctono, y la libertad por una deriva hacia la autocracia. Más que nunca, el ejercicio de la política se percibe como un juego de suma cero, y no como una contienda entre las ideas. Se trata a la ciencia con desconfianza y, a veces, con manifiesto desprecio.
Detrás de esta tendencia mundial hay un desplome del valor de la verdad, comparable al hundimiento de una divisa o de los valores bursátiles.

Citando a Roberts:
Vivimos en una política de la posverdad: una cultura política donde la política (la opinión pública y el relato que hacen los medios) ha quedado casi totalmente desconectada de las políticas (la sustancia de la legislación). Evidentemente, eso debilita cualquier esperanza de un compromiso legislativo razonado.

Desde que los primeros seres humanos se organizaron en tribus. Los antropólogos señalan la importancia del engaño en las sociedades primitivas, sobre todo, pero no exclusivamente, en el trato con los forasteros.
Sin embargo, las mentiras políticas, las interpretaciones sesgadas y las falsedades no son, ni mucho menos, lo mismo que la posverdad. Lo que resulta novedoso no es la mendacidad de los políticos sino la respuesta del público. La indignación deja paso a la indiferencia y, por último, a la complicidad. Mentir se considera la norma, incluso en las democracias –como ocurre en Polonia, donde el partido nacionalista gobernante, Ley y Justicia, ha difundido constantemente mentiras sobre los homosexuales, sobre la posibilidad de que los refugiados contagien enfermedades y sobre la colaboración entre los comunistas y los anticomunistas–. Ya hemos dejado de esperar que nuestros políticos electos digan la verdad: por ahora, eso se ha borrado de los requisitos para el cargo, o por lo menos se ha visto sustancialmente relegado en la lista de los atributos exigidos.

El desplome de la confianza es la base social de la era de la posverdad: todo lo demás brota de esa única fuente venenosa. En otras palabras, todas las sociedades de éxito dependen de un grado relativamente alto de honestidad para mantener el orden, hacer cumplir las leyes, pedir cuentas a los poderosos y generar prosperidad.
Si el fracaso de las instituciones ha socavado la primacía de la verdad, también lo ha hecho la multimillonaria industria de la desinformación, de la propaganda falsa y de la pseudociencia que ha surgido en los últimos años. Al igual que la posverdad no es simplemente otro nombre de la mentira, la industria de la desinformación no tiene nada que ver con las actividades legítimas de lobbying y de relaciones públicas empresariales. Las empresas, las organizaciones benéficas, las asociaciones que desarrollan campañas…

El ascenso de esa industria alevosa ha coincidido con la metamorfosis a gran escala del panorama de los medios de comunicación y con la revolución digital. Durante la primera década de este siglo, la gran disponibilidad de banda ancha de alta velocidad transformó internet, que pasó de ser el medio más barato y más rápido de publicación jamás inventado a convertirse en algo que iba a tener un impacto cultural, conductual y filosófico mucho más profundo.
Lo único que importa es que la gente tenga la sensación de que las noticias son verdaderas; que estas tengan resonancia.
Cuando decae el valor social de la verdad, se pone en peligro la continuidad de las prácticas sociales basadas en ellas. Antes de que surgiera el movimiento antivacunas, casi todo el mundo consideraba que las enfermedades contra las que se vacunaba a los niños eran cosa del pasado. Pero en materia de salud pública, igual que en la política, la posverdad genera una asombrosa inestabilidad. Cuando se confía menos en la investigación basada en las evidencias que en lo anecdótico, y cuando se hace menos caso a las autoridades institucionales que a las teorías de la conspiración.

La posverdad consiste en rendirse al siguiente análisis: la constatación por parte de los productores y consumidores de información de que ahora la realidad es tan esquiva, y de que nuestros puntos de vista como individuos y como grupos son tan divergentes, que ya carece de sentido hablar de, o buscar, la verdad.
En cierto sentido, Trump tiene motivos para preocuparse: las fuerzas que le crearon a él también podrían destruirle. Un político tan dependiente de la resonancia emocional no puede permitirse el lujo de ser objeto del ridículo general.

Como mínimo, debemos reafirmar la verdad de un modo rotundo, en vez de simplemente repetir la mentira por el procedimiento de negarla. La racionalidad tiene que ir de la mano de la imaginación y la innovación. Si queremos desautorizar y derrotar a la posverdad, la tarea debe ser colectiva, sostenida y obstinada. Habrá contratiempos, altibajos y momentos de exasperación. Pero si la verdad sigue siendo importante para nosotros como civilización, es una tarea que no podemos obviar.

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This was so depressing yet so interesting all at the same time. It goes into great detail about how facts and the truth no longer matter in the court of public opinion and politics, and how interpretations are way more important.

Points are made that although the election of Donald Trump, and the Brexit vote have happened, they aren’t the cause of the post-truth era, merely a symptom.

It is extremely well researched, written and explained. It is also frankly terrifying. The final chapter discusses what we can do in order to make the truth matter again, but the fact that we have to do anything is the scary part.

It seems that I have a developing fondness for political discussions – maybe because I love to shout at the TV when there are political programmes on!

I highly recommend this to anyone who is wondering how the heck the world has ended up in the political state it is in.

There is a season for everything: 1968 marked the revolution in personal freedom and the desire for social progress; 1989 will be remembered for the collapse of totalitarianism; and 2016 has been the year in which the era of “post-truth” definitely began. What this book aims to address is the nature, origins and challenges of that era.
We have entered a new phase of political and intellectual combat, where orthodoxies and democratic institutions are shaken to their foundations by a wave of alarming populism. Rationality is threatened by emotions, diversity by the claim of the autochthonous, and freedom by a drift towards autocracy. More than ever, the exercise of politics is perceived as a zero-sum game, and not as a contest between ideas. Science is treated with distrust and sometimes with manifest contempt.
Behind this global trend there is a collapse in the value of truth, comparable to the collapse of a currency or stock market values.

Quoting Roberts:
We live in a politics of post-truth: a political culture where politics (public opinion and the story made by the media) has been almost completely disconnected from politics (the substance of legislation). Obviously, that weakens any hope of a reasoned legislative commitment.

Since the first human beings organized into tribes. Anthropologists point out the importance of deception in primitive societies, especially, but not exclusively, in dealing with outsiders.
However, political lies, biased interpretations and falsehoods are not, much less, the same as post-truth. What is new is not the mendacity of politicians but the response of the public. Indignation gives way to indifference and, finally, to complicity. Lying is considered the norm, even in democracies – as in Poland, where the ruling nationalist party, Law and Justice, has constantly spread lies about homosexuals, about the possibility of refugees spreading disease and about collaboration between communists and anti-communists. We have already stopped waiting for our elected politicians to tell the truth: for now, that has been erased from the requirements for the position, or at least it has been substantially relegated to the list of required attributes.

The collapse of trust is the social basis of the era of post-truth: everything else springs from that single poisonous source. In other words, all successful societies depend on a relatively high degree of honesty to maintain order, enforce laws, ask the powerful for accountability and generate prosperity.
If the failure of the institutions has undermined the primacy of the truth, so has the multimillion-dollar industry of misinformation, false propaganda and pseudoscience that has emerged in recent years. Just as post-truth is not simply another name for lies, the disinformation industry has nothing to do with legitimate lobbying and corporate public relations activities. Companies, charities, associations that develop campaigns …

The rise of that fierce industry has coincided with the large-scale metamorphosis of the media landscape and the digital revolution. During the first decade of this century, the high availability of high-speed broadband transformed the internet, which went from being the cheapest and fastest means of publication ever invented to become something that was going to have a cultural, behavioral and philosophical impact. much deeper.
The only thing that matters is that people have the feeling that the news is true; May these have resonance.
When the social value of truth falls, the continuity of social practices based on them is jeopardized. Before the anti-vaccine movement emerged, almost everyone considered that the diseases against which children were vaccinated were a thing of the past. But in terms of public health, as in politics, post-truth creates astonishing instability. When you rely less on research based on evidence than on anecdotal, and when you pay less attention to institutional authorities than to conspiracy theories.

The truth is to submit to the following analysis: the finding by producers and consumers of information that now reality is so elusive, and that our views as individuals and as groups are so divergent, that it is meaningless Talk about, or look for, the truth.
In a sense, Trump has reason to worry: the forces that created him could also destroy him. A politician so dependent on emotional resonance cannot afford to be the object of general ridicule.

At the very least, we must reaffirm the truth in a resounding way, instead of simply repeating the lie by the procedure of denying it. Rationality has to go hand in hand with imagination and innovation. If we want to disavow and defeat post-truth, the task must be collective, sustained and stubborn. There will be setbacks, ups and downs and moments of exasperation. But if the truth is still important to us as a civilization, it is a task that we cannot ignore.

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