La Muerte De La Verdad. Notas Sobre La Falsedad En La Era Trump — Michiko Kakutani / The Death of Truth: Notes on Falsehood in the Age of Trump by Michiko Kakutani

La epistemología, aprender lo que significa ser razonable, se ha puesto de moda una vez más. Con suerte, este podría ser el logro más importante de Donald Trump: una reacción violenta contra la realidad (en gran medida suya) de las falsas noticias. Desafortunadamente, el libro es una noticia aún más falsa, no una forma de vencerla.

Más formalmente, la epistemología es el estudio de cómo sabemos lo que sabemos, de lo que conlleva un hecho, y lógicamente, por lo tanto, sobre lo que implica un anti-hecho, eso es una mentira. No se necesita mucho análisis epistemológico para determinar que Trump miente, más o menos continuamente, sobre todo lo que encuentra: eventos, personas, problemas, decisiones, declaraciones, sean políticamente relevantes o no. Estas mentiras son respaldadas y difundidas por medios domesticados como Fox News y Breitbart que tienen su propia agenda comercial. Esto es obvio.

Pero lo que es mucho más difícil de establecer es la estructura epistemológica, por así decirlo, de los seres humanos que escuchan estas mentiras, las animan y actúan sobre ellas, en la forma en que votan; su comportamiento hacia oponentes y minorías; y en sus opiniones expresadas sobre el resto del mundo. La presunción de un libro como el de Kakutani es que estas personas han sido engañadas, y que al demostrar que la motivación de sus acciones es un paquete de mentiras, se puede comprobar la era de la mentira de Trump. Esencialmente, la falta de poder discriminatorio provocado por una educación inadecuada es el tema clave de Kakutani. Por lo tanto, una mejor educación analítica, ella cree, es la solución.

Sin embargo, esta presunción y su supuesta solución es, en los propios términos de Kakutani, incorrecta. Las personas que se adhieren a la ideología de Trump saben bien que el presidente miente. Saben que Fox y Breitbart tienen sus propios intereses en estas mentiras. Simplemente no les importa. El hecho de que Trump mienta tiene tanta importancia política para ellos como la presión barométrica o la población de una colonia de hormigas. Si la evidencia fotográfica muestra que la inauguración de Trump tuvo multitudes mucho más pequeñas de lo que se afirma, si numerosas mujeres tienen reclamos válidos a primera vista de acoso sexual a pesar de su negativa, si sus asesores más cercanos obviamente estuvieron involucrados en relaciones en su nombre con los rusos y otros nefastos: lo hace no importa en absoluto a la gente que lo apoya. Lo ha dicho una y otra vez durante su campaña y su presidencia. Y sus seguidores lo animan a él y a ellos mismos cuando lo dice.

Observar, por lo tanto, que el libro de Kakutani está predicando al coro no es una idea muy profunda. Pero sí revela la falla esencial en su análisis epistemológico. Las personas, todas las personas, tienen intereses. Los intereses son lo que define las cosas que no solo son importantes, sino las cosas que pueden ser y serán vistas, oídas, reconocidas y generalmente permitidas en la cognición de uno. Los intereses también son la fuerza motivadora de la razón; son ellos, no una lógica arbitraria como la propuesta por Kakutani, lo que define lo razonable. Kakutani, como muchos antes que ella, trata desesperadamente de separar lo que es real de lo que es de interés; ella aspira a ser “objetiva” en la forma en que se establecen los hechos y la verdad. Para ella, reconocer intereses es equivalente a la terrible herejía del “relativismo posmodernista”. No sabe muy bien qué quiere decir cuando usa este término, pero está segura de que esa es la razón por la que Trump está en la Casa Blanca y Putin está en el Kremlin.

Paradójicamente, uno podría pensar, esta aversión al relativismo es compartida con Kakutani por los partidarios ideológicos evangélicos y conservadores de Trump. Ellos también quieren una base epistemológica firme; y creen que pueden obtenerlo mediante la articulación de una o más doctrinas básicas: la inerrancia de las Escrituras, la necesidad de una libertad personal completa, los beneficios de la competencia ilimitada, la inexistencia de algo llamado sociedad o cualquiera de varios otros premisas ideológicas o religiosas. Este establecimiento de premisas fundamentales es el único camino disponible hacia la verdad absoluta, irrefutable y no relativa según su forma de pensar. Y tienen razón, esa es la única forma de estar absolutamente, positivamente, cien por ciento seguro de cuál es la verdad: definirlo de antemano. De lo contrario, uno simplemente debe salir del paso con continuas dudas persistentes, un incómodo y, podría decirse en nuestra cultura actual, un estado mental poco viril.

Pero la certeza y la facilidad psíquica tienen un costo. Obviamente, las premisas diversas conducen a versiones diversas de lo que constituye la verdad, de los hechos, de la señal versus el ruido. Los evangélicos no comienzan con las mismas verdades fundamentales que los neoliberales económicos o los nacionalistas radicales. Por el momento, al menos, las versiones de la verdad que compiten no son tan importantes en la política estadounidense como el principio en el que todos están de acuerdo: la verdad es fija, cierta, inmutable, eterna y necesaria para el bienestar personal y social. Esta es la base de la alianza populista que Trump ha creado tan hábilmente. Y Kakutani ha decidido que se unirá a ella sin saberlo usando su propia versión de la verdad.

Puede que no sea obvio, pero este principio de verdad absoluta es, de hecho, un concepto religioso. Se correlaciona con la idea doctrinal explícitamente cristiana de la fe, es decir, la creencia firme y “razonable” en la salvación eterna. La fe es un principio epistemológico inventado por Pablo de Tarso como el principio fundamental de su nueva religión del cristianismo. Este principio es posiblemente la contribución más importante del cristianismo a la cultura mundial. Proporciona una justificación para calmar el aparente caos del mundo que nos rodea simplemente eliminando grandes trozos de realidad de nuestra percepción. Si las cosas no importan, no serán percibidas. Si uno es “tentado” por distracciones fuera del ámbito de las doctrinas de la fe, se le insta a intensificar su fe.

La fe intensa es lo que comparten los diversos componentes de la alianza Trump (y terroristas de todo tipo). Las mentiras de Trump son irrelevantes o están contribuyendo a un bien mayor, del que incluso él puede ignorar, según los trumpistas. Discutir contra tal estado mental nunca ha tenido mucho éxito por razones obvias: el argumento no se puede escuchar. El uso de Kakutani del principio de la fe para socavar la fe es, por consiguiente, absurdo.

Entonces, la fe en la verdad absoluta e invariable es el veneno que crea y no el antídoto que cura las noticias falsas. La única solución viable a la proliferación de noticias falsas implica en primer lugar el reconocimiento de los intereses representados por un comportamiento aparentemente irracional. La falta de razón aparente en otra persona es indistinguible de la incapacidad de uno mismo para apreciar el propósito extraño cuando se enfrenta. La idea del error depende completamente de cuáles son los objetivos. En última instancia, el efecto de establecer los criterios de verdad “objetiva” es la exclusión de conjuntos enteros de intereses humanos que luego no pueden discutirse políticamente. En otras palabras, la solución de Kakutani es intensificar el problema que estamos experimentando actualmente.

No sé cuál es el propósito de los partidarios de Trump. Sospecho que hay muchos, uno de los cuales, tal vez, es simplemente para ser escuchado. Esto en sí mismo podría explicar mucho. Sin embargo, los encuentro molestos porque no parecen considerar que es su responsabilidad ir más allá de su penetrante nihilismo y articular lo que realmente buscan. Por lo tanto, podría haber un aspecto educativo en la situación porque las personas aparentemente irracionales pueden no tener la capacidad de articular sus razones de manera efectiva. Si es así, sin embargo, la educación para poder escuchar de manera articulada, especialmente entre los políticos, puede ser la tarea pedagógica paralela más importante. Escuchar las intenciones de los demás, en particular de los que aborrecemos, es probablemente la habilidad política y social más exigente que uno puede esperar desarrollar. Sin embargo, es la base de toda epistemología. Kakutani ha estado escuchando a la gente equivocada.

Postdata: Varias personas me han escrito en privado expresando un problema importante con mi revisión. ¿Qué sucede si, comentan, los propósitos de algunos partidarios de Trump son moralmente inaceptables? De hecho, no tengo dudas de que este es el caso, como lo sería entre cualquier grupo político. Uno de los aspectos más importantes de cualquier sistema político, y el propósito explícito del sistema de partidos de Estados Unidos, es la marginación de propósitos extremos y generalmente inaceptables. La alianza Trumpista, no tengo dudas, incluye algunos, quizás muchos, a quienes la gran mayoría de los estadounidenses consideraría de integridad cuestionable. Sin embargo, a menos que uno esté dispuesto a concluir que la mitad del electorado estadounidense se ha vuelto políticamente loco (aunque es una posibilidad creíble), la mayoría de los votantes de Trump están expresando opiniones políticas que, si bien no son extremas ni malvadas, no se han incorporado a la discusión política. De hecho, parece probable que los extremistas se hayan sentido atraídos por la alianza de fe entre los votantes descontentos y no la fuente de la misma. Esto no reduce la culpabilidad de la fe como principio epistemológico, sino que hace más urgente aclarar las consecuencias de este principio.

Dos de los regímenes más monstruosos de la historia de la humanidad subieron al poder en el siglo XX. Ambos se afianzaron sobre la violación y el saqueo de la verdad y sobre la premisa de que el cinismo, el hastío y el miedo suelen volver a la gente susceptible a las mentiras y a las falsas promesas de unos líderes políticos empecinados en el poder absoluto.
Trump, el presidente número cuarenta y cinco de los Estados Unidos, miente de un modo tan prolífico y a tal velocidad que The Washington Post calculó que durante su primer año en el cargo podía haber emitido 2.140 declaraciones que contenían falsedades o equívocos: una media de 5,9 diarias. Sus embustes sobre absolutamente todo, desde la investigación de las injerencias rusas en la campaña electoral hasta el tiempo que él mismo pasa viendo la televisión, no son más que la luz roja que avisa de sus constantes ataques a las normas e instituciones democráticas. Ataca sin cesar a la prensa, al sistema judicial y a los funcionarios que hacen que el Gobierno marche.
Por otra parte, estos asaltos a la verdad no se circunscriben al territorio de los Estados Unidos: en todo el mundo se han producido oleadas de populismo y fundamentalismo que están provocando reacciones de miedo y de terror.
Ya nos los recordó el papa Francisco: «No existe la desinformación inocua; confiar en las falsedades puede tener consecuencias nefastas».

Con Trump lo personal es político y, en muchos aspectos, el personaje no es tanto una anomalía de cómic como una apoteosis extrema, digna de Bizarro World, de actitudes que se entrelazan y logran debilitar los cimientos de la verdad con tretas como la de combinar noticias y política con entretenimiento, aprovechar la polarización tóxica que se ha apoderado del panorama político estadounidense y asumir esa actitud de desprecio populista, cada vez mayor, hacia la experiencia y el conocimiento.
Estos rasgos son también emblemáticos de una dinámica que se ha estado cociendo bajo la superficie de la vida diaria durante años, creando el ecosistema perfecto en el que Veritas, la diosa de la verdad (tal y como la pintó Goya en su famoso aguafuerte titulado Murió la verdad), puede caer mortalmente enferma.

La mendacidad de Trump es tan extrema que las organizaciones de prensa han decidido elaborar listas de las mentiras que ha contado, los insultos que ha proferido y las normas que ha violado, además de contratar verdaderos ejércitos de personas dedicadas a contrastar hechos. Y su descaro ha impulsado a los políticos que le rodean a mentir también con mayor arrogancia que nunca.
Trump ha repetido el perturbador truco de Orwell («LA GUERRA ES PAZ», «LA LIBERTAD ES ESCLAVITUD», «LA IGNORANCIA ES FUERZA») de utilizar las palabras dotándolas del significado opuesto al que tienen por naturaleza, aunque las frases sean diferentes. No se detiene sólo en el uso de su expresión «fake news»…
Al mismo tiempo, Trump siguió adelante con sus ataques personales contra la lengua inglesa: su incoherencia (sintaxis retorcida, inversión de significados, falta de sinceridad, mala fe y grandilocuencia inflamatoria) es emblema del caos que crea el presidente, al tiempo que se alimenta de él: un instrumento imprescindible en su «kit del mentiroso».

La tecnología ha demostrado ser un acelerante altamente inflamable para difundir noticias falsas y debilitar la fe en la objetividad: cada vez somos más conscientes de que existe un lado oscuro de lo que se concibió, en origen, como un catalizador para transformar la innovación.
El empleo de bots para manipular la opinión pública es sólo uno de los factores examinados por el informe del Omidyar Group sobre el efecto de las redes sociales en el discurso público. Además de aumentar la polarización, concluía el informe, las redes sociales tienden a minar la confianza en las instituciones y reducen las posibilidades de que se dé un debate o tengan lugar discusiones que resultan esenciales para la democracia. Los anuncios microfocalizados en redes sociales y los algoritmos diseñados para personalizar el canal de noticias de una persona hacen que desaparezcan las distinciones entre lo popular y lo verificable, y hacen que la gente tenga más dificultades a la hora de tomar parte en una conversación.
Los avances tecnológicos seguramente contribuirán a complicarlo todo más. El perfeccionamiento de la realidad virtual y los sistemas de aprendizaje automático no tardarán en producir imágenes fabricadas y vídeos tan convincentes que pueden ser difíciles de distinguir de la realidad. Ya es posible recrear las voces utilizando muestras de audio, y las expresiones faciales pueden manipularse con programas de IA. En el futuro podríamos estar expuestos a vídeos realistas de políticos que dicen cosas que nunca dijeron.

No es casualidad que los dos países que controlaron la magia negra de la propaganda en el siglo XX fueran dos estados totalitarios: la Alemania nazi y la Unión Soviética. Sus técnicas de manipulación de la opinión pública y la promoción de la ideología del odio han marcado a varias generaciones de autócratas y demagogos de todo el mundo. Lenin se especializó en hacer promesas que nunca cumpliría.
Hitler dedicó capítulos enteros de Mein Kampf al tema de la propaganda y sus declaraciones, junto a las de su ministro de Propaganda Joseph Goebbels, constituirían una especie de libro de texto para cualquier aspirante a autócrata: hay que apelar a las emociones de la gente, no a su inteligencia, y emplear «fórmulas estereotipadas», que se repitan una y otra vez; hay que acosar sin descanso al adversario y etiquetarlo con una frase o eslogan distintivo que provocará reacciones viscerales en la audiencia.

Rusia continúa utilizando su propaganda para conseguir los mismos fines: distraer y agotar a sus ciudadanos (y, cada vez más, a los de otros países) para desgastarlos mediante una profusión de mentiras y que así dejen de resistirse y se queden encerrados en el ámbito privado de sus vidas. Un informe de Rand Corporation llamó a este modelo de propaganda de Putin «la manguera de la falsedad». Se trata de una corriente continua y de alta intensidad de mentiras, verdades a medias y puras ficciones lanzadas por ahí con inagotable agresividad para oscurecer la verdad y abrumar y confundir a todo el que esté intentando informarse.
«La propaganda rusa no tiene el menor compromiso con la realidad objetiva» expone el informe: a veces se emplean fuentes inventadas y pruebas inventadas (fotografías manipuladas, reportajes in situ falsos, vídeos rodados con actores que hacen de víctimas de atrocidades o crímenes también inventados). «Los canales de noticias rusos, como RT y Sputnik News, ofrecen una mezcla de información y entretenimiento.
El actual maestro de la propaganda rusa, Vladislav Surkov, a quien han llamado «el verdadero genio de la era Putin», ha empleado todas esas técnicas y más en su plan para contribuir al ascenso de Putin al poder y consolidarlo en él. De hecho, los métodos de espionaje de los agentes rusos que llevaron a cabo tan sofisticada estrategia de desinformación durante la campaña presidencial de 2016 llevan el sello de muchas de las tretas de Surkov y su estilo de dirigir la función.

Trump, claro está, es un trol: lo es por temperamento y por costumbres. Sus tuits y sus provocaciones displicentes encierran la esencia misma del troleo: mentiras, burlas, invectivas, verborrea insultante e incongruencias rabiosas son las de un adolescente airado, ofendido y solitario que sólo mira su propio ombligo, vive en una burbuja que se ha construido él y consigue llamar la atención –algo que persigue denodadamente– apaleando a sus enemigos.

El legado que nos ha dejado la posmodernidad, según afirmaba Wallace, ha sido «el sarcasmo, el cinismo, un hastío obsesivo, la sospecha frente a cualquier forma de autoridad, la sospecha frente a todo control de nuestro comportamiento y una terrible inclinación a hacer un diagnóstico de todo lo desagradable, en lugar de la ambición de redimir, en lugar de diagnosticar para ridiculizar. Tenemos que entender que todo esto ha empapado nuestra cultura: se ha convertido en nuestro lenguaje». «La ironía posmoderna se ha convertido en nuestro entorno natural.» Y ese es el agua en la que nadamos.
Sin la verdad, la democracia está atada de pies y manos. Los fundadores lo sabían, y los que quieren que la democracia sobreviva tienen que reconocerlo ahora.

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Epistemology – learning what it means to be reasonable – has become fashionable once again. With any luck this might prove to be Donald Trump’s most important achievement: a backlash against the reality (largely his) of fake news. Unfortunately The Death of Truth is yet more fake news not a way to beat it.

More formally, epistemology is the study of how we know what we know, of what constitutes a fact, and logically therefore about what constitutes an anti-fact, that is a lie. It doesn’t take much epistemological analysis to determine that Trump lies, more or less continuously, about everything he encounters – events, people, issues, decisions, statements, whether these are politically relevant or not. These lies are endorsed and disseminated by tame media like Fox News and Breitbart which have their own commercial agenda. This much is obvious.

But what is much more difficult to establish is the epistemological structure, as it were, of the human beings who hear these lies, cheer them and act on them – in the way they vote; their behaviour toward opponents, and minorities; and in their expressed opinions about the rest of the world. The presumption of a book like Kakutani’s is that these people have been duped, and that by demonstrating that the motivation for their actions is a pack of lies, the era of Trumpian mendacity can be checked. Essentially, lack of discriminatory power brought about by inadequate education is Kakutani’s key issue. Therefore better analytical education, she believes, is the solution.

This presumption, and its purported solution is, however, in Kakutani’s own terms, wrong. The people who adhere to the Trumpian ideology know well that the President lies. They know that Fox and Breitbart have their own interests in these lies. They simply don’t care. The fact that Trump lies has about as much political import to them as the barometric pressure or the population of an ant colony. If photographic evidence shows that Trump’s inauguration had much smaller crowds than claimed, if numerous women have prima facie valid claims for sexual harassment despite his denial, if his closest advisors were obviously involved in relationships on his behalf with the Russians and nefarious others: it does not matter at all to the folk who support him. He has said this over and over again during his campaign and his presidency. And his supporters cheer him and themselves when he says it.

To observe, therefore, that Kakutani’s book is preaching to the choir is not a very profound insight. But it does reveal the essential flaw in her epistemological analysis. People, all people, have interests. Interests are what defines the things which are not only important but the things which can be and will be seen, heard, recognised, and generally allowed into one’s cognition. Interests are also the motivating force for reason; it is they, not some arbitrary logic like that proposed by Kakutani, which defines the reasonable. Kakutani, like many before her, tries desperately to separate what is factual from what is of interest; she aspires to be ‘objective’ in the way that facts and truth are established. For her, recognising interests is equivalent to the terrible heresy of “postmodernist relativism.” She doesn’t quite know what she means when she uses this term but she’s sure it’s the reason Trump is in the White House and Putin is in the Kremlin.

Paradoxically, one might think, this abhorrence of relativism is shared with Kakutani by Trump’s evangelical and conservative ideological supporters. They too want a firm epistemological foundation; and they believe they can get it by the articulation of one or more basic doctrines – the inerrancy of scripture, the necessity for complete personal freedom, the benefits of unlimited competition, the non-existence of something called society or any of a number of other ideological or religious premises. This establishment of fundamental premises is the only path available toward absolute, irrefutable, non-relative truth according to their way of thinking. And they’re right, that is the only way to be absolutely, positively, one hundred percent sure of what the truth is: define it beforehand. Otherwise one must simply muddle through with continuous nagging doubt, an uncomfortable and, one might say in our current culture, an unmanly state of mind.

But certainty and psychic ease come at a cost. Obviously diverse premises lead to diverse versions of what constitutes the truth, of facts, of signal versus noise. Evangelicals do not start with the same fundamental truths as economic neo-liberals, or radical nationalists. For the moment at least the competing versions of truth are not as important in American politics as the principle on which they all agree: Truth is fixed, certain, immutable, eternal and necessary for personal and social well-being. This is the basis of the populist alliance which Trump has created so skilfully. And Kakutani has decided that she will join it unwittingly using her own version of the truth.

It may not be obvious but this principle of absolute truth is in fact a religious concept. It is correlated with the explicitly Christian doctrinal idea of faith, that is to say the firm, ‘reasonable’ belief in eternal salvation. Faith is an epistemological principle invented by Paul of Tarsus as the foundational principle of his new religion of Christianity. This principle is arguably the most important contribution of Christianity to world culture. It provides a rationale for calming the apparent chaos of the world around us by simply removing large chunks of reality from our perception. If things don’t matter, they will not be perceived. If one is ‘tempted’ by distractions outside the realm of the doctrines of faith, one is urged to intensify one’s faith.

Intense faith is what the various components of the Trump alliance (and terrorists of all sorts) share. Trump’s lies are either irrelevant or they are contributing toward a greater good, of which even he may be unaware, according to Trumpists. Arguing against such a state of mind has never had much success for obvious reasons: the argument cannot be heard. Kakutani’s use of the principle of faith to undermine faith is consequently absurd.

So faith in absolute, invariable truth is the poison which creates and not the antidote which cures fake news. The only workable solution to the proliferation of fake news involves in the first instance the recognition of the interests represented by apparently unreasonable behaviour. Lack of apparent reason in someone else is indistinguishable from an inability in oneself to appreciate alien purpose when it is confronted. The idea of error is entirely dependent upon what one’s aims are. Ultimately, the effect of establishing the criteria of ‘objective’ truth is the exclusion of whole sets of human interests which then cannot be discussed politically. In other words, Kakutani’s solution is to intensify the problem we are experiencing at present.

I don’t know what the purpose of Trump supporters is. I suspect there are many, one of which, perhaps, is merely to be heard. This in itself could explain a great deal. I nonetheless do find them annoying because they don’t appear to consider it their responsibility to go beyond their pervasive nihilism and articulate what they’re really after. So there well could be an educational aspect to the situation because ostensibly unreasonable people may not have the ability to effectively articulate their reasons. If so, however, education in being able to listen articulately, especially among politicians, may be the most important parallel pedagogical task. Hearing the intentions of others, particularly others we abhor, is probably the most taxing political as well as social skill one can hope to develop. It is nevertheless the foundation of all epistemology. Kakutani has been listening to the wrong folk.

Postscript: Several people have written privately to me expressing an important issue with my review. What if, they remark, the purposes of some Trump supporters are morally unacceptable? Indeed, I have no doubt that this is the case, as it would be among any political group. One of the most important aspects of any political system, and the explicit purpose of the US party system, is the marginalisation of extreme and generally unacceptable purposes. The Trumpist alliance, I have no doubt, includes some, perhaps many, whom the vast majority of Americans would consider of questionable integrity. However, unless one is willing to conclude that half the American eiectorate has become politically insane (although a credible possibility), the bulk of Trump voters are expressing political views which while not extreme or evil have not been incorporated into political discussion. In fact it seems likely that the extremists have been attracted to the alliance of faith among disaffected voters and not the source of it. This doesn’t reduce the culpability of faith as an epistemological principle but rather makes it more urgent to make the consequences of this principle clear.

Two of the most monstrous regimes in the history of mankind came to power in the twentieth century. Both took hold of the violation and looting of the truth and on the premise that cynicism, boredom and fear often return people susceptible to lies and false promises of political leaders bent on absolute power.
Trump, the forty-fifth president of the United States, lies so prolifically and at such a speed that The Washington Post estimated that during his first year in office he could have issued 2,140 statements containing falsehoods or misunderstandings: an average of 5 , 9 daily. His lies on absolutely everything, from the investigation of Russian interference in the election campaign to the time he spends watching television, are nothing more than the red light that warns of his constant attacks on democratic norms and institutions. It constantly attacks the press, the judicial system and the officials that make the government march.
On the other hand, these assaults on the truth are not confined to the territory of the United States: waves of populism and fundamentalism have occurred throughout the world that are causing reactions of fear and terror.
Pope Francis reminded us: «There is no harmless misinformation; trusting falsehoods can have dire consequences ».

With Trump, the personal is political and, in many ways, the character is not so much a comic anomaly as an extreme apotheosis, worthy of Bizarro World, of attitudes that intertwine and manage to weaken the foundations of truth with tricks such as combining news and politics with entertainment, take advantage of the toxic polarization that has taken over the American political landscape and assume that attitude of populist contempt, growing, towards experience and knowledge.
These features are also emblematic of a dynamic that has been cooking under the surface of daily life for years, creating the perfect ecosystem in which Veritas, the goddess of truth (as Goya painted it in her famous etching entitled Died the truth), can fall mortally ill.

Trump’s mendacity is so extreme that press organizations have decided to make lists of the lies he has told, the insults he has uttered and the rules he has violated, in addition to hiring true armies of people dedicated to contrasting facts. And his impudence has prompted the politicians around him to also lie more arrogantly than ever.
Trump has repeated Orwell’s disturbing trick (“WAR IS PEACE,” “FREEDOM IS SLAVERY,” “IGNORANCE IS FORCE”) of using words giving them the opposite meaning to what they have by nature, even if the phrases are different. He does not stop only in the use of his expression “fake news” …
At the same time, Trump continued with his personal attacks on the English language: his incoherence (twisted syntax, inversion of meanings, lack of sincerity, bad faith and inflammatory grandiloquence) is an emblem of the chaos created by the president, while feeding of him: an essential instrument in his “liar kit”.

Technology has proven to be a highly flammable accelerator for spreading false news and weakening faith in objectivity: we are increasingly aware that there is a dark side to what was originally conceived as a catalyst to transform innovation.
The use of bots to manipulate public opinion is only one of the factors examined by the Omidyar Group report on the effect of social networks in public discourse. In addition to increasing polarization, the report concluded, social networks tend to undermine confidence in institutions and reduce the chances of debate or discussions taking place that are essential for democracy. Microfocalized ads on social networks and algorithms designed to personalize a person’s news channel make the distinctions between the popular and the verifiable disappear, and make people more difficult to take part in a conversation.
Technological advances will surely contribute to complicating everything else. The improvement of virtual reality and machine learning systems will soon produce manufactured images and videos so convincing that they can be difficult to distinguish from reality. It is now possible to recreate the voices using audio samples, and facial expressions can be manipulated with AI programs. In the future we could be exposed to realistic videos of politicians who say things they never said.

Technology has proven to be a highly flammable accelerator for spreading false news and weakening faith in objectivity: we are increasingly aware that there is a dark side to what was originally conceived as a catalyst to transform innovation.
The use of bots to manipulate public opinion is only one of the factors examined by the Omidyar Group report on the effect of social networks in public discourse. In addition to increasing polarization, the report concluded, social networks tend to undermine confidence in institutions and reduce the chances of debate or discussions taking place that are essential for democracy. Microfocalized ads on social networks and algorithms designed to personalize a person’s news channel make the distinctions between the popular and the verifiable disappear, and make people more difficult to take part in a conversation.
Technological advances will surely contribute to complicating everything else. The improvement of virtual reality and machine learning systems will soon produce manufactured images and videos so convincing that they can be difficult to distinguish from reality. It is now possible to recreate the voices using audio samples, and facial expressions can be manipulated with AI programs. In the future we could be exposed to realistic videos of politicians who say things they never said.

It is no accident that the two countries that controlled the black magic of propaganda in the twentieth century were two totalitarian states: Nazi Germany and the Soviet Union. His techniques of manipulating public opinion and promoting the ideology of hate have marked several generations of autocrats and demagogues from around the world. Lenin specialized in making promises he would never keep.
Hitler dedicated entire chapters of Mein Kampf to the issue of propaganda and his statements, together with those of his Propaganda Minister Joseph Goebbels, would constitute a kind of textbook for any aspiring autocrat: you have to appeal to people’s emotions, not to his intelligence, and to use “stereotyped formulas”, which are repeated again and again; the adversary must be harassed without rest and labeled with a distinctive phrase or slogan that will cause visceral reactions in the audience.

Russia continues to use its propaganda to achieve the same ends: to distract and deplete its citizens (and, increasingly, those of other countries) to wear them out through a profusion of lies and thus stop resisting and remain locked in the field deprived of their lives. A report by Rand Corporation called this Putin’s propaganda model “the hose of falsehood.” It is a continuous and high intensity stream of lies, half-truths and pure fictions thrown out there with inexhaustible aggressiveness to obscure the truth and overwhelm and confuse everyone who is trying to inform themselves.
“Russian propaganda has no commitment to objective reality” states the report: invented sources and invented evidence are sometimes used (manipulated photographs, false on-site reports, videos shot with actors who make victims of atrocities or crimes also invented ). «Russian news channels, such as RT and Sputnik News, offer a mix of information and entertainment.
The current master of Russian propaganda, Vladislav Surkov, whom they have called “the true genius of the Putin era,” has used all these techniques and more in his plan to contribute to Putin’s rise to power and consolidate him. In fact, the spying methods of Russian agents who carried out such a sophisticated disinformation strategy during the 2016 presidential campaign bear the stamp of many of Surkov’s tricks and his style of directing the function.

Trump, of course, is a troll: it is by temperament and customs. His tweets and his provocative provocations enclose the very essence of the trolley: lies, teasing, invective, insulting verbiage and rabid incongruities are those of an angry, offended and lonely teenager who only looks at his own navel, lives in a bubble that he has built and he manages to attract attention – something he pursues boldly – beating his enemies.

The legacy that postmodernity has left us, according to Wallace, has been “sarcasm, cynicism, an obsessive boredom, suspicion against any form of authority, suspicion against all control of our behavior and a terrible inclination to make a diagnosis of everything unpleasant, instead of the ambition to redeem, instead of diagnosing to ridicule. We have to understand that all this has soaked our culture: it has become our language ». “Postmodern irony has become our natural environment.” And that is the water in which we swim.
Without the truth, democracy is tied hand and foot. The founders knew it, and those who want democracy to survive have to recognize it now.

2 pensamientos en “La Muerte De La Verdad. Notas Sobre La Falsedad En La Era Trump — Michiko Kakutani / The Death of Truth: Notes on Falsehood in the Age of Trump by Michiko Kakutani

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