Nosotros Morimos Solos. Una Historia De Resistencia Y Huida En La Segunda Guerra Mundial — David Howarth / We Die Alone: A WWII Epic of Escape and Endurance by David Howarth

Esta verdadera historia de la Segunda Guerra Mundial comienza rápido. Sin mucha acumulación, tiene un enfoque casi cinematográfico cuando nos concentramos en un pequeño bote que se dirige hacia Noruega desde las Islas Shetland en 1943. Los hombres se hacen pasar por pescadores, pero en realidad tienen el objetivo de ayudar a los noruegos con la ocupación nazi que ha invadido sus tierras. (Noruega fue neutral pero eso no molestó a los alemanes). Entonces, BAM! La acción comienza cuando los hombres son traicionados (Quislings gobernó el día).

Sabía lo que significaba ser desleal con los alemanes, o más bien, ser atrapado en él: el campo de concentración para él y quizás también para su esposa; Al final del pequeño negocio que había comenzado a construir; El final de su seguridad fue muy fácil.
A medida que el tema del libro entra en modo de supervivencia con el objetivo de llegar de alguna manera a Suecia, el lector pasa la página. Por un lado, ¿en quién puede confiar? Los europeos tuvieron que elegir entre salvar sus propias vidas o arriesgar esas vidas por los demás. Una línea apretada a seguir.

Pero cuando la mente de un hombre está entumecida por un desastre repentino, actúa menos por razón que por reflejo.

Esta historia de supervivencia es tan extraordinaria que, para ser sincero, realmente no creía que hubiera sucedido. ¿Alguien puede contar una historia de sus aventuras de guerra y quién puede decir que sucedió o no? Pero los detalles y los nombres de los héroes / heroínas ganaron al final, y comencé a animarme por una resolución feliz. Si bien esta es una historia de valentía y esperanza, también es una historia de miedo. El miedo a los aldeanos aislados que podrían perder sus hogares y familias si se descubren sus actividades clandestinas. El miedo a Jan, el hombre a la fuga, si su objetivo de sobrevivir termina en que otros sean asesinados. El miedo a los pescadores, a los trabajadores, a los noruegos, que se preguntaban si habían hecho lo suficiente para luchar contra los ocupantes.

Cuando llegué al final, quería un epílogo adicional para que el libro no tuviera que terminar.

Realmente no conocía en profundidad esta historia acaecida en Noruega durante la II Guerra Mundial y es muy interesante.
En una operación de ese tipo, era inútil elaborar un plan detallado, ya que nadie podía predecir con exactitud lo que iba a ocurrir. El jefe de la expedición tenía un grado de responsabilidad que a muy pocos se les exige en una guerra. Las órdenes que había recibido eran muy generales y, a la hora de cumplirlas, no tenía a nadie que le asesorara. Su éxito, así como su propia vida y la de sus compañeros, estaba exclusivamente en sus manos.
La formación de los tripulantes del pesquero había sido de tipo náutico; su ambiente era el mar, y cuando su barco desapareció ante sus propios ojos y acabaron en la orilla sin tiempo para recuperarse y ponerse a pensar, su reacción fue perder la esperanza y rendirse. Jan, en cambio, había sido entrenado para ver aquel territorio estéril y hostil como un lugar en el que podría vivir y trabajar durante años. Él había planeado desembarcar y vivir de la tierra, de modo que, cuando sobrevino el trance, acudió a ella en busca de refugio de forma inconsciente y empezó a luchar por salvarse. Sin duda sus compañeros habrían hecho lo mismo si no hubieran resultado heridos o vencidos por el agua helada, aunque entonces ninguno de ellos sabía lo que aprenderían más tarde: que cualquier riesgo y cualquier sufrimiento eran mejores que la rendición.

Bjørnskar era una especie de callejón sin salida. A ambos lados, la costa estaba muy poblada y bien defendida, por lo que Jan solo podría acceder a la localidad desde el interior de la isla, por las montañas. Sería un largo camino y por esa ruta no había casas ni refugios de ningún tipo; si cuando llegara al otro lado no había nadie que le ayudara, sería muy improbable que consiguiera salir de allí y volver atrás.

Tromsø se considera la población más grande del Ártico y es la metrópoli de una enorme región, pero aun así no es muy grande, más o menos como un pueblo inglés de cierto tamaño. Se encuentra tan lejos de otras ciudades que es más autosuficiente de lo normal.

Jan pasó casi tres semanas tumbado entre la pared de nieve y la roca. En algunos sentidos era mejor que la tumba: podía ver un trozo de cielo bastante mayor, aunque no viera lo que quedaba al otro lado de la pared, y tenía sitio suficiente para hacer todos los movimientos que era capaz de hacer. Sin embargo, en otros sentidos era peor: aquel lugar estaba más expuesto al viento y a las precipitaciones y era mucho más sensible a los cambios de temperatura entre el día y la noche. La tumba siempre había estado ligeramente por debajo del punto de congelación. A cielo abierto, cada vez que el sol asomaba entre las nubes, la nieve del saco de dormir y de su alrededor se derretía hasta dejarle empapado…
La situación era realmente absurda. Se sintió como un idiota. Había estado tanto tiempo esforzándose para preservar su propia vida que ahora no le quedaban fuerzas suficientes en los dedos para ponerle fin. De no haber sido porque se sentía avergonzado, se habría echado a reír.
Su mente estaba relajada, sumida en la placidez que a veces llega con la aceptación final de la muerte.

Las historias sobre huidas acaban cuando el fugitivo alcanza la libertad y se pone a salvo, pero a esta historia no se le puede poner el punto final sin contar lo que fue de sus protagonistas una vez que todo terminó.
Jan, Marius y los hombres de Manndal habían estado tanto tiempo soñando con la frontera sueca que apenas se habían parado a pensar qué ocurriría una vez que Jan estuviera al otro lado. Todos sabían que desde la frontera habría que recorrer un largo camino antes de llegar a un hospital o una ciudad, claro, pero desplazarse por un país sin alemanes parecía tan increíblemente fácil que a ninguno le preocupaba la distancia.
Sin embargo, desde la frenética huida por el lago hasta que Jan dio consigo en una cama de hospital en Suecia acabó transcurriendo un tiempo considerable. Una vez que pasó la tensión, su memoria quedó hecha fosfatina.

Ahora Jan es un hombre casado —su mujer, Evie, es estadounidense— y de nuevo trabaja con su padre, importando instrumentos matemáticos y topográficos del extranjero. Nadie que conozca a Jan hoy en día, concentrado en sus teodolitos y en su familia, viviendo en una casa en un pinar a las afueras de Oslo, se imaginaría la historia que conserva en su memoria.

Cuando disfrutes de unas vacaciones, vete al auténtico hotel Savoy y no a la cabaña Kevlar.

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This true WWII tale starts fast. Without much buildup, it has an almost cinematic approach as we zero in on a little boat heading toward Norway from the Shetland Islands in 1943. The men are impersonating fishermen but are really aiming to help the Norwegians with the Nazi occupation that has overtaken their land (Norway was neutral but that didn’t bother the Germans). Then, BAM! The action begins as the men are betrayed (Quislings ruled the day).

He knew what it meant to be disloyal to the Germans, or rather, to be caught at it: the concentration camp for himself and perhaps for his wife as well; the end of the little business he had begun to build up; the end of his safety was so easy.
As the book’s subject goes into survival mode with a goal of somehow making his way to Sweden, it’s a page-turner for the reader. For one thing, who can he trust? Average Europeans had to choose between saving their own lives or risking those lives for others. A tight line to follow.

But when a man’s mind is numbed by sudden disaster, he acts less by reason than by reflex.

This survival tale is so extraordinary that, to be honest, I didn’t really believe it had happened. Anyone can tell a tale of their war adventures and who is to say it did or didn’t happen? But the detail and the names of the heroes/heroines won out in the end, and I started to cheer for a happy resolution. While this is a story of bravery and of hope, it’s also a story of fear. The fear of the isolated villagers who could lose their homes and families if their clandestine activities are discovered. The fear of Jan, the man on the run, if his goal to survive ends up in others being killed. The fear of average fishermen, of average workers, of average Norwegians, who wondered if they had done enough to put up a fight against the occupiers.

By the time I reached the end, I wanted an extra epilogue so the book wouldn’t have to end.

I really did not know in depth this story in Norway during World War II and it is very interesting.
In such an operation, it was useless to elaborate a detailed plan, since no one could predict exactly what was going to happen. The chief of the expedition had a degree of responsibility that very few are required in a war. The orders he had received were very general and, at the time of compliance, he had no one to advise him. His success, as well as his own life and that of his companions, was exclusively in his hands.
The training of the fishing crew had been nautical; his environment was the sea, and when his ship disappeared before his own eyes and they ended up on the shore with no time to recover and think, his reaction was to lose hope and surrender. Jan, on the other hand, had been trained to see that barren and hostile territory as a place where he could live and work for years. He had planned to disembark and live off the land, so that when the trance ensued, he went to her for refuge unconsciously and began to fight to save himself. No doubt his companions would have done the same if they had not been injured or defeated by the icy water, although then none of them knew what they would learn later: that any risk and any suffering were better than surrender.

Bjørnskar was a kind of dead end. On both sides, the coast was very populated and well defended, so Jan could only access the town from inside the island, through the mountains. It would be a long road and by that route there were no houses or shelters of any kind; If when he reached the other side there was no one to help him, it would be very unlikely that he would get out of there and go back.

Tromsø is considered the largest population of the Arctic and is the metropolis of a huge region, but still it is not very large, more or less like an English town of a certain size. It is so far from other cities that it is more self-sufficient than normal.

Jan spent almost three weeks lying between the wall of snow and the rock. In some ways it was better than the tomb: I could see a piece of heaven much larger, even if I didn’t see what was left on the other side of the wall, and had enough room to make all the movements I could do. However, in other ways it was worse: that place was more exposed to wind and precipitation and was much more sensitive to temperature changes between day and night. The grave had always been slightly below the freezing point. In the open, every time the sun was rising through the clouds, the snow in the sleeping bag and around it melted until it got soaked …
The situation was really absurd. He felt like an idiot. He had been trying so hard to preserve his own life so much that now he didn’t have enough strength left in his fingers to end it. If it hadn’t been because he felt ashamed, he would have laughed.
His mind was relaxed, mired in the placidity that sometimes comes with the final acceptance of death.

The stories about escapes end when the fugitive reaches freedom and becomes safe, but this story cannot be put to the end point without telling what happened to its protagonists once it was over.
Jan, Marius and Manndal’s men had been dreaming of the Swedish border so long that they had barely stopped to think what would happen once Jan was on the other side. Everyone knew that a long road would have to be traveled from the border before arriving at a hospital or a city, of course, but moving around a country without Germans seemed so incredibly easy that no one was worried about distance.
However, from the frantic escape from the lake until Jan found a hospital bed in Sweden, considerable time elapsed. Once the tension passed, his memory became phosphatin.

Now Jan is a married man – his wife, Evie, is an American – and again works with his father, importing mathematical and topographic instruments from abroad. No one who knows Jan today, concentrating on his theodolites and his family, living in a house in a pine forest on the outskirts of Oslo, would imagine the history that he keeps in his memory.

If you’re enjoying a hols, booking room at Savoy hotel and no in a Kevlar cottage!

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