Los Apaches. Águilas Del Sudoeste — Donald E. Worcester / The Apaches: Eagles of the Southwest by Donald E.Worcester

Este es un buen trabajo. Está bien investigado y bien escrito. Explica con gran detalle cómo los apaches fueron el azote del suroeste para los españoles, mexicanos, estadounidenses y otras tribus nativas americanas. Le ayuda a uno entender la razón por la que muchos colonos pidieron su extinción. El único lenguaje que entendieron fue la fuerza. Explica que cualquier “genocidio” que experimentaron los apaches se produjo esencialmente sobre ellos. ¡Una lectura obligada para cualquiera que viva en el suroeste.

Los apaches, pueblo del sudoeste de EE.UU., erraron por montañas y desiertos sin abandonar la vida nómada. Carecían de gobierno, adoraban a la naturaleza y evitaban las ceremonias. Divididos en bandas, vivían en sus territorios de caza. Místicos y materialistas al tiempo, creían en fuerzas sobrenaturales y en el «poder contra los enemigos», que les capacitaba, según la tradición, para derrotar a los adversarios. Se decía que algunos hombres sabios —como Gerónimo, jefe mítico— tenían capacidades adivinatorias.
Aunque nunca fueron muy numerosos, los apaches resistieron con éxito a sus enemigos desde principios del siglo XVII hasta finales del XIX. Evitaban las batallas a campo abierto, pero si eran acorralados, luchaban hasta la muerte.

A diferencia de muchos otros pueblos que vivían en tierras marginales e indeseables, los apaches erraron por las montañas y los desiertos por elección propia y nunca quisieron abandonar su modo de vida nómada. Aun cuando sus incesantes ataques provocaron el abandono de varios poblados de los indios pueblo, los apaches nunca ocuparon estos emplazamientos. En numerosas ocasiones, pudieron haber completado la despoblación de Sonora y Chihuahua.
Los apaches no tenían un gobierno tribal ni se reunían para llevar a cabo ceremonias como la danza del sol de los indios de las llanuras. Estaban divididos en bandas, cada una de las cuales contaba con sus propios territorios de caza y reunión, así como, en algunos casos, con sus tierras de cultivo. La autoridad era sencilla: se imponía dentro del propio grupo local desde la figura de su jefe, aunque este careciera de autoridad para castigar a los suyos. Todos los jefes de grupos locales eran, en teoría, iguales, aunque algunos, debido a su carácter, sus «poderes» o su destreza en la guerra, ejercían mayor influencia que otros.
La unidad básica era el «grupo familiar» o familia extendida de varias casas que vivían juntas por vínculos de sangre, conyugales, económicos o de clan.
Los apaches evitaban escrupulosamente tratar el tema de la muerte; de hecho, casi nunca utilizaban el término más habitual para referirse a ella. En lugar de decir que una persona había muerto, decían «se ha ido». Si se mencionaba la muerte en medio de una danza de guerra, los hombres dejaban de bailar; alguno hasta podía llegar a abandonar la partida guerrera, convencido de que estaba abocada al fracaso.

La vida era una batalla diaria por la supervivencia, una cruda lucha contra un entorno hostil lleno de depredadores salvajes, tanto animales como humanos. Formada por una escabrosa montaña y un desierto interminable, esa era la tierra de los apaches, y estos eran, de verdad, producto de su brutal entorno. Aunque preferían las montañas, se sentían en casa en cualquier parte de aquella tierra torturada: padecían hambre y sed, además de calor y frío extremos, sin rechistar. Cualquier extraño se consideraba un enemigo; no confiaban en nadie que no perteneciese a la banda y, a veces, surgían hostilidades encarnizadas entre distintas bandas o incluso dentro de la misma.
Gracias a la caza y a la recolección de semillas y raíces, los apaches siempre disponían de algo comestible; rechazaban la carne de oso y de pavo, además del pescado. Esta precaria existencia en una tierra tan difícil les obligó a separarse en pequeños grupos muy unidos de pocas familias, siempre en movimiento. La tierra no podía soportar a muchos en un mismo lugar y, por ello, desarrollaron la organización tribal más rudimentaria posible. Había jefes, pero su autoridad dependía en gran medida de la persuasión y del prestigio personal, pues no imponían sanciones sobre los demás. Los apaches vivían en absoluta independencia y eran celosos de su libertad.

Jicarilla significa «cestita» en español, y ese fue el nombre con el que se bautizó a la banda apache que era muy diestra en la elaboración de vasijas de cestería. Los jicarillas que erraban por el nordeste de Nuevo México y el sur de Colorado nunca fueron muy numerosos y jamás llegaron al millar. Desde el año 1600, estuvieron en buenos términos durante la mayor parte del tiempo con los mescaleros, pero no así con los navajos, aunque todos hablaban la misma lengua atapasca. Los jicarillas tuvieron períodos de hostilidad y de amistad con los españoles, y a menudo se unieron a ellos en expediciones contra otras tribus.
Los mescaleros (literalmente, «elaboradores de mezcal») del centro y del sudeste de Nuevo México y del oeste de Texas recibieron el nombre por su costumbre de consumir mezcal. Aunque este nombre se aplicaba solo a este grupo, la mayoría de las bandas apaches tomaban mezcal. En cierta época, los mescaleros rondaron por ambas orillas del río Grande y por las llanuras orientales, pero sus territorios de caza reconocidos fueron las montañas de Sierra Blanca, Sacramento y Guadalupe, al este del río Grande y, al sur, hasta el interior del Big Bend y el norte de Chihuahua.
Los apaches más occidentales eran los tonto, los coyoteros y los pinaleños, que vivían en la cuenca del Tonto y los alrededores de lo que es hoy Flagstaff y el río Little Colorado, en las montañas White, en torno al actual Fort Apache, y en las montañas Pinal. Debido a su lejanía de los asentamientos españoles, estas tribus y las regiones que ocupaban eran poco conocidas por aquellos antes de que los misioneros jesuitas se trasladaran al norte desde Sonora a finales del siglo XVII. Los apaches occidentales, como se les denomina colectivamente, plantaban maíz y algún que otro cultivo, y doblaban aproximadamente en número a los chiricahuas, los mogollón y los mimbreños.

La creciente efectividad de las campañas militares españolas se reflejó en el número cada vez mayor de apaches en los registros bautismales de Sonora a partir del año 1785. La mayoría de estos conversos fueron, sin duda, cautivos capturados en expediciones punitivas, aunque quizás algunos de ellos vivían en las proximidades de los presidios como resultado de los cambios que introdujo Bernardo de Gálvez. Su política de conceder la paz a los apaches cuando estos la solicitasen, junto a los arduos esfuerzos para exterminarlos si se alzaban en pie de guerra, no tardó en dar sus frutos.
En 1786, una banda de chiricahuas pidió la paz en Sonora y aceptó vivir en un establecimiento de paz (precursor de las actuales reservas) próximo al presidio de Bacoachi.
El nombre tonto se aplicaba a los apaches, a los yavapais (o apaches mohave) y a los hualapais (o apaches yuma) que vivían en la cuenca del río Tonto y vagaban entre las montañas White y el río Colorado. Algunos apaches se habían establecido en las inmediaciones del presidio de Tucson, donde se les conocía como apaches mansos. Los apaches occidentales no habían estado expuestos a los rigores de las expediciones punitivas y eran los más numerosos de los grupos apaches. Los coyoteros ocupaban la región de las montañas White y, aunque algunos apaches comían coyotes, ellos no. Los que erraban por las montañas Pinal recibían el nombre de pinaleños.

Cuando los angloamericanos asumieron el control político de Nuevo México, los apaches seguían llevando a cabo sus acostumbradas incursiones en Sonora y en Chihuahua, aunque unos dos mil vivían pacíficamente cerca de Janos. En un primer momento, los apaches se mostraron deferentes y amistosos con los angloamericanos, pues consideraron que cualquiera que hubiese declarado la guerra a los mexicanos debía poseer virtudes. En 1846, no tenían la menor idea de que los angloamericanos fuesen tan numerosos y estuviesen tan hambrientos de tierras, y tampoco sospechaban que acabarían expandiéndose por la Apachería a su entera voluntad. Pero cuando se descubrió oro en California, la corriente de forty-niners que comenzó a remontar el curso del Gila les hizo volverse aprensivos.
Tanto en el sudoeste de Nuevo México como en el sur de Arizona, sucedió cuando las tropas de la Unión se retiraron de las guarniciones de la Apachería. Del mismo modo que los sioux y los cheyenes eligieron esta misma oportunidad para librar sus tierras de intrusos blancos, los apaches aprovecharon la ocasión para recuperar sus tierras. Envalentonados por el convencimiento de que habían sido ellos quienes habían provocado la retirada de las tropas, se abalanzaron sobre los campamentos mineros, los ranchos y los asentamientos en una gran campaña para expulsar a los angloamericanos de la Apachería. Era la mejor oportunidad que se les había presentado hasta entonces, y los apaches la aprovecharon al máximo.

Los años 1870 y 1871 marcaron un punto de inflexión importante para los apaches de Arizona y, en menor medida, para los de Nuevo México. En primer lugar, la política de paz del presidente Grant, creada el año anterior, estuvo bien publicitada y, al menos durante un tiempo, se interrumpió la política de exterminio. El control militar de los indios, que fue restablecido en 1869, se dio por concluido. En abril de 1870, la Secretaría de Guerra ordenó que Arizona y el sur de California pasaran a ser un departamento de la División del Pacífico, lo que facilitó enormemente la coordinación de las campañas militares contra los apaches, aunque Nuevo México se mantuviera en la División de Misuri. Durante aquel mismo período, también tuvo lugar la masacre de Camp Grant, lo que aceleró la gestión para extender la política de paz a los apaches.

La clave para el éxito de la administración de los apaches fue el mantenimiento del orden y la disciplina a través de su policía y su tribunal indios. Consideraba que era mejor para ellos que controlaran su propia conducta, y los apaches le demostraron que estaba en lo cierto. Cuando se le otorgó el control de la agencia de Camp Apache, instauró allí el mismo sistema. Los hombres elegidos para servir como policías siempre eran miembros respetados de las bandas que tenía bajo su jurisdicción, lo cual fortalecía su autoridad. Si Clum hubiese utilizado policías de una banda para controlar a la gente de otra, o si hubiese nombrado a hombres que no gustasen a la mayoría de los apaches, su sistema habría producido resentimiento y violencia.
La enemistad entre civiles y militares no podía ocultarse a los apaches, y se añadió a la inquietud e insatisfacción de varias bandas, especialmente las de Warm Springs, que odiaban San Carlos. Observaron y aguardaron a que se les presentara una oportunidad para regresar a su tierra.

El general George Crook retomó el mando del Departamento de Arizona en septiembre de 1882. Como antes, los apaches no tardarían en sentir su presencia y sus problemas comenzarían a mejorar. Sin embargo, la «cuestión apache» estaba aún lejos de solucionarse, pues los nednhis y los chiricahuas mantenían una base en Sierra Madre para seguir con sus incursiones en Arizona, Nuevo México, Chihuahua y Sonora. La tarea de Crook no era, ni mucho menos, sencilla, porque primero tenía que restablecer la paz entre los apaches de la reserva y luego tratar con la inmensa banda de rebeldes en sus inexpugnables refugios de Sierra Madre.

En 1894, el «problema apache» volvía a ser causa de airadas discusiones. Grover Cleveland había regresado a la presidencia en marzo del año anterior, pero ni él ni su secretario de Guerra, Daniel Lamont, dieron a los apaches máxima prioridad. Bourke y Welsh seguían a favor de la ubicación de Carolina del Norte, y John Clum, ahora en el Departamento Postal de Washington, también se interesó por los prisioneros apaches y su destino.
En 1900 o al año siguiente, los prisioneros apaches abrieron el debate sobre la posibilidad de regresar a sus antiguas tierras de Arizona y Nuevo México para vivir como antes. Sin embargo, las diferencias no tardaron en aparecer, pues algunos hombres, como Jason Betzinez, habían tenido mucho éxito con sus cosechas y la cría de ganado, y no tenían el menor deseo de trasladarse y volver a empezar de cero.
La Ley de Reorganización India (IRA, por sus siglas en inglés) prohibió futuras parcelaciones de tierra india y autorizó el uso de fondos federales para permitir a las tribus que volvieran a comprar las tierras perdidas antaño o adquirir otras nuevas. Pero cuando el BIA utilizó fondos de la IRA para comprar unas tierras de la reserva Acoma Pueblo de Nuevo México, el Congreso inmediatamente prohibió el uso de dinero de esta ley para comprar tierras destinadas a las reservas en los estados de Arizona y Nuevo México. La ley obligaba al secretario de Interior a impedir la erosión, el pastoreo excesivo y la deforestación de las tierras indias, con el establecimiento de un fondo rotativo que proporcionase crédito, aparte de facilitar la adopción de constituciones tribales y cartas de negocios. Un único artículo de la ley daba a cada tribu la opción de aceptar o rechazar sus disposiciones.
Muchas medidas de emergencia del New Deal eran aplicables a las reservas, y una de las ramas del Cuerpo Civil de Conservación, lo que se conoció como Programa Urgente de Trabajo Indio, se creó para los indios. Uno de los resultados de estos programas fue la introducción de muchos proyectos para mejorar las condiciones económicas en las reservas; otro, que muchos indios empezaron a trabajar con salarios y adquirieron una valiosa formación vocacional que podría conducirles a futuros empleos.
En el ámbito de la educación, se abrieron muchos colegios de integración y se clausuraron, o se adaptaron, numerosos internados. Se introdujeron cambios curriculares para eliminar el agobiante Curso Uniforme de Estudio del departamento, así como para reducir el énfasis abrumador en la sociedad blanca.

En 1953, el consejo tribal de Fort Apache inauguró la empresa Montaña Blanca para desarrollar zonas recreativas para los turistas. Construyeron un área de deportes de invierno (Sunrise Park) y después incorporaron el lago Sunrise para la pesca y lo convirtieron así en un complejo turístico para todo el año. Una de las mayores industrias de la reserva es la Compañía Maderera de Fort Apache, organizada para la explotación de sus excelentes recursos naturales. La compañía posee un inmenso aserradero en Whiteriver.
Lo que les ocurra a los apaches dependerá en parte del éxito que obtengan a la hora de vencer la actitud de desesperanza engendrada por un siglo de dominación total, y en parte en la continuación y expansión de políticas progresistas por parte de las agencias y los oficiales del gobierno. A uno solo le queda esperar que las fluctuaciones perturbadoras y desalentadoras de la política gubernamental hacia los indios hayan quedado atrás, y que en el futuro podamos ver a estos y a los demás indios alcanzando el control genuino sobre las decisiones que afecten a sus vidas. Solo entonces quedará probada la estimación que hizo Crook sobre sus aptitudes.

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This is a good piece of work. It is well researched, and well written. It explains in great detail how the Apaches were the scourge of the southwest for Spaniards, Mexicans, Americans, and other Native American tribes. It helps one to understand the reason a lot of settlers called for their extinction. The only language they understood was force. It explains that any “genocide” the Apaches experienced they essentially brought upon themselves. A must read for anyone living in the southwest or knowing about it!.

The Apaches, a town in the southwestern United States, wandered through mountains and deserts without abandoning nomadic life. They lacked government, worshiped nature and avoided ceremonies. Divided into bands, they lived in their hunting territories. Mystics and materialists at the time, believed in supernatural forces and “power against enemies”, which enabled them, according to tradition, to defeat adversaries. It was said that some wise men – like Geronimo, mythical chief – had divinatory abilities.
Although they were never very numerous, the Apaches successfully resisted their enemies from the beginning of the 17th century until the end of the 19th century. They avoided open-field battles, but if they were cornered, they fought to the death.

Unlike many other peoples who lived in marginal and undesirable lands, the Apaches erred through the mountains and deserts of their own choice and never wanted to abandon their nomadic way of life. Even when their incessant attacks caused the abandonment of several villages in the village Indians, the Apaches never occupied these locations. On numerous occasions, they may have completed the depopulation of Sonora and Chihuahua.
The Apaches did not have a tribal government nor did they gather to perform ceremonies such as the sun dance of the plains Indians. They were divided into bands, each of which had its own hunting and gathering territories, as well as, in some cases, its farmland. The authority was simple: it was imposed within the local group itself from the figure of his boss, although he lacked the authority to punish his own. All the heads of local groups were, in theory, equal, although some, due to their character, their “powers” or their skills in war, exerted more influence than others.
The basic unit was the “family group” or extended family of several houses that lived together by blood, marital, economic or clan ties.
The Apaches scrupulously avoided dealing with the issue of death; in fact, they almost never used the most common term to refer to it. Instead of saying that a person had died, they said “he is gone.” If death was mentioned in the middle of a war dance, the men stopped dancing; some could even leave the warrior party, convinced that it was bound to fail.

Life was a daily battle for survival, a crude struggle against a hostile environment full of wild predators, both animal and human. Formed by a rugged mountain and an endless desert, that was the land of the Apaches, and these were, indeed, the product of their brutal surroundings. Although they preferred the mountains, they felt at home in any part of that tortured land: they suffered hunger and thirst, in addition to extreme heat and cold, without questioning. Any stranger considered himself an enemy; they did not trust anyone who did not belong to the band and sometimes fierce hostilities arose between different bands or even within the band.
Thanks to the hunting and the collection of seeds and roots, the Apaches always had something edible; They rejected bear and turkey meat, in addition to fish. This precarious existence in such a difficult land forced them to separate into small, very united groups of few families, always on the move. The land could not support many in one place and, therefore, developed the most rudimentary tribal organization possible. There were bosses, but their authority depended heavily on persuasion and personal prestige, as they did not impose sanctions on others. The Apaches lived in absolute independence and were jealous of their freedom.

Jicarilla means “basket” in Spanish, and that was the name by which the Apache band was baptized, who was very skilled in making baskets. The jicarillas that roamed northeast of New Mexico and southern Colorado were never very numerous and never reached the thousand. Since 1600, they were on good terms for most of the time with the Mescaleros, but not with the Navajos, although they all spoke the same Atapasque language. The Jicarillas had periods of hostility and friendship with the Spaniards, and often joined them on expeditions against other tribes.
The mescaleros (literally, “mezcal makers”) in central and southeastern New Mexico and western Texas were named after their habit of consuming mezcal. Although this name applied only to this group, most Apache bands took mezcal. At one time, the mescaleros roamed both sides of the Rio Grande and the eastern plains, but their recognized hunting territories were the mountains of Sierra Blanca, Sacramento and Guadalupe, east of the Rio Grande and, south, to the interior of the Big Bend and northern Chihuahua.
The most western Apaches were the fools, the coyoteros and the Pinaleños, who lived in the Tonto basin and the surroundings of what is today Flagstaff and the Little Colorado River, in the White Mountains, around the current Fort Apache, and in the Pinal mountains. Due to their remoteness from the Spanish settlements, these tribes and the regions they occupied were little known to those before the Jesuit missionaries moved north from Sonora at the end of the 17th century. Western Apaches, as they are collectively called, planted corn and the occasional crop, and doubled in number the chiricahuas, the mogollón and the wickerwork.

The increasing effectiveness of Spanish military campaigns was reflected in the increasing number of Apaches in the baptismal records of Sonora from the year 1785. Most of these converts were undoubtedly captives captured in punitive expeditions, although perhaps some of they lived in the vicinity of the prisons as a result of the changes introduced by Bernardo de Gálvez. Its policy of granting peace to the Apaches when they requested it, together with the arduous efforts to exterminate them if they rose up on a war footing, was not slow to bear fruit.
In 1786, a band of Chiricahuas called for peace in Sonora and agreed to live in a peace settlement (precursor to the current reserves) near the Bacoachi prison.
The silly name applied to the Apaches, the Yavapais (or Apache Mohave) and the Hualapais (or Apaches Yuma) who lived in the Tonto River Basin and wandered between the White Mountains and the Colorado River. Some Apaches had settled in the vicinity of the Tucson prison, where they were known as meek Apaches. Western Apaches had not been exposed to the rigors of punitive expeditions and were the most numerous of the Apache groups. Coyoteros occupied the White Mountains region and, although some Apaches ate coyotes, they did not. Those who wandered through the Pinal mountains were called Pinaleños.

When the Anglo-Americans assumed political control of New Mexico, the Apaches continued to carry out their customary incursions into Sonora and Chihuahua, although some two thousand lived peacefully near Janos. At first, the Apaches were deferential and friendly with the Anglo-Americans, because they considered that anyone who had declared war on the Mexicans should possess virtues. In 1846, they had no idea that the Anglo-Americans were so numerous and so hungry for land, and did not suspect that they would end up expanding by Apacheria at their own will. But when gold was discovered in California, the current of forty-niners that began to trace the course of the Gila made them apprehensive.
Both in southwestern New Mexico and southern Arizona, it happened when Union troops withdrew from the Apachería garrisons. Just as the Sioux and the Cheyens chose this same opportunity to rid their lands of white intruders, the Apaches seized the opportunity to recover their lands. Emboldened by the conviction that they had been the ones who had caused the withdrawal of the troops, they pounced on the mining camps, ranches and settlements in a great campaign to expel Anglo-Americans from Apachería. It was the best opportunity that had been presented to them until then, and the Apaches took full advantage of it.

The years 1870 and 1871 marked an important turning point for the Apaches of Arizona and, to a lesser extent, for those of New Mexico. First, President Grant’s peace policy, created the previous year, was well publicized and, at least for a while, the extermination policy was interrupted. The military control of the Indians, which was restored in 1869, was terminated. In April 1870, the Secretary of War ordered that Arizona and southern California become a department of the Pacific Division, which greatly facilitated the coordination of military campaigns against the Apaches, although New Mexico remained in the Division from Missouri. During that same period, the Camp Grant massacre also took place, which accelerated the management to extend the peace policy to the Apaches.

The key to the success of the administration of the Apaches was the maintenance of order and discipline through its Indian police and court. He thought it was better for them to control their own behavior, and the Apaches showed him that he was right. When he was granted control of the Camp Apache agency, he established the same system there. The men chosen to serve as police officers were always respected members of the gangs they had under their jurisdiction, which strengthened their authority. If Clum had used police from one band to control the people of another, or if he had named men who did not like most Apaches, his system would have produced resentment and violence.
The enmity between civilians and the military could not be hidden from the Apaches, and added to the restlessness and dissatisfaction of several bands, especially those of Warm Springs, who hated San Carlos. They watched and waited for an opportunity to return to their land.

General George Crook resumed command of the Arizona Department in September 1882. As before, the Apaches would soon feel their presence and their problems would begin to improve. However, the “Apache issue” was still far from being solved, as the Nednhis and the Chiricahuas maintained a base in Sierra Madre to continue their incursions into Arizona, New Mexico, Chihuahua and Sonora. Crook’s task was by no means simple, because he first had to restore peace between the Apaches of the reserve and then deal with the immense band of rebels in their impregnable Sierra Madre shelters.

In 1894, the “Apache problem” was once again the cause of angry discussions. Grover Cleveland had returned to the presidency in March of the previous year, but neither he nor his secretary of war, Daniel Lamont, gave the Apaches top priority. Bourke and Welsh were still in favor of North Carolina’s location, and John Clum, now in the Washington Postal Department, was also interested in Apache prisoners and their destiny.
In 1900 or the following year, Apache prisoners opened the debate about the possibility of returning to their former lands of Arizona and New Mexico to live as before. However, the differences soon appeared, as some men, such as Jason Betzinez, had had great success with their crops and livestock, and had no desire to move and start again from scratch.
The Indian Reorganization Act (IRA) banned future parcelations of Indian land and authorized the use of federal funds to allow tribes to buy back lost land in the past or acquire new ones. But when the BIA used IRA funds to buy land from the Acoma Pueblo Reserve of New Mexico, Congress immediately banned the use of money from this law to buy land for reserves in the states of Arizona and New Mexico. The law required the Secretary of the Interior to prevent erosion, overgrazing and deforestation of Indian lands, with the establishment of a revolving fund that provided credit, apart from facilitating the adoption of tribal constitutions and business letters. A single article of the law gave each tribe the option to accept or reject its provisions.
Many New Deal emergency measures were applicable to the reserves, and one of the branches of the Civil Conservation Corps, which became known as the Urgent Indian Work Program, was created for the Indians. One of the results of these programs was the introduction of many projects to improve economic conditions in the reserves; another, that many Indians began working with wages and acquired valuable vocational training that could lead them to future jobs.
In the field of education, many integration colleges were opened and numerous boarding schools were closed, or adapted. Curriculum changes were introduced to eliminate the overwhelming Uniform Study Course of the department, as well as to reduce the overwhelming emphasis on white society.

In 1953, the tribal council of Fort Apache inaugurated the Montaña Blanca company to develop recreational areas for tourists. They built a winter sports area (Sunrise Park) and then incorporated Sunrise Lake for fishing and made it a tourist complex for the whole year. One of the largest industries in the reserve is the Fort Apache Timber Company, organized for the exploitation of its excellent natural resources. The company owns a huge sawmill in Whiteriver.
What happens to the Apaches will depend in part on the success they get when they overcome the attitude of hopelessness generated by a century of total domination, and partly on the continuation and expansion of progressive policies by agencies and officials. of the government. One can only hope that the disturbing and discouraging fluctuations of government policy towards the Indians have been left behind, and that in the future we can see these and the other Indians reaching genuine control over decisions that affect their lives. Only then will Crook’s estimate of his skills be tested.

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