La Danza De Śiva. Ensayos Sobre Arte Y Cultura India — Ananda Coomaraswamy / The Dance of Śiva. Essays on Indian Art and Culture by Ananda Coomaraswamy

El autor da por sentado que el lector conoce la mitología y la terminología hindú, por lo que son ensayos cortos muy ricos e intensos, con un lenguaje bastante difícil.
Otros capítulos tratan temas siempre vinculados a la India: la condición de la mujer en la que el autor compara a la mujer occidental con la india; hay un capítulo en el que compara el Übermensch de Nietzsche con el jivanmukta; otros capítulos hablan del sistema social de casta, anarquía, desarrollo económico de la India, etc. Pero debemos tener en cuenta que estos ensayos se escribieron a principios del siglo XX, por lo que algunos temas están un poco anticuados. La condición de la mujer, por ejemplo, ya no es como la describió el autor, ni en Occidente ni en India; desarrollo económico y liberación del colonialismo, India ahora los ha alcanzado. Pero debemos decir que los escritos de Coomaraswamy ciertamente han sido importantes en los años en que los escribió porque logró que la cultura hindú en Occidente fuera más conocida para que la gente pudiera acercarse y comprenderla. Incluso en estos artículos, por ejemplo, explica el simbolismo de los dioses con más armas o con cabezas de animales, explica la razón de los matrimonios arreglados o el sistema de castas que en ese momento podría haber parecido absurdo e inaceptable.

Hay algunas ideas muy interesantes y, en general, es un libro interesante, pero para ciertos lectores puede ser una lectura pesada.Seguramente, este libro se dirige a una audiencia con un interés serio y genuino en el antiguo arte, arquitectura y cultura de la India. Coomaraswamy presenta audazmente sus pensamientos, entendimientos y conclusiones de forma sistemática. Algunas de sus observaciones pueden bordear ser provocativas. Discute extensamente sobre la visión hindú del arte, su historia y estética, y luego presenta su teoría de la belleza. Pero, ¿por qué me gustó este libro? – porque da una explicación satisfactoria de la imagen de Nataraja, el Dancing Shiva (que estimuló a Fritjof Capra a escribir su obra maestra “El Tao de la Física”). También explica la filosofía detrás de las imágenes indias con múltiples brazos.

Recomiendo este libro a lectores serios ya que proporciona una visión poco común. Te deja con menos preguntas, y más respuestas.
La imagen del dios Śiva, Señor de la Danza, es la obra de arte que quizá refleje de forma más expresiva los principios del arte indio, una bellísima metáfora del universo y de la vida que aúna en sí todos los elementos del pensamiento indostánico: su concepción cíclica del mundo y de la historia, la negación del progreso, la idea del mundo como una danza espontánea, como un juego desinteresado y fortuito. El Śiva Naṭarāja es el símbolo de un arte totalizador y trascendental que nos permite vislumbrar la armonía perfecta del universo, que anula las contradicciones y agrupa los contrarios, hechizándonos y haciéndonos sentir esa vibrante emoción que es rasa.

El arte indio más antiguo del que tenemos noticia o sobre el que sabemos lo suficiente como para poder aventurar algunas hipótesis, es el arte conocido como védico. Sin embargo, en esa denominación no se incluye la cultura de los primeros drávidas, que no podemos abordar aquí aunque posiblemente sea contemporánea a la primera. Este arte védico fue un arte esencialmente práctico de cuya escultura y pintura no sabemos nada; en cambio, sí sabemos algo del trabajo de los carpinteros, orfebres, ceramistas y tejedores que satisfacían las necesidades materiales de aquellos hombres. Si las obras de estos artesanos estaban decoradas, podemos estar seguros de que su «ornamento» tenía a menudo, y quizá siempre, un significado mágico y protector.
El yoga —unión— no debe entenderse como un mero ejercicio mental o como una disciplina religiosa, sino como la preparación práctica más efectiva para acometer cualquier empresa.

Cuando afirmo que las obras de arte son recordatorios de la belleza, y que la principal labor del crítico es reproducir la emoción estética, lo que quiero sugerir es que en todas estas actividades que rodean al arte, incluso en la visión del artista mismo, se da más el descubrimiento que la creación. Más aún, la belleza está por todas partes, esperando ser descubierta, ser recolectada por nuestra memoria (en el sentido sufí y en el de Wordsworth): en la contemplación estética, como en el amor y en el conocimiento, recobramos momentáneamente la unidad de nuestro ser, liberándonos de nuestra propia individualidad.

Entre los nombres más destacados de Śiva se encuentra el de Naṭarāja, Señor de los bailarines, o Rey de los actores. En esta advocación el cosmos es Su teatro, Su repertorio es amplio y El mismo es el actor y la audiencia.
Cuando el actor redobla el tambor,
todo el mundo se acerca a ver el espectáculo;
y cuando recoge los accesorios del escenario
se queda solo en Su felicidad.
Es imposible enumerar cada una de las diferentes danzas de Śiva que conocen sus adoradores, pero no hay duda de que la idea que da origen a todas ellas es, en mayor o menor medida, siempre la misma: la manifestación de la energía rítmica primaria.
Parece que la danza tuvo su origen al principio de todas las cosas, que nació junto a Eros y es tan antigua como él; podemos ver su baile primaveral en la danza coral que representan las constelaciones, los planetas y las quietas estrellas, con sus movimientos, sus cruces e intercambios en ordenada armonía.
La segunda danza célebre de Śiva se llama Tāṇdava, y pertenece a su aspecto terrorífico como Bhairava o Vīra-bhadra. Se desarrolla en cementerios y crematorios, donde Śiva, por lo general en su forma de diez brazos, baila con Devī una danza frenética, acompañado por una tropa de traviesos diablillos. Las representaciones de esta danza son frecuentes en la escultura antigua, como sucede en Elūra, Elefanta, y también en Bhuvaneśvara. La danza Tāṇdava tiene su origen en una divinidad prearia, mitad dios, mitad demonio, que celebra sus ritos de medianoche en el crematorio.
En tercer lugar mencionaremos la danza Nadānta de Naṭarāja ante la asamblea (sabhā) reunida en la sala dorada de Cidambaram o Tillai, el centro del universo. La danza es ejecutada por primera vez ante los dioses y ṛśis después de la derrota de estos últimos en el bosque de Tāragam, tal y como se relata en el Koyil Purāṇam.
La danza, de hecho, representa las cinco actividades (pañcakṛtya) del dios, que son: śṛṣṭi (dominio, creación, evolución), sthiti (preservación, conservación), samhara (destrucción, devolución), tirobhava (velo, corporeidad, ilusión, y también dar reposo), aṇugraha (liberación, salvación, gracia). Estas acciones, consideradas por separado, son las actividades de los dioses Brahmā, Viṣṇu, Rudra, Maheśvara y Sadāśiva.
Esta actividad cósmica es el motivo principal de la danza.

La música india tiene la particularidad de que no se escribe, y, por tanto, no puede ser aprendida en libros más que en la teoría. Por esta razón se entenderá que la única manera que tiene un extranjero de estudiarla es estableciendo entre él y los maestros indios ese tipo de relación especial que se suele dar en todo el sistema educativo indio entre maestros y discípulos, y que constituye una de sus características más sobresalientes. Así, la experiencia de la contemplación estética nos da la seguridad de que el paraíso existe. En otras palabras, los efectos mágicos de una canción que pudiera obrar milagros no son nada comparados con los efectos que puede producir en nuestro interior. El cantante todavía es un mago, y la canción un ritual, una ceremonia sagrada, una ordalía que está destinada a dejar descansar, por un momento, esa rueda de la imaginación y los sentidos que nos aleja del contacto con la realidad. Nuestra actitud hacia un arte desconocido no debería ser romántica ni sentimental, ya que no puede darnos nada que no tengamos ya en nuestros corazones; la paz del abismo que subyace en todo arte es una y siempre la misma, y la encontraremos tanto en Asia como en Europa.

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The author assumes that the reader knows Hindu mythology and terminology, so they are very rich and intense short essays, with quite difficult language.
Other chapters deal with issues always linked to India: the status of women in which the author compares western women with India; there is a chapter in which he compares the Übermensch of Nietzsche with the jivanmukta; other chapters talk about the social system of caste, anarchy, economic development of India, etc. But we must bear in mind that these essays were written in the early twentieth century, so some topics are a bit dated. The condition of women, for example, is no longer as described by the author, neither in the West nor in India; economic development and liberation from colonialism, India has now reached them. But we must say that Coomaraswamy’s writings have certainly been important in the years he wrote them because he made Hindu culture in the West better known so that people could approach and understand it. Even in these articles, for example, he explains the symbolism of the gods with more weapons or with animal heads, explains the reason for arranged marriages or the caste system that at that time might have seemed absurd and unacceptable.

There are some very interesting ideas and, in general, it is an interesting book, but for some readers it can be a heavy reading. Surely, this book addresses an audience with serious and genuine interest in the ancient Indian art, architecture and culture. Coomaraswamy boldly puts forward his thoughts, understandings and conclusions in a systematic form. Some of his observations may border on being provocative. He discusses at length about the Hindu view of Art — its history and aesthetics, and then, presents his theory of beauty. But, why I liked this book? — because it gives a satisfying explanation of the image of Nataraja, the Dancing Shiva ( that stimulated Fritjof Capra to write his masterpiece “The Tao of Physics”). It also explains the philosophy behind the Indian images with multiple arms.

I recommend this book to serious readers as it provides a rare insight. It leaves you with fewer questions, but more answers. The image of the god Śiva, Lord of Dance, is the work of art that perhaps reflects more expressively the principles of Indian art, a beautiful metaphor of the universe and of life that brings together all the elements of indostanic thought: its Cyclical conception of the world and of history, the denial of progress, the idea of the world as a spontaneous dance, as a selfless and fortuitous game. Śiva Naṭarāja is the symbol of a totalizing and transcendental art that allows us to glimpse the perfect harmony of the universe, which annuls the contradictions and groups the opposites, bewitching us and making us feel that vibrant emotion that is rasa.

The oldest Indian art of which we have news or about which we know enough to be able to venture some hypotheses, is the art known as Vedic. However, in that denomination the culture of the first dravids is not included, which we cannot address here even if it is possibly contemporary to the first. This Vedic art was an essentially practical art whose sculpture and painting we know nothing about; On the other hand, we do know some of the work of carpenters, goldsmiths, potters and weavers who met the material needs of those men. If the works of these artisans were decorated, we can be sure that their “ornament” often had, and perhaps always, a magical and protective meaning.
Yoga – union – should not be understood as a mere mental exercise or as a religious discipline, but as the most effective practical preparation for undertaking any business.

When I affirm that works of art are reminders of beauty, and that the critic’s main job is to reproduce the aesthetic emotion, what I want to suggest is that in all these activities that surround art, even in the vision of the artist himself, there is more discovery than creation. Moreover, beauty is everywhere, waiting to be discovered, to be collected by our memory (in the Sufi sense and Wordsworth’s): in aesthetic contemplation, as in love and knowledge, we momentarily recover the unity of our being, freeing ourselves from our own individuality.

Among the most prominent names of Śiva is that of Naṭarāja, Lord of the dancers, or King of the actors. In this invocation the cosmos is His theater, His repertoire is wide and He himself is the actor and the audience.
When the actor redoubled the drum,
everyone comes to see the show;
and when he picks up the stage accessories
He remains alone in His happiness.
It is impossible to list each of the different Śiva dances that their worshipers know, but there is no doubt that the idea that gives rise to all of them is, to a greater or lesser extent, always the same: the manifestation of primary rhythmic energy.
It seems that the dance had its origin at the beginning of all things, that it was born next to Eros and is as old as he; we can see their spring dance in the choral dance that represent the constellations, the planets and the quiet stars, with their movements, their crosses and exchanges in orderly harmony.
The second famous dance of Śiva is called Tāṇdava, and belongs to its terrifying aspect as Bhairava or Vīra-bhadra. It takes place in cemeteries and crematoriums, where Śiva, usually in his ten-arm form, dances with Devī a frantic dance, accompanied by a troop of mischievous imp. Representations of this dance are frequent in ancient sculpture, as in Elūra, Elefanta, and also in Bhuvaneśvara. The Tāṇdava dance has its origin in a pre-divine divinity, half god, half demon, that celebrates its midnight rites in the crematorium.
Thirdly, we will mention the Nadānta dance of Naṭarāja before the assembly (sabhā) gathered in the golden hall of Cidambaram or Tillai, the center of the universe. The dance is performed for the first time before the gods and ṛśis after the defeat of the latter in the forest of Tāragam, as described in the Koyil Purāṇam.
The dance, in fact, represents the five activities (pañcakṛtya) of the god, which are: śṛṣṭi (domain, creation, evolution), sthiti (preservation, conservation), samhara (destruction, return), Tirobhava (veil, corporeality, illusion, and also give rest), aṇugraha (liberation, salvation, grace). These actions, considered separately, are the activities of the gods Brahmā, Viṣṇu, Rudra, Maheśvara and Sadāśiva.
This cosmic activity is the main reason for the dance.

Indian music has the peculiarity that it is not written, and therefore cannot be learned in books other than in theory. For this reason it will be understood that the only way a foreigner has to study it is by establishing between him and the Indian teachers that kind of special relationship that usually exists in the entire Indian educational system between teachers and disciples, and that constitutes one of its characteristics more outstanding. Thus, the experience of aesthetic contemplation gives us the assurance that paradise exists. In other words, the magical effects of a song that could work miracles are nothing compared to the effects it can produce within us. The singer is still a magician, and the song a ritual, a sacred ceremony, an ordeal that is destined to rest, for a moment, that wheel of imagination and the senses that take us away from contact with reality. Our attitude towards an unknown art should not be romantic or sentimental, since it cannot give us anything that we don’t already have in our hearts; the peace of the abyss that underlies all art is one and always the same, and we will find it in both Asia and Europe.

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