Japón Inexplorado — Isabella Bird / Unbeaten Tracks in Japan by Isabella Bird

Este libro sería disfrutado por cualquier persona interesada en Japón, en literatura de viajes o en antropología. Isabella Bird, una intrépida victoriana tardía, viajó sola, aparte de su traductor / guía, a partes de Japón rara vez, si alguna vez, fue visitada por un extranjero y mucho menos una mujer, en un momento en que el país comenzaba a “modernizarse”. El libro está compuesto por capítulos formados por sus largas cartas a casa. Si bien las descripciones de las molestias: lluvia sin fin, ropa empapada, suciedad, posadas llenas de insectos y comida poco agradable pueden palidecer (incluso si es comprensible), sus evocaciones del campo son líricas y profundamente sentidas y sus análisis de las características y hábitos tanto de los pueblos tribales japoneses y ainos del extremo norte eran astutos y entretenidos. Si ha visitado el Japón moderno, es fascinante ver cuánto ha cambiado (¡Japón es el país más cómodo e higiénico que puede esperar visitar!) Y cuánto ha permanecido igual: la cortesía, la laboriosidad, la disciplina. Por supuesto, Isabella Bird escribe desde una perspectiva victoriana y, al no verse afectado por la corrección política moderna, no teme usar términos como ‘salvajes’ o comentar sobre la ‘fealdad’ de la mayoría de los hombres japoneses. Pero no tiene sentido que la sociedad europea sea superior en todos los aspectos: varias veces, comenta cómo podemos aprender de los japoneses.

El estilo literario del libro es una delicia, fácil de leer, con un uso lúcido del lenguaje. ¡NO DEBE MODERNIZARSE! Lectura perfecta junto a la cama.

El litoral de Japón es mucho más atractivo que la mayoría, ni los colores ni las formas del mismo me depararon sorpresas sobrecogedoras. Del borde del agua se yerguen cadenas de montes boscosos separados por profundos barrancos, mientras que aldeas grises y de tejados de pronunciada pendiente se apelotonan cerca de donde mueren las quebradas. Los bancales, dedicados al cultivo del arroz y brillantes con el mismo verdor del césped mejor cultivado, ascienden hasta una gran altura en medio de oscuras masas forestales. Resulta muy impresionante la densidad demográfica de la costa. Asimismo, el golfo aparece por todas partes poblado de barcos pesqueros, cientos de los cuales, o más bien miles, dejamos atrás al cabo de cinco horas de navegación. La costa y el mar presentaban tonos pálidos, y pálidas también se mostraban las embarcaciones con sus cascos de madera sin pintar…Llevaba mucho tiempo deseando en vano contemplar el monte Fuji a pesar de haber escuchado exclamaciones arrobadas de mis compañeros de pasaje, hasta que, al mirar por accidente hacia el cielo y no hacia el este, distinguí a lo lejos y más alto que cualquier posible elevación, un inmenso cono truncado de nieve pura. Sus 3.986 metros sobre el nivel del mar ascienden en dos gloriosas curvas, muy delicadas, recortándose sobre un cielo de palidísimo tono azul, y manteniendo la base y el paisaje intermedio velados por una descolorida bruma gris.

Lo primero que me impresionó al pisar tierra fue la ausencia de vagabundos y que todas las personas que vi en la calle se hallaban ocupadas en algo. Todas eran pequeñas, feas, zambas, de aspecto pobre pero amable, hombros redondos, pechos hundidos y piel reseca. El kuruma o jin-ri-ki-sha4 consta de un chasis ligero como el de un carrito de bebé, con una capota ajustable de papel impermeable, de una tapicería de terciopelo o tela en el interior, de asiento con su respaldo, de espacio para el equipaje debajo del asiento, de dos ruedas altas y delgadas y de un par de lanzas o varas unidas en los extremos por una barra. La carrocería del vehículo suele estar lacada y decorada según el gusto del propietario.

En Japón la única moneda extranjera que se acepta es el dólar mexicano y el agente del señor Fraser enseguida se encargó de transformar mi oro inglés en billetes de banco japonés, los llamados satsu, de los cuales recibí un fajo de yenes, ahora casi a la par con el dólar, y sobres con billetes de cincuenta, veinte y diez sen, que es el céntimo del yen, aparte de algunos canutos de flamantes monedas de cobre. Al iniciado le basta una mirada para identificar las distintas denominaciones y valores de los billetes por su color y tamaño, pero de momento para mí representan un incómodo misterio. Los billetes bancarios japoneses son de un papel rígido con sinogramas en las esquinas cerca de los cuales alguien con una vista excepcional o provisto de lupa podrá ser capaz de distinguir un término inglés que denota su valor respectivo. Los japoneses parecen seres minúsculos vestidos en indumentaria europea, la cual siempre les cae mal y exagera su physique miserable y los defectos nacionales de pechos hundidos y piernas arqueadas. La falta de color y de vello en sus rostros contribuye a que resulte tarea imposible juzgar qué edad tienen. Cualquiera diría que todos los funcionarios de la estación son jovenzuelos de diecisiete o dieciocho años cuando, en realidad, son hombres hechos y derechos de entre veinticinco y cuarenta años.

La costumbre de pintarse los labios con un pigmento amarillo rojizo, y de empolvarse profusamente el cutis y la garganta con polvos de oxicloruro de bismuto es repugnante. Aun así, resulta difícil emitir un juicio desfavorable sobre unas mujeres como las japonesas dotadas de tanto encanto en sus gestos.

Los arrozales suelen ser muy pequeños y de todas las formas posibles. Un área de poco más de mil metros cuadrados se considera un arrozal de buen tamaño. El arroz se planta en junio y no se cosecha hasta noviembre, pero entre uno y otro mes necesita ser «encharcado» tres veces. Esto quiere decir que todos los campesinos deben meterse en el agua fangosa, arrancar todas las malas hierbas y plantas acuáticas que se enredan de una mata a otra, y remover el barro alrededor de las raíces de cada una de las plantitas de arroz. Estas se desarrollan en el agua hasta madurar, que coincide cuando el terreno se seca. Un arrozal en buena tierra de unos cuatro mil metros cuadrados produce al año aproximadamente cincuenta y cuatro fanegas de grano; y los arrozales en tierras peores, unas treinta.

El kimono, el haori, que es un chaquetón que se pone encima, y el fajín que ciñe el kimono tienen costuras siempre rectas que son simplemente hilvanadas. Además, las prendas cuando se lavan se desmontan y cada pieza, después de ser ligeramente almidonada, se extendida sobre una plancha para su secado. La gente no lleva ropa interior, por lo que no hay cintas, volantes, escudetes, ojales. Las mujeres más pobres no llevan ningún tipo de ropa interior y las de clases más altas llevan, como Yuki, un vestido interior en crepe de seda como si fuera de tul y tan sencillo como puede ser el kimono que llevan encima. El único indicio de vida religiosa en esta casa es el kamidana o estantería dedicada a las divinidades sintoístas que consta de un anaquel de madera a modo de pequeño altar sobre el cual hay unas tablillas funerarias en memoria de los difuntos de la casa. Todas las mañanas se colocan en este kamidana una ramita de pino y un poco de arroz y sake, y al anochecer se enciende un farolito.

Gran parte de la comida del campesinado es pescado en salazón crudo o semicrudo y verduras indigestas por la tosca manera en que están encurtidas. Se la engullen a una velocidad asombrosa como si el objeto de la vida fuera dedicar el mínimo tiempo posible a la comida. Las mujeres casadas producen la impresión de no haber sido nunca jóvenes con un cutis que podría tomarse por cuero curtido. En Kayashima le pregunté la edad —una pregunta cortés en Japón— a la posadera, una mujer que parecía rondar los cincuenta años, y replicó que veintidós. Una de tantas sorpresas por el estilo.

En líneas generales, la ciudad de Kubota me agrada más que cualquier otra ciudad japonesa de las visitadas hasta ahora, quizás por haberse preservado tan perfectamente japonesa y no tener la atmósfera de haber conocido mejores tiempos. Ya no tengo interés en conocer a europeos; es más, hago todo lo posible por evitarlos. Me he habituado bien a la vida japonesa y creo que aprendo más sobre ella viajando sola que en compañía.

Me encantan los niños japoneses. Jamás he visto que lloren, ni que den problemas o sean desobedientes. La piedad filial es una virtud central en la vida japonesa en la cual la obediencia sin rechistar es un hábito secular. Esas mañas o amenazas con que las madres de Europa engatusan o atemorizan a sus hijos para forzarlos a la obediencia son desconocidas en este país. Admiro la manera en que se les enseña a los niños a ser independientes en sus diversiones. Parte integral de la educación recibida en casa es aprender las reglas de los diferentes juegos, que son absolutas, y cuando surge una duda, en lugar de detener el juego con una discusión, el veredicto de una persona mayor decide el asunto. Los niños aquí juegan solos.

Para ser bárbaros, el vestido de los ainus es excepcionalmente bueno. En invierno consiste en uno, dos o más mantos de piel, con capuchas del mismo material, que en el caso de los hombres cuando salen de caza se completa con un calzado de toscos mocasines. En verano llevan kimonos o prendas holgadas hechas de un tejido a partir de la corteza de un árbol de sus bosques. Se trata de un material duradero y bonito de varias tonalidades de color de ante natural parecido a lo que se conoce entre los artistas de la moda como «lona de Panamá». Debajo de esta prenda puede llevarse o no otra más fina, o un chaleco también del mismo material. Estas prendas, cuando son masculinas, llegan hasta ligeramente por debajo de las rodillas; y la abertura delantera se cierra con la parte derecha por debajo de la izquierda… No puede haber nada más vago e inconsistente que las nociones religiosas de los ainus. Con la salvedad de los pequeños santuarios de arquitectura japonesa.

La gente más pudiente a veces paga a monjes para que estén presentes durante la cremación, pero no es lo habitual. En la sala mayor hay cinco «toneles express» de madera de pino sujetas con tiras de bambú donde, a modo de féretro, descansan los restos de los culis y miembros de las clases más bajas, y otras cajas de pino alargadas, al estilo de los ataúdes de Occidente, para la gente de clase media. A las ocho de la tarde cada uno de estos «féretros» se coloca sobre los caballetes de piedra, se prende fuego a las astillas colocadas debajo y que, a medida que se van consumiendo, se reponen a lo largo de la noche. Así, hacia las seis de la mañana siguiente todo lo que queda del cuerpo humano no es más que un puñado de cenizas. Estas son depositadas en las urnas que se entregan a los familiares respectivos para ser honrosamente enterradas en el cementerio de cada familia. En algunos casos los monjes acompañan a los familiares en este postrer y luctuoso viaje.
El cono nevado del monte Fuji enrojecido por la alborada se eleva por encima de los bosques violáceos de la bahía de Mississippi mientras nuestra embarcación sale del puerto de Yokohama el día 19. Tres días después vislumbré lo último de Japón: un litoral accidentado al que embestían las olas de un mar agitado por el viento.

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This book would be enjoyed by anyone interested in Japan,in travel literature, or in anthropology. Isabella Bird, an intrepid late Victorian, travelled alone, apart from her translator/guide, into parts of Japan rarely, if ever, visited by a foreigner let alone a woman, at a time when the country was beginning to ‘modernise’. The book is composed of chapters formed from her long letters home. While the descriptions of the discomforts -endless rain, soaked clothes, dirt, insect-ridden inns and uncongenial food might pall (even if understandable), her evocations of the countryside are lyrical and deeply felt and her analyses of the characteristics and habits both of the Japanese and the Aino tribal people of the far north shrewd and entertaining. If you have visited modern Japan, it is fascinating to see both how much has changed (Japan is the most comfortable and hygenic country you could hope to visit!) and how much remained the same – the courtesy, the industriousness, the discipline. Of course,Isabella Bird writes from a Victorian perspective, and, not being affected by modern political correctness, is not afraid to use terms like ‘savages’ or comment on the ‘ugliness’ of most Japanese men. But there is no sense that European society is in all respects superior – several times, she comments on how we might learn from the Japanese.

The literary style of the book is a delight – easy to read, with a lucid use of language. IT SHOULD NOT BE MODERNISED!!! Perfect bedside reading.

The coast of Japan is much more attractive than most, neither the colors nor the forms of it gave me overwhelming surprises. From the edge of the water, chains of wooded mountains stand separated by deep ravines, while gray villages and steep-sloped roofs crush near where the ravines die. The terraces, dedicated to the cultivation of rice and bright with the same greenery of the best cultivated grass, ascend to a great height in the middle of dark forest masses. The population density of the coast is very impressive. Also, the gulf appears everywhere populated with fishing boats, hundreds of which, or rather thousands, we leave behind after five hours of navigation. The coast and the sea had pale tones, and the boats were also pale with their unpainted wooden hulls … I had long wished in vain to contemplate Mount Fuji despite having heard exclaimed exclamations from my fellow passengers, even that, by accident looking towards the sky and not towards the east, I distinguished in the distance and higher than any possible elevation, a huge truncated cone of pure snow. Its 3,986 meters above sea level rise in two glorious curves, very delicate, trimming over a pale blue sky, and keeping the base and the intermediate landscape veiled by a faded gray mist.

The first thing that impressed me when I stepped on land was the absence of vagrants and that all the people I saw on the street were busy with something. All were small, ugly, zambas, poor-looking but kind, round shoulders, sunken breasts and dry skin. The kuruma or jin-ri-ki-sha4 consists of a lightweight chassis like a baby carriage, with an adjustable waterproof paper hood, a velvet or fabric upholstery inside, a seat with its backrest, space for luggage under the seat, two tall and thin wheels and a pair of lances or rods joined at the ends by a bar. The body of the vehicle is usually lacquered and decorated according to the taste of the owner.

In Japan, the only foreign currency accepted is the Mexican dollar and Mr. Fraser’s agent immediately took care of transforming my English gold into Japanese banknotes, the so-called satsu, from which I received a wad of yen, now almost at pair with the dollar, and envelopes with fifty, twenty and ten sen bills, which is the penny of the yen, apart from some pointers of brand new copper coins. To the initiate a look is enough to identify the different denominations and values of the bills by their color and size, but for now they represent an uncomfortable mystery. Japanese banknotes are made of rigid paper with synograms in the corners near which someone with an exceptional view or magnifying glass may be able to distinguish an English term that denotes their respective value. The Japanese look like tiny beings dressed in European clothing, which they always dislike and exaggerate their miserable physique and national flaws of sunken breasts and arched legs. The lack of color and hair on their faces helps make it impossible to judge how old they are. Anyone would say that all station officials are seventeen or eighteen year old boys when, in reality, they are made and right men between twenty-five and forty years old.

The custom of painting your lips with a reddish yellow pigment, and profusely dusting your skin and throat with bismuth oxychloride powders is disgusting. Even so, it is difficult to issue an unfavorable judgment on women like the Japanese endowed with so much charm in their gestures.

Rice paddies are usually very small and in all possible ways. An area of just over a thousand square meters is considered a good size rice paddy. Rice is planted in June and is not harvested until November, but between one month and another it needs to be “flooded” three times. This means that all farmers must get into the muddy water, pluck all weeds and aquatic plants that become entangled from one bush to another, and remove the mud around the roots of each of the rice plants. These develop in the water until they mature, which coincides when the soil dries. A rice field in good land of about four thousand square meters produces approximately fifty-four bushels of grain per year; and the rice fields in worse lands, about thirty.

The kimono, the haori, which is a pea coat that is put on top, and the sash that encircles the kimono have always straight seams that are simply woven. In addition, the garments when washed are disassembled and each piece, after being slightly starched, is spread on an iron for drying. People do not wear underwear, so there are no ribbons, frills, gussets, eyelets. The poorest women do not wear any type of underwear and those of higher classes wear, like Yuki, a silk crepe underwear dress as if it were tulle and as simple as the kimono they can wear. The only indication of religious life in this house is the kamidana or bookshelf dedicated to Shinto divinities that consists of a wooden shelf as a small altar on which there are funeral tablets in memory of the deceased of the house. Every morning a pine twig and a little rice and sake are placed in this kamidana, and at nightfall a lamppost is lit.

Much of the food of the peasantry is raw or semi-raw salted fish and indigestible vegetables because of the rough way they are pickled. They swallow it at an amazing speed as if the object of life was to spend as little time as possible on food. Married women produce the impression of never having been young with a complexion that could be taken for tanned leather. In Kayashima I asked the innkeeper – a polite question in Japan – to the innkeeper, a woman who seemed to be around fifty, and replied that twenty-two. One of many surprises like that.

In general, the city of Kubota pleases me more than any other Japanese city than those visited so far, perhaps because it has been preserved so perfectly Japanese and does not have the atmosphere of having known better times. I no longer have an interest in meeting Europeans; Moreover, I do my best to avoid them. I have become well used to Japanese life and I think I learn more about her traveling alone than in company.

I love Japanese children. I have never seen them cry, or give problems or be disobedient. Filial piety is a central virtue in Japanese life in which obedience without questioning is a secular habit. Those tricks or threats with which the mothers of Europe coax or frighten their children to force them to obedience are unknown in this country. I admire the way children are taught to be independent in their amusements. An integral part of the education received at home is to learn the rules of the different games, which are absolute, and when a doubt arises, instead of stopping the game with an argument, the verdict of an older person decides the matter. The children here play alone.

To be barbaric, the ainus dress is exceptionally good. In winter it consists of one, two or more fur coats, with hoods of the same material, which in the case of men when they go hunting is completed with a shoe of rough moccasins. In summer they wear kimonos or baggy clothes made of a fabric from the bark of a tree in their forests. It is a durable and beautiful material of various shades of natural suede color similar to what is known among fashion artists as «Panama canvas». Under this garment it can be worn or not a thinner one, or a vest also of the same material. These garments, when they are masculine, reach slightly below the knees; and the front opening closes with the right part below the left … There can be nothing more vague and inconsistent than the religious notions of the Ainus. With the exception of the small sanctuaries of Japanese architecture.

The wealthiest people sometimes pay monks to be present during cremation, but it is not usual. In the main hall there are five “express barrels” of pine wood fastened with bamboo strips where, as a coffin, rest the remains of the culis and members of the lower classes, and other elongated pine boxes, in the style of the coffins of the West, for middle class people. At eight o’clock in the afternoon each of these “coffin” is placed on the stone stands, fire is set on the splinters placed underneath and which, as they are consumed, are replenished throughout the night. Thus, by six o’clock the next morning all that remains of the human body is nothing more than a handful of ashes. These are deposited at the polls that are given to the respective relatives to be honorably buried in the cemetery of each family. In some cases the monks accompany the family on this last and lucid journey.
The snowy cone of Mount Fuji reddened by the dawn rises above the violet forests of the Mississippi Bay while our boat leaves the port of Yokohama on the 19th day. Three days later I caught a glimpse of the last of Japan: a rugged shoreline to which they rammed the waves of a sea stirred by the wind.

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