Anatomía De Una Epidemia: Medicamentos Psiquiátricos Y El Asombroso Aumento De Las Enfermedades Mentales— Robert Whitaker / Anatomy of an Epidemic: Magic Bullets, Psychiatric Drugs, and the Astonishing Rise of Mental Illness in America by Robert Whitaker

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Es un libro que desvela que la tasa de incapacidad en salud mental se ha multiplicado en los últimos años. Nos muestra que se diagnostica a más personas que en el pasado, que son tratadas con psicofármacos. Al autor le resulta incompatible con el discurso de la psiquiatría que dice que hay mejores fármacos y más seguros, y que son muy eficaces.
Por ello se centra en conocer como funcionan esos fármacos en los estudio a corto, medio, y largo plazo.
Whitaker realiza un trabajo de indagación minucioso y riguroso. Su trabajo ha calado en todo el mundo y ha irritado a cierta clase psiquiátrica. Sea como sea, hace unos pocos años que se editó el libro en versión original y sigue siendo vigente, porque no se han presentado los estudios que lo contradicen, y en cambio han salido más estudios que lo apoyan.
A pesar del tono de erudición, Whitaker tiene la virtud de escribir de forma clara, directa y accesible, por lo que puede llegar a muchos más lectores, a todos los que estén interesados en el campo de la salud mental por un motivo y otro. De obligada lectura para los profesionales y estudiantes del este campo.
Allen Frances dice de Whitaker, que es la voz crítica más importante e informada de EEUU. La megapágina web, surgida por su iniciativa, […] es una que convoca a decenas de los mejores expertos, por una razón u otra, a hablar de lo que acontece en salud mental en el SXXI, y es ya una herramienta y un foro para cada persona y profesional que desea saber.
Seguramente una de las mejores obras sobre salud mental de los últimos tiempos: imprescindible.

La respuesta simple es que la psiquiatría moderna no tiene respuestas, no saben cómo funciona o por qué funciona (cuando lo hace). No tienen pruebas para determinar qué deberían probar, etc. Tengo algunos genes que me predisponen a tener ansiedad, depresión y trastorno de oposición desafiante. Ninguna de las mutaciones que tengo son los grandes genes vinculados a la depresión y la ansiedad. He tenido los resultados de estas pruebas durante una década, ningún Dr. me escucharía, ningún Dr. tomaría en consideración la expresión genética, pruebas, pruebas de cualquier tipo no significan nada para el Dr. He tenido experiencias con Siempre fue un nuevo diagnóstico, una nueva explicación, bien podría haber estado atrapado en una puerta giratoria.

Mi punto no es decir que las drogas no funcionarán para ti, conozco a algunas personas que las drogas han ayudado, pero esas personas tuvieron experiencias de vida muy diferentes a las de otras personas. Los problemas de ansiedad habían estado presentes desde la edad de 3-4 años y había desarrollado comportamientos de TOC como mecanismos de afrontamiento y desarrollé una forma muy rígida de pensar de OCPD como una forma de controlar mi propio mundo interior. Porque no podía controlar el caos a mi alrededor. Todo el argumento de la naturaleza versus la crianza, básicamente las drogas te hacen sentir peor personalmente. Las mutaciones de las enzimas hepáticas que hacen que metabolice mal estos medicamentos, lo que conduce a la auto intoxicación y a la impulsividad inducida por acatisia. En mi experiencia, las drogas me enfermaron mucho más de lo que realmente estaba, no las necesitaba. Necesitas una dieta mejor, evacuaciones intestinales más frecuentes, ejercicio, amigos, alguien importante, un trabajo a tiempo parcial, un perro, etc.

Ésta es la historia de un enigma médico. Un enigma de lo más extraño y, sin embargo, uno que nosotros como sociedad necesitamos resolver con urgencia, pues describe una epidemia no declarada que está mermando la vida de millones de estadounidenses, incluido un número creciente de niños. La magnitud y el alcance de la epidemia han aumentado en los últimos cinco decenios y discapacita ya a 850 adultos y 250 niños al día. Y estas cifras tan alarmantes sólo nos permiten entrever las verdaderas dimensiones de esta plaga moderna, pues sólo son el cómputo de los que están tan enfermos que sus familias o cuidadores son ya nuevos candidatos. El Thorazine. Ese fármaco fue el primer antídoto específico para un trastorno mental —era un medicamento antipsicótico— y desencadenó una revolución psicofarmacológica. No tardaron en descubrirse agentes antidepresivos y ansiolíticos, y, como resultado, contamos hoy con «diversos tratamientos de eficacia bien documentada para la serie de trastornos mentales y de conducta claramente definidos que se manifiestan a lo largo de la vida», aseguraba Satcher. Y la comercialización de Prozac y otros fármacos psiquiátricos de «segunda generación», añadía, se vio «respaldada por los avances de las neurociencias y la biología molecular», y significó otro salto adelante en el tratamiento de los trastornos mentales. Pero aquí está el enigma. Teniendo en cuenta este gran avance, cabría esperar que el número de enfermos mentales discapacitados per cápita en Estados Unidos hubiese disminuido en los últimos cincuenta años. Cabría esperar también que el número de enfermos mentales per cápita hubiera disminuido a partir de 1988 con la llegada de Prozac y los otros fármacos psiquiátricos de segunda generación. Deberíamos ver un descenso en dos etapas en los índices de discapacidad. Sin embargo, durante ese periodo de revolución psicofarmacológica el número de enfermos mentales discapacitados en Estados Unidos se ha disparado.

El Risperdal también ha tenido un coste físico. Cathy mide 1,60, tiene el pelo castaño rizado, y aunque está bastante bien proporcionada, probablemente pese veintisiete kilos más de lo que se consideraría ideal. Tiene también algunos problemas metabólicos como colesterol alto, algo que los antipsicóticos atípicos provocan habitualmente. «Puedo competir con una anciana en cuanto a los problemas físicos —dice—. Los pies, la vesícula, el corazón, las fosas nasales, los kilos de más: lo tengo todo». Aún más inquietante fue que en 2006 aparecieron los movimientos involuntarios de la lengua en la boca, una señal de que podría estar desarrollando discinesia bucolingual tardía. La aparición de este efecto secundario se debe a que los ganglios basales del cerebro, la parte del mismo que controla el movimiento motor, se están haciendo permanentemente disfuncionales, dañados por los años de tratamiento farmacológico. Pero Cathy no puede arreglárselas sin Risperdal y, en el verano de 2008, esto dio lugar a momentos de profunda desesperación. «En pocos años, tendré un aspecto horroroso, por supuesto, con estos movimientos involuntarios de la boca», dice.

Debemos comprender que los problemas mentales son tan reales como la enfermedad física, y que la ansiedad y la depresión requieren terapia activa lo mismo que la apendicitis o la neumonía —afirmaba el doctor Howard Rusk, profesor de la Universidad de Nueva York, que escribía una columna semanal para el New York Times—. Todos ellos son problemas médicos que requieren tratamiento médico. El modelo de medicamento tipo «bala mágica» que había llevado al descubrimiento de sulfamidas y antibióticos era muy sencillo. Primero, identificar la causa o la naturaleza del trastorno. Segundo, desarrollar un tratamiento para contrarrestarlo. Los antibióticos eliminaban a invasores bacterianos conocidos. La terapia insulínica de Eli Lilly era una variante de lo mismo. La empresa desarrolló el tratamiento después de que los investigadores descubrieran que la diabetes se debía a una deficiencia de insulina. El conocimiento de la enfermedad era lo primero en cada caso: ésa era la fórmula mágica del progreso. No obstante, si consideramos cómo se descubrió la primera generación de fármacos psiquiátricos y consideramos también cómo llegaron a denominarse antipsicóticos, agentes anti-ansiedad y antidepresivos. La revolución psicofarmacológica fue el resultado de una parte de ciencia y dos de pensamiento ilusorio.

Este nuevo mercado de fármacos resultó rentable para todos los implicados. La industria farmacéutica superó los mil millones de dólares en 1957, los beneficios convirtieron a sus empresas en «las preferidas de Wall Street», comentaba un escritor. Como los médicos controlaban el acceso a los antibióticos y demás medicamentos que requerían receta, sus ingresos empezaron a aumentar rápidamente, duplicándose de 1950 a 1970 (después del ajuste por la inflación). Los ingresos de la AMA por los anuncios de medicamentos en sus revistas pasaron de 2,5 millones de dólares en 1950 a diez millones en 1960, y, lógicamente, dichos anuncios pintaban un cuadro idílico. Según un estudio de 1959 sobre medicamentos de seis importantes revistas médicas, el 89% de los anuncios no daban información sobre los efectos secundarios de los fármacos.
Ése era el panorama cuando salieron al mercado los primeros medicamentos psiquiátricos en la década de 1950. La gente estaba deseosa de que le hablaran de los medicamentos prodigiosos, y ése era precisamente el cuento que la industria farmacéutica y los médicos del país estaban deseosos de contar. Había dos posibles historias en marcha, y en las décadas de 1970 y 1980, los investigadores analizaron la cuestión fundamental: ¿Padecían las personas con diagnóstico de depresión y esquizofrenia un desequilibrio químico que luego la medicación corregía? ¿Eran los nuevos fármacos en realidad antídotos contra algo químicamente anómalo del cerebro?. ¿Estos fármacos ayudan o perjudican a los pacientes a largo plazo? ¿Qué demuestran cincuenta años de investigación de resultados?.

La esquizofrenia se considera en general hoy día una enfermedad crónica, que perdura toda la vida, una idea procedente de la obra del psiquiatra alemán Emil Kraepelin. Kraepelin siguió sistemáticamente, a finales del siglo XIX, la evolución de los pacientes de un manicomio de Estonia, y observó que había un grupo identificable de ellos que era de suponer que degenerarían en demencia. En 1955 no se exigía a las empresas farmacéuticas demostrar a la FDA que sus medicamentos nuevos eran eficaces (ese requisito se añadió en 1962), así que era el Instituto Nacional de Salud Mental el que valoraba los méritos del Thorazine y otros «medicamentos prodigiosos» que se comercializaban. El uso de benzodiacepina a largo plazo causa también deterioro cognitivo. Anteriormente, algunos investigadores reconocieron que había problemas de memoria asociados con el uso a corto plazo, y esto llevó a David Knott, un médico de la Universidad de Tennessee, a advertir en 1976: «yo estoy muy convencido de que Valium, Librium y otros fármacos de esa clase causan daño en el cerebro. He visto daños en el córtex cerebral que creo que son debidos al uso de ellos, y estoy empezando a preguntarme si el daño es permanente». El aumento de la ansiedad, la depresión y el deterioro cognitivo son todos ellos factores que contribuyen a una disminución de la capacidad del individuo para funcionar en sociedad. En 1983 la Organización Mundial de la Salud registró un «notable deterioro en el cuidado personal y en las interacciones sociales» en usuarios de benzodiacepina a largo plazo. La fe social en la eficacia de los antidepresivos renació con la llegada del Prozac en 1988. Eli Lilly parecía haber encontrado una pastilla muy buena para la melancolía. Este inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina (ISRS) se decía que hacía sentirse a la gente «mejor que bien». Desgraciadamente, cuando los investigadores empezaron a examinar los datos de las pruebas clínicas sometidos a la FDA para Prozac y los demás ISRSs, llegaron a la conclusión de que los síntomas se reducían un 42% en pacientes tratados con tricíclicos, un 41% en el grupo ISRS y un 31% en los tratados con un placebo. Resultó que los nuevos fármacos no eran más eficaces que los viejos.

Los antidepresivos han conducido también a muchas personas al campo bipolar, y para entender por qué, todo lo que tenemos que hacer es volver al descubrimiento de esta clase de fármacos. Cuando el trastorno bipolar se separó por primera vez de la enfermedad maníaco-depresiva, la diagnosis exigía que el individuo hubiese tenido que sufrir brotes de manía y depresión tan graves que hubiesen exigido hospitalización. Luego, en 1976, Goodwin y otros del Instituto Nacional de Salud Mental sugirieron que si una persona había sido hospitalizada por depresión pero no por manía, y había experimentado sin embargo un episodio suave de manía (hipomanía), podía ser diagnosticada como bipolar II, una forma menos grave de la enfermedad. Luego el diagnóstico de bipolar II se amplió para que incluyese a gente que nunca había sido hospitalizada por depresión y por manía, pero había simplemente experimentado episodios de ambas. Luego, en la década de 1990, la comunidad psiquiátrica decidió que un diagnóstico de hipomanía no requería ya cuatro días de «estado de ánimo elevado, expansivo o irritable», sino simplemente dos días de ese estado de ánimo. La enfermedad bipolar estaba en marcha, y con las fronteras diagnósticas ampliadas de ese modo, los investigadores pasaron a proclamar de pronto que afectaba hasta a un 5% de la población. Los antidepresivos, al aumentar la frecuencia de los episodios que sufren los pacientes bipolares, reduce como es natural su capacidad para volver a trabajar. Pero, como se ha hecho evidente en años recientes, el problema es mucho más grave aún. Una de las características distintivas de la enfermedad maníaco-depresiva, que se remontaba a Kraepelin, era que una vez que los pacientes se recuperaban de sus episodios de manía y depresión, eran tan capaces como antes de ponerse enfermos. Tal como indicaban Zárate y Tohen en su artículo del 2000, «estudios realizados antes de 1975 no hallaron datos sobre déficits cognitivos en pacientes bipolares». Pero era algo sabido que el litio aminoraba los procesos mentales, y de pronto los investigadores empezaron a reconsiderar esta creencia.

Para las empresas farmacéuticas, la mejor parte de esta nueva sociedad era que les permitía convertir a psiquiatras de las principales facultades de medicina en «portavoces», incluso aunque esos doctores se considerasen ellos mismos «independientes». Los simposios pagados de las reuniones anuales engrasaban esa nueva relación. Se decía de ellos que eran presentaciones «educativas», las empresas farmacéuticas prometían no «controlar» lo que dijesen los expertos. Pero las presentaciones se ensayaban y todo orador sabía que si se salía del guión y empezaba a hablar de los inconvenientes de los medicamentos psiquiátricos, no volvería a ser invitado. No había ningún simposio patrocinado por la industria que hablase de la «psicosis de hipersensibilidad» por los efectos adictivos de la benzodiacepina o de que los antidepresivos no eran más eficaces que el placebo activo. Los oradores pasaron a conocerse como «líderes del pensamiento», y su presencia en los paneles de los simposios les elevaba a la condición de «estrellas» del campo, y a principios de la década del 2000, se les estaban pagando de 2.000 a 10.000 dólares por disertación. Para poder convencernos de la solidez de esta forma de cuidado médico, ha tenido que exagerar groseramente el valor de sus nuevos fármacos, silenciar a los críticos y mantener la historia de los pobres resultados a largo plazo oculta. Se trata de un proceso intencionado y consciente, y el hecho mismo de que la psiquiatría haya tenido que emplear tales métodos cuentacuentos revela mucho sobre las virtudes de ese modelo de tratamiento, mucho más de lo que podría hacerlo un solo estudio.
La creación del mercado «bipolar juvenil» resultó un poco más complicada. Hasta la década de 1990, la psiquiatría pensaba que la enfermedad bipolar simplemente no se daba en los niños prepúberes, o era extremadamente rara. Pero los niños y los adolescentes a los que se prescribían estimulantes y antidepresivos sufrían a menudo episodios maníacos, por lo que pediatras y psiquiatras empezaron a ver más menores con síntomas «bipolares». Al mismo tiempo, Janssen y Eli Lilly, después de sacar al mercado sus antipsicóticos atípicos, estaban buscando un medio de venderlos a los niños y, a mediados de la década de 1990, Joseph Biederman, del hospital general de Massachusetts en Boston, proporcionó el marco diagnóstico que lo hizo posible. En 2009, en su declaración en un proceso judicial, explicó su labor de artesanía. Ésa fue la maquinaria comercial que arrastró a más y más estadounidenses a la farmacia psiquiátrica. Cuando se sacaban al mercado nuevos fármacos, se realizaban campañas para «concienciar» al público de la enfermedad y se ampliaban las categorías diagnósticas. Ahora bien, una vez que un negocio consigue que un cliente entre en su tienda, desea mantener a ese cliente y conseguir que compre muchos productos, y ahí es donde entra en funcionamiento la «trampa farmacológica» psiquiátrica. Eli Lilly capitalizó incluso este hecho cuando sacó al mercado Zyprexa. Como sabía muy bien, Prozac y otros ISRSs podían desencadenar episodios maníacos, así que dio instrucciones a sus agentes de ventas para que explicasen a los psiquiatras que Zyprexa «es un gran estabilizador del estado de ánimo, especialmente para pacientes cuyos síntomas estuviesen agravados por un ISRS». Eli Lilly estaba diciendo básicamente a los médicos que recetasen su segundo fármaco para resolver los problemas psiquiátricos causados por el primero. Podemos ver también este efecto en cascada operando a un nivel social. Los ISRS llegaron al mercado y de pronto brotaban por todas partes pacientes bipolares, y luego este nuevo grupo de pacientes proporcionó un mercado para los atípicos.
En 1987 la división farmacéutica de Eli Lilly obtuvo 2.300 millones de dólares de ingresos. Empezó a vender Prozac en 1988, y cuatro años más tarde se convirtió en el primer fármaco milmillonario de la empresa. En 1996 sacó al mercado Zyprexa, y se convirtió en un fármaco milmillonario en 1998. En 2000, esos dos fármacos proporcionaban casi la mitad de los ingresos de 10.800 millones de dólares de la empresa.
Prozac perdió poco después su protección de patente, por lo que el mejor modo de determinar los efectos generadores de riqueza de los dos fármacos es hacerlo en un periodo de 13 años, desde 1987 a 2000. Durante ese periodo, el valor de Eli Lilly en Wall Street subió de 10.000 millones de dólares a 90.000 millones. Un inversor que hubiese comprado 10.000 dólares de acciones de la empresa en 1987 habría visto crecer su inversión hasta los 96.850 dóalres en 2000, y habría ido recibiendo otros 9.720 dólares adicionales de dividendos.

Depositamos nuestra confianza como sociedad en que la profesión médica preste el mejor cuidado clínico posible para afecciones y enfermedades de todo tipo. Esperamos que la profesión sea honrada con nosotros en todo lo relacionado con esa tarea. Y sin embargo, cuando buscamos medios de contener la epidemia de enfermedad mental discapacitadora que ha hecho erupción en el país, no podemos confiar en que la psiquiatría, como profesión, asuma esa responsabilidad. Si la psiquiatría hubiese sido honesta con nosotros, hace mucho que podría haberse contenido la epidemia. Los resultados a largo plazo se habrían hecho públicos y se habrían discutido, y eso habría disparado alarmas sociales. Pero en vez de eso la psiquiatría nos contó cuentos para proteger la imagen de sus fármacos, y el que nos contara esos cuentos ha tenido como consecuencia que se haya hecho daño a muchos a una escala grande y terrible.

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It´s a book that reveals that the mental health disability rate has multiplied in recent years. It shows us that more people are diagnosed than in the past, who are treated with psychoactive drugs. The author finds it incompatible with the speech of psychiatry that says that there are better and safer drugs, and that they are very effective.
Therefore, it focuses on knowing how these drugs work in the short, medium, and long-term studies.
Whitaker performs a thorough and rigorous inquiry work. His work has permeated the entire world and irritated a certain psychiatric class. Be that as it may, a few years ago the book was published in the original version and is still valid, because the studies that contradict it have not been presented, and instead there have been more studies that support it.
Despite the tone of scholarship, Whitaker has the virtue of writing in a clear, direct and accessible way, so it can reach many more readers, all those who are interested in the field of mental health for one reason and another. A must read for professionals and students in this field.
Allen Frances says of Whitaker, who is the most important and informed critical voice in the US. The mega-webpage, created by its initiative, […] is one that summons dozens of the best experts, for one reason or another, to talk about what happens in mental health in the SXXI, and is already a tool and A forum for every person and professional you want to know.
Surely one of the best works on mental health of recent times: essential.

The simple answer is modern psychiatry has no answers, they don’t know how it works or why it works (when it does). They have no tests to figure out what they should try etc. I have a few genes that predispose me to have anxiety, depression, and oppositional defiant disorder. None of the mutations I have are the big genes linked to depression and anxiety. I have had these test results for a decade not one Dr. would ever listen to me, no Dr. would take genetic expression into consideration evidence, tests, proof of any kind means nothing to the Dr’s. I have had experiences with. It was always a new diagnosis a new explanation, I might as well have been stuck in a revolving door.

My point is not to say the drugs will not work for you, I know a few people that the drugs have helped but those people had very different life experiences from mine. My anxiety issues had been present since the age of 3-4 and I had developed OCD behaviors as coping mechanisms and developed a very rigid OCPD way of thinking as a way to control my own inner world. Because I could not control the chaos around me. The whole nature vs nurture argument, basically the drugs caused me personally to feel worse. I have the liver enzyme mutations that cause me to poorly metabolize these drugs which leads to auto-intoxication, and to akathisia induced impulsivity. In my experience the drugs made me much sicker than I actually was, I didn’t need the drugs. I needed a better diet, more frequent bowel movements, exercise, friends, a significant other, a part-time job, a dog etc.

This is the story of a medical enigma. An enigma of the strangest and, nevertheless, one that we as a society urgently need to solve, as it describes an undeclared epidemic that is reducing the lives of millions of Americans, including a growing number of children. The magnitude and extent of the epidemic have increased over the past five decades and already disabled 850 adults and 250 children a day. And these alarming figures only allow us to glimpse the true dimensions of this modern plague, since they are only the calculation of those who are so sick that their families or caregivers are already new candidates. The Thorazine That drug was the first specific antidote for a mental disorder – it was an antipsychotic medication – and triggered a psychopharmacological revolution. Soon antidepressant and anxiolytic agents were discovered, and, as a result, we now have «several well-documented treatments of efficacy for the series of clearly defined mental and behavioral disorders that manifest throughout life,» said Satcher. And the commercialization of Prozac and other «second generation» psychiatric drugs, he added, was «backed by advances in neurosciences and molecular biology,» and meant another leap forward in the treatment of mental disorders. But here is the puzzle. Given this great advance, one would expect that the number of disabled mentally ill people per capita in the United States would have declined in the last fifty years. It could also be expected that the number of mentally ill patients per capita would have decreased since 1988 with the arrival of Prozac and the other second-generation psychiatric drugs. We should see a two-stage decline in disability rates. However, during that period of psychopharmacological revolution the number of disabled mentally ill in the United States has skyrocketed.

The Risperdal has also had a physical cost. Cathy is 1.60, has curly brown hair, and although it is quite well proportioned, it probably weighs twenty-seven kilos more than would be considered ideal. It also has some metabolic problems such as high cholesterol, something that atypical antipsychotics usually cause. «I can compete with an old woman about physical problems,» he says. The feet, the gallbladder, the heart, the nostrils, the extra pounds: I have everything ». Even more disturbing was that in 2006 the involuntary movements of the tongue appeared in the mouth, a sign that it could be developing late bucolingual dyskinesia. The appearance of this side effect is due to the fact that the basal ganglia of the brain, the part of the brain that controls motor movement, are becoming permanently dysfunctional, damaged by years of drug treatment. But Cathy cannot manage without Risperdal and, in the summer of 2008, this resulted in moments of deep despair. «In a few years, I will look horrifying, of course, with these involuntary movements of the mouth,» he says.

We must understand that mental problems are as real as physical illness, and that anxiety and depression require active therapy as well as appendicitis or pneumonia, ”said Dr. Howard Rusk, a professor at the University of New York, who wrote a Weekly column for the New York Times. All of them are medical problems that require medical treatment. The «magic bullet» type of medicine that had led to the discovery of sulfa drugs and antibiotics was very simple. First, identify the cause or nature of the disorder. Second, develop a treatment to counteract it. Antibiotics eliminated known bacterial invaders. Eli Lilly’s insulin therapy was a variant of the same. The company developed the treatment after researchers discovered that diabetes was due to an insulin deficiency. The knowledge of the disease was the first thing in each case: that was the magic formula of progress. However, if we consider how the first generation of psychiatric drugs was discovered and also consider how they came to be called antipsychotics, anti-anxiety agents and antidepressants. The psychopharmacological revolution was the result of a part of science and two of illusory thinking.

This new drug market was profitable for all involved. The pharmaceutical industry exceeded one billion dollars in 1957, the benefits made its companies «the preferred Wall Street», said one writer. As doctors controlled access to antibiotics and other prescription medications, their income began to increase rapidly, doubling from 1950 to 1970 (after adjustment for inflation). AMA’s revenue from the advertisements of medicines in its journals went from 2.5 million dollars in 1950 to ten million in 1960, and, logically, these advertisements painted an idyllic picture. According to a 1959 study on medications from six major medical journals, 89% of the ads did not give information about the side effects of the drugs.
That was the scenario when the first psychiatric medications were released in the 1950s. People were eager to be told about prodigious medications, and that was precisely the story that the pharmaceutical industry and doctors in the country were eager to tell. . There were two possible stories underway, and in the 1970s and 1980s, researchers analyzed the fundamental question: Did people diagnosed with depression and schizophrenia suffer from a chemical imbalance that the medication then corrected? Were the new drugs actually antidotes against something chemically abnormal in the brain? Do these drugs help or harm long-term patients? What do fifty years of results research show?

Schizophrenia is generally considered a chronic disease that lasts a lifetime, an idea from the work of the German psychiatrist Emil Kraepelin. Kraepelin systematically followed, at the end of the 19th century, the evolution of patients in an asylum in Estonia, and noted that there was an identifiable group of them that were supposed to degenerate into dementia. In 1955, pharmaceutical companies were not required to prove to the FDA that their new medications were effective (that requirement was added in 1962), so it was the National Institute of Mental Health that valued the merits of Thorazine and other «prodigious medications.» that were marketed Long-term benzodiazepine use also causes cognitive impairment. Earlier, some researchers recognized that there were memory problems associated with short-term use, and this led David Knott, a physician at the University of Tennessee, to warn in 1976: “I am very convinced that Valium, Librium and others drugs of that class cause damage to the brain. I have seen damage to the cerebral cortex that I think are due to their use, and I am beginning to wonder if the damage is permanent ». Increased anxiety, depression and cognitive impairment are all factors that contribute to a decrease in the individual’s ability to function in society. In 1983, the World Health Organization registered a «marked deterioration in personal care and social interactions» in long-term benzodiazepine users. Social faith in the efficacy of antidepressants was reborn with the arrival of Prozac in 1988. Eli Lilly seemed to have found a very good pill for melancholy. This selective serotonin reuptake inhibitor (SSRI) was said to make people feel «better than good.» Unfortunately, when researchers began examining data from clinical trials submitted to the FDA for Prozac and the other SSRIs, they concluded that symptoms were reduced by 42% in patients treated with tricyclics, 41% in the group SSRIs and 31% in those treated with a placebo. It turned out that the new drugs were no more effective than the old ones.

Antidepressants have also led many people to the bipolar field, and to understand why, all we have to do is return to the discovery of this class of drugs. When the bipolar disorder was separated for the first time from manic-depressive illness, the diagnosis required that the individual had to suffer from severe manic and depression outbreaks that would have required hospitalization. Then, in 1976, Goodwin and others from the National Institute of Mental Health suggested that if a person had been hospitalized for depression but not mania, and had nevertheless experienced a mild episode of mania (hypomania), he could be diagnosed as bipolar II, a less severe form of the disease. Then the diagnosis of bipolar II was extended to include people who had never been hospitalized for depression and mania, but had simply experienced episodes of both. Then, in the 1990s, the psychiatric community decided that a diagnosis of hypomania no longer required four days of «elevated, expansive or irritable mood,» but simply two days of that mood. Bipolar disease was underway, and with the diagnostic boundaries extended in this way, the researchers suddenly proclaimed that it affected up to 5% of the population. Antidepressants, by increasing the frequency of episodes suffered by bipolar patients, naturally reduce their ability to return to work. But, as has become evident in recent years, the problem is much more serious. One of the distinguishing features of manic-depressive illness, dating back to Kraepelin, was that once patients recovered from their episodes of mania and depression, they were as capable as before they became ill. As Zárate and Tohen indicated in their 2000 article, «studies conducted before 1975 found no data on cognitive deficits in bipolar patients.» But it was known that lithium slowed mental processes, and suddenly researchers began to reconsider this belief.

For pharmaceutical companies, the best part of this new society was that it allowed them to turn psychiatrists of the main medical schools into «spokespersons,» even if those doctors considered themselves «independent.» Paid symposia of the annual meetings oiled that new relationship. They were said to be «educational» presentations, pharmaceutical companies promised not to «control» what the experts said. But the presentations were rehearsed and every speaker knew that if he left the script and started talking about the inconvenience of psychiatric medications, he would not be invited again. There was no industry-sponsored symposium that spoke of «hypersensitivity psychosis» due to the addictive effects of benzodiazepine or that antidepressants were no more effective than active placebo. Speakers became known as «thought leaders,» and their presence in the symposium panels raised them to the status of «stars» in the field, and in the early 2000s, they were being paid 2,000 to 10,000 dollars. by dissertation. In order to convince us of the strength of this form of medical care, it has had to grossly exaggerate the value of its new drugs, silence critics and keep the history of poor long-term results hidden. It is an intentional and conscious process, and the very fact that psychiatry has had to use such storytelling methods reveals much about the virtues of that treatment model, much more than a single study could do.
The creation of the «bipolar youth» market was a bit more complicated. Until the 1990s, psychiatry thought that bipolar disease simply did not occur in prepubertal children, or was extremely rare. But children and adolescents who were prescribed stimulants and antidepressants often suffered manic episodes, so pediatricians and psychiatrists began to see more children with «bipolar» symptoms. At the same time, Janssen and Eli Lilly, after bringing their atypical antipsychotics to the market, were looking for a way to sell them to children and, in the mid-1990s, Joseph Biederman, of the Massachusetts General Hospital in Boston, provided the diagnostic framework that made it possible. In 2009, in his statement in a judicial process, he explained his craft work. That was the commercial machinery that dragged more and more Americans to the psychiatric pharmacy. When new drugs were placed on the market, campaigns were carried out to «raise awareness» of the disease and the diagnostic categories were expanded. Now, once a business gets a customer into their store, they want to keep that customer and get them to buy many products, and that’s where the psychiatric «drug trap» comes into operation. Eli Lilly capitalized even this fact when she launched Zyprexa. As he knew very well, Prozac and other SSRIs could trigger manic episodes, so he instructed his sales agents to explain to psychiatrists that Zyprexa «is a great mood stabilizer, especially for patients whose symptoms were aggravated by a SSRI ». Eli Lilly was basically telling doctors to prescribe her second drug to solve the psychiatric problems caused by the first. We can also see this cascading effect operating at a social level. SSRIs arrived on the market and suddenly bipolar patients sprouted everywhere, and then this new group of patients provided a market for atypicals.
In 1987, Eli Lilly’s pharmaceutical division earned $ 2.3 billion in revenue. He started selling Prozac in 1988, and four years later it became the company’s first billion-dollar drug. In 1996, it launched Zyprexa, and became a billion-dollar drug in 1998. In 2000, these two drugs provided almost half of the company’s $ 10.8 billion revenue.
Prozac soon lost its patent protection, so the best way to determine the wealth-generating effects of the two drugs is to do so over a period of 13 years, from 1987 to 2000. During that period, the value of Eli Lilly in Wall Street rose from 10,000 million dollars to 90,000 million. An investor who had bought $ 10,000 of the company’s shares in 1987 would have seen his investment grow to $ 96,850 in 2000, and would have been receiving an additional $ 9,720 of dividends.

We place our trust as a society in which the medical profession provides the best possible clinical care for conditions and diseases of all kinds. We hope that the profession will be honored with us in everything related to that task. And yet, when we look for ways to contain the epidemic of mentally disabling illness that has erupted in the country, we cannot trust that psychiatry, as a profession, assumes that responsibility. If psychiatry had been honest with us, the epidemic could have been contained for a long time. The long-term results would have been made public and discussed, and that would have triggered social alarms. But instead, psychiatry told us stories to protect the image of their drugs, and the one who told us those stories has had the consequence that many have been harmed on a large and terrible scale.

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