La Novela De Genji II (Catástrofe) — Murasaki Shikibu / The Tale of Genji II by Murasaki Shikibu

Esta novela de más de 1000 páginas (libros I, II) es la novela sobreviviente más antigua que se haya escrito. Se trata de un príncipe con problemas que busca el amor de una madre tratando de amar a las mujeres tanto sexual como románticamente. Él termina enamorándose de su madrastra de treinta y tantos años que era prima o hermana de su madre (no recuerdo) cuando tiene quince años para llenar el vacío de no tener una madre. Pero suceden muchas cosas relacionadas con redes de personajes complicados y está escrito de una manera hermosa y poética que PUEDE y dejará al lector confundido. Especialmente involucrando la sintaxis de la novela. He notado que muchas de las escenas de amor se detienen y saltan a un tema completamente diferente y especulo que es porque la autora Shikibu no quería parecer demasiado inadecuada para su tiempo. Pero eso es solo una suposición. Esta es una lectura pesada que recomendaría a las personas mayores de 18 años, no por razones de contenido “sexual” sino por todos los significados subyacentes y pequeños arquetipos que fácilmente podrían pasar desapercibidos para un lector menos experimentado y perder así todo propósito de la trama. . Entonces, siempre que seas un individuo bien leído, entonces sigue adelante y enloquece. Es un libro maravilloso e intergeneracional que debería estar en el estante de todos los amantes de la literatura.

Este libro obviamente fue escrito para una audiencia madura. Las relaciones se describen en detalle y el lenguaje, o prosa, está destinado a un lector adulto. Creo que la intención del autor era atraerlo a la vida de los personajes. Una vez que el lector sabe quiénes son los personajes principales, se absorbe en la interacción entre los diferentes personajes. Siento que la autora logró lo que se propuso hacer. Aunque lleva un tiempo familiarizarse con los personajes, una vez que lo hace, se interesa mucho por las diferentes relaciones entre los personajes. Siempre hay algo escandaloso o inesperado que se revela. Esto ayuda a mantener el interés del lector a medida que la historia continúa progresando.

Recomendaría este libro a cualquier persona interesada en la cultura japonesa del período Heian. Este libro da una idea de la vida de las personas de esta época. Aunque está escrito en prosa, no es demasiado difícil de leer y comprender. La trama similar a la telenovela ayuda a mantener su interés. Siempre hay una sorpresa al acecho en cada esquina.

La ciudad en que Genji vio la luz fue levantada por orden del emperador Kamu en un lugar absolutamente privilegiado. Encerrada por tres de sus lados en un circo de suaves colinas, marcaba su frontera este un río, el Kamo. El topos elegido conjugaba, pues, a la perfección los elementos masculino/Yin (la montaña) y femenino/Yang (el agua), y la ciudad que allí se construyó estaba perfectamente integrada con sus alrededores, pues los japoneses nunca concibieron vivir de espaldas a la naturaleza ni, mucho menos, en contra de ella. Cuando soplaba el viento, en el centro de la ciudad se podían oír los bramidos de los ciervos y los gritos de las ocas silvestres que habitaban los bosques cercanos. La surcaban un sinfín de canales y riachuelos que bañaban los jardines de los palacios y mansiones particulares. En las colinas cercanas (y, en especial, en el monte Hiei), numerosos templos y santuarios congraciaban a sus habitantes con los dioses y cerraban el paso a las «malas influencias» que tanto preocupaban a los supersticiosísimos nipones.
Siguiendo el modelo de la capital china de los T’ang, Ch’angan (o X’ian), Heian Kyo, la actual Kioto, fue diseñada como un rectángulo de cinco kilómetros.

Murasaki y su gran contemporánea y rival Sei Shonagon se muestran muy parcas en sus descripciones de la belleza física femenina, como si no les interesara. En un punto —importante punto— difiere el mundo Heian del occidental: el cuerpo desnudo de la mujer no despierta interés alguno. Y no se trata de mera indiferencia, sino de auténtica aversión. La mujer deseable es la mujer bien vestida. No se olvide que la desnudez, tan ligada en Occidente al lecho y al eros, pierde gran parte de su sentido en una sociedad que dormía (por razones prácticas) completamente ataviada. Por ello —y a pesar del enorme erotismo que rezuman ciertas partes del libro—, jamás se habla en él de pechos, de vientres, de muslos o de nalgas. Murasaki escribe en su famoso diario: «Un cuerpo desnudo es la cosa más horrible del mundo. No tiene el más mínimo encanto».
Un personaje de la novela, el príncipe Higekuro, es objeto de burla por ser hombre grande, robusto y llevar barba, y sólo despierta horror en Tamakazura, la dama que pretende ganarse. Nada que ver, pues, con el dulce y frágil «príncipe resplandeciente» que «todas», princesas o daifas, adoran a primera vista.

De todos los capítulos de la obra, ninguno deja al lector contemporáneo tan perplejo como el noveno («El acebo» o Aoi), y, concretamente, el episodio que explica la violación de la joven Murasaki por el héroe. ¿Cómo compaginar este momento de violencia sexual —narrado con una sobriedad y delicadeza ejemplares— con la imagen del príncipe refinado y culto que danza y toca la flauta mejor que nadie y compone deliciosa poesía china, cuya biografía constituye el eje de tres cuartas partes del libro?. A pesar de su desarrollo poco ortodoxo, la historia de amor de Genji y Murasaki es seguramente una de las más bellas, conmovedoras y originales de la literatura universal.

Kojiju ignoraba quién era aquella misteriosa «rama», pensó que Kashiwagi era un muchacho inestable y maniático. Aprovechando un momento en que la princesa estaba casi sola, le entregó la nota de Kashiwagi, diciendo:
—Parece un tipo muy insistente. No sé si debemos tomarlo en serio.
—¿Estás de humor? —le preguntó la princesa, echando un vistazo a la nota que su azafata acababa de desplegar.
Enseguida reconoció la escritura y el incidente mencionado, y se sonrojó. Recordó los consejos que su esposo no paraba de darle: «No permitas que Yugiri te vea… Eres demasiado joven y todavía das poca importancia a esas cosas… Deberías mostrarte más madura…». Estaba aterrorizada. ¿Y si Yugiri se había dado cuenta de algo y lo había contado a Genji? ¿Iba a reñirla su esposo? En el fondo todavía era una niña y tenía un miedo enorme a su marido.
Cuando Genji no estaba a su lado, Murasaki pedía a sus mujeres que le leyeran novelas de amor. Así pudo familiarizarse con numerosos relatos de otros tiempos, y llegó a la conclusión de que los héroes de estas historias, por más aventuras que vivieran con mujeres de todas clases, al final sentaban la cabeza y se unían a una sola. Si así era la mayoría de los hombres, entonces Genji venía a constituir la excepción a la regla. Mientras viviera, pensaba Murasaki, jamás dejarían sus afectos de ir «de flor en flor» según los dictados de su curiosidad y su deseo insaciable. Por más promesas que le hiciera, por más buenos propósitos que se impusiera, el futuro sería indefectiblemente como el pasado.

Kojiju estaba horrorizada: la actitud concentrada del enfermo ya no era humana, sino la propia de una criatura infernal. Y, sin embargo, seguía compadeciéndolo y llorando por él. Kashiwagi hizo traer una linterna y leyó la nota de la princesa. La caligrafía, indecisa y frágil, no dejaba de tener su interés.
Todo el mundo echaba de menos a Kashiwagi, a cuyas grandes virtudes se unía una exquisita sensibilidad y una gentileza fuera de lo común. Su popularidad había sido grande, incluso entre la gente de edad o los que servían en los oficios más humildes de la corte. El emperador, que lo había contado entre sus mejores amigos, pensaba mucho en él, sobre todo en los conciertos, y solía repetir:
—Todo sonaría mejor si tuviéramos a Kashiwagi entre nosotros…
Sólo Genji, cada día más triste, sabía que Kashiwagi había dejado un recuerdo en el mundo de los vivos, un secreto que habría interesado profundamente a cuantos lo amaron, pero que él no podía descubrir. Y, al llegar el otoño, aquel «recuerdo» empezaba a desplazarse a gatas por el suelo.
Genji había muerto y no había ya nadie que se le pareciera.
No negaremos que quedaban numerosos descendientes del príncipe resplandeciente, pero, por una u otra razón, no estaban a la altura. Por razones obvias el ex emperador Reizei no podía considerarse públicamente su heredero. Niou, el tercer hijo del emperador reinante y la emperatriz de Akashi, y Kaoru, hijo de Genji y de la Tercera Princesa,150 se habían criado juntos en la casa de la Sexta Avenida y el mundo los juzgaba extremadamente hermosos, pero no brillaban con el mismo fulgor que el difunto. Eran un par de jóvenes sensibles y cultos, y, aunque la corte parecía admirarlos más de lo que admirara a Genji cuando tenía su edad, ello se debía al hecho de que habían estado en estrecho contacto con él durante la última etapa de su vida, contagiándose, en alguna medida, de su resplandor incomparable.
Niou había sido el favorito de Murasaki y, después de la muerte de la dama, siguió viviendo en sus aposentos de la mansión de Nijo. También era el hijo predilecto de sus padres, el emperador y la emperatriz.

El príncipe había revelado la historia a su madre, y la emperatriz había empezado a simpatizar con la muchacha. Si Kaoru estaba tan deshecho por la muerte de su hermana mayor como se decía, la otra tenía también que tener méritos notables. ¿Por qué no instalarla en el ala occidental del palacio de Nijo, donde su hijo podría visitarla siempre que quisiera? Fingirían que la joven había entrado a servir a la Primera Princesa… Con ello acabarían todas las dificultades que los separaban.
En cuanto Kaoru se enteró del plan, se sintió muy decepcionado. La reconstrucción del palacio de Sanjo estaba a punto de concluir, y la idea de ver los aposentos que había destinado a Oigimi vacíos le resultaba desoladora. A veces casi lamentaba no haber sido capaz de sustituirla por la otra en su afecto y haber puesto aquellas estancias a su disposición. De todos modos, Niou se equivocaba al pensar que había algún tipo de relación secreta entre Naka no Kimi y su amigo. Se le había confiado su bienestar material, y cumpliría con su deber. Ahora procedía trasladarla a la ciudad como fuese.

Tampoco vivimos en los confines del mundo. Por más que soplen los vientos de la montaña, no nos separan de la ciudad obstáculos insuperables. No ha de faltarte ocasión de volver a visitarla.
No había otra cosa que hacer, y el paje empezó a sentirse ridículo. Muy triste por no haber podido intercambiar ni una sola palabra con su amada hermana, a la que tanto había llorado, se puso en camino hacia la capital.
Kaoru lo estaba esperando, haciéndose unas ilusiones que el relato del muchacho arruinó por completo. Mejor hubiera sido no hacer nada, se dijo. Y, sin embargo, la historia de que Ukifune se había hecho monja y apartado definitivamente del mundo seguía sin parecerle del todo creíble. Siempre le quedó la duda de si otro amante la había ocultado para él solo en Ono, del mismo modo que, en otro tiempo, él mismo la había escondido a los ojos del mundo en Uji, donde fuera a visitarla tan pocas veces.

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This 1000+ page novel (Box I, II) is the oldest known surviving novel ever written. It’s about a troubled prince who is searching for the love of a mother by trying to love women both sexually and romantically. He ends up falling in love with his thirty something year old step mother who was his mother’s cousin or sister (I can’t remember) when he’s like fifteen to fill the void of not having a mother. But a lot of things happen pertaining to complicated character webs and it’s written in a beautiful, poetic way that CAN and will leave the reader confused. Especially involving the syntax of the novel. A lot of the love scenes, I’ve noticed, just stop and bounce to a completely different subject and I speculate it’s because the author Shikibu didn’t want to seem too entirely improper for her time. But that’s just a guess. This is some heavy reading that I would recommend for people 18+, not for the reasons of “sexual” content but because of all the underlying meanings and little archetypes that could easily be missed by a less experienced reader and thus lose all purpose of plot. So as long as a you’re a well-read individual, then go ahead and go crazy. It’s a wonderful, inter-generational book that should be on every literature-lover’s shelf.

This book was obviously written for a mature audience. The relationships are described in detail and the language, or prose, is intended for an adult reader. I think the author’s intention was to draw you in to the characters’ lives. Once the reader knows who the main characters are, she becomes engrossed in the interplay between the different characters. I feel the author accomplished what she set out to do. Although it takes a while to become familiar with the characters, once you do you become very interested in the different relationships between the characters. There is always something scandalous or unexpected being revealed. This helps to keep the reader’s interest as the story continues to progress.

I would recommend this book to anyone interested in Heian Period Japanese culture. This book gives a glimpse into the lives of the people of this era. Although it is written in prose, it is not too difficult to read and understand. The Soap Opera-Like plot helps to keep your interest. There is always a surprise lurking around each corner.

The city in which Genji saw the light was raised by order of Emperor Kamu in an absolutely privileged place. Enclosed by three of its sides in a circus of gentle hills, it marked its east border a river, the Kamo. The chosen moles combined, then, perfectly the masculine / Yin (the mountain) and feminine / Yang (the water) elements, and the city that was built there was perfectly integrated with its surroundings, since the Japanese never conceived to live on their backs to nature, much less, against it. When the wind blew, the roars of the deer and the screams of the wild geese that inhabited the nearby forests could be heard in the center of the city. It was lined by endless canals and streams that bathed the gardens of the palaces and private mansions. In the nearby hills (and, especially, on Mount Hiei), numerous temples and shrines ingratiated their inhabitants with the gods and closed the way to the “bad influences” that so much worried the superstitious Japanese.
Following the model of the Chinese capital of the T’ang, Ch’angan (or X’ian), Heian Kyo, the current Kyoto, was designed as a five-kilometer rectangle.

Murasaki and his great contemporary and rival Sei Shonagon are very sparing in their descriptions of female physical beauty, as if they were not interested. At one point — important point — the Heian world differs from the western one: the naked body of the woman does not arouse any interest. And it’s not about mere indifference, but about real aversion. The desirable woman is the well dressed woman. Do not forget that nudity, so linked in the West to the bed and eros, loses much of its meaning in a society that slept (for practical reasons) fully dressed. Therefore – and despite the enormous eroticism that oozes certain parts of the book – there is never talk of breasts, bellies, thighs or buttocks. Murasaki writes in his famous diary: «A naked body is the most horrible thing in the world. It does not have the slightest charm ».
A character in the novel, Prince Higekuro, is mocked for being a big, sturdy man with a beard, and only arouses horror in Tamakazura, the lady who claims to win. Nothing to do, then, with the sweet and fragile “resplendent prince” that “all” princesses or daifas worship at first sight.

Of all the chapters of the work, none leaves the contemporary reader as perplexed as the ninth (“The Holly” or Aoi), and, specifically, the episode that explains the violation of the young Murasaki by the hero. How to combine this moment of sexual violence – tied with exemplary sobriety and delicacy – with the image of the refined and cultured prince who dances and plays the flute better than anyone and composes delicious Chinese poetry, whose biography constitutes the axis of three quarters of the book?. Despite its unorthodox development, the love story of Genji and Murasaki is surely one of the most beautiful, moving and original of universal literature.

Kojiju was horrified: the patient’s concentrated attitude was no longer human, but that of an infernal creature. And yet he continued to pity him and cry for him. Kashiwagi had a flashlight brought and read the princess’s note. Calligraphy, indecisive and fragile, did not cease to have its interest.
Everyone missed Kashiwagi, whose great virtues were joined by exquisite sensitivity and an unusual kindness. His popularity had been great, even among the elderly or those who served in the humblest court offices. The emperor, who had told him among his best friends, thought a lot about him, especially at concerts, and used to repeat:
“Everything would sound better if we had Kashiwagi among us …”
Only Genji, sadder every day, knew that Kashiwagi had left a memory in the world of the living, a secret that would have deeply interested those who loved him, but that he could not discover. And, when autumn arrived, that “memory” began to crawl on the ground.
Genji was dead and there was no one like him.
We will not deny that there were numerous descendants of the shining prince, but, for one reason or another, they were not up to par. For obvious reasons the former Emperor Reizei could not be publicly considered his heir. Niou, the third son of the reigning emperor and the Empress of Akashi, and Kaoru, son of Genji and the Third Princess, 150 had been raised together in the Sixth Avenue house and the world judged them extremely beautiful, but they did not shine with The same glare as the deceased. They were a couple of sensitive and educated young people, and, although the court seemed to admire them more than Genji admired when he was his age, this was due to the fact that they had been in close contact with him during the last stage of his life, spreading itself, to some extent, of its incomparable radiance.
Niou had been Murasaki’s favorite and, after the lady’s death, he continued to live in his quarters in the Nijo mansion. He was also the favorite son of his parents, the emperor and the empress.

The prince had revealed the story to his mother, and the empress had begun to sympathize with the girl. If Kaoru was as undone by the death of his older sister as it was said, the other also had to have remarkable merits. Why not install it in the western wing of the Nijo Palace, where your son could visit it whenever he wanted? They would pretend that the young woman had entered to serve the First Princess … This would end all the difficulties that separated them.
As soon as Kaoru learned of the plan, he felt very disappointed. The reconstruction of Sanjo’s palace was nearing completion, and the idea of seeing the rooms he had assigned to Oigimi empty was bleak. Sometimes he almost regretted not having been able to replace it with the other in his affection and having put those rooms at his disposal. Anyway, Niou was wrong to think that there was some kind of secret relationship between Naka no Kimi and his friend. He had been entrusted with his material well-being, and he would do his duty. Now it was necessary to transfer it to the city as it were.

Nor do we live in the confines of the world. As much as the winds of the mountain blow, insurmountable obstacles do not separate us from the city. You should not miss the opportunity to visit it again.
There was nothing else to do, and the page began to feel ridiculous. Very sad that he could not exchange a single word with his beloved sister, to whom he had cried so much, set off for the capital.
Kaoru was waiting for him, becoming illusions that the boy’s story completely ruined. It would have been better to do nothing, he told himself. And yet, the story that Ukifune had become a nun and definitely separated from the world still did not seem entirely credible. There was always the question of whether another lover had hidden her for him alone in Ono, just as, at another time, he himself had hidden her in the eyes of the world in Uji, where he went to visit her so rarely.

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