La Novela De Genji I (Esplendor) — Murasaki Shikibu / The Tale of Genji Vol.I by Murasaki Shikibu

Pensado como la primera novela escrita “El cuento de Genji” fue escrita durante el período Heian por Lady Murasaki Shikibu. La historia es una interpretación de sus relatos en la corte real de Japón. El escenario se ubica en la capital de Japón en el siglo X. Sus escritos abarcaron su vida en la corte, que cambió y maduró mientras servía a la emperatriz Akiko. Una vez completado, el cuento fue ampliamente aceptado inmediatamente después de su lanzamiento. La historia cuenta la vida de un noble llevado al estado de plebeyo por su padre, el emperador. Su belleza y talento (poesía, música, seducción) son celestiales e irreprochables. Sigue su vida desde la infancia hasta la edad adulta y cómo se superan los drásticos puntos de inflexión de su vida (la historia pasa de su muerte a sus descendientes). Un ejemplo sería su propio exilio a Suma después de que una aventura desastrosa envalentone su amor por Murasaki (la heroína de la historia). Crece a medida que pasan los años y aprende mucho de sus indiscreciones pasadas. Se puede sentir un vínculo con el personaje principal. Aunque sus situaciones ocurrieron en tiempos pasados, todavía pueden estar relacionadas con situaciones de amor, amistades cercanas, lazos familiares y la superación del lugar de uno en la vida. Sin embargo, lo más inquietante fue la medida en que las mujeres fueron sometidas durante el período Heian y cómo la solución de una mujer para el menor indicio de vergüenza era mudarse a las colinas y vivir aislada, hacer votos y convertirse en monja, o peor. solo morir Solo es comprensible en el contexto de la era histórica. También fue interesante observar el grado de familiaridad con la poesía y los instrumentos musicales chinos, en particular observando las diferencias entre los kotos chinos y japoneses. Esta obra es una lectura fácil pero es larga, así que prepárate. A veces tuve dificultades para saber quién era quién y no fue fácil distinguir los nombres masculinos de los femeninos.

He tardado un trimestre en leerlo completo y aunque no es para todo tipo de lectores me gustó. Es una joya de la literatura japonesa que para alguno es el Quijote japonés. La novela de Genji transcurre en Japón durante la segunda mitad del siglo X y el primer cuarto del XI. En aquellos tiempos —oscuros en el resto del mundo donde el esplendor de Roma era puro recuerdo y la pobre Europa empezaba a levantarse a trancas y barrancas de su inmensa decadencia— tan sólo China y Japón podían enorgullecerse de contar con civilizaciones dignas de tal nombre.

En el año 794, la capital de Japón fue trasladada a una ciudad de nueva planta, diseñada a imitación de Ch’ang-an, la capital de la China de los T’ang, y que fue bautizada Heian Kyo, «la Ciudad de la Paz y de la Tranquilidad», la actual Kioto. Aunque sólo distaba sesenta y cinco kilómetros de la antigua, el traslado dio lugar al inicio de un nuevo período absolutamente decisivo en la historia de Japón, que ha tomado su nombre del de la ciudad. Nunca la civilización nipona volvió a ser tan refinada, tan culta, tan llena de glamour, hasta el extremo que algunos han comparado esta época con el Grand Siècle de Luis XIV, pero un Grand Siècle de casi cuatro siglos de duración.
En el Japón de Genji, es decir, al de los siglos X y XI.
El «soberano celeste» o tenno, descendiente directo de Amaterasu, la diosa solar, mandaba un poco menos cada día. De hecho, a partir de mediados del siglo X, el poder real se desplazó sin violencia alguna a un clan de políticos natos, los Fujiwara, que, sin destronar al tenno, se hicieron con todas sus funciones salvo las religiosas y «culturales» por el procedimiento de imponerle —a él y a sus hijos— matrimonios con mujeres Fujiwara. Durante casi ciento cincuenta años no hay emperador que no tenga a una Fujiwara por primera o incluso por segunda y tercera esposa, y será el suegro, el hermano, el tío o el primo de la emperatriz quien realmente lleve las riendas del gobierno mediante una administración paralela a la oficial, pero mucho más eficaz. Tanto Murasaki Shikibu, la autora, como su marido pertenecían a una línea de la numerosísima familia Fujiwara.
En los tiempos que refleja la novela de Murasaki, la vida de familia resultaba extremadamente protocolaria tanto en el palacio imperial como en los de los nobles por influencia de los usos del primero sobre los demás y la tendencia imitativa y competitiva que suele caracterizar a todas las sociedades fuertemente aristocráticas. A pesar de la importancia que revestía la familia, no parece que, a diferencia de lo que ha ocurrido en otras épocas, se viera en ella una fuente de placeres y alegrías.

Los primeros 33 libros de la obra nos narran esta parte de la historia, al final de la cual Genji y cuantos le rodean ven cumplidos casi todos sus deseos. El «príncipe resplandeciente» vive en una gran mansión con casi todas sus mujeres y es respetado por todo el mundo. El hijo secreto de Genji y Fujitsubo, Reizei, sube al trono imperial tutelado por su padre «biológico». Genji se interesa por una dama, Akikonomu, hija de Rokujo, una de sus amantes, y la convierte en emperatriz. La hija del protagonista y de la dama de Akashi vive con su padre y su esposa preferida, Murasaki, que la adopta. Andando el tiempo, también será emperatriz. En el libro 34 el testigo pasa a la siguiente generación, y el protagonismo a otros personajes —Tamakazura, Yugiri, Kumoi no Kari, Kashiwagi—, todos ellos más o menos directamente vinculados con Genji, que ya ha cumplido cuarenta años. En los siguientes libros y hasta el 41, los éxitos empiezan a contar casi tanto como los fracasos. Kashiwagi, amigo de Genji, muere avergonzado por su relación ilícita con la Tercera Princesa, esposa del protagonista, de la que nace un hijo, Kaoru. De algún modo la historia se repite, y lo que hizo Genji con la esposa de su padre, lo hace un amigo con la suya. El mundo que rodea al héroe, que, en un determinado momento, parecía perfecto, ha dejado de serlo, y empieza a resquebrajarse mientras Genji va perdiendo poco a poco el control del mismo.
La última parte de la narración (libros 42 al 54) transcurre después de la muerte de Genji, y la acción se traslada de la capital, Heian, a un sórdido pueblecito… Los diez últimos libros constituyen lo que se ha llamado «los libros de Uji», y se centran, como se ha dicho, en las relaciones que se establecen entre cinco personajes: Kaoru, Niou, y las tres hijas del desterrado príncipe Hachi, la más joven de las cuales, Ukifune, deviene la última protagonista femenina de la obra.

Si de mujeres se trata (y lo mismo podría afirmarse de los hombres), no hay nada peor que la que, con cuatro conocimientos a cuestas, pretende lucirlos a todas horas. Nunca tuve por recomendable una mujer empapada de las Tres Historias y los Cinco Clásicos, aunque he de confesar que la ausencia total de cultura tampoco me atrae. Una mujer sensata y despierta puede saber y entender muchas cosas aunque no sea una erudita. ¡Las hay que emborronan sus cartas con letras chinas hasta el extremo de que parecen escritas por un hombre! Me temo que entre las damas de primer rango de nuestra corte encontraréis más de dos y más de tres de esta clase…
»Luego están las que se creen poetas, y aprenden de memoria antologías enteras… Cuando redactan sus cartitas, son incapaces de escribir una frase sin aludir a los clásicos, vengan o no a cuento. Y lo peor del caso es que esperan que el que les contesta haga lo mismo. He aquí que el día de la fiesta de los Iris el hombre ha de ir a la corte y, con la mente ocupada por otros asuntos, no piensa en la flor homenajeada, pero ella le hace llegar una misiva llena de sutiles referencias a la raíz incomparable o, si se acerca la fiesta de los Crisantemos, al rocío que cae sobre los crisantemos… Poemas que, en otra ocasión, podrían parecer graciosos o emotivos, resultan fuera de lugar, y sólo provocan la risa. La mujer que versifica en momentos poco oportunos no es persona de buen gusto. Las listas se fingen más ignorantes de lo que son, y dicen la mitad de lo que podrían decir…
No llegaron a ninguna conclusión definitiva, aunque todos parecían dar preferencia a las mujeres «de la clase de en medio» a la hora de embarcarse en una aventurilla.

Genji vivía en una nube de felicidad: las mujeres inteligentes suelen ser complicadas, y, siempre a punto de mostrarse celosas, obligan a los hombres a estar perpetuamente en guardia. En cambio, Murasaki era la compañera perfecta, un juguete maravilloso que siempre le sorprendía con su fantasía y agudezas. No se hubiese sentido tan cómodo y libre de inhibiciones con una hija, porque la intimidad entre un padre y una hija no deja de tener sus límites… ¡A veces tenía la impresión de que el cielo le había regalado una auténtica joya!.

La vida de Genji se había convertido en una cadena de reveses y sinsabores. Si continuaba fingiendo que no pasaba nada, podía acabar ocurriendo lo peor, de manera que pensó en la costa de Suma: se decía que gente principal había estado viviendo allí, pero que ahora la había abandonado y sólo quedaban unas cuantas cabañas de unos pocos pescadores y fabricantes de sal. Pero si se decidía a partir, ¿sería capaz de quitarse los asuntos de la corte de la cabeza? Y, sin embargo, la alternativa —quedarse en la capital— parecía peor aún. El príncipe, con veintiséis años cumplidos, se debatía en un mar de dudas.
Bastaba con que pasara dos días sin ver a Murasaki para que se sintiera el más desgraciado de los hombres y otro tanto le ocurría a ella. Llegó a pensar en llevársela consigo, pero los rigores que cabía esperar de la vida en la costa de Suma, donde las únicas visitas serían las del viento y las olas, no le parecían el premio que la devoción hacia él de aquella frágil damita merecía. Tenerla a su lado aumentaría sus cuidados, aunque ella, adivinando sus pensamientos, le hizo saber que no quería que la dejara atrás.

El koto japonés (cítara de 13 cuerdas) era ahora la excusa de sus visitas. Al principio Tamakazura se sentía un poco incómoda en su papel de alumna de su «tutor», pero, al comprobar que el canciller no se aprovechaba de su papel para otros fines, empezó a aceptar sus visitas como algo normal y correcto. Aunque cuando él estaba a su lado, se mostraba algo tiesa y evitaba cualquier actitud que pudiera oler a coquetería, lo cierto es que gustaba cada vez más a su «maestro». Algo había que hacer.
¿Por qué no buscarle un marido pero mantenerla en su palacio y seguir visitándola clandestinamente? Tamakazura sabía muy poco de hombres, y sus atenciones la molestaban, pero, en cuanto estuviera un poco mejor informada en cuestiones de sexo gracias a su esposo, él se abriría camino desafiando a los guardias más cuidadosos y haría de ella su amante por la fuerza si era preciso. Genji reconocía, sin embargo, que este plan, aunque seguramente posible, distaba mucho de ser honorable… El pobre canciller ardía en deseos y se debatía entre contradicciones.
Las excentricidades de Omi eran la comidilla de la corte. Todo el mundo opinaba sobre la conducta de la hija que el ministro se acababa de sacar de la manga y casi nadie favorablemente.
—No me gusta nada —decía Genji—. Debía haberla mantenido oculta. No tenía ninguna necesidad de meterla en casa por la puerta grande para que todos se burlaran de ella. To no Chujo ha actuado siempre de manera impulsiva y probablemente la hizo ir a buscar sin averiguar previamente cómo era. Y cuando se la encontró aquí, hizo lo que pudo. Esas situaciones requieren mucho tacto…

Con el tiempo las facciones del emperador no habían hecho sino ganar en hermosura y expresividad, y ahora parecía el hermano gemelo de Genji. Y también estaba allí Yugiri, tres rostros casi iguales sobre los cuerpos de tres personas distintas… Tal vez en Yugiri se echaban de menos la nobleza y la dignidad del emperador, pero, en cambio, el yerno del nuevo canciller derrochaba ardor juvenil y tocaba la flauta como nadie… Y mientras acompañaba con ella la canción que estaba interpretando primorosamente su cuñado Kobai, muchos veían en ambos el símbolo de la reconciliación de dos grandes familias.

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Thought of as the first novel written “The Tale of Genji” was written during the Heian period by Lady Murasaki Shikibu. The story is an interpretation of her accounts in the royal court of Japan. The setting is placed in the capital of Japan in the 10th century. Her writings spanned her life in court which changed and matured while she served the Empress Akiko. Once completed, the tale was widely accepted immediately after its release. The story recounts the life of a noblemen brought to commoner’s status by his father the emperor. His beauty and talents (poetry, music, seduction) are heavenly and beyond reproach. It follows his life from childhood to adulthood and how drastic turning points of his life are overcome (the story carries past his death and on through to his descendants). An example would be his self exile to Suma after a disastrous affair emboldens his love for Murasaki (the heroine of the story). He grows as the years pass and learns a great deal from his past indiscretions. A bond can be felt with the main character. Even though his situations occurred in times long past, they can still be related to situations of love, close friendships, family bonding and the overcoming of one’s place in life. More disturbing, however, was the extent to which women were subdued during the Heian period and how a woman’s solution for the least hint of shame was either to move to the hills and live in isolation, take vows and become a nun, or worse – to just die. It is only understandable in the context of the historical era. It was also interesting to note the extent of their familiarity with Chinese poetry and musical instruments, in particular noting the differences between Chinese and Japanese kotos. TTOG is an easy read but it is long so be prepared. I had difficulty at times following who was who and it was not easy to tell male from female names.

It has taken me a quarter to read it completely and although it is not for all types of readers I liked it. It is a jewel of Japanese literature that for some is the Japanese Quijote. Genji’s novel takes place in Japan during the second half of the 10th century and the first quarter of the 11th. In those times – dark in the rest of the world where the splendor of Rome was pure memory and poor Europe began to rise up in rags and ravines of its immense decline – only China and Japan could take pride in having civilizations worthy of the name.

In 794, the capital of Japan was moved to a new plant city, designed in imitation of Ch’ang-an, the capital of the T’ang China, and which was named Heian Kyo, “the City of Peace and Tranquility », the current Kyoto. Although it was only sixty-five kilometers from the old one, the transfer resulted in the beginning of a new absolutely decisive period in the history of Japan, which has taken its name from the city. Never again has the Japanese civilization been so refined, so cultured, so full of glamor, to the point that some have compared this era with the Grand Siècle of Louis XIV, but a Grand Siècle of almost four centuries.
In Japan of Genji, that is, that of the 10th and 11th centuries.
The “celestial sovereign” or tenno, direct descendant of Amaterasu, the solar goddess, ruled a little less every day. In fact, as of the middle of the 10th century, the royal power shifted without violence to a clan of native politicians, the Fujiwara, who, without dethroning the tenon, were made with all their functions except the religious and “cultural” by the procedure of imposing – on him and his children – marriages with Fujiwara women. For almost one hundred and fifty years there is no emperor who does not have a Fujiwara for the first or even second and third wife, and it will be the father-in-law, brother, uncle or cousin of the empress who really takes the reins of the government through an administration parallel to the official one, but much more effective. Both Murasaki Shikibu, the author, and her husband belonged to a line of the numerous Fujiwara family.
In the times reflected in Murasaki’s novel, family life was extremely protocol in both the imperial palace and those of the nobles because of the use of the former over others and the imitative and competitive tendency that usually characterizes all strongly aristocratic societies. Despite the importance of the family, it does not seem that, unlike what has happened in other times, a source of pleasures and joys was seen in it.

The first 33 books of the work tell us this part of the story, at the end of which Genji and those around him see almost all his wishes fulfilled. The “shining prince” lives in a large mansion with almost all his women and is respected by everyone. The secret son of Genji and Fujitsubo, Reizei, rises to the imperial throne guarded by his “biological” father. Genji is interested in a lady, Akikonomu, daughter of Rokujo, one of her lovers, and makes her empress. The daughter of the protagonist and the lady of Akashi lives with her father and his favorite wife, Murasaki, who adopts her. As time goes by, she will also be Empress. In book 34 the witness moves on to the next generation, and the protagonism of other characters – Tamakazura, Yugiri, Kumoi no Kari, Kashiwagi – all of them more or less directly linked to Genji, who has already turned forty. In the following books and until 41, successes begin to count almost as much as failures. Kashiwagi, friend of Genji, dies embarrassed by his illicit relationship with the Third Princess, wife of the protagonist, from which a son, Kaoru, is born. Somehow history repeats itself, and what Genji did with his father’s wife, a friend does with his. The world surrounding the hero, which, at a certain moment, seemed perfect, has ceased to be, and begins to crack while Genji gradually loses control of it.
The last part of the narrative (books 42 to 54) takes place after Genji’s death, and the action moves from the capital, Heian, to a sleazy little village … The last ten books constitute what has been called “the Uji books », and they focus, as has been said, on the relationships established between five characters: Kaoru, Niou, and the three daughters of the banished Prince Hachi, the youngest of whom, Ukifune, becomes the last protagonist Feminine of the work.

If women are (and the same could be said of men), there is nothing worse than the one that, with four knowledge in tow, intends to wear them at all hours. I never considered a woman soaked in the Three Stories and the Five Classics, although I must confess that the total absence of culture does not appeal to me either. A sensible and awake woman can know and understand many things even if she is not a scholar. There are those that blur their letters with Chinese letters to the point that they seem written by a man! I am afraid that among the first-rate ladies of our court you will find more than two and more than three of this kind …
»Then there are those who think they are poets, and they learn whole anthologies by heart… When they write their letters, they are unable to write a sentence without referring to the classics, whether they come or not. And the worst part is that they expect the person who answers them to do the same. Behold, on the day of the feast of the Iris, the man has to go to court and, with his mind occupied by other matters, he does not think about the honored flower, but she sends him a letter full of subtle references to the root. incomparable or, if the chrysanthemum party approaches, to the dew that falls on the chrysanthemums … Poems that, on another occasion, might seem funny or emotional, are out of place, and only cause laughter. The woman who versifies in untimely moments is not a person of good taste. The lists pretend more ignorant than they are, and say half of what they could say …
They did not reach any definitive conclusion, although all seemed to give preference to women “in the middle class” when embarking on an adventure.

Genji lived in a cloud of happiness: intelligent women tend to be complicated, and, always about to be jealous, force men to be perpetually on guard. Instead, Murasaki was the perfect companion, a wonderful toy that always surprised him with his fantasy and sharpness. He would not have felt so comfortable and free from inhibitions with a daughter, because the intimacy between a father and a daughter does not cease to have its limits … Sometimes he had the impression that heaven had given him a real jewel!

Genji’s life had become a chain of setbacks and worries. If he continued to pretend that nothing was happening, the worst could end up happening, so he thought of the Suma coast: it was said that the main people had been living there, but now they had abandoned it and only a few cabins of a few fishermen remained and salt manufacturers. But if he decided to leave, would he be able to remove the affairs of the court from his head? And yet, the alternative – staying in the capital – seemed even worse. The prince, with twenty-six years old, was debated in a sea of doubts.
It was enough that he spent two days without seeing Murasaki so that he felt the most miserable of men and the same happened to her. He came to think of taking it with him, but the rigors that could be expected from life on the coast of Suma, where the only visits would be those of the wind and the waves, did not seem like the prize that the devotion to him of that fragile little lady deserved. Having her by his side would increase her care, although she, guessing his thoughts, let her know that he didn’t want her to leave her behind.

The Japanese koto (13-string zither) was now the excuse of his visits. At first, Tamakazura felt a little uncomfortable in her role as student of her “tutor”, but, when she realized that the chancellor did not take advantage of her role for other purposes, she began to accept her visits as normal and correct. Although when he was at his side, he was somewhat stiff and avoided any attitude that could smell like coquetry, the truth is that he liked his “teacher” more and more. Something had to be done.
Why not look for a husband but keep her in her palace and continue to visit her clandestinely? Tamakazura knew very little about men, and his attention bothered her, but, as soon as she was a little better informed about sex thanks to her husband, he would make his way defying the most careful guards and would make her his lover by force If necessary. Genji recognized, however, that this plan, although surely possible, was far from being honorable … The poor chancellor burned in desires and debated between contradictions.
Omi’s eccentricities were the talk of the court. Everyone thought about the daughter’s behavior that the minister had just taken out of his sleeve and almost no one favorably.
“I don’t like anything,” Genji said. I should have kept it hidden. He had no need to put her at home through the big door for everyone to make fun of her. To no Chujo has always acted in an impulsive way and probably made her go looking without first finding out what it was like. And when he was found here, he did what he could. Those situations require a lot of tact …

Over time the emperor’s features had only gained in beauty and expressiveness, and now he looked like Genji’s twin brother. And there was also Yugiri, three almost equal faces on the bodies of three different people … Maybe in Yugiri they missed the nobility and dignity of the emperor, but instead the son-in-law of the new chancellor wasted youthful burning and touched the flute like no one … And while accompanying with her the song that his brother-in-law Kobai was interpreting, many saw in both the symbol of the reconciliation of two great families.

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