El Valor De Las Cosas: Quién Produce Y Quién Gana En La Economía Global — Mariana Mazzucato / The Value of Everything: Making and Taking in the Global Economy by Mariana Mazzucato

Magnífico libro. Los argumentos de Mariana Mazzucato son básicamente dos. Primero, hemos equiparado el precio con el valor, pero gran parte del flujo de riqueza ahora no implica la creación de valor. En segundo lugar, el gobierno a menudo crea valor, especialmente haciendo o financiando investigaciones, así como construyendo infraestructura, pero esto no se cuenta en las evaluaciones actuales del PIB (producto interno bruto). En cuanto a lo primero: deja el valor algo indefinido, terminando el libro con una llamada para discutirlo más. Esperaba una postura más definida. Obviamente, gran parte de la riqueza generada hoy no se debe a la producción de valor. Ganar la lotería u otros juegos de azar es un ejemplo bastante obvio. Mazzucato se concentra más en las finanzas, y las formas en que las recompensas de los financieros se han desacoplado cada vez más de hacer algo útil y más y más mera inflación especulativa. También existe la economía rentista clásica: simplemente poseer un pedazo de tierra y aprovecharlo cada vez más a medida que se vuelve más valioso, sin hacer nada con él o con él. Todo esto es bastante justo, pero ¿dónde está la línea entre los servicios financieros necesarios (alguien tiene que depositar los ahorros y administrar el dinero) y los juegos de azar? En otra nota, ¿qué pasa con la guerra? La defensa es necesaria para la supervivencia nacional, pero la guerra es una pérdida neta de los recursos de todos.
En cuanto al lado del gobierno, Mazzucato no ofrece muchas estimaciones cuantitativas de cuánto valor crean o podrían crear realmente los gobiernos. Es mucho, seguramente: cita los casos de investigación e infraestructura, y hay mucho más, por ejemplo, salud pública (crear una fuerza laboral viable). Pero necesitamos una mejor cuantificación.
Sorprendentemente ausente está cualquier consideración de la enorme pérdida de riqueza y valor causada por el acaparamiento de dinero en cuentas secretas o cuasi secretas en el extranjero, eludir impuestos, invertir en bienes inmuebles y coleccionables, y el crimen absoluto. Aún más extraña es la muy delgada referencia a la economía de subsidios. Hoy en día, una historia económica dominante en todo el mundo es que los intereses desactualizados o francamente malvados presionan a los gobiernos para obtener grandes donaciones para mantenerlos viables frente a la competencia o las represiones. Big Oil es el jugador más grande. Los combustibles fósiles se habrían eliminado por mucho tiempo debido a la competencia con las energías renovables si Big Oil no se hubiera apoderado de gobiernos enteros y hubiera presionado a otros para que mantuvieran una vasta red de recortes de impuestos, refugios fiscales, subsidios directos, subsidios indirectos y, sobre todo, los concedidos por el gobierno derecho a externalizar los costos reales de producción al imponer a los contribuyentes los costos de limpiar la contaminación y los derrames. Dado que los combustibles fósiles matan a miles (o decenas de miles) de personas por año al contaminar el medio ambiente, este es un ahorro sustancial.
Otro ejemplo es la agricultura industrial de monocultivos a gran escala. Todas las autoridades coinciden en que no es viable a largo plazo. Necesitamos comenzar a regresar a granjas más pequeñas y diversificadas. Pero vastos subsidios del gobierno van a las gigantes empresas de agronegocios. Mucho menos va a los pequeños agricultores.
Las municiones, los juegos de azar, las sombrías empresas farmacéuticas, el carbón y otras actividades mineras, y muchos otros intereses marginales presionan y obtienen subsidios y acuerdos amorosos. Todo esto implica la destrucción del valor.
Mazzucato aboga firmemente por considerar al gobierno como un productor de valor y NO contar la especulación pura como tal. Ella tiene muchas otras buenas sugerencias. Seguir su consejo nos llevaría a parte del camino hacia el éxito, pero tendríamos que abordar las cuentas bancarias en el extranjero y las oficinas centrales de la empresa y la economía de subsidios para llegar mucho más lejos.
La imagen resultante, agregando esto a las revelaciones de Mazzucato sobre finanzas y privatización, muestra que la economía mundial es altamente ineficiente. Podría estar generando mucho más valor para nosotros, la gente común, sin destruir el planeta. Tal como están las cosas, estamos ante una catástrofe planetaria sin mucho que mostrar.

En el proceso, la ciudadanía no debería confundirse con un cliente. Como ciudadanos, tenemos derecho a disfrutar de las oportunidades de la innovación, a utilizar el espacio público, a ser capaces de contestar a la autoridad, y a compartir experiencias y gustos sin que nuestras hisotiras y preferencias acaben en una web en una base de datos. Hay varias posibilidades:

A: Se apreovechan de lo que escribo para lucrarse. Se provoca esta situación.
B: El sujeto de afuera está manipulado mediante psicología o neurociencia.
C: Desconoce hasta que punto esa situación agrede a la persona que recibe ese golpe sobre su privacidad
D: En un mundo gobernado por datos, no existen la casualidades, el culpable es él y alguna persona que prioriza sus intereses por encima de la tranquilidad y la salud del individuo que escribe.
R. Puedes redactar una mejor:
La universidad también está implicada. Todas son verdaderas.

Este es un ejemplo real de lo comentado en el párrafo entrecomillado. Es un libro para estudiar profundamente. Si es posible, acompañado de alguien con conocimientos de la materia. O para pensar en muchas de las consecuencias de todo lo que dice.

Entre 1975 y 2017 el producto interior bruto (PIB) real de Estados Unidos —el tamaño de la economía ajustado por la inflación— más o menos se triplicó: pasó de 5,49 a 17,29 billones de dólares. Durante ese periodo la productividad creció alrededor de un 60 por ciento. Sin embargo, desde 1979 los sueldos por hora reales de la gran mayoría de los trabajadores estadounidenses se han estancado o incluso reducido.
Apple y otras empresas ignoran de manera conveniente el pionero papel del Gobierno en lo que concierne a las nuevas tecnologías. Apple ha declarado sin vergüenza que su contribución a la sociedad no debería procurarse a través de impuestos, sino mediante el reconocimiento de sus magníficos artilugios. Pero ¿de dónde procede la tecnología inteligente que hay detrás de esos artilugios? De los fondos públicos. Internet, el GPS, la pantalla táctil, SIRI y el algoritmo que utiliza Google han sido financiados por instituciones públicas. Por lo tanto, ¿no debería el contribuyente recibir algo a cambio, más allá de una serie de aparatos ciertamente brillantes?.
Apple es la empresa del mundo con mayor capitalización bursátil. En 2015 retuvo una gran cantidad de efectivo y de depósitos fuera de Estados Unidos, cuyo valor ascendía a 187.000 millones de dólares—aproximadamente, el tamaño de la economía de la República Checa ese año—,para evitar pagar en aquel país los impuestos que habrían sido aplicables si hubiese repatriado el dinero. Conforme a un acuerdo con Irlanda que se remonta a 1991, dos subsidiarias irlandesas de Apple recibieron un tratamiento fiscal muy generoso. Las subsidiarias eran Apple Sales International (ASI), que registraba todos los beneficios logrados por ventas de iPhones y otros aparatos de Apple en Europa, Oriente Medio, África e India, y Apple Operations Europe, que fabricaba ordenadores. Apple transfería los derechos de desarrollo de sus productos a ASI por una cantidad nominal, privando así a los contribuyentes estadounidenses de los ingresos procedentes de tecnologías incluidos en los productos Apple, cuyo primer desarrollo había financiado previamente el contribuyente. La Comisión Europea sostuvo que el tipo máximo pagable por los beneficios registrados a través de Irlanda, sujetos a imposición, era del 1 por ciento, si bien en 2014 los impuestos que pagó Apple habían sido del 0,005 por ciento. En Irlanda, el tipo normal del impuesto de sociedades es el 12,5 por ciento.
Es más, en realidad, a efectos fiscales estas subsidiarias «irlandesas» de Apple no residen en ninguna parte. Ello se debe a que han explotado las discrepancias existentes entre las definiciones de residencia irlandesa y estadounidense. Casi todos los beneficios logrados por las subsidiarias fueron asignados a sus «oficinas centrales», que solo existían en el papel.
La alquimia de los tomadores frente a los hacedores, a la que se refirió «Big» Bill Haywood en la década de 1920, sigue produciéndose hoy.

Según la opinión predominante, los precios se fijan por la oferta y la demanda, y cualquier desviación de lo que se estima que es el precio competitivo (basado en los ingresos marginales) tiene que deberse a alguna imperfección que, si se elimina, dará lugar a una distribución correcta de ingresos entre los actores. La posibilidad de que ciertas actividades ganen rentas de manera continua porque se perciben como valiosas, aunque en realidad bloquean la creación de valor o destruyen el valor existente, apenas se discute.
De hecho, para los economistas no hay más historia que la de la teoría subjetiva del valor. La idea de que podemos conformar los mercados tiene consecuencias importantes. Podemos crear una economía mejor si comprendemos que los mercados son el resultado de decisiones tomadas en las empresas, en las organizaciones públicas y en la sociedad civil.

Apenas pasa un día sin que los políticos, los medios o los expertos opinen sobre el estado del PIB de un país, la medida que se utiliza para calcular la producción de bienes y servicios en una economía: la «riqueza de las naciones». El éxito o el fracaso —reales o imaginarios— en la gestión del PIB pueden decidir el futuro de gobiernos y carreras. Si cae durante más de dos trimestres consecutivos, se oyen gritos de «recesión». Si la caída se mantiene a lo largo de un año, es una depresión.
En la actualidad, la influencia de la utilidad marginal en la medición de la actividad económica y el crecimiento es importante. Afecta a las razones por las que determinadas actividades económicas se estiman productivas.

Se abusó de la titularización, en ocasiones de maneras que rozaban el fraude, y ese abuso sin duda influyó a los reguladores en los años posteriores a la crisis financiera. La transformación de créditos de calidad relativamente baja en títulos con una calificación de triple A tuvo lugar en gran medida porque las agencias de calificación crediticia otorgaban valoraciones altas a titularizaciones de deuda de baja calidad de manera rutinaria, subestimando la probabilidad de impago, sobre todo en las hipotecas residenciales. Para estar doblemente seguros de que sus altos rendimientos se hallaban protegidos de un riesgo comparablemente alto, los bancos «transferían» su riesgo mediante la asignación de la deuda titularizada a «sociedades instrumentales» (special purpose vehicles, o SPV, en inglés), cuyos pasivos no aparecían en las hojas de balance del banco.
A finales del siglo XX, las finanzas se percibían como mucho más productivas que antes. Además, se volvieron cada vez más valiosas para las autoridades, para mantener el crecimiento económico y gestionar la desigualdad en la riqueza y los ingresos. El coste supuso una deuda creciente de los hogares y una dependencia del Gobierno cada vez mayor de los ingresos fiscales procedentes del sector financiero.
Ignorar la cuestión del valor en relación con las finanzas es, por lo tanto, muy irresponsable. Pero al final, el verdadero reto no consiste en etiquetar estas como creadoras de valor o como extractoras de valor, sino en transformarlas de manera fundamental para que sean de verdad creadoras de valor. Esto requiere prestar atención a características como el marco temporal.
La regulación más estricta de las actividades que causaron la última quiebra ha alentado a los bancos a buscar maneras de sortear las nuevas limitaciones, mientras al mismo tiempo presionan para relajarlas (excepto en los casos en los que, de manera conveniente, estas mantienen alejados a los nuevos competidores). Esto ha llevado a que las «instituciones financieras no bancarias», o la «banca en la sombra», menos sometidas a regulación, se expandan allí donde los bancos han sido obligados a contraerse.

Cuando hablamos de finanzas deberíamos tener en cuenta sus muy diferentes formas. Aunque las actividades tradicionales, como los préstamos bancarios, siguen siendo importantes, se han visto eclipsadas por otras. Una es la «banca en la sombra», un término acuñado en 2007 para describir los distintos intermediarios financieros que llevan a cabo actividades semejantes a las bancarias, pero que no se hallan regulados como los bancos. Entre ellos se encuentran los prestamistas, los prestamistas del día de paga, los prestamistas de igual a igual, los prestamistas hipotecarios, los sistemas de pago móvil, las plataformas de transacciones de bonos… Las firmas de capital de inversión constituyen un caso de estudio para entender cómo los gestores de fondos aumentan su probabilidad de conseguir beneficios. Las firmas de capital de inversión también cobran comisiones anuales de gestión de alrededor del 2 por ciento. Durante la vida de un fondo, de por ejemplo diez años, esta comisión representa un compromiso del 20 por ciento, lo que solo deja el 80 por ciento realmente libre para conseguir un retorno. De modo que los socios limitados, como los inversores, en fondos mutuos o en fondos de alto riesgo, empiezan teniendo que recuperar un coste implícito, lo cual es difícil de lograr. Es más, como reveló The New York Times en 2015, algunas empresas en las que invierten las firmas de capital de inversión acaban pagando comisiones a estas últimas durante años, aun después de que estas hayan salido a bolsa de nuevo. La paga de los ejecutivos debe mantenerse bajo control. Para eso tiene que entenderse que hay muchas otras partes interesadas que resultan vitales para la creación de valor, desde los trabajadores y el Estado hasta los movimientos de la sociedad civil. La reinversión de los beneficios en la economía real —en lugar de acumularlos o de llevar a cabo una recompra de acciones— debería ser una condición indispensable para recibir cualquier clase de apoyo gubernamental, ya fuera por medio de subsidios o mediante concesiones o préstamos gubernamentales.

Es difícil imaginar el crecimiento económico sin innovación. Pero la innovación debe estar dirigida de manera adecuada para asegurar que lo que se produce, y cómo se produce, genera creación de valor y no trucos que faciliten la apropiación de valor. Ello significa prestar atención tanto al ritmo y el sentido de la innovación (lo que se produce) como a los tratos que se cierran entre los distintos creadores de ese nuevo valor.
En primer lugar, resulta fundamental comprender que la innovación no es un concepto neutral. Puede utilizarse para distintos fines.
En segundo lugar, la innovación tiene un ritmo y un sentido. Un debate democrático sobre este aspecto es igual de importante que los que tienen lugar sobre la tasa de crecimiento, además de ser clave para comprender los muchos caminos que puede seguir la innovación, y cómo las medidas políticas les afectan. Se asume que la política debería servir para «igualar las condiciones de juego». Pero lograr un crecimiento liderado por la innovación y una innovación de determinada clase (por ejemplo, una que pueda considerarse verde) no requiere igualar las condiciones de juego, sino cambiarlas. Y aún más, no solo exige una mentalidad política diferente, sino una estructura organizativa distinta: la capacidad de explorar, experimentar y deliberar estratégicamente en el sector público.
En tercer lugar, como se sostiene en la sección anterior, la innovación se produce de manera colectiva y, por lo tanto, los beneficios deberían compartirse del mismo modo.
Una cuestión clave que se halla detrás de todas estas consideraciones es la contribución del Gobierno al crecimiento económico: el valor público. ¿Por qué, históricamente, los economistas no se han referido a él? Y, más importante aún, ¿por qué ahora los gobiernos han perdido la confianza para luchar por el valor público si antes limitaban el ámbito de las patentes o presionaban a los monopolios para que reinvirtieran los beneficios?.
En resumen, solo pensando a lo grande y de manera diferente puede el Gobierno crear valor. Y esperanza.

La crisis financiera global, que empezó en 2008 y cuyas repercusiones seguirán teniendo eco en todo el mundo durante los próximos años, ha suscitado una miríada de críticas al sistema capitalista moderno, como que es demasiado «especulativo», que recompensa a «captadores de rentas» por encima de verdaderos «creadores de riqueza», y que ha permitido el rampante crecimiento de las finanzas, dando pie a que intercambios especulativos de activos financieros sean más recompensados que inversiones que llevan a la creación de nuevos activos físicos y de empleo. Han cogido fuerza los debates sobre el crecimiento insostenible y se han expresado preocupaciones no solo por la tasa de crecimiento, sino también por su dirección.
Entre las propuestas de reformas profundas de este sistema «disfuncional» están hacer que el sector financiero se centre más en inversiones a largo plazo, cambiar las estructuras de gobernanza de las corporaciones, de tal modo que estén menos centradas en el precio de sus acciones y los beneficios trimestrales, elevar los impuestos a las transacciones.
En los sectores de las tecnologías de la información, la telecomunicación y el mundo digital, es necesario pensar más acerca del sistema impositivo adecuado para empresas como Uber y Airbnb, que nunca habrían existido sin la tecnología financiada con dinero público, como el GPS e internet, y que explotaron los efectos de red para crear sus ventajas, potencialmente muy rentables, de ser los primeros. Debería quedar claro que mucha gente —no solo los empleados de la empresa— han contribuido a su ventaja competitiva. El modo en que gobernamos la tecnología afecta a quién comparte los beneficios. La revolución digital requiere democracia participativa, poner en el centro del cambio tecnológico al ciudadano, no a las grandes empresas o al gran Gobierno.

La pregunta sigue siendo qué dirección debería tomar la economía para beneficiar al mayor número de personas. El crecimiento máximo del PIB, contesta una respuesta estándar actual, demasiado vulgar como para servir de ayuda, oculta todas las preguntas serias sobre el valor. Otra respuesta común reside en la probidad fiscal, que los gobiernos gobiernen con presupuestos equilibrados o, incluso, como en el caso de Alemania, con superávit. Esto, sin embargo, no solo es algo vulgar sino equivocado. El objetivo de reducción de los déficits del Gobierno tras la recesión de 2009 aún impide una recuperación adecuada de la economía europea. Un déficit fiscal bajo representa un objetivo erróneo. La cuestión real reside en cómo pueden crear crecimiento a largo plazo el Gobierno y sus inversiones. De hecho, una manera clave de enfrentar algunos de los problemas más acuciantes de la sociedad actual es aprender las lecciones de periodos históricos en los que se desplegaron osadas ambiciones para afrontar difíciles problemas tecnológicos.
¿Qué clase de economía queremos? Para responder a esta pregunta podemos decidir cómo conformar nuestras actividades económicas y llevar las actividades que cumplen esos objetivos al interior del límite de producción, para que sean recompensadas por encaminar el crecimiento de la manera que consideremos deseable. Y mientras tanto, también podemos hacer más por reducir las actividades que consisten puramente en capturar rentas y por vincular de manera más cuidadosa las recompensas a la actividad verdaderamente productiva.

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Mariana Mazzucato’s arguments are basically two. First, we have equated price with value, but much wealth flow now involves no creation of value. Second, government often creates value, especially by doing or funding research as well as by building infrastructure, but this isn’t counted in current assessments of GDP (gross domestic product). As to first: she leaves value somewhat undefined, ending the book with a call to discuss it more. I was hoping for a more definite stance. Obviously, much of the wealth generated today is not due to producing value. Winning the lottery or other gambling is a pretty obvious example. Mazzucato concentrates more on finance, and the ways financiers’ rewards have become more and more decoupled from doing anything useful and more and more mere speculative inflation. There is also the classic rentier economy: simply owning a piece of land and making more and more out of it as it becomes more valuable, without doing anything to or with it. All this is fair enough, but where is the line between necessary financial services (somebody has to bank savings and manage money) and gambling? On another note, what about war? Defense is necessary for national survival, but war is a net drain on everyone’s resources.
As to the government side, Mazzucato does not give many quantitative estimates of how much value governments actually create or could create. It’s a lot, surely–she cites the research and infrastructure cases, and there is much more, for instance public health (creating a viable workforce). But we need better quantification.
Surprisingly absent is any consideration of the huge drain on wealth and value caused by hoarding money in offshore secret or quasi-secret accounts, dodging taxes, investing in real estate and collectibles, and outright crime. Even odder is the very thin reference to the subsidy economy. Today, a dominant economic story worldwide is for outdated or downright evil interests to lobby governments for huge handouts to keep them viable in the face of competition or crackdowns. Big Oil is the biggest player. Fossil fuels would long have been phased out due to competition with renewables if Big Oil had not taken over whole governments and lobbied others to maintain a vast network of tax cuts, tax shelters, direct subsidies, indirect subsidies, and above all the government-granted right to externalize the real costs of production by sticking the taxpayers with the costs of cleaning up pollution and spills. Since fossil fuels kill thousands (or tens of thousands) of people per year by polluting the environment, this is a substantial saving.
Another case in point is large-scale monocrop industrial agriculture. All authorities agree it is not viable for the long term. We need to start moving back to smaller, diversified farms. But vast government subsidies go to the giant agribusiness firms. Very much less goes to small farmers.
Munitions, gambling, shady drug firms, coal and other mining, and plenty of other marginal interests lobby and get subsidies and sweetheart deals. All this involves the destruction of value.
Mazzucato strongly advocates counting government as a value producer and NOT counting pure speculation as such. She has many other good suggestions. Following her advice would get us part of the way to success, but we would need to address offshore bank accounts and firm headquarters and the subsidy economy to get much farther.
The resulting picture–adding this to Mazzucato’s revelations about finance and privatization–show that the world economy is highly inefficient. It could be generating much more value for us ordinary people, without destroying the planet. As it is, we are looking at planetary catastrophe with nothing much to show for it.

In the process, citizenship should not be confused with a client. As citizens, we have the right to enjoy the opportunities of innovation, to use public space, to be able to answer authority, and to share experiences and tastes without our stories and preferences ending up on a website in a database. There are several possibilities:

A: They make use of what I write to profit. This situation is caused.
B: The outside subject is manipulated by psychology or neuroscience.
C: You do not know to what extent that situation aggravates the person who receives that blow on their privacy
D: In a world governed by data, there are no coincidences, the culprit is he and someone who prioritizes their interests over the tranquility and health of the individual who writes.
A. You can write a better one:
The university is also involved. All are true.

This is a real example of the comments in the quoted paragraph. It is a book to study deeply. If possible, accompanied by someone with knowledge of the subject. Or to think about many of the consequences of everything he says.

Between 1975 and 2017, the real gross domestic product (GDP) of the United States – the size of the economy adjusted for inflation – more or less tripled: it increased from 5.49 to 17.29 trillion dollars. During that period, productivity grew by about 60 percent. However, since 1979 the real hourly wages of the vast majority of American workers have stagnated or even reduced.
Apple and other companies conveniently ignore the pioneering role of the Government in regard to new technologies. Apple has stated without shame that its contribution to society should not be procured through taxes, but through the recognition of its magnificent contraptions. But where does the smart technology behind these gadgets come from? Of the public funds. Internet, GPS, touch screen, SIRI and the algorithm that Google uses have been funded by public institutions. Therefore, shouldn’t the taxpayer receive something in return, beyond a series of certainly brilliant devices?
Apple is the company with the largest market capitalization in the world. In 2015, it retained a large amount of cash and deposits outside the United States, the value of which amounted to 187,000 million dollars – approximately, the size of the economy of the Czech Republic that year -, to avoid paying taxes in that country. been applicable if you had repatriated the money. Under an agreement with Ireland dating back to 1991, two Irish subsidiaries of Apple received a very generous tax treatment. The subsidiaries were Apple Sales International (ASI), which recorded all the benefits achieved by sales of iPhones and other Apple devices in Europe, the Middle East, Africa and India, and Apple Operations Europe, which manufactured computers. Apple transferred the development rights of its products to ASI for a nominal amount, thereby depriving US taxpayers of revenues from technologies included in Apple products, whose first development had previously been financed by the taxpayer. The European Commission argued that the maximum rate payable for benefits recorded through Ireland, subject to taxation, was 1 percent, although in 2014 the taxes paid by Apple had been 0.005 percent. In Ireland, the normal corporate tax rate is 12.5 percent.
Moreover, in reality, for tax purposes these “Irish” subsidiaries of Apple do not reside anywhere. This is because the discrepancies between the definitions of Irish and US residence have exploded. Almost all of the benefits achieved by subsidiaries were assigned to their “headquarters”, which only existed on paper.
The alchemy of policyholders in front of the makers, referred to by “Big” Bill Haywood in the 1920s, continues today.

According to the prevailing opinion, prices are fixed by supply and demand, and any deviation from what is estimated to be the competitive price (based on marginal revenue) must be due to some imperfection that, if eliminated, will result to a correct distribution of income among the actors. The possibility of certain activities earning income on an ongoing basis because they are perceived as valuable, although they actually block the creation of value or destroy existing value, is hardly discussed.
In fact, for economists there is no more history than that of the subjective theory of value. The idea that we can shape the markets has important consequences. We can create a better economy if we understand that markets are the result of decisions made in companies, in public organizations and in civil society.

Just a day goes by without politicians, the media or experts giving their opinion on the state of the GDP of a country, the measure used to calculate the production of goods and services in an economy: the “wealth of nations.” Success or failure – real or imaginary – in the management of GDP can decide the future of governments and careers. If it falls for more than two consecutive quarters, cries of “recession” are heard. If the fall is maintained over a year, it is a depression.
At present, the influence of marginal utility in the measurement of economic activity and growth is important. It affects the reasons why certain economic activities are considered productive.

Securitization was abused, sometimes in ways that touched on fraud, and that abuse certainly influenced regulators in the years after the financial crisis. The transformation of relatively low quality credits into securities with a triple A rating took place largely because credit rating agencies gave high ratings to low-quality debt securitizations routinely, underestimating the probability of default, especially in residential mortgages To be doubly sure that their high yields were protected from a comparablely high risk, banks “transferred” their risk by assigning the securitized debt to “instrumental companies” (special purpose vehicles, or SPV), whose liabilities did not appear on the bank’s balance sheets.
At the end of the 20th century, finances were perceived as much more productive than before. In addition, they became increasingly valuable to the authorities, to maintain economic growth and manage inequality in wealth and income. The cost implied an increasing debt of households and an increasing dependence on the Government of fiscal revenues from the financial sector.
Ignoring the issue of value in relation to finance is, therefore, very irresponsible. But in the end, the real challenge is not to label these as creators of value or as value extractors, but in fundamentally transforming them so that they are truly creators of value. This requires paying attention to features such as the time frame.
The stricter regulation of the activities that caused the last bankruptcy has encouraged banks to look for ways to circumvent the new limitations, while at the same time pushing to relax them (except in cases where, conveniently, they keep them away from the new competitors). This has led to “non-bank financial institutions”, or “shadow banking”, less subject to regulation, expanding where banks have been forced to contract.

When we talk about finances we should consider their very different forms. Although traditional activities, such as bank loans, remain important, they have been overshadowed by others. One is “shadow banking”, a term coined in 2007 to describe the different financial intermediaries that carry out banking-like activities, but which are not regulated like banks. Among them are lenders, payday lenders, peer-to-peer lenders, mortgage lenders, mobile payment systems, bond transaction platforms … Investment capital firms are a case of Study to understand how fund managers increase their likelihood of making profits. Investment capital firms also charge annual management fees of around 2 percent. During the life of a fund, for example ten years, this commission represents a 20 percent commitment, which only leaves 80 percent really free to get a return. So limited partners, such as investors, in mutual funds or in high-risk funds, start having to recover an implicit cost, which is difficult to achieve. Moreover, as The New York Times revealed in 2015, some companies in which investment capital firms invest end up paying commissions to the latter for years, even after they have gone public again. Executive pay must be kept under control. For that it has to be understood that there are many other stakeholders that are vital for the creation of value, from workers and the State to civil society movements. The reinvestment of benefits in the real economy – instead of accumulating them or carrying out a repurchase of shares – should be an indispensable condition for receiving any kind of government support, either through subsidies or through government grants or loans.

It´s hard to imagine economic growth without innovation. But innovation must be adequately directed to ensure that what is produced, and how it is produced, generates value creation and not tricks that facilitate the appropriation of value. This means paying attention to both the pace and the sense of innovation (what is produced) and the dealings that are closed between the different creators of that new value.
First, it is essential to understand that innovation is not a neutral concept. It can be used for different purposes.
Second, innovation has a rhythm and a meaning. A democratic debate on this aspect is just as important as those taking place on the growth rate, as well as being key to understanding the many paths that innovation can follow, and how political measures affect them. It is assumed that the policy should serve to “match the playing conditions.” But achieving growth led by innovation and innovation of a certain class (for example, one that can be considered green) does not require matching game conditions, but changing them. And even more, it not only demands a different political mentality, but a different organizational structure: the ability to explore, experiment and deliberate strategically in the public sector.
Third, as argued in the previous section, innovation occurs collectively and, therefore, the benefits should be shared in the same way.
A key issue behind all these considerations is the Government’s contribution to economic growth: public value. Why, historically, economists have not referred to him? And, more importantly, why have governments now lost confidence to fight for public value if they previously limited the scope of patents or pressured monopolies to reinvest the benefits?
In short, only thinking big and differently can the Government create value. And hope.

The global financial crisis, which began in 2008 and whose repercussions will continue to echo throughout the world over the next few years, has sparked a myriad of criticisms of the modern capitalist system, such as being too “speculative,” which rewards “revenue collectors. »Above true« wealth creators », and that has allowed the rampant growth of finances, giving rise to speculative exchanges of financial assets are more rewarded than investments that lead to the creation of new physical and employment assets. Discussions on unsustainable growth have gained strength and concerns have been expressed not only for the growth rate, but also for its direction.
Among the proposals for deep reforms of this “dysfunctional” system are to make the financial sector focus more on long-term investments, change the governance structures of corporations, so that they are less focused on the price of their shares and quarterly benefits, raise taxes on transactions.
In the sectors of information technology, telecommunications and the digital world, it is necessary to think more about the tax system suitable for companies such as Uber and Airbnb, which would never have existed without technology financed with public money, such as GPS and internet , and that exploited the network effects to create its potentially very profitable advantages of being the first. It should be clear that many people – not just the company’s employees – have contributed to their competitive advantage. The way we govern technology affects who shares the benefits. The digital revolution requires participatory democracy, putting the citizen at the center of the technological change, not the big companies or the big government.

The question remains what direction the economy should take to benefit the greatest number of people. Maximum GDP growth, answers a current standard response, too vulgar to help, conceals all serious questions about value. Another common response lies in fiscal probity, which governments govern with balanced budgets or, even, as in the case of Germany, with surpluses. This, however, is not only vulgar but wrong. The goal of reducing government deficits after the 2009 recession still prevents an adequate recovery of the European economy. A low fiscal deficit represents an erroneous objective. The real issue is how the Government and its investments can create long-term growth. In fact, a key way to face some of the most pressing problems of today’s society is to learn the lessons of historical periods in which bold ambitions were deployed to face difficult technological problems.
What kind of economy do we want? To answer this question we can decide how to shape our economic activities and bring the activities that meet those objectives within the production limit, so that they are rewarded for directing growth in the way we deem desirable. And in the meantime, we can also do more to reduce activities that consist purely of capturing incomes and more carefully linking rewards to truly productive activity.

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