El Viajero, La Torre Y La Larva. El Lector Como Metáfora — Alberto Manguel / The Traveler, the Tower, and the Worm: The Reader as Metaphor by Alberto Manguel

Alberto Manguel es uno de los bibliófilos más devotos del mundo y por esa razón no puedo ser totalmente objetivo cuando lo leo. Su pasión palpable por la palabra escrita ha llenado volumen tras volumen a lo largo de los años, como ensayista, novelista, antólogo, historiador, académico, editor y traductor. Aquí ha recopilado una serie de conferencias que exploran las fuentes y las ramificaciones de tres metáforas clásicas del lector: el lector como viajero, como residente de una torre de marfil y como gusano de los libros. Hay 15 páginas de notas para un texto de solo 120 páginas que sugieren la densidad de las alusiones en la página. Y aquí radica la debilidad del libro: se siente como una pieza de investigación valiente sin ser particularmente esclarecedor u original. Se dedica un capítulo entero a Hamlet, pero esto tiene más que ver con la idea del intelectual independiente que no puede actuar, pero parece tener poco que ver con los lectores per se y presume que Hamlet es un intelectual más que un hombre que puede ” Tomar una decisión. Los argumentos se pueden presentar en este caso, pero el capítulo todavía parece un desvío innecesario.

De manera similar, sus capítulos sobre el lector como viajero se vuelven un poco densos en las metáforas del departamento de metáforas y requieren un gran enfoque con poca recompensa. Por supuesto, se esparcieron gemas de información a lo largo del texto y sus secciones sobre el gusano del libro fueron ingeniosas y convincentes, especialmente porque usaron a Emma Bovary y Don Quioxte como ejemplos de lectores engañados. Pero esto tiene que reducirse como uno de los esfuerzos más ligeros de Manguel, no sin mérito, pero tampoco es esencial.

Hasta donde sabemos, somos la única especie para la que el mundo parece estar compuesto de historias. Puesto que nuestro desarrollo biológico nos hace conscientes de nuestra existencia, tratamos nuestras identidades percibidas y la identidad del mundo que nos rodea como si requirieran de un desciframiento literario, como si un código que debemos memorizar y entender representara todo lo que existe en el universo. Las sociedades humanas se basan en este supuesto: somos capaces, hasta un cierto grado, de entender el mundo en el que vivimos.

El libro es muchas cosas. Un receptáculo de la memoria, un medio para superar las limitantes del tiempo y el espacio, un lugar para la reflexión y la creatividad, un archivo de nuestra experiencia y la de los otros, una fuente de iluminación, de felicidad y, en ocasiones, de consuelo, una crónica de eventos pasados, presentes y futuros, un espejo, un compañero, un maestro, una convocatoria de los muertos, un divertimento; el libro en sus muchas encarnaciones, de la tableta de arcilla a la página electrónica, ha servido por mucho tiempo como una metáfora de muchos de nuestros conceptos y empresas esenciales. Prácticamente desde la invención de la escritura, hace más de cinco mil años, los signos que representaban palabras que, a su vez, expresaban (o intentaban expresar) nuestro pensamiento se presentaron a sus usuarios como modelos o imágenes de cosas tan intrincadas y azarosas, tan concretas o tan abstractas como el mundo en que vivimos e incluso como la vida misma. Si bien sus orígenes están en Mesopotamia, la metáfora precisa que relaciona la palabra con el mundo se fijó, en la tradición judía, en algún momento cercano al siglo VI a.E.C. Los antiguos judíos, que carecían casi por completo de un vocabulario que expresara ideas abstractas, solían preferir el uso metafórico de sustantivos concretos para esas ideas antes que inventar nuevas palabras para los nuevos conceptos, dotando así a estos sustantivos de un significado moral y espiritual.6 Por lo tanto, para la idea compleja de vivir de manera consciente en el mundo e intentar obtener de él el significado con el que Dios lo dotó, tomaron prestada la imagen del volumen que contenía la palabra de Dios, la Biblia o “los Libros”. Aun así, desde los primeros días de Gilgameš, se puede decir que si bien los lectores somos viajeros, no somos pioneros: el camino que tomamos ya ha sido pisado y los mapas del campo se han trazado ya (incluso cuando en los días del hipertexto, en algunos casos, el lector pueda modificar los mapas). Al ser conscientes de la superación de las limitantes de la geografía física y el tiempo histórico, los lectores permiten otra geografía y otra historia conforme avanzan por el texto, un espacio y un tiempo que pertenecen a la narrativa textual y que se recrean en los ojos de los lectores.

Incluso hoy en día, la imagen de la torre de marfil, en ocasiones, conserva la connotación de permitir al intelectual retirarse del mundo con el único fin de asumirlo mejor. En 1966, el dramaturgo y novelista austriaco Peter Handke dictó una ponencia en Princeton titulada “Soy un habitante de la torre de marfil”, en la que oponía su escritura a la literatura alemana que la precedió. La doble imagen de la torre de marfil, como un refugio de estudiosa reclusión (con los peligros concomitantes) y como un escondite de la responsabilidad y la acción (con la culpa consiguiente), quizá encuentre su mejor ejemplo en las contradicciones que generaciones de lectores han percibido en el procrastinador, impulsivo, meditativo, violento, filosófico e impulsivo príncipe Hamlet.

Como Cervantes, Flaubert intuía el poder esencial de la ficción, su capacidad extraordinaria para recrear y transmitir nuestra experiencia de “la cosa en sí”. También sabía que no necesariamente aprendemos los principios de nuestro comportamiento a través de la acción material sino de historias en las que ocurre este comportamiento, con sus muchas causas y consecuencias posibles. En el escenario que establece el texto, nos vemos comportarnos en una multitud de formas y podemos, como continuamente sucede, aprender algo de lo que vemos. En este sentido, la ficción es ejemplar, y si la aparente infinidad de tramas no termina con las posibilidades de nuestros tratos con el mundo, quizá una parte, cierto episodio o personaje, un detalle particular de una historia, iluminará el punto de inflexión de nuestras vidas. Somos criaturas lectoras, ingerimos palabras, estamos hechos de palabras, sabemos que las palabras son nuestro medio de estar en el mundo, y es a través de las palabras que identificamos nuestra realidad y a través de ellas que nos identificamos a nosotros mismos.

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Alberto Manguel is one of the world’s most devoted bibliophiles and for that reason I cannot be totally objective when i read him. His palpable passion for the written word has filled volume after volume over the years, as essayist, novelist, anthologist, historian, academic, editor, translator. Here he has collected a series of lectures exploring the sources and ramifications of three classic metaphors of the reader: the reader as traveler, as resident of an ivory tower and as book worm. There are 15 pages of notes for a text of a mere 120 pages suggesting the density of allusions on the page. And herein lies the weakness of the book: it feels like a bravura piece of research without being particularly enlightening or original. A whole chapter is devoted to Hamlet but this has more to do with the idea of the detached intellectual who can’t act but seems to have little to do with readers per se and presumes Hamlet is an intellectual rather than just a man who can’t make up his mind. Arguments can be made back and forth on this one, but the chapter still feels like an unnecessary detour.

Similarly his chapters on the reader as traveler becomes a little dense in the metaphors of metaphors department and required a great deal of focus with little payoff. Gems of insight are sprinkled throughout the text of course and his sections on the book worm was witty and convincing, especially as it used Emma Bovary and Don Quioxte as examples of deluded readers. But this has to go down as one of Mr Manguel’s slighter efforts, not without merit but not essential either.

As far as we know, we are the only species for which the world seems to be made up of stories. Since our biological development makes us aware of our existence, we treat our perceived identities and the identity of the world around us as if they require a literary decipherment, as if a code that we must memorize and understand represents everything that exists in the universe. Human societies are based on this assumption: we are able, to a certain degree, to understand the world in which we live.

The book is many things. A receptacle of memory, a means to overcome the limitations of time and space, a place for reflection and creativity, an archive of our experience and that of others, a source of enlightenment, happiness and, sometimes, of consolation, a chronicle of past, present and future events, a mirror, a classmate, a teacher, a call for the dead, a diversion; The book in its many incarnations, from the clay tablet to the electronic page, has long served as a metaphor for many of our essential concepts and businesses. Practically since the invention of writing, more than five thousand years ago, the signs that represented words that, in turn, expressed (or tried to express) our thoughts were presented to their users as models or images of such intricate and random things, as concrete or as abstract as the world we live in and even as life itself. Although its origins are in Mesopotamia, the precise metaphor that relates the word to the world was set, in Jewish tradition, sometime close to the sixth century B.C.E.C. The ancient Jews, who almost completely lacked a vocabulary that expressed abstract ideas, used to prefer the metaphorical use of concrete nouns for those ideas rather than inventing new words for the new concepts, thus giving these nouns a moral and spiritual meaning. 6 Therefore, for the complex idea of living consciously in the world and trying to obtain from it the meaning with which God endowed it, they borrowed the image of the volume that contained the word of God, the Bible or “the Books ” Even so, from the first days of Gilgameš, it can be said that although readers are travelers, we are not pioneers: the road we have taken has already been trodden and the maps of the field have already been drawn (even when in the days of hypertext , in some cases, the reader can modify the maps). Being aware of overcoming the limitations of physical geography and historical time, readers allow another geography and another story as they move through the text, a space and a time that belong to the textual narrative and are recreated in the eyes of the readers.

Even today, the image of the ivory tower sometimes retains the connotation of allowing the intellectual to withdraw from the world with the sole purpose of assuming it better. In 1966, the Austrian playwright and novelist Peter Handke delivered a speech at Princeton entitled “I am an inhabitant of the ivory tower”, in which he opposed his writing to the German literature that preceded it. The double image of the ivory tower, as a refuge for studious seclusion (with the concomitant dangers) and as a hiding place of responsibility and action (with the consequent guilt), may find its best example in the contradictions that generations of readers they have perceived in the procrastinator, impulsive, meditative, violent, philosophical and impulsive Prince Hamlet.

As Cervantes, Flaubert sensed the essential power of fiction, its extraordinary ability to recreate and transmit our experience of “the thing itself.” I also knew that we do not necessarily learn the principles of our behavior through material action but from stories in which this behavior occurs, with its many possible causes and consequences. In the scenario established by the text, we see ourselves behaving in a multitude of ways and we can, as it continuously happens, learn something from what we see. In this sense, fiction is exemplary, and if the apparent infinity of plots does not end with the possibilities of our dealings with the world, perhaps a part, a certain episode or character, a particular detail of a story, will illuminate the turning point of our lives. We are reading creatures, we ingest words, we are made of words, we know that words are our means of being in the world, and it is through the words that we identify our reality and through them that we identify ourselves.

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