Historia Del Fondo Monetario Internacional — Pablo Martín-Aceña / International Monetary Fund History by Pablo Martín-Aceña (spanish book edition)

Un interesante libro aunque yo pienso que esta organización internacional se define como desastre. El 22 de julio de 2019 se cumplen 75 años del nacimiento del Fondo Monetario Internacional (FMI), el organismo más importante de la economía mundial. En 1944, un año antes de que terminara la Segunda Guerra Mundial en Europa, 730 representantes de 45 países aliados se reunieron en Bretton Woods, un pequeño pueblo del estado de New Hampshire, Estados Unidos. Después de tres semanas de trabajo alcanzaron un acuerdo unánime y casi milagroso de donde salieron el FMI y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (Banco Mundial). El Convenio Constitutivo del Fondo entró en vigor el 27 de diciembre de 1945.

La vida del FMI puede dividirse en dos grandes etapas. La primera de 1944 a 1973, durante la cual estuvo vigente el acuerdo de Bretton Woods. El organismo se puso en marcha en una década inicial plagada de dificultades. Después se sucedieron años de prosperidad económica durante los cuales el Fondo desplegó las funciones para las que fue creado. En los tres últimos ejercicios, 1971-1973, el sistema de Bre­­tton Woods entró en crisis y terminó derrumbándose. El FMI resistió el embate. La segunda etapa llega hasta la fecha final de esta historia. En el decenio de los setenta, el encarecimiento de los precios del petróleo y de las materias primas generó abultados desequilibrios de balanza de pagos, lo que representó un difícil reto para la institución. En los ochenta, el Fondo se enfrentó al traumático episodio del endeudamiento mundial, en particular en América Latina, y a una década perdida en el progreso de las economías menos desarrolladas. Los noventa estuvieron marcados por un largo periodo de crecimiento y estabilidad (la Gran Moderación) en los países avanzados, pero para el FMI fue una etapa agitada, con un doble frente. Uno, la transición de las economías de planificación centralizada o estatificadas a economías basadas en el mercado y la propiedad privada, y dos, las graves crisis financieras en el Sudeste Asiático y en tres gigantes, Rusia, Brasil y Argentina. En el siglo XXI el desafío ha sido la Gran Recesión. La trayectoria del Fondo está inextricablemente vinculada a la del Sistema Monetario Internacional (SMI); el FMI no es el SMI, pero son dos siglas inseparables. 11 directores gerentes (Gutt, Rooth, Jacobsson, Schweitzer, Witteveen, Larosière, Camdessus, Köhler, Rato, Strauss-Khan y Lagarde), no todos con la misma capacidad y preparación.

El FMI ha estado siempre en el ojo del huracán, desde su creación hasta la actualidad. Criticado, vilipendiado, atacado, ninguneado por los grandes países industriales, señalado como responsable de la pobreza por parte de los países menos desarrollados. El pozo de todos los males económicos del mundo. Una organización temida y no querida, que solo tiene valedores en su interior, en algunos gobiernos y en un contado número de defensores académicos. Sin duda, el FMI no siempre ha cumplido sus objetivos de partida ni tampoco ha acertado en el diagnóstico de las crisis económicas y ha cometido equivocaciones garrafales en las medicinas prescritas para hacer frente a los desequilibrios. Empero, alguna virtud tendrá porque, como se ha mencionado, ni las naciones desarrolladas ni los países emergentes y en vías de desarrollo han insinuado su desmantelamiento. Quizá porque sin el denostado FMI y la cooperación internacional que ha propiciado en asuntos financieros, todo hubiese ido a peor. Tiene, además, una cara oculta menos conocida: no solo proporciona asistencia técnica a los socios que lo solicitan, sino que sus economistas hacen investigación de primer nivel que difunden a través de múltiples publicaciones y recaban información económica.

El Fondo se crearía con un capital de 5.000 millones de dólares, con aportaciones de oro, divisas y bonos del Estado de los países miembros. Podría extender crédito hasta el doble de esa cifra (10.000 millones). Tendría un consejo de dirección formado por los representantes de las naciones participantes. Cada miembro podría adquirir las divisas que necesitase de otros países hasta un importe igual a su contribución. Para formar parte de la institución se requería: pagar una cuota con arreglo a la capacidad económica de cada país, someterse a las reglas del Fondo en todo lo relativo a la política de tipos de cambio, renunciar al bilateralismo comercial, rebajar los aranceles y eliminar las restricciones a las transacciones internacionales, emplear la política monetaria para garantizar la estabilidad de precios y comprometerse a no suspender pagos sin el consentimiento del Fondo. La institución determinaría el tipo de cambio de cada moneda; solo autorizaría modificaciones para corregir “desequilibrios fundamentales” de balanza de pagos. El Fondo estaría abierto a todos los miembros de las Naciones Unidas. Washington se reservaba capacidad de veto de los acuerdos. Nada se decía sobre la sede, pero se daba por descontado que estaría en los Estados Unidos.

Las obligaciones de los países miembros pueden resumirse en una sola: el cumplimiento de los fines del FMI, lo que implica la cesión parcial de soberanía en materia financiera y el compromiso de ajustarse de manera voluntaria a sus reglas. En el Convenio, las obligaciones están recogidas en dos artículos clave: IV y VIII. El IV es el que con el paso del tiempo y las enmiendas ha registrado la mayor transformación. En su redacción de 1944, con el título de “Paridades de las monedas”, enume­­raba la obligación de los países miembros de fijar los tipos de cambio de sus monedas en términos de oro o de dólares de los Estados Unidos; a no cambiar la paridad excepto para corregir desequilibrios fundamentales de la balanza de pagos; a consultar al Fondo antes de introducir cualquier cambio y este a examinar si dicho cambio estaba justificado; en caso de que un miembro alterase la paridad de su moneda sin permiso del Fondo, este podría inhabilitarle para utilizar sus recursos. El fin de Bretton Woods en 1973 transformó el rígido marco cambiario acordado en la conferencia por otro más flexible en el que cada país podía adoptar el sistema que más interesase. El Convenio contempla la disolución del FMI (artícu­­lo XXVII). Si el Directorio Ejecutivo decidiese que es necesario cerrar el organismo, puede suspender temporalmente las operaciones y transacciones en espera de la resolución definitiva de la Junta de Gobernadores. Si esta así lo decidiese, el Fondo cesaría inmediatamente de ejercer todas sus actividades, excepto las conducentes a liquidar su activo y al pago de su pasivo. Hasta la fecha, ningún país, rico o pobre, del Norte o del Sur, del Este o del Oeste, ha pedido la disolución del FMI. Y ello no obstante las aceradas críticas que ha recibido el organismo a lo largo de sus 75 años de historia, sobre todo desde el decenio de los ochenta. Nunca, ni en el Directorio Ejecu­­tivo, ni en la Junta de Gobernadores se han alzado voces pidiendo su desaparición.

Del G7 salió en 1999 el G20, para dar cabida a los países emergentes, a los de gran tamaño, como China y Brasil, y a la Rusia poscomunista26. Se creó para coordinar las políticas económicas de sus miembros. El ámbito de los asuntos que trata es tan amplio como el crecimiento económico, la estabilidad financiera, la reforma del SMI o las redes de seguridad financiera mundial. También actúa al margen del FMI, aunque todos sus miembros forman parte del organismo. El director gerente del Fondo, como el presidente del Banco Mundial, participa ex officio en las reuniones de G20. El Grupo de los 77 (G77) fue creado en 1964, tras la primera sesión de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), celebrada en Ginebra. Junto a los G funcionan dos clubes internacionales de acreedores. El Club de París, integrado por los gobiernos de los países industriales, que se ocupa de buscar soluciones coordinadas para resolver los problemas de las naciones deudoras. Un lugar de encuentro entre acreedores y deudores oficiales. Data de 1956, cuando Argentina pidió reunirse con sus prestamistas en la ciudad de París. Mantiene contacto cercano con el FMI, ya que los miembros del Club requieren que los países deudores cuenten con un programa activo respaldado por el Fondo para llegar a un acuerdo de reestructuración de sus débitos. El Club de Londres es un grupo informal de bancos comerciales que se reúnen para negociar sus créditos frente a deudores soberanos. Los acreedores forman un Comité asesor que se encarga de las conversaciones con cada uno de los gobiernos deudores. El Comité se disuelve tras la firma del correspondiente acuerdo de reestructuración.

Uno de las claves de la transición en Rusia fue la privatización de su inmenso sector empresarial estatalizado. El encargado de su ejecución fue el todopoderoso ministro Chubais. En la primera fase, de 1992 a 1995, se vendieron millones de cupones a la población. Los cupones podían ser utilizados para comprar acciones de las empresas que se privatizaban, o podían ser vendidos en el mercado secundario. De esta manera, se privatizaron 40.000 empresas y 40 millones de rusos se convirtieron en accionistas. Como la gestión de las sociedades fue deficiente, los títulos se desvalorizaron pronto y los inversores perdieron una buena parte de su dinero. En la segunda fase, a partir de 1995, se vendieron los grandes monopolios estatales, y Chubais cambió de método. Cedió las empresas a los bancos rusos en garantía de préstamos al Estado. Como este no devolvió los préstamos a su vencimiento, la banca sacó a subasta las empresas. Las subastas fueron todo menos limpias y transparentes. Los monopolios se adjudicaron a los amigos políticos, a sus antiguos directores y los propios gestores de los bancos se quedaron con una parte. Ahí nació la nueva clase de oligarcas capitalistas multimillonarios que tanta influencia, por lo general maligna, ejerce sobre la política del Kremlin. El resultado de las privatizaciones fue un desastre. El FMI era conocedor del procedimiento y de cómo las empresas, en especial, los monopolios y las grandes entidades de crédito, pasaban a manos de gestores incompetentes y corruptos. Hizo algunas críticas, pero no llevó a cabo ninguna acción para que las autoridades rusas mejorasen los métodos de venta. La condicionalidad de los préstamos se centró en los ajustes macroeconómicos, dejando al margen las privatizaciones.

Tras la tempestad (la crisis de la deuda latinoamericana de los ochenta) se esperaba la calma. Y así fue, pero por poco tiempo. A los cinco años del Plan Brady, en 1995, México se vio envuelto en una crisis financiera que a punto estuvo de llevarse al país por delante y de paso a la economía mundial. No fue la única: en 1997 estallaron varios focos que afectaron a las economías emergentes del Sudeste Asiático (Tailandia, Indonesia, Corea) y un año después el torbellino financiero arrasó Rusia, Argentina y Brasil. El FMI estuvo metido de hoz y coz en todas ellas, destinando cuantiosos recursos en los salvamentos. De ninguna salió indemne, sino que su actuación fue criticada sin piedad. En abril, la crisis se había conjurado. La economía mexicana mostró signos de recuperación y el país volvió a emitir deuda soberana en el mercado internacional en condiciones normales. ¿Adónde fue el dinero del rescate? Se utilizó casi todo para amortizar los 30.000 millones de dólares en tesobonos en las carteras de grandes fondos de inversión y en los balances de los bancos neoyorquinos. El FMI resolvió la crisis. Pero como el dinero fue a pagar deuda, no sirvió para estimular la economía: se disparó la inflación, disminuyeron la renta y el nivel de vida, quebraron empresas y entidades de crédito (algunas compradas por el BBVA y el Santander), se perdió un millón de empleos y para colmo la deuda soberana aumentó en 100.000 millones de dólares. Un desastre.

El FMI estuvo involucrado como prestamista en última instancia y como curandero, aplicando la amarga medicina de la rigurosidad. Al principio, las autoridades de Bangkok, Yakarta y Seúl se negaron a solicitar ayuda al Fondo por el desprestigio que suponía para sus gobiernos. Luego tuvieron que resignarse a la evidencia de colapsos inmediatos si no llegaba ayuda financiera y a aceptar las pócimas del ajuste y las reformas correspondientes. EL FMI salió mal parado de los tres episodios: culpabilizado de todos los males: falta de previsión, lentitud en la concesión de ayuda, imposición de condiciones leoninas, recesión, desempleo, empobrecimiento de amplias capas de la población. Los gestores nacionales tampoco salieron con la cabeza alta.

El 25 de mayo de 2003 llegó la Administración de Néstor Kirchner. Su reto consistía en encontrar la forma de pagar las deudas sin recursos fiscales propios ni ayuda internacional. El 9 de septiembre el ministro de Economía, Roberto Lavagna, tomó la decisión de suspender el servicio de la deuda. Su ministro de Finanzas se encargó con audacia de llevar a cabo la mayor reducción (una quita del 75 por ciento) de la deuda externa en la historia de Latinoamérica, por entonces de 259.000 millones de dólares. Al FMI se le culpabilizó de buena parte del desastre de la economía argentina. Sobreestimó su potencial de crecimiento tras la Ley de Convertibilidad y subestimó su vertiente vulnerable. Fue complaciente con Menem y Cavallo, apoyándoles sin fisuras, concediendo préstamos blandos y prestando poca atención a las reformas estructurales. No avisó de los peligros que se cernían con un peso sobrevalorado, con una política fiscal laxa y un endeudamiento alarmante. El FMI supervisó mal, y cuando llegó la crisis, sus responsables criticaron más que ayudaron a las autoridades de Buenos Aires.

El FMI no goza de popularidad en África, sino más bien animadversión. Los líderes de los países africanos acusan al organismo de trasladar a sus sociedades el “pensamiento económico de los países ricos. Acusa a los directivos del Fon­­do y a las misiones que envían de querer imponer sus puntos de vista, sin tener en consideración el contexto sociopolítico de sus países. El vocablo “FMI” es idéntico al de “austeridad severa”. Los préstamos incorporan condicionalidad injustificada, carente de objetivos claros y falta de neutralidad. Para muchos estudiosos de la economía africana, el FMI es una institución política que no solo no ha ayudado al progreso económico, sino que ha contribuido a la desestabilización y limitado los procesos de democratización.

En los años de bonanza, el FMI estuvo desaparecido. Noqueado por sus criticadas intervenciones en Rusia, Asia y Latinoamérica. La presencia del Fondo en la economía mundial se redujo: en 1990, con un flujo de capitales mundial estimado en 171.000 millones de dólares, el FMI tenía una capacidad de préstamos de 36.000 millones, un 21 por ciento, mientras que en 2008 sus 200.000 millones eran insignificantes frente a flujos globales de 3.000.000 millones dólares. El tamaño del FMI con respecto al PIB y al comercio mundial había caído a mínimos históricos. La Gran Recesión cambió el panorama. Situó al organismo, una vez más, en el centro del escenario. Porque el Fondo ha canalizado recursos multimillonarios en el rescate de países en quiebra y ha experimentado una visible metamorfosis. Ha cambiado sus políticas de préstamos y supervisión, su estilo de gobernanza y su cultura institucional. Al igual que la quiebra de Bretton Woods en 1971-1973, los acontecimientos de los últimos años han dejado en el Fondo una profunda huella. La organización interna del organismo no estuvo a la altura. Sus técnicos trabajaban en pequeños grupos sin comunicación entre ellos, en forma de silos semiautónomos, desconectados, con enfrentamientos entre los expertos macroeconómicos, los microeconómicos y los financieros. Culturas de trabajo distintas. Individualismo. Como la economía de los grandes países miembros iba bien, los encargados de vigilarlos bajaron la guardia, se despreocuparon. Su interés solo despertaba cuando un miembro tenía problemas, porque si una economía va mal, los técnicos que se ocupan de ella ganan peso e influencia dentro del organismo. A la falta de preparación contribuyó también la inestabilidad en su alta dirección. Tres directores gerentes, sustituciones de directores adjuntos y de departamento. Cambios en la cúpula del staff, con salidas y entradas más frecuentes que otras épocas. El personal técnico se quejó de falta de sintonía con la alta administración y con falta de incentivos para expresar con libertad sus puntos de vista. Y las limitaciones políticas. Aunque los responsables del FMI no sufrieron una presión directa de las autoridades de los países con dificultades financieras, los Estados Unidos y los europeos, sí se autocensuraron. El Fondo se equivocó en sus proyecciones, pues estimó que el crecimiento de las economías avanzadas se tornaría positivo en 2010 y se afianzaría en ejercicios posteriores. Fue una recomendación prematura. Un informe del propio FMI de octubre de 2012 concluía que el organismo había subestimado el tamaño de los multiplicadores fiscales en los primeros años de la crisis. Las proyecciones de crecimiento demostraron ser optimistas. Tampoco había tenido en cuenta las circunstancias concretas de cada país. La aplicación continuada de políticas monetarias y fiscales expansivas habría impulsado la demanda, la producción y frenado las pérdidas de empleo. Tuvo que reconsiderar su consejo. En 2012, el FMI cambió su estrategia fiscal y abogó por una consolidación a un ritmo más moderado, como reflejo tanto de las recuperaciones más débiles de lo previsto como de los resultados de su análisis. Se reconoció que la consolidación fiscal había perjudicado el crecimiento.

En el caso de España, el FMI sí hizo acto de presencia, no como prestamista, sino como organismo asesor, en forma de asistencia técnica. La ayuda financiera que precisaron las autoridades españolas para rescatar el sistema bancario, en particular las cajas de ahorros, provino de sus socios de la UEM. En julio de 2012 se firmó el conocido memorando de entendimiento, por el cual Madrid recibió 100.000 millones de euros para capitalizar el sistema financiero, a cambio de un compromiso de reducción del déficit público y de una batería de reformas estructurales. El Fondo, que tenía un buen conocimiento de la economía del país, actuó de supervisor: cinco misiones visitaron el país entre octubre de 2012 y diciembre de 2013. Aunque indirecta, su aportación no fue menor, pues proporcionó información independiente para evaluar la aplicación del memorando. La participación del FMI en la crisis de la zona euro fue y sigue siendo una cuestión controvertida. Las críticas han puesto de relieve que solo sirvió para devolver el dinero a los bancos, que en lugar de reducir el endeudamiento lo elevó y que los ajustes fiscales y las reformas estructurales exigidas mataron al paciente y provocaron consecuencias sociales muy adversas: desempleo y caída de los niveles de vida. El FMI fue un socio menor dentro de una troika dominada por Bruselas y Fráncfort, que impusieron y diseñaron la estrategia. La independencia del FMI quedó en entredicho. Los Estados Unidos y los países europeos han reducido su representación en el Directorio en favor de un aumento de la presencia de los países con economías emergentes y en vías de desarrollo. No obstante, con el 17,4 por ciento, los Estados Unidos siguen conservando capacidad de veto, al igual que la suma de los votos de tan solo cuatro países europeos, Alemania, Francia, el Reino Unido e Italia. Aunque resulta obvio que con las enmiendas aprobadas en los inicios del siglo XXI el FMI ha ganado en legitimidad y en mejor gobernanza, el camino ha sido largo y difícil en exceso y todavía queda mucho trecho para lograr el justo equilibrio en la representación de todos los miembros en los órganos de gobierno del FMI.

Según los críticos del Fondo, la lista es abrumadora. Es un organismo con una obsesión fija: la estabilidad monetaria, que antepone a cualquier otro objetivo. Tiene una filosofía económica en defensa a ultranza del mercado como único mecanismo eficiente en la asignación y distribución de los recursos. Censura la intervención del Estado, aboga por el equilibrio de los presupuestos públicos, por la eliminación de subvenciones, por la supresión de los aranceles y de los controles de cambio, por la libre convertibilidad de las monedas y por la liberalización financiera, del comercio exterior y de los movimientos de capital. Condiciona sus préstamos al cumplimiento de objetivos macroeconómicos y de reformas estructurales que empeoran en lugar de mejorar la situación de los países que acuden en busca de ayuda. Aplica políticas de ajuste uniformes, de manera rígida, independientemente de la situación financiera del país, sin considerar sus consecuencias sobre el reparto de la renta y la riqueza. Las misiones del Fondo, los “hombres de negro”, ven el mundo a través del prisma de la comunidad financiera, visitan los países sin tener un buen conocimiento previo de sus economías y de su estructura de poder, con actitud de superioridad sobre los funcionarios locales; su estancia es breve, lo que no les permite familiarizarse con el entramado social de los países que examinan, y regresan a su sede en Was­­hington, donde elaboran sus recomendaciones. Frente a la inflación, los déficits de balanza de pagos, el exceso de gastos públicos, la falta de reservas, las quiebras bancarias, el FMI propone un menú de medidas macroeconómicas estándar: políticas monetarias y fiscales restrictivas, liberalización del mercado laboral y financiero, devaluación monetaria, privatización de empresas públicas. El FMI ha fallado de manera estrepitosa en la vigilancia del SMI y en la supervisión de los países miembros. No ha sido capaz de anticipar y menos de prevenir las crisis financieras que han jalonado sus tres cuartos de siglo de existencia. Con economistas de gran nivel y técnicos preparados y bien remunerados, no ha conseguido reconocer, con algunas excepciones, las señales que avisaban de próximas turbulencias. Las célebres consultas no han sido tan eficaces como se esperaba. Para los críticos, el FMI adolece de graves defectos de gobernanza, lo que afecta a su legitimidad. En sus órganos de dirección, el poder de los países avanzados es desproporcionadamente mayor que el de los países emergentes y en vías de desarrollo. Según la regla, la distribución de cuotas, los que más pagan, más mandan. Estados Unidos ha ejercido y ejerce una influencia sin parangón, con capacidad de veto desde los orígenes del organismo, que ha mantenido contra viento y marea. Los países europeos ricos, los de la Unión Europea, también disponen de un peso excesivo.

Mientras haya crisis económicas y desequilibrios financieros en un mundo global, se necesitará un prestamista en última instancia internacional. El papel de España en el FMI sigue siendo limitado, pese a la calidad de sus funcionarios, del cuerpo de economistas y técnicos comerciales del Estado, el tamaño de su economía y de su contribución al capital del organismo. Ocupa la decimotercera posición en el ranking de los 189 miembros del Fondo, con una aportación del 2,01 por ciento al total de las cuotas y con el 1,92 de los votos104. La no pertenencia, hasta hace poco, a los poderosos G, y también la escasa atención y medios que la política exterior española dedica todavía a las instituciones internacionales explican la moderada influencia de España en el FMI. Lo nacional continúa primando sobre los asuntos mundiales.

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An interesting book although I think that this international organization is defined as a disaster. July 22, 2019 marks the 75th anniversary of the birth of the International Monetary Fund (IMF), the most important body in the world economy. In 1944, a year before World War II ended in Europe, 730 representatives from 45 allied countries met in Bretton Woods, a small town in the state of New Hampshire, United States. After three weeks of work they reached a unanimous and almost miraculous agreement where the IMF and the International Bank for Reconstruction and Development (World Bank) came from. The Agreement Establishing the Fund entered into force on December 27, 1945.

The life of the IMF can be divided into two major stages. The first from 1944 to 1973, during which the Bretton Woods agreement was in force. The agency was launched in an initial decade full of difficulties. Then there were years of economic prosperity during which the Fund deployed the functions for which it was created. In the last three years, 1971-1973, the Bretton Woods system went into crisis and ended up collapsing. The IMF resisted the onslaught. The second stage reaches the final date of this story. In the 1970s, the rising price of oil and raw materials generated large balance of payments imbalances, which represented a difficult challenge for the institution. In the 1980s, the Fund faced the traumatic episode of global debt, particularly in Latin America, and a decade lost in the progress of less developed economies. The nineties were marked by a long period of growth and stability (the Great Moderation) in the advanced countries, but for the IMF it was a hectic stage, with a double front. One, the transition from centralized or nationalized planning economies to economies based on market and private property, and two, the serious financial crises in Southeast Asia and three giants, Russia, Brazil and Argentina. In the 21st century the challenge has been the Great Recession. The trajectory of the Fund is inextricably linked to that of the International Monetary System (SMI); the IMF is not the SMI, but they are two inseparable acronyms. 11 managing directors (Gutt, Rooth, Jacobsson, Schweitzer, Witteveen, Larosière, Camdessus, Köhler, Rato, Strauss-Khan and Lagarde), not all with the same capacity and preparation.

The IMF has always been in the eye of the hurricane, from its creation to the present. Criticized, vilified, attacked, denied by the big industrial countries, pointed out as responsible for poverty on the part of less developed countries. The well of all the economic evils of the world. A feared and unloved organization, which only has supporters in its interior, in some governments and in a few academic advocates. Undoubtedly, the IMF has not always met its starting objectives nor has it been right in diagnosing economic crises and has made gross mistakes in the prescribed medicines to deal with imbalances. However, some virtue will have because, as mentioned, neither developed nations nor emerging and developing countries have hinted at its dismantling. Perhaps because without the disgraced IMF and the international cooperation it has fostered in financial matters, everything would have gotten worse. It also has a less known hidden face: not only does it provide technical assistance to the partners who request it, but its economists do top-level research that they disseminate through multiple publications and collect economic information.

The Fund would be created with a capital of 5,000 million dollars, with contributions of gold, currencies and bonds of the State of the member countries. It could extend credit up to double that figure (10,000 million). It would have a board of directors formed by the representatives of the participating nations. Each member could acquire the foreign currency needed from other countries up to an amount equal to his contribution. To be part of the institution, it was required: to pay a fee according to the economic capacity of each country, submit to the rules of the Fund in all matters related to exchange rate policy, renounce trade bilateralism, lower tariffs and eliminate restrictions on international transactions, use monetary policy to guarantee price stability and agree not to suspend payments without the Fund’s consent. The institution would determine the exchange rate of each currency; I would only authorize modifications to correct “fundamental imbalances” of balance of payments. The Fund would be open to all members of the United Nations. Washington reserved veto capacity for the agreements. Nothing was said about the headquarters, but it was taken for granted that it would be in the United States.

The obligations of the member countries can be summarized in one: the fulfillment of the IMF’s purposes, which implies the partial transfer of sovereignty in financial matters and the commitment to voluntarily comply with its rules. In the Convention, the obligations are contained in two key articles: IV and VIII. The IV is the one that with the passage of time and the amendments has registered the greatest transformation. In its writing of 1944, with the title of “Currency parities”, it enumerated the obligation of the member countries to set the exchange rates of their currencies in terms of gold or United States dollars; not to change the parity except to correct fundamental imbalances of the balance of payments; to consult the Fund before making any changes and to examine whether such change was justified; In the event that a member alters the currency parity without permission from the Fund, it may disable him to use his resources. The end of Bretton Woods in 1973 transformed the rigid exchange framework agreed at the conference for a more flexible one in which each country could adopt the system of interest. The Convention contemplates the dissolution of the IMF (Article XXVII). If the Executive Board decides that it is necessary to close the agency, it may temporarily suspend operations and transactions pending the final resolution of the Board of Governors. If so decided, the Fund would immediately cease to exercise all its activities, except those conducive to liquidating its assets and paying its liabilities. To date, no country, rich or poor, from the North or the South, from the East or from the West, has requested the dissolution of the IMF. And this notwithstanding the sharp criticism that the organism has received throughout its 75 years of history, especially since the 1980s. Never, neither on the Executive Board nor on the Board of Governors have voices been raised asking for his disappearance.

The G20 left in 1999 the G20, to accommodate emerging countries, large countries such as China and Brazil, and post-communist Russia26. It was created to coordinate the economic policies of its members. The scope of the issues it deals with is as broad as economic growth, financial stability, SMI reform or global financial safety nets. It also acts outside the IMF, although all its members are part of the body. The managing director of the Fund, such as the president of the World Bank, participates ex officio in the G20 meetings. The Group of 77 (G77) was created in 1964, after the first session of the United Nations Conference on Trade and Development (UNCTAD), held in Geneva. Two international creditors clubs operate alongside the Gs. The Paris Club, made up of the governments of industrial countries, which deals with finding coordinated solutions to solve the problems of debtor nations. A meeting place between creditors and official debtors. It dates from 1956, when Argentina asked to meet with its lenders in the city of Paris. Maintains close contact with the IMF, as Club members require debtor countries to have an active program supported by the Fund to reach an agreement to restructure their debits. The London Club is an informal group of commercial banks that meet to negotiate their credits with sovereign debtors. The creditors form an Advisory Committee that handles the conversations with each of the debtor governments. The Committee is dissolved after the signing of the corresponding restructuring agreement.

One of the keys to the transition in Russia was the privatization of its huge state-owned business sector. The one in charge of its execution was the almighty minister Chubais. In the first phase, from 1992 to 1995, millions of coupons were sold to the population. Coupons could be used to buy shares of companies that were privatized, or they could be sold in the secondary market. In this way, 40,000 companies were privatized and 40 million Russians became shareholders. As the management of the companies was deficient, the titles soon devalued and the investors lost a good part of their money. In the second phase, from 1995, the great state monopolies were sold, and Chubais changed his method. It ceded the companies to the Russian banks in guarantee of loans to the State. As this did not return the loans at maturity, the bank auctioned the companies. The auctions were everything but clean and transparent. Monopolies were awarded to political friends, their former directors and the bank managers themselves were left with a share. There was born the new class of multimillion-dollar capitalist oligarchs that so much influence, usually evil, exerts on the Kremlin’s politics. The result of the privatizations was a disaster. The IMF was knowledgeable about the procedure and how companies, especially monopolies and large credit institutions, were handed over to incompetent and corrupt managers. He made some criticism, but did not take any action for the Russian authorities to improve the methods of sale. The conditionality of the loans focused on macroeconomic adjustments, leaving out privatizations.

After the storm (the Latin American debt crisis of the eighties) calm was expected. And so it was, but for a short time. Five years after the Brady Plan, in 1995, Mexico was involved in a financial crisis that was about to take the country ahead and on the way to the world economy. It was not the only one: in 1997 several outbreaks erupted that affected the emerging economies of Southeast Asia (Thailand, Indonesia, Korea) and a year later the financial whirlwind swept through Russia, Argentina and Brazil. The IMF was sick and sick in all of them, devoting large resources to the rescue. None came out unscathed, but his performance was criticized mercilessly. In April, the crisis was conjured. The Mexican economy showed signs of recovery and the country reissued sovereign debt in the international market under normal conditions. Where did the ransom money go? Almost everything was used to amortize the 30,000 million dollars in tesobonos in the portfolios of large investment funds and in the balance sheets of New York banks. The IMF resolved the crisis. But since the money went to pay off debt, it did not serve to stimulate the economy: inflation soared, income and living standards declined, companies and credit institutions went bankrupt (some bought by BBVA and Santander), a loss was lost. million jobs and to top it off sovereign debt increased by 100,000 million dollars. A disaster.

The IMF was ultimately involved as a lender and as a healer, applying the bitter medicine of rigor. At first, the authorities in Bangkok, Jakarta and Seoul refused to ask the Fund for help because of the discredit it posed to their governments. Then they had to resign themselves to evidence of immediate collapses if financial aid did not arrive and to accept the potions of adjustment and the corresponding reforms. The IMF left badly of the three episodes: blamed for all the evils: lack of foresight, slowness in granting aid, imposition of Leonine conditions, recession, unemployment, impoverishment of large layers of the population. National managers also did not go out with their heads up.

On May 25, 2003, the Néstor Kirchner Administration arrived. Their challenge was to find a way to pay off debts without their own fiscal resources or international help. On September 9, the Minister of Economy, Roberto Lavagna, made the decision to suspend debt service. His Minister of Finance boldly undertook to carry out the largest reduction (a 75 percent reduction) of the foreign debt in the history of Latin America, then 259,000 million dollars. The IMF was blamed for much of the disaster in the Argentine economy. He overestimated his growth potential after the Convertibility Law and underestimated his vulnerable side. He was accommodating to Menem and Cavallo, supporting them seamlessly, granting soft loans and paying little attention to structural reforms. He did not warn of the dangers that loomed overweight, with a lax fiscal policy and alarming debt. The IMF supervised poorly, and when the crisis came, its officials criticized more than helped the authorities in Buenos Aires.

The IMF does not enjoy popularity in Africa, but rather animosity. The leaders of the African countries accuse the organism of transferring to their societies the “economic thought of the rich countries. He accuses the directors of the Fund and the missions they send of wanting to impose their points of view, without considering the socio-political context of their countries. The word “IMF” is identical to that of “severe austerity.” The loans incorporate unjustified conditionality, lacking clear objectives and lack of neutrality. For many scholars of the African economy, the IMF is a political institution that not only has not helped economic progress, but has contributed to destabilization and limited democratization processes.

In the boom years, the IMF was missing. Knocked out for his criticized interventions in Russia, Asia and Latin America. The Fund’s presence in the world economy was reduced: in 1990, with an estimated world capital flow of 171,000 million dollars, the IMF had a loan capacity of 36,000 million, 21 percent, while in 2008 its 200,000 million they were insignificant compared to global flows of 3,000,000 million dollars. The size of the IMF with respect to GDP and world trade had fallen to historic lows. The Great Recession changed the landscape. He placed the organism, once again, in the center of the stage. Because the Fund has channeled billionaire resources to rescue bankrupt countries and has experienced a visible metamorphosis. It has changed its lending and supervision policies, its governance style and its institutional culture. Like the bankruptcy of Bretton Woods in 1971-1973, the events of recent years have left a deep mark on the Fund. The internal organization of the agency was not up to par. Their technicians worked in small groups without communication between them, in the form of semi-autonomous, disconnected silos, with confrontations between macroeconomic, microeconomic and financial experts. Different work cultures. Individualism. As the economy of the great member countries was going well, those in charge of watching them lowered their guard, they became unconcerned. His interest only woke up when a member had problems, because if an economy goes wrong, the technicians who deal with it gain weight and influence within the body. The lack of preparation also contributed to instability in their senior management. Three managing directors, substitutions of deputy and department directors. Changes in the dome of the staff, with departures and more frequent entries than other times. The technical staff complained of a lack of harmony with senior management and lack of incentives to freely express their views. And the political limitations. Although those responsible for the IMF did not suffer direct pressure from the authorities of countries with financial difficulties, the United States and Europeans did self-censor. The Fund was wrong in its projections, as it estimated that the growth of advanced economies would become positive in 2010 and consolidate in subsequent years. It was a premature recommendation. An IMF report from October 2012 concluded that the agency had underestimated the size of fiscal multipliers in the first years of the crisis. Growth projections proved optimistic. Nor had he taken into account the specific circumstances of each country. The continued application of expansive monetary and fiscal policies would have boosted demand, production and halted job losses. He had to reconsider his advice. In 2012, the IMF changed its fiscal strategy and advocated consolidation at a more moderate pace, reflecting both the weaker than expected recoveries and the results of its analysis. It was recognized that fiscal consolidation had impaired growth.

In the case of Spain, the IMF did appear, not as a lender, but as an advisory body, in the form of technical assistance. The financial assistance that the Spanish authorities needed to rescue the banking system, in particular the savings banks, came from its EMU partners. In July 2012, the well-known memorandum of understanding was signed, for which Madrid received 100,000 million euros to capitalize on the financial system, in exchange for a commitment to reduce the public deficit and a battery of structural reforms. The Fund, which had a good knowledge of the economy of the country, acted as supervisor: five missions visited the country between October 2012 and December 2013. Although indirect, their contribution was not less, since it provided independent information to evaluate the application of the memorandum. The IMF’s participation in the euro zone crisis was and remains a controversial issue. Critics have highlighted that it only served to return the money to the banks, that instead of reducing the debt it raised it and that the fiscal adjustments and the structural reforms required killed the patient and caused very adverse social consequences: unemployment and falling living standards The IMF was a minor partner in a troika dominated by Brussels and Frankfurt, which imposed and designed the strategy. The independence of the IMF was questioned. The United States and European countries have reduced their representation on the Board in favor of an increase in the presence of countries with emerging and developing economies. However, at 17.4 percent, the United States continues to retain veto capacity, as does the sum of the votes of only four European countries, Germany, France, the United Kingdom and Italy. Although it is obvious that with the amendments adopted at the beginning of the 21st century the IMF has gained in legitimacy and better governance, the road has been long and difficult in excess and there is still a long way to go to achieve a fair balance in the representation of all members of the IMF governing bodies.

According to critics of the Fund, the list is overwhelming. It is an organism with a fixed obsession: monetary stability, which puts it before any other objective. It has an economic philosophy in defense of the market as the only efficient mechanism in the allocation and distribution of resources. Censorship the intervention of the State, advocates the balance of public budgets, the elimination of subsidies, the abolition of tariffs and exchange controls, the free convertibility of currencies and the financial liberalization of foreign trade and capital movements. It conditions its loans to the fulfillment of macroeconomic objectives and structural reforms that are getting worse instead of improving the situation of the countries that come for help. It applies uniform adjustment policies, rigidly, regardless of the financial situation of the country, without considering its consequences on the distribution of income and wealth. The missions of the Fund, the “men in black”, see the world through the prism of the financial community, visit the countries without having a good prior knowledge of their economies and their power structure, with an attitude of superiority over officials local; their stay is brief, which does not allow them to familiarize themselves with the social fabric of the countries they are examining, and return to their headquarters in Washington, where they make their recommendations. In the face of inflation, balance of payments deficits, excess public expenditures, lack of reserves, bank failures, the IMF proposes a menu of standard macroeconomic measures: restrictive monetary and fiscal policies, liberalization of the labor and financial market, monetary devaluation, privatization of public companies. The IMF has failed miserably in the surveillance of the SMI and in the supervision of the member countries. He has not been able to anticipate and less to prevent the financial crises that have marked his three quarters of a century of existence. With high-level economists and trained and well-paid technicians, he has failed to recognize, with some exceptions, the signs that warned of upcoming turbulence. The famous consultations have not been as effective as expected. For critics, the IMF suffers from serious governance flaws, which affects its legitimacy. In its governing bodies, the power of advanced countries is disproportionately greater than that of emerging and developing countries. According to the rule, the distribution of fees, the more they pay, the more they send. The United States has exercised and exerts an unparalleled influence, with veto capacity from the origins of the organism, which it has kept against wind and tide. Rich European countries, those of the European Union, also have excessive weight.

As long as there are economic crises and financial imbalances in a global world, a lender will ultimately be needed internationally. The role of Spain in the IMF remains limited, despite the quality of its officials, the body of economists and commercial technicians of the State, the size of its economy and its contribution to the agency’s capital. It occupies the thirteenth position in the ranking of the 189 members of the Fund, with a contribution of 2.01 percent to the total quotas and with 1.92 of the votes104. The non-belonging, until recently, to the powerful G, and also the little attention and means that Spanish foreign policy still devotes to international institutions explain the moderate influence of Spain in the IMF. The national continues to prevail over world affairs.

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