El Verano En Que Mi Madre Tuvo Los Ojos Verdes — Tatiana Tibuleac / Vara In Care Mama A Avut Ochii Verzi (The Summer When My Mother Had Green Eyes) by Tatiana Tibuleac

Me ha supuesto una grata sorpresa, es un libro original y fresco y a pesar del vocabulario descarnado que utiliza la autora, la narración destila mucha ternura e incluso en muchas ocasiones me ha arrancado una sonrisa y alguna carcajada. Tierno y duro. Unos ojos capaces de ver belleza pero bañada en agresividad y sufrimiento. Falta de amor y amor total. Sensibilidad a toneladas. A veces te hace pensar en ‘El guardian ante el centeno’. Empiezas a leerlo y no puedes parar. Lo terminas y lo echas mucho de menos.

Cada vez que vea campos de amapolas, girasoles, la osa menor, esmeraldas, submarinos,…., me acordaré del protagonista de este libro.

Bajo los sobacos de mi madre nacían dos pechos como dos balones de rugby, orientados en direcciones distintas y, en la cabeza, un cabello de muñeca que llevaba siempre trenzado en forma de cola de sirena. Su cola de sirena me volvía loco; sin embargo, era el tema de conversación favorito de los chicos de la escuela. «Sirena en celo», le decían todos y se meaban de risa cuando venía a buscarme para llevarme a casa. Mi padre la llamaba «vaca imbécil». Yo la habría tirado a la chatarra y habría empezado por el pelo. Solo una cosa desentonaba en toda esta historia: los ojos. Mi madre tenía unos ojos verdes tan bonitos que parecía un despropósito malgastarlos en un rostro fermentado como el suyo.

Aunque se había vuelto más guapa y más lista, mi madre se desmayaba cada vez más a menudo y estaba cada vez más débil. Cuando caminaba, los brazos se balanceaban junto al cuerpo como los de las muñecas de trapo, se le habían descolgado las comisuras de la boca y ahora parecía un niño enfadado. Sin embargo, era la mejor madre que había tenido yo hasta entonces.

Del manicomio me dejaron salir en marzo y fui directamente a casa de mi abuela. Le conté todo sin maquillar la verdad: los dolores de mi madre, mis caídas, cómo la encontré muerta en el jardín. La abuela me escuchó atenta desde su sillón con crisantemos y no me interrumpió en ningún momento. Al final me preguntó si le había puesto una cruz en la tumba y si había ofrecido en el banquete del funeral —como correspondía— rosquillas y bombones. A Aleksy le quedará Moira.

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It has been a pleasant surprise, it is an original and fresh book and despite the stark vocabulary used by the author, the narrative exudes a lot of tenderness and even on many occasions it has made me smile and laugh. Tender and hard. Eyes capable of seeing beauty but bathed in aggressiveness and suffering. Lack of love and total love. Sensitivity to tons. Sometimes it makes you think of ‘The catcher in the rye’. You start reading it and you can not stop. You finish it and miss it a lot.

Every time you see fields of poppies, sunflowers, little bear, emeralds, submarines, …., I will remember the protagonist of this book.

Under my mother’s armpits were born two breasts like two rugby balls, oriented in different directions and, on the head, a wrist hair that was always braided in the shape of a mermaid tail. His siren tail drove me crazy; however, it was the favorite conversation topic of the school boys. “Sirena in heat”, they all said to him and they were laughing at him when he came to pick me up to take me home. My father called her “imbecile cow.” I would have thrown it to the junk and started with the hair. Only one thing was out of place in this whole story: the eyes. My mother had such beautiful green eyes that it seemed foolish to waste them on a fermented face like yours.

Although she had become prettier and smarter, my mother fainted more and more often and was becoming weaker and weaker. When he walked, his arms swayed next to his body like those of the rag dolls, the corners of his mouth had fallen off and now he looked like an angry child. However, I was the best mother I had had until then.

From the asylum they let me out in March and I went directly to my grandmother’s house. I told him everything without making up the truth: my mother’s pains, my falls, how I found her dead in the garden. The grandmother listened to me from her armchair with chrysanthemums and did not interrupt me at any time. In the end he asked me if I had put a cross on the tomb and if he had offered at the funeral banquet – as was fitting – donuts and chocolates. Aleksy will have Moira.

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