Congo: Una Historia Épica — David Van Reybrouck / Congo: The Epic History of a People by David Van Reybrouck

El autor proporciona un relato histórico de la gente del Congo; Inicialmente explotados por los portugueses, árabes y afroárabes para el comercio de esclavos y marfil. Durante el comercio de esclavos, cuatro millones de congoleños fueron enviados a las Américas. En última instancia, el rey de Bélgica, Leopoldo II, descubrió el Congo, una tierra tan extensa que su frontera oriental se asentaría en Moscú y su frontera occidental estaría en París: 905,000 millas cuadradas. Leopold tenía tratados redactados y escritos en inglés y francés, que los jefes no entendían. De manera ingenua, renunciaron a sus tierras, sus derechos a la pesca, el comercio, las materias primas y su libertad. Firmaron con una “X”, probablemente creyendo que aceptaron lazos de amistad. No sabían el significado de soberanía, perpetuidad y exclusividad. Para su tierra, los jefes recibieron balas de tela, cajas de ginebra y baratijas. En 1885, Leopold se convirtió en el único propietario de lo que denominó el “Estado Libre del Congo”. Por supuesto, antes de tomar esta vasta tierra, fingió que solo quería el libre comercio y usaría medidas científicas allí para investigar la tierra. El caucho demostró ser una mina de oro cuando se descubrió. Los congoleños recibieron la orden de drenar los árboles de caucho. Tenían que proporcionar una cierta cuota, y si la cuota no se había cumplido, los golpeaban o les cortaban las extremidades. Para 1896, el Congo producía 1,450 toneladas de caucho. Leopold amasó una fortuna. Más de 15 millones de personas murieron durante el reinado de terror y codicia de Leopold. La oposición internacional y las críticas de sus compatriotas abundaron en relación con el comportamiento brutal de Leopold en el Congo. El Parlamento belga obligó a Leopold a abandonar el Estado Libre del Congo a Bélgica en 1908. El Parlamento transformó el Estado Libre del Congo en una colonia belga conocida como el Congo belga. El reinado de Leopold de la crueldad, el terror y la avaricia sangrienta terminó en noviembre de 1908. Sin embargo, los congoleños no fueron liberados. Los belgas restringieron su libertad y movimiento de manera maliciosa y autoritaria. Colonizaron a las personas con fuerza brutal, mutilaron y azotaron a niños y adultos casi hasta el punto de la muerte. El congoleño, conocido como évolué, había “evolucionado” a través de la educación o la asimilación, aceptando los valores y patrones de comportamiento europeos. Por lo general, tenían trabajos de cuello blanco, no más altos que los empleados y vivían en áreas urbanas. Patrice Lumumba y Joseph Mobutu fueron considerados évolués. Pero Lumumba era nacionalista y creía en el panafricanismo. Después de un levantamiento por parte del pueblo congoleño, su independencia fue otorgada alrededor de abril de 1960. El 1 de junio de 1960, se obtuvo la independencia y el país pasó a llamarse República del Congo. Patrice Lumumba se convirtió en Primer Ministro y Joseph Kasavubu, Presidente. Aunque el Congo se independizó y se conoció como República del Congo, los belgas controlaron la economía y defendieron el sistema militar. Los soldados de infantería del ejército se amotinaron un mes después, comprensiblemente disgustados por la discriminación, sin ingresos equitativos, cuarteles sin muebles ni electricidad, prohibición de leer periódicos como Emancipación, en comparación con los oficiales comisionados belgas que tenían un nivel de vida muy alto. Los soldados no pudieron ser aplazados, aunque Lumumba despidió al general belga Janssens y nombró a un congoleño, Victor Lundula, como comandante en jefe, con el confidente de Lumumba, Joseph-Desiré Mobutu, como su Jefe de Estado Mayor.

Según el autor, en retrospectiva, Lumumba se negó a creer en las sospechas de que Mobutu lo espiaba por los belgas y la inteligencia estadounidense. Miles de belgas regresaron a Bélgica. Esto afectó la economía del país. Los belgas se llevaron el dinero y las posesiones que habían despojado durante décadas, y sus conocimientos europeos con ellos. Decenas de miles de congoleños quedaron desempleados. Fábricas, refinerías y cervecerías fueron cerradas, las tierras de cultivo no fueron aradas o sembradas. La mayoría de los empresarios congoleños tenían títulos en psicología, educación o filosofía. El régimen colonial belga prohibió a los congoleños, a los jóvenes estudiar la ley. Además, no tenían títulos en ingeniería o administración de empresas. Parecía haber una amarga disensión y rivalidad entre Lumumba y Kasavubu. Como presidente, Kasavubu despidió a Lumumba, y Lumumba a su vez despidió a Kasavubu. Lumumba fue asesinada siete meses después, en enero de 1961. Según el autor, Mobutu, Tshombe y los belgas jugaron un papel en su muerte. Tshombe se convirtió en Primer Ministro de 1964 a 1965. Kasavubu fue presidente hasta 1965. Se retiró cuando Mobutu se convirtió en presidente.

Desde 1965 hasta mayo de 1997, Mobutu fue presidente y dictador de la República Democrática del Congo, que pasó a llamarse Zaire. Y como los belgas, Mobutu fue un dictador feroz, malévolo y cruel. Él diezmó a todos los rivales. No se instituye democracia, no hay libre albedrío del pueblo, no hay libertad de expresión, sino gobierno tiránico. Le dio a los llamados amigos regalos de autos y cajas de cigarros llenas de diamantes. Mobutu robó de los cofres de su país, comprando villas en Europa y construyendo una ciudad entera en el interior del Congo. Su esposa poseía una enorme cantidad de joyas y ropa de couturier. En otras palabras, Mobutu trató a su gente como lo habían hecho los colonos. Él también vivió a gran escala. Murió en septiembre de 1997. Había cuatro jugadores en el Congo, Lumumba, Kasavubu Mobutu y Moise Tshombe, sin un sentido comunitario de hermandad. Si se amaran, su gente y su país estuvieran unidos y no se hubieran derribado como cangrejos en un barril, podrían haber creado un país increíble, sin engaños ni asesinatos.

Creo que los cuatro jugadores no estaban listos para tomar el Congo. La educación y la formación deberían haber sido instituidas. Los colonos mantenían a la gente en posiciones serviles; no sabían nada sobre la gestión de un país dentro de los dos meses de su independencia. Fueron creados para fallar. De ahí la lucha interna y los disturbios tumultuosos. Hoy en día, todavía hay avaricia, luchas internas, muerte de seres humanos y salvajes, familias desplazadas y hambre. La edad media de vida es de unos 56 años. En un país rico en materias primas y recursos naturales como madera, oro, diamantes, cobre, caucho, coltán, que se utiliza en los teléfonos celulares, el tantalio, que también se usa en los teléfonos celulares, reproductores de DVD, sistemas de videojuegos y computadoras. y el niobio, que se usa en los motores a reacción, no debería haber problemas de hambre o de salud. Sin embargo, todavía hay codicia y una actitud indiferente de los que están en el poder. Creo que el autor tenía sus propias razones para escribir una historia y un estudio tan masivos del Congo. El Congo parece ser vulnerable a los que están en el poder. Cuestiono si escribió de aquellos que conocieron personalmente a los cuatro jugadores y proporcionaron opiniones imparciales. El autor proporcionó testimonios de quienes viven o vivían en el Congo, uno del Sr. Nkasi, que tenía más de 100 años. Algunos de los relatos de personas revelaron la brutal brutalidad que les impusieron los colonos. Una vez que los belgas se fueron, hablaron del trato cruel perpetrado por sus propios

Kinsasa tiene una paleta de colores variada, pero no son los vivos pigmentos de otras ciudades bañadas por el sol. Allí no se ven nunca los colores saturados de Casablanca, ni el cálido colorido de La Habana, nunca los rojos intensos de Varanasi. En Kinsasa la pintura palidece tan rápido que da la impresión de que la gente ya ni se toma la molestia de darle una nueva mano: las tonalidades pálidas se han convertido en una estética en sí misma. Predominan los colores pastel, los tonos que tanto gustaban a los misioneros. Todos los edificios —desde la más humilde tienda que vende jabón o minutos de llamada hasta una gigantesca iglesia pentecostal de nueva construcción— tienen las paredes pintadas de amarillo, de verde o de azul pálidos. Como si estuvieran iluminadas día y noche por luces de neón. Las cajas de Coca-Cola apiladas en altas torres en el patio de la fábrica de cerveza Bralima no son de color escarlata, sino de rojo apagado. Las camisas de los guardias de tráfico no son de amarillo chillón, sino del color de la orina. Y cuando el sol brilla con toda su intensidad, incluso la bandera nacional parece descolorida mientras ondea al viento. No, Kinsasa no es una ciudad llena de color. La tierra no es rojiza como en otros lugares de África, sino negra. El curso del río Congo no es rectilíneo; describe tres cuartos de un círculo, en sentido contrario a las agujas del reloj, como si se retrasara cuarenta y cinco minutos un reloj analógico. Esta gran curva tiene que ver con el relieve regular y algo llano del interior del África Central. En realidad, el río Congo describe un gran meandro en un territorio con una suave pendiente que, por lo general, se eleva tan solo unos cientos de metros por encima del nivel del mar. Desde su nacimiento en el extremo meridional del país, el río desciende menos de mil quinientos metros a lo largo de miles de kilómetros. Solo en la parte oriental del país se encuentran zonas por encima de los dos mil metros de altitud. El punto más alto se halla justo en la frontera con Uganda.

Las cuatro principales ciudades del país son, por consiguiente, Kinsasa, Lubumbashi, Kisangani y, desde hace poco, Mbuji-Mayi. De momento, no están unidas entre sí ni por ferrocarril, ni por carretera. A principios del tercer milenio, el Congo cuenta con menos de mil kilómetros de carreteras asfaltadas (que en su mayoría conducen al extranjero: desde Kinsasa hasta los puertos de Matadi, desde Lubumbashi hasta la frontera con Zambia, para hacer posible la importación de mercancías y la exportación de minerales). El francés es la lengua administrativa y de la enseñanza superior, pero el lingala es el idioma del ejército y el de la omnipresente música popular. Existen cuatro idiomas originarios reconocidos oficialmente como lenguas nacionales: el kikongo, el chiluba, el lingala y el suajili. Mientras que las primeras dos son lenguas étnicas (el kikongo es la de los bakongo en el Bajo Congo y en Bandundu, y el chiluba la de los baluba en Kasai), las dos últimas son lenguas comerciales con una proyección mucho mayor. El suajili surgió en la costa oriental de África y no solo lo hablan en toda la parte oriental del Congo, sino también en Tanzania y en Kenia; el lingala nació en la provincia de Ecuador y descendió, ­siguiendo el curso del río Congo, hasta Kinsasa. Hoy es la lengua de mayor crecimiento del Congo y también la empleada en el vecino Congo-Brazzaville.

Zanzíbar, una insignificante isla del océano Índico, situada frente a la costa de la actual Tanzania, la que desempeñó un papel crucial. El hecho de que en 1832 el sultán de Omán se estableciera allí para controlar los flujos comerciales en el océano Índico tuvo importantísimas consecuencias para las regiones del este de África. Zanzíbar, cuyas únicas riquezas eran el coco y el clavo, se convirtió en intermediario mundial de la venta no solo de marfil, sino también de esclavos. La isla exportaba a la península arábiga, a Oriente Próximo, al subcontinente indio y a China. En 1879, los habitantes de Bandio aún no notaban nada de todo eso, pero como los comerciantes de Zanzíbar disponían de excelentes armas de fuego, se fueron adentrando cada vez más en el interior del país, llegando mucho más lejos de lo que habían hecho nunca los europeos en la parte oeste. Algunos de ellos eran árabes puros, otros tenían mezcla de sangre africana. A menudo se trataba de africanos musulmanes. Es lo que llamamos «comerciantes afroárabes o suajiloárabes»; en el siglo XIX se les conocía como les arabisés, los arabizados. La industrialización propició sin duda el expansionismo de las potencias europeas. En lugares lejanos se podían encontrar materias primas baratas y, con un poco de suerte, nuevos clientes. Sin embargo, aquello no promovió de inmediato la colonización. Quien aspira a maximizar los beneficios no se dedica a fundar colonias caras. Quien apuesta por el libre comercio (cosa que hacían todos los industriales de la época) no se siente atraído por algo tan proteccionista como un territorio de ultramar. La industrialización por sí sola no puede explicar el surgimiento del colonialismo. Desde el punto de vista puramente comercial, ni siquiera era necesaria una colonia. Los comerciantes habrían podido seguir durante un tiempo en el África Central intercambiando colmillos por balas de algodón. No, faltaba un ingrediente más para desatar la fiebre colonial: el nacionalismo. Fue la rivalidad entre los estados nación de Europa lo que los impulsó, a partir de 1850, a abalanzarse apresurados sobre el resto del mundo. El amor por la patria provocó un hambre de poder que a su vez despertó la voracidad territorial. Italia y Alemania acababan de unificarse y en ultramar encontraron posesiones.

Los primeros cinco años del Estado Libre del Congo fueron, con diferencia, los más fáciles. La Administración era todavía muy rudimentaria y aún no se había generalizado el terror. Sin embargo, durante ese periodo, un creciente número de nativos, sobre todo niños y jóvenes, estuvo en contacto directo con el estilo de vida europeo en el Congo. Como boys, ménagères, cristianos o reclutas entraban en casas nunca vistas antes, vestían ropas que hasta hacía poco les resultaban extrañas y probaban alimentos desconocidos para ellos. Aprendían francés y asimilaban nuevas ideas. Un puñado de ellos incluso visitó Europa. Algunos predicaban el nuevo estilo de vida o su interpretación de este. Los jóvenes catequistas intentaban que sus familiares y sus conciudadanos abandonaran su modo de vida pagano. Los jóvenes militares presumían en su poblado de uniforme y de sueldo. Sus esposas se mudaban con ellos al cuartel, sus hijos crecían allí. Surgió una existencia fuera del poblado, tal como sucedió en las granjas capilla. Ya no se vivía bajo la autoridad de un jefe indígena, sino bajo un estricto régimen europeo. El Estado Libre del Congo cambió muchas vidas de forma drástica. Después de 1890, la situación se volvió mucho más sombría.

En lingala se podía leer:

Los habitantes del Congo son negros. Todavía no se ha contado su número. Se estima que son unos dieciséis millones. Se dividen en diferentes tribus: basorongo, bakongo, bateke, bangala, bapoto, basoko, babua, bazande, bakango, bangbetu, batikitiki o baka y muchas otras.

Los basorongo viven a orillas del océano.

Los bakongo río arriba, cerca de Boma, Matadi, Kisantu, en la margen izquierda del río. Son estibadores y muy trabajadores.

Los bateke viven en Kitambo. Están especializados en la compraventa.

Los bangala habitan Makanza, Mobeka, Lisala y Bumba. Son altos. Tienen tatuajes en la cara y en las orejas. Se arrancan las pestañas de los párpados y se afilan los dientes. No temen la guerra. ¿Acaso no hay muchos bangala en el ejército del Estado? Son inteligentes.

El colonialismo hizo posible que un conflicto armado europeo se convirtiera en una guerra mundial. Grandes partes de África se vieron así implicadas en la conflagración internacional. Las colonias alemanas en África oriental (lo que más adelante sería Ruanda, Burundi y Tanzania) y el África occidental (los futuros Togo, Camerún y Namibia) li­mitaban por todos lados con territorios de ultramar de Francia, Gran Bretaña, Portugal y Bélgica. El Congo Belga compartía en el noroeste algunas decenas de kilómetros de frontera con Camerún y, al este, más de setecientos kilómetros con el África oriental alemana. Así pues, no resulta extraño que Berlín llevara ya un tiempo manifestando su interés por el Congo. Los alemanes querían tender un puente entre sus colonias orientales y occidentales, entre otras razones para romper el eje britá­nico que iba desde Ciudad del Cabo hasta El Cairo. Además, ¿acaso colonizar no constituía, en definitiva, una tarea reservada a las grandes potencias? ¿Era sensato dejarla en manos de estados diminutos e insignificantes como Bélgica? En 1914 aún hubo negociaciones con Inglaterra sobre un reparto del Congo Belga. Sin embargo, los ingleses se echaron atrás: comprendían muy bien que los franceses, con su droit de préemption sobre el Congo, nunca lo aceptarían. Sin embargo, incluso en Bélgica algunos se preguntaban si no se podía saciar al hambriento vecino oriental regalándole la mitad del Congo. Una zona de seiscientos ochenta mil kilómetros cuadrados de selva… ¿no moderaría un poco la voracidad teutónica?.

El periodo de entreguerras estuvo marcado por los grandes cambios sociales que se habían iniciado durante las primeras décadas del Congo Belga. La actividad industrial se fue intensificando cada vez más. Un creciente número de personas abandonaba su aldea para trabajar a sueldo. Surgieron las primeras ciudades. Allí se mezclaban las tribus y se ponían de moda nuevos estilos de vida. El domingo por la tarde la gente bailaba al son de la música de Tino Rossi, mientras que la anterior generación había danzado aún al ritmo del tamtam. En el campo, el tiempo tampoco se había detenido. El sistema de cultivos forzosos introducido durante la Primera Guerra Mundial se generalizó. Las misiones ampliaron su control sobre las almas de los congoleños. También levantaron escuelas y hospitales en lugares recónditos. Los equipos de lucha contra la enfermedad del sueño viajaban hasta los poblados más pequeños. Visto así, todo parecía dirigirse hacia la expansión, un proceso que beneficiaba tanto al colonizador como al nativo. Al menos esa era la imagen que se quería dar.

Todo el mundo sabía que al principio, una vez conseguida la independencia, habría que improvisar un poco. Era de esperar que no todo fuera como una seda. Sin embargo, el hecho de que en los primeros seis meses de existencia el Congo tuviera que enfrentarse al peor amotinamiento en el ejército, al éxodo en masa de los belgas que se habían quedado en el país, a una invasión del ejército belga, a la injerencia militar de las Naciones Unidas, al apoyo logístico de la Unión Soviética, a una fase caldeada de la Guerra Fría, a una crisis constitucional sin precedentes, a dos secesiones que abarcaban un tercio de su territorio y, para colmo, a un primer ministro encarcelado, huido, apresado, torturado y asesinado, eso realmente nadie lo tenía previsto. Y la situación no mejoró. El periodo entre 1960 y 1965 se conoce hoy como la Primera República, pero en aquel momento recordaba más bien al Juicio Final. El país se dividió, sufrió una guerra civil, pogromos étnicos, dos golpes de Estado, tres rebeliones y tuvo seis jefes de Gobierno (Lumumba, Ileo, Bomboko, Adoula, Tshombe y Kimba), de los cuales dos, y puede que hasta tres, fueron asesinados: Lumumba fue fusilado en 1961; Kimba, ahorcado en 1966; Tshombe, encontrado muerto en su celda de prisión en Argelia en 1969. Incluso un secretario general de las Naciones Unidas, Dag Hammarskjöld, el hombre que estaba al frente de un gobierno mundial indeciso, dejó esta vida en circunstancias nunca aclaradas. La ejecución de Lumumba se mantuvo en secreto durante un tiempo. Para borrar todas las huellas, Gérard Soete, un belga que era inspector general adjunto de la policía de Katanga, exhumó poco después los restos mortales de las tres víctimas. Según dicen, una mano, quizá la de Lumumba, sobresalía de la tierra. Soete descuartizó los cadáveres con una sierra y los disolvió en ácido sulfúrico. Sacó dos muelas engastadas en oro de la mandíbula superior de Lumumba y le cortó tres dedos de la mano. En su casa de Brujas conservó durante años una cajita que a veces mostraba a sus visitas. Contenía los dientes y una bala. Muchos años después los lanzó al mar del Norte. Cuando el mundo se enteró del asesinato de Lumumba, el desconcierto fue total. La gente se manifestó en las calles, desde Oslo hasta Tel Aviv y desde Viena hasta Nueva Delhi. En Belgrado, Varsovia y El Cairo, la embajada belga fue asaltada. Mientras en Moscú le daban su nombre a una universidad, en Occidente se puso de moda el «lumumba», un cóctel popular a base de brandy y batido de chocolate.

Mobutu no se fiaba de la democratización. Recordaba con demasiada nitidez la debacle de la Primera República. La caída del comunismo en Europa se parecía en muchos sentidos a la descolonización de África: un proceso brusco que aceleraba de forma descontrolada una esperanza latente. Recurría al siguiente sofisma: «Si imponemos a la fuerza un sistema democrático según la receta occidental, entonces sí caeremos en una dictadura». En Europa Central y Oriental el final de la era comunista había llegado sin derramamiento de sangre. En los últimos días Mobutu había visto plazas de Bucarest en las que muchas decenas de miles de personas desafiaban el frío para exigir la dimisión del Conducător. En Kinsasa el ambiente represivo provocó una oleada de rumores en la que las mentiras se mezclaban con la verdad. Aquella radio macuto recibió el nombre de radio-trottoir, puesto que los medios de comunicación oficiales solo emitían propaganda del Estado. La calle se convirtió en el lugar para la sospecha y el sarcasmo. En los cruces donde aparcaban los taxibuses se vendían cómics clandestinos y pinturas populares. En Kinsasa se desarrolló una viva cultura visual. En hojas multicopiadas o en lona rudimentaria se abordaban temas sociales, políticos y morales sin declarar abiertamente opiniones a favor o en contra. Los dibujantes y pintores representaban con hábil ironía la vida en la gran ciudad y bajo la dictadura. A menudo, los temas eran ambiguos: los artistas se recreaban retratando el pecado y se mofaban de todo lo sagrado. Las escenas recordaban a las de El Bosco o a las de Pieter Bruegel el Viejo. Los jóvenes que odiaban el mobutismo desarrollaron una forma muy particular de crítica social. Para ello no recurrían a las palabras o a las imágenes, sino a la ropa. El 24 de abril de 1990, Mobutu tomó una decisión. Congregó a generales, magistrados, ministros, gobernadores provinciales, diputados y periodistas extranjeros en el centro de conferencias de Nsele, que desde hacía un cuarto de siglo se había convertido en el Vaticano del MPR. Protegido por una batería de micrófonos, Mobutu se dirigió a la sala, vestido con el uniforme negro de mariscal que Alfons Mertens le había confeccionado. Había oído la voz del pueblo; Zaire se democratizaría. Ante la sorpresa de todos, anunció el final del Estado de partido único. En adelante podrían existir tres partidos, habría espacio para una prensa y unos sindicatos libres y dentro de un año se celebrarían elecciones libres. «¿Y qué será del jefe del Estado en todo esto? —se preguntó Mobutu al final de su discurso—. El jefe de Estado está por encima de los partidos políticos. Será árbitro, más aún, será el recurso supremo.

El mercado congoleño se inunda de productos chinos baratos, lo que ha provocado el fin de la producción textil local, una de las últimas industrias procesadoras que quedaban en el país. Un wax chinois (una tela estampada de China), me explicaron las mujeres, no puede compararse con la legendaria tela wax hollandais de Vlisco, con la que se hacían confeccionar sus mejores ropas. «Pero ¿qué quieres que te diga? Un wax hollandais cuesta ciento veinte dólares, mientras que un wax chinois solo 5.» Dado que la ropa, los televisores y los generadores made in China se rompen con sorprendente rapidez, en lingala ha aparecido un nuevo adjetivo: nguanzu, derivado de Guangzhou, que significa «poco duradero», «de mala calidad». Entretanto, a las mujeres que engañan a su marido también se las llama nguanzu. Hoy en día se intenta transformar una economía de producción en serie orientada únicamente a la exportación en una innovadora industria del conocimiento que pueda atender también a un mercado local de rápida expansión. Y parece que funciona: en 2008, el año de la crisis, Huawei, el gigante de las telecomunicaciones, firmó contratos por más de veintitrés mil millones de dólares, lo que supone un crecimiento del 46 por ciento. Con su elegante emplazamiento en el delta del río de las Perlas, Guangzhou ha sido desde siempre un lugar de negocios internacional. La ciudad, que constituía el inicio de la ruta marítima de la seda, entró muy pronto en contacto con el cristianismo y el islam. Hoy sigue teniendo una preciosa mezquita, que quizá se remonte al siglo VII, cuando surgió el islam, y una catedral católica de origen mucho más reciente. Los persas, los árabes, los portugueses y los holandeses llegaron hasta allí.

La historia del Congo ha sido clave en varias ocasiones en los intentos por definir un orden mundial internacional. Del mismo modo, el contrato con China constituye un hito decisivo en un mundo agitado inmerso en una continua transformación.

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The author provides an historical account of the people of the Congo; initially exploited by the Portuguese, Arabs, and Afro-Arabs for slave trade and ivory. During the slave trade, four million Congolese were shipped to the Americas. Ultimately, the Belgium’s King Leopold II discovered the Congo, a land so vast its eastern border would sit at Moscow and its western border would be at Paris: 905,000 square miles. Leopold had treaties drawn up and written in English and French, which the chieftains did not understand. Naïvely, they gave up their land, their rights to fishing, trade, raw materials and their freedom. They signed with an ‘X,’ probably believing they accepted ties of friendship. They did not know the meaning of sovereignty, perpetuity, and exclusivity. For their land, the chieftains received bales of cloth, crates of gin and trinkets. In 1885, Leopold became the sole owner of what he named the “Congo Free State.” Of course, leading up to taking this vast land, he pretended he wanted only free trade and would use scientific measures there to research the land. Rubber proved a goldmine when discovered. The Congolese were ordered to drain rubber trees. They had to provide a certain quota, and if the quota was unmet, they were beaten or limbs hacked off. By 1896, the Congo produced 1,450 tons of rubber. Leopold amassed a fortune. Over 15 million people died during Leopold’s reign of terror and greed. International opposition and criticism from their countrymen abounded concerning Leopold’s brutal behavior in the Congo. The Belgian Parliament forced Leopold to relinquish the Congo Free State to Belgium in 1908. Parliament transformed Congo Free State into a Belgian colony known as the Belgian Congo. Leopold’s reign of cruelty, terror, and bloodsucking greed ended in November 1908. Yet the Congolese were not freed. Belgians restricted their freedom and movement in a malicious, authoritarian way. They colonized the people with brutal force, maimed and flogged children and adults almost to the point of death. Congolese, known as an évolué, had “evolved” through education or assimilation, accepting European values and patterns of behavior. They usually held white collar jobs, no higher than clerks and lived in urban areas. Patrice Lumumba and Joseph Mobutu were considered évolués. But Lumumba was a nationalist and believed in pan-Africanism. After an uprising by the Congolese people, their independence was granted around April 1960. In June 1, 1960, independence was gained, and the country renamed Republic of the Congo. Patrice Lumumba became Prime Minister and Joseph Kasavubu, President. Although Congo became independent and known as Republic of Congo, the Belgians controlled the economy and upheld the military system. The military’s foot soldiers mutinied one month later, understandably disgruntled over discrimination, no equitable income, barracks without furnishings or electricity, forbiddance to read newspapers such as Emancipation, compared to Belgian commissioned officers who had a very high standard of living. The soldiers could not be placated although Lumumba dismissed Belgian General Janssens and appointed a Congolese, Victor Lundula, as chief commander, with Lumumba’s confidant, Joseph-Desiré Mobutu, as his Chief of Staff.

According to the author, in hindsight, Lumumba refused to believe suspicions that Mobutu spied on him for the Belgians and American intelligence. Thousands of Belgians returned to Belgium. This affected the country’s economy. The Belgians took the money and possessions they had sacked for decades, and their European know-how with them. Tens of thousands of Congolese became unemployed. Factories, refineries and breweries were closed, farming land was not plowed or sowed. Most Congolese évolués had degrees in psychology, education or philosophy. Belgian colonial rule forbade Congolese, young men to study law. In addition, they did not have degrees in engineering or business administration. There appeared to be bitter dissension and rivalry between Lumumba and Kasavubu. As president, Kasavubu fired Lumumba, and Lumumba in turn fired Kasavubu. Lumumba was murdered seven months later, In January 1961. According to the author, Mobutu, Tshombe, and the Belgians played a role in his death. Tshombe became Prime Minister from 1964 to 1965. Kasavubu remained President until 1965. He retired when Mobutu became President.

From 1965 to May 1997, Mobutu was President and dictator of the Democratic Republic of the Congo, which he renamed Zaire. And like the Belgians, Mobutu was a fierce, malevolent, cruel dictator. He decimated all rivals. Instituting no democracy, no free will of the people, no free speech, but tyrannical rule. He gave so-called friends gifts of cars and cigar boxes filled with diamonds. Mobutu stole from the coffers of his country, buying up villas in Europe and having an entire town built in the interior of the Congo. His wife owned an enormous amount of jewels and couturier wear. In other words, Mobutu treated his people like the colonists had. He too lived in on a grand scale. He died September 1997. There were four players in the Congo, Lumumba, Kasavubu Mobutu and Moise Tshombe, without a communal sense of brotherhood. If they loved one another, their people, and country, were united, and had not pulled each other down like crabs in a barrel, they could have created an amazing country, sans deceit and murder.

I believe the four players were not ready to take over the Congo. Education and training should have been instituted. The colonists held the people in servile positions; they knew nothing about running a country within two months of their independence. They were set up to fail. Hence the tumultuous infighting and rioting. Today, there is still greed, infighting, death of human life and wild life, displaced families, and hunger. The mean age of living is about 56 years. In a country rich with raw materials and natural resources such as timber, gold, diamonds, copper, rubber, coltan, which is used in cell phones, tantalum, which is also used in cell phones, DVD players, video game systems and computers, and niobium, which is used in jet engines, there should be no hunger or health problems. Yet, there is still greed and an uncaring attitude by those in power. I believe the author had his own reasons for writing such a massive history and study of the Congo. The Congo appears to be vulnerable to those in power. I question if he wrote from those who knew the four players personally and provided unbiased opinions. The author provided testimonies by those who live or lived in the Congo, one from Mr. Nkasi, who was over 100 years old. Some of the accounts from people revealed the horrid brutality imposed upon them by the colonists. Once the Belgians were gone they talked of the vicious treatment perpetrated by their own

Kinsasa has a varied color palette, but they are not the living pigments of other cities bathed by the sun. There you never see the saturated colors of Casablanca, nor the warm colors of Havana, never the intense reds of Varanasi. In Kinsasa the paint pales so quickly that it seems that people no longer take the trouble to give it a new hand: the pale tones have become an aesthetic in itself. Pastel colors predominate, the tones that the missionaries liked so much. All the buildings – from the humblest shop selling soap or minutes of call to a gigantic Pentecostal church of new construction – have walls painted yellow, green or pale blue. As if they were lit day and night by neon lights. The boxes of Coca-Cola stacked on high towers in the courtyard of the Bralima brewery are not scarlet, but dull red. The shirts of the traffic guards are not bright yellow, but the color of urine. And when the sun shines with all its intensity, even the national flag seems discolored while fluttering in the wind. No, Kinsasa is not a city full of color. The earth is not reddish like in other parts of Africa, but black. The course of the Congo River is not rectilinear; describes three quarters of a circle, counterclockwise, as if an analog clock was delayed forty-five minutes. This great curve has to do with the regular and somewhat flat relief of the interior of Central Africa. In reality, the Congo River describes a great meander in a gently sloping land that, in general, rises only a few hundred meters above sea level. Since its birth in the southern end of the country, the river descends less than one thousand five hundred meters over thousands of kilometers. Only in the eastern part of the country are areas above two thousand meters in altitude. The highest point is right on the border with Uganda.

The four main cities of the country are, therefore, Kinshasa, Lubumbashi, Kisangani and, recently, Mbuji-Mayi. At the moment, they are not linked together by rail or road. At the beginning of the third millennium, the Congo has less than a thousand kilometers of paved roads (which mostly lead abroad: from Kinshasa to the ports of Matadi, from Lubumbashi to the border with Zambia, to make it possible to import goods and the export of minerals). French is the administrative and higher-education language, but lingala is the language of the army and that of ubiquitous popular music. There are four native languages officially recognized as national languages: Kikongo, Chiluba, Lingala and Swahili. While the first two are ethnic languages (the Kikongo is that of the Bakongo in the Lower Congo and in Bandundu, and the Chiluba of the Baluba in Kasai), the last two are commercial languages with a much greater projection. Swahili emerged on the east coast of Africa and they not only speak it throughout the eastern part of the Congo, but also in Tanzania and Kenya; Lingala was born in the province of Ecuador and descended, following the course of the Congo River, to Kinshasa. Today it is the fastest growing language in the Congo and also the language used in the neighboring Congo-Brazzaville.

Zanzibar, an insignificant island in the Indian Ocean, located off the coast of present-day Tanzania, played a crucial role. The fact that in 1832 the Sultan of Oman was established there to control trade flows in the Indian Ocean had very important consequences for the regions of East Africa. Zanzibar, whose only riches were the coconut and the clove, became a global intermediary of the sale not only of ivory, but also of slaves. The island exported to the Arabian peninsula, the Middle East, the Indian subcontinent and China. In 1879, the inhabitants of Bandio still did not notice anything of all that, but as the merchants of Zanzibar had excellent firearms, they went deeper and deeper into the interior of the country, reaching much further than they had ever done before. the Europeans in the west. Some of them were pure Arabs, others had mixed African blood. Often they were Muslim Africans. It is what we call “Afro-Arab or Swahilo-Arab merchants”; In the nineteenth century they were known as les Arabisés, the Arabized. Industrialization undoubtedly fostered the expansionism of the European powers. In distant places you could find cheap raw materials and, with a bit of luck, new customers. However, that did not immediately promote colonization. Who aspires to maximize the benefits is not dedicated to founding expensive colonies. Who is committed to free trade (which was done by all industrialists of the time) is not attracted by something as protectionist as an overseas territory. Industrialization alone can not explain the emergence of colonialism. From the purely commercial point of view, it was not even necessary a colony. The merchants would have been able to continue for a time in Central Africa exchanging fangs for cotton balls. No, one more ingredient was missing to unleash colonial fever: nationalism. It was the rivalry between the nation states of Europe that drove them, from 1850, to rush hurriedly over the rest of the world. The love for the country provoked a hunger for power that aroused territorial voracity. Italy and Germany had just unified and overseas they found possessions.

The first five years of the Free State of the Congo were, by far, the easiest. The Administration was still very rudimentary and terror had not yet been generalized. However, during this period, a growing number of natives, especially children and young people, was in direct contact with the European lifestyle in the Congo. As boys, ménagères, Christians or recruits entered homes never seen before, they wore clothes that until recently were strange to them and tasted foods unknown to them. They learned French and assimilated new ideas. A handful of them even visited Europe. Some preached the new lifestyle or their interpretation of it. The young catechists tried to get their relatives and fellow citizens to abandon their pagan way of life. Young military men boasted in their town of uniform and salary. Their wives moved with them to the barracks, their children grew there. An existence emerged outside the village, as happened in the chapel farms. It was no longer lived under the authority of an indigenous chief, but under a strict European regime. The Free State of the Congo changed many lives drastically. After 1890, the situation became much darker.

In Lingala one could read:

The inhabitants of the Congo are black. Your number has not been counted yet. It is estimated that there are about sixteen million. They are divided into different tribes: basorongo, bakongo, bateke, bangala, bapoto, basoko, babua, bazande, bakango, bangbetu, batikitiki or baka and many others.

The Basorongo live on the shores of the ocean.

The Bakongo upstream, near Boma, Matadi, Kisantu, on the left bank of the river. They are longshoremen and hard workers.

The bateke live in Kitambo. They are specialized in buying and selling.

The bangala inhabit Makanza, Mobeka, Lisala and Bumba. They are tall. They have tattoos on their faces and ears. The lashes are ripped from the eyelids and the teeth are sharpened. They do not fear war. Is not there a lot of bangala in the state army? They are intelligent.

Colonialism made it possible for a European armed conflict to become a world war. Large parts of Africa were thus implicated in the international conflagration. The German colonies in East Africa (what would later be Rwanda, Burundi and Tanzania) and West Africa (the future Togo, Cameroon and Namibia) bounded on all sides with overseas territories of France, Great Britain, Portugal and Belgium. The Belgian Congo shared in the northwest some tens of kilometers of border with Cameroon and, to the east, more than seven hundred kilometers with the East German German. So, it is not strange that Berlin has been expressing interest in the Congo for a while now. The Germans wanted to build a bridge between their eastern and western colonies, among other reasons to break the British axis that ran from Cape Town to Cairo. Besides, did not colonizing, in short, constitute a task reserved for the great powers? Was it wise to leave it in the hands of tiny and insignificant states like Belgium? In 1914 there was still negotiations with England over a partition of the Belgian Congo. However, the English fell back: they understood very well that the French, with their droit de préemption over the Congo, would never accept it. However, even in Belgium some people wondered if they could not satisfy the hungry oriental neighbor by giving him half of the Congo. An area of six hundred and eighty thousand square kilometers of jungle … would not moderate the Teutonic voracity a little ?.

The period between the wars was marked by the great social changes that had begun during the first decades of the Belgian Congo. The industrial activity intensified more and more. A growing number of people left their village to work for pay. The first cities emerged. There the tribes mixed and new lifestyles became fashionable. On Sunday afternoon people danced to the music of Tino Rossi, while the previous generation had still danced to the rhythm of tamtam. In the countryside, time had not stopped either. The system of forced cultivation introduced during the First World War became widespread. The missions expanded their control over the souls of the Congolese. They also built schools and hospitals in remote places. The teams fighting against sleeping sickness traveled to the smaller towns. Seen that way, everything seemed to be heading towards expansion, a process that benefited both the colonizer and the native. At least that was the image you wanted to give.

Everyone knew that at the beginning, once independence was achieved, we would have to improvise a bit. It was to be hoped that everything was not like silk. However, the fact that in the first six months of existence the Congo had to face the worst mutiny in the army, the mass exodus of the Belgians who had remained in the country, an invasion of the Belgian army, the military intervention by the United Nations, the logistical support of the Soviet Union, a heated phase of the Cold War, an unprecedented constitutional crisis, two sesions covering a third of its territory and, to top it all, a prime minister imprisoned, fled, imprisoned, tortured and murdered, that really nobody had planned. And the situation did not improve. The period between 1960 and 1965 is known today as the First Republic, but at that time it reminded rather of the Final Judgment. The country was divided, suffered a civil war, ethnic pogroms, two coups, three rebellions and had six heads of government (Lumumba, Ileo, Bomboko, Adoula, Tshombe and Kimba), of which two, and maybe three , they were murdered: Lumumba was shot in 1961; Kimba, hanged in 1966; Tshombe, found dead in his prison cell in Algeria in 1969. Even a secretary general of the United Nations, Dag Hammarskjöld, the man who was at the head of an undecided world government, left this life in circumstances never clarified. The execution of Lumumba was kept secret for a time. To erase all traces, Gérard Soete, a Belgian who was Deputy Inspector General of the Katanga police, soon exhumed the mortal remains of the three victims. As they say, a hand, perhaps Lumumba’s hand, protruded from the earth. Soete dismembered the corpses with a saw and dissolved them in sulfuric acid. He took out two gold-set wheels from Lumumba’s upper jaw and cut off three fingers of his hand. In his house in Bruges he kept for years a small box that sometimes showed his visitors. It contained teeth and a bullet. Many years later he threw them into the North Sea. When the world learned of the murder of Lumumba, the confusion was total. People demonstrated on the streets, from Oslo to Tel Aviv and from Vienna to New Delhi. In Belgrade, Warsaw and Cairo, the Belgian embassy was assaulted. While in Moscow they gave their name to a university, the “lumumba”, a popular cocktail based on brandy and chocolate shake, became fashionable in the West.

Mobutu did not trust democratization. He remembered too vividly the debacle of the First Republic. The fall of communism in Europe was in many ways similar to the decolonization of Africa: an abrupt process that accelerated uncontrolled latent hope. He resorted to the following sophistry: “If we impose a democratic system by force according to the Western recipe, then we will fall into a dictatorship.” In Central and Eastern Europe the end of the communist era had arrived without bloodshed. In recent days Mobutu had seen squares in Bucharest in which many tens of thousands of people defied the cold to demand the resignation of the Conductor. In Kinsasa the repressive atmosphere provoked a wave of rumors in which the lies mixed with the truth. That radio bag was called radio-trottoir, since the official media only issued state propaganda. The street became the place for suspicion and sarcasm. In the crossings where the taxibuses were parked clandestine comics and popular paintings were sold. A lively visual culture developed in Kinsasa. In multicopy sheets or rudimentary tarpaulin, social, political and moral issues were addressed without openly declaring opinions in favor or against. The cartoonists and painters represented with clever irony the life in the big city and under the dictatorship. Often, the themes were ambiguous: the artists recreated themselves portraying sin and mocked everything sacred. The scenes resembled those of El Bosco or those of Pieter Bruegel the Elder. Young people who hated mobutism developed a very particular form of social criticism. For this they did not resort to words or images, but to clothes. On April 24, 1990, Mobutu made a decision. It brought together generals, magistrates, ministers, provincial governors, deputies and foreign journalists at the Nsele conference center, which for a quarter of a century had become the Vatican of the MPR. Protected by a battery of microphones, Mobutu went to the room, dressed in the black marshal uniform that Alfons Mertens had made him. He had heard the voice of the people; Zaire would democratize. To everyone’s surprise, he announced the end of the one-party state. From now on there could be three parties, there would be room for a press and free trade unions and free elections would be held within a year. “And what about the head of state in all this? Mobutu asked at the end of his speech. The head of state is above political parties. It will be an arbitrator, moreover, it will be the supreme resource.

The Congolese market is flooded with cheap Chinese products, which has led to the end of local textile production, one of the last remaining processing industries in the country. A wax chinois (a fabric printed from China), the women explained to me, can not be compared to the legendary wax hollandais fabric of Vlisco, with which they made their best clothes. «But what do you want me to tell you? A wax hollandais costs one hundred and twenty dollars, while a chinois wax only 5. “Since clothes, televisions and generators made in China are broken with surprising speed, in lingala a new adjective has appeared: nguanzu, derived from Guangzhou, which means “not very durable”, “of poor quality”. Meanwhile, women who cheat on their husbands are also called nguanzu. Nowadays, we are trying to transform a mass production economy oriented exclusively to exports into an innovative knowledge industry that can also serve a rapidly expanding local market. And it seems to work: in 2008, the year of the crisis, Huawei, the telecommunications giant, signed contracts for more than twenty-three billion dollars, representing an increase of 46 percent. Guangzhou has always been an international business location with its elegant location in the Pearl River delta. The city, which was the beginning of the sea route of silk, soon came into contact with Christianity and Islam. Today it still has a beautiful mosque, perhaps dating back to the seventh century, when Islam emerged, and a Catholic cathedral of much more recent origin. The Persians, the Arabs, the Portuguese and the Dutch got there.

The history of the Congo has been key on several occasions in attempts to define an international world order. In the same way, the contract with China constitutes a decisive milestone in an agitated world immersed in a continuous transformation.

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