500 Años De Frío. La Gran Aventura Del Ártico — Javier Peláez / 500 Years of Cold. The Great Arctic Adventure by Javier Peláez (spanish book edition)

La conquista polar ha sido así durante cinco siglos. Frío, oscuridad, peligros, monstruos, hambre y el aislamiento más desolador. El paso del tiempo apenas ha cambiado estas duras condiciones y, al igual que en el siglo XVI, exploradores modernos como Amundsen o Fiennes acabaron sufriendo las mismas penalidades que ya relataba De Veer en el extenso título de su libro de 1596. La conquista polar es la aventura colectiva más arriesgada y extraordinaria que ha vivido el ser humano en toda su historia.
Actualmente sabemos que lo que contó Piteas era cierto. Sus descripciones coinciden a la perfección con fenómenos que hoy conocemos bien, como el sol de medianoche, las auroras o las grandes barreras de hielo. Sin embargo, durante siglos y siglos, todo lo descubierto se olvidó y volvimos a estar en blanco. Regresamos a la casilla de salida y para coincidir de nuevo con otros exploradores polares, a los que valga la pena mencionar después de Piteas, tendría que pasar más de un milenio, hasta la llegada de los legendarios hombres del norte.

Pensamos en el término «vikingo» como denominación para todos los pueblos nórdicos que tuvieron su esplendor del siglo VIII al siglo XII. Sin embargo, siendo realmente literales, esta palabra tan solo representa a aquellos que se hacían a la mar en expediciones de conquista o de comercio. El término fara í víking, de donde proviene esta voz, significa específicamente «irse de expedición», por lo que los vikingos eran solo aquellos escogidos que se iban de expedición.
De entre aquellos primeros vikingos destaca Hrafna-Flóki Vilgerðarson, también conocido como Flóki de los Cuervos, un astuto navegante del que se tiene constancia escrita como el primero que buscó asentamiento en las costas de Islandia. Sus hazañas se conservan documentadas en el Landnámabók, es decir, el Libro de los asentamientos, donde se relatan las sucesivas odiseas de los pueblos nórdicos para alcanzar y poblar Islandia. Hrafna-Flóki era el cabeza de un clan descendiente de una dinastía poderosa en Escandinavia. Su objetivo era la búsqueda de nuevas tierras para su pueblo, por lo que, a mediados del siglo IX, cargó a su familia, otros parientes y hasta ganado en su embarcación y se lanzó a la aventura mar adentro.
De entre todos aquellos vikingos que se hicieron nuevamente a la mar, sobresale un nombre, una figura que hace años sonaba a leyenda y mito, pero del que cada vez tenemos más datos y conocimientos históricos. Se llamaba Erik el Rojo y en la saga de Ara Frode se dice que «el territorio llamado Groenlandia fue descubierto y colonizado desde Islandia.
Es una idea muy extendida que Groenlandia se llamó así, «Tierra Verde», porque en aquella época era fértil y con un clima muy agradable, pero esto no es del todo cierto. Las condiciones en aquel entonces, sobre todo en verano, podían ser un poco mejores que en la actualidad, pero aun así eran muy duras y, sin duda, no muy diferentes de las que ya poseían en Noruega o Dinamarca. Erik el Rojo eligió deliberadamente el nombre de Greenland para que el rumor se extendiera y otros se animaran a acompañarlo en aquellos territorios.

La General Drafting Company fue una compañía dedicada a cartografiar y comercializar todo tipo de mapas en Estados Unidos a principios del siglo XX. Su fundador, Otto G. Lindberg, empezó a publicar estos mapas en la década de 1930 con la ayuda de otro geógrafo y cartógrafo llamado Ernest Alpers. Por aquella época, al igual que en nuestros días, era frecuente que otras compañías rivales copiaran esos mapas, los cambiaran un poco de aspecto y los hicieran pasar como propios. Las disputas por los derechos de autor sobre aquellos trabajos cartográficos motivaron muchos juicios para aclarar quién era realmente el creador original y quién había copiado el mapa para obtener beneficios.
Las malas artes del plagio eran también bastante comunes en enciclopedias, y por supuesto en periódicos… Pero a veces, la historia se reserva sorprendentes giros. El tiempo pasó, la gente que compró aquel mapa pasaba por allí y algunos avezados caminantes empezaron a notar que, entre aquellos dos senderos, no había nada. Muy pronto, el dueño de una de las parcelas de ese punto imaginario iba a cambiar la vida de aquel vacío porque, al ver que por aquellos caminos empezaba a haber algo de movimiento, se decidió a abrir allí una pequeña tienda para los viajeros. Como el mapa de Lindberg y Alpers había nombrado aquel lugar como Agloe, el comerciante inauguró su tienda llamándola Agloe General Store. Era el año 1950 y aquel comerciante fue el primero que se estableció en el lugar, pronto vendrían más tiendas, algunas casas… Lo que era un punto inventado con las siglas de dos cartógrafos se estaba convirtiendo en un pueblo de verdad. Agloe surgía en el mundo real.
Los primeros mapas polares, fueron decisivos en la historia, algunos para bien y otros para mal, porque, tal como ocurrió con Agloe, inventarse lugares en un mapa, a veces, puede tener consecuencias insospechadas.

En la historia de la exploración polar, la financiación ha sido siempre un quebradero de cabeza para todos aquellos que han querido montar una expedición. Desde Shackleton, hasta Scott, pasando por Franklin, Amundsen o Nansen, el primer paso que tuvieron que dar en cada una de sus expediciones fue siempre buscar el dinero y los recursos financieros para pagar barcos, marineros, provisiones… Algunos de ellos lo pasaron peor buscando apoyos económicos que atrapados en el invierno polar. Martin Frobisher fue el más claro ejemplo de lo complicado de esta tarea, pues empleó década y media de su vida hasta encontrar un mecenas para su proyecto. En 1560, el inglés ya estaba totalmente convencido de que, igual que Magallanes y Elcano habían hallado un paso bordeando América del Sur, tenía que existir otro similar en América del Norte. Además, las andanzas de otro explorador francés llamado Jacques Cartier, que había recorrido unas décadas antes las costas del norte de Canadá durante tres viajes, lo convencieron aún más de que en aquellas latitudes debía de encontrarse una ruta directa hacia las Indias.
¿Dónde buscaría un inglés de mediados del siglo XVI el dinero necesario para montar una expedición? La respuesta es, efectivamente, en la Compañía de Moscovia. Frobisher finalmente logró que la sociedad de mercaderes le subvencionara una tripulación y dos pequeños barcos, junto con una pequeña pinaza de apoyo.
Los resultados de aquel primer viaje fueron bastante pobres, pero Frobisher estaba convencido de que todo el mundo quedaría admirado cuando mostrara a aquel extraño indígena en el Viejo Mundo. Además, los rasgos casi orientales de aquel esquimal le impulsaban a creer que las tierras de Catay y Cipango no debían de estar muy lejos. Al llegar a Inglaterra, efectivamente, el esquimal causó sensación, era el primero que pisaba Europa y todo aquel que lo vio quedó fascinado. Pero la suerte de Frobisher iba a cambiar rápidamente puesto que, solo unos días después de llegar, el célebre invitado fallecería víctima de un resfriado. El primer esquimal de la historia en Europa moría de una gripe… Frobisher acaba de desembarcar en Inglaterra y ya no le quedaba nada que mostrar de su ansiado viaje hacia el norte.
La súbita muerte del inuit dejaba bastante malparado a Frobisher ante los empresarios que habían pagado por su viaje, y el futuro no pintaba bien para el marino. Sin embargo, mientras descargaban los barcos, entre las cosas que habían podido recoger en la isla de Baffin, apareció una piedra que, citando literalmente de la crónica de sus viajes, «brillaba como una refulgente marcasita de oro». El rumor comenzó a extenderse, y la gente empezó a extender la idea de que Frobisher había encontrado oro.

Inglaterra, que había sido la principal impulsora de la exploración de los pasos, también se dispone a vivir momentos convulsos en su historia. A principios del siglo XVII muere la reina Isabel I y con ella finaliza la dinastía Tudor. Llega al poder una nueva casa, la dinastía de los Estuardo, y sus siguientes monarcas tendrán que enfrentar todo tipo de dificultades. Guerras religiosas entre los anglicanos y los puritanos, rebeliones constantes en Irlanda y Escocia o cambios radicales de gobierno, como el de Oliver Cromwell, que decapitó al rey Estuardo e instauró un periodo de república y más tarde de dictadura. Inglaterra estaba atravesando su época más convulsa y la exploración polar dejó de ser algo prioritario. A este ajetreo político hay que añadir que las tradicionales sociedades de mercaderes comienzan a decaer y, a falta de resultados palpables, sus iniciativas van quedando en manos de la Royal Navy, la gran armada inglesa, que adquiere cada vez más protagonismo y presencia en el océano. Los marineros ingleses se forman, no ya como descubridores, sino como militares, y esto tendrá ventajas e inconvenientes. La nueva hornada de exploradores de principios de 1800 estará compuesta por oficiales de la Armada y van a tener una formación militar, estricta, disciplinada, una nueva generación que conocerá como nadie las artes de la marinería pero que, con la inactividad polar de los dos últimos siglos, van a dejar en el olvido lo aprendido en el Ártico. Todo lo que sufrieron, todo lo que vivieron, todas las penurias y dificultades de los marineros de siglos pasados, como Frobisher, Davis o Baffin, quedaban muy lejanas en el tiempo.

El 19 de mayo de 1845, aquellos 134 hombres a bordo del Terror y del Erebus zarpaban desde el canal de Greenhithe, con Franklin a la cabeza, rumbo al noroeste. Su primera, y única parada, fue en la bahía de Disko, en Groenlandia. Allí, se mataron los bueyes, se distribuyó la carne entre los barcos, se escribieron las últimas cartas de despedida y se bajaron de la expedición cinco hombres, que regresarían a Inglaterra en los dos barcos de apoyo. La expedición, finalmente quedó compuesta de la siguiente manera: 129 marinos, dos barcos y un objetivo a cumplir.
Desde Groenlandia partieron hacia la gran bahía de Baffin, y allí, esperando a que el tiempo mejorara, fueron vistos por última vez. Dos barcos balleneros fueron los últimos que se toparon con la expedición de Franklin. A principios de agosto de 1845, los capitanes de aquellos balleneros, el capitán Dannett, del Prince of Wales, y el capitán Robert Martin, del buque Enterprise, informaron de que el HMS Terror y el HMS Erebus se encontraban en las proximidades del estrecho de Lancaster dispuestos a entrar.
La desaparición de Franklin fue todo un shock para la sociedad inglesa. Pasaron años hasta conseguir alguna pista y a su alrededor se fue formando una leyenda, la tragedia de los hombres de Franklin. Su búsqueda, el deseo por encontrar respuestas, ha durado más de siglo y medio, y aún en nuestros días sigue activa. Las pistas que se han ido encontrando, las expediciones que partieron en su busca y también fueron engullidas por el Ártico.
La búsqueda de Franklin pronto se convirtió en un acontecimiento internacional. Lo que comenzó como un problema interno de la Royal Navy se transformó en noticia mundial y, conforme transcurrían los años sin rastro de la expedición, otros países fueron mostrando interés en desvelar el misterio o directamente en convertirse en los primeros que cruzaban el paso del Noroeste. La desaparición de la expedición de Franklin significó un potente hito que caló en la sociedad de mediados del siglo XIX y, a la postre, supuso un gran impulso para la exploración de las regiones polares. En un inicio, las expediciones estadounidenses llegaron de la mano del rico comerciante Henry Grinell, que mantuvo contacto con la decidida Jane Franklin y que terminó financiando varias expediciones en búsqueda de los desaparecidos. En la primera de estas expediciones, estuvo al mando el oficial de la marina Edwin de Haven que, con dos barcos alquilados a la Armada de Estados Unidos, el Rescue y el Advance, partió desde el puerto de Nueva York en mayo de 1850.

Estas palabras del teniente del Ejército de Estados Unidos Adolphus Greely reflejan perfectamente el sentimiento, la decepción, la impotencia, pero también la fuerza de voluntad necesaria para adentrarse en el Ártico durante la conquista polar. Dejarse llevar era sencillo, morir era fácil, lo difícil era vivir. El final de siglo nos acerca al fatigoso intento de construir la primera base ártica por parte de un grupo de soldados en la isla de Ellesmere, durante tres largos años. La epopeya de veinticuatro hombres que jamás habían estado en el Ártico, algunos ni siquiera habían visto el mar en toda su vida. Un ejemplo de valentía y esfuerzo humano, pero también de espíritu científico. Durante el relato de la expedición Greely a la bahía Lady Franklin se vivirían momentos extremos, situaciones mortales, encrucijadas morales, esfuerzo físico al límite y, sin embargo, durante toda esta expedición, sin faltar ni un solo día, los exploradores recogieron datos científicos sobre temperatura, vientos, presión, grosor del hielo…

En los albores del siglo XX, el Ártico permanece esquivo y misterioso. Aún nadie ha conseguido navegar el paso del Noroeste, ni siquiera se sabe si es posible, apenas se han cartografiado unas cuantas regiones de la costa de Groenlandia (el interior resulta inescrutable incluso hoy en día) y, por supuesto, nadie ha logrado alcanzar los 90° N. El objetivo de la nueva expedición de Sverdrup a bordo del Fram sería cartografiar las inmensas zonas que todavía quedaban vacías en Groenlandia y, de paso, realizar un nuevo intento hacia el Polo Norte mediante trineos. Sus patrocinadores garantizaban la financiación del viaje, así como los gastos de la tripulación y la adquisición de una gran cantidad de instrumental científico, especialmente dedicado a la cartografía y la astronomía. Se ocuparon de llenar las bodegas con provisiones para tres años, pero Sverdrup, tras su amplia experiencia en viajes anteriores, insistió en prepararlo todo para al menos cinco años. Su decisión sería la correcta, puesto que, finalmente, la expedición permanecería atrapada en el hielo durante más de cuatro años. La elección de la tripulación también resultaría acertada. Sin contar a Sverdrup, el Fram alojaría a otros quince exploradores que, como en la anterior expedición de Nansen, debían cumplir dos requisitos, ser noruegos y ser útiles en el Ártico. Así, subieron a bordo Victor Baumann, que era el segundo al mando pero también era electricista; Oluf Raanes, un experto pescador; Generius Isachsen, el cartógrafo jefe; Herman Georg Simmons, un botánico con experiencia en otras expediciones naturalistas; Edvard Bay, un zoólogo, experto en la fauna y flora de las regiones árticas; Johan Svendsen, el médico de la expedición; Per Schei, licenciado en mineralogía y geología, y Peder Hendriksen, un veterano del frío que, como muchos otros que se embarcaron con Svedrup, también estuvo en el anterior viaje con Nansen.
El éxito de Amundsen en el paso del Noroeste nos brinda, al fin, el gran momento de conquista, la conclusión a una búsqueda que se había extendido, dura y trágica, durante cinco siglos. Su victoria deja, no obstante, un sabor agridulce, porque incluso el gran noruego tardó más de tres años en atravesarlo. Zarpó en 1903 y no consiguió regresar hasta 1906, así que no parecía la ruta rápida y segura que todos esperaban. Todos los esfuerzos empleados en el paso del Noroeste se realizaron para encontrar una vía de comercio con Asia y, después de tantos años, tantas expediciones, tantos fracasos, la realidad dejaba claro que no compensaba. Tras el éxito de Amundsen, la búsqueda del paso del Noroeste se dio por concluida y sus ventajas económicas no parecían animar a nadie a utilizarlo. El del Nordeste, por su parte, sí ha logrado un amplio empujón comercial y los países nórdicos, junto con Rusia, le están sacando partido desde hace décadas. Por el contrario, el del Noroeste se ha revelado, año tras año, como un verdadero dolor de cabeza para cualquier compañía que intentaba navegarlo, llevando su comercio por aquellos laberintos helados. En 1960, el superpetrolero SS Manhattan con casco reforzado para la ocasión, y acompañado de un rompehielos de apoyo, regresó al Noroeste para comprobar si la ruta podría ser de utilidad con nuevas tecnologías y embarcaciones modernas. Logró su objetivo de navegar la travesía, pero la conclusión de todos los informes seguía siendo clara, el trayecto no era rentable.

Inglaterra y Estados Unidos se las prometían muy felices, vendiendo la piel del oso antes de cazarlo. El orgullo nacional británico y estadounidense se dividía los objetivos, menospreciando a Noruega que, en silencio, contaba con el emperador del frío. Se preveía una carrera espectacular, Amundsen y Peary luchando por el Polo Norte, pero la batalla no se desarrolló como todos esperaban. En su lugar apareció, inesperadamente, un nuevo rival que terminaría montando un embrollo enorme en Estados Unidos: el doctor Frederick Cook, el hombre que disputaría el trono del Ártico a Peary.
Las incoherencias, sombras y contradicciones de la expedición de 1909 al Polo Norte son numerosas, pero aún más sospechosa es la conducta de Peary al retrasar la presentación de sus «pruebas» durante más de un año. El explorador afirmaba que no podía hacerlo debido a un acuerdo previo con sus editores, que estaban preparando la publicación de un libro, pero su negativa a enseñar las evidencias se mantuvo incluso después de que la obra apareciera en 1910.
Las argucias y tejemanejes de Peary funcionaron durante mucho tiempo. La sociedad de principios de siglo lo tenía claro: dos estadounidenses reclamaban el honor de haber llegado antes el Polo Norte, y ante la duda, todos sabían que Cook había mentido en el McKinley, así que Peary debía estar en lo cierto. Los dos exploradores se enzarzaron a insultos; su enemistad era bien conocida, y ambos quedaron expuestos ante la opinión pública por sus continuas peleas. La propia prensa se dividió. The New York Times era el aliado de Peary y el Herald Tribune apoyaba a Cook. Uno de los titulares más concluyentes de la época decía: «Cook es un caballero y un mentiroso, Peary ninguna de las dos cosas». La disputa se extendió durante años, e incluso, en 1930, se celebró un juicio. Cook terminó siendo condenado a pasar un tiempo en la cárcel por fraude. Mientras tanto, en medio de aquel desbarajuste de principios de siglo, Peary se alzaba con la victoria y ya todos le daban por justo ganador. El mismo Amundsen, que preparaba su propia expedición al Polo Norte se rindió ante la falsa evidencia de que Peary ya lo había conseguido.
En definitiva, estas son las tres conquistas del Polo Norte, las verdaderas:

Nobile, Amundsen, Ellsworth, Wisting y el resto de tripulantes a bordo del dirigible Norge fueron los primeros en llegar.
Kuznetsov y sus científicos de la expedición Sever-2, los primeros en pisar.
Herbert y su equipo de la British Trans-Arctic Expedition, los primeros en conquistar.

Los cinco siglos recorridos hasta ahora nos dejan una reflexión simple pero directa: en la exploración polar todo es extremo. Las condiciones climáticas, la dificultad del terreno, la soledad y el aislamiento, la eterna noche que cubre durante meses el ánimo de los exploradores… Todos y cada uno de los elementos del Ártico parecen estar diseñados por una mente diabólica con el único objetivo de poner a prueba la resistencia humana. Precisamente por eso es allí donde se dan las odiseas más épicas, las amistades más duraderas y los actos de valor más increíbles. También es el escenario de los actos más viles, de las mentiras más descaradas, de las venganzas más hostiles y de las enemistades más enconadas. Uno de estos duros enfrentamientos tuvo como protagonistas a Umberto Nobile y a Roald Amundsen. Durante meses se insultaron públicamente, se menospreciaron e incluso el noruego dejó por escrito «el deshonesto Nobile es mi mayor enemigo». Aun así, cuando en junio de 1928 Amundsen tuvo noticias del accidente del dirigible de Nobile en el Polo Norte, el veterano explorador noruego se subió a un hidroavión y fue de los primeros en salir en su ayuda. Así eran los hombres que surcaron el Ártico…

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The polar conquest has been like this for five centuries. Cold, darkness, dangers, monsters, hunger and the most desolate isolation. The passage of time has barely changed these harsh conditions and, as in the sixteenth century, modern explorers such as Amundsen or Fiennes ended up suffering the same penalties that De Veer already recounted in the extensive title of his 1596 book. The polar conquest is the most risky and extraordinary collective adventure that human beings have lived throughout their history.
We currently know that what Piteas told was true. Their descriptions coincide perfectly with phenomena that we know well today, such as the midnight sun, the auroras or the great ice barriers. However, for centuries and centuries, everything discovered was forgotten and we were blank again. We return to the exit box and to coincide again with other polar explorers, which are worth mentioning after Piteas, it would take more than a millennium, until the arrival of the legendary men from the north.

We think of the term “Viking” as a denomination for all the Nordic peoples that had their splendor from the 8th to the 12th centuries. However, being really literal, this word only represents those who went to sea in expeditions of conquest or commerce. The term fara í víking, where this voice comes from, specifically means “to go on an expedition”, so the Vikings were only those chosen to go on an expedition.
Among those first Vikings, Hrafna-Flóki Vilgerðarson, also known as Flóki of the crows, stands out, a cunning navigator whose written record is recorded as the first to seek settlement on the coasts of Iceland. His exploits are preserved documented in the Landnámabók, that is, the Book of settlements, where the successive odyssey of the Nordic peoples to reach and populate Iceland is recounted. Hrafna-Flóki was the head of a clan descended from a powerful dynasty in Scandinavia. His goal was to search for new land for his people, so, in the middle of the ninth century, he carried his family, other relatives and even cattle on his boat and launched into the offshore adventure.
Among all those Vikings who went back to sea, a name stands out, a figure that sounded years ago legend and myth, but of which we have more and more historical data and knowledge. His name was Erik the Red and in the Ara Frode saga it is said that “the territory called Greenland was discovered and colonized from Iceland.
It is a widespread idea that Greenland was named like this, “Green Earth”, because at that time it was fertile and with a very pleasant climate, but this is not quite true. The conditions at that time, especially in summer, could be a little better than at present, but they were still very hard and, no doubt, not very different from those already in Norway or Denmark. Erik the Red deliberately chose the name of Greenland so that the rumor spread and others were encouraged to accompany him in those territories.

The General Drafting Company was a company dedicated to mapping and marketing all kinds of maps in the United States at the beginning of the 20th century. Its founder, Otto G. Lindberg, began publishing these maps in the 1930s with the help of another geographer and cartographer named Ernest Alpers. At that time, as in our days, it was common for other rival companies to copy those maps, change them a bit and make them happen as their own. Copyright disputes over those cartographic works motivated many judgments to clarify who the original creator really was and who had copied the map for profit.
The bad arts of plagiarism were also quite common in encyclopedias, and of course in newspapers … But sometimes, history reserves amazing turns. Time passed, the people who bought that map passed by and some seasoned walkers began to notice that, between those two paths, there was nothing. Very soon, the owner of one of the plots of that imaginary point was going to change the life of that emptiness because, seeing that some roads began to have some movement, he decided to open a small shop there for travelers. As the map of Lindberg and Alpers had named that place as Agloe, the merchant opened his store by calling it Agloe General Store. It was the year 1950 and that merchant was the first to settle in the place, soon more stores would come, some houses … What was an invented point with the acronym of two cartographers was becoming a real town. Agloe arose in the real world.
The first polar maps were decisive in history, some for good and others for bad, because, as happened with Agloe, inventing places on a map can sometimes have unsuspected consequences.

In the history of polar exploration, financing has always been a headache for all those who wanted to set up an expedition. From Shackleton, to Scott, through Franklin, Amundsen or Nansen, the first step they had to take in each of their expeditions was always to look for money and financial resources to pay for ships, sailors, provisions … Some of them They went worse looking for economic support than trapped in the polar winter. Martin Frobisher was the clearest example of the complexity of this task, since he spent a decade and a half of his life until he found a patron for his project. In 1560, the Englishman was already completely convinced that, just as Magellan and Elcano had found a step bordering South America, there had to be a similar one in North America. In addition, the adventures of another French explorer named Jacques Cartier, who had traveled the coast of northern Canada a few decades earlier for three trips, convinced him even more that in those latitudes a direct route to the Indies must be found.
Where would an Englishman from the mid-16th century look for the money needed to set up an expedition? The answer is, indeed, in the Moscow Company. Frobisher finally got the merchant society subsidized by a crew and two small ships, along with a small support pinnace.
The results of that first trip were quite poor, but Frobisher was convinced that everyone would be admired when he showed that strange Indian in the Old World. In addition, the almost oriental features of that Eskimo led him to believe that the lands of Catay and Cipango should not be far away. When he arrived in England, indeed, the Eskimo caused a sensation, he was the first to step on Europe and everyone who saw him was fascinated. But the fate of Frobisher was going to change rapidly since, just a few days after arriving, the famous guest would die the victim of a cold. The first Eskimo in history in Europe died of a flu … Frobisher just landed in England and he had nothing left to show of his long-awaited trip north.
The sudden death of the Inuit left Frobisher quite badly before the businessmen who had paid for his trip, and the future did not look good for the sailor. However, while the ships were unloading, among the things they had been able to pick up on Baffin Island, a stone appeared that, literally citing the chronicle of their travels, “shone like a glittering little gold mark.” The rumor began to spread, and people began to spread the idea that Frobisher had found gold.

England, which had been the main driving force behind the exploration of the steps, is also preparing to experience convulsive moments in its history. At the beginning of the 17th century, Queen Elizabeth I died and with it the Tudor dynasty ended. A new house, the dynasty of the Stuart, comes to power, and its next monarchs will have to face all kinds of difficulties. Religious wars between the Anglicans and the Puritans, constant rebellions in Ireland and Scotland or radical changes of government, such as that of Oliver Cromwell, who beheaded King Stuart and established a period of republic and later dictatorship. England was going through its most troubled era and polar exploration ceased to be a priority. To this political hustle and bustle, we must add that traditional merchant societies begin to decline and, in the absence of tangible results, their initiatives remain in the hands of the Royal Navy, the great English army, which acquires more and more prominence and presence in the ocean. English sailors are formed, not only as discoverers, but as military, and this will have advantages and disadvantages. The new batch of explorers of the early 1800s will be composed of Navy officers and will have a strict, disciplined military training, a new generation that will know as nobody the arts of the seafaring but that, with the polar inactivity of the two In the last centuries, they will forget what they have learned in the Arctic. Everything they suffered, everything they lived, all the hardships and difficulties of sailors of past centuries, such as Frobisher, Davis or Baffin, were very far away in time.

On May 19, 1845, those 134 men aboard the Terror and the Erebus sailed from the Greenhithe Canal, with Franklin in the lead, heading northwest. His first, and only stop, was at Disko Bay, in Greenland. There, the oxen were killed, the meat was distributed among the ships, the last farewell letters were written, and five men, who would return to England on the two support ships, got off the expedition. The expedition was finally composed as follows: 129 sailors, two ships and a goal to meet.
From Greenland they left for the great bay of Baffin, and there, waiting for the weather to improve, they were last seen. Two whaling ships were the last to run into Franklin’s expedition. In early August 1845, the captains of those whalers, Captain Dannett, of the Prince of Wales, and Captain Robert Martin, of the Enterprise vessel, reported that HMS Terror and HMS Erebus were in the vicinity of the Strait of Lancaster willing to enter.
Franklin’s disappearance was a shock to English society. Years went by to get some clue and around it a legend was formed, the tragedy of Franklin’s men. His search, the desire to find answers, has lasted more than a century and a half, and still remains active today. The clues that have been found, the expeditions that set out in their search and were also swallowed by the Arctic.
Franklin’s search soon became an international event. What began as an internal problem of the Royal Navy became world news and, as the years passed without a trace of the expedition, other countries were showing interest in revealing the mystery or directly becoming the first to cross the Northwest pass . The disappearance of Franklin’s expedition meant a powerful milestone that calmed society in the mid-nineteenth century and, in the end, was a great impetus for the exploration of polar regions. Initially, American expeditions came from the hand of the rich merchant Henry Grinell, who maintained contact with the determined Jane Franklin and ended up financing several expeditions in search of the missing. On the first of these expeditions, Navy officer Edwin de Haven was in command, who, with two ships rented to the United States Navy, the Rescue and Advance, departed from the port of New York in May 1850.

These words of United States Army Lieutenant Adolphus Greely perfectly reflect the feeling, disappointment, helplessness, but also the willpower necessary to enter the Arctic during the polar conquest. Getting carried away was simple, dying was easy, the hard part was living. The end of the century brings us closer to the tiring attempt to build the first Arctic base by a group of soldiers on the island of Ellesmere, for three long years. The epic of twenty-four men who had never been to the Arctic, some had not even seen the sea in their entire lives. An example of courage and human effort, but also of scientific spirit. During the story of the Greely expedition to Lady Franklin Bay, extreme moments, mortal situations, moral crossroads, physical effort to the limit would be experienced and, however, throughout this expedition, without missing a single day, the explorers collected scientific data on temperature, winds, pressure, ice thickness …

At the dawn of the twentieth century, the Arctic remains elusive and mysterious. No one has yet managed to navigate the Northwest passage, it is not even known if possible, just a few regions of the Greenland coast have been mapped (the interior is inscrutable even today) and, of course, no one has managed to reach 90 ° N. The aim of the new Sverdrup expedition aboard the Fram would be to map the vast areas that were still empty in Greenland and, incidentally, make a new attempt towards the North Pole by sledding. Its sponsors guaranteed the financing of the trip, as well as the expenses of the crew and the acquisition of a large amount of scientific instruments, especially dedicated to cartography and astronomy. They took care of filling the warehouses with provisions for three years, but Sverdrup, after his extensive experience in previous trips, insisted on preparing everything for at least five years. His decision would be correct, since, finally, the expedition would remain trapped in the ice for more than four years. The choice of the crew would also be right. Without counting Sverdrup, the Fram would house another fifteen explorers who, as in the previous Nansen expedition, had to meet two requirements, be Norwegian and be useful in the Arctic. Thus, Victor Baumann, who was the second in command but was also an electrician, got on board; Oluf Raanes, an expert fisherman; Generius Isachsen, the chief cartographer; Herman Georg Simmons, a botanist with experience in other naturalistic expeditions; Edvard Bay, a zoologist, an expert in the fauna and flora of the Arctic regions; Johan Svendsen, the expedition doctor; Per Schei, a graduate in mineralogy and geology, and Peder Hendriksen, a veteran of the cold who, like many others who embarked with Svedrup, was also on the previous trip with Nansen.
The success of Amundsen in the passage of the Northwest gives us, finally, the great moment of conquest, the conclusion to a search that had extended, hard and tragic, during five centuries. His victory leaves, however, a bittersweet taste, because even the great Norwegian took more than three years to pass through. He sailed in 1903 and failed to return until 1906, so it didn’t seem like the fast and safe route everyone expected. All the efforts used in the passage of the Northwest were made to find a way of trade with Asia and, after so many years, so many expeditions, so many failures, the reality made it clear that it did not compensate. After the success of Amundsen, the search for the passage of the Northwest was terminated and its economic advantages did not seem to encourage anyone to use it. The Northeast, meanwhile, has achieved a wide commercial push and the Nordic countries, along with Russia, have been taking advantage of it for decades. On the contrary, that of the Northwest has been revealed, year after year, as a real headache for any company that tried to navigate it, taking its trade through those icy mazes. In 1960, the super-SS SS Manhattan with a reinforced helmet for the occasion, and accompanied by a support icebreaker, returned to the Northwest to see if the route could be useful with new technologies and modern boats. He achieved his goal of navigating the crossing, but the conclusion of all reports remained clear, the journey was not profitable.

England and the United States promised them very happy, selling the bear’s skin before hunting it. British and American national pride divided the objectives, belittling Norway that, in silence, had the cold emperor. A spectacular race was planned, Amundsen and Peary fighting for the North Pole, but the battle did not unfold as everyone expected. Instead, unexpectedly, a new rival appeared who would end up riding a huge mess in the United States: Dr. Frederick Cook, the man who would dispute the Arctic throne to Peary.
The inconsistencies, shadows and contradictions of the 1909 expedition to the North Pole are numerous, but even more suspicious is Peary’s behavior by delaying the presentation of his “evidence” for more than a year. The explorer claimed that he could not do so due to a prior agreement with his editors, who were preparing the publication of a book, but his refusal to teach the evidence remained even after the work appeared in 1910.
Peary’s tricks and weavings worked for a long time. The society of the beginning of the century was clear: two Americans claimed the honor of having arrived before the North Pole, and when in doubt, everyone knew that Cook had lied at the McKinley, so Peary must be right. The two explorers were locked in insults; their enmity was well known, and both were exposed to public opinion for their continued fights. The press itself was divided. The New York Times was Peary’s ally and the Herald Tribune supported Cook. One of the most conclusive headlines of the time said: “Cook is a gentleman and a liar, Peary neither.” The dispute lasted for years, and even, in 1930, a trial was held. Cook ended up being sentenced to spend time in jail for fraud. Meanwhile, in the middle of that mess of the beginning of the century, Peary rose with victory and everyone already considered him a fair winner. Amundsen himself, who was preparing his own expedition to the North Pole, surrendered to the false evidence that Peary had already succeeded.
In short, these are the three conquests of the North Pole, the real ones:

Nobile, Amundsen, Ellsworth, Wisting and the rest of the crew aboard the Norge airship were the first to arrive.
Kuznetsov and his scientists from the Sever-2 expedition, the first to step on.
Herbert and his team from the British Trans-Arctic Expedition, the first to conquer.

The five centuries traveled so far leave us a simple but direct reflection: everything is extreme in polar exploration. The climatic conditions, the difficulty of the terrain, the solitude and the isolation, the eternal night that covers for months the spirit of the explorers … Each and every one of the elements of the Arctic seems to be designed by a diabolical mind with the only objective of testing human resistance. That is precisely why there are the most epic odyssey, the most lasting friendships and the most incredible acts of courage. It is also the scene of the most vile acts, of the most brazen lies, of the most hostile revenges and of the most bitter enemies. One of these hard confrontations had Umberto Nobile and Roald Amundsen as protagonists. For months they publicly insulted, belittled themselves and even the Norwegian left in writing “the dishonest Nobile is my greatest enemy.” Even so, when in June 1928 Amundsen had news of the Nobile airship accident at the North Pole, the veteran Norwegian explorer boarded a seaplane and was among the first to come to his aid. So were the men who crossed the Arctic …

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