Adiós Al Caballo. Historia De Una Separación — Ulrich Raulff / Farewell to the Horse: The Final Century of Our Relationship by Ulrich Raulff

Es un libro que encantará a los amantes de esta animales. Contenía mucha historia interesante sobre el papel del caballo en diferentes sociedades pero especialmente en las occidentales. El libro es largo y muy detallado. Me gustan los caballos y me gusta la historia, pero este libro contenía mucho más de lo que quería saber. Es un libro excelentemente investigado y vale la pena el precio de compra. Aunque es una historia triste. El caballo fue usado y abusado, a pesar de ser el más majestuoso de todos los animales domesticados. Fueron maltratados en las guerras y en las ciudades como trabajadores. Eran animales importantes para muchas personas, pero cuando el trabajo mecánico eliminaba la necesidad de caballos, el caballo se tiraba como un trapo viejo. La propiedad de caballos en los Estados Unidos era bastante común hasta mediados del siglo 20 y ha disminuido vertiginosamente desde entonces. Ahora son más de un pasatiempo extremo, tristemente.

El capítulo “cabalgando hacia el Oeste”, que trata sobre caballos indios, de caballería y ranchos del oeste estadounidense del siglo XIX, un área en la que tengo experiencia. De inmediato se hizo evidente que, al igual que en muchas grandes obras de la historia, los detalles no siempre son precisos. Entonces, aunque se puede felicitar al autor por haber preparado el “panorama general”, me sorprendió bastante encontrar que muchas, incluso la mayoría, de sus fuentes eran antiguas y obsoletas o no eran confiables. Citaré solo 2 ejemplos, pero hay muchos más. Primero, el capítulo comienza con referencias repetidas a Comanche, el famoso Séptimo Caballería de Caballería que sobrevivió a la batalla de Little Bighorn en la que Custer fue asesinado. El autor se refiere en repetidas ocasiones a Comanche como un semental —fue un empollón— y afirma el mito tan largamente corregido de que Comanche fue el único sobreviviente de la pelea; otra vez falso, ya que fue uno de los varios caballos de caballería que fueron rescatados por las tropas o luego recuperados de los indios. ¿Consulta el excelente libro de 1989 Su muy silencioso discurso: Comanche, el caballo que sobrevivió a la última batalla de Custer por Elizabeth A. Lawrence, antropóloga cultural y veterinaria, que revisó todos los registros del Ejército de los EE. UU.? No, simplemente recicla los errores en el “Mustang” de D. Stillman, un libro popular de un periodista que también se equivoca en muchas cosas. Aún más sorprendente, la mayoría de las fuentes del autor sobre caballos nativos americanos y la equitación se publicaron antes de 1950, y se basa en gran medida en la “Cultura de la influencia de los caballos de Clark Wissler en 1914”. Tales fuentes antiguas son valiosas pero también contienen muchos entendimientos que han sido revisados significativamente por becas más recientes. Estas debilidades evidentes me hacen sospechar del resto del libro. Si bien el autor puede estar más familiarizado con las fuentes europeas, su confianza en obras secundarias populares y fuentes antiguas es evidencia de investigaciones superficiales. Muy decepcionante.

Durante milenios, aportaron la fuerza y velocidad que nos faltaba a los humanos, y determinaron el modo en que viajábamos, cultivábamos y luchábamos. Su intervención fue fundamental en innumerables eventos históricos, y ciudades, tierras de cultivo e industrias enteras se adaptaban antaño a sus necesidades. Se esculpían, pintaban, admiraban. Del Imperio romano al napoleónico, todo conquistador debía ser mostrado a caballo. Tolstoi aseguraba haber acumulado unos nueve años de su vida cabalgando. En el siglo XX se rompieron los lazos, y los millones de caballos con los que compartíamos nuestras vidas prácticamente desaparecieron, relegados a las carreras y los clubs de ponis.

En los comienzos de la era del caballo hay una paradoja; en realidad, es la paradoja original de toda la historia. Un mamífero inteligente, el ser humano, se adueña de otro mamífero: el caballo. Lo domestica y lo cría, se hace amigo suyo y lo utiliza para sus fines. Lo asombroso de este proceso es que funciona incluso si los fines del humano son contrarios a la naturaleza de su colega cuadrúpedo. A diferencia del hombre, el caballo es por naturaleza un animal que huye. Cuando no está compitiendo con otros por asuntos sexuales (los famosos sementales que se pelean), no busca enfrentamientos ni disputas; el instinto de buscar presas es algo desconocido para el gran herbívoro. La velocidad con que emprende la huida es el medio que tiene para escapar de la amenaza de cazadores y carnívoros. Esta es precisamente la característica que atrajo la atención y despertó el interés de otro mamífero: el humano. Inicialmente no se vio al caballo como fuente de proteínas, ni siquiera como bestia de carga o de tiro, ni ocupó pronto un lugar central en la historia humana. Como bestia de carga y de tiro entró, al lado del buey y el asno, por el patio trasero de la historia, o, digamos, por la entrada de servicio. Solo como animal veloz se puso el caballo a la vanguardia de la simbiosis de historia y naturaleza. Un puesto que, a pesar de todos los éxitos históricos de otros animales, desde el camello hasta el elefante, logró conservar indiscutido durante seis mil años. La cualidad más importante que permitió al caballo entrar en la historia es la velocidad.

La creciente dependencia de los caballos para la expansión y la mecanización del transporte urbano cambió la relación de la ciudad con el campo que la rodeaba. Las granjas ya no eran solamente suministradoras de verduras, carne y leche para el consumo de la población urbana; a lo largo del siglo XIX, los campesinos de los alrededores de las ciudades se ocuparon cada vez más de la cría y la alimentación de los caballos. Los requerimientos de la economía equina desplegaban nuevas y lucrativas ramas comerciales. «Una economía basada en el caballo —dicen los historiadores estadounidenses McShane y Tarr— demandaba enormes insumos de tierra, trabajo y capital. […] La economía propulsada por los caballos requería vastos terrenos, tanto para el pasto en zonas rurales antes de la migración de los animales como para la provisión de forraje para su alimentación posterior». Los tres millones de caballos que, en 1900, poblaban las ciudades de Estados Unidos consumían ocho millones de toneladas de heno y casi nueve millones de toneladas de avena cada año. Para producir tal cantidad de forraje se necesitaban doce millones de acres de tierra, esto es, cuatro acres por caballo. No solo el tráfico dentro de la ciudad hizo crecer la demanda de caballos. Esta también aumentó en el campo. Desde fines del siglo XVIII el caballo desplazó definitivamente al buey y al asno como principal proveedor de tracción animal. Las principales razones de este cambio fueron, además de la expansión y la mejora de la red de carreteras y su firmeza. El caballo aportaba algo que acabaría siendo más importante y fundamental para la economía moderna que las proteínas, los carbohidratos y los tejidos: la energía. Era necesario acostumbrar a los caballos al tránsito y a la ciudad, y en el ámbito militar, a los disparos y los cañonazos. Pero no solo el animal necesitaba ser criado y adiestrado de una manera concreta; también el humano debía adaptarse a las nuevas circunstancias, a la vida en sistemas cada vez más complejos y dinámicos, lo que significa que también necesitaba ser adiestrado para tolerar el tránsito moderno. Con la revolución industrial el caballo mecánico es más ligero, fuerte, rápido, resistente, limpio, fácil de manejar y, bajo ciertas condiciones, ya es más barato que el otro. En cuanto se cumplan las condiciones para una mayor asequibilidad del vehículo autoimpulsado, el caballo desaparecerá de nuestras calles como animal de tiro».

El centro de gravedad natural del mundo de los caballos es la feria. En ella se concentran todas las personas que viven de y con los caballos: tratantes, criadores, entendidos, vendedores (algunos honrados y otros menos), mozos de cuadra, cocheros, aparejadores, zagales… Y en la periferia de ese mercado, comerciantes ante sus carros con sillas de montar, mantas, almohazas y látigos amontonados a su lado, y tenderos ambulantes que ofrecen tinturas. Al otro lado, enjambres de clientes: campesinos, artesanos, mayorales, transportistas, empleados de ómnibus y compradores de caballos para el ejército. Y en medio de todos estos representantes de la oferta y la demanda, el verdadero protagonista del mercado, que sacude la cabeza, resopla y mastica su bridón: la mercancía viviente, el caballo. Caballos de sangre fría y caballos de tiro, llamados así según la región de donde proceden; purasangres o sangre caliente, por cuyas venas corre sangre inglesa; corceles gigantes y enanos, robustos caballos de carruaje… Como todos los mercados de caballos, el de París era un punto de encuentro de varones. Las mujeres atendían las tascas de los alrededores del mercado donde se cerraban los tratos; en el mercado no tenían nada que hacer, porque el comercio de caballos era cosa de hombres. Nadie prestaba atención al elegante joven que en el año 1851 deambulaba durante horas o días por la feria de los caballos de París. Confiando en que nadie le observaba, de vez en cuando hacía apuntes en un cuaderno como el que llevaban los pintores en sus viajes. Nadie reconoció a la que era una joven que, vestida de hombre, tenía un ambicioso plan. Deseaba crear una obra como la que había empezado, pero no acabado, el venerado Théodore Géricault: un magnífico cuadro de gran formato que remedara, no simplemente repitiera, la famosa cabalgada del friso del Partenón; que la reinterpretara trasladándola al presente. Rosa Bonheur ya se había hecho un nombre como pintora de animales, pero en ese momento apuntaba más alto. También para Degas el friso del Partenón representaba la primera, y probablemente la más importante, de todas las carreras de caballos, cuya verdad artística valía la pena inquirir. Los caballos de Fidias, cuyos moldes de yeso copió Degas en París y Lyon en 1855, siendo estudiante de bellas artes, abrieron sus ojos a los purasangres de Chantilly y Longchamp, que seis o siete años más tarde estudiaría. El amplio formato del friso se ofrecía a la reproducción de las escenas típicas de los hipódromos: las apretadas cabalgadas y los vertiginosos giros de las patas de los caballos competidores. Solo en la última etapa de su vida, cuando el avance de su ceguera hacía inútil que continuara empeñándose en lograr una reproducción fotorrealista de los caballos y su movimiento, parecía que el pintor se había apartado de los griegos. Su consecuente salto a la modernidad lo dio con jockeys cabalgando en una tierra de nadie de los colores sobre caballos cuyos cuartos excesivamente largos nos recuerdan a las modelos de las pasarelas, y con ayuda de esquemas arcaicos como los que sobreviven en juguetes de madera y en carruseles de feria.

Con el caballo, el hombre no solo tenía un compañero particularmente rápido y ágil cuya fuerza, resistencia y velocidad le permitían conducir la guerra de una forma nueva e inaudita y hacer «gran política». El caballo también era un compañero comparativamente poco exigente y robusto, y casi tan adaptable como el hombre mismo. Esto lo evidenciaban sobre todo las necesidades nutricionales del caballo y su sistema digestivo. Los caballos se alimentan de pastos que el ganado vacuno no come por ser su estructura celulósica demasiado dura y su contenido de proteínas demasiado escaso, por lo que no ofrecen suficiente nutrición a las vacas y a la mayoría de los ungulados de pezuña hendida. Además, las vacas necesitan un tiempo de reposo para rumiar, mientras que el caballo, con su estómago simple, puede digerir estando en movimiento. La primera condición para que un animal sea tan resistente y poco exigente en su alimentación como el caballo es, sin duda, una dentadura como la suya: gracias a sus largos y duros dientes, los caballos y otros équidos pueden pacer en praderas, estepas y sabanas y triturar plantas de tallo duro con una elevada proporción de silicio en las paredes celulares. A medida que evolucionaba la dentadura de los precursores del caballo, estos estuvieron en condiciones de renunciar a las hojas blandas y cambiar su antiguo hábitat, los bosques, por la estepa. Para tener una alimentación suficiente, los caballos debían consumir este nuevo pasto, más pobre en proteínas, en mayores cantidades. Y esto implicaba que los recién llegados a las estepas y las zonas semiáridas pudieran moverse libremente, recorrer grandes distancias y vivir en pequeños grupos.

Es esencial en las Artes, Picasso cuando pintó el Guernica, no podía prescindir de la imagen del caballo. En una escena descrita lacónicamente en poco más de una página, Thomas Hardy habla de la muerte de un caballo. Una noche de mayo, ya cerca del amanecer, la joven Tess Durbeyfield regresa a casa conduciendo un carromato, con su hermano medio dormido, por los estrechos caminos rurales del sur de Inglaterra. Delante del coche va el viejo castrado Prince. Como el caballo conoce el camino, Tess cierra los ojos sin percatarse de que también ella se está durmiendo…

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It is a book that will delight lovers of these animals. It contained a lot of interesting history about the horse’s role in different societies but especially western societies. The book is long and very detailed. I like horses and I like history but this book contained a lot more than I wanted to know. It’s an excellently researched book and it is worth the purchase price. It’s a sad story, though. The horse was used and abused, despite its being the most majestic of all the domesticated animals. They were poorly treated in wars and in cities as laborers. They were important animals to many people but when mechanized labor obviated the need for horses, the horse was tossed off like an old rag. Horse ownership in the U.S. was quite common until the middle of the 20th century and it has declined precipitously since then. They are more of an extreme hobby now, sadly.

The chapter “Riding West,” which discusses Indian, cavalry, and ranch horses of the 19th Century American west, an area in which I have expertise. It was immediately apparent that, like many big, sweeping works of history, the details are not always accurate. So while the author may be congratulated on putting together the “big picture,” I was quite surprised to find that many-even most- of his sources were either old and obsolete or not reliable. I will cite just 2 examples, but there are many more. First, the chapter begins with repeated references to Comanche, the famous Seventh Cavalry mount who survived the Little Bighorn battle in which Custer was killed. The author repeatedly refers to Comanche as a stallion-he was a gelding-and asserts the the long-corrected myth that Comanche was the only survivor of the fight; again untrue as he was one of several cavalry horses that were either rescued by troops or later recovered from Indians. Does he consult the excellent 1989 book His Very Silence Speaks: Comanche, the Horse Who Survived Custer’s Last Stand by Elizabeth A. Lawrence, a cultural anthropologist and veterinarian, who reviewed all of the US Army records? No, he simply recycles errors in D. Stillman’s “Mustang”-a popular book by a journalist that also gets many things wrong. Even more shockingly, most of the author’s sources on Native American horses and horsemanship were published before 1950, and he relies heavily on Clark Wissler’s 1914 “The Influence of the Horse on Plains Indian Culture.” Such older sources are valuable but they also contain many understandings that have been significantly revised by more recent scholarship. These glaring weaknesses make me suspicious of the rest of the book. While the author may be more familiar with European sources, his reliance on popular secondary works and ancient sources is evidence of superficial research. Very disappointing.

For millennia, they brought the strength and speed that we lacked to humans, and they determined the way we traveled, cultivated and fought. His intervention was fundamental in innumerable historical events, and cities, farmlands and entire industries were once adapted to their needs. They sculpted, painted, admired. From the Roman Empire to the Napoleonic, every conqueror must be shown on horseback. Tolstoy claimed to have accumulated about nine years of his life riding. In the twentieth century ties were broken, and the millions of horses with which we shared our lives practically disappeared, relegated to racing and the clubs of ponies.

At the beginning of the horse age there is a paradox; in reality, it is the original paradox of the whole story. An intelligent mammal, the human being, takes over another mammal: the horse. He domesticates and breeds him, befriends him and uses it for his purposes. The amazing thing about this process is that it works even if the human’s ends are contrary to the nature of his quadruped colleague. Unlike man, the horse is by nature an animal that flees. When he is not competing with others for sexual matters (the famous fighting stallions), he does not seek confrontations or disputes; the instinct to look for prey is unknown to the great herbivore. The speed with which he undertakes the flight is the means he has to escape the threat of hunters and carnivores. This is precisely the characteristic that attracted attention and aroused the interest of another mammal: the human. Initially the horse was not seen as a source of protein, not even as a beast of burden or shooting, nor soon occupied a central place in human history. As a beast of burden and shooting, he entered, next to the ox and the donkey, through the backyard of history, or, say, through the service entrance. Only as a fast animal did the horse at the forefront of the symbiosis of history and nature. A position that, in spite of all the historical successes of other animals, from the camel to the elephant, managed to keep undisputed for six thousand years. The most important quality that allowed the horse to enter history is speed.

The increasing dependence of horses for the expansion and mechanization of urban transport changed the relationship of the city with the surrounding countryside. The farms were no longer just suppliers of vegetables, meat and milk for the urban population; Throughout the nineteenth century, the peasants around the cities were increasingly occupied with the breeding and feeding of horses. The requirements of the equine economy displayed new and lucrative commercial branches. “A horse-based economy,” say the American historians McShane and Tarr, demanded huge supplies of land, labor and capital. […] The economy propelled by horses required vast areas, both for pasture in rural areas before the migration of animals and for the provision of fodder for their subsequent feeding. ” The three million horses that populated the cities of the United States in 1900 consumed eight million tons of hay and almost nine million tons of oats each year. Twelve million acres of land, that is, four acres per horse, were needed to produce such an amount of forage. Not only did traffic within the city increase the demand for horses. This also increased in the field. Since the end of the eighteenth century the horse definitively moved the ox and the donkey as the main provider of animal traction. The main reasons for this change were, in addition to the expansion and improvement of the road network and its firmness. The horse contributed something that would end up being more important and fundamental for the modern economy than proteins, carbohydrates and tissues: energy. It was necessary to accustom horses to transit and to the city, and in the military field, to gunshots and cannon fire. But not only the animal needed to be raised and trained in a concrete way; the human also had to adapt to new circumstances, to life in increasingly complex and dynamic systems, which means that he also needed to be trained to tolerate modern transit. With the industrial revolution, the mechanical horse is lighter, stronger, faster, stronger, cleaner, easier to handle and, under certain conditions, it is cheaper than the other. As soon as the conditions for greater affordability of the self-propelled vehicle are met, the horse will disappear from our streets as a shooting animal”.

The natural center of gravity of the world of horses is the fair. It concentrates all the people who live with and with horses: dealers, breeders, connoisseurs, sellers (some honest and others less), waiters, coachmen, surveyors, zagales … And on the periphery of that market, merchants in front of their cars with saddles, blankets, whippers and whips stacked beside them, and itinerant shopkeepers offering dyes. On the other side, swarms of clients: peasants, artisans, foremen, transporters, bus employees and horse buyers for the army. And in the midst of all these representatives of supply and demand, the true protagonist of the market, who shakes his head, snorts and chews his bridle: the living merchandise, the horse. Cold-blooded horses and draft horses, named after the region from which they come; pureblood or hot blood, through whose veins runs English blood; giant and dwarf steeds, robust carriage horses … Like all horse markets, Paris was a meeting point for males. The women attended the bars around the market where the deals were closed; in the market they had nothing to do, because the horse trade was a man’s thing. No one paid attention to the elegant young man who in 1851 wandered for hours or days at the horse fair in Paris. Trusting that no one was watching him, from time to time he made notes in a notebook like the one the painters had taken on their trips. Nobody recognized that she was a young woman who, dressed as a man, had an ambitious plan. He wanted to create a work like the one that had begun, but not finished, the venerated Théodore Géricault: a magnificent large-format painting that mimicked, not simply repeated, the famous ride of the Parthenon frieze; that he reinterpreted it by moving it to the present. Rosa Bonheur had already made a name for herself as an animal painter, but at that moment she was aiming higher. For Degas too, the frieze of the Parthenon represented the first, and probably the most important, of all the horse races, whose artistic truth was worth inquiring. The horses of Phidias, whose plaster molds copied Degas in Paris and Lyon in 1855, being a student of fine arts, opened their eyes to the purebloods of Chantilly and Longchamp, who six or seven years later would study. The wide format of the frieze was offered to the reproduction of the typical scenes of the racecourses: the tight rides and the vertiginous turns of the legs of the competing horses. Only in the last stage of his life, when the advance of his blindness made it useless to continue striving to achieve a photorealistic reproduction of the horses and their movement, it seemed that the painter had departed from the Greeks. His consequent leap to modernity was given by jockeys riding in a no-man’s land of colors on horses whose excessively long rooms remind us of the models of the catwalks, and with the help of archaic schemes such as those that survive on wooden toys and fair carousels.

With the horse, the man not only had a particularly fast and agile companion whose strength, resistance and speed allowed him to lead the war in a new and unprecedented way and make “great policy”. The horse was also a comparatively undemanding and robust companion, and almost as adaptable as the man himself. This was evidenced above all by the nutritional needs of the horse and its digestive system. Horses feed on pastures that cattle do not eat because their cellulose structure is too hard and their protein content is too low, so they do not offer enough nutrition to cows and most cloven hoofed ungulates. In addition, cows need a resting time to ruminate, while the horse, with its simple stomach, can digest while in motion. The first condition for an animal to be as resistant and undemanding in its diet as the horse is, without doubt, a denture like yours: thanks to its long and hard teeth, horses and other equids can graze in meadows, steppes and savannas and crushing hard-stemmed plants with a high proportion of silicon in cell walls. As the teeth of the horse’s precursors evolved, they were able to give up the soft leaves and change their old habitat, the forests, to the steppe. In order to have enough food, the horses had to consume this new grass, which is poorer in proteins, in greater quantities. And this meant that newcomers to the steppes and semi-arid areas could move freely, travel great distances and live in small groups.

It’s essential in the Arts, Picasso when he painted Guernica, he could not do without the image of the horse. In a scene described laconically in little more than a page, Thomas Hardy speaks of the death of a horse. One night in May, near dawn, the young Tess Durbeyfield returns home driving a wagon, with her brother half asleep, on the narrow rural roads of southern England. In front of the car is the old gelding Prince. As the horse knows the way, Tess closes her eyes without noticing that she is also sleeping …

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