El Retorno Del Mundo De Marco Polo. Claves De La Estrategia Política Americana Del S.XXI — Robert D. Kaplan / Return of Marco Polo’s World: War, Strategy, and American Interests in the Twenty-first Century by Robert D. Kaplan

Este ha sido un interesante libro pero no de los mejores del autor. Robert D. Kaplan tiene dos tesis principales y generales que aparecen en todos sus libros. El primero es lo que a veces llama “la venganza de la geografía”. Ese lugar importa, las montañas y los valles y los pasos: los mares y los estrechos y las experiencias especiales en la fe y la libertad y el imperio y la tiranía de quienes los atraviesan. La otra es la importancia del realismo y el peligro de la utopía. Las personas no son lo mismo, la ideología es una panacea utópica simplista por la cual nos gusta pretender que otros ven el mundo como lo hacemos y deseamos que sea como deseamos. Pero no lo hacen; una lección aprendida por naciones evangélicas como los Estados Unidos, que lleva su moral en la manga y graba sus valores a lo largo de las líneas de sus dedos, para ser observados y comprendidos en un apretón de manos o en un puño como parte de la promesa o la Castigo de nuestro poder. “El regreso del mundo de Marco Polo” se trata de esto. Anclado por un ensayo escrito para CNAS, es una colección de otros ensayos y tratados escritos durante un período de quizás diez o quince años sobre diferentes áreas que han despertado la curiosidad de Kaplan. China; los bálticos los balcanes Rusia; Irán y Turquía.

Es un libro escrito para los responsables políticos de los Estados Unidos, pero no trata sobre la política de los Estados Unidos, al menos no en su mayoría. Se trata de la forma en que el mundo es y lo que está sucediendo y cómo debemos ver las cosas y entenderlas; es un llamado elocuente a ser humildes en nuestro trato con otras naciones y no permitir que nuestras acciones sean impulsadas por la arrogancia o nuestro gran y desbordante ímpetu por la libertad, por muy buenas que sean estas últimas. Considero que la escritura de Kaplan es reconfortante, ya que es a la vez radical y épica pero rebosa de minucias y anécdotas que confieren poder y verdad a sus observaciones. No es de extrañar que no sea particularmente optimista sobre el futuro de nuestro mundo o nuestra difícil experiencia, pero también es importante recordar que el tiempo de los Estados Unidos en lo más alto no es más que un momento en relación con la marcha de los imperios. A medida que las personas cambian y el mundo cambia a su alrededor, su flujo y reflujo aumentan y, sin embargo, sigue siendo la gran historia de los poderes humanos; capturado por grandes pensadores como Robert D. Kaplan.

Las características sobresalientes de este volumen, y de hecho, lo que es exclusivo de este volumen, son el Retorno titular de Marco Polo World y Marco Polo Redux, el primero en sí mismo justifica la lectura del libro, incluso si uno no lee todo. En cuanto al resto, ¿debe uno perseverar? Pues sí y no. Para este lector, sí, ya que el estilo de escritura de Kaplan es inmensamente legible e informativo, sin embargo, el capítulo anterior, La guerra y sus costos, se vuelve muy familiar muy rápido y, a veces, parece una reseña extensa del libro. La sección sobre Pensadores, que detalla a Henry Kissing, Samuel Huntington y John Mearsheimer, es una excelente visión en sí misma, y vale la pena leerla para cualquier entusiasta de las relaciones internacionales que desee una mejor comprensión de los mejores académicos modernos del campo del último medio siglo. La última sección, Reflexiones y Marco Polo Redux, es lo que nos remite al punto crucial de la cuestión, el resurgimiento de Eurasia. Una de las principales razones de preocupación destacada por Kaplan es que el centro geográfico del mundo se está desplazando desde Estados Unidos y Europa hacia Rusia y China, esencialmente Eurasia, y los diversos vasallos dentro de la periferia. Rusia es inestable y tiene bases sólidas en su economía, China menos, aunque es más débil de lo que realmente parece. Un conocimiento preventivo que se puede obtener al leer es que el reemplazo de un Putin o Xi podría realmente anunciar algo mucho peor. El trabajo de Kaplan, como muchos otros, es un grito bien escrito para una mayor comprensión. Kaplan no se olvida de los asuntos importantes, no se distrae con lo trivial y lo sensacional. La suya es una mente digna de emulación, y su escritura es estimulante y estimulante. Disfruta de su escritura, presta atención a sus advertencias.

Europa desaparece y Eurasia se cohesiona. El supercontinente se está convirtiendo en una unidad de comercio y conflicto fluida y reconocible al tiempo que el sistema de Estados surgido de la paz de Westfalia se debilita, y que ciertas herencias imperiales más antiguas —la rusa, la china, la iraní, la turca— vuelven a adquirir preeminencia. Todas las crisis actuales en el espacio que se extiende desde la Europa central hasta el corazón territorial de China (el de la etnia) han están interconectadas. Es un único campo de batalla. Las civilizaciones prosperan muchas veces en oposición a otras. Del mismo modo que la cristiandad alcanzó forma y sustancia enfrentándose al islam tras la conquista musulmana del norte de África y del Levante mediterráneo en los siglos VII y VIII, Occidente forjó su paradigma geopolítico definitivo enfrentándose a la Alemania nazi y a la Rusia soviética. Y como las réplicas del gran seísmo que fue la Larga Guerra Europea se prolongaron hasta el final mismo del siglo xx, con la disolución de Yugoslavia y el caos interno en Rusia, la OTAN y la UE continuaron siendo durante esos años tan relevantes como antes.

Europa —en la forma en que la conocíamos, al menos— ha empezado a desaparecer. Y con ella, Occidente mismo —por lo menos, como fuerza geopolítica nítidamente perfilada— también pierde mucha de su definición. Es evidente que Occidente como concepto de civilización lleva ya bastante tiempo en crisis. Lo cierto es que la civilización occidental no se está destruyendo: más bien, se está diluyendo y dispersando. A fin de cuentas, si lo pensamos bien, ¿qué es lo que define exactamente a la globalización? Más allá de la caída de las fronteras económicas, ha sido la adopción a escala mundial de la variante estadounidense de capitalismo y gestión la que, fusionada con el avance de los derechos humanos (otro concepto occidental), ha dado pie a las más eclécticas formas de combinación cultural y ha erosionado de paso la histórica división entre Oriente y Occidente. Tras ganar la Larga Guerra Europea, Occidente, lejos de proceder victorioso a conquistar el resto del mundo, está empezando ahora a perderse él mismo dentro de lo que Reinhold Niebuhr llamó «una vasta telaraña de historia». En Eurasia, será China (mucho más que Estados Unidos) quien contenga a Rusia. De hecho, la lógica subyacente a la Unión Aduanera Euroasiática promovida por Rusia es la de limitar —en la medida en que le sea posible— la influencia china.26 China constituye una mentalidad imperial muy diferenciada. Como fue un extensísimo imperio durante miles de años y bajo numerosas dinastías, China da por sentada su superioridad —sin más— y, por consiguiente, jamás ha tratado de influir en el modo de gobierno de los otros países. La nueva Ruta de la Seda de China concuerda muchísimo con su predecesora medieval: aquella por la que los ejércitos de los Tang se desplazaban, recorriendo el espacio entre Mongolia y el Tíbet, para instaurar protectorados en lugares tan remotos incluso como la Jorasán iraní. De hecho, Persia estuvo casi en contacto directo con la peligrosa periferia esteparia de China durante buena parte de la Edad Antigua tardía, la Edad Media y la Edad Moderna temprana, y el dominio lingüístico e imperial persa llegó a extenderse desde el Mediterráneo hasta el Asia central. Tanto China como Persia eran civilizaciones ricas, sedentarias y asediadas por pueblos guerreros del desierto, y se mantenían en mutuo contacto por la Ruta de la Seda. Y ambos eran grandes imperios que fueron humillados por las potencias occidentales durante las edades Moderna y Contemporánea.

Poder marítimo no significa dominio de los mares. No implica necesariamente una expansión significativa de nuestra armada. Significa, eso sí, fusionar nuestra presencia en la región del golfo Pérsico con nuestra presencia en los mares de la China Meridional y la China Oriental. Significa aprovechar la creciente presencia naval de la India —un aliado estadounidense de facto— en el mar Arábigo y en el golfo de Bengala. Más concretamente, necesitaremos contar con el equivalente actual —en el siglo XXI— de las antiguas estaciones de abastecimiento de carbón (o combustible) ubicadas en puntos geográficos del borde territorial cuya estabilidad se pueda defender y donde podamos preposicionar nuestros buques para desde ellos, en caso necesario, lanzar ataques de largo alcance: me vienen a la mente lugares como Omán, Diego García, India y Singapur.

Tanto Putin como Xi Jinping son actores racionales que refrenan a otros elementos más extremos de sus propios regímenes. Son osados, pero no unos locos. La idea de que puedan ser reemplazados por regímenes más liberales es una vana ilusión. Dada la decadencia de los sistemas autoritarios en los que se sustentan y la acumulación de tensiones étnicas y de problemas económicos dentro de Rusia y de China, el peligro alternativo que allí se nos presenta es que, más que un nuevo gobernante fuerte o una evolución hacia una democracia estable, lo que allí se produzca sea un desmoronamiento parcial del orden en Moscú y quizás incluso en Pekín, regímenes que, como ya he escrito aquí, son los ejes sobre los que gira la cohesión misma de Eurasia.

El enemigo nunca se enfrentará a nosotros en los términos que nosotros elijamos, sino solamente en los que él decida. Por eso la guerra asimétrica es tan antigua como la historia de la humanidad. Cuando los fugaces insurgentes colocaban coches bomba y hostigaban a los marines y a los soldados en las laberínticas calles de las localidades iraquíes, eran escitas. Cuando los chinos hostigan a la armada filipina y organizan reivindicaciones territoriales con barcos pesqueros, buques guardacostas y plataformas petrolíferas, evitando en todo momento cualquier enfrentamiento directo con navíos de guerra estadounidenses, son escitas. Y cuando los guerreros de Estado Islámico escogen los cuchillos y las cámaras de vídeo como armas, también ellos son escitas. Debido principalmente a todos esos escitas, Estados Unidos cuenta actualmente con una capacidad limitada para determinar el curso de muchos conflictos, pese a ser una superpotencia. Washington está aprendiendo una paradójica realidad de todo imperio: el secreto para su pervivencia como tal está en no pretender librar todas las batallas. Está claro que Estados Unidos debe tener la capacidad de llegar a todas partes, pero no quedarse en ninguna más tiempo del debido.

El éxito a largo plazo de la política básica de Estados Unidos en la península dependerá de la disposición de los surcoreanos a hacer un sacrificio importante, llegado el momento, por la libertad en el Norte. Pero la palabra «sacrificio» no es de las que más agradan a los electores de las sociedades libres y prósperas. Si algo se les da bien a los votantes de las democracias de estilo occidental es racionalizar su propio egoísmo y, en ese sentido, es posible que los rectores del autoritarismo chino entiendan al electorado de la sociedad libre y democrática que hoy es Corea del Sur mejor que nosotros. Si eso es así, puede que nunca llegue a haber una Gran Corea como nos la imaginamos. En ese caso, la caída del Norte sería cuidadosamente administrada por Pekín de tal modo que el país dejaría de ser la nación «canalla» que ha sido hasta ahora para convertirse en un satélite de facto del Reino del Medio (como los chinos llaman a su propio país).

El realismo clásico de Henry Kissinger —expresado tanto en sus libros como en su labor como estadista— es insatisfactorio en el plano emocional, pero intemporal desde el punto de vista analítico. La medida en que los republicanos sepan recuperar la sensibilidad de este hombre en política exterior será un buen indicador para determinar sus propias posibilidades de recuperar el poder.

Si China termina convirtiéndose en una gran potencia militar y reconfigurando el equilibrio de fuerzas en Asia, entonces el The Tragedy de Mearsheimer perdurará elevado a la categoría de un clásico. El actual presidente electo, Donald Trump, está siendo calificado de «realista» en política exterior. No se lo crean. Puede que tenga algún que otro primitivo instinto realista, pero eso solo le convierte en un pésimo portador del mensaje del realismo. Los realistas como yo deberíamos estar muy intranquilos por su elección. El realismo es una sensibilidad, no una guía concreta sobre qué hacer en cada crisis. Y es una sensibilidad arraigada en una consciencia madura del carácter trágico de la realidad, de todas las cosas que pueden salir mal en política exterior. De ahí que la cautela y el conocimiento de la historia estén inextricablemente unidos a la mentalidad realista. A lo mejor, Trump llega a ser un realista algún día, pero todavía le queda mucho para eso.

Aunque Estados Unidos sigue siendo la potencia más fuerte del planeta, su poder es cada vez menos arrollador. La dispersión de la autoridad central en las nuevas democracias que han surgido en muchos países, la propagación del caos en Oriente Próximo y el norte de África, y el ascenso de Rusia, China e Irán como potencias hegemónicas regionales contribuyen a restringir la proyección del poder estadounidense. Este repliegue parcial del poder estadounidense tiene causas tanto internacionales como internas. En el frente internacional, la urbanización generalizada, el crecimiento demográfico absoluto y la escasez de diversos recursos naturales —así como el auge de la consciencia individual a raíz de la revolución de las comunicaciones— han erosionado sutilmente el poder de la autoridad central en todas partes. Estados Unidos ya no puede influir en las decisiones de los países como hacía antes. Mientras tanto, el hecho de que ciertos movimientos milenaristas violentos y determinados hegemones regionales hayan alcanzado ya un elevado grado de desarrollo como tales representa una amenaza directa a la proyección del poder estadounidense. La que empieza ahora es una era de anarquía comparativa, según mi propia denominación: es decir, un contexto de un nivel de anarquía muy superior al existente durante los periodos de la Guerra Fría y la Posguerra Fría. A fin de cuentas, la globalización y la revolución de las comunicaciones han reforzado la importancia de la geopolítica, en vez de anularla. El mapa del mundo es ahora más pequeño y claustrofóbico, por lo que el territorio es un recurso en más encarnizada disputa y cualquier conflicto regional interactúa con todos los demás como nunca antes. En definitiva, todo está interconectado como nunca antes, justo cuando más se va difuminando la autoridad de ese «vigilante nocturno» que podría mantener la paz mundial y cuando más se anulan las jerarquías. Basta con fijarse en las primarias de las presidenciales en Estados Unidos para ver un buen ejemplo de esa agitación desde abajo para la que la clase política dirigente no tiene respuesta. El siglo XXI estará definido por una anarquía vulgar, populista, sobre la que la élite que se reúne en lugares como Aspen y Davos tendrá cada vez menor influencia y será progresivamente menos capaz de comprender. El imperialismo será visto entonces con más nostalgia que desdén.

China está en un proceso de transformación que la está llevando de ser un país en desarrollo a ser lo que se conoce como un «Estado de seguridad nacional» que, en años y décadas futuros, podría adoptar nuevas y peligrosas formas híbridas de nacionalismo y control central en respuesta a posibles dificultades económicas. El gobierno del ruso Vladimir Putin podría no ser más que el precursor de un futuro ambiente de xenofobia y nacionalismo más acentuados aún bajo líderes más escorados a la derecha que él, en respuesta al debilitamiento de la posición social y económica de Rusia. Y es que también el nacionalismo (y no solo la religión) puede volverse más ideológico y abstracto en una era de globalización. Debemos, pues, ser humildes y estar alerta, al mismo tiempo. Humildes, en el sentido de que no demos el progreso por sentado. Humildes, porque no deberíamos dejarnos mecer por ciertos supuestos, tan tranquilizadores como petulantes, sobre el rumbo lineal de la historia. Y vigilantes, porque siempre deberíamos mantenernos firmes en la defensa de los individuos.

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This has been an interesting book but not the best of the author. Robert D. Kaplan has two main, overarching theses that come through in all of his books. The first is what he sometimes calls “the revenge of geography”. That place matters, the mountains and the dales and the passes – the seas and the straits and the special experiences in faith and freedom and empire and tyranny of those who traverse them. The other is the importance of realism and the danger of utopia. People are not the same, ideology is a simplistic utopian panacea by which we like to pretend others see the world as we do and wish it to be as we wish it. But they don’t; a lesson hard-learned by evangelical nations like the United States which wears her morality on her sleeve, and etches her values along the lines of her fingers, to be observed and understood in either a handshake or a fist as part of the promise or the punishment of our power. “The Return of Marco Polo’s World” is about this. Anchored by an essay written for CNAS, it is a collection of other essays and treatises written over a period of perhaps ten or fifteen years about different areas which have aroused Kaplan’s curiosity. China; the Baltics; the Balkans; Russia; Iran and Turkey.

It is a book written for US policymakers but not about US policy, at least not mostly. It is about the way the world is and what is going on and how we should see things and understand them; it is an eloquent appeal to be humble in our dealings with other nations and not allow our actions to be driven by hubris or our great and overflowing impetus for freedom – however good the latter might be. I find Kaplan’s writing comforting – for it is both sweeping and epic but brimming with the minutiae and anecdotes which lend power and truth to his observations. Its no surprise that I am not particularly sanguine about the future of our world or our arriving ordeal – but its also important to remember that America’s time at the top is but twinkle of a moment in relation to the march of empires. They ebb and flow as people change and the world changes around them – and yet still the grand story of humanity powers forward; captured by so great of thinkers as Robert D. Kaplan.

The standouts of this volume, and indeed, what are unique to this volume, are the titular Return of Marco Polo’s World and Marco Polo Redux, the former in itself justifies the purchase of the book, even if one does not read the whole thing. As for the rest, should one persevere? Well yes and no. For this reader, yes as Kaplan’s writing style is immensely readable and informative, however, the earlier chapter, War and Its Costs, becomes very familiar very fast, and at times seems like an extended book review. The section on Thinkers, detailing Henry Kissing, Samuel Huntington and John Mearsheimer is an excellent insight in itself, and is worth reading for any international relations enthusiast who desires a better understanding of the field’s greatest modern scholars of the past half century. The latter section, Reflections and Marco Polo Redux are what take us back to the crux of the matter, the re-emergence of Eurasia.

A key reason for concern highlighted by Kaplan is that the geographical center of the world is shifting from the US and Europe toward Russia and China, essentially Eurasia, and the various vassals within the periphery. Russia is unstable and has unsound underpinnings to its economy, China less so, though it is weaker than it actually appears. A cautionary insight one can gain from reading is that the replacement of a Putin or Xi could actually herald something much worse. Kaplan’s work, like many others, are a well written cry for greater understanding. Kaplan does not miss the important matters at all, he is not distracted by the trivial and sensational. His is a mind worthy of emulation, and his writing is stimulating and thought provoking. Enjoy his writing, heed his warnings.

Europe disappears and Eurasia cohesive. The supercontinent is becoming a unit of trade and fluid and recognizable conflict as the state system emerged from the peace of Westphalia weakens, and certain older imperial heritages – Russian, Chinese, Iranian, Turkish – they regain preeminence. All the current crises in the space that extends from central Europe to the territorial heart of China (the ethnic group) are interconnected. It’s a single battlefield. Civilizations thrive many times in opposition to others. Just as Christianity reached form and substance in the face of Islam after the Muslim conquest of North Africa and the Mediterranean Levant in the seventh and eighth centuries, the West forged its definitive geopolitical paradigm in the face of Nazi Germany and Soviet Russia. And as the replicas of the great earthquake that was the Long European War lasted until the very end of the twentieth century, with the dissolution of Yugoslavia and the internal chaos in Russia, NATO and the EU continued to be as relevant as before.

Europe – in the way we knew it, at least – has started to disappear. And with it, the West itself – at least, as a clearly defined geopolitical force – also loses much of its definition. It is evident that the West as a concept of civilization has been in crisis for a long time. The truth is that Western civilization is not being destroyed: rather, it is being diluted and dispersed. After all, if we think about it, what exactly defines globalization? Beyond the fall of the economic frontiers, it has been the worldwide adoption of the American variant of capitalism and management which, merged with the advancement of human rights (another Western concept), has given rise to the most eclectic forms of cultural combination and has eroded in passing the historic division between East and West. After winning the Long European War, the West, far from proceeding victoriously to conquer the rest of the world, is now beginning to lose itself within what Reinhold Niebuhr called “a vast web of history.” In Eurasia, it will be China (much more than the United States) that contains Russia. In fact, the underlying logic of the Eurasian Customs Union promoted by Russia is to limit -as far as it is possible- Chinese influence.26 China constitutes a very differentiated imperial mentality. As it was a vast empire for thousands of years and under numerous dynasties, China takes its superiority for granted – without further ado – and, therefore, has never tried to influence the mode of government of other countries. China’s new Silk Road is very much in line with its medieval predecessor: that by which the Tang armies moved, traversing the space between Mongolia and Tibet, to install protectorates in places as far away as the Iranian Khorasan. In fact, Persia was almost in direct contact with the dangerous steppe periphery of China during much of the Late Ancient Age, the Middle Ages and the Early Modern Age, and the Persian linguistic and imperial domain came to extend from the Mediterranean to Asia. central. Both China and Persia were rich civilizations, sedentary and besieged by desert warrior peoples, and kept in mutual contact by the Silk Road. And both were great empires that were humiliated by the Western powers during the Modern and Contemporary ages.

Sea power does not mean dominion of the seas. It does not necessarily imply a significant expansion of our armada. It means, of course, merging our presence in the Persian Gulf region with our presence in the seas of South China and East China. It means taking advantage of the growing naval presence of India – a de facto US ally – in the Arabian Sea and the Bay of Bengal. More specifically, we will need to have the current equivalent – in the 21st century – of the old coal (or fuel) supply stations located at geographical points on the territorial edge whose stability can be defended and where we can preposition our ships from them, in If necessary, launch long-range attacks: places like Oman, Diego García, India and Singapore come to mind.

Both Putin and Xi Jinping are rational actors who restrain other more extreme elements of their own regimes. They are bold, but not crazy. The idea that they can be replaced by more liberal regimes is a vain illusion. Given the decline of the authoritarian systems on which they are based and the accumulation of ethnic tensions and economic problems within Russia and China, the alternative danger that presents itself to us is that, rather than a new strong ruler or an evolution towards a stable democracy, what happens there is a partial collapse of order in Moscow and perhaps even in Beijing, regimes that, as I have already written here, are the axes on which the cohesion of Eurasia itself revolves.

The enemy will never face us in the terms that we choose, but only in those he chooses. That is why asymmetric warfare is as old as the history of mankind. When the fleeting insurgents placed car bombs and harassed the Marines and the soldiers in the labyrinthine streets of the Iraqi towns, they were Scythians. When the Chinese harass the Philippine Navy and organize territorial claims with fishing vessels, coastguard vessels and oil platforms, avoiding any direct confrontation with American warships, they are Scythians. And when Islamic State warriors choose knives and video cameras as weapons, they are also Scythians. Due mainly to all those Scythians, the United States currently has a limited capacity to determine the course of many conflicts, despite being a superpower. Washington is learning a paradoxical reality of every empire: the secret to its survival as such is not to pretend to fight all battles. It is clear that the United States must have the ability to reach everywhere, but not stay in any longer than it should.

The long-term success of the basic policy of the United States in the peninsula will depend on the willingness of the South Koreans to make an important sacrifice, when the time comes, for freedom in the North. But the word “sacrifice” is not one of the most pleasing to the voters of free and prosperous societies. If something is good for the voters of Western-style democracies it is to rationalize their own egoism and, in that sense, it is possible that the rectors of Chinese authoritarianism understand the electorate of the free and democratic society that today is South Korea. than us If that is the case, there may never be a Great Korea as we imagine it. In that case, the fall of the North would be carefully managed by Beijing in such a way that the country would cease to be the “rogue” nation that has been to become a de facto satellite of the Middle Kingdom (as the Chinese call it). own country).

The classic realism of Henry Kissinger – expressed both in his books and in his work as a statesman – is unsatisfactory on the emotional level, but timeless from the analytical point of view. The extent to which Republicans know how to recover the sensitivity of this man in foreign policy will be a good indicator to determine their own chances of regaining power.

If China ends up becoming a great military power and reconfiguring the balance of forces in Asia, then Mearsheimer’s The Tragedy will remain elevated to the rank of a classic. The current president-elect, Donald Trump, is being described as “realistic” in foreign policy. Do not believe it. He may have some primitive realistic instinct, but that only makes him a lousy bearer of the message of realism. Realists like me should be very uneasy about their choice. Realism is a sensibility, not a concrete guide on what to do in each crisis. And it is a sensibility rooted in a mature awareness of the tragic nature of reality, of all the things that can go wrong in foreign policy. Hence, caution and knowledge of history are inextricably linked to the realistic mentality. Maybe, Trump becomes a realist someday, but he still has a lot left for that.

Although the United States remains the strongest power on the planet, its power is less and less overwhelming. The dispersion of central authority in the new democracies that have emerged in many countries, the spread of chaos in the Middle East and North Africa, and the rise of Russia, China and Iran as regional hegemonic powers contribute to restricting the projection of power U.S. This partial withdrawal of US power has both international and domestic causes. On the international front, widespread urbanization, absolute population growth and the scarcity of diverse natural resources-as well as the rise of individual consciousness in the wake of the communications revolution-have subtly eroded the power of central authority everywhere. . The United States can no longer influence the decisions of countries as it did before. Meanwhile, the fact that certain violent millenarian movements and certain regional hegemons have already reached a high degree of development as such represents a direct threat to the projection of American power. The one that begins now is an era of comparative anarchy, according to my own denomination: that is, a context of a level of anarchy far superior to that existing during the periods of the Cold War and the Cold War. After all, globalization and the communications revolution have reinforced the importance of geopolitics, instead of nullifying it. The map of the world is now smaller and claustrophobic, so the territory is a resource in the most bitter dispute and any regional conflict interacts with everyone else as never before. In short, everything is interconnected as never before, just when the authority of that “night watchman” who could maintain world peace and when hierarchies are over is gradually disappearing. Just look at the presidential primaries in the United States to see a good example of that agitation from below for which the leading political class has no answer. The 21st century will be defined by a vulgar, populist anarchy, on which the elite that meets in places like Aspen and Davos will have less and less influence and will be progressively less able to understand. Imperialism will then be seen with more nostalgia than disdain.

China is in a process of transformation that is taking it from a developing country to what is known as a “national security state” that, in future years and decades, could adopt new and dangerous hybrid forms of nationalism and control central in response to possible economic difficulties. The government of the Russian Vladimir Putin could be no more than the forerunner of a future environment of xenophobia and nationalism more accentuated even under more heeled leaders to the right than he, in response to the weakening of Russia’s social and economic position. And it is also that nationalism (and not only religion) can become more ideological and abstract in an era of globalization. We must, therefore, be humble and alert at the same time. Humble, in the sense that we do not take the progress for granted. Humble, because we should not be rocked by certain assumptions, as reassuring as petulant, about the linear course of history. And vigilantes, because we should always stand firm in the defense of individuals.

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