Con La Biblia Y La Parabellum. Cuando La Iglesia Vasca Ponía Una Vela A Dios Y Otra Al Diablo — Pedro Ontoso / With The Bible And The Parabellum. When the Basque Church Put a Candle to God and Another to the Devil by Pedro Ontoso (spanish book edition)

Un libro interesante de leer para comprender algo más sobre uno de los grandes problemas que tuvo España. Es sabido que las relaciones entre la Iglesia y los medios de comunicación no son fáciles. La institución eclesiástica no destaca por su transparencia; su lenguaje resulta, con frecuencia, alambicado y confuso; las decisiones más importantes se toman con discreción, por no decir secretismo. Está habiendo cambios notables, pero todavía queda mucho camino por recorrer. Esta opacidad propicia que los medios busquen en la Iglesia lo escandaloso, eleven a noticia el rumor y especulen con notable ignorancia y superficialidad. La Iglesia vasca ha tenido una personalidad muy acusada, ha conocido serios conflictos internos, ha jugado un papel importante y ha experimentado una transformación profunda inducida desde Roma. Esta Iglesia ha estado en la picota en la sociedad española, con razón o sin ella.

El mantenimiento de los puentes con el nacionalismo vinculado al terrorismo etarra hipotecó dañinamente la actitud de la Iglesia, que llegó tarde a las tres grandes tareas que pertenecían a la entraña de su misión y que eran los ejes para acabar con ETA: la denuncia de la ideología de la organización terrorista, que se absolutizaba idolátricamente y exigía sacrificios humanos, lo que implica la más frontal oposición a la fe en Dios; la cercanía y solidaridad con las víctimas del terrorismo etarra y, por último, la defensa de la legalidad democrática como base de la convivencia y de la paz, y de los medios democráticos como única vía legítima para modificarla. A la Iglesia la obnubiló la teoría del conflicto vigente en el mundo nacionalista, sin cuya resolución sería imposible acabar con ETA y su amplio apoyo social. Su disposición a colaborar en la ingeniería política —la historia ha demostrado que era innecesaria y que no hacía más que alentar las esperanzas de los terroristas— oscureció su testimonio moral y evangélico.

En Euskadi, en cambio, no ha habido un solo caso de un sacerdote asesinado por ETA. Algunos han resultado heridos en atentados que no iban dirigidos de manera directa contra ellos, y un puñado se ha visto obligado a llevar escolta. En los primeros años de ETA, una parte de la Iglesia, calló: no dijo todo lo que tenía que decir. Y tampoco hizo todo lo que tendría que haber hecho. Y hubo otra parte que pecó de anuencia y complicidad. En general, faltaron agallas. Aunque los obispos han hablado mucho, el clero vasco ha callado mucho. Ahí ha habido un fracaso cristiano. Muchos nos hemos preguntado también en Euskadi sobre el origen y el desarrollo del terrorismo de ETA, pues lo cierto es que el Dios creador se transformó en un dios destructor bajo el nombre de estas siglas.

Euskaldun, fededun», la categoría que equipara el ser vasco con ser creyente, es un axioma que se ha grabado a sangre y fuego de generación en generación en Euskadi tras una tradición milenaria en la que las referencias religiosas han formado parte del ADN de su pueblo y han conformado su identidad. En un primer momento, estas referencias eran un conjunto de creencias muy ligadas con la mitología y las leyendas, con un mundo mágico que tenía mucho que ver con la naturaleza y con la vida rural, pero que con el avance de la predicación de las órdenes religiosas fue tomando otra forma. El clero vasco, que luego se conformaría como un grupo de presión, salía del mismo pueblo y defendía las aspiraciones de ese pueblo, que terminaría convirtiéndose en un sujeto político con un valor místico. Este fue un proceso que duró años y en el que surgirían personajes con fuerte personalidad, que lograrían influir en la conducta y en el comportamiento de los ciudadanos. La historia del País Vasco no se puede entender sin el papel preponderante de figuras del estamento eclesiástico, pues estas no se dedicaron únicamente a organizar sus domingos y sus preceptos religiosos, sino que además acabaron adoptando el rol de ideólogos de su sistema sociopolítico. Uno de esos personajes que influyó en la conciencia nacional vasca fue el jesuita Manuel Larramendi (Andoain, 1690), un filólogo que se preocupó por el futuro del euskera (como una larga nómina de curas y religiosos) y al que algunos consideran el precursor del foralismo. En su obra Sobre los fueros de Guipúzcoa, se pregunta:

¿Qué razón hay para que esta nación privilegiada no sea nación aparte, nación por sí, nación entera e independiente de las demás?; ¿por qué tres provincias de España (y no hablo ya del reino de Navarra) han de estar dependientes de Castilla (Guipúzcoa, Álava y Vizcaya) y otras tres, dependientes de Francia (Labort, Sola y Baja Navarra)?

Esta fue una filosofía política que interesó años después a muchos nacionalistas, entre ellos, a Xabier Arzalluz.

La Iglesia, además, jugaba un papel de paraguas, bajo el que se cobijaba la oposición al franquismo, que, aunque había convertido el catolicismo en una religión de Estado, perseguía a quienes militaban en defensa de cualquier derecho. Una mayoría importante del clero rompió con la jerarquía para comprometerse con los movimientos de oposición. Había una parte de la Iglesia que paseó bajo palio al dictador, y otra que sirvió de escudo a los antifranquistas. En el caso vasco, los derechos civiles se mezclaron con los derechos «nacionales». Si bien es verdad que en la lucha contra la dictadura había mucho cristiano comprometido, no todos eran nacionalistas. Como tampoco todos optaron por la violencia para derribar al régimen.

El PNV, al considerarse un partido confesional y católico, siempre ha intentado hacerse oír en el Vaticano. En un primer momento, lo hacía por tratarse del gran referente de la cristiandad; y después, porque era un Estado de acreditado peso moral, requerido en los grandes conflictos del mundo y con el que había que establecer una interlocución. El Vaticano eclesial valoraba la tradición católica de los vascos, pero el Vaticano político recelaba del auge del nacionalismo en la tierra de san Ignacio, hermana de la tierra de san Francisco. Y en el plano diplomático, la Santa Sede padecía una severa tortícolis de tanto mirar a Madrid. Ese contrapeso jugaría en contra de la formación jeltzale, que siempre ha contado con influyentes aliados en el seno de la Iglesia vasca, repartida por todo el mundo en una diáspora que nunca ha renegado de su identidad. La doble posición del Vaticano frente al «problema vasco» siempre ha sido muy clara: aliento constante en la búsqueda de la paz, pero distanciamiento con respecto a las reivindicaciones nacionalistas. Eso lo aprendió muy bien Ignacio Arregi, un jesuita de la localidad guipuzcoana de Oñati, que fue durante muchos años jefe de los informativos de Radio Vaticano.

El episcopado vasco ha esgrimido con frecuencia el apartado en el que el texto pontificio defiende la vitalidad y el desarrollo de las minorías étnicas, en particular en «lo tocante a su lengua, cultura, tradiciones, recursos e iniciativas económicas», y advierte de que, cuanto se haga por reprimirlas, «viola gravemente la justicia». Pero también previene del peligro de «dejarse llevar a insistir más de lo justo en los propios elementos étnicos hasta ponerlos por encima de los valores humanos, como si el bien de la familia humana entera hubiera de subordinarse al bien de ese pueblo». Setién fue el gran ideólogo de la teoría del conflicto. También fue de los primeros en decir que el Estatuto de Autonomía no valía. Esa irrupción clara en la política se hizo patente en noviembre de 1988, cuando el prelado de San Sebastián propuso, en el Club Siglo XXI de Madrid (un foro por el que pasaban distintas personalidades), «algo así como una Constitución de Euskadi y para Euskadi, entendida como su ley básica fundamental». El obispo sostenía ya que el problema vasco no iba a solucionarse «con el exterminio de la violencia de ETA» y defendía la vía de la autodeterminación, «que no tiene que ser vista ni planteada necesariamente desde una perspectiva rupturista». La paz era fruto de la justicia, y la justicia venía por el camino de abrir una vía de entendimiento para que el pueblo vasco fuera dueño de sí mismo. Aquella fue una conferencia con pocas citas del Evangelio y mucha teoría política. «No será posible dar pasos firmes hacia una verdadera pacificación si no se llega a los debidos reconocimiento y estima de la voluntad política del pueblo vasco», avisaba Setién.

El episcopado defendió la libertad de los obispos vascos para opinar sobre una ley del Gobierno, pero al cardenal Rouco y su círculo no le gustó nada. El Gobierno del PP intentó que el Vaticano se pronunciara sobre la pastoral, pero no lo consiguió. La Santa Sede no actúa así, sino que administra sus tiempos. En Roma ya estaba en marcha el relevo de los obispos vascos, y en Madrid se abonaba la idea de elaborar un documento sobre el terrorismo y la situación de España que incluyera una valoración moral sobre el nacionalismo.

En Euskadi siempre ha llamado la atención que ETA no haya actuado contra la Iglesia, aunque sí ha habido ataques en los que han resultado heridos capellanes castrenses y atentados que han rozado a la institución con resultado de muerte, como el asesinato de un taxista de Bermeo que era familiar directo del obispo Juan María Uriarte. El cardenal José Manuel Estepa Llaurens, responsable del Arzobispado Castrense de España durante los años de plomo, reprocha: «La Iglesia vasca no cumplía con su deber porque, de haberlo hecho, también habría estado perseguida. Si hubiéramos tenido sacerdotes y obispos atacados, la postura habría sido totalmente distinta».

Aznar tenía buena entrada en el Vaticano. Juan Pablo II venía pidiendo de manera insistente que en la Constitución europea constara la aportación cultural y espiritual del cristianismo de manera explícita. El cardenal Rouco pidió a Aznar que apoyara la mención de las raíces cristianas en los tratados, y él así lo hizo, frente a la posición de otros líderes políticos contrarios a respaldar esa tutela. En la Santa Sede tomaron nota. Ese tema salió en las seis veces que Aznar se reunió con el pontífice polaco, al que considera la figura pública más importante que ha conocido en su vida, y en la que mantuvo con Benedicto XVI. Visitó a Juan Pablo II en otras tres ocasiones, y el presidente del Gobierno aprovechó cada una de ellas para denunciar la actuación de las Iglesias de Euskadi y Cataluña. Lo que buscaba era «un compromiso firme y expreso» del Vaticano a favor de la unidad de España y contra las posiciones nacionalistas. Su opinión sobre monseñor Uriarte, al que un día encomendó mediar ante ETA, también cambió. En tres ocasiones que Aznar viajaba al País Vasco, ETA intentó derribar su avión con el lanzamiento de un misil SAM-7, pero el ataque no se llegó a materializar porque el mecanismo no funcionó. Los misiles fueron encontrados cuando se detuvo en 2004 a Antza, el jefe de ETA que se sentó con sus enviados, cara a cara, en Suiza.

La aprobación del plan Ibarretxe, el 30 de diciembre de 2004, disparó las voces que desde el episcopado español proponían que se preservara la unidad de España como un «bien moral». El gran adalid de esa doctrina, el rostro público, era el entonces arzobispo de Toledo y luego cardenal Antonio Cañizares, que realizaba numerosos llamamientos para rezar por España y su unidad ante «la etapa crucial» en la que se encontraba. Se trataba de un diagnóstico compartido. La Iglesia, predicaba, no podía ser ajena a aquella realidad. Los arzobispos castrenses, el emérito José Manuel Estepa y Francisco Pérez, que luego sería nombrado arzobispo de Pamplona, se sumaron a la campaña en favor del bien de la unidad en una sociedad que consideraban cada vez más fragmentada y desunida. También lo hizo el cardenal arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco, quien, en una conferencia pronunciada en el Club Siglo XXI de Madrid, en noviembre de 2005, reclamó que España mantuviera viva «la unidad solidaria de todas sus gentes». Después de 2006, las cosas no volvieron a ser iguales en el País Vasco, cuya sociedad se encontraba desfondada por sus esfuerzos negociadores en favor de la paz y, al mismo tiempo, harta de la persistencia terrorista de ETA. La organización estaba ya en tiempo de descuento, por lo que había que prepararse para una Euskadi sin ETA en la que las tensiones soberanistas volverían a aflorar sin la presión de la violencia. Euskadi era tierra de misión para plantear una nueva evangelización sin corsés ideológicos, pero se necesitaban obispos menos «politizados». No hacía falta recuperar la tradición del intercambio de prelados entre las distintas iglesias particulares: podían ser de la misma región, pero en ningún caso nacionalistas. El cardenal Rouco estaba en ello. Por eso cedió en favor de la comunión episcopal, tal y como le había recomendado el Vaticano, en el debate sobre el documento de la unidad de España. El purpurado gallego se sentía fuerte y reforzaba sus relaciones en Roma con cargos de alto rango e influencia en la curia. Además, era miembro de la Congregación para los Obispos, la «fábrica» de donde tenía que salir la nueva jerarquía. El golpe de timón del Vaticano para despolitizar a la Iglesia vasca estaba en marcha desde hacía tiempo de la mano del nuncio Mario Tagliaferri, con la anuencia del cardenal vasco Ángel Suquía. La primera pieza que se movió en el tablero fue la de Ricardo Blázquez. Monseñor Setién la vio venir y alertó al lehendakari Ardanza para que moviera sus hilos, pero el presidente del Gobierno vasco no pudo hacer nada para frenar la ofensiva, que ya estaba en marcha. Con Uriarte exiliado en Zamora, la diócesis de Bilbao, una de las más difíciles de España, tenía que ser pastoreada por un obispo que templara su marcado nacionalismo y diluyera su histórico progresismo. Se trataba de un movimiento delicado, pues de él se derivarían ciertas implicaciones «políticas». El PNV puso el grito en el cielo y recibió al «tal Blázquez» de uñas. Muchos de los notables de la curia diocesana también le dieron la espalda, e incluso se ausentaron de la ceremonia de consagración, que fue contestada en la calle con alguna pancarta. No era un rechazo a la persona, sino al procedimiento, que no había tenido en cuenta a la Iglesia local. Pero le hicieron el vacío. El propio Setién confesó que se había sentido «un poco extraño» en la toma de posesión. Algunos amigos habían intentado convencer a Blázquez para que no aceptara, pero decidió meterse en la boca del lobo. Hubo un pacto tácito, ni escrito ni formulado, entre el nuevo obispo y los «coroneles» del obispado para apoyarlo en su gestión si mantenía a la gente de la «línea Uriarte» para garantizar su doctrina. Así fue, aunque Blázquez, desde su equilibrio pastoral, fue templando aquel nacionalismo eclesial y cambiando la posición del clero con respecto a las víctimas del terrorismo y los presupuestos de la pacificación. Dio un volantazo desde el convencimiento de que la presencia de la Iglesia tenía que ser pastoral, sin una línea política. Siempre se valoró su capacidad integradora en una sociedad muy dividida. El paulatino relevo en los palacios episcopales fue despolitizando el mensaje de la Iglesia vasca, que pasó a un nivel de intervención menos importante y más discreto. Fue paralelo a una despolitización del tema de ETA, más marcado por la actuación policial y judicial y la apuesta por una mediación internacional que salvara los muebles de la organización en un final ordenado.

Sin atentados, poco a poco se fue imponiendo una cierta normalidad que liberó a los obispos de la necesidad de su omnipresencia. La mística del conflicto ya no existía como tal y todo estaba más amortiguado. Uno de los obispos de la nueva hornada, más preocupado por la regeneración moral de la sociedad vasca, me confesó: «Esto se va a ir disolviendo poco a poco como un azucarillo. En Roma no me preguntan por ETA o por el “problema vasco”». La nueva cúpula episcopal tenía otras prioridades, más espirituales y sociales y que pasaban por la restauración de una identidad católica muy fuerte. Sus esfuerzos se centrarían en la evangelización de una sociedad que se había secularizado de una manera espectacular con un desplazamiento de lo que antes era un compromiso transformador a un testimonio evangelizador. Y eso pasaba por recomponer el granero de vocaciones, reflotar los seminarios y taponar la sangría de fieles. Se cambió a los obispos para esa misión. El golpe de timón era evidente.

La Iglesia buscaba la reinserción. Este camino, auspiciado por el Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, se truncó pocos meses después de la llegada del PP al poder, cuando la formación logró la mayoría absoluta en las elecciones de noviembre de 2013. Hasta ese momento, el padre Zabaleta tenía todas las facilidades del mundo para visitar a los presos en las cárceles de referencia (la de Nanclares, en la última etapa). Tenía carta blanca. El religioso claretiano lo intentó con los populares, pero se estrelló contra un muro. Solo en una ocasión se lo permitieron, gracias a una intervención de Carlos Iturgaiz, entonces presidente del Partido Popular en el País Vasco. Cuando el atentado fallido contra la cúpula de la formación en el cementerio de Polloe tuvo lugar, Zabaleta lo llamó para solidarizarse. Pero lo que Iturgaiz siempre le agradeció fue el capote que le echó en un acto académico del Colegio Askartza Claret que incluía una misa y una cena. El matrimonio Iturgaiz tenía una hija en el centro, al igual que muchos líderes nacionalistas. A la pareja le hicieron el vacío. Zabaleta ha mantenido una relación de sólida amistad con algunos de estos expresos, en su día históricos dirigentes de ETA, como Álvarez Santacristina, Joseba Urrusolo, Carmen Gisasola y Kepa Pikabea. Lo invitaban a sus comidas en un txoko, una sociedad gastronómica, de San Sebastián, lo llamaban a menudo y lo visitaban en la residencia privada del Colegio Askartza Claret, en Leioa, a caballo entre Bilbao y Getxo. El sacerdote claretiano llevaba con serenidad una galopante enfermedad que lo obligó a ralentizar su incansable actividad.

La insistencia de monseñor Uriarte para que el Gobierno abriera un canal de comunicación con ETA no era compartida por los obispos titulares del País Vasco ni por la Conferencia Episcopal Española, que en 2014 negaban a los terroristas cualquier representación como interlocutores políticos. El caso más claro era José Ignacio Munilla, que recordaba una y otra vez que todo diálogo había de pasar por una condena explícita de la violencia y por «la obligación moral del arrepentimiento y de petición de perdón a las víctimas». El obispo de San Sebastián subrayaba que la calidad del proceso de paz dependía de la cantidad y la calidad de los arrepentimientos. Sobre la necesidad de dulcificar la situación de los presos, tal y como pedía Uriarte, monseñor Munilla respondía que el cometido de la Iglesia no era «pronunciarse sobre sentencias judiciales o la política penitenciaria». La izquierda abertzale arremetía contra el obispo donostiarra acusándolo de franquista. En efecto, 2014 fue un año de contrastes. El 21 de febrero, la Comisión Internacional de Verificación anunció el sellado y precinto del primer lote de armas y explosivos de ETA. Se difundió un vídeo que produjo mucha frustración por su insignificancia. Además, los mediadores fueron llamados a declarar ante la Audiencia Nacional de Madrid y en la comisaría central de Baiona. Pese al evidente «error de marketing» de aquella publicidad, hubo voces que resaltaron la importancia de aquel primer paso. También de hombres de Iglesia. Desde algunos sectores se volvió a pedir a la Iglesia su implicación en el proceso de desarme. La institución no lo consideró adecuado, pese a que se le recordó que en Irlanda sí se había «mojado» de manera directa. En Irlanda había un componente religioso en el conflicto, y la presencia de sacerdotes de ambos lados tenía un fuerte contenido simbólico, lo que no era el caso de Euskadi. Aquel protagonismo se juzgaba innecesario. La jerarquía vasca sí se prestó a otros gestos que evidenciaban su falta de complejos en el escenario vasco y navarro. El arzobispo de Pamplona, Francisco Pérez, participó, junto con el ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, en la bendición de la primera palada del nuevo cuartel de la Guardia Civil de Fitero. Mientras, el obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla, presidió la inauguración de la comisaría de la Policía Nacional en la capital donostiarra. Un arzobispo y un obispo confraternizando con el «enemigo», con las «fuerzas de ocupación». El de Vitoria, Juan Carlos Elizalde, participó, en diciembre de 2018, en el acto oficial del cincuenta aniversario de la Constitución.

Parecía que los obispos vascos y navarros querían saldar una deuda, sobre todo con las víctimas, y se valoraba que reconocieran de manera pública el «aval que dieron al terror», según la expresión utilizada en un periódico. «El miedo es libre, pero, en efecto, la cobertura eclesiástica al nacionalismo sanguinario de ETA es una página negra de la historia de la Iglesia católica», escribió su editorialista. En otra cabecera se llegó a decir: «El fatuo comunicado de los cinco prelados es toda una constatación del pernicioso papel de la Iglesia en terrenos ajenos a su misión, y casi siempre en el lado equivocado». No parecía el momento de pedir perdón, ni tampoco la manera. Aquello se vio como un comunicado fabricado a uña de caballo y a varias manos de manera improvisada para quedar bien. Si consideraban que el anuncio de ETA era un paso en la buena dirección, tenían todo el derecho a expresarlo, pero, además, lo que tocaba era censurar la distinción que se hacía entre víctimas colaterales y las que tenían alguna responsabilidad. ¿Vendrá el papa a Euskadi para alentar la reconciliación? La agenda del pontífice es apretada y, en el caso de Francisco, sus prioridades pasan por las periferias del mundo, pero en algunos ambientes eclesiásticos se alberga la esperanza de que Bergoglio pueda visitar el País Vasco en 2021. Los jesuitas han marcado en rojo esa fecha en el calendario porque se conmemoran los quinientos años de la conversión de Ignacio de Loyola. Los jesuitas se preparan para celebrar esa efeméride, una fecha muy redonda para que un papa jesuita —el primero— peregrine a la cuna de san Ignacio. La visita de Juan Pablo II se produjo hace treinta y siete años, en pleno azote de la violencia terrorista de ETA. Ahora, la situación sería completamente distinta. Una vez disuelta la organización, la sociedad vasca recibiría al pontífice en pleno proceso de cicatrización de heridas. El papa daría un gran empujón a la convivencia. La festividad de San Ignacio ha sido una fecha totémica en Euskadi y ha estado en su devenir sociopolítico, tamizado por la violencia y la religión. La visita sería una forma de sacralizar el fin de ciclo. Y una manera de que ETA no escriba su epitafio. Que lo escriba la Iglesia y certifique su acta de defunción, pese a haber dejado muchos pelos en la gatera. En cualquier caso, las palabras y las balas no tienen vuelta atrás, y la sangre derramada no se seca jamás.

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An interesting book to read to understand something more about one of the great problems that Spain had. It is well known that relations between the Church and the media are not easy. The ecclesiastical institution does not stand out for its transparency; his language is often confused and confused; the most important decisions are made with discretion, not to say secrecy. There are notable changes, but there is still a long way to go. This opacity propitiates that the media seek the scandalous in the Church, raise the rumor to the news and speculate with remarkable ignorance and superficiality. The Basque Church has had a very strong personality, has known serious internal conflicts, has played an important role and has undergone a profound transformation induced from Rome. This Church has been in the pillory in Spanish society, rightly or wrongly.

The maintenance of the bridges with the nationalism linked to ETA terrorism mortgaged the attitude of the Church, which arrived late to the three great tasks that belonged to the core of its mission and that were the axes to finish ETA: the denunciation of the ideology of the terrorist organization, which absolutized itself idolatrously and demanded human sacrifices, which implies the most frontal opposition to faith in God; the closeness and solidarity with the victims of ETA terrorism and, finally, the defense of democratic legality as a basis for coexistence and peace, and democratic means as the only legitimate way to modify it. The Church was blinded by the current conflict theory in the nationalist world, without whose resolution it would be impossible to end ETA and its broad social support. His willingness to collaborate in political engineering – history has proved unnecessary and only encouraged the hopes of terrorists – obscured his moral and evangelical testimony.

In Euskadi (Basque Country), on the other hand, there has not been a single case of a priest murdered by ETA. Some have been injured in attacks that were not directed directly against them, and a handful has been forced to take an escort. In the first years of ETA, a part of the Church fell silent: he did not say everything he had to say. And he did not do everything that he should have done. And there was another part that sinned of consent and complicity. In general, they lacked guts. Although the bishops have spoken a lot, the Basque clergy has been very silent. There has been a Christian failure. Many of us have also asked ourselves in Euskadi about the origin and development of ETA terrorism, because the truth is that the creator God was transformed into a destructive god under the name of these acronyms.

Euskaldun, fededun », the category that equates being Basque with being a believer, is an axiom that has been engraved with blood and fire from generation to generation in Euskadi after a millenary tradition in which religious references have been part of the DNA of its people and have shaped their identity. At first, these references were a set of beliefs closely linked to mythology and legends, with a magical world that had much to do with nature and rural life, but that with the advance of the preaching of orders religious was taking another form. The Basque clergy, who would later settle as a pressure group, left the same town and defended the aspirations of that people, which would end up becoming a political subject with a mystical value. This was a process that lasted for years and in which characters with strong personality would emerge, which would influence the behavior and behavior of citizens. The history of the Basque Country can not be understood without the preponderant role of figures of the ecclesiastical establishment, since they did not only dedicate themselves to organizing their Sundays and religious precepts, but also ended up adopting the role of ideologists of their socio-political system. One of those characters that influenced the Basque national consciousness was the Jesuit Manuel Larramendi (Andoain, 1690), a philologist who cared about the future of Euskera (as a long list of priests and religious) and which some consider the precursor of the foralism In his work Sobre los fueros de Guipúzcoa, he asks:

What reason is there for this privileged nation not to be a separate nation, a nation by itself, an entire nation and independent of the others? Why three provinces of Spain (and I do not already speak of the kingdom of Navarre) must be dependent on Castile (Guipúzcoa, Álava and Vizcaya) and three others, dependent on France (Labort, Sola and Baja Navarra)?

This was a political philosophy that interested many nationalists years later, including Xabier Arzalluz.

The Church, moreover, played an umbrella role, under which the opposition to Francoism was sheltered, which, although it had turned Catholicism into a state religion, persecuted those who militated in defense of any right. An important majority of the clergy broke with the hierarchy to engage with opposition movements. There was a part of the Church that walked under the pallium to the dictator, and another that served as a shield to the anti-Francoists. In the Basque case, civil rights were mixed with “national” rights. While it is true that in the struggle against the dictatorship there was a lot of committed Christians, not all were nationalists. As not everyone opted for violence to overthrow the regime.

The PNV (Basque National Party), considering itself a confessional and Catholic party, has always tried to make itself heard in the Vatican. At first, he did it because it is the great referent of Christianity; and later, because it was a State of proven moral weight, required in the great conflicts of the world and with which a dialogue had to be established. The Vatican ecclesial valued the Catholic tradition of the Basques, but the Vatican politician was suspicious of the rise of nationalism in the land of St. Ignatius, sister of the land of St. Francis. And on the diplomatic plane, the Holy See suffered a severe torticollis from so much looking at Madrid. That counterweight would play against the Jeltzale formation, which has always had influential allies within the Basque Church, spread throughout the world in a diaspora that has never denied its identity. The Vatican’s double position against the “Basque problem” has always been very clear: constant encouragement in the search for peace, but distancing from nationalist claims. Ignacio Arregi, a Jesuit from the Guipuzcoan town of Oñati, who was for many years the head of the Vatican Radio news, learned this very well.

The Basque episcopate has often used the section in which the pontifical text defends the vitality and development of ethnic minorities, particularly in “what concerns their language, culture, traditions, resources and economic initiatives”, and warns that Whatever is done to repress them, “seriously violates justice.” But it also prevents the danger of “letting oneself be led to insist more than what is right on the ethnic elements themselves to the point of putting them above human values, as if the good of the entire human family were to be subordinated to the good of that people.” Setien was the great ideologue of conflict theory. He was also among the first to say that the Statute of Autonomy was not worth it. This clear irruption in politics became clear in November 1988, when the prelate of San Sebastian proposed, in the Club Siglo XXI of Madrid (a forum through which different personalities passed), “something like a Constitution of Euskadi and for Euskadi, understood as its fundamental basic law ». The bishop argued already that the Basque problem was not going to be solved “with the extermination of ETA violence” and defended the way of self-determination, “that does not have to be seen or raised necessarily from a rupturist perspective”. Peace was the fruit of justice, and justice came along the path of opening a way of understanding for the Basque people to be master of themselves. That was a conference with few quotes from the Gospel and much political theory. “It will not be possible to take firm steps towards a true pacification if it does not reach the due recognition and esteem of the political will of the Basque people,” warned Setién.

The episcopate defended the freedom of the Basque bishops to comment on a law of the Government, but Cardinal Rouco and his circle did not like anything. The Government of the PP tried that the Vatican was pronounced on the pastoral, but it did not obtain it. The Holy See does not act like that, but rather manages its times. In Rome, the relief of the Basque bishops was already under way, and in Madrid the idea of producing a document on terrorism and the situation in Spain that included a moral assessment of nationalism was paid.

Euskadi has always called attention that ETA has not acted against the Church, although there have been attacks in which have been injured military chaplains and attacks that have grazed the institution resulting in death, as the murder of a taxi driver from Bermeo that he was a direct relative of Bishop Juan María Uriarte. Cardinal José Manuel Estepa Llaurens, head of the Castilian Archbishopric of Spain during the years of lead, reproaches: “The Basque Church did not fulfill its duty because, if it had done so, it would also have been persecuted. If we had had priests and bishops attacked, the position would have been totally different. ”

Aznar (formerly prime minister of Spain) had a good entrance in the Vatican. John Paul II had been insistently calling for the explicit cultural and spiritual contribution of Christianity to be included in the European Constitution. Cardinal Rouco asked Aznar to support the mention of Christian roots in the treaties, and he did so, in the face of the position of other political leaders opposed to supporting that tutelage. In the Holy See they took note. That issue came out in the six times that Aznar met with the Polish pontiff, whom he considers the most important public figure he has known in his life, and in which he maintained with Benedict XVI. He visited John Paul II on three other occasions, and the President of the Government took advantage of each of them to denounce the actions of the Churches of Euskadi and Catalonia. What he was looking for was “a firm and express commitment” of the Vatican in favor of the unity of Spain and against nationalist positions. His opinion about Monsignor Uriarte, who one day he entrusted to mediate with ETA, also changed. On three occasions that Aznar traveled to the Basque Country, ETA tried to shoot down his plane with the launch of a SAM-7 missile, but the attack did not materialize because the mechanism did not work. The missiles were found when he stopped in 2004 to Antza, the head of ETA who sat with his envoys, face to face, in Switzerland.

The approval of the Ibarretxe (formerly Basque Country President) plan, on December 30, 2004, triggered the voices that from the Spanish episcopate proposed that the unity of Spain be preserved as a “moral good”. The great champion of that doctrine, the public face, was the then archbishop of Toledo and then Cardinal Antonio Cañizares, who made numerous appeals to pray for Spain and his unity before “the crucial stage” in which he was. It was a shared diagnosis. The Church, he preached, could not be alien to that reality. The military archbishops, the emeritus José Manuel Estepa and Francisco Pérez, who would later be named archbishop of Pamplona, joined the campaign for the good of unity in a society that they considered increasingly fragmented and disunited. The Cardinal Archbishop of Madrid, Antonio María Rouco, also made the announcement, during a conference held at the Club Siglo XXI in Madrid in November 2005, that Spain should keep alive “the unity of solidarity of all its people”. After 2006, things were not the same again in the Basque Country, whose society was shattered by its negotiating efforts in favor of peace and, at the same time, fed up with the terrorist persistence of ETA. The organization was already in time of discount, reason why it was necessary to prepare itself for an Euskadi without ETA in which the sovereignist tensions would reappear without the pressure of the violence. Euskadi was a land of mission to propose a new evangelization without ideological corsets, but less “politicized” bishops were needed. It was not necessary to recover the tradition of the exchange of prelates between the different particular churches: they could be from the same region, but in no case nationalistic. Cardinal Rouco was in it. That is why he gave in favor of episcopal communion, as the Vatican had recommended, in the debate on the document of the unity of Spain. The Galician cardinal felt strong and strengthened his relations in Rome with positions of high rank and influence in the curia. In addition, he was a member of the Congregation for Bishops, the “factory” from which the new hierarchy had to leave. The Vatican’s tug of war to depoliticize the Basque Church had been underway for some time by the nuncio Mario Tagliaferri, with the consent of the Basque Cardinal Ángel Suquía. The first piece that moved on the board was Ricardo Blázquez’s. Monsignor Setién saw her coming and alerted Lehendakari Ardanza to move his son, but the president of the Basque Government could not do anything to stop the offensive, which was already underway. With Uriarte exiled in Zamora, the diocese of Bilbao, one of the most difficult in Spain, had to be pastored by a bishop who tempered his marked nationalism and diluted his historic progressivism. It was a delicate movement, since it would derive certain “political” implications. The PNV put the cry in the sky and received the «tal Blázquez» nails. Many of the notables of the diocesan curia also turned their backs on him, and even absented themselves from the consecration ceremony, which was answered in the street with a banner. It was not a rejection of the person, but the procedure, which had not taken into account the local Church. But they made him empty. Setién himself confessed that he had felt “a bit strange” at the inauguration. Some friends had tried to convince Blázquez not to accept, but decided to get into the mouth of the wolf. There was a tacit pact, neither written nor formulated, between the new bishop and the “colonels” of the bishopric to support him in his management if he kept the people of the “Uriarte line” to guarantee his doctrine. So it was, although Blázquez, from his pastoral equilibrium, was tempering that ecclesial nationalism and changing the position of the clergy with respect to the victims of terrorism and the budgets of pacification. He swung from the conviction that the presence of the Church had to be pastoral, without a political line. Its integrating capacity was always valued in a very divided society. The gradual relief in the episcopal palaces was depoliticizing the message of the Basque Church, which changed to a less important and more discreet level of intervention. It was parallel to a depoliticization of the issue of ETA, more marked by police and judicial action and the commitment to an international mediation that saved the furniture of the organization in an orderly end.

Without attacks, little by little a certain normality was imposed that freed the bishops from the necessity of their omnipresence. The mystique of conflict no longer existed as such and everything was more muted. One of the bishops of the new batch, more concerned about the moral regeneration of Basque society, confessed to me: “This is going to dissolve little by little like sugar. In Rome they do not ask me about ETA or about the “Basque problem” ». The new episcopal leadership had other priorities, more spiritual and social and that went through the restoration of a very strong Catholic identity. Their efforts would focus on the evangelization of a society that had secularized in a spectacular way with a shift from what was once a transforming commitment to an evangelizing witness. And that happened by recomposing the barn of vocations, refloating seminars and plugging the bleeding of the faithful. The bishops were changed for that mission. The helm was evident.

The Church sought reintegration. This road, sponsored by the socialist government of José Luis Rodríguez Zapatero (formerly prime minister of Spain), was cut short a few months after the arrival of the PP to power, when the formation achieved an absolute majority in the elections of November 2013. Until then, Father Zabaleta had all the facilities in the world to visit prisoners in the prisons of reference (Nanclares, in the last stage). He had carte blanche. The Claretian religious tried with the popular, but crashed against a wall. Only once did they allow it, thanks to an intervention by Carlos Iturgaiz, then president of the Popular Party in the Basque Country. When the failed attempt against the dome of the formation in the cemetery of Polloe took place, Zabaleta called him to show solidarity. But what Iturgaiz always thanked him for was the cloak that he threw in an academic ceremony of the Askartza Claret School that included a mass and a dinner. The Iturgaiz couple had a daughter in the center, as did many nationalist leaders. The couple was emptied. Zabaleta has maintained a relationship of solid friendship with some of these express, in his day historical leaders of ETA, such as Álvarez Santacristina, Joseba Urrusolo, Carmen Gisasola and Kepa Pikabea. They invited him to his meals in a txoko, a gastronomic society, of San Sebastian, they called him often and visited him in the private residence of the Askartza Claret School, in Leioa, halfway between Bilbao and Getxo. The Claretian priest carried with serenity a galloping illness that forced him to slow down his tireless activity.

The insistence of Monsignor Uriarte for the government to open a channel of communication with ETA was not shared by the titular bishops of the Basque Country or by the Spanish Episcopal Conference, which in 2014 denied terrorists any representation as political interlocutors. The clearest case was José Ignacio Munilla, who recalled again and again that every dialogue had to go through an explicit condemnation of violence and “the moral obligation of repentance and of requesting forgiveness from the victims”. The bishop of San Sebastian stressed that the quality of the peace process depended on the quantity and quality of the regrets. On the need to sweeten the situation of the prisoners, as requested by Uriarte, Monsignor Munilla responded that the mission of the Church was not to “pronounce on judicial sentences or penitentiary policy.” The nationalist left attacked the bishop of San Sebastian, accusing him of being a Francoist. In effect, 2014 was a year of contrasts. On February 21, the International Verification Commission announced the sealing and sealing of the first batch of ETA weapons and explosives. A video was broadcast that produced a lot of frustration for its insignificance. In addition, the mediators were called to testify before the National Court of Madrid and at the Baiona central police station. Despite the obvious “marketing error” of that advertising, there were voices that highlighted the importance of that first step. Also of men of Church. From some sectors, the Church was once again asked for her involvement in the disarmament process. The institution did not consider it adequate, despite being reminded that in Ireland it had been “wet” directly. In Ireland there was a religious component in the conflict, and the presence of priests on both sides had a strong symbolic content, which was not the case in Euskadi. That protagonism was deemed unnecessary. The Basque hierarchy did lend itself to other gestures that evidenced its lack of complexes in the Basque and Navarrese scenario. The Archbishop of Pamplona, Francisco Pérez, participated, together with Interior Minister Jorge Fernández Díaz, in the blessing of the first shovel of the new Civil Guard barracks in Fitero. Meanwhile, the Bishop of San Sebastian, José Ignacio Munilla, presided over the inauguration of the National Police station in the capital of San Sebastian. An archbishop and a bishop fraternizing with the “enemy”, with the “occupation forces”. The one of Vitoria, Juan Carlos Elizalde, participated, in December of 2018, in the official act of the fiftieth anniversary of the Constitution.

It seemed that the Basque and Navarrese bishops wanted to settle a debt, especially with the victims, and it was valued that they publicly recognized the “endorsement they gave to terror,” according to the expression used in a newspaper. “Fear is free, but, in effect, the ecclesiastical coverage of the bloodthirsty nationalism of ETA is a black page in the history of the Catholic Church,” wrote its editorialist. In another header it was said: “The fatuous communiqué of the five prelates is a realization of the pernicious role of the Church in areas alien to their mission, and almost always on the wrong side.” It did not seem like the moment to ask for forgiveness, nor the way. That was seen as a statement made with a horse’s nail and several hands in an improvised way to look good. If they considered that the announcement of ETA was a step in the right direction, they had the right to express it, but what was more, it was to censure the distinction that was made between collateral victims and those who had some responsibility. Will the Pope come to Euskadi to encourage reconciliation? The pontiff’s agenda is tight and, in the case of Francisco, his priorities go through the peripheries of the world, but in some ecclesiastical circles there is hope that Bergoglio can visit the Basque Country in 2021. The Jesuits have marked in red that date in the calendar because the five hundred years of the conversion of Ignacio de Loyola are commemorated. The Jesuits are preparing to celebrate that anniversary, a very round date for a Jesuit pope – the first – to make a pilgrimage to the cradle of Saint Ignatius. The visit of Juan Pablo II took place thirty-seven years ago, in the heat of the terrorist violence of ETA. Now, the situation would be completely different. Once the organization was dissolved, the Basque society would receive the pontiff in the process of healing wounds. The pope would give a great push to coexistence. The festival of San Ignacio has been a totemic date in Euskadi and has been in its socio-political evolution, sifted by violence and religion. The visit would be a way to consecrate the end of the cycle. And a way that ETA does not write its epitaph. Let the Church write it and certify its death certificate, despite having left many hairs in the cat. In any case, words and bullets have no backward movement, and the blood shed never dries up.

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