La Conquista De México. Una Nueva España — Iván Vélez / The conquest of Mexico. A Nueva España (New Spain) by Iván Vélez (spanish book edition)

Como ensayo sobre la conquista de México existen mejores y más amplias fuentes. Pero ante la dificultad que puede entrañar acercarse a otras fuentes más áridas, complejas o extensas (como pudiera ser Bernal Díaz del Castillo, Hugh Thomas, etc.), este libro funciona como una amena introducción, que toca multitud de puntos, a la temática. Es, por lo tanto, un buen punto de inicio.

Iván Vélez ha dado forma a un libro accesible que relata la conquista de México de forma sencilla y amena.
Nos presenta una gesta, espectacular a la par que terrible. Es un relato alejado de mitificaciones del buen salvaje y el buen conquistador. Iván Vélez cuenta por igual los desmanes de ambos bandos, la realidad de las débiles relaciones del Imperio mexica con sus vecinos, constantemente tensadas, que los sacrificios humanos no eran sólo cosa de Tenochtitlán y cómo la sangre llegó a derramarse también entre indígenas y entre españoles.
Es un libro riguroso que por su formato y accesibilidad es una fantástica opción para los lectores.

Los antepasados de los mexicas habían llegado hasta allí buscando tierras fértiles hacia 1325. Su primer asentamiento, así lo cuenta la leyenda, se produjo sobre un islote ubicado en el oeste del lago de Texcoco, en el que el Quinto Sol, Huitzilopochtli, transformado en águila, se posó sobre un nopal. Dos siglos más tarde, el primer núcleo había crecido sobre un suelo artificial ganado al agua por la que circulaban multitud de canoas. Tres vías o calzadas principales comunicaban Tenochtitlan con la tierra que circundaba al lago salobre de Texcoco, separado de las aguas dulces del lago de México por una albarrada que protegía la ciudad de las periódicas inundaciones. En las orillas de la gran superficie acuática se alzaban lugares como Coyoacán, Tacuba o Chalco, que replicaban la urbe en la que gobernaba Motecuhzoma Xocoyotzin, al que nos referiremos por su nombre hispanizado: Moctezuma. Del corazón de la ciudad, de su centro ceremonial, dominado por el Templo Mayor, partían los cuatro rumbos del universo, las direcciones cardinales que estructuraban la metrópoli y ordenaban un cosmos estratificado en tres niveles: el inframundo, el terrestre y el celeste, lugar al que accedían los guerreros caídos en combate, los que eran sacrificados a los dioses y las mujeres que morían durante el parto.
La ciudad de Tenochtitlan gravitaba sobre la gran pirámide, alzada sobre una plataforma desde la que arrancaban dos escalinatas de huellas cortas, que obligaban a los sacerdotes a subir de lado, evitando así que los mortales miraran a los ojos a los dioses o les dieran la espalda al descender. Las escaleras recorrían la encalada piel de los cuatro cuerpos del templo, en cuya cumbre se alzaba el adoratorio del dios Tláloc, señor de la lluvia y la fertilidad; y el de Huitzilopochtli, hijo menor de Coatlicue, la diosa de la falda de serpientes, y hermano de la diosa luna, Coyolxauhqui, a quien, según la leyenda, derrotó y desmembró, arrojándola desde una montaña. Los sacrificios hechos en las pirámides no hacían sino imitar, a escala humana, lo ocurrido en la divina.
La continua demanda de sangre humana operaba tras muchas de las acciones de un pueblo que en 1428, después de sacudirse el yugo tepaneca, fundó las bases de un imperio mantenido por su potencia militar. La victoria sobre el campo de batalla se vio acompañada de un reajuste del pasado, que se consumó con la quema de los antiguos códices, en los que los nuevos señores aparecían como un pueblo de escaso refinamiento. Algunos restos de aquella rudeza persistían, no obstante, en la Tenochtitlan de principios del XVI. La sociedad mexica seguía siendo belicosa, incluso espartana en algunos aspectos. La aristocracia enviaba a sus hijos varones a unas escuelas de elocuente nombre, las calmécac o «casas de lágrimas», donde los infantes eran severamente instruidos en el arte de la guerra.
Pese a que el hombre que gobernaba aquella alianza, Moctezuma, ha sido presentado como impresionable, supersticioso, incluso pusilánime, lo cierto es que su mandato estuvo marcado por la severidad. Lejos había quedado el refinado ambiente que caracterizó a la corte de Texcoco, en la que había reinado el rey-poeta Nezahualcóyotl, a quien siglos después, Clavijero comparó con Solón.
Con la figura sagrada del huey tlatoani en la cúspide del poder, los planos bélico y religioso se mezclaban en las llamadas «guerras floridas». Estos acontecimientos bélicos se han presentado como un conjunto de combates singulares de aromas caballerescos desarrollados cuerpo a cuerpo, con igualdad de oponentes por cada bando y protagonizados por nobles que tenían como objetivo la captura de prisioneros. Sin embargo, las guerras floridas excedían estas idealizaciones.

Además de en su centro, la trama de la capital mexica, habitada por más de doscientas mil personas a la llegada de los españoles, se abría en puntos como el gran mercado de Tlatelolco, nombre nahua que hace referencia a tlatelli, es decir, «terraza». A través de las calzadas, a él afluían las gentes y mercancías más variadas, transportadas a la espalda de tlamemes. Alimentos, animales, rica plumería de quetzal, joyas y tejidos, pero también minerales como la obsidiana, con que se daba filo a las armas de batalla y el sílex con el que se fabricaba el puñal que se hundía en el cuerpo de los cautivos en busca de su corazón, llegaban a diario a Tenochtitlan. Por esas mismas vías que nutrían a la ciudad llegaron un día unos exóticos visitantes.

El de 1492 fue un año trascendental. Con la toma de Granada y el descubrimiento de Las Indias, el proyecto imperial hispano, que aunaba objetivos políticos y religiosos, desbordó los límites peninsulares e incluso continentales, y adoptó una escala universal. En Cuba comenzó a crecer la figura de Hernán Cortés, hombre a quien Velázquez, a pesar de ciertos enfrentamientos pasados, tenía por «persona cuerda» y leal servidor de la Corona. Daban inicio así una serie de escaramuzas legales y finalmente también bélicas, de las que el metelinense salió victorioso. Urge, pues, dar unas pinceladas para esbozar las trazas de quien, con el correr del tiempo, se convirtió en un mito.
Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano nació en Medellín en 1485.
Así, a través de una doble traducción, los españoles, sobre todo Cortés, pudieron comunicarse con los indígenas. La joven, de unos dieciséis o diecisiete años, recibió el bautismo junto a sus compañeras, y fue llamada Marina, antes de ser entregada a Alonso Hernández Portocarrero, primo hermano del conde de Medellín. Cuando este fue enviado a la Península, pasó a ser amante de Cortés, a quien dio un hijo, Martín, muy querido por su padre, para quien solicitó al papa una bula de legitimidad y le procuró el hábito de Santiago… Pronto, la inteligencia de aquella mujer, a la que los españoles dieron el trato nobiliario de «doña», le permitió aprender los rudimentos del español, desplazando poco a poco a Aguilar en las tareas de traducción, pero también en las de consejera. Un simple vistazo a los códices habla a las claras de la destacada posición que ocupó durante la conquista.

La destrucción de sus dioses conmocionó a los cempoaltecas. Los dioses zoomorfos fueron sustituidos por una imagen de la Virgen y una cruz, que destacaron sobre el fondo encalado y engalanado con flores y ramos, de un adoratorio cuyas paredes habían estado cubiertas de sangre humana. Cuatro sacerdotes totonacas, que trasquilaron sus largas melenas, quedaron al cuidado del templo. Junto a ellos se dejó a un soldado cordobés viejo y cojo, llamado Juan de Torres.

Establecidas una serie de alianzas con los pueblos de la zona, a mediados de agosto, los españoles pusieron rumbo a Tlaxcala, ciudad a la que se encaminaron siguiendo el consejo de los principales de Cempoala. El paso por esta ciudad se desviaba de la línea recta que conducía a Tenochtitlan, sin embargo, la gran enemistad existente entre tlaxcaltecas y mexicas podía resultar muy fértil. Veracruz quedó atrás. En ella se dejó a Juan de Escalante, alguacil mayor de la villa, al mando de una guarnición de unos sesenta hombres, algunos de ellos enfermos y viejos, dedicados a proseguir fortificando la posición. También en ese enclave quedó cierta cantidad de hostias y dos botijas llenas de vino. Ambas fueron reclamadas posteriormente desde Tlaxcala.
Los hechos de Veracruz arrojaron, y aún arrojan, sombras sobre Cortés. A pesar de que la documentación y testimonios posteriores demostraron el carácter colectivo de la decisión tomada en los arenales, las graves acusaciones de las que fue objeto el extremeño solo quedaron disipadas oficialmente el 12 de octubre de 1522, cuando fue absuelto de los cargos de rebeldía y traición sostenidos por Velázquez y apoyados por Andrés de Duero, su viejo y tornadizo socio. Sepúlveda cierra este asunto dando cuenta de lo duradero de esta polémica.

La llegada de los españoles a las inmediaciones de la ciudad de Tlaxcala despertó el recelo de sus dirigentes. Con el objeto de definir una estrategia, se convocó un consejo de caciques. Este sistema de decisión fue posteriormente alabado por Cortés. La asamblea osciló entre dos posiciones enfrentadas. Por un lado, los más ancianos, con Maxixcatzin a la cabeza, abogaban por recibir hospitalariamente a los forasteros. En contraste con este, Xicoténcatl el Joven expresó su voluntad de atacar a aquellos hombres. Al hijo del cacique de Tizatlán no le faltaban argumentos, pues era razonable sospechar que los blancos, que habían recibido varias embajadas de Moctezuma, podían haber acordado una alianza con este. Las cautelas de los tlaxcaltecas estaban también justificadas por la presencia, dentro de las filas de los extranjeros. La solución adoptada consistió en organizar un ejército de otomíes que, bajo las órdenes del joven Xicoténcatl, atacaría a los españoles. Acompañado por los señores de Cholula, el ejército salió de Tlaxcala el 13 de octubre de 1519. Antes de hacerlo, los aliados ofrecieron a sus guerreros para que se integraran en la hueste hispana. Bernal los cifró en mil, mientras Cortés afirmó que fueron cinco o seis mil los hombres de guerra incorporados a su ejército. Los españoles, recelosos de entrar de noche en la ciudad, durmieron junto a un arroyo, a dos leguas de Cholula.

Junto a los dioses zoomorfos, precedido por la piedra de los sacrificios, estaba un gran tambor vertical, cerrado por cueros de serpiente, que los sacerdotes tañían con las manos. Después de ver todo aquello, Cortés esbozó una media sonrisa y trató de hacer ver al emperador que aquellos que adoraban no eran dioses sino demonios. Como prueba del poder de su Dios, el extremeño pidió permiso para poner una cruz y una imagen de Nuestra Señora, cuya sola presencia pondría temor a los ídolos. Moctezuma y los sacerdotes negaron, airados, tal posibilidad. La respuesta fue tan tajante que Cortés respondió «pues que ansí es, perdone, señor». A su llegada, los españoles habían construido un humilde altar a base de tablas en el palacio de Axayácatl, por lo que se solicitó permiso para sustituirlo por uno de obra. Moctezuma accedió y envió a algunos albañiles. Mientras se buscaba un lugar para hacer aquel oratorio, el carpintero Alonso Yáñez vio en una pared la huella de una puerta que había sido recientemente tapiada, pues la cal estaba húmeda todavía. Inmediatamente, se acordó echar abajo ese paño. En la estancia que ocultaba, apareció un fastuoso tesoro que rápidamente quedó de nuevo oculto. El hallazgo precedió a una decisión trascendental que analizaremos en el siguiente capítulo: la captura y prisión de Moctezuma. En esa capilla se celebró misa hasta que se acabó el vino. Mucho de él se había consumido durante la guerra con Tlaxcala, pues era una bebida empleada también con fines médicos. A pesar de que las misas cesaron, los cristianos siguieron rezando ante la cruz, impulsados por sus costumbres, pero también para servir de ejemplo a los mexicas…La detención y prisión de Moctezuma supuso un giro radical en las relaciones entre españoles y mexicas, basadas hasta ese momento en la mutua observación, el cálculo y el despliegue de ceremonias diplomáticas desarrolladas sobre el trasfondo de las exhibiciones de fuerza militar de la tropa española.
Al margen de aquellas actividades recreativas, Moctezuma seguía acudiendo con regularidad al Templo Mayor. En su cima continuaban los sacrificios humanos sin que los reproches de los españoles, probablemente conscientes de la desestabilización que podría acarrear un cese abrupto de esas prácticas, tuvieran efecto. Bernal dejó escrito el ánimo de sus compañeros al comprobar que los sacerdotes seguían abriendo los pechos de algunos hombres para extraerles el corazón: «Y no podíamos en aquella sazón hacer otra cosa sino disimular con él, porque estaba muy revuelto México».

La epidemia de viruela no distinguía entre enemigos y aliados. Así, cuando los españoles llegaron a Tlaxcala, conocieron la noticia de que Maxixcatzin había muerto debido a la enfermedad. En señal de duelo, Cortés, sus capitanes y algunos soldados llevaron luto. Pese a aquella muerte, la supervivencia de Xicoténcatl, el Viejo y de Chichimecatecle garantizaban la vigencia de la alianza hispano-tlaxcalteca. La crisis abierta por la muerte de Maxixcatzin fue rápidamente resuelta por el capitán, que dio el poder al hijo de este.

Fue al capitán García de Holguín a quien le cupo el honor de prender a Cuauhtémoc. Neutralizado Cuauhtémoc, sobre la laguna se desató un forcejeo cuando García de Holguín, desobedeciendo las órdenes de Sandoval, quiso hacer entrega del señor de los mexicas. Cortés contó cómo ese capitán le trajo a Cuauhtémoc hasta la azotea desde la que había dirigido las maniobras. Una vez allí, le hizo sentar a su lado. El mexica, ricamente ataviado, puso su mano en el puñal que Cortés llevaba en su cintura y pidió que le matase. Cortés le consoló. Era el 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito. Bajo la tormenta, la ciudad quedó por fin en silencio.

Los problemas que los hispanos tuvieron para estabilizar los territorios norteños muestran los límites de sus propias fuerzas. Como todo imperio, el español encontró sus últimas fronteras en las praderas americanas septentrionales y en las selvas ecuatorianas. También las halló en Oriente. El sueño de invadir China terminó por disiparse, al comprobarse que las Filipinas no pudieron convertirse en unas nuevas Antillas desde las cuales acometer la entrada en el continente asiático.

Quinientos años después de que se produjeran los hechos que hemos tratado de reconstruir en esta obra, el mito de Cortés y sus compañeros, refulgente a veces, a menudo sombrío, distorsiona mucho de lo ocurrido a partir del Jueves Santo de 1519. Sin embargo, más allá del brillo de las corazas y del oro, la conquista del Imperio mexica supuso un hito fundamental en el despliegue del Imperio español. Cortés y sus compañeros llevaron a cabo la primera gran expansión hispana en el Nuevo Mundo, siguiendo algunas de las estrategias que ya se mostraron exitosas durante una Reconquista concluida en 1492, que, de algún modo, prosiguió en el continente americano. Nueva España, muestra a las claras hasta qué punto la idea de reproducción de la sociedad política hispana estaba en el ánimo de quienes descendieron de los barcos. De hecho, la fundación del cabildo de Veracruz, más allá de los objetivos puramente personales, supuso la implantación de una institución que jugó un papel esencial en el avance cristiano en la Península. Veracruz da continuidad al desbordamiento peninsular que siguió al descubrimiento de América, solo posible en conexión con la Teoría de la Esfera manejada por los españoles antes del viaje de Cristóbal Colón.
La concepción esférica del mundo, que empujó a los españoles a navegar hacia poniente, tenía reservada la sorpresa de un nuevo continente interpuesto ante el objetivo final: las Indias. De hecho, en su primer viaje, Colón llevaba consigo unas cartas de la reina Isabel para el gran Khan.
Aunque el de Medellín ganó un imperio para su señor, mostró siempre una gran vehemencia contra la idolatría de aquellos hombres señoreados por un demonio cuya silla, a su decir, estaba ubicada en la cúspide de la pirámide donde se le ofrecían vidas humanas. De hecho, las Ordenanzas dictadas en Tlaxcala comenzaban por señalar el principal objetivo de sus acciones: «Apartar y desarraigar de las dichas idolatrías a todos los naturales destas partes y reducillos, o al menos desear su salvación, e que sean reducidos al conocimiento de Dios y de su santa fe católica; porque si con otra intención se hiciese la dicha guerra, sería injusta y todo lo que en ella se oviese obnoxio e obligado a restitución».
La implantación de la cruz sirvió para terminar con el tiempo de la gentilidad en la que vivían unos hombres que demostraron, contrariamente a moros y judíos, no ser recalcitrantes, actitud que facilitó su integración en el modo hispano. Concluida la conquista, esta estrecha relación determinó el alineamiento de los franciscanos con el sistema encomendero, liderado por Cortés, y el de los dominicos con los oficiales reales. Siempre favorecidos por el conquistador, los franciscanos combatieron la veneración de las imágenes entre los indios, pues temían que estas se confundieran con los ídolos paganos. Fueron ellos quienes, de algún modo, reinventaron al conquistador, al considerarlo un Moisés que encajaba con una perspectiva milenarista en cuyo horizonte aparecía el retorno de Cristo.
Superpuestos a sus facultades políticas y militares, los atributos religiosos terminaron de perfilar a un Cortés convertido en modelo de conquistadores.
La Nueva España permitió a muchos emprender nuevas vidas, dejar atrás pasados manchados por turbios linajes o por delitos. Aquel era también el lugar de los sueños, el único capaz de hacer posible la realización de mitos protagonizados por amazonas, patagones o animales fabulosos.
Si la esfera, la espada y la cruz simbolizan algunos de los principales aspectos de la conquista del Imperio mexica, la pluma jugó un relevante papel en las vidas de quienes cruzaron los mares. Para recibir órdenes, para constituir cabildos, para pedir mercedes por sus acciones sobre el campo de batalla. Cada expedición contaba con escribanos reales, cuyas crónicas quedaron completadas por los relatos de quienes participaron en ellas. En el caso de los hechos de los que hemos tratado en esta obra, Cortés, con sus Cartas de Relación, ofreció al rey Carlos su versión de lo acontecido. También sus constantes pruebas de lealtad.

Otros interesantes libros sobre el tema:

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/21/la-conquista-de-mexico-hugh-thomas-conquest-cortes-montezuma-and-the-fall-of-old-mexico-by-hugh-thomas/

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/02/mexico-en-la-epoca-moctezuma-visiones-del-mundo-azteca-david-carrasco-eduardo-matos-moctezuma-moctezumas-mexico-visions-of-the-aztec-world-by-david-carrasco-eduardo-matos/

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As an essay on the conquest of Mexico there are better and more extensive sources. But given the difficulty that it can involve approaching other sources more arid, complex or extensive (such as Bernal Diaz del Castillo, Hugh Thomas, etc.), this book works as a pleasant introduction, which touches many points, to the theme . It’s, therefore, a good starting point.

Iván Vélez has given shape to an accessible book that relates the conquest of Mexico in a simple and enjoyable way. Presents us a feat, spectacular at the same time terrible. It is a story away from mythifications of the good savage and the good conqueror. Iván Vélez accounts equally for the excesses of both sides, the reality of the weak relations of the Mexica Empire with its neighbors, constantly tensed, that the human sacrifices were not only a matter of Tenochtitlán and how the blood came to be spilled also among indigenous people and among Spaniards . It is a rigorous book that due to its format and accessibility is a fantastic option for readers.

The ancestors of the Mexica had arrived there looking for fertile lands around 1325. Their first settlement, so the legend tells, was on an islet located in the west of Lake Texcoco, in which the Fifth Sun, Huitzilopochtli, transformed into eagle, perched on a nopal. Two centuries later, the first nucleus had grown on an artificial soil gained to the water by which multitude of canoes circulated. Three main roads or roads connected Tenochtitlan with the land surrounding the brackish lake of Texcoco, separated from the fresh waters of Lake Mexico by an albarrada that protected the city from periodic flooding. On the banks of the great aquatic surface there were places like Coyoacán, Tacuba or Chalco, that replicated the city where Motecuhzoma Xocoyotzin ruled, to which we will refer by his hispanized name: Moctezuma. From the heart of the city, from its ceremonial center, dominated by the Templo Mayor, departed the four directions of the universe, the cardinal directions that structured the metropolis and ordered a stratified cosmos on three levels: the underworld, the terrestrial and the celestial, to which the warriors fallen in combat acceded, those who were sacrificed to the gods and women who died during childbirth. The city of Tenochtitlan gravitated on the great pyramid, raised on a platform from which two staircases of short tracks, which forced the priests to climb sideways, thus preventing mortals from looking into the eyes of the gods or giving them the back when descending. The stairs ran through the whitewashed skin of the four bodies of the temple, on the summit of which stood the shrine of the god Tlaloc, lord of rain and fertility; and that of Huitzilopochtli, minor son of Coatlicue, the goddess of the skirt of serpents, and brother of the moon goddess, Coyolxauhqui, who, according to legend, defeated and dismembered, throwing her from a mountain. The sacrifices made in the pyramids did nothing but imitate, on a human scale, what happened in the divine. The continuous demand for human blood operated after many of the actions of a people that in 1428, after shaking off the Tepanec yoke, founded the bases of an empire maintained by its military power. The victory over the battlefield was accompanied by a readjustment of the past, which was consummated with the burning of the ancient codices, in which the new lords appeared as a people of little refinement. Some remains of that rudeness persisted, however, in the Tenochtitlan of the early 16th century. Mexica society was still bellicose, even Spartan in some ways. The aristocracy sent their sons to schools of eloquent name, the Calmécac or “houses of tears”, where infants were severely instructed in the art of war. Although the man who governed that alliance, Moctezuma, has been presented as impressionable, superstitious, even cowardly, the truth is that his mandate was marked by severity. Far away was the refined atmosphere that characterized the court of Texcoco, which had reigned the poet-king Nezahualcóyotl, who centuries later, Clavijero compared with Solon. With the sacred figure of huey tlatoani at the peak of power, the war and religious planes mixed in the so-called “flower wars”. These warlike events have been presented as a set of unique combats of knightly aromas developed body to body, with equal opponents for each side and starring nobles who had the objective of capturing prisoners. However, the flower wars exceeded these idealizations.

In addition to its center, the plot of the Mexican capital, inhabited by more than two hundred thousand people upon the arrival of the Spaniards, was opened at points such as the great market of Tlatelolco, a Nahua name that refers to tlatelli, that is, « terrace”. Through the streets, people and more varied merchandise flocked to it, transported to the back of tlamemes. Food, animals, rich plumes of quetzal, jewels and textiles, but also minerals such as obsidian, with which the battle weapons and flint were used to make the dagger that sank into the body of the captives in He looked for his heart, they came daily to Tenochtitlan. Through those same routes that nourished the city one day some exotic visitors arrived.

The one of 1492 was a momentous year. With the taking of Granada and the discovery of Las Indias, the Spanish imperial project, which combined political and religious objectives, overflowed the peninsular and even continental limits, and adopted a universal scale. In Cuba the figure of Hernán Cortés began to grow, a man to whom Velázquez, despite certain past confrontations, was a “sane person” and loyal servant of the Crown. Thus began a series of legal and finally warlike skirmishes, of which the metelinense was victorious. It is urgent, then, to give a few strokes to outline the traces of who, with the passage of time, became a myth. Hernán Cortés Monroy Pizarro Altamirano was born in Medellín in 1485. Thus, through a double translation, the Spaniards, especially Cortés, were able to communicate with the indigenous people. The girl, about sixteen or seventeen years old, received the baptism with her companions, and was called Marina, before being delivered to Alonso Hernández Portocarrero, first cousin of the Count of Medellín. When he was sent to the Peninsula, he became a lover of Cortes, to whom he gave a son, Martin, very dear to his father, for whom he asked the pope for a bull of legitimacy and procured him the habit of Santiago … Soon, the intelligence of that woman, to whom the Spaniards gave the noble treatment of “doña”, allowed her to learn the rudiments of Spanish, gradually displacing Aguilar in the tasks of translation, but also in those of counselor. A simple glance at the codices speaks clearly of the outstanding position he occupied during the conquest.

The destruction of their gods shocked the cempoaltecas. The zoomorphic gods were replaced by an image of the Virgin and a cross, which stood out on the whitewashed background and adorned with flowers and branches, of a shrine whose walls had been covered with human blood. Four Totonac priests, who sheared their long hair, were left in the care of the temple. An old and lame Cordovan soldier named Juan de Torres was left with them.

Established a series of alliances with the towns of the zone, in the middle of August, the Spaniards put course to Tlaxcala, city to which they went following the advice of the principals of Cempoala. The passage through this city deviated from the straight line that led to Tenochtitlan, however, the great enmity between Tlaxcalteca and Mexica could be very fertile. Veracruz was left behind. In it was left Juan de Escalante, mayor of the town, commanded by a garrison of about sixty men, some of them sick and old, dedicated to continue fortifying the position. Also in that enclave was a number of hosts and two jars full of wine. Both were later claimed from Tlaxcala. The facts of Veracruz threw, and still throw, shadows on Cortes. Although the documentation and subsequent testimonies showed the collective nature of the decision made in the arenales, the serious accusations of which the Extremaduran was object were only officially dissipated on October 12, 1522, when he was acquitted of the charges of rebellion and treason supported by Velázquez and supported by Andrés de Duero, his old and fickle partner. Sepúlveda closes this issue by giving an account of how long this controversy lasts.

The arrival of the Spaniards in the vicinity of the city of Tlaxcala aroused the distrust of its leaders. In order to define a strategy, a council of caciques was convened. This decision system was later praised by Cortés. The assembly oscillated between two opposing positions. On the one hand, the elderly, with Maxixcatzin at the head, advocated hospitably welcoming strangers. In contrast to this, Xicoténcatl the Younger expressed his will to attack those men. The son of the cacique of Tizatlan did not lack arguments, since it was reasonable to suspect that the whites, who had received several embassies of Moctezuma, could have agreed to an alliance with him. The cautions of the Tlaxcalans were also justified by the presence, within the ranks of foreigners. The solution adopted consisted of organizing an army of Otomies who, under the orders of the young Xicoténcatl, would attack the Spaniards. Accompanied by the lords of Cholula, the army left Tlaxcala on October 13, 1519. Before doing so, the allies offered their warriors to join the Hispanic host. Bernal estimated them in a thousand, while Cortés affirmed that there were five or six thousand men of war incorporated into his army. The Spaniards, wary of entering the city at night, slept beside a stream, two leagues from Cholula.

Along with the zoomorphic gods, preceded by the stone of the sacrifices, was a large vertical drum, closed by snake skins, which the priests played with their hands. After seeing all that, Cortes smiled a half smile and tried to make the emperor see that those who worshiped were not gods but demons. As proof of the power of his God, the Extremaduran asked permission to put a cross and an image of Our Lady, whose mere presence would make the idols afraid. Moctezuma and the priests angrily denied this possibility. The answer was so sharp that Cortés replied “well, that is, forgive me, sir.” Upon arrival, the Spaniards had built a humble table altar in the palace of Axayácatl, so permission was requested to replace it with one of the work. Moctezuma agreed and sent some masons. While looking for a place to make that oratory, carpenter Alonso Yáñez saw on a wall the imprint of a door that had recently been bricked up, as the lime was still wet. Immediately, it was agreed to tear down that cloth. In the room that hid, there appeared a lavish treasure that quickly was hidden again. The finding preceded a momentous decision that we will analyze in the following chapter: the capture and imprisonment of Moctezuma. In that chapel, mass was celebrated until the wine was finished. Much of it had been consumed during the war with Tlaxcala, as it was a beverage also used for medical purposes. Although the Masses ceased, the Christians continued to pray before the cross, driven by their customs, but also to serve as an example to the Mexicas … The arrest and imprisonment of Moctezuma marked a radical change in relations between Spaniards and Mexicans. , based until that moment on the mutual observation, the calculation and the deployment of diplomatic ceremonies developed on the background of the exhibitions of military force of the Spanish troops. Apart from those recreational activities, Moctezuma continued to go regularly to the Templo Mayor. At its peak human sacrifices continued without the Spaniards’ reproaches, probably aware of the destabilization that could result in an abrupt cessation of these practices, having an effect. Bernal left written the spirit of his companions when verifying that the priests continued opening the breasts of some men to extract the heart to them: “And we could not in that season do other thing but to disguise with him, because Mexico was very scrambled”.

The smallpox epidemic did not distinguish between enemies and allies. Thus, when the Spaniards arrived in Tlaxcala, they learned of the news that Maxixcatzin had died due to the disease. As a sign of mourning, Cortes, his captains and some soldiers wore mourning. In spite of that death, the survival of Xicoténcatl, El Viejo and Chichimecatecle guaranteed the validity of the Hispano-Tlaxcalan alliance. The crisis opened by the death of Maxixcatzin was quickly resolved by the captain, who gave power to his son.

It was to Captain García de Holguín who had the honor of apprehending Cuauhtémoc. Neutralized Cuauhtémoc, a struggle was unleashed on the lagoon when García de Holguín, disobeying Sandoval’s orders, wanted to surrender the lord of the Mexicas. Cortés told how that captain brought Cuauhtémoc to the roof from which he had directed the maneuvers. Once there, she made him sit next to her. The Mexica, richly attired, put his hand on the dagger that Cortés wore around his waist and asked him to kill him. Cortés consoled him. It was August 13, 1521, the day of San Hipólito. Under the storm, the city was finally silent.

The problems that the Hispanics had to stabilize the northern territories show the limits of their own forces. Like all empires, Spanish found its last frontiers in the northern American prairies and in the Ecuadorian jungles. He also found them in the East. The dream of invading China ended up dissipating, as it proved that the Philippines could not become a new Antilles from which to enter the Asian continent.

Five hundred years after the events that we have tried to reconstruct in this work, the myth of Cortes and his companions, sometimes effulgent, often somber, distorts much of what happened as of Holy Thursday of 1519. However, Beyond the sheen of the armor and the gold, the conquest of the Mexica Empire was a fundamental milestone in the deployment of the Spanish Empire. Cortés and his companions carried out the first major Hispanic expansion in the New World, following some of the strategies that were already successful during a Reconquista concluded in 1492, which, in a way, continued in the Americas. New Spain, shows clearly to what extent the idea of reproduction of Hispanic political society was in the minds of those who descended from the ships. In fact, the founding of the cabildo of Veracruz, beyond the purely personal objectives, meant the implantation of an institution that played an essential role in the Christian advance in the Peninsula. Veracruz continues the peninsular overflow that followed the discovery of America, only possible in connection with the Theory of the Sphere managed by the Spaniards before the voyage of Christopher Columbus. The spherical conception of the world, which pushed the Spaniards to sail to the west, had reserved the surprise of a new continent interposed before the final objective: the Indies. In fact, on his first trip, Columbus carried with him some letters from Queen Elizabeth to the great Khan. Although the one from Medellín won an empire for his lord, he always showed great vehemence against the idolatry of those men who were dominated by a demon whose chair, in his words, was located at the top of the pyramid where human lives were offered. In fact, the Ordinances dictated in Tlaxcala began by pointing out the main objective of their actions: “To separate and eradicate from the said idolatries all the natural and minor parts, or at least to desire their salvation, and to be reduced to the knowledge of God. and of his holy catholic faith; because if with that intention the war were to take place, it would be unjust and everything that would be obnoxious and forced to restitution. ” The implantation of the cross served to end the time of the gentility in which men lived who demonstrated, contrary to Moors and Jews, not to be recalcitrant, an attitude that facilitated their integration in the Hispanic way. After the conquest, this close relationship determined the alignment of the Franciscans with the encomendero system, led by Cortés, and that of the Dominicans with the royal officials. Always favored by the conqueror, the Franciscans fought the veneration of the images among the Indians, fearing that they would be confused with pagan idols. It was they who, in some way, reinvented the conqueror, considering him a Moses who fit in with a millenarian perspective on whose horizon the return of Christ appeared. Superimposed on its political and military faculties, the religious attributes ended up shaping a Cortes turned into a model of conquerors. New Spain allowed many to start new lives, leaving behind past stained by murky lineages or crimes. That was also the place of dreams, the only one capable of making possible the realization of myths starring amazons, patagones or fabulous animals. If the sphere, the sword and the cross symbolize some of the main aspects of the conquest of the Mexica Empire, the pen played an important role in the lives of those who crossed the seas. To receive orders, to set up councils, to request mercedes for their actions on the battlefield. Each expedition had royal scribes, whose chronicles were completed by the accounts of those who participated in them. In the case of the facts of which we have dealt with in this work, Cortés, with his Letters of Relationship, offered to King Carlos his version of what happened. Also his constant proofs of loyalty.

Great books about this stuff and commented in my blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/04/21/la-conquista-de-mexico-hugh-thomas-conquest-cortes-montezuma-and-the-fall-of-old-mexico-by-hugh-thomas/

https://weedjee.wordpress.com/2018/05/02/mexico-en-la-epoca-moctezuma-visiones-del-mundo-azteca-david-carrasco-eduardo-matos-moctezuma-moctezumas-mexico-visions-of-the-aztec-world-by-david-carrasco-eduardo-matos/

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