Contra El Populismo: Cartografía De Un Totalitarismo Postmoderno — José María Lassalle / Against Populism: Cartography of a Postmodern Totalitarianism by José María Lassalle (spanish book edition)

Lo que dice el autor es totalmente cierto. El modo en que lo dice, con un lenguaje cuidado y estructurado, pero demasiado florido, hace la lectura innecesariamente dificil. No es que los conceptos que saca a la luz, sean complejos. Muy al contrario, son verdades bastante evidentes. El populismo esta arrasando en las urnas, pero tambien esta arrasando el prestigio del estado democratico de derecho. La democracia, que es uno de los pilares de nuestra sociedad y de nuestra convivencia, es enarbolada como ariete con la pretension de alzarla por encima de la ley sin reparar en el hecho de que una no sobrevivira sin la otra. Ni la democracia sin ley vale nada ni la ley sin democracia vale gran cosa. El valor superior reside en su coexistencia.

El populismo impulsa el sentimiento de agravio como motor politico y la descalificacion del contrario como arma en los debates. Persigue monopolozar la legitimidad y descalificar a todos los que no les sigan. Es esencial anular al contrario para armarse de razones. El discurso facil, la culpabilizacion del otro, del diferente, del adversario politico, la simplificacion del debate, la distincion maniquea entre buenos y malos, son los recursos que utiliza con insistencia.

Es triste constatar cuan facil es la manipulacion de la personas con esos medios tan elementales, tan antiguos y tan poderosos. Porque son personas, no masa informe ni tampoco un saco de votos. Personas de pensamiento fragil y faciles de manipular.

El populismo actual plantea un modelo de democracia alternativa. Niega los patrones institucionales, representativos y legales del modelo vigente y, al mismo tiempo, ofrece otro que apela directamente a la gente para sobredimensionar la esencia popular de la democracia. Ello a partir de un planteamiento de liderazgo que intensifica la horizontalidad de este para construir y conservar una voluntad política mayoritaria; una voluntad que articule de manera pacífica a una mayoría que aspire a ser permanente. El objetivo final del populismo es conquistar y preservar el poder al precio institucional que sea. Para lograrlo propone una fórmula posmoderna de sociedad cerrada que se sustenta en el resentimiento y el miedo, y que parte de una reconfiguración corrompida del concepto de pueblo. Ya no hablamos de aquella idea que manejaron las revoluciones atlánticas para definir la suma de los ciudadanos que daban soporte colectivo a la soberanía nacional que fundamentaba la ley y se sometía a ella. No: hablamos de otra cosa. El populismo apela al pueblo no como sujeto, sino como víctima. Es el depositario de un derecho a la venganza, el que reclaman los humillados y ofendidos por un sistema de castas que ha hecho de la democracia un trampantojo de sí misma. El populismo es la corrupción del pueblo como sujeto político, corrupción que se produce cuando se deja llevar por las bajas pasiones de la demagogia y cuando el malestar ciega sus equilibrios, rebasa los límites de la ley y de las formas, y dirige la ira hacia todo lo que se opone a su ímpetu vengativo. Es algo que ya sucedía en la Antigüedad y que acontece hoy también, tal y como evidencia la corrupción del lenguaje y de la política que encierran las propuestas del populismo. A la luz de todo ello se entiende, como decíamos más arriba, que el populismo no sea un hecho aislado de nuestro país. En realidad, hablamos de un fenómeno generalizado en Occidente. Un acontecimiento de masas que ha logrado lo imposible: que la cuna de la democracia moderna lo asuma como relato y proyecto de gobierno. De este modo se demuestra que las consignas populistas son un desenlace reactivo que compartimos las sociedades abiertas. Un efecto que tiene que ver con claves globales pero que adopta, dependiendo del país, una fisonomía y un relato propios, diferenciados del resto pero con conexiones que sintonizan una experiencia mórbida que compartimos todas las democracias occidentales.

Bajo el populismo, la democracia, lejos de enfriar, caldea las emociones al considerar que son más importantes que las razones. No en balde sostiene que nacen de la sinceridad espontánea de quienes las viven. Desprecia la lógica kelseniana y rawlsiana de la democracia liberal que defiende desarrollar colectivamente una moral posible para todos a partir de una metodología relativista que permita la convivencia de contrarios. Y defiende la lógica ortodoxa de una democracia sin discusión porque la verdad está en manos de la sinceridad de los sentimientos de la gente. Por eso no es de extrañar que desde las filas populistas se reivindique el fanatismo, la intolerancia y la superstición si son el precio social que hay que pagar para evitar que el pueblo llano para el que pretende gobernar siga presa de la debilidad institucional, el estancamiento deliberativo, la insulsez y el relativismo moral que imponen las élites extractivas tradicionales.

Hoy en día las sociedades europea y estadounidense ven frente a sí la perpetuación de un presente inquietante que no parece tener fin. El malestar colectivo es tan diverso como diversas son las frustraciones que lo alimentan y que nacen de un proceso íntimo de desertización de la experiencia personal que ha agravado la crisis. El economicismo del modelo neoliberal y el desarrollo técnico de las últimas décadas han propiciado fenotipos especialmente frágiles en términos psicológicos. La generalización de la especialización profesional y la relativización del peso humanista en la educación hacen posible que la interpretación del mundo y la experiencia del bienestar que viven las generaciones más jóvenes se desarrollen bajo parámetros muy simplistas, parámetros que favorecen la incapacidad de discriminar con patrones de complejidad los retos que enfrentamos en el presente. La vulnerabilidad personal se ha masificado. A ello ha contribuido fomentar sociedades que frivolizan la existencia y no permiten cerrar los ojos y respirar más allá de la cuantificación consumista.

Se deben humanizar los datos y proporcionarles una dimensión cívica y ética. Por ejemplo, reconociendo derechos digitales que hagan posible una ciudadanía cibernética que proteja a los seres humanos como personas cuando son usuarios tecnológicos y que les confiera un título de propiedad sobre los datos que generan para poder gestionarlos individualmente y mediante una estructura de algoritmos que primen la dimensión ética y privada sobre la funcional y monetizable. En este sentido, el desarrollo de la revolución digital relacionada con el despliegue del 5G, el Cloud Computing y el internet de las cosas no puede marginar al hombre. El Big Data no puede arrastrarnos hacia las fauces del Big Brother como se decía antes. Hay que desactivar el peligro con un Big Deal. Un gran pacto social que impida que los hombres seamos condenados al papel de seres cosificados que producimos datos y que somos clasificados pasivamente mediante algoritmos. El reto del despliegue de la tecnología 5G ha de ser una oportunidad para desarrollar una nueva generación de derechos fundamentales: los derechos 5G o de quinta generación. Derechos que a partir de la experiencia de lo que es la dignidad humana en internet den protección a los hombres mediante un nuevo catálogo de derechos fundamentales que aborde eficazmente un marco de seguridad jurídica renovada de acuerdo con las coordenadas de la revolución digital.

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What the author says is totally true. The way he says it, with careful and structured language, but too flowery, makes reading unnecessarily difficult. It’s not that the concepts he brings to light are complex. Quite the contrary, they are quite obvious truths. Populism is devastating at the polls, but it is also wiping out the prestige of the democratic state of law. Democracy, which is one of the pillars of our society and our coexistence, is raised as a battering ram with the pretension of lifting it above the law without paying attention to the fact that one will not survive without the other. Neither democracy without law is worth anything nor law without democracy is worth much. The highest value lies in its coexistence.

Populism drives the feeling of grievance as a political engine and the disqualification of the opponent as a weapon in the debates. It seeks to monopolize legitimacy and disqualify all those who do not follow them. It is essential to cancel the opponent to arm himself with reasons. The easy speech, the guilt of the other, of the different, of the political adversary, the simplification of the debate, the Manichean distinction between good and bad, are the resources that he uses with insistence.

It is sad to see how easy it is to manipulate people with such elemental means, so old and so powerful. Because they are people, not mass report or a sack of votes. People of fragile thinking and easy to manipulate.

Current populism poses a model of alternative democracy. It denies the institutional, representative and legal patterns of the current model and, at the same time, offers another that appeals directly to people to oversize the popular essence of democracy. This is based on a leadership approach that intensifies the horizontality of this to build and maintain a majority political will; a will that peacefully articulates a majority that aspires to be permanent. The ultimate goal of populism is to conquer and preserve power at whatever institutional price. To achieve this, he proposes a postmodern formula of a closed society that is based on resentment and fear, and that starts from a corrupt reconfiguration of the concept of the people. We no longer speak of that idea that the Atlantic revolutions managed to define the sum of the citizens that gave collective support to the national sovereignty that founded the law and submitted to it. No: we talk about something else. Populism appeals to the people not as a subject, but as a victim. It is the repository of a right to revenge, which is claimed by the humiliated and offended by a caste system that has made democracy a trompe l’oeil. Populism is the corruption of the people as a political subject, corruption that occurs when it is carried away by the low passions of demagogy and when discomfort blinds its equilibrium, exceeds the limits of law and forms, and directs anger toward everything that opposes his vengeful impetus. It is something that was already happening in Antiquity and that is happening today as well, as evidenced by the corruption of language and politics contained in the proposals of populism. In light of all this, it is understood, as we said above, that populism is not an isolated fact of our country. Actually, we are talking about a widespread phenomenon in the West. A mass event that has achieved the impossible: that the cradle of modern democracy assumes it as a story and project of government. In this way it is demonstrated that populist slogans are a reactive outcome shared by open societies. An effect that has to do with global keys but that adopts, depending on the country, its own physiognomy and narrative, differentiated from the rest but with connections that tune into a morbid experience shared by all western democracies.

Under populism, democracy, far from cooling, warms the emotions to consider that they are more important than the reasons. Not in vain he has that they are born of the spontaneous sincerity of those who live them. I have despised the Kelsenian and Rawlsian logic of liberal democracy that defends the collective development of a possible moral for all from a relativist methodology that allows the coexistence of opposites. And defends the orthodox logic of a democracy without discussion because the truth is in the hands of the sincerity of the feelings of the people. That is why it is surprising that from the populist ranks fanaticism, intolerance and superstition are claimed if they are the social price that must be paid to avoid that the common people for whom they intend to govern remain prey to institutional weakness, stagnation deliberative, insipid and moral relativism imposed by traditional extractive elites.

Nowadays European and American societies see themselves before the perpetuation of a disturbing present that does not seem to end. The collective malaise is as diverse as the frustrations that feed it and are born of an intimate process of desertification of personal experience that has aggravated the crisis. The economics of the neoliberal model and the technical development of the past tense have favored especially fragile phenotypes in psychological terms. The generalization of professional specialization and the relativization of the humanistic weight in education make it possible for the interpretation of the world and the experience of well-being lived by the younger generations to develop under very simplistic parameters, that favor the inability to discriminate with patterns of complexity the challenges we face in the present. Personal vulnerability has become widespread. To this you have contributed to foment societies that frivolize the existence and do not allow to close the eyes and breathe beyond the consumer quantification.

The data must be humanized and given a civic and ethical dimension. For example, recognizing digital rights that make possible a cybernetic citizenship that protects human beings as people when they are technological users and that confers them to a property title on the data they generate in order to manage them individually and through a structure of algorithms that prioritize the ethical and private dimension over the functional and monetizable. In this sense, the development of the digital revolution related to the 5G deployment, Cloud Computing and the internet of things can not marginalize man. The Big Data can not be dragged into the jaws of the Big Brother as it was said before. You have to deactivate the danger with a Big Deal. A great social pact that prevents men from being condemned to the role of reified beings that produces data and that they are classified passively by algorithms. The challenge of deploying 5G technology must be an opportunity to develop a new generation of fundamental rights: 5G or fifth generation rights. What is the human dignity on the internet? What is the human right to the security of the digital revolution?

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