Espía Y Traidor. La Mayor Historia De Espionaje De La Guerra Fría — Ben MacIntyre / The Spy and the Traitor: The Greatest Espionage Story of the Cold War by Ben MacIntyre

El mejor libro que leí en este año. Esencialmente concierne al notable Oleg Gordievsky, pero también aprendemos mucho sobre el KGB y el espionaje y contra espionaje británico y estadounidense. El padre de Gordievsky era un agente curtido en la idiosincrasia del KGB, y como tal, Oleg creció en una familia que estaba “bien alimentada, privilegiada y segura”. Parecía que estaba preparado para seguir a su padre y a su hermano mayor, Vasily, en la máquina de la fiesta, y de hecho, el talentoso joven Oleg se unió al Komsomol, con su hermano ya establecido como una figura en ascenso en la KGB. Todo parecía ser justo para el futuro. Sin embargo, incluso en sus primeros años es sensible a las divisiones y secretos dentro de la familia. Su madre, Olga, se mantiene alejada del mundo político de su esposo y debajo del hombre para quien el Partido era Dios, Oleg detecta en su padre, Anton, un “hombre pequeño y aterrorizado”. Con la muerte de Stalin, Khruschev asume el poder en la Unión Soviética. Al principio se habla mucho del deshielo de Khruschev, pero el nuevo líder es un hombre duro, que purgando al Partido de muchos estalinistas y liberando a los presos políticos, no tiene intención de aflojar el control del bloque soviético. Durante este tiempo, Oleg comienza a cultivar su anhelo de viajar al extranjero y se convierte en un oyente habitual del Servicio Mundial de la BBC. Está empezando a ver un mundo más allá de los confines de la Unión Soviética. Sin embargo, él idolatra a su hermano mayor y sus perspectivas en la máquina del partido se ven reforzadas por su aceptación en la escuela de entrenamiento de élite de la KGB, que se especializa en la preparación de “ilegales”, los agentes secretos y encubiertos, en oposición a aquellos que abiertamente ocupan cargos en consulados, etc.

A principios de la década de 1960 tenemos el caso Molody / Lonsdale, el Portland Spy Ring y lo más importante, quizás, la defección de Kim Philby. Philby fue el rango más alto de todos los espías que surgieron en estos años. Su deserción fue un duro golpe para la moral de la inteligencia británica y estadounidense y la confianza entre los dos países en esta área. El éxito en los escalones superiores de la KGB presupuso un matrimonio estable y Gordievsky hace lo que en efecto es un matrimonio de conveniencia con Yelena, quien está totalmente comprometida con la causa comunista. Mientras prosperaba en su carrera en KGB, Oleg se ve profundamente afectado por su amistad con el cultivado checo, Kaplan, por sus experiencias en Alemania Oriental y sobre todo por su tiempo en Dinamarca, donde se deleita en la libertad y se abre a las maravillas de la música clásica. Música y literatura occidental prohibida en Moscú. La vaga alienación se convierte en una aversión a la monótona conformidad de su tierra natal. Se hacen contactos informales con el servicio de inteligencia danés PET y Oleg ahora está desilusionado con su vida en el hogar y alimentado por los valores occidentales. Está maduro para volverse. Al mismo tiempo, su carrera está avanzando. Es ascendido al rango de Mayor en la KGB, incluso cuando sufre síntomas de abstinencia al regresar a Moscú. Los eventos clave mueven las cosas: la deserción de Kaplan, la muerte de su hermano, la aparición de Bromhead, quien debe iniciar la deserción de Oleg como nace el nombre en código SUNBEAM, un secreto guardado de la CIA.

Mcintyre ahora recoge la intriga que conduce a la superación de las sospechas dentro de los servicios de inteligencia y el gobierno británico y, finalmente, lanza PIMLICO, el plan de escape en caso de que sea necesario para sacar a Gordievsky de la URSS rápidamente. Hay grandes obstáculos por delante. El matrimonio de Oleg es uno de ellos. Las actividades de un agente poco prometedor de la CIA, Aldrich Ames, es mucho más peligrosa. También nos estamos acercando a la crisis nuclear de 1982 y a la asunción de poder supremo por parte de Andropov, un ex oficial de la KGB con una apariencia muy anticuada. No pasa mucho tiempo antes de que Ames descubra un agente clave de la KGB que trabaja para la inteligencia británica, incluso si su identidad exacta permanece desconocida durante algún tiempo. El propio Ames se levantará para convertirse en el jefe de la unidad de contrainteligencia soviética de la CIA, y él mismo abandonará la causa soviética. Gordievsky es promovido para convertirse en Rezident en Londres, el oficial de mayor rango en la KGB en el Reino Unido. Ahora está en posición de pasar casi todos los documentos secretos de la KGB a sus nuevos amigos. Luego viene la convocatoria a Moscú. No se presiona a Gordievsky, pero al final él elige regresar. PIMLICO se pone en alerta máxima.

Sorprendentemente, a pesar de su conocimiento a través de Ames, el KGB no hace más que cuestionar a Oleg y su nueva esposa antes de enviar al primero a un complejo de salud costoso. PIMLICO ahora está activado y el emocionante final del libro está en marcha. McIntyre sostiene el suspenso a través de detalles precisos mientras gira el tornillo sin descanso hasta que alcanza una tensión insoportable. McIntyre se ocupa plenamente de las consecuencias, la reunión con la señora Thatcher en Checkers, la condena por traición y la sentencia de muerte impuesta a Gordievsky, la gira mundial que McIntyre describe como un “roadshow de inteligencia de un hombre”, hasta la negativa de Gorbachov a discutir el tema. De la familia de Oleg uniéndose a él en Gran Bretaña. No menos importante es la soledad que un hombre escondido no puede evitar. McIntyre, tanto directa como indirectamente, nos da una visión profunda de la vida de un ilegal y la vida de los agentes de espionaje en general. Desde el principio, vemos que los espías están motivados de muchas maneras diferentes: por ideología, dinero, sexo, chantaje y otras necesidades mucho más confusas. Mientras que Ames envía al menos a 25 personas a su muerte por dinero, otros, Gordievsky y Philby entre ellos, tenían una motivación ideológica. Como McIntyre nos dice al final, Oleg Gordievsky “es uno de los hombres más valientes que he conocido y uno de los más solitarios”. Recordamos a Kim Philby, quien intentó suicidarse. Los dos, tienen mucho en común. Aunque Philby pudo haber tenido el intelecto más agudo y el nervio más frío, Gordievsky se presenta como la figura más humana, un hombre torturado por su conciencia y sus sentimientos personales.

McIntyre es un escritor de primera categoría, lúcido y para siempre no solo presenta eventos, sino que va más allá de las realidades humanas que afectan a sus súbditos y a todos nosotros. Este es un libro notable.

El KGB enviaba a países extranjeros a dos tipos de espías bien diferenciados. Los primeros ocupaban puestos formales como miembros del personal diplomático o consular soviético, como agregados culturales o militares, como periodistas acreditados o como representantes comerciales. La protección diplomática significaba que esos espías «legales» no podían ser juzgados si sus actividades salían a la luz, tan solo declarados persona non grata y expulsados del país. Por el contrario, un espía «ilegal» (nelegal en ruso), carecía de estatus oficial, solía viajar con nombre y documentación falsos y se mezclaba con la población del país al que fuese destinado. Por todo el mundo, el KGB enviaba ilegales sumergidos y subversivos que se hacían pasar por ciudadanos de a pie. Al igual que los espías legales, recababan información, reclutaban a agentes y llevaban a cabo varias formas de espionaje. A veces, como «durmientes», podían permanecer ocultos mucho tiempo sin ser activados. Estos también eran quintacolumnistas potenciales, listos para entrar en combate si estallaba una guerra entre Oriente y Occidente. Los ilegales actuaban fuera del radar oficial y, por tanto, no podían recibir financiación que pudiera ser rastreable ni comunicarse por canales diplomáticos seguros. Pero, a diferencia de los espías acreditados en una embajada, dejaban pocas pistas a los investigadores del contraespionaje. Gordievski adoptó su primer nombre de espía. Los servicios de inteligencia soviéticos y occidentales utilizaban el mismo método para elegir pseudónimo: debía parecerse al nombre real y compartir su primera letra, porque, de ese modo, si una persona se dirigía al agente por su verdadero nombre, alguien que solo lo conociera por su nombre de espía podía suponer que había oído mal. Gordievski eligió «Guardiyetsev».

A finales de 1965 llegó el cambio que Gordievski había estado esperando: quedó libre una vacante para supervisar a ilegales en Dinamarca. Su tapadera sería la de funcionario del consulado que tramitaba visados y herencias; en realidad, colaboraría con la Línea N (que significaba neleganii, o ilegales), y sería responsable del trabajo de campo del Directorio S. A Gordievski le ofrecieron dirigir una red de espías en Dinamarca, cosa que aceptó con sumo gusto. Oleg y Yelena Gordievski llegaron a Copenhague el 11 de octubre de 1972 y fue como volver a casa. El corpulento policía danés al que llamaban Obélix los siguió discretamente desde la terminal de llegadas. En su nuevo papel de agente de espionaje político, Gordievski ya no gestionaría a ilegales, sino que recabaría información clasificada e intentaría desconcertar a las instituciones occidentales. En la práctica, eso significaba buscar, cortejar, reclutar y controlar a espías, contactos e informantes. Podían ser miembros del gobierno danés, políticos electos, sindicalistas, diplomáticos, empresarios, periodistas o cualquiera que gozara de acceso privilegiado a información de interés para la Unión Soviética. Idóneamente, podían trabajar incluso para el espionaje danés. Como en otros países occidentales, algunos daneses eran comunistas acérrimos que estaban dispuestos a cumplir órdenes de Moscú; otros podían aceptar un trueque de información por dinero.

Había un aspecto del tesoro de Gordievski que hizo que la cúpula del espionaje y la seguridad británicos se incorporara y tragara saliva con dificultad. Los devaneos de Michael Foot con el KGB eran cosa del pasado remoto. Gordievski se había cuidado de exagerar la importancia del agente BOOT, y Geoffrey Guscott fue claro en su análisis del caso: Foot solo había sido utilizado tiempo atrás con «fines de desinformación»; no era un espía ni un «agente consciente» en el sentido aceptado del término. Pero, desde 1980, había sido líder de la oposición laborista, desafiando a Margaret Thatcher por el liderazgo del país. Podía ser nombrado primer ministro en las próximas elecciones generales, que se celebrarían a más tardar en 1984. Si salía a la luz su antigua relación económica con el KGB, la credibilidad de Foot quedaría destruida, acabaría con sus posibilidades de hacerse con el poder y probablemente cambiaría el curso de la historia. Muchos ya lo consideraban peligrosamente de izquierdas, pero sus contactos con el KGB darían a su postura ideológica una pátina mucho más siniestra.Había otro elemento en la descarga de información de Gordievski que resultaba aún más peligroso que los informes BOOT, un secreto del KGB que no solo podía cambiar el mundo, sino destruirlo. En 1982, la Guerra Fría estaba recrudeciéndose de nuevo, al punto de que el enfrentamiento nuclear parecía una posibilidad real. Según Gordievski, el Kremlin pensaba, errónea pero completamente en serio, que Occidente estaba a punto de pulsar el botón nuclear.

La Dama de Hierro sentía debilidad por su espía ruso. Margaret Thatcher no había conocido nunca a Oleg Gordievski. No sabía su nombre y se refería a él, inexplicable e insistentemente, como «señor Collins». Sabía que espiaba desde la embajada rusa, le preocupaba la carga personal a la que se hallaba sometido y creía que podía «desertar en cualquier momento». Si eso ocurría, insistía la primera ministra, había que ocuparse adecuadamente de él y su familia. El agente ruso no era un simple «proveedor de información», sino una figura heroica y medio imaginaria que trabajaba por la libertad en condiciones de peligro extremo. Los informes de Gordievski llegaban a Thatcher a través de su secretario privado, numerados y clasificados como «Alto secreto y personal» y «Ojos Reino Unido A», lo cual significaba que no debían ser compartidos con otros países. Thatcher tardó aún menos en autorizar la Operación PIMLICO. El espía anónimo había tenido un papel vital en su elección como primer ministra y había corrido un gran riesgo personal. «Debemos cumplir las promesas que le hicimos al agente», dijo Thatcher. Más tarde, Powell comentaba: «Lo admiraba enormemente, aunque iba en contra de algunos de sus principios. Odiaba a los traidores, pero él era distinto. Jugaba en otra liga. [Thatcher] sentía un gran respeto por quienes plantaban cara al régimen». El señor Collins, fuera quien fuera, había prestado un gran servicio a Occidente y ahora estaba en peligro. Gran Bretaña debía hacer cuanto estuviera en su mano por salvarlo sin importar las repercusiones diplomáticas. Lo que no sabía la señora Thatcher —y nunca descubrió— era que había autorizado una operación que ya estaba en marcha. De haberse negado a aprobar el intento de fuga, no habría habido manera de informar a Gordievski de que nadie estaría esperándolo en el punto de encuentro. Habría sido abandonado. PIMLICO era imparable.

Durante doce años, Gordievski llevó una doble vida. Había sido un devoto espía profesional que en secreto mostraba fidelidad al otro bando e interpretaba un papel. Se le daba muy bien.

El KGB, legalista hasta el último momento, no había terminado aún con Gordievski. El 14 de noviembre de 1985 fue juzgado in absentia por un tribunal militar, acusado de traición y condenado a muerte. Siete años después, Leonid Shebarshin, que había sustituido a Kriuchkov como jefe del PAD, concedió una entrevista en la que aseguró que esperaba que Gordievski fuera asesinado en Gran Bretaña y lanzó lo que parecía una amenaza pública. «Técnicamente no es nada especial», dijo. Oleg Gordievski se convirtió en un espectáculo itinerante con un solo protagonista. Recorrió el mundo entero, acompañado por guardaespaldas del MI6, para explicar el funcionamiento del KGB y desmitificar a la organización más misteriosa de todas. Entre otros países, visitó Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia, Canadá, Francia, Alemania Occidental, Israel, Arabia Saudí y toda Escandinavia. Tres meses después de su exfiltración se celebró una reunión en Century House a la que fueron invitados representantes de todos los servicios de espionaje, además de cargos gubernamentales selectos y aliados, para analizar el botín de Gordievski y sus repercusiones para el control armamentístico, las relaciones entre Oriente y Occidente y la futura planificación del espionaje. Los centenares de informes se amontonaban en una mesa de reuniones «como un enorme buffet» que los agentes y jefes de espionaje ojearon y desentrañaron durante dos días. El MI6 le compró una casa a las afueras de Londres, donde vivía bajo nombre falso. El MI6 y el MI5 se tomaban en serio las amenazas de muerte.

En apariencia, Gordievski y Ames se comportaron de manera similar. Ambos dieron la espalda a sus respectivas organizaciones y países y aprovecharon su experiencia para identificar a agentes para el otro bando. Ambos traicionaron un juramento que habían hecho al principio de su carrera y ambos parecían vivir una vida mientras llevaban otra en secreto. Pero ahí acaban las similitudes. Ames espiaba por dinero; Gordievski actuaba por convicción ideológica. Las víctimas de Ames fueron arrestadas por el KGB y, en la mayoría de los casos, ejecutadas; la gente a la que delató Gordievski, como Bettaney y Treholt, fue vigilada, interceptada, juzgada en un proceso justo, encarcelada y finalmente devuelta a la sociedad. Gordievski arriesgó su vida por una causa; Ames quería un coche más grande… Hoy, Gordievski apenas sale de casa, aunque amigos y antiguos compañeros del MI5 y el MI6 lo visitan frecuentemente. En ocasiones llevan allí a nuevos reclutas para que conozcan a una leyenda de los servicios secretos. Todavía es considerado un posible objetivo de represalias. Lee, escribe, escucha música clásica y sigue de cerca la actualidad política, especialmente de su tierra natal. No ha vuelto a Rusia desde el día que cruzó la frontera finlandesa en 1985 y dice que no siente deseos de hacerlo: «Ahora soy británico». Nunca más vio a su madre.

Otros libros del autor en el blog:

https://weedjee.wordpress.com/2018/01/29/los-hombres-del-sas-ben-macintyre-rogue-heroes-the-history-of-the-sas-britains-secret-special-forces-unit-that-sabotaged-the-nazis-and-changed-the-nature-of-war-by-ben-macintyre/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/05/el-napoleon-de-los-ladrones-ben-macintyre/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/04/el-agente-zigzag-ben-macintyre/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/03/un-espia-entre-amigos-ben-macintyre/

https://weedjee.wordpress.com/2017/01/02/el-hombre-que-nunca-existio-ben-macintyre/

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The best book I read in this year. Essentially it concerns the remarkable Oleg Gordievsky, but we also learn a great deal about the KGB and British and American espionage and counter espionage. Gordievsky’s father was a dyed in the wool KGB agent, and as such Oleg grew up in a family that was “well-fed, privileged and secure”. He seemed to be ideally set to follow his father and his older brother, Vasily, into the party machine, and indeed the talented young Oleg joined the Komsomol, with his brother already established as a rising figure in the KGB. All seemed to be set fair for the future. Yet even in his early years he is sensitive to divisions and secrets within the family. His mother, Olga, keeps remote from her husband’s political world and beneath the man for whom the Party was God, Oleg detects in his father, Anton, a “small, terrified man”. With the death of Stalin, Khruschev assumes power in the Soviet Union. At first there is much talk of the Khruschev Thaw, but the new leader is a tough man, who while purging the Party of many Stalinists and releasing political prisoners, has no intention of loosening the hold on the Soviet bloc. During this time Oleg is beginning to cultivate his yearning for foreign travel and becomes a regular listener to the BBC’s World Service. He is beginning to see a world beyond the confines of the Soviet Union. Nevertheless, he idolises his elder brother and his prospects in the party machine are further enhanced by his acceptance at the KGB’s elite training school, specialising in the preparation of “illegals”, the secret, undercover agents as opposed to those who openly hold positions in consulates etc.

In the early 1960s we have the Molody/Lonsdale affair, the Portland Spy Ring and most importantly, perhaps, the defection of Kim Philby. Philby was the highest in rank of all the spies that emerged in these years. His defection was a major blow to the morale of British and American intelligence and the trust between the two countries in this area. Success in the upper echelons of the KGB presupposed a stable marriage and Gordievsky makes what in effect is a marriage of convenience with Yelena, who is totally committed to the communist cause. While prospering in his KGB career, Oleg is deeply affected by his friendship with the cultivated Czech, Kaplan, by his experiences in East Germany and most of all his time in Denmark, where he delights in the freedom and opens himself to the wonders of classical music and western literature forbidden in Moscow. Vague alienation turns to loathing of the drab conformity of his homeland. Informal contacts are made with the Danish intelligence service PET and Oleg is now disillusioned with his life at home and nourished by western values. He is ripe for turning. At the same time his career is forging ahead. He is promoted to the rank of Major in the KGB, even as he suffers withdrawal symptoms on returning to Moscow. Key events move things on: the defection of Kaplan, the death of his brother, the appearance of Bromhead, who is to initiate Oleg’s defection as the codename SUNBEAM is born, a secret kept from the CIA.

Mcintyre now picks up the intrigue that leads to the overcoming of suspicions within the intelligence services and the British government and eventually launches PIMLICO, the escape plan should it be necessary to get Gordievsky out of the USSR in a hurry. There are major obstacles ahead. Oleg’s re-marriage is one of them. The activities of an at first unpromising CIA agent, Aldrich Ames is a far more dangerous one. We are also approaching the 1982 nuclear crisis and Andropov’s assumption of supreme power – an old -fashioned, inward -looking ex-KGB officer. It is not long before Ames will uncover a key KGB agent working for British intelligence, even if his exact identity remains unknown for some time. Ames himself is to rise to become the chief of the CIA’s Soviet counter-intelligence unit and himself to desert to the Soviet cause. Gordievsky is promoted to become Rezident in London, the highest-ranking officer in the KGB in the UK. He is in a position now to pass almost all secret KGB documents to his new friends. Then comes the summons to Moscow. No pressure is placed on Gordievsky but in the end he elects to return. PIMLICO goes on to high alert.

Amazingly, despite their knowledge via Ames, the KGB do no more than question Oleg and his new wife before sending the former to an expensive health resort. PIMLICO is now triggered and the exciting finale to the book is under way. McIntyre, sustains the suspense via precise detail while relentlessly turning the screw till it reaches unbearable tension. McIntyre deals fully with the aftermath, the meeting with Mrs Thatcher at Chequers, the conviction for treason and the death sentence passed on Gordievsky, the world tour that McIntyre describes as a “one man intelligence roadshow”, through to Gorbachev’s refusal to discuss the issue of Oleg’s family joining him in Britain. Not least is the loneliness that a man in hiding is unable to avoid. McIntyre, both directly and indirectly gives us a profound insight into the life of an illegal and the lives of espionage agents in general. From early on we see that spies are motivated in many different ways: for ideology, money, sex, blackmail and other far more confused needs. Whereas Ames sends at least 25 people to their deaths for money, others, Gordievsky and Philby among them, were ideologically motivated. As McIntyre tells us at the end, Oleg Gordievsky “is one of the bravest men I have ever met and one of the loneliest.” We are reminded of Kim Philby, who attempted to kill himself. The two, have much in common. Though Philby may have had the sharper intellect and the icier nerve, Gordievsky comes across as the more human figure, a man tortured by his conscience and his personal feelings.

McIntyre is a first-rate writer, lucid and forever not just presenting events, but reaching beyond to the human realities that affect his subjects and all of us. This is a remarkable book.

The KGB sent two different types of spies to foreign countries. The former occupied formal positions as members of the Soviet diplomatic or consular staff, as cultural or military attachés, as accredited journalists or as commercial representatives. Diplomatic protection meant that these “legal” spies could not be tried if their activities came to light, only declared persona non grata and expelled from the country. On the contrary, an “illegal” spy (nelegal in Russian), lacked official status, used to travel with false names and documents and mixed with the population of the country to which he was assigned. All over the world, the KGB sent submerged and subversive illegals who passed themselves off as ordinary citizens. Like legal spies, they gathered information, recruited agents, and carried out various forms of espionage. Sometimes, as “sleepers”, they could remain hidden for a long time without being activated. These were also potential fifth columnists, ready to enter combat if a war broke out between East and West. The illegals acted outside the official radar and, therefore, could not receive funding that could be traceable or communicate through secure diplomatic channels. But, unlike the spies accredited in an embassy, they left few clues to the counterespionage investigators. Gordievski adopted his first spy name. The Soviet and Western intelligence services used the same method to choose a pseudonym: it should resemble the real name and share its first letter, because, in that way, if a person addressed the agent by his real name, someone who only knew him by his spy name could suppose he had heard wrong. Gordievski chose «Guardiyetsev».

At the end of 1965 the change that Gordievski had been waiting for arrived: a vacancy was left to supervise illegals in Denmark. Its cover would be that of official of the consulate that transacted visas and inheritances; in fact, he would collaborate with Line N (which meant neleganii, or illegals), and would be responsible for the field work of the Directory S. A Gordievski was offered to direct a network of spies in Denmark, which he accepted with great pleasure. Oleg and Yelena Gordievski arrived in Copenhagen on October 11, 1972 and it was like coming home. The burly Danish policeman, whom they called Obelix, followed discreetly from the arrivals hall. In his new role as a political espionage agent, Gordievski would no longer manage illegals, but would collect classified information and try to disconcert Western institutions. In practice, that meant searching, courting, recruiting and controlling spies, contacts and informants. They could be members of the Danish government, elected politicians, trade unionists, diplomats, businessmen, journalists or anyone who enjoyed privileged access to information of interest to the Soviet Union. Ideally, they could work even for Danish espionage. As in other Western countries, some Danes were staunch communists who were willing to carry out orders from Moscow; others could accept a barter of information for money.

There was one aspect of Gordievski’s treasure that caused the British spy and security dome to sit up and swallow hard with difficulty. Michael Foot’s ramblings with the KGB were a thing of the remote past. Gordievski had taken care to exaggerate the importance of the BOOT agent, and Geoffrey Guscott was clear in his analysis of the case: Foot had only been used for a long time with “disinformation purposes”; he was not a spy nor a “conscious agent” in the accepted sense of the term. But, since 1980, he had been a leader of the Labor opposition, challenging Margaret Thatcher for the country’s leadership. He could be appointed prime minister in the next general election, which would be held no later than 1984. If his old economic relationship with the KGB came to light, Foot’s credibility would be destroyed, would end his chances of seizing power and It would probably change the course of history. Many already considered him dangerously on the left, but his contacts with the KGB would give his ideological stance a much more sinister patina. There was another element in Gordievski’s information download that was even more dangerous than the BOOT reports, a KGB secret that not only could the world change, but destroy it. In 1982, the Cold War was worsening again, to the point that nuclear confrontation seemed a real possibility. According to Gordievski, the Kremlin thought, erroneously but completely seriously, that the West was about to press the nuclear button.

Thatcher had a weakness for her Russian spy. Margaret Thatcher had never met Oleg Gordievski. He did not know his name and referred to him, inexplicably and insistently, as “Mr. Collins.” He knew that he was spying from the Russian embassy, he was worried about the personal burden to which he was subjected and he believed that he could “defect at any moment”. If that happened, the prime minister insisted, we had to take proper care of him and his family. The Russian agent was not simply a “provider of information,” but a heroic and half imaginary figure who worked for freedom in conditions of extreme danger. Gordievski’s reports came to Thatcher through her private secretary, numbered and classified as “Top secret and personal” and “Eyes United Kingdom A”, which meant that they should not be shared with other countries. Thatcher took even less to authorize Operation PIMLICO. The anonymous spy had played a vital role in her election as prime minister and had run a great personal risk. “We must keep the promises we made to the agent,” said Thatcher. Later, Powell commented: “I admired him greatly, although it went against some of his principles. He hated traitors, but he was different. I played in another league. [Thatcher] had great respect for those who stood up against the regime. ” Mr. Collins, whoever he was, had done a great service to the West and now he was in danger. Great Britain had to do everything in her power to save him, regardless of the diplomatic repercussions. What Mrs. Thatcher did not know-and she never discovered-was that she had authorized an operation that was already underway. Had he refused to approve the escape attempt, there would have been no way to inform Gordievski that no one would be waiting for him at the meeting point. It would have been abandoned. PIMLICO was unstoppable.

For twelve years, Gordievski led a double life. He had been a devoted professional spy who secretly showed loyalty to the other side and played a role. He was very good at it.

The KGB, legalistic until the last moment, had not yet finished with Gordievski. On November 14, 1985, he was tried in absentia by a military court, accused of treason and sentenced to death. Seven years later, Leonid Shebarshin, who had replaced Kryuchkov as head of the PAD, gave an interview in which he said he expected Gordievski to be killed in Britain and launched what appeared to be a public threat. “Technically it’s nothing special,” he said. Oleg Gordievski became an itinerant show with a single protagonist. He toured the entire world, accompanied by MI6 bodyguards, to explain the functioning of the KGB and demystify the most mysterious organization of all. Among other countries, he visited New Zealand, South Africa, Australia, Canada, France, West Germany, Israel, Saudi Arabia and all of Scandinavia. Three months after his exfiltration a meeting was held at Century House to which representatives of all espionage services were invited, as well as select government positions and allies, to analyze Gordievski’s loot and its repercussions for arms control, relations between East and West and the future planning of espionage. Hundreds of reports were piled up on a conference table “like a huge buffet” that agents and espionage chiefs looked through and unraveled for two days. MI6 bought him a house on the outskirts of London, where he lived under a false name. MI6 and MI5 took death threats seriously.

In appearance, Gordievski and Ames behaved similarly. Both turned their backs on their respective organizations and countries and took advantage of their experience to identify agents for the other side. Both betrayed an oath they had made at the beginning of their careers and both seemed to live a life while they were secretly leading another. But that’s where the similarities end. Ames spied for money; Gordievski acted out of ideological conviction. The victims of Ames were arrested by the KGB and, in most cases, executed; the people Gordievski denounced, like Bettaney and Treholt, were watched, intercepted, judged in a fair trial, imprisoned and finally returned to society. Gordievski risked his life for a cause; Ames wanted a bigger car … Today, Gordievski hardly leaves home, although friends and former colleagues of MI5 and MI6 visit him frequently. Sometimes they bring new recruits there to meet a legend of the secret services. It is still considered a possible target of reprisals. Reads, writes, listens to classical music and closely follows current political events, especially from his native land. He has not returned to Russia since the day he crossed the Finnish border in 1985 and says he does not feel like it: “I am British now.” He never saw his mother again.

Many other books from the author commented in the blog:

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