La Ley Del Crimen. Los Vorí V Zakone: La Mafia Rusa Más Temible — Mark Galeotti / The Vory: Russia’s Super Mafia by Mark Galeotti

Recomiendo “Educación Siberiana” comentado en mi blog. Esta es una lectura muy rápida. Mi queja principal es que se lee como un artículo de Wikipedia; Obtienes información pero no hay una estructura, narrativa o investigación original. Comienza con una historia o crimen en Rusia y avanza explicando cómo las pandillas criminales se adaptaron a la estructura de Rusia / Unión Soviética en ese momento. Me salí con la impresión de que es inevitable que Rusia se convierta en un estado criminal, pero también sentir que la tesis podría ser un poco demasiado simplista. Hubiera sido interesante al menos entrevistar a algunos rusos y obtener su perspectiva o proporcionar algunos eventos actuales. En cambio, hay muchas generalizaciones que se repiten una y otra vez, como para rellenar el libro. Así que diría que estaba bien obtener información de antecedentes, pero no el trabajo académico o perspicaz que esperaba.

Si eres un hombre de mediana edad con un intelecto incipiente que se pone mareado cada vez que aparecen las palabras “soviético” y “corrupción” en la misma oración, entonces este libro puede ser para ti. Se lee como un apresurado informe del libro de 5to grado. Es muy redundante. No hay mucha información que no puedas encontrar a través de una búsqueda superficial en Google. Este es un ejemplo de la editorial que intenta aprovechar todo el bombo actual en Rusia publicando una ‘lectura de la playa’ por debajo del estándar con un título que suena emocionante, intentando atraer a los hombres adultos que han recurrido a los adolescentes. Fantasías masculinas durante el crepúsculo de su propia eficacia. El autor claramente tiene un hacha para moler con los soviéticos, que aparece en sus escritos. Personalmente, no estaba buscando un comentario sobre el sistema económico soviético por parte de algún escritor de pulpa, sino más bien una historia detallada del crimen organizado, que no recibí. Pasaría en este libro. Si realmente quieres leer sobre ‘Los ladrones’, también puedes leer los capítulos relevantes del archipiélago Gulag.

La década de 1990 fue la época de gloria de los mafiosos rusos y desde entonces, con el Gobierno de Putin, las actividades de los gánsteres en las calles dieron paso a la cleptocracia del Estado. Las guerras de la mafia quedaron zanjadas, la economía se asentó, y a pesar del régimen de sanciones vigente durante la guerra fría posterior a Crimea, Moscú está ahora tan repleta de cafeterías Starbucks y de otros iconos de la globalización de ese tipo como cualquier otra capital europea. Las empresas rusas lanzan sus ofertas públicas de venta en Londres y los rusos ricos que no sufren las sanciones se codean con sus homólogos globales en el Foro Económico Mundial de Davos, la Bienal de Venecia y las pistas de esquí de Aspen.

Los tatuajes eran la marca de un vor, una palabra que significa «ladrón» en ruso, pero también un término general usado para designar a un miembro de los bajos fondos soviéticos, el llamado «mundo de los ladrones», o vorovskói mir, y de la vida en el sistema de trabajos forzados del gulag. La mayoría de los tatuajes todavía eran reconocibles, y se llamó a un experto en su «lectura». En cuestión de una hora habían sido descifrados. ¿El ciervo saltando que llevaba en el pecho? Simbolizaba un término utilizado en uno de los campos de trabajo del norte. Obviamente, todas las subculturas criminales tienen una especie de lenguaje propio, tanto oral como visual. Los yakuza japoneses llevan elaborados tatuajes de dragones, héroes y crisantemos. Los pandilleros callejeros estadounidenses portan los colores de su banda. Cada especialidad criminal tiene sus términos técnicos, cada entorno delictivo dispone de una jerga propia. Esto sirve para diferentes propósitos, desde distinguir al iniciado del que es ajeno a ese mundo hasta demostrar el compromiso que se tiene con el grupo. Sin embargo, los rusos se distinguen claramente por la escala y la homogeneidad de sus lenguajes, tanto hablados como visuales, una muestra patente de la coherencia y complejidad de su cultura del hampa, pero también de su determinación a rechazar e incluso desafiar activamente la cultura establecida. Descifrar los detalles de los lenguajes de los vorí nos dice mucho acerca de sus prioridades, sus preocupaciones y sus pasiones. La subcultura de los vorí data en principio del tiempo de los zares, pero fue radicalmente reformulada en los gulags de Stalin entre las décadas de 1930 y 1950. Primero, los criminales mostraron un rechazo inflexible e impenitente hacia el mundo legítimo, tatuándose en zonas visibles como gesto elocuente de desafío. Tenían su propio lenguaje, sus propias costumbres, su propia figura de autoridad. Este era el llamado vor v zakone, «el ladrón que sigue el código», o «ladrón de ley» literalmente, una legalidad con un sentido propio, ajeno al del resto de la sociedad. Ese código de los vorí cambiaría con el tiempo, al albor de una nueva generación atraída por las oportunidades de colaborar en sus propios términos con un Estado cínico y despiadado. Los vorí perderían su dominio para adoptar un papel subordinado ante los barones del mercado negro y los líderes corruptos del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

El desafío que representa el crimen organizado ruso es formidable. A nivel local desvirtúa los esfuerzos por controlar y diversificar la economía rusa. Supone un freno a la tarea para dotar a Rusia de un mejor gobierno. Ha penetrado en las estructuras financieras y políticas del país y también mancha la «marca nacional» en el extranjero (el mafioso ruso y el empresario corrupto son dos estereotipos generalizados). A escala mundial también representa un desafío. El crimen organizado ruso o eurasiático, como quiera que sea definido, opera alrededor del mundo de manera activa, agresiva y empresarial, como una de las fuerzas más dinámicas de la nueva hampa transnacional. Proporciona armas a los insurgentes y a los gánsteres, trafica con drogas y personas y mercadea con todo tipo de servicios criminales, desde el lavado de dinero al pirateo informático. Por todo ello, es tanto un síntoma como una causa del fracaso del Gobierno ruso y de la élite política para establecer e imponer la ley, mientras que gran parte del resto del planeta permanece dispuesto —en ocasiones incluso encantado— a lavar su dinero y venderles caros áticos de lujo.

El crimen organizado ruso moderno, por el contrario, parece deleitarse en la negación de su historia y ni siquiera muestra un interés folclorista en su pasado. Al rechazar la memorialización de su cultura (al contrario que sus miembros actuales), se sitúa firmemente en el presente y vuelve la espalda a su historia. Incluso se rechaza la cultura tradicional del vorovskói mir, rica en folclore y costumbres brutales y sangrientas generadas y transmitidas en los campos de prisioneros del gulag, ya que la nueva generación de líderes criminales, los llamados avtoriteti («autoridades») desdeñan los tatuajes y las rutinas que distinguían a la generación anterior. Los ladrones de caballos ya mostraban algunos de los rasgos del posterior gansterismo ruso del vorovskói mir. Formaban parte de una subcultura criminal que se apartaba deliberadamente de la sociedad general, pero aprendieron a manipularla. Durante este proceso, se relacionaron con esa sociedad a través de la cooperación con funcionarios corruptos y ganándose la adhesión de poblaciones desilusionadas. Cuando tuvieron la oportunidad, los ladrones de caballos ocuparon las estructuras políticas y establecieron «reinos bandidos» desde los que gestionaban operaciones en cadena. Extremadamente violentos cuando lo consideraban necesario, también eran capaces de llevar a cabo actividades muy complejas y sutiles. A pesar de ello, para encontrar las raíces verdaderas del crimen organizado ruso, los verdaderos antecesores de los vorí, es preciso examinar el lugar donde se originaron sus Kain: las ciudades.

Antes de los campos de concentración, el vorovskói mir era más una cultura que una estructura. Las bandas individuales tenían sus propias jerarquías y podía haber cierto organigrama informal en las ciudades y regiones, pero no existían asambleas de poder más amplias. La emergencia de los vorí v zakone como figuras de autoridad y la progresiva homogeneización de la cultura criminal en la escuela intensiva de los campos de gulag, tampoco generó un gobierno en la sombra a escala nacional. Los vorí eran demasiado independientes, y el régimen de Stalin era demasiado paranoico como para permitirlo. De hecho, ni siquiera los vorí v zakone individuales tenían por qué ser líderes de una banda, y no cada líder de banda eran necesariamente un vor v zakone. Los «ladrones que siguen el código» representaban una autoridad moral dentro del vorovskói mir: personas a las que se escuchaba, a las que había que mostrar respeto. Gran parte de la economía sumergida estaba en manos de fartsóvschiki de poca monta, operadores del mercado negro, pero era un gran negocio y no podría haberse desarrollado tanto sin que existieran vínculos cercanos con los funcionarios corruptos del Partido. Los tsejovikí (o tenevikí, «hombres en la sombra») necesitaban tener esas conexiones no solo para sobrevivir, sino también para conseguir acceder a las materias primas, las instalaciones y la mano de obra. Muchos fartsóvschiki traficaban con mercancías defitsitni importadas ilegalmente, que iban desde ropa hasta la decadente música occidental, o administraban fraudes de intercambio de divisa ilegal. El legendario Yan Rókotov, «el Bizco», de quien se decía que había amasado una fortuna de 20 millones de rublos antes de que lo detuvieran a finales de 1960, empezó a ganar sumas importantes intercambiando vodka por ropa occidental a expensas de los sedientos turistas finlandeses, hasta que empezó a idear tramas más ambiciosas para traficar con divisas extranjeras (creando un negocio suplementario con un fraude descarado). Sin embargo, la mayor parte de la economía sumergida se basaba en mercancía local, ya fuera desviándola de la producción oficial o manufacturándola en fábricas clandestinas. Todo empezó a institucionalizarse cada vez más: los operadores del mercado negro pagaban un impuesto a los gánsteres locales, mientras que los vorí, posiblemente burlándose de manera consciente del Partido, pero en una más que probable asimilación de su lenguaje y métodos, empezaron a celebrar más de esos llamados congresos de líderes de bandas para tratar temas tales como el tráfico de drogas, su reacción ante los cambios en la vigilancia policial, e incluso, como sucedió en una reunión de Tiflis en 1982, para decidir si entraban en política. (El resultado no fue concluyente: los vorí georgianos querían estrechar los vínculos con los funcionarios corruptos, los tradicionalistas rusos bajo el mando del vor «Vaska Brillante» se mostraban reacios y la reunión acabó sin que se tomara una decisión firme.) A medida que hacían más negocios con los empresarios tenían que entender el mercado mejor, responder a las nuevas oportunidades y demostrar su capacidad para resolver disputas y mantener la disciplina. Los vorí estaban pasando de ser los parias de los gulags a acercarse al núcleo del sistema soviético. Y, por desgracia, Gorbachov les permitiría entrar hasta el fondo sin saberlo.

A medida que el Estado se derrumbaba y el crimen organizado ascendía, los hombres de negocios acabaron tratando a las bandas simplemente como proveedores de servicios alternativos, diferentes medios para obtener esa krisha —«tejado», el argot para referirse a la protección— tan crucial para cualquier empresa en tales tiempos de incertidumbre: «Cuanto más llueve, más fuerte tiene que ser el tejado». Rusia cuenta con un intrincado ecosistema criminal. Desde las pandillas callejeras y las brigadi de poca monta a las redes transnacionales, su crimen organizado se ha expandido para llenar los huecos y aprovechar las oportunidades, no solo en Rusia, sino a lo largo de las cadenas de comunicación del comercio, la inversión, la migración e incluso la cultura que gobiernan el mundo. Es más, incluye en su seno subculturas especializadas, caracterizadas por raíces profesionales y étnicas. Los chechenos, un pueblo cuyo animal nacional es el lobo, se enorgullecen perversamente de las miserias que han sufrido, y con razón, ya que han sobrevivido indómitos y sin derrumbarse. La década de 1990, que fue testigo de una vuelta a su lucha intermitente por la independencia, también lo fue del extraordinario auge de la bratvá («hermandad») chechena en el hampa rusa.

Muchos de los principios de organización y operacionales de las altas esferas de Rusia siguen el ejemplo de los bajos fondos. El concepto de krisha («protección») es fundamental en los negocios y la política, sobre todo por la pervivencia de los «asaltos». En tales situaciones, la ley no vale nada y el poder de tu krisha es el que manda. Da la sensación de que una palabra vale más que un contrato por escrito, que la creencia en que el hombre es básicamente «un lobo para el hombre» y que ganar es mucho más importante que ser fiel al espíritu o la letra de la ley. Como explorarán los capítulos finales de este libro, tal vez no sea que los vorí han desaparecido, sino que hoy en día todo el mundo es un vor y que al final, el vorovskói mir ha triunfado. Incluso en caso de que el Gobierno nacional se ponga serio con la corrupción y el crimen organizado, es probable que se oponga resistencia y que los aliados de los gánsteres, sus clientes y sus patrones esquiven estas medidas sobre el terreno. Aparte de esto, cualquier conflicto minaría un elemento central de la mitología que legitima al presidente Putin: el de ser el hombre que consiguió finalmente restaurar el orden en Rusia.

A medida que el hampa rusa se deshace de sus viejos códigos y mitos, que el título de vor v zakone se mercantiliza y convierte en una vanidad vacía de significado, que los criminales de alto rango constituyen corporaciones y organizaciones sin ánimo de lucro e intentan confundirse con la sociedad general y que los políticos empiezan a hablar como gánsteres ¿quién domestica y enseña a quién? En cierto punto del comienzo del siglo XXI, los ladrones que construyen el Estado y los hombres de Estado criminalizados se encontraron a medio camino. El segundo proceso es la «gansterización» de los sectores formales, que precede a Putin desde hace mucho tiempo, pero cuyos parámetros han vuelto a definirse de manera más clara con él. En política, el Estado gobernará mediante decretos presidenciales y procesos legislativos siempre que pueda, pero usará acuerdos secretos y violencia a través de medios indirectos siempre que deba. En ese proceso, genera un clima de impunidad y permisividad que anima a sus agentes y aliados a actuar extralegalmente, ya sea en el caso del asesinato de una figura de la oposición como Borís Nemtsov en 2015.

Recomendado sobre el tema:

https://weedjee.wordpress.com/2015/06/25/educacion-siberiana-nikolai-lilin/

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I recommend as commented in the blog, the book by Nikolai Lilin. This is a very fast read. My main complaint is that it reads like a Wikipedia article; you get information but there is no structure, narrative or original research. It starts with a history or crime in Russia and progresses forward explaining how the criminal gangs adapted to the structure of Russia/Soviet Union at the time. I came away with the impression that it is inevitable that Russia became a criminal state, but also feeling the thesis might be a bit too simplistic. It would have been interesting to at least interview some Russians and get their perspective or to provide some current events. Instead there are lots of generalizations repeated over and over as if to pad the book. So I’d say this was okay to get some background information but not the academic or insightful work I hoped for.

If you’re a post middle-aged man with a fledgling intellect who gets giddy of every time the words ‘Soviet’ and ‘corruption’ appear in the same sentence, then this book may be for you. It reads like a rushed together 5th Grade book report. It’s very redundant. Not a lot of information you couldn’t find via a cursory Google search. This is an example of the publisher trying to take advantage of all the current hype around Russia by putting out a sub-standard ‘beach read’ with a title that sounds exciting, attempting to appeal to grown men who’ve taken to reverting to adolescent male fantasies during the twilight of their own efficacy. The author clearly has an ax to grind with the Soviets, which comes through in his writing. I personally wasn’t looking for a commentary on the Soviet economic system by some pulp writer, but rather a detailed history of organized crime, which I did not receive. I would pass on this book. If you really want to read about ‘The Thieves’ you might as well read the relevant chapters from Gulag Archipelago.

The 1990s were a time of glory for Russian mobsters and since then, with Putin’s government, gangster activities in the streets gave way to the kleptocracy of the state. Mafia wars were settled, the economy settled, and despite the sanctions regime in place during the post-Crimean cold war, Moscow is now as full of Starbucks cafes and other icons of globalization of this kind as any other capital European Russian companies launch their public offerings in London and wealthy Russians who do not suffer sanctions rub shoulders with their global counterparts at the World Economic Forum in Davos, the Venice Biennale and the Aspen ski slopes.

The tattoos were the mark of a vor, a word meaning “thief” in Russian, but also a general term used to designate a member of the Soviet underworld, the so-called “world of thieves”, or vorovskói mir, and of life in the forced labor system of the gulag. Most of the tattoos were still recognizable, and an expert was called in his “reading”. In a matter of an hour they had been deciphered. The jumping deer on his chest? It symbolized a term used in one of the northern labor camps. Obviously, all criminal subcultures have a kind of language of their own, both oral and visual. The Japanese yakuza have elaborate tattoos of dragons, heroes and chrysanthemums. American street gangsters wear the colors of their band. Each criminal specialty has its technical terms, each criminal environment has its own jargon. This serves different purposes, from distinguishing the initiate from the one who is foreign to that world to demonstrating the commitment that one has with the group. However, Russians are clearly distinguished by the scale and homogeneity of their languages, both spoken and visual, a clear demonstration of the coherence and complexity of their underworld culture, but also of their determination to reject and even actively challenge culture. established Deciphering the details of the Vorí languages tells us a lot about their priorities, their concerns and their passions. The Vorí subculture dates from the time of the Tsars, but was radically reformulated in Stalin’s gulags between the 1930s and 1950s. First, the criminals showed an inflexible and unrepentant rejection of the legitimate world, tattooing in visible areas as an eloquent gesture of challenge. They had their own language, their own customs, their own authority figure. This was the so-called vor v zakone, “the thief who follows the code”, or “law thief” literally, a legality with a sense of its own, alien to the rest of society. That vorí code would change over time, at the dawn of a new generation attracted by the opportunities to collaborate on their own terms with a cynical and ruthless state. The Vorí would lose their domination to take a subordinate role to the black market barons and the corrupt leaders of the Communist Party of the Soviet Union (CPSU).

The challenge represented by Russian organized crime is formidable. At the local level, it undermines efforts to control and diversify the Russian economy. It is a brake on the task to give Russia a better government. It has penetrated the financial and political structures of the country and also taints the “national brand” abroad (the Russian mobster and the corrupt businessman are two generalized stereotypes). On a global scale it also represents a challenge. Russian or Eurasian organized crime, however defined, operates around the world in an active, aggressive and entrepreneurial manner, as one of the most dynamic forces of the new transnational underworld. It provides weapons to insurgents and gangsters, traffics in drugs and people, and markets all kinds of criminal services, from money laundering to hacking. Therefore, it is both a symptom and a cause of the failure of the Russian government and the political elite to establish and enforce the law, while much of the rest of the world remains willing – sometimes even delighted – to launder their money and sell them expensive luxury penthouses.

Modern Russian organized crime, on the other hand, seems to delight in the denial of its history and does not even show a folkloric interest in its past. By rejecting the memorialization of their culture (unlike its current members), it is firmly in the present and turns its back on its history. Even the traditional culture of vorovskói mir, rich in folklore and brutal and bloody customs generated and transmitted in the prison camps of the gulag, is rejected, as the new generation of criminal leaders, the so-called avtoriteti (“authorities”) disdain tattoos and the routines that distinguished the previous generation. The horse thieves already showed some of the features of the later Russian gangsterism of the vorovskói mir. They were part of a criminal subculture that deliberately departed from the general society, but they learned to manipulate it. During this process, they were related to that society through cooperation with corrupt officials and winning the adhesion of disillusioned populations. When they had the opportunity, the horse thieves occupied the political structures and established “bandit kingdoms” from which they managed chain operations. Extremely violent when they considered it necessary, they were also able to carry out very complex and subtle activities. In spite of this, in order to find the true roots of Russian organized crime, the true ancestors of the Vorí, it is necessary to examine the place where their Kain originated: the cities.

Before the concentration camps, the vorovskói mir was more a culture than a structure. Individual bands had their own hierarchies and there could be some informal organization in cities and regions, but there were no wider assemblies of power. The emergence of the vorí v zakone as figures of authority and the progressive homogenization of the criminal culture in the intensive school of the gulag camps, did not generate shadow government on a national scale either. The Vorí were too independent, and the Stalin regime was too paranoid to allow it. In fact, not even the individual vorí v zakone had to be leaders of a band, and not every bandleader was necessarily a vor v zakone. The “thieves who follow the code” represented a moral authority within the vorovskói mir: people who were listened to, who had to show respect. Much of the shadow economy was in the hands of small-time fartsóvshchiki, black market operators, but it was a big business and could not have developed so much without close links with corrupt Party officials. The Tsejovikí (or tenevikí, “men in the shade”) needed to have these connections not only to survive, but also to gain access to raw materials, facilities and labor. Many fartsóvschiki trafficked with illegally imported defitsitni goods, ranging from clothes to decadent western music, or managed illegal currency exchange fraud. The legendary Yan Rokotov, “the Bizco”, who was said to have amassed a fortune of 20 million rubles before he was arrested in the late 1960s, began earning substantial sums by exchanging vodka for Western clothes at the expense of thirsty tourists Finnish, until he began to devise more ambitious schemes to traffic in foreign currencies (creating a supplementary business with a blatant fraud). However, most of the underground economy was based on local merchandise, either by diverting it from official production or by manufacturing it in clandestine factories. Everything began to become increasingly institutionalized: the black market operators paid a tax to local gangsters, while the Vorí, possibly consciously mocking the Party, but in a more than probable assimilation of their language and methods, began to celebrate more of those so-called congresses of gang leaders to address issues such as drug trafficking, their reaction to changes in police surveillance, and even, as happened at a meeting in Tbilisi in 1982, to decide whether to enter politics. (The result was not conclusive: the Georgian Vorí wanted closer ties with corrupt officials, the Russian traditionalists under Vor “Vaska Brillante” were reluctant and the meeting ended without a firm decision being made.) As They did more business with entrepreneurs had to understand the market better, respond to new opportunities and demonstrate their ability to resolve disputes and maintain discipline. The Vorí were moving from being pariahs of the gulags to approaching the core of the Soviet system. And, unfortunately, Gorbachev would allow them to go to the bottom without knowing it.

As the state collapsed and organized crime rose, businessmen ended up treating the gangs simply as alternative service providers, different means of obtaining that krisha – “roof”, the slang for protection – so crucial for any company in such uncertain times: «The more it rains, the stronger the roof must be». Russia has an intricate criminal ecosystem. From street gangs and petty brigades to transnational networks, their organized crime has expanded to fill in the gaps and seize opportunities, not only in Russia, but along the chains of trade communication, investment, migration and even the culture that governs the world. Moreover, it includes specialized subcultures, characterized by professional and ethnic roots. The Chechens, a people whose national animal is the wolf, perversely take pride in the miseries they have suffered, and rightly so, since they have survived untamed and without collapsing. The 1990s, which witnessed a return to its intermittent struggle for independence, were also witnessed by the extraordinary rise of Chechen bratvá (“brotherhood”) in the Russian underworld.

Many of the organizational and operational principles of the highest echelons of Russia follow the example of the underworld. The concept of krisha (“protection”) is fundamental in business and politics, especially for the survival of “assaults”. In such situations, the law is worthless and the power of your krisha is the boss. It gives the feeling that a word is worth more than a written contract, that the belief that man is basically “a wolf for man” and that winning is much more important than being faithful to the spirit or letter of the law. As you will explore the final chapters of this book, it may not be that the vorí have disappeared, but that nowadays the whole world is a vor and that in the end, the vorovskói mir has triumphed. Even if the national government becomes serious about corruption and organized crime, it is likely that resistance will be met and that the allies of the gangsters, their clients and their employers will avoid these measures on the ground. Apart from this, any conflict would undermine a central element of the mythology that legitimizes President Putin: that of being the man who finally managed to restore order in Russia.

As the Russian underworld discards its old codes and myths, the title of vor v zakone is commodified and becomes an empty vanity of meaning, that high-ranking criminals are corporations and non-profit organizations and try to get confused with the general society and that politicians start talking like gangsters, who domesticates and teaches whom? At a certain point in the beginning of the 21st century, the thieves who build the State and the criminalized men of state found themselves halfway there. The second process is the “gangsterization” of the formal sectors, which predates Putin for a long time, but whose parameters have been redefined more clearly with him. In politics, the state will govern through presidential decrees and legislative processes whenever possible, but will use secret agreements and violence through indirect means whenever necessary. In that process, it generates a climate of impunity and permissiveness that encourages its agents and allies to act extralegally, whether in the case of the murder of an opposition figure like Boris Nemtsov in 2015.

Recommended book:

https://weedjee.wordpress.com/2015/06/25/educacion-siberiana-nikolai-lilin/

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