Primitivos De Una Nueva Era. Cómo Nos Hemos Convertido En Homo Digitalis — Joaquín Rodríguez / Primitives Of A New Era. How We Have Become Homo Digitalis by Joaquín Rodríguez (spanish book edition)

Es un libro interesante para la reflexión. Toda tecnología crea un entorno que percibimos como familiar y diáfano, como un mundo que nadie que haya nacido tras su instauración se atrevería a calificar como «técnico», porque el conjunto de artefactos, dispositivos y formatos que lo conforman constituyen parte natural de sus vidas, son mediaciones naturales entre cada uno de ellos y el exterior. Al contrario, solemos acudir al término «tecnología» cuando el artefacto nos resulta extraño y desconocido, cuando percibimos sin velos culturales la artificialidad de toda invención técnica. Un nativo —digital, telegráfico, tipográfico, según las épocas— apenas puede dar cuenta de la falta de naturalidad de un artefacto más que cuando se estropea y revela su resistencia a seguir funcionando, cuando experimenta la tozuda fricción de un aparato que se resiste a prestar servicio, o cuando asiste al nacimiento e invención de una nueva tecnología que amenaza con desplazar a la que usaba, conocía y daba por principal. En todo caso, nada ni nadie queda exento del profundo efecto transformador que la mutación de las tecnologías de la comunicación tiene sobre nosotros, sobre nuestra percepción, sobre nuestra manera de relacionarnos socialmente, sobre la construcción de nuestra misma identidad, sobre nuestra idea de lo que es conocimiento y la forma en que debemos adquirirlo, sobre las industrias que crecieron utilizándola y desarrollándola. Los seres humanos se convierten en tales, en buena medida, mediante el uso activo y el efectivo dominio de las herramientas, de manera que su ser mismo está inextricablemente ligado a la capacidad que tenga para someter a las herramientas que le constituyen en lo que es. «En la medida en que domine a las herramientas, podrá investir el mundo con su sentido; en la medida en que se vea dominado por las herramientas, será la estructura de éstas la que acabará por conformar la imagen que tenga de sí mismo.

Hoy sabemos, además, que la inteligencia propiamente humana, las capacidades cognitivas de más alto nivel, tienen relación no tanto con el tamaño absoluto de nuestros cerebros como con su tamaño relativo y su organización. En la naturaleza existen especies de mamíferos cuyos cerebros poseen un tamaño absoluto superior al de los seres humanos —ballenas, elefantes, osos—, pero sus capacidades cognitivas, su inteligencia y sus aptitudes para gestionar mundos simbólicos complejos son muy inferiores. A lo largo de la historia de la humanidad se produjo un gran salto hace unos dos millones de años, cuando el índice de encefalización del Australopithecus africanus, 1,4, muy superior ya al de los mamíferos tradicionales, aumentó hasta 1,9 con el Homo ergaster / erectus y en 2,9 con el Homo sapiens. En los últimos años, los gurús de la comunicación (Kawasaki, 2000; Salmon, 2008), aquellos que saben que para seguir fomentando el consumo hace falta apelar más a las emociones que a la razón, porque por esa vía se llega más rápida y directamente a los deseos y las aspiraciones, han recuperado el arte de contar relatos, convertido ahora en storytelling, como una de las estrategias esenciales de todo argumentario y presentación. También en las estrategias políticas y empresariales se ha reavivado el interés por el relato, porque en esa forma de interpelación se construye un hilo argumental compartido que sirve de sustento a un objetivo común. Quizás ellos no lo ignoren, pero sí muchos de los desinformados seguidores que los tienen por inventores de un método contemporáneo, pero la narración ha sido, desde hace centenares de miles de años, seguramente más, el hilo argumental que da sentido y soporte a la comunidad, a los miembros que la integran.

En las escuelas monásticas medievales se confundía la repetición monocorde, la rumiación, la memorización y la progresiva elevación espiritual hacia una divinidad que se hacía tanto más significativa y real cuanto más se repetían sus salmos invocatorios. No recordar algo apropiadamente no era simplemente un lapsus disculpable de memoria sino un verdadero vitium, una falta o imperfección que debía enmendarse mediante el ejercicio reiterado de la repetición. Es cierto que la ortodoxia cristiana es contradictoria —como cualquier otro texto canónico supuestamente único que se presta a cualquier clase de interpretación—, porque en 2 Corintios 3:6 puede leerse, en traducción de Reina Valera, que «tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios; no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra competencia proviene de Dios, el cual asimismo nos hizo ministros competentes de un nuevo pacto, no de la letra, sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica». Médiums de un influjo divino que nos atraviesa, nos posee y habla por nosotros, si creyéramos en las escrituras, no meros lectores de una palabra yerta y engañosa que nos permitiera pensar por nosotros mismos.

«La civilización occidental», toda nuestra cultura, nuestros hábitos perceptivos, el fundamento de nuestra identidad, «se ha erigido sobre la capacidad de leer y escribir porque la alfabetización supone un tratamiento uniforme de una cultura con el sentido de la vista, extendido en el espacio y el tiempo por el alfabeto». La preponderancia de la vista sobre el resto de los sentidos —siempre según McLuhan—, la dominación del órgano que interviene en la lectura sucesiva y silenciosa de las marcas tipográficas sobre el resto, enmudecidos o anulados, redundantes en todo caso porque no se requiere casi su concurso en el acto de la lectura. Para decirlo de una sola vez: «al ser una extensión drástica del hombre», contestaba refiriéndose a la imprenta. Desde la invención del primero de los chatterbots o robots parlantes inventado por Joseph Weizenbaum en los años sesenta, Eliza, hasta los asistentes telefónicos contemporáneos —Siri, Cortana, Google Now, etcétera—, se aprecia una evolución que va desde los circunloquios iniciales de los primeros prototipos, basados en buena medida en las técnicas psicoanalíticas del interrogatorio recursivo, hasta el eventual reconocimiento emocional de los enunciados emitidos por un hablante humano (Montero, 2018). No parece, sin embargo, que aunque esta última posibilidad pudiera parecer verdadera —que una máquina reconozca un estado de ánimo y conteste en consecuencia distinguiendo, incluso, el género de quien lo ha emitido— la demos por tal: el hecho de que la progresiva sofisticación de programaciones, gramáticas, árboles de decisión, lógica difusa y algoritmos sean capaces de distinguir una emoción aparente (no sabría diferenciar si es simulada o fingida) y proporcionar una respuesta más o menos coherente, no hace más inteligente o emotiva a la máquina, por mucho que la máquina pueda incorporar continuamente los resultados de una interacción a su acervo de conversaciones previas refinando progresivamente la calidad e idoneidad de sus respuestas. En eso se basan las técnicas del machine learning, en la inclusión incesante y progresiva de los resultados de las interacciones, de manera que esa evidencia acumulada pueda servir como fundamento de una toma de decisiones que ya no sea puramente mecánica sino basada en la experiencia, en el conocimiento agregado que algunos tienen como un incipiente despertar de la conciencia de las máquinas. Se estima que en torno al siglo XXII las máquinas alcanzarán un estado de autoconciencia pleno.

El desarrollo de la computación y de los ordenadores en los años cincuenta del siglo XX tuvo dos caldos de cultivo: las dinámicas del propio campo científico de la física y la matemática, que habían establecido como tema de indagación y debate la teoría de la información y la comunicación y su modelización matemática, y las exigencias de la industria armamentística ligadas a la Segunda Guerra Mundial, ya fueran el cálculo estadístico de las trayectorias balísticas, ya la estimación de la violencia de las ondas de choque de las bombas atómicas. Esos dos vectores coincidieron en dos lugares casi de manera simultánea: el Aberdeen Proving Ground, la base militar norteamericana en la que se desarrollaría el EDVAC y donde John von Neumann sintetizaría las aportaciones de un grupo de trabajo en su First Draft of a Report on the EDVAC, y el Laboratorio Nacional de Física de Londres, en el que Alan Turing desarrolló el Automatic Computer Engine, cuya primera formulación puede encontrarse en su artículo «Proposed electronic calculator”.

Facebook, al mismo tiempo, como plataforma para la activación y gestión de procesos políticos y como canal legítimo, sustitutivo del Estado tradicional, para conducir la comunicación entre él y sus ciudadanos. Y si esta hipótesis fuera cierta, ¿por qué no llevarla hasta su consecuencia lógica?: «es importante, sobre todo, que la gobernanza de nuestra comunidad escale junto a la complejidad y demandas de la gente. Estamos comprometidos con hacerlo siempre mejor, incluso», se ofrece Zuckerberg, «si eso entrañara construir un sistema mundial de votación que te diera mayor voz y control», una epifanía colectiva propiciada por la mayor red social del mundo. «Nuestra esperanza es que este modelo proporcione ejemplos de cómo la toma de decisiones colectiva puede funcionar en otros aspectos de la comunidad global.» ¿Deberían desmontarse los estados nacionales tal como los conocemos para transferir su soberanía a una plataforma digital de manera que, con esa capacidad de comunicación incrementada, pudiera escucharse directamente la voz de los ciudadanos?. El data trade es, sin duda, el motor de una nueva economía que se construye al precio de la aquiescencia (consciente o atolondrada) de los usuarios. Pero el problema no es ya que exista una aprobación más o menos reflexiva del uso de sus datos privados por parte de los usuarios, el problema es que esa recolecta se efectuará de manera constante y sistemática por el mero hecho de utilizar un tipo de dispositivo determinado con un sistema operativo concreto. Los fabricantes y desarrolladores se ampararán argumentando que antes de utilizar un dispositivo o utilizar un software. Internet se ha convertido, quizás inesperadamente, en una megamáquina registradora, en un supraorganismo vigilante, algo que John Perry Barlow no podría ni haber barruntado en el año 2001, cuando publicó su famoso manifiesto «A Declaration of the Independence of Cyberspace»: «No tenemos un gobierno electo, y es improbable que vayamos a tener uno, de manera que me dirijo a ti sin mayor autoridad que la que la libertad me otorga. Declaro que el espacio social global que estamos construyendo es naturalmente independiente de las tiranías que deseáis imponernos. No tenéis derecho moral alguno a gobernarnos, y tampoco poseéis ningún método de ejecución de los que tengamos razones para temer algo» (Perry Barlow, 2001:28). Perry Barlow creía, hace menos de dos décadas, que internet podría llegar a ser el resultado de la suma de las voluntades libertarias de sus usuarios, del libre albedrío de centenares de miles de personas deseosas de contar con un espacio de libertad.

La misma naturaleza de los dispositivos y los textos que consultamos parece sustentar estas dos historias contrapuestas: la arquitectura de un dispositivo como el libro, que invita a sumergirse ordenadamente en una corriente textual que genera una experiencia sólida y ordenada sobre los devenires y avatares de los personajes o de los sucesos retratados, o la arquitectura hiperfragmentada de un texto cuyo hilo conductor depende de la voluntad y el sentido de la navegación de cada uno de los usuarios que emplea un dispositivo que le permite enlazar ilimitadamente porciones de distintos objetos digitales. No se trata de una crítica a la configuración y diseño de los distintos dispositivos que se han inventado en la historia ni, mucho menos, a las posibilidades que cada uno de ellos abre (o cierra), sino de encontrar algunas de las posibles razones y fundamentos culturales de la aceleración y fragmentación contemporáneas. El límite de la autonomía de las máquinas, de los augurios de una cuarta revolución industrial incontrolada en la que las máquinas se comunicarían entre sí intercambiando órdenes de manera autónoma, estaría allí donde los seres humanos, donde las comunidades atañidas, donde los colectivos implicados decidan establecerlo. Delimitar con ecuanimidad el impacto de las tecnologías sobre nuestras vidas, sopesando claramente daños y beneficios, no es una tarea sencilla porque el primer impulso naturalmente conservador, a menudo, tal como nos enseña la historia, es obstaculizar o bloquear el despliegue y adopción del nuevo invento, resaltando las bondades de lo que conocemos y exaltando las perversidades de lo desconocido, pero la historia nos alecciona, también, sobre la conveniencia y aun imperativo de considerar la influencia y el impacto que la adopción de una tecnología podría tener sobre la sociedad en su conjunto y sobre cada una de las personas que la componen. A menudo conviene rechazar determinadas innovaciones que ponen en peligro la vida misma, estableciendo estrechos controles sociales y políticos sobre su desarrollo; a menudo es necesario preservar parte de lo que conocíamos admitiendo la adopción de lo nuevo, en una forma de convivencia que debería redoblar nuestros recursos y capacidades; y siempre deberíamos dotar a la ciudadanía de los instrumentos y conocimientos necesarios para enfrentarse con lucidez a los cambios tecnológicos porque nunca son políticamente neutros o inanes sino que siempre traen consigo profundas transformaciones en todos los órdenes de nuestra vida.

Somos primitivos de una nueva era, no en el sentido de una nueva raza mejorada que se halle en el culmen de la progresión humana, no en el sentido supuestamente evolutivo de un linaje que haya alcanzado su más eminente expresión sino, más bien, en la realidad de una especie que se enfrenta al formidable dilema de permitir que las tecnologías digitales sigan una progresión independiente, al margen de los intereses humanos, o de establecer cuáles deban ser los límites razonables de esa evolución para dirimir de qué forma puedan contribuir, verdaderamente, a la autonomía, capacitación y empoderamiento de la especie. No es que este mismo dilema no se haya presentado en varias ocasiones a lo largo de la historia: en cada nuevo giro en el que cambiara la relación entre el mensaje y su soporte nos hemos encontrado con profundas, indelebles y duraderas consecuencias, y en cada nuevo instrumento que hemos inventado ha solido suceder que sus funciones han suplantado o sustituido a una dotación del organismo humano y han conmovido muchos de los fundamentos políticos de la convivencia social. Somos primitivos de una nueva era, no en el sentido de una nueva raza mejorada que se halle en el culmen de la progresión humana, no en el sentido supuestamente evolutivo de un linaje que haya alcanzado su más eminente expresión sino, más bien, en la realidad de una especie que se enfrenta al formidable dilema de permitir que las tecnologías digitales sigan una progresión independiente, al margen de los intereses humanos, o de establecer cuáles deban ser los límites razonables de esa evolución para dirimir de qué forma puedan contribuir, verdaderamente, a la autonomía, capacitación y empoderamiento de la especie. No es que este mismo dilema no se haya presentado en varias ocasiones a lo largo de la historia: en cada nuevo giro en el que cambiara la relación entre el mensaje y su soporte nos hemos encontrado con profundas, indelebles y duraderas consecuencias, y en cada nuevo instrumento que hemos inventado ha solido suceder que sus funciones han suplantado o sustituido a una dotación del organismo humano y han conmovido muchos de los fundamentos políticos de la convivencia social. Quizás lo único que podamos hacer sea establecer, de manera tentativa, cuáles son los aspectos liberadores y empoderadores de la tecnología y cuáles, al contrario, pudieran suponer un menoscabo importante o irreversible de algunas capacidades humanas que consideramos insustituibles. El acceso a los datos, a la información, de manera ubicua y permanente, desde cualquier dispositivo conectado a la red, representa, sin duda, uno de los grandes adelantos de la civilización. El debate sobre la transformación de la información en conocimiento es en buena medida baladí porque la condición sine qua non para que el conocimiento sobre algo pueda crecer es disponer del acceso a la información necesaria. Los movimientos por el acceso libre al conocimiento científico, a los recursos educativos abiertos o al conocimiento generado por determinadas comunidades de personas afectadas (Lafuente y Corsín, 2010) potencian la disponibilidad de la información para que esté a disposición de los grupos que pudieran necesitarla. Más aún, siguiendo en esto el ejemplo de las comunidades de desarrollo de software libre.

Las redes podrán, por otro lado, extender nuestras relaciones, ampliar nuestras perspectivas, fortalecer nuestros lazos de colaboración, acrecentar las fuentes de información y contenidos a las que tenemos acceso, darnos herramientas analíticas con las que encontrar patrones y correlaciones significativas en los datos que analizamos y, en consecuencia, hacernos seres más capaces de entender, comprender y resolver problemas de una manera más efectiva que en la actualidad. Apoyarnos en los demás para construir verdaderas comunidades de práctica, gestionando el conocimiento compartido; acceder a conjuntos de datos y de contenidos que nos permitan conocer mejor el objeto al que nos enfrentamos y darnos instrumentos de análisis que nos ayuden a refinar nuestro conocimiento, son solamente alguna de las grandes ventajas que la supercomputación distribuida puede ofrecernos.

Algunas cosas que me parecen fundamentales: que somos lo que somos porque siempre nos hemos valido de instrumentos y tecnologías que han modificado por completo nuestra relación con el entorno y con nosotros mismos; que siempre ha existido una relación causal circular en la que nuestros propios inventos nos transforman mediante su uso; que en el caso concreto y particular de las tecnologías vinculadas a la transmisión de la información y el conocimiento a lo largo de la historia, sus sucesivos impactos han sido extraordinarios, hasta el punto de modificar nuestros cerebros, hasta el punto de transfigurar nuestras sociedades; que siempre que ha sobrevenido un cambio han convivido enconadamente dos bandos, el de quienes percibían en su implantación una afrenta y un peligro intolerables, y el de quienes lo vivían como una forma de esclarecimiento y oportunidad, un enfrentamiento que no busca ninguna clase de resolución sino que se satisface a sí mismo mostrando posiciones irreconciliables; que en el fondo solamente existe un principio mediante el que podamos medir y evaluar la conveniencia o inconveniencia de un nuevo invento, principio no inamovible y taxativo, sino fruto siempre de la deliberación y la conveniencia social: deberemos aceptar aquello que nos empodere y nos enriquezca, aquello que nos libere y nos haga crecer, aquello que contribuya a que cada cual pueda trazar con claridad, mediante el escrutinio y la deliberación, su destino personal; aquello que no fomente apegos automáticos o espejismos irreflexivos; aquello que no escape por completo de nuestro control obedeciendo a intereses ajenos y maliciosos; aquello, en fin, que nos ayude a deliberar de la manera más consciente posible y con el mayor conocimientos histórico que esté a nuestro alcance para tomar decisiones fundamentadas sobre nuestro futuro, indeleblemente unido al de la tecnología. Somos todavía primitivos de una nueva era que no acertamos a comprender y no cabe hacer otra cosa que problematizar cualquier supuesta evidencia para tener la mínima oportunidad de conducirnos racionalmente, para superar conscientemente las incertidumbres de nuestra evolución hacia una nueva condición, la de Homo digitalis.

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It is an interesting book for reflection and debate. All technology creates an environment that we perceive as familiar and diaphanous, as a world that nobody born after its establishment would dare to qualify as “technical”, because the set of artifacts, devices and formats that make it are a natural part of their lives , are natural mediations between each of them and the outside. On the contrary, we tend to refer to the term “technology” when the artifact is strange and unknown to us, when we perceive without cultural veils the artificiality of all technical invention. A native -digital, telegraphic, typographical, according to the times- can hardly account for the lack of naturalness of an artifact except when it breaks down and reveals its resistance to continue functioning, when it experiences the stubborn friction of an apparatus that resists provide service, or when attending the birth and invention of a new technology that threatens to displace the one he used, knew and gave as a principal. In any case, nothing and nobody is exempt from the profound transformative effect that the mutation of communication technologies has on us, on our perception, on our way of socially relating, on the construction of our identity, on our idea of what which is knowledge and the way in which we must acquire it, about the industries that grew by using it and developing it. Human beings become such, to a large extent, through the active use and effective mastery of tools, so that their very being is inextricably linked to their ability to subdue the tools that constitute them in what they are. . “As long as you master the tools, you can invest the world with your sense; as long as it is dominated by the tools, it will be the structure of these that will end up shaping the image that you have of yourself.

We now know, moreover, that properly human intelligence, cognitive abilities at a higher level, is related not so much to the absolute size of our brains as to their relative size and organization. In nature there are species of mammals whose brains have an absolute size superior to that of humans – whales, elephants, bears – but their cognitive abilities, their intelligence and their aptitude to manage complex symbolic worlds are much lower. Throughout human history there was a great leap about two million years ago, when the rate of encephalization of Australopithecus africanus, 1,4, much higher than that of traditional mammals, increased to 1.9 with the Homo ergaster / erectus and in 2.9 with Homo sapiens. In recent years, communication gurus (Kawasaki, 2000; Salmon, 2008), those who know that in order to continue promoting consumption, we need to appeal more to emotions than to reason, because in this way we get faster and more directly to the desires and aspirations, they have recovered the art of telling stories, now turned into storytelling, as one of the essential strategies of all argumentation and presentation. Also in the political and business strategies has revived interest in the story, because in this form of interpellation is built a shared storyline that serves as a basis for a common goal. Perhaps they do not ignore it, but many of the uninformed followers who have them as inventors of a contemporary method, but the narrative has been, for hundreds of thousands of years, surely more, the storyline that gives meaning and support to the community, to the members that comprise it.

In medieval monastic schools, monotonous repetition, rumination, memorization and the progressive spiritual elevation towards a divinity that became more significant and real were confused as their invocatory psalms were repeated. Not remembering something properly was not simply an excusable lapsus of memory but a true vitium, a lack or imperfection that had to be amended by the repeated exercise of repetition. It is true that Christian orthodoxy is contradictory – like any other supposedly unique canonical text that lends itself to any kind of interpretation – because in 2 Corinthians 3: 6 it can be read, in a translation of the King James Version, that “such confidence we have through Christ for With God; not that we are competent by ourselves to think something as of ourselves, but that our competence comes from God, who also made us competent ministers of a new covenant, not of the letter, but of the spirit; because the letter kills, but the spirit vivifies ». Mediums of a divine influence that crosses us, possesses us and speaks for us, if we believe in the scriptures, not mere readers of a deceitful and deceitful word that allows us to think for ourselves.

“Western civilization”, all our culture, our perceptual habits, the foundation of our identity, “has been built on the ability to read and write because literacy involves a uniform treatment of a culture with the sense of sight, extended in space and time by the alphabet ». The preponderance of sight over the rest of the senses – always according to McLuhan – the domination of the organ that intervenes in the successive and silent reading of the typographical marks on the rest, muted or canceled, redundant in any case because it is not required almost his contest in the act of reading. To say it all at once: “being a drastic extension of man,” he replied referring to the printing press. From the invention of the first of the chatterbots or talking robots invented by Joseph Weizenbaum in the sixties, Eliza, to the contemporary telephone assistants -Siri, Cortana, Google Now, etc.-, we can see an evolution that goes from the circumlocutions initials of the first prototypes, based largely on the psychoanalytic techniques of recursive interrogation, up to the eventual emotional recognition of the utterances emitted by a human speaker (Montero, 2018). It does not seem, however, that although this last possibility might seem true-that a machine recognizes a state of mind and answers accordingly, even distinguishing the gender of the person who issued it-we give it as such: the fact that the progressive sophistication of schedules, grammars, decision trees, fuzzy logic and algorithms are able to distinguish an apparent emotion (I could not tell if it is simulated or feigned) and provide a more or less coherent answer, does not make the machine more intelligent or emotional, however much the machine can continuously incorporate the results of an interaction into its collection of previous conversations, progressively refining the quality and suitability of its responses. This is what machine learning techniques are based on, in the incessant and progressive inclusion of the results of interactions, so that this accumulated evidence can serve as a basis for decision making that is no longer purely mechanical but based on experience, in the aggregate knowledge that some have as an incipient awakening of the consciousness of machines. It is estimated that around the XXII century the machines will reach a state of full self-awareness.

The development of computing and computers in the fifties of the twentieth century had two breeding grounds: the dynamics of the scientific field of physics and mathematics, which had established as a topic of inquiry and debate the theory of information and communication and its mathematical modeling, and the requirements of the arms industry linked to the Second World War, whether the statistical calculation of ballistic trajectories, and the estimation of the shock wave violence of atomic bombs. These two vectors coincided in two places almost simultaneously: the Aberdeen Proving Ground, the US military base where the EDVAC would be developed and where John von Neumann would synthesize the contributions of a working group in his First Draft of a Report on the EDVAC, and the National Physics Laboratory of London, in which Alan Turing developed the Automatic Computer Engine, whose first formulation can be found in his article “Proposed electronic calculator”.

Facebook, at the same time, as a platform for the activation and management of political processes and as a legitimate channel, substitute for the traditional State, to conduct communication between him and his citizens. And if this hypothesis were true, why not take it to its logical consequence ?: “It is important, above all, that the governance of our community scale along with the complexity and demands of the people. We are committed to doing it even better, “Zuckerberg offers,” if that meant building a global voting system that would give you greater voice and control “, a collective epiphany fostered by the largest social network in the world. “Our hope is that this model will provide examples of how collective decision-making can work in other aspects of the global community.” Should national states as we know them be disassembled to transfer their sovereignty to a digital platform so that, with that increased communication capacity, could the voice of citizens be heard directly? The data trade is, without doubt, the engine of a new economy that is built at the price of acquiescence (conscious or reckless) of the users. But the problem is not that there is a more or less reflexive approval of the use of their private data by users, the problem is that this collection will be done consistently and systematically by the mere fact of using a certain type of device with a specific operating system. Manufacturers and developers will defend themselves by arguing that before using a device or using software. The Internet has become, perhaps unexpectedly, a mega-machine register, a vigilant super-organism, something that John Perry Barlow could not have guessed in 2001, when he published his famous manifesto “A Declaration of the Independence of Cyberspace”: “No we have an elected government, and it is unlikely that we will have one, so I am addressing you with no greater authority than that which freedom grants me. I declare that the global social space that we are building is naturally independent of the tyrannies that you wish to impose on us. You have no moral right to govern us, nor do you possess any method of execution for which we have reason to fear anything “(Perry Barlow, 2001: 28). Perry Barlow believed, less than two decades ago, that the Internet could become the result of the sum of the libertarian wills of its users, the free will of hundreds of thousands of people eager to have a space of freedom.

The very nature of the devices and texts that we consult seems to support these two contrasting histories: the architecture of a device such as the book, which invites us to submerge orderly in a textual current that generates a solid and orderly experience about the becomings and vicissitudes of characters or the events portrayed, or the hyperfragmented architecture of a text whose thread depends on the will and sense of navigation of each user that uses a device that allows unlimited links of different digital objects. It is not a criticism of the configuration and design of the different devices that have been invented in history, let alone the possibilities that each of them opens (or closes), but of finding some of the possible reasons and cultural foundations of contemporary acceleration and fragmentation. The limit of the autonomy of the machines, of the auguries of a fourth uncontrolled industrial revolution in which the machines would communicate with each other exchanging orders in an autonomous way, would be there where the human beings, where the communities concerned, where the groups involved decide establish it Delimiting with equanimity the impact of technologies on our lives, clearly weighing damages and benefits, is not an easy task because the first naturally conservative impulse, often, as history teaches us, is to hinder or block the deployment and adoption of the new invention, highlighting the benefits of what we know and extolling the perversities of the unknown, but history teaches us, too, about the convenience and even imperative to consider the influence and impact that the adoption of a technology could have on society in its set and on each one of the people that compose it. It is often appropriate to reject certain innovations that endanger life itself, establishing narrow social and political controls over its development; it is often necessary to preserve part of what we knew by admitting the adoption of the new, in a form of coexistence that should redouble our resources and capacities; and we should always provide citizens with the tools and knowledge necessary to confront technological changes lucidly because they are never politically neutral or inane but always bring deep transformations in all the orders of our lives.

We are primitive of a new era, not in the sense of a new improved race that is at the height of human progression, not in the supposedly evolutionary sense of a lineage that has reached its most eminent expression but, rather, in the reality of a species that faces the formidable dilemma of allowing digital technologies to follow an independent progression, regardless of human interests, or to establish what the reasonable limits of that evolution must be to determine how they can truly contribute to the autonomy, training and empowerment of the species. It is not that this same dilemma has not been presented on several occasions throughout history: in each new turn in which the relationship between the message and its support will change, we have found ourselves with profound, indelible and lasting consequences, and in each The new instrument that we have invented has often succeeded in having its functions replaced or replaced by an endowment of the human organism and have moved many of the political foundations of social coexistence. We are primitive of a new era, not in the sense of a new improved race that is at the height of human progression, not in the supposedly evolutionary sense of a lineage that has reached its most eminent expression but, rather, in the reality of a species that faces the formidable dilemma of allowing digital technologies to follow an independent progression, regardless of human interests, or to establish what the reasonable limits of that evolution must be to determine how they can truly contribute to the autonomy, training and empowerment of the species. It is not that this same dilemma has not been presented on several occasions throughout history: in each new turn in which the relationship between the message and its support will change, we have found ourselves with profound, indelible and lasting consequences, and in each The new instrument that we have invented has often succeeded in having its functions replaced or replaced by an endowment of the human organism and have moved many of the political foundations of social coexistence. Perhaps the only thing we can do is tentatively establish what are the liberating and empowering aspects of technology and which, on the contrary, could imply an important or irreversible impairment of some human capacities that we consider irreplaceable. The access to data, to information, in a ubiquitous and permanent way, from any device connected to the network, represents, without doubt, one of the great advances of civilization. The debate about the transformation of information into knowledge is largely trivial because the condition sine qua non for knowledge about something to grow is to have access to the necessary information. The movements for free access to scientific knowledge, to open educational resources or to the knowledge generated by certain communities of affected people (Lafuente and Corsín, 2010) enhance the availability of information so that it is available to groups that may need it. Furthermore, following in this the example of the free software development communities.

The networks can, on the other hand, extend our relationships, expand our perspectives, strengthen our collaboration ties, increase the sources of information and content to which we have access, give us analytical tools with which to find patterns and significant correlations in the data that we analyze and, consequently, make ourselves more capable of understanding, understanding and solving problems in a more effective way than at present. Supporting others to build true communities of practice, managing shared knowledge; accessing data and content sets that allow us to better understand the object we are facing and give us analytical tools that help us refine our knowledge, are just some of the great advantages that distributed supercomputing can offer us.

Some things that seem fundamental to me: that we are what we are because we have always used instruments and technologies that have completely modified our relationship with the environment and with ourselves; that there has always been a circular causal relationship in which our own inventions transform us through their use; that in the concrete and particular case of the technologies linked to the transmission of information and knowledge throughout history, its successive impacts have been extraordinary, to the point of modifying our brains, to the point of transfiguring our societies; that whenever there has been a change, two sides have coexisted bitterly, that of those who perceived in their implantation an intolerable insult and danger, and those who lived it as a form of enlightenment and opportunity, a confrontation that does not seek any kind of resolution it satisfies itself by showing irreconcilable positions; that in the end there is only one principle by which we can measure and evaluate the convenience or inconvenience of a new invention, a principle that is not fixed and restrictive, but always the result of deliberation and social convenience: we must accept what empowers us and enriches us , that which liberates us and makes us grow, that which contributes so that each one can trace with clarity, through scrutiny and deliberation, his personal destiny; that which does not foster automatic attachments or unthinking mirages; that which does not escape completely from our control obeying foreign and malicious interests; that, in short, that helps us to deliberate in the most conscious way possible and with the greatest historical knowledge that is within our reach to make informed decisions about our future, indelibly linked to that of technology. We are still primitive of a new era that we can not understand and there is nothing to do but problematize any supposed evidence to have the least chance to behave rationally, to consciously overcome the uncertainties of our evolution towards a new condition, that of Homo digitalis.

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