La Europa De Las Cinco Naciones. Cómo Francia, España, Italia, Alemania e Inglaterra Han Configurado La Historia — Luis Suárez / The Europe Of The Five Nations. How France, Spain, Italy, Germany and England Have Set History by Luis Suárez (spanish book edition)

Es un libro muy bien escrito pero que no va dirigido a iniciados. Para aquellos que no tengan una buena base de historia le puede parecer aburrido y enfarragoso. Tiene demasiado peso la religión para explicar la historia, todo gira en torno a ella. Su mejor parte es el medievo, después pierde objetividad histórica y rigor. Entre las aportaciones o ideas que destacaría están: el interpretar el nacimiento de Europa con la realización de la cristiandad. Es decir, para ser europeo, hay que bautizarse y ser cristiano. Se asemeja ser cristiano con ser ciudadano. Esta perspectiva que aparece en la Tardoantigüedad y que se fortalece en la Edad Media y Moderna, no tiene otra alternativa hasta la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Por otro lado, la supuesta convivencia con los judíos y musulmanes, no se entiende, sin la idea anterior, y la aportación de san Agustín: se permite su existencia (principalmente la de los judíos), porque en algún momento se percatarán del error de su religión y se convertirán a la fe cristiana. Este es el postulado que permite las juderías y los barrios de moriscos. Por ello, desde el poder político y el religioso se obliga a la conversión o expulsión. No se convive, se espera a la transformación de la fe. Es interesante percibir estos procesos tardoantiguos y medievales, y su perduración en Occidente. En conclusión, es una introducción a la historia y a los problemas de Europa.

La primera mención de Europa, como definición de una comunidad humana que habita el espacio occidental de esa masa inmensa de tierras que forman un bloque desde el Atlántico al mar de la China, se encuentra en uno de los escritos de San Beda, a quien llamamos el Venerable, que vivió entre los siglos VII y VIII. Quería decir entonces que los «europenses», es decir, los que figuraban fuera del «ecúmene» romano, se habían fundido con los latinos para formar una única cristiandad. Pocos años después de la muerte de este sabio, acaecida en el 737, un anónimo monje mozárabe que escribía en las afueras de Córdoba, tierra sometida al islam, llama con gozo «europenses» a los soldados de Carlos Martel que vencieron en la batalla de Poitiers. Europa se dibujaba como la gran alternativa de defensa frente al islam. Medio siglo más tarde, el año 804, un poeta también de nombre desconocido calificaría a Carlomagno de «cabeza del mundo y cumbre de Europa». La restauración del Imperio venía a ser término de llegada, meta absoluta del sueño que acariciara San Bonifacio, fusión entre el germanismo y la latinidad. Era preciso, entonces, buscar un signo de identidad. El cronista Nithard nos da la clave: identifica a la cristiandad romana con Europa, de un modo tan completo que convierte ambos términos en absolutamente equivalentes. Prevalece en la duda el segundo nombre, bajo estas tres fórmulas, Christianitas, Universitas christiana o Respublica christiana, hasta mediados del siglo XV. El tránsito desde una sociedad helénica a otra que habría de presentarse como Universitas christiana, había necesitado de varios siglos, los que separan a Constantino de Carlomagno. Este tiempo era considerado por los autores de la Ilustración como absolutamente negativo, y se prolongó esa negación hasta el siglo XV. Un prejuicio, sin duda, que Regine Pernoud nos invita a destruir «acabando con la Edad Media». Un tiempo que produce a Agustín, Benito, Gregorio, Isidoro y Bonifacio no es un mero interludio, sino la instauración de cimientos. La prehistoria de esa Europa de las cinco naciones se encuentra dominada por dos factores: la persistencia de una Monarchia christiana fundada por Constantino al bautizar al viejo Imperio, y la conservación de un eje mediterráneo pilotado ahora desde Bizancio. La fe, el pensamiento y la lengua sabia permanecieron, haciendo posible que un día Carlomagno se encontrase en condiciones de efectuar un acto de afirmación: un emperador «romano» para esa Europa que, entretanto, había sido expulsada del Mediterráneo. Resulta certera la expresión de Pirenne: sin Mahoma no hubiéramos tenido a Carlomagno.

En el siglo II, consolidado el «limes», el espacio europeo quedó dividido radicalmente en dos zonas, romana y bárbara. A esta segunda, para diferenciarla del oecumene, se le aplicará el término «Europa», aludiendo al mito de Zeus y la hermana raptada de Cadmo llevada a Creta, país extranjero. Fuera del control del Imperio quedaban ahora algunos pueblos celtas (irlandeses, pictos, escotos) o tracios (getas, carpos, costobocos, peucines). Pero el elemento dominante entre los no romanos debía atribuirse a los germanos, a los que ya César o Tácito otorgaran mucha importancia. Los germanos identificaban el poder político con un caudillaje militar, königtum, sacralizado en su estirpe, que remontaban a los orígenes de cada pueblo. Alemania e Inglaterra han conservado el título; las otras tres naciones adoptaron el romano de rex. Más allá de Germania, ahora bien definida, se tenía noticia de la existencia de otros pueblos —aestii (baltos), vendos (eslavos) y finn (fineses)— que operaban como vehículos de presión cuando les empujaban los nómadas de la profunda estepa, de rasgos físicos muy diferentes. La pax romana conseguida por Augusto había conseguido garantizar las rutas marítimas, que superaron siempre a las terrestres, muy deficientes. Muchos tramos de las vías romanas, pensadas con criterio militar, no servían para el transporte rodado. El comercio pasó a ser actividad principal colocándose por encima de la agricultura, aunque era ésta la que reclamaba mayor mano de obra. No hubo progreso en los modos de explotación; todo dependía del empleo de servidumbre; la misma palabra, servus, «esclavo», podrá utilizarse dentro del colonato. Pero esa estructura económica impedía acabar con la discriminación entre trabajos «liberales» —es decir, propios de los hijos— y «serviles». La sociedad romana puso barreras a ciertos inventos técnicos, como la noria de cangilones o el molino de agua, que hubieran podido modificar su estructura económica. El desarrollo de los latifundios, indispensable para conseguir holgadas rentas a los poderosos, encerraba en cambio a los simples campesinos en un círculo vicioso de pobreza.

La persecución fue breve y desigual, mucho menor en Occidente que en Oriente. Desde el 306 todo comenzó a cambiar. Los historiadores actuales dependen de fuentes diametralmente opuestas: la muy favorable Vita Constantini asignada a Eusebio de Cesarea, que le presenta como muy poco inferior a los apóstoles, y la Historia nova de Zósimo, descubierta por Lowenklav a finales del siglo XVI, que recoge la tradición helénica y le describe como un tirano sangriento que se acogió al cristianismo porque podía otorgarle perdón de los grandes crímenes cometidos en el 326, incluyendo la muerte de su propio hijo. Es frecuente entre los autores de nuestros días hallar ecos visibles de ambas posturas. Es preciso acudir a Jacobo Burckhardt, que ya en 1853 (La época de Constantino el Grande) recomendaba prestar más atención a la época que a la persona. Constantino comprendió que la decisión de Nicomedia era equivocada y trató entonces de poner al cristianismo al servicio del Imperio. La potestad regia, heredera del ius vitae necisque, era absoluta, lo cual significaba que no reconocía ninguna otra superior con la que debiera relacionarse. Ahora se responsabilizaba ante el mismo Dios. Si el basileus y cuanto con él se relacionaba adquiría la dimensión de sagrado, esto implicaba también que se hallaba sometido a la ley de Dios. Tal vez esto influyó en que Constantino demorara su bautismo hasta el momento de su muerte. Las distinciones entre persona y oficio, que justificaban hasta entonces la existencia de dos Tesoros, Erario y Fisco, ahora se borraban, y el domicilio del emperador, convertido en Palatium, significaba ambas cosas. Las cámaras íntimas en Constantinopla se revestirían de pórfido, justificándose de este modo la noción de que el nacimiento de los vástagos de la dinastía se producía en un lugar especialmente señalado: serán llamados «porfirogénetas». Se estableció entonces una duplicidad que será también característica de los reinos medievales: la Casa indica la persona y entorno del monarca; la Corte o Curia, aquello que se refiere a sus funciones públicas. En esta segunda se instalaba un director supremo, quaestor sacri palatii, que más adelante será llamado canciller.

En cualquier sociedad se admite como principio muy esencial que las relaciones entre los hombres se regulan por medio de leyes. En el proyecto de civitas christiana, dichas leyes no eran presentadas como un convenio que los hombres establecen entre sí. Se reconocía un doble origen: las costumbres heredadas que, como un patrimonio, se han ido estableciendo en cada pueblo, y el orden moral establecido por Dios al que dichas costumbres deben someterse de modo absoluto. El agustinismo proporcionaba, al respecto, una muy amplia explicación. Creador del universo, de todos los seres que lo pueblan y en definitiva del hombre, Dios confía la conservación de la Naturaleza a una «ley eterna» que rige su funcionamiento de modo inevitable; nadie puede modificar el sentido de la lluvia ni del curso del Sol. Al mismo tiempo ha establecido, para una convivencia ordenada entre los hombres, una «ley divina positiva» de carácter moral. Nadie está autorizado a modificar ni una sola de estas leyes; en esto coincidía con el pensamiento judío. De ahí vendría con el tiempo otra consecuencia: nadie está autorizado a conculcar o desconocer los «derechos humanos naturales.

El orden intrínseco de la Creación fue concebido como el resultado de cuatro esferas de leyes, formando una especie de jerarquía en su obediencia:

— Ley eterna, plan de Dios acerca de todas las criaturas, la cual se cumple inexorablemente y cuyo sentido último permanece desconocido para el hombre, si bien se manifiesta a través de los fenómenos de la Naturaleza que pueden y deben ser investigados. Su cumplimiento permanece fuera de la voluntad del hombre.

— Ley divina positiva, que permite establecer qué cosas son justas y cuáles no; mediante ella, que indica el recto uso de la Naturaleza, se conserva ésta. Cuando se conculca, la propia Naturaleza toma represalias. Ha sido revelada por Dios.

— En relación con esta ley divina el hombre tiene impresa en su alma una ley natural que le permite descubrir por sí mismo cuáles son las acciones rectas y cuáles, en cambio, las equivocadas, sin necesidad de acudir a las leyes escritas ni a la revelación. De modo que también los paganos se encuentran sometidos a esa ley natural. De aquí nacería, al fin de la Edad Media, el reconocimiento de los derechos naturales humanos.

— Ley civil positiva, que es aquella que los hombres establecen para asegurar la convivencia social; su legitimidad depende de que obedezca a la ley natural y a la divina positiva.

Desde esta perspectiva, las limitaciones a la potestad legislativa atribuida a los reyes eran muy amplias porque escapaban a ella ciertas cuestiones que los Estados modernos incluyen dentro de su competencia, como las que se relacionan con el derecho a la nuda propiedad, las relaciones sexuales o las cuestiones religiosas.

Ningún historiador serio sostiene hoy que deba considerarse la Edad Media como una «época oscura», aunque los valores culturales que en ella predominaron sean muy distintos y, en ocasiones opuestos, a los de nuestros días. El cristianismo, con sólidas raíces en el judaísmo —se consideraba el «nuevo Israel» y entendía que el Antiguo Testamento sólo se hacía comprensible a través del Nuevo—, había asimilado gran parte del pensamiento griego y de la jurisprudencia romana; de ambas lenguas se había servido para poner por escrito su doctrina, prescindiendo del arameo en que enseñaba Cristo a sus apóstoles. Culminado el siglo XII se había convertido en elemento integrador de la cultura europea. Su objetivo fundamental consistía en lograr la santificación, es decir, poner al ser humano al servicio de Dios en estrecha dependencia de la fe. Judaísmo e islam, desde sus propias doctrinas, perseguían el mismo objetivo. Resulta imposible, en consecuencia, tratar de comprender la Edad Media cuando, como recomienda la metodología marxista, se la separa de estos sentimientos religiosos. Ahora bien, los valores muy elevados que el cristianismo comportaba —libertad y racionalidad de la mente humana, dignidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios, sometimiento de la conducta.

La paz de Westfalia indica, en Europa, un tránsito desde el predominio de las concepciones religiosas al de los intereses económicos. España había emprendido la conquista y la organización del continente americano afirmando que trataba de convertir a sus habitantes a la verdadera fe y había establecido grandes comunidades católicas al otro lado del mar. Franceses y puritanos habían viajado con el propósito de crear sociedades mejor dotadas religiosamente que las que habían dejado atrás. Pero en la segunda mitad del siglo XVII, los vencedores de las largas guerras trataban de penetrar en los espacios ultramarinos para beneficiarse de las riquezas que allí existían. De modo que la noción de reinos o provincias comenzaba a sustituirse por la de colonias que pretendían establecer el control sobre las materias primas dominando de este modo los mercados mundiales. Recordemos que en los Congresos celebrados para el establecimiento de la paz, se había prescindido del reconocimiento de una autoridad moral a la que los Estados debieran someterse. De modo que las relaciones entre los reinos estaban sujetas a la fuerza que cada uno de ellos pudiera conseguir. La guerra adquirió más valor y absorbió una parte cada vez más considerable de los logros técnicos alcanzados por la ciencia moderna. En el interior de las Monarquías europeas, esta carencia de autoridad moral superior dio paso al absolutismo porque, como explicaría Hobbes, la voluntad del príncipe, si no debe someterse a un orden ético superior, pasa a ser ley.

La guerra era, a los ojos de todos, verdadero instrumento de poder. De ella se sirvió Luis XIV para incrementar sus dominios sin entrar en razones de justicia. Tendía a hacerse cada vez más amplia. La de Sucesión española, a principios del siglo XVIII, se libró en escenarios también fuera de Europa y la de los Siete Años fue un enfrentamiento entre Imperios ultramarinos. Por eso, como veremos en su lugar, los plenipotenciarios que se reunieron en Utrecht (1714) tuvieron que plantearse la cuestión de la paz con más amplitud que en Westfalia; Europa necesitaba de un «sistema» de dimensiones mundiales para asegurar el equilibrio. Éste es el término —«equilibrio de poder»— que precisamente utiliza Inglaterra refiriéndose a la constitución de una alianza que impida el crecimiento excesivo de uno solo. Será ésta la fórmula a emplear contra la Revolución y contra Bonaparte; no eludía los sufrimientos y daños de las poblaciones afectadas. Había un axioma que todo el mundo tomaba en consideración: se debe conseguir que las batallas se libren en suelo ajeno.

Turquía estaba vencida. El Sultán Mehemet IV fue sustituido por Soliman II, aunque el poder seguía estando en manos de un Gran Visir, ahora Mustafá Koprülü. Éste, tratando de salvar lo que fuera posible del antiguo Imperio, aceptó la paz de Carlowitz (1699). Croacia, Transilvania y toda Hungría, con algunos otros espacios adyacentes formaban parte de ese Imperio austro-húngaro, centroeuropeo y predominantemente católico, que se presentaba como garantía para toda Europa. Viena se convirtió en la ciudad monumental que todavía hoy nos emociona con sus amplias perspectivas. Polonia, donde Augusto de Sajonia sucedió a Sobieski (1697), aunque recuperó Podolia seguía siendo el elemento débil a causa de su fragilidad estructural. Se abrían sobre todo las aspiraciones de los Habsburgo sobre los Balcanes. En 1718, al consolidarse el sistema de Utrecht, de que a continuación tenemos que ocuparnos, esta dinastía, con título de emperador, ahora en sucesión hereditaria, ejercía poder directo sobre Austria, Tirol, Carintia, Bohemia, Moravia, Eslovaquia, Hungría, Transilvania, Croacia, Bosnia, Valaquia y Temesvar. Para ella, el Danubio comenzaba a tornarse azul, que era el color de sus banderas.

Desde 1697, coincidiendo con las grandes victorias austríacas en los Balcanes, la atención europea se volcaba en otra cuestión que afectaba de lleno al destino de la Dinastía: la sucesión española. Las posibilidades de descendencia de Carlos II estaban esfumadas. Tanto Luis XIV —hijo y esposo de infantas españolas, Ana y María Teresa— como Leopoldo de Austria, nieto de Felipe III, podían presentar aspiraciones en unos reinos que reconocían a las mujeres plenitud de derechos. Pero una solución de este tipo significaba un golpe muy fuerte para el equilibrio que se intentaba establecer con el sistema de Westfalia. Por eso cuando, en 1696, Carlos II firmó su primer Testamento en favor de Francisco José de Baviera, Inglaterra, que estaba directamente interesada en reducir la potencia virtual de la monarquía que se estaba afirmando en América, dijo que era a su juicio una buena solución y que debían darse indemnizaciones territoriales tanto a Luis XIV como a Leopoldo. Éstos, por su parte, cedieron sus derechos para evitar las amenazas de un crecimiento excesivo, el primero a su nieto Felipe, duque de Anjou, y el segundo a su segundo hijo Carlos. En definitiva los ingleses, gobernados por los Orange, lanzaban la idea de una desmembración, no muy radical, de la ya maltrecha Monarquía católica española. En el acuerdo secreto que el Reino Unido firmó con Francia y Austria, se señalaban como indemnización a la primera Nápoles, Sicilia, Toscana y Guipúzcoa, y a la segunda el Milanesado y lo que aún restaba de la vieja herencia patrimonial de Borgoña. El secreto no podía ser bien guardado y el pacto fue conocido por la Corte española que, el 11 de noviembre de 1698, emitió un comunicado con la firma de su rey explicando que el reconocimiento de Francisco José se refería a la totalidad de la Monarquía, sin mermas ni compensaciones. Hasta 1740 predominan en Europa los esfuerzos para conservar el equilibrio de acuerdo con las paces de Utrecht, pero después se abandonan para lanzarse a un imperialismo que endurece las competencias. Al recurrirse a la guerra como instrumento normal en el ejercicio de la política, fue necesario proveerse de los instrumentos adecuados. El arma principal era la infantería, formada por profesionales que se reclutaban tanto dentro como fuera del país, llevando uniforme, armada con fusiles de larga bayoneta y mandada por un cuadro de oficiales que se reclutaban exclusivamente entre la nobleza. Había cierto respeto aún al adversario. Pero en los barcos se imponía una disciplina tan dura que no podemos dejar de considerarla crueldad. También en el trato a los prisioneros. Para Inglaterra, una de las consecuencias más beneficiosas del sistema de Utrecht era la aplicación del Acta de Navegación de 1654, ahora sin limitaciones. Desde 1707 se declaró que la Unión entre Inglaterra, Escocia e Irlanda debía considerarse indisoluble. Los Estuardos estaban definitivamente eliminados. Cuando Ana murió sin descendencia, el Parlamento decidió ofrecer el trono al elector de Hannover, que ni siquiera conocía la lengua inglesa, pero al que se consideraba como la garantía de defensa para el protestantismo. Así se inició la dinastía que se conservaría de modo permanente. Jacobo III intentó un desembarco en las Tierras Altas de Escocia (1716) tratando de levantar a la nobleza de aquella zona, pero la aventura terminó en un desastre. El jacobinismo pasó durante algún tiempo a convertirse en nostalgia sin eficacia alguna. Mientras tanto, el Reino Unido, que acentuaba las presiones contra los resistentes, se consolidaba aumentando la presencia del poder real en las nueve colonias de Norteamérica y en Jamaica.

Mientras se afirmaba el laicismo, que continuaría firme su ascensión hasta el siglo XXI, se estaba desarrollando el que podríamos llamar pensamiento científico cristiano con cinco puntos de apoyo esenciales:

1. La razón humana puede extraer, de las percepciones sensibles, por vía de observación y de experimentación, universales válidos; se trata de abstracciones, ciertamente, pero esto no nos autoriza a considerarlos como meros nombres pues comparten su esencia con la realidad.

2. El conocimiento humano no es mera imagen sino captación evidente de la realidad creada; esta evidencia, precisamente porque lo es, no resulta inconmovible sino que puede ser enriquecida, modificada e, incluso, sustituida por nuevas comprobaciones. Cualquier conocimiento científico está sujeto a variaciones.

3. Las cosas, que tienen su esencia, lo que obliga a considerarlas más allá de los límites que marca la Física, también devienen. Espacio y tiempo son dimensiones esenciales.

4. La existencia de Dios es racionalmente comprobable, aunque sus atributos sólo pueden ser conocidos por medio de la Revelación; la razón humana es capaz de descubrir aspectos fundamentales de lo divino a través de la Creación.

5. En el hombre se da unión sustancial entre el cuerpo material y el alma espiritual.

La Rerum Novarum puede considerarse como un mandato de conciencia para las católicos; contiene, además, una profunda reflexión sobre los problemas contemporáneos. Debemos poner especial atención sobre tres puntos que afectaban seriamente a la vida europea:

a) La virtud de la justicia exige que los beneficios obtenidos en la producción de bienes, sean equitativamente repartidos entre todos los que cooperan para lograrlos, incluyendo desde luego al capital, ya que sin éste no existiría la empresa. Esto debe hacerse mediante acuerdo entre las partes, regulado desde luego por la ley. Si se transfiere al Estado o a cualquier otro organismo semejante la responsabilidad de la distribución, es muy probable que ésta se haga en forma todavía más injusta.

b) La vida humana pierde su sentido cuando no se acomoda al orden moral que Dios ha establecido. Este orden moral asegura la conservación y desarrollo de la Naturaleza.

c) La constitución de asociaciones por parte de los trabajadores es un derecho natural cuyo ejercicio sólo a ellos compete. Las leyes de los Estados no pueden establecer ni prohibir ese derecho; su competencia se limita a dar normas para que tal ejercicio no altere la convivencia entre los ciudadanos.

Ningún acontecimiento ha revestido tanta importancia para la vida espiritual del Viejo Continente como el Concilio Vaticano II, que se clausuró en la solemne ceremonia del 8 de diciembre de 1965. La fecha había sido deliberadamente escogida por ser la fiesta de la Inmaculada Concepción. El hecho de que Cristo naciera de mujer, como todo hombre, tenía que ser destacado en toda su singularidad. La Asamblea se diferenció absolutamente de todas las anteriores en este aspecto: no había sido convocada para examinar y eventualmente condenar doctrinas erróneas sino, en actitud de servicio, para decir al mundo que el cristianismo tiene respuesta para los problemas que lo agobian y las ofrece sin condición alguna. No un proyecto de sociedad o de economía sino un proyecto de hombre. Las constituciones que se aprobaron, especialmente dos, Gaudium et spes y Lumen gentis contienen una importante visión acerca de lo que es la persona humana. Ciertos teólogos han insistido en que tales documentos, incorporados al Magisterio de la Iglesia, no pueden ser considerados infalibles pero hay aquí un error de interpretación, pues una vez confirmados por el Papa constituyen cuerpo de doctrina. Tampoco se trataba de modificar el contenido de la fe sino, de, con palabras acomodadas al tiempo extraer de ella consecuencias válidas para aspectos concretos de la coyuntura contemporánea. El Concilio ya no pensaba, como fue en el caso de Trento, en una cristiandad europea sino en la universal.Con humildad se dijo que la misión de la Iglesia, que ha recibido de Cristo la plenitud de la verdad, sin la que es imposible edificar la libertad, no es otra que servir al hombre, sin distinción alguna, ayudándole a alcanzar su plenitud, y en ella su salvación, que pueden también alcanzar los que, sin dolo, permanecen fuera de ella.

El cristianismo propuso a los hombres sus tres virtudes teologales, fe, esperanza y amor, como el modo que tenían a su alcance para convertirse en perfectamente hombres. Cuando estas virtudes le faltan, vacila como ante un abismo e invierte su postura. En vez de trascenderse, proyectarse hacia fuera, que es lo que demanda su naturaleza, se encierra en un inmanentismo riguroso. Hasta que descubre que se encuentra en el vacío angustioso de la «náusea», como en el centro de ese infierno —los demás— que descubrió Sartre. Esa espiritualidad de raíz cristiana que impregna el patrimonio heredado por la cultura europea posee valores más que suficientes para construir el proyecto de futuro. Es depositaria, insistamos, de una profunda confianza en la dignidad de la naturaleza humana, que le permite afirmarse y crecer, en lo que constituye verdaderamente el «progreso». Ser más y no conformarse con tener más. La elevación del hombre, nos recuerda el Concilio Vaticano II, es siempre un acto moral, de modo que los descubrimientos científicos son buenos con tal de que se encuentren al servicio del hombre. En caso contrario, contribuyen a su ¿Pesimismo? Todo lo contrario: razón esencial para la esperanza.

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It is a very well written book but it is not aimed at initiates. For those who do not have a good history base, it may seem boring and embarrassing. Religion has too much weight to explain history, everything revolves around it. Its best part is the medieval, then it loses historical objectivity and rigor. Among the contributions or ideas that I would highlight are: interpreting the birth of Europe with the realization of Christianity. That is, to be European, you have to be baptized and be a Christian. It resembles being Christian with being a citizen. This perspective that appears in the Late Antiquity and that is strengthened in the Middle and Modern Ages, has no alternative until the Declaration of the Rights of Man and the Citizen. On the other hand, the supposed coexistence with the Jews and Muslims, is not understood, without the previous idea, and the contribution of St. Augustine: their existence is allowed (mainly that of the Jews), because at some point they will realize the error of their religion and they will convert to the Christian faith. This is the postulate that allows the Jewish quarters and Moorish neighborhoods. Therefore, from the political and religious power is forced to conversion or expulsion. Do not live together, you wait for the transformation of the faith. It is interesting to see these late and medieval processes and their survival in the West. In conclusion, it is an introduction to the history and problems of Europe.

The first mention of Europe, as a definition of a human community that inhabits the western space of that immense mass of land that forms a block from the Atlantic to the sea of China, is found in one of the writings of San Beda, whom we call the Venerable, who lived between the seventh and eighth centuries. He wanted to say then that the “Europenses”, that is to say, those that figured outside the Roman “ecumene”, had merged with the Latins to form a unique Christianity. A few years after the death of this sage, which occurred in 737, an anonymous Mozarabic monk who wrote in the outskirts of Cordoba, land subject to Islam, joyfully calls “europenses” the soldiers of Carlos Martel who won the battle of Poitiers Europe was depicted as the great alternative of defense against Islam. Half a century later, in the year 804, a poet with an unknown name would call Charlemagne “the head of the world and the summit of Europe.” The restoration of the Empire came to be the term of arrival, absolute goal of the dream that Saint Boniface caressed, a fusion between Germanism and Latinity. It was necessary, then, to look for a sign of identity. The chronicler Nithard gives us the key: he identifies Roman Christianity with Europe, in such a complete way that it makes both terms absolutely equivalent. The second name prevails in doubt, under these three formulas, Christianitas, Universitas christiana or Respublica christiana, until the middle of the 15th century. The transition from a Hellenic society to another that was to be presented as Universitas Christiana, had needed several centuries, separating Constantine from Charlemagne. This time was considered by the authors of the Enlightenment as absolutely negative, and that denial was prolonged until the fifteenth century. A prejudice, no doubt, that Regine Pernoud invites us to destroy «ending the Middle Ages». A time that produces Agustín, Benito, Gregorio, Isidoro and Bonifacio is not a mere interlude, but the establishment of foundations. The prehistory of that Europe of the five nations is dominated by two factors: the persistence of a Monarchia christiana founded by Constantino when baptizing the old Empire, and the conservation of a Mediterranean axis piloted now from Byzantium. Faith, thought and wise language remained, making it possible for Charlemagne one day to be in a position to make an act of affirmation: a “Roman” emperor for that Europe which, meanwhile, had been expelled from the Mediterranean. Pirenne’s expression is accurate: without Mohammed we would not have had Charlemagne.

In the second century, consolidated the “limes”, the European space was divided radically into two areas, Roman and barbarian. To this second, to differentiate it from the oecumene, the term “Europe” will be applied, alluding to the myth of Zeus and the kidnapped sister of Cadmo taken to Crete, a foreign country. Outside the control of the Empire there were now some Celtic peoples (Irish, Picts, Scots) or Thracians (getas, carpos, costebocos, peucines). But the dominant element among non-Romans was to be attributed to the Germans, to whom Caesar or Tacitus already attached great importance. The Germans identified political power with a military leadership, königtum, sacred in their lineage, going back to the origins of each people. Germany and England have retained the title; the other three nations adopted the Roman de rex. Beyond Germania, now well defined, there was news of the existence of other peoples -estii (baltos), vendos (Slavs) and Finn (Finns) – who operated as vehicles of pressure when pushed by the nomads of the deep steppe, of very different physical features. The pax romana obtained by Augusto had managed to guarantee the maritime routes, which always exceeded the terrestrial ones, very deficient. Many sections of the Roman roads, designed with military criteria, were not suitable for road transport. Trade became the main activity, placing itself above agriculture, although it was this that demanded the greatest labor. There was no progress in the modes of exploitation; everything depended on the employment of servitude; the same word, servus, “slave”, may be used within the colonato. But this economic structure prevented the elimination of discrimination between “liberal” work – that is, that of the children – and “servile” work. The Roman society put barriers to certain technical inventions, such as the bucket wheel or the water mill, which could have modified its economic structure. The development of the large estates, indispensable to obtain comfortable rents for the powerful, contained instead the simple peasants in a vicious circle of poverty.

The persecution was brief and unequal, much less in the West than in the East. From 306 everything began to change. Today’s historians depend on diametrically opposed sources: the very favorable Vita Constantini assigned to Eusebius of Caesarea, which presents him as very little inferior to the apostles, and the Historia nova de Zosimo, discovered by Lowenklav at the end of the sixteenth century, which includes the Hellenic tradition and describes him as a bloody tyrant who embraced Christianity because he could grant forgiveness of the great crimes committed in 326, including the death of his own son. It is common among the authors of our days to find visible echoes of both positions. It is necessary to go to Jacobo Burckhardt, who already in 1853 (The Time of Constantine the Great) recommended paying more attention to the time than to the person. Constantino understood that the decision of Nicomedia was wrong and tried to put Christianity at the service of the Empire. The royal power, heir of the ius vitae necisque, was absolute, which meant that it did not recognize any other superior with which it should relate. Now he was responsible before the same God. If the basileus and everything related to it acquired the dimension of sacred, this also implied that he was subject to the law of God. Perhaps this influenced that Constantino delayed his baptism until the moment of his death. The distinctions between person and office, which until then justified the existence of two Treasures, Treasury and Treasury, were now erased, and the address of the emperor, converted into Palatium, meant both. The intimate chambers in Constantinople would be lined with porphyry, justifying in this way the notion that the birth of the offspring of the dynasty took place in a specially designated place: they will be called “porphorogeneous.” A duplicity was then established that will also be characteristic of the medieval kingdoms: the House indicates the person and environment of the monarch; the Court or Curia, that which refers to its public functions. In this second a supreme director was installed, quaestor sacri palatii, who will later be called chancellor.

In any society it is admitted as a very essential principle that relations between men are regulated by means of laws. In the project of civitas christiana, these laws were not presented as an agreement that men establish among themselves. A double origin was recognized: the inherited customs that, as a heritage, have been established in each town, and the moral order established by God to which these customs must submit in an absolute manner. Augustinism provided, in this respect, a very broad explanation. Creator of the universe, of all the beings that inhabit it and ultimately of man, God entrusts the conservation of Nature to an “eternal law” that governs its operation in an unavoidable way; No one can change the sense of rain or the course of the Sun. At the same time, he has established, for an ordered coexistence among men, a “positive divine law” of a moral character. No one is authorized to modify any of these laws; in this it coincided with Jewish thought. Hence, another consequence would follow: nobody is authorized to violate or disregard “natural human rights”.

The intrinsic order of Creation was conceived as the result of four spheres of laws, forming a kind of hierarchy in obedience:

– eternal Law, plan of God about all creatures, which is inexorably fulfilled and whose ultimate meaning remains unknown for man, although it manifests itself through the phenomena of Nature that can and should be investigated. Its fulfillment remains outside the will of man.

– Positive divine law, which allows us to establish which things are fair and which are not; through it, which indicates the correct use of Nature, this is preserved. When it is violated, Nature itself retaliates. It has been revealed by God.

– In relation to this divine law, man has a natural law imprinted on his soul that allows him to discover for himself what are the right actions and which, on the other hand, the wrong ones, without having to resort to written laws or revelation . So also pagans are subject to that natural law. From here, at the end of the Middle Ages, the recognition of human natural rights would be born.

– Positive civil law, which is what men establish to ensure social coexistence; its legitimacy depends on its obeying the natural law and the positive divine law.

From this perspective, the limitations to the legislative power attributed to the kings were very broad because they escaped certain questions that modern states include within their jurisdiction, such as those related to the right to naked property, sexual relations or religious issues.

No serious historian today argues that the Middle Ages should be considered a “dark age,” although the cultural values that predominated in it are very different and, at times, opposite to those of our days. Christianity, with solid roots in Judaism – considered the “new Israel” and understood that the Old Testament was only made comprehensible through the New – had assimilated much of Greek thought and Roman jurisprudence; of both languages he had served to put his doctrine in writing, dispensing with the Aramaic in which Christ taught his apostles. After the twelfth century, it had become an integrating element of European culture. Its fundamental objective was to achieve sanctification, that is, to put the human being at the service of God in close dependence on faith. Judaism and Islam, from their own doctrines, pursued the same goal. It is impossible, therefore, to try to understand the Middle Ages when, as recommended by Marxist methodology, it is separated from these religious feelings. Now, the very high values that Christianity entailed – freedom and rationality of the human mind, dignity of man created in the image and likeness of God, submission of behavior.

The peace of Westphalia indicates, in Europe, a transition from the predominance of religious conceptions to that of economic interests. Spain had undertaken the conquest and organization of the American continent, claiming that it was trying to convert its inhabitants to the true faith and had established large Catholic communities on the other side of the sea. French and Puritans had traveled for the purpose of creating societies better endowed religiously than those they had left behind. But in the second half of the seventeenth century, the victors of the long wars tried to penetrate the overseas spaces to benefit from the riches that existed there. So the notion of kingdoms or provinces began to be replaced by that of colonies that sought to establish control over raw materials thus dominating world markets. Let us remember that in the Congresses held for the establishment of peace, the recognition of a moral authority to which States should submit themselves had been dispensed with. So the relations between the kingdoms were subject to the strength that each of them could achieve. War acquired more value and absorbed an increasingly considerable part of the technical achievements of modern science. Within the European Monarchies, this lack of superior moral authority gave way to absolutism because, as Hobbes would explain, the will of the prince, if he does not have to submit to a higher ethical order, becomes law.

War was, in the eyes of all, a true instrument of power. Of her Luis XIV served to increase its dominions without entering reasons of justice. It tended to become wider and wider. The Spanish Succession, at the beginning of the eighteenth century, was fought on stages also outside Europe and the Seven Years was a clash between overseas empires. That is why, as we shall see in their place, the plenipotentiaries who met in Utrecht (1714) had to consider the question of peace more broadly than in Westphalia; Europe needed a “system” of global dimensions to ensure balance. This is the term – “balance of power” – which is precisely used by England when referring to the formation of an alliance that prevents the excessive growth of one. This will be the formula to be used against the Revolution and against Bonaparte; it did not avoid the sufferings and damages of the affected populations. There was an axiom that everyone took into consideration: the battles must be fought on other people’s soil.

Turkey was defeated. Sultan Mehemet IV was replaced by Soliman II, although the power remained in the hands of a Grand Vizier, now Mustafa Koprülü. This, trying to save what was possible from the old Empire, accepted the peace of Carlowitz (1699). Croatia, Transylvania and all of Hungary, with some other adjacent spaces were part of that Austro-Hungarian, Central European and predominantly Catholic Empire, which was presented as a guarantee for all of Europe. Vienna became the monumental city that still thrills us today with its broad perspectives. Poland, where Augustus of Saxony succeeded Sobieski (1697), although he recovered Podolia remained the weak element because of its structural fragility. Above all, the aspirations of the Habsburgs over the Balkans were opened up. In 1718, with the consolidation of the Utrecht system, which we then have to deal with, this dynasty, with the title of emperor, now in hereditary succession, exercised direct power over Austria, Tyrol, Carinthia, Bohemia, Moravia, Slovakia, Hungary, Transylvania , Croatia, Bosnia, Valaquia and Temesvar. For her, the Danube began to turn blue, which was the color of her flags.

From 1697, coinciding with the great Austrian victories in the Balkans, European attention turned to another issue that affected the destiny of the Dynasty: the Spanish succession. The possibilities of descent of Carlos II were vanished. Both Louis XIV-son and husband of Spanish infantas, Ana and Maria Teresa-as Leopold of Austria, grandson of Philip III, could present aspirations in kingdoms that recognized women full of rights. But a solution of this type meant a very strong blow to the balance that was trying to establish with the Westphalian system. That is why when, in 1696, Charles II signed his first Testament in favor of Francisco José de Bavaria, England, who was directly interested in reducing the virtual power of the monarchy that was asserting itself in America, he said that it was a good solution and that territorial indemnities should be given to both Louis XIV and Leopoldo. These, in turn, gave up their rights to avoid threats of excessive growth, the first to his grandson Philip, Duke of Anjou, and the second to his second son Carlos. In short, the English, governed by the Orange, launched the idea of a dismemberment, not very radical, of the already battered Spanish Catholic Monarchy. In the secret agreement signed by the United Kingdom with France and Austria, compensation was given to the first Naples, Sicily, Tuscany and Guipúzcoa, and to the second the Milanesado and what remained of the old patrimonial inheritance of Burgundy. The secret could not be well guarded and the pact was known by the Spanish Court that, on November 11, 1698, issued a communiqué with the signature of its king explaining that the recognition of Francisco José referred to the totality of the Monarchy, without losses or compensations. Up to 1740, efforts to maintain balance in accordance with the peace of Utrecht predominated in Europe, but then abandoned to launch an imperialism that hardens the powers. When resorting to war as a normal instrument in the exercise of politics, it was necessary to provide the right instruments. The main weapon was the infantry, formed by professionals recruited both inside and outside the country, wearing uniforms, armed with long-bayonet rifles and commanded by a cadre of officers who were recruited exclusively among the nobility. There was still some respect for the adversary. But in the ships a discipline was imposed so hard that we can not stop considering it cruelty. Also in the treatment of prisoners. For England, one of the most beneficial consequences of the Utrecht system was the application of the Navigation Act of 1654, now without limitations. From 1707 it was declared that the Union between England, Scotland and Ireland should be considered indissoluble. The Stuarts were definitely eliminated. When Ana died without descendants, the Parliament decided to offer the throne to the elector of Hannover, who did not even know the English language, but who was considered as the guarantee of defense for Protestantism. Thus began the dynasty that would be permanently preserved. James III attempted a landing in the Highlands of Scotland (1716) trying to raise the nobility of that area, but the adventure ended in disaster. Jacobinism passed for some time to become nostalgia without any effectiveness. Meanwhile, the United Kingdom, which accentuated pressures against the resistance, consolidated itself by increasing the presence of real power in the nine colonies of North America and Jamaica.

While secularism was affirmed, which would continue its ascension until the 21st century, what we could call Christian scientific thought was being developed with five essential points of support:

1. Human reason can extract, from sensible perceptions, through observation. and of experimentation, valid universals; it is about abstractions, certainly, but this does not authorize us to consider them as mere names because they share their essence with reality.

2. Human knowledge is not a mere image but an evident capture of the created reality; this evidence, precisely because it is, is not unshakable but can be enriched, modified and even replaced by new checks. Any scientific knowledge is subject to variations.

3. Things, which have their essence, which forces us to consider them beyond the limits set by Physics, also become. Space and time are essential dimensions.

4. The existence of God is rationally verifiable, although its attributes can only be known through Revelation; human reason is able to discover fundamental aspects of the divine through Creation.

5. In man there is a substantial union between the material body and the spiritual soul.

The Rerum Novarum can be considered as a mandate of conscience for Catholics; It also contains a deep reflection on contemporary problems. We must pay special attention to three points that seriously affected European life:

a) The virtue of justice requires that the benefits obtained in the production of goods be equitably distributed among all those who cooperate to achieve them, including capital, since without it the company would not exist. This must be done by agreement between the parties, regulated of course by law. If the responsibility for distribution is transferred to the State or to any other such organization, it is very likely that it will be done in an even more unjust manner.

b) Human life loses its meaning when it does not conform to the moral order that God has established. This moral order ensures the conservation and development of Nature.

c) The constitution of associations by workers is a natural right whose exercise only belongs to them. The laws of the States can not establish or prohibit that right; its competence is limited to giving rules so that such exercise does not alter the coexistence among citizens.

No event has been as important for the spiritual life of the Old Continent as the Second Vatican Council, which was closed at the solemn ceremony of December 8, 1965. The date had been deliberately chosen as the Feast of the Immaculate Conception. The fact that Christ was born as a woman, like every man, had to be highlighted in all its singularity. The Assembly differed absolutely from all previous ones in this aspect: it had not been called to examine and eventually condemn erroneous doctrines but, in an attitude of service, to tell the world that Christianity has an answer to the problems that overwhelm it and offers them without any condition Not a project of society or economy but a project of man. The constitutions that were approved, especially two, Gaudium et spes and Lumen gentis contain an important vision about what the human person is. Certain theologians have insisted that such documents, incorporated into the Magisterium of the Church, can not be considered infallible, but here there is an error of interpretation, because once confirmed by the Pope, they constitute a body of doctrine. Nor was it a question of modifying the content of the faith, but rather, of using words adapted to the time, to draw from it valid consequences for specific aspects of the contemporary conjuncture. The Council no longer thought, as it was in the case of Trent, in a European Christianity but in the universal. With humility it was said that the mission of the Church, which has received from Christ the fullness of truth, without which it is impossible building liberty, is none other than serving man, without any distinction, helping him to reach his fullness, and in it his salvation, which can also reach those who, without intent, remain outside it.

Christianity proposed to men their three theological virtues, faith, hope and love, as the way they had at their disposal to become perfectly men. When these virtues are lacking, he hesitates as before an abyss and reverses his position. Instead of transcending itself, projecting itself outside, which is what its nature demands, it encloses itself in a rigorous immanentism. Until he discovers that he is in the anguished emptiness of “nausea”, as in the center of that hell -the others- that Sartre discovered. This spirituality of Christian roots that permeates the inheritance inherited by European culture has more than enough values to build the future project. It is the repository, we insist, of a deep trust in the dignity of human nature, which allows it to affirm itself and grow, in what truly constitutes “progress”. Be more and do not settle for having more. The elevation of man, reminds us of the Second Vatican Council, is always a moral act, so that scientific discoveries are good as long as they are at the service of man. Otherwise, they contribute to your Pessimism? Quite the opposite: essential reason for hope.

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