La Soledad Del País Vulnerable. Japón Desde 1945 — Florentino Rodao / The Loneliness of the Vulnerable Country. Japan Since 1945 by Florentino Rodao (spanish book edition)

Un magnífico libro. Japón ha sorprendido a propios y extraños desde 1945. Con una pobreza tan tremenda y una inflación galopante, pocos podían pensar que Japón esquivaría los conflictos en su entorno. Pocos podían imaginar que su derrota a manos de Estados Unidos sería el aval de su progreso futuro. Cuando en 1955 se fundó el Partido Liberal Democrático, nadie hubiera apostado que apenas estaría cinco años sin ejercer el poder, más que cualquier otro del mundo democrático. Después de asombrar su audaz manejo de las crisis económicas previas, nadie pensaba que, tras estallar la «economía de la burbuja», el marasmo perduraría más de una década. No es fácil comprender cómo un país tan conservador y de derechas llevó a cabo políticas socialdemócratas y alcanzó semejante igualitarismo. Era difícil suponer que, habiendo sido atacado con dos bombas atómicas, Japón sufriría el accidente nuclear más dañino de la humanidad. Pocos podían pensar que Japón solventaría el declive de su producción de alimentos exportando los suyos a precios estratosféricos. Es posible incluso magnificar los daños de sus desastres. Como tantos otros, los japoneses adoraron al becerro de oro del crecimiento económico y en cuanto fueron objeto de vanagloria y regodeo bajaron la guardia y desatendieron las amenazas. Japón se ha levantado con sus propias fuerzas pero también se ha hundido con sus propios errores: los halagos le han sido más dañinos que las críticas y ha caído en las mismas trampas por segunda vez. Por la cuenta que nos trae, conviene dejar de lado las explicaciones superficiales y conocerlo mejor. Aprender lo aprendible para que las sorpresas sean las positivas.

Los japoneses se aferraron a una insularidad imposible. Han tendido a ensalzarla con el término shimaguni, o «país-isla», y si por un lado pudieron reflejarse en Gran Bretaña, en su momento la similitud se vio con otro pueblo aislado, los judíos. Según una encuesta de 2018, Taiwán es el territorio vecino al que se sienten más cercanos dos terceras partes de los japoneses, a pesar de que ni tiene embajada ni apenas se realizan viajes turísticos, seguido a larga distancia por Corea del Sur, preferido por apenas un 15 %. Y la comparación más usada últimamente para explicar las peculiaridades de Japón es el llamado «síndrome Galápagos», un término que comenzó a usarse para referirse a su telefonía tan compleja que solo tiene validez dentro del archipiélago. Con el tiempo, el archipiélago ecuatoriano ha servido para explicar por qué unos aparatos tienen éxito únicamente en Japón, por qué no se pueden conectar con el exterior, por qué se siguen utilizando vídeos, CD y teléfonos 3G y por qué las innovaciones tecnológicas han tendido a ser graduales y no radicales. En definitiva, la soledad insular sirve para explicar rotos y descosidos, y se llega a asegurar que Japón ha sido siempre mucho más amplio, antes de la derrota, después, y por supuesto en el mundo globalizado actual. La cultura del desastre ha mantenido a los japoneses apegados al momento. Las emergencias reiteradas durante siglos han reafirmado la idea de que es posible hundirse, pero también recuperarse; que es posible solucionar problemas en beneficio propio para evitar quedarse atrás y que es conveniente trabajar en grupo para conseguir sinergias. La renovación, la reinvención o el renacimiento son parte de una cultura consciente de la emergencia pero también de la planificación.

Firmar la paz no significaba mantenerla. Aunque la segunda posguerra mundial fue quizá la más preparada de la historia, los imprevistos y los imponderables se multiplicaron. La violencia alrededor de Japón fue el ejemplo más claro; lo que iba mal, podía empeorar más aún. Asia se convirtió en un polvorín, por la violencia pero también por las decisiones de esos años, en particular los desplazamientos de millones de personas por necesidades militares de todo tipo, que dejaron una pobreza extrema. Era razonable preguntarse si Japón también se vería envuelto en disputas violentas. En parte, porque muchos nipones se quedaron luchando con grupos nacionalistas con objeto de mantener la lucha por la liberación de los pueblos asiáticos, y en parte porque la penuria hacía viable el estallido de una revuelta social, tal como anticipaba el antiguo primer ministro Fumimaro Konoe. El deseo de recuperar definitivamente la paz se impuso por varias razones. Los japoneses habían sufrido la locura militar en mayor medida que los alemanes el nazismo, y muy pocos de ellos se habían beneficiado con el envío a casa de productos saqueados o apropiándose de los bienes personales de los judíos deportados, como ocurrió en el Tercer Reich. Aparte de algunas victorias militares que inflamaron su orgullo nacional, los japoneses vivieron pocos desahogos desde que en 1937 la producción nacional se puso al servicio de la victoria bélica. De la situación de Japón, tras tantos años de economía intervenida, guerra y destrucción, solo puede decirse que fue peor que la alemana. Tras haber estado en Europa, el fotógrafo John Swope calificó los daños en el continente como «insignificantes» frente a los causados en las ciudades japonesas, y se lamentaba incluso de la dificultad de fotografiar esa destrucción: «Si en Alemania seguía habiendo muros en pie y muchas de las casas habían quedado reducidas a la armazón, aquí no hay nada que no haya sido abatido; ni siquiera se ven cráteres provocados por las bombas ni montones de escombros: todo está completamente plano, como si el humo se hubiera llevado la ciudad entera». Dos palabras compendian esos momentos, una específica y otra más recurrente. Kyodatsu, «postración», un agotamiento y desesperación de dimensiones múltiples, desde la pertinente hambre (los cupones de racionamiento se habían implementado ya en 1942) o la ambición, hasta la introspección centrada en lo personal, con referencias obvias al país y los errores cometidos. Y «liberación», que para los japoneses adquirió un sentido más psicológico. Estados Unidos se dispuso a gobernar Japón con una serie de ideas iniciales, pero fue necesario trabajar mucho más para concretarlas y llevarlas a cabo. La principal era que Japón dejara para siempre de ser una amenaza militar. Las decisiones fueron rápidas y relativamente fáciles. Japón perdió todos los territorios incorporados después de 1868. Desde los ocupados tras las victorias sobre China en 1895 y Rusia en 1904, a los adheridos de Corea desde 1910, así como los que eran consecuencia de mandatos de la Sociedad de Naciones desde 1919 y, por supuesto, las conquistas desde el incidente de Manchuria de 1931. Se destruyeron arsenales, la Dieta abolió el Ejército y la Marina y, para rebanar su influencia social se prohibió que los antiguos mandos militares ostentaran cargos políticos y se incoaron juicios a los criminales de guerra por medio del Tribunal Militar Internacional para Extremo Oriente. Washington se hizo cargo también de las relaciones exteriores y no permitió siquiera contactos con los antiguos países neutrales, como Suecia y Suiza, que formalmente seguían representando intereses extranjeros en Japón.

La Constitución fue la culminación de unos cambios que fueron refrendados con la vuelta de la democracia. Desde el mismo año de la derrota, la vida política y sindical recuperó sus típicas disputas, incluida una amnistía a los varios miles de prisioneros políticos, que provocó la dimisión del primer ministro Higashikuni apenas dos meses después de acceder al cargo. Los reajustes en los partidos políticos fueron los típicos del comienzo de una nueva etapa. El antiguo Seiyukai pasó a ser el Partido Liberal, o Jiyūto, y el progresista Minseito pasó a ser el Partido Progresista de Japón (Nihon Shimpoto). En las primeras elecciones, en abril de 1946, el Partido Liberal salió vencedor y proclamó como primer ministro a Shigeru Yoshida, la figura decisiva de la política japonesa de posguerra. Los reajustes políticos también regresaron, porque las derechas se dividieron como consecuencia de la ley para nacionalizar el carbón, y de ese Partido Liberal se escindió un grupo de diputados que se unieron a otros progresistas para formar el Partido Liberal Democrático (Minshu Jiyūtō). Más allá de la proclamación de la nueva Carta Magna, el año 1947 fue la demostración palmaria de que la democracia se había implantado definitivamente en Japón. En definitiva, desmantelar la estructura de los zaibatsu, proclamar una ley antimonopolio, liquidar los holdings y vender públicamente las compañías de valores, y al mismo tiempo una desindustrialización lenta y en zozobra, no era la receta que necesitaba el Japón de posguerra. La preparación económica para la posguerra había sido muy escasa, las ideas reflejaban la confusión con el escenario europeo y un conocimiento muy superficial de cómo había funcionado la economía de los enemigos durante la guerra. Y apenas se hablaba de conceptos como la racionalización, la sistematización o seguir las líneas científicas, mientras que el primer informe importante sobre la situación del país que pudiera servir para tomar medidas fue en septiembre de 1946. Japón y Estados Unidos no solo decidieron olvidar el pasado, sino que encontraron un camino complementario que diluyó las noticias discordantes y limitó el impacto de las numerosas tensiones. Japón ofrecía un sometimiento político y una ayuda inestimable en cuestiones de seguridad, mientras que Estados Unidos garantizaba una presencia en el mundo sin ese ejército que había conllevado tantos problemas. Si el samurai japonés se reencarnó en el salaryman, como dice esa frase tantas veces repetida, fue con la complacencia estadounidense.

El optimismo económico permitió el despegue de dos sectores importantes: los electrodomésticos y el campo. La electrónica de consumo, en primer lugar, dio el salto a la producción masiva con Sanyo y Sharp como las empresas pioneras que vendieron a los japoneses sus primeras lavadoras o aspiradoras, e incluso los primeros televisores, gracias a tecnología ya existente antes de la guerra y sin popularizar por diversos motivos, en el caso de la televisión por el auge de la radio. Los años cincuenta fueron los del apogeo de los productores de grandes equipos eléctricos, como Toshiba, Hitachi, Mitsubishi, Fuji o Sony, una firma recién nacida con fama de buena tecnología. Las máquinas de coser eléctricas fueron el ejemplo de una producción para usar en casas particulares y no tardaron en ser también competitivas internacionalmente. La otra estrella del boom de los años cincuenta fue la industria pesada, como la metalúrgica y la maquinaria. La estrella fue la petroquímica, basada en la fabricación a partir del gas o del petróleo y capaz de producir al tiempo numerosos derivados o productos con unos costes más baratos. Desde entonces, los plásticos provocaron cambios de todo tipo, reemplazando los viejos productos de madera o metal, creando nuevas aplicaciones, como los invernaderos y, en el caso de Japón, acabaron de forma repentina con los furoshiki. Las telas cuadradas ubicuas que servían para envolver todo tipo de productos gracias a multitud de artes de envoltorios y de nudos pasaron a un baúl de los recuerdos del que están siendo recuperados por empresas de diseño. La acción del Estado y la burocracia también fueron decisivas para conseguir ese crecimiento inicial. Por un lado, resolviendo de forma inmediata los cuatro cuellos de botella de la economía. Para mejorar la producción eléctrica, se decidió construir presas hidroeléctricas; para mejorar la producción de acero, se racionalizó la producción; para aumentar la capacidad de transporte de la marina mercante, se concedieron préstamos a muy bajo interés a las compañías mercantes para comprar nuevos buques, y, para aumentar la producción de carbón, se mejoraron las capacidades de las minas. Por el otro, la burocracia elaboró políticas mediante leyes que después se aprobaban en el Parlamento sin grandes cambios y sin excesivos problemas, pero sobre todo creando un marco general que permitió desarrollarlas mejor. Las actuaciones decisivas de la burocracia a lo largo de esta década pueden estructurarse en cuatro ejes: el rigor en el uso de las divisas extranjeras, la modernización tecnológica, las presiones para un comportamiento acorde con las necesidades del país y la promoción de las industrias más convenientes.

La guerra fría hizo más frágil a la naciente democracia japonesa. El primer problema surgió durante la ocupación, porque se levantó la prohibición de ostentar cargos públicos y el regreso a la palestra de antiguos líderes políticos que hicieron lo posible por sustituir a Yoshida, considerado como un advenedizo. Incluso un grupo de ellos, encabezado por Ichirō Hatoyama, entregó una declaración escrita a favor del rearme a John Foster Dulles, entonces en Tokio supervisando las negociaciones del Tratado de Paz, para ganar el favor estadounidense. Con la independencia, quedaron claras las espadas de Damocles que colgaban sobre la democracia nipona, desde la incapacidad de los partidos para conseguir acuerdos a poner en marcha un sistema estable que permitiera los negocios y el progreso económico. Yoshida, por de pronto, fue incapaz de sobreponerse al desafío de los antiguos líderes detenidos. Convocó por sorpresa unas elecciones para agosto de 1952 en las que su partido obtuvo una victoria aplastante, 244 diputados del total de 466. Pero el triunfo no le sirvió para afianzarse. La crisis del petróleo marcó una nueva fase en el desarrollo económico y político japonés. En un contexto internacional desconocido hasta entonces, con la guerra en Vietnam activa pero sobre todo mientras emergía una China Popular enemistada con la Unión Soviética y se estaba acuñando el término «trilateralidad», el precio de la energía subió como nunca antes había ocurrido. Japón, así, vivió el primer episodio inflacionista en muchos años, acompañado de algunos momentos de pánico, pero con la tranquilidad de unas fórmulas pasadas exitosas que podían servir para el futuro. La cuestión recurrente en el ámbito político son las carencias de la democracia japonesa. Las críticas han sido numerosas, desde la corrupción extrema a la falta de alternancia o las quejas en torno a su idea de una pirámide truncada del poder: «Nadie es jefe, pero todos, de una forma u otra, tienen influencia sobre alguien más, lo que ayuda a asegurar una situación organizada». El hecho de ser una democracia precursora en Asia ha llevado a comparaciones que no eran las más apropiadas y a dejar de buscar la lógica particular y la coherencia propia de la política japonesa.

El comienzo de una nueva era siempre ha sido motivo de alegría en Japón y así ocurrió en 1989. El emperador Hirohito, de ochenta y ocho años, hacía meses que estaba enfermo de gravedad y la noticia de su muerte dio paso a las ceremonias por el nuevo período, con las expectativas consiguientes. Eran las mejores, pues el emperador entrante Akihito pertenecía a la generación de quienes habían sufrido en su propia infancia los desastres de la guerra y se había formado en la posguerra, en los años del esfuerzo por recuperarse en medio de numerosas dificultades. Y su esposa Michiko culminaba el cuento de hadas al ser la primera plebeya convertida en emperatriz de Japón. El encuentro en un partido de tenis en el que se conocieron y que cambió sus vidas y las del resto del país fue conocido por todo el planeta. Pero el ensimismamiento se torció pronto, tanto en el extranjero como en el mismo Japón. La última década del siglo XX fue la del solapamiento de esas crisis aparecidas en 1989. Las dudas provocadas por la caída de la Unión Soviética y el hueco dejado por su liderazgo se resolvieron pronto. La invasión de Kuwait primero y la guerra del Golfo de 1990 a 1991 pusieron de manifiesto que Japón no podía actuar ni con la rapidez suficiente ni con la claridad de ideas que exigía ejercer un liderazgo. Tenía mucho que cambiar para llegar a ser una potencia, le faltaba consenso político, limitaciones legales y normativas de todo tipo. Ante el estallido de la burbuja económica, la actuación fue radicalmente diferente. Porque si hasta entonces Tokio dio ejemplo de reaccionar con celeridad y de afrontar los problemas con entereza, en esos momentos ocurrió lo contrario. En 1992 la corrupción regresó al orden del día. Primero saltó el escándalo Kyowa, una corporación de apoyo a las productoras de acero que entregó dinero a Fumio Abe, líder hasta hacía unos meses de la misma facción a la que pertenecía Miyazawa. El escándalo Sagawa reveló lazos del PLD con la ultraderecha, pero sobre todo la magnitud insospechada de la corrupción. La empresa de distribución de paquetería Sagawa Kyūbin había entregado quinientos millones de yenes a Kanemaru, uno de los poderes fácticos del PLD del entorno de Tanaka y Takeshita, para conseguir una nueva ruta comercial. La crisis de las subprime de 2008 fue un gran mazazo para Japón. Con un consumo particular de nuevo muy débil, las expectativas de una mejora definitiva quedaron frustradas otra vez. Las reformas de Koizumi, de hecho, habían dejado a los bancos japoneses mejor preparados que ante la crisis de la burbuja de 1998, con la excepción de la banca minorista, aunque su fuerte concentración en el sector energético les perjudicó. Aun así, los problemas estructurales también quedaron en evidencia. Primero, porque la reducción de gastos del Estado mezclaba tanto los posiblemente superfluos, como las nuevas infraestructuras, con los menos necesarios a corto plazo, las universidades. Segundo, las únicas locomotoras del consumo volvieron a ser los beneficios empresariales y la inversión de capital, un hecho que contribuía poco a una pronta salida de la crisis, a diferencia de lo que había sucedido antaño. Tercero, el nuevo aumento de la deuda desde 2007. El envejecimiento de la población era cada vez más difícil de resolver, y abría la puerta a una todavía modesta participación extranjera, en torno al 3 %…

Japón sufre cerca de un 20 % de los terremotos por encima de 6 grados en la escala Richter, rodeado como está por cuatro placas que colisionan entre sí a una velocidad de entre 4-10 centímetros por año. La central nuclear de Fukushima está situada allí donde hay más seísmos, en la costa del Pacífico Norte, Sanriku, que corre paralela a la fosa oceánica en la zona donde desciende por debajo de la placa de Okhotsk, una fricción que viene provocando un terremoto de 8 grados cada 80-150 años. La historia recuerda esa peligrosidad. En la época Heian, en el año 868, hubo un terremoto con olas parecidas, el Jogan Sanriku, y se sabe de otros movimientos sísmicos especialmente dañinos en 1896 y 1933, de 8,4 y 8,5 grados, respectivamente. Los tsunamis provocaron que algunos pueblos decidieran reinstalarse en zonas más altas, tras sufrir olas superiores a los veinticinco metros y en torno a veinte mil muertes. Tras el Triple Desastre, los terremotos han seguido devastando Japón: en 2014, uno pequeño (6,4 grados) mató a 42 personas y otro, en 2016, a cincuenta, ambos en Kyūsh. El caso de la central de Fukushima es quizá el más grave, y no solo por su localización. Un año después de su puesta en marcha, en 1971, la Nuclear Regulatory Commission de Estados Unidos ya consideraba que, debido a su deficiente diseño, debería habérsele cancelado la licencia de operación. Después, en 1985, se alertó del 90 % de posibilidades de colapso en su contenedor de combustible, que debería usarse en caso de accidente grave, tal como se asegura en Nuclear Tsunami. Su localización junto al mar era lógica debido a la necesidad de agua para enfriar los desechos, pero la altura del muro de contención no se revisó, y tampoco la probabilidad de un accidente severo. La legislación, de hecho, limitó esas prevenciones a algo potestativo, y la central de Fukushima apenas tomó medidas: no solo el manual de operaciones era poco riguroso, sino que el personal tampoco había sido capacitado para afrontarlo. La central ya tenía su propia historia de fugas de sustancias radiactivas (1978 y 1989), y al salir a la luz en 2002 que TEPCO, la empresa propietaria, había falsificado 29 informes, bastaron la dimisión de directivos y una detención temporal de todos los reactores para que volviera a funcionar como antes. Fukushima tampoco se desmanteló en febrero de 2011, al cumplir cuarenta años, sino que apenas semanas antes del accidente se le autorizó a funcionar diez años más invocando un informe de la propia TEPCO que aseguraba que el reactor se había sido diseñado para trabajar durante seis décadas. El accidente de Fukushima ha venido a recordar que la fiabilidad absoluta es imposible, pero el ejemplo es mucho más válido que Chernóbil, una planta militar de producción de plutonio reconvertida para uso eléctrico. No hay modo de cuantificar la totalidad de los perjuicios causados por Fukushima Daiichi, pero el OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) situó el daño en el nivel 7, el máximo hasta ahora, junto con Chernóbil (1986). El proceso de desmantelamiento puede durar cuatro décadas, y resulta especialmente grave el problema del agua contaminada como consecuencia de enfriar el combustible nuclear fundido en los tres reactores dañados en el complejo. El agua sigue introduciéndose para refrigerar los reactores, se mezcla…

En Japón, la ciencia fue decisiva para que se produjera ese salto hacia la idea de que el hombre puede dominar el mundo. El cambio que en Japón se vivió con la época Meiji fue análogo al que se había vivido durante la Ilustración, pero si bien en Occidente esta nueva visión de la naturaleza surgió del pensamiento filosófico, en el caso de Japón apareció a raíz de las innovaciones científicas procedentes de Occidente. Promover la mentalidad científica en las escuelas y los medios de comunicación fue clave para la modernización, y de hecho a finales del siglo XIX se acuñó un nuevo término para definir la naturaleza, shizen 「自然」, con dos ideogramas: «uno mismo» y «bien» (o «espontaneidad»). De ello, además, surgieron numerosos términos adicionales que fueron cambiando su significado: shizenshugi 「自然主義」«naturalismo»; shizenhō 「自然法」«ley natural», y shizen kagaku 「自然科学」«ciencias naturales». La adversidad permite sacar lo mejor de sí a los japoneses. Frente a los deseos de mirar por los intereses personales y estar junto con la familia, predominó la perspectiva de grupo; muchos japoneses renunciaron a volver a sus pueblos de origen para, en su lugar, contribuir a que la sociedad recuperara la normalidad, por ejemplo contribuyendo a que sus empresas reabrieran las puertas, convencidos de que los demás también lo hacían. Los samurais eran temerarios en las batallas porque sabían que sus camaradas no se quedaban atrás; después, los trabajadores también se han implicado en los proyectos de las empresas porque eran vistos como una aspiración del grupo en la que participaban desde trabajadores a altos cargos.

Japón ha realizado esfuerzos importantes para mejorar el medio ambiente. Apenas produce el 4 % de las emisiones globales de CO2 frente al 20 % de China o Estados Unidos, y el consumo de energía de sus fábricas ha permanecido estable en las tres últimas décadas a pesar de que el PNB se ha doblado. Ante el cambio climático, Japón se ha convertido en líder mundial en resiliencia. En hidrografía, energía, transporte y otras infraestructuras esenciales, con centros de resiliencia con energías renovables, almacenamiento y eficiencia, Japón tiene un programa más avanzado y mejor financiado que otros países, tanto de forma privada como pública, con una Asociación para la Resiliencia de Japón que está dirigiendo los estudios. Ante los desastres cada vez más frecuentes que nos esperan, parece conveniente aprender de quien ya ha aprendido con la experiencia. Desde esta perspectiva, Japón ofrece caminos ya explorados ante las crisis que vive y vivirá el mundo. La capacidad de transformar el desastre en oportunidad ha sido lo que ha permitido cambiar de registro a los japoneses. Después de tres décadas de era Heisei, ese Japón renqueante en tantos ámbitos ha sabido salir airoso de esa doble trampa de crecimiento lento y gran terremoto con una autorrenovación cuyos resultados se verán en el futuro: el nuevo papel de la mujer, ver a los mayores como una oportunidad, la introducción de robots en la vida diaria o una apuesta por la multiculturalidad.

Japón ha conseguido el liderazgo mediante saltos cualitativos. Tras su identificación con las imágenes de guerreros valerosos y de mujeres refinadas en los tiempos bélicos, al llegar la paz pasó a avergonzarse de sí mismo con retazos bien visibles de hedonismo y después, con el progreso económico, más confiado, acabó regodeándose en la admiración. Fue a partir de la década de 1990 cuando su identidad cultural dio un salto definitivo a la cultura global. La influencia ha pasado después a los paladares, tanto en el espacio público como en el privado, y se ha multiplicado gracias a sus numerosos productos artísticos de gran consumo, en especial el manga, el anime, la cultura j-pop o los juegos de ordenador.

El pachinko, una variedad del pinball o «milloncete», se inventó para dar salida a los excedentes de cojinetes de bolas de las antiguas fábricas aeronavales militares de Nagoya. Consiste en redirigir bolas de acero para que entren en agujeros por medio de mandos, para los que se precisa un control milimétrico y un gran pulso, aunque en los nuevos modelos los ordenadores pueden controlar ese impulso y parecerse a otras máquinas tragaperras. Se creó para niños, pero no tardó en convertirse en una atracción preferente entre los obreros manuales y, con el paso del tiempo, de cualquiera que no precise tener compañía para pasar una buena tarde. El pachinko mantuvo su popularidad incluso cuando las carreras hípicas recibieron apoyo oficial, debido a la creciente importancia de la industria de la alimentación para animales. Se convirtió en el juego de apuestas más popular y en sus mejores momentos hubo unos once mil salones y el 10 % de la población era jugador habitual, junto con un porcentaje tres veces mayor de ocasionales. La inmensa cantidad de dinero que mueve el pachinko, en torno a los treinta billones de yenes en los mejores años, supera a la del resto de juegos azar juntos y ha causado, además de los imaginables casos de corrupción, problemas políticos importantes. Parte de los beneficios de este juego han pasado a Corea del Norte, pues muchos de los propietarios son coreanos con familia en estas regiones, y por tanto susceptibles de ser presionados para remitir dinero al régimen juche, aunque esto cada vez ha sido más difícil. El problema principal, sin embargo, ha sido el fiscal. Pasatiempos de mesa como el mahjong, el go y el shogi no solo se han mantenido a lo largo de la posguerra, sino que han ganado una especial vitalidad gracias a una modernización basada en la expansión internacional y en rangos parecidos a los existentes en las artes marciales, la ceremonia del té, la escritura o el ikebana. El juego más conocido es el mahjong, procedente de China, que, simplificado, se introdujo en Japón en la década de 1920 y tuvo éxito durante el Japón militarista, así como los puzles de palabras y el golf en miniatura. El auge del go y del shogi, en cambio, parece mantenerse gracias a su expansión internacional. El primero es un antiguo juego de estrategia inventado en China en el que el objetivo es ocupar el mayor territorio posible frente al adversario, y se popularizó a través de la Asociación Japonesa de Go, que publicó una revista en inglés, abrió centros en Occidente e incluso organizó tours de profesores profesionales. El número de jugadores es menor que el del mahjong, pero sus adeptos se precian de su creciente popularidad.

Japón cabalga a lomos de esa cultura de la vida cotidiana, o seikatsu, pero también de una sociedad que posee una amplia diversidad de bienes culturales, desde el humor al inconformismo, pero sobre todo mucha imaginación. Los cambios más decisivos para la cultura de masas en Japón son previos a la guerra, cuando el cosmopolitismo coincidió con el comienzo del cuidado del cuerpo y de los deportes actuales, y se divulgaron las músicas más populares, como el ryūkōka. La gran diferencia para la cultura de masas lo marcó el auge económico desde los años sesenta, que arrasó con una parte del viejo Japón y con ello una forma de vida con actividades reducidas en barrios con público cautivo, como miembro de una familia o como vecino de un barrio. La sociedad japonesa rompe moldes. La cohesión social ha permitido el auge económico, pero no evita las desigualdades y los jóvenes están más solos físicamente. El crecimiento de la producción ha sido consecuencia sobre todo del mercado interior, pero las tendencias de consumo niponas son seguidas en el resto del mundo, en parte porque muchos de sus productos son elaborados «sin olor cultural»: desde el sushi a los vídeos, los productos japoneses carecen cada vez más de «niponeidad». El acceso masivo actual de las mujeres al empleo está alterando las formas tradicionales de trabajar. Después de tanta convulsión, podrían sacarse conclusiones traumáticas, como que todo parecido con la sociedad de preguerra es simple casualidad, o que la modernidad se ha impuesto a la tradición. Un término académico lo resume mejor: «capacidad autorreproductiva», porque indica que las reinvenciones de la sociedad japonesa son continuas y se producen en ámbitos muy diversos, desde las empresas a la visión del propio país. Podría decirse también que a la sociedad japonesa le importa a cada individuo y que son numerosas las ventajas de ser japonés y formar parte de su sociedad. Pero también es necesario recordar que no faltan los problemas; y que sus características tampoco son únicas, como sucede en tantos otros países. Y que Japón está viviendo cambios radicales en los últimos años, en línea con lo que ocurre en muchos otros.

Los yakuzas se precian de tener un código ético. Se autodenominan un «grupo caballeresco» o ninkyō dantai, y se llenan la boca de frases pomposas de redención como «ayudar al débil y oponerse al poderoso» o «no regirse por la avaricia pese a ser un rufián», mientras que otorgan nuevas interpretaciones estéticas a los antiguos castigos. También reclaman haber defendido la legalidad porque asumieron las funciones del Estado cuando este era incapaz de hacerlo, como salvaguardar el orden tras la derrota en la segunda guerra mundial o proporcionar víveres a los damnificados del terremoto de Kobe de 1995. Junichi Saga recoge un testimonio que asegura: «Los yakuzas matamos por razones lógicas: el honor, el bien del clan». Se trata en todos los casos de autohalagos falsos, antecedentes más o menos simples de las fake news. Los yakuzas simplemente se aprovecharon de la debilidad del gobierno para amenazar y extorsionar y, en todo caso, tras el final de la segunda guerra mundial, contaron con la complicidad de las autoridades para debilitar a otros grupos en el mercado negro, como los coreanos. Sus organizaciones fueron muy poderosas. En 1950, las autoridades admitieron su incapacidad para proteger a la población de la Yakuza, y hacia 1960 había en torno a 5.200 bandas que operaban en todo el país, con un total de unos doscientos mil miembros fácilmente identificables por sus atuendos y aspecto (trajes negros, gafas de sol también oscuras y cortes de pelo al cero). Las principales facciones, como la Tosei-ka, del coreano Hisayuki Machii, y la Yamaguchi-gumi, de Kazuo Taoka, llegaron a una tregua gracias a la mediación de un antiguo espía ultranacionalista, Yoshio Kodama. Y el ejemplo principal del éxito mafio-empresarial fue la Yamaguchi-gumi, de Kobe, porque gracias a esa paz con sus vecinos, y a pesar de la regulación del gobierno, en la década de los setenta llegó a contar con oficinas en todo el país y cerca de doscientos mil miembros. La Ley de Medidas contra el Crimen Organizado de 1992 fue decisiva para combatir estos delitos, y a esta siguieron otras en 2011 para aumentar la presión policial. En general, se han logrado reducir sus actividades delictivas. Se empezó por identificar qué son los sindicatos del crimen. La debilidad de la Yakuza es evidente. Tras alcanzar una cifra cercana a los tres millones de crímenes, en 2016 se bajó del millón, algo que nunca había ocurrido desde la segunda guerra mundial y que permite pensar que el declive de las organizaciones mafiosas es definitivo. Además, la escalada de violencia y las luchas entre bandas rivales como consecuencia de una ruptura de la Yamaguchi-gumi en Kobe en el verano de 2015 llevó a la detención de numerosos miembros de los grupos por numerosos motivos, como extorsión y fraude. La situación actual, sin embargo, también puede ser resultado de una estrategia de adaptación a los nuevos tiempos. Ahora predominan más los engaños a jubilados para que les entreguen dinero, y la Yamaguchi invierte en IT (Information Technology) y en el mercado de acciones, donde las extorsiones pueden rendir beneficios más rápidos y dejan menos rastros.

Una de las primeras decisiones al acabar la guerra fue juzgar a los culpables. En poco tiempo se tomaron decisiones que quizá habría convenido preparar mejor, como los tres tipos de crímenes de guerra: contra la paz, contra soldados y civiles enemigos y «contra la humanidad». Este último tipo era para definir los asesinatos de civiles de la misma nacionalidad que el asesino, lo que en Japón no tenía mucho sentido y, de hecho, llevó a fusionar los dos últimos tipos. Se dictaminó además que los tribunales estarían capacitados para condenar de forma retroactiva por una figura acusatoria recién creada: «crímenes contra la paz». A esta premura se añadieron las dificultades logísticas de hacer justicia apenas unos meses después de concluir la guerra y los juicios, como es de imaginar, vivieron numerosas irregularidades. En el caso japonés, sin embargo, la premura comprometió la legitimidad de las condenas, por dos razones principales. Por un lado, debido a las críticas del único juez asiático, Radhabinod Pal, que se mostró especialmente crítico, subrayó las irregularidades del juicio y receló siempre de considerar los crímenes nipones como los únicos del conflicto, e incluso aseguró que en otro tribunal muchas pruebas incriminatorias no habrían sido dadas por válidas. Japón, ciertamente, tenía razones para quejarse por el maltrato que sus nacionales habían recibido por parte de los países que le acusaban de agresión. Y, ante unas resoluciones en algunos casos quizá apresuradas y en otros tal vez demasiado tardías, la opinión pública tendió a rehuir en la medida de lo posible la entrega de compatriotas para que fueran juzgados en el extranjero. Fue un comportamiento ante la justicia opuesto al alemán, como recuerda Franziska Seraphim. Bonn permitió que sus conciudadanos fueran juzgados en los países donde habían cometido los presuntos crímenes y que los juzgaran letrados extranjeros, pero en Tokio los acusados de crímenes de guerra fueron considerados antes japoneses que presuntos criminales, lo cual constituye una diferencia crucial que explica que el arrepentimiento alemán haya parecido más sincero. La nueva identidad de Japón deberá ser pacífica. Junto con la multitud de mestizos y de valores que se están asentando, los recuerdos de la guerra mundial deben reconvertirse. Hasta ahora, sin embargo, han transcendido la mera disputa bilateral o incluso la humanitaria, que han desembocado en la política. La desaparición de los afectados no conllevará el olvido y seguirá obstaculizando la proyección mundial de Japón en tanto no haya esfuerzos por vencedores y vencidos de la guerra mundial. En el ámbito de los extranjeros, convendría dejar los brochazos para ir a los detalles, y para eso es muy conveniente que la estatua del juez Pal y sus versos sobre la preeminencia final de la justicia sean un referente amplio. Pensar que personajes como Hirota no merecían la muerte no significa criticar la necesidad de castigar a los culpables de tantas masacres, y evitar palabras con connotaciones negativas no significa eludir ninguna verdad. Por parte japonesa, el papel de los propios investigadores nipones para comprobar y analizar calmadamente los hechos es tan necesario como en cualquier otro país. La excelente recepción en 2017 de un documental de NHK sobre la unidad 731 muestra que muchos predispuestos a escuchar opiniones negativas también valoran la decisión de discriminar entre hecho y ficción.

El karoshi, en definitiva, ha sido la punta del iceberg de una práctica empresarial ilegal de la que es difícil obtener cifras definitivas. El comienzo de la década de 1980 fue especialmente cruento en el ámbito laboral; aumentaron las depresiones abruptamente, un 200%, y en 1983 los suicidios crecieron un 18% —en particular los motivados por cuestiones económicas, en un 53%—. Tras el estallido de la burbuja los suicidios volvieron a crecer; después, una vez que el término karoshi se popularizó, entre 1988 y 2013 hubo 29.958 solicitudes de compensación y se ha llegado a calcular que ha supuesto hasta diez mil muertes anuales, casi todas de hombres. La legislación ha sido lenta. La Ley de Normas Laborales de 1997 hizo poco para resolverlo, apenas la creación de un primer teléfono de ayuda y un dictamen de la Corte Suprema señalando la obligación de las empresas de proteger la salud de sus trabajadores. En 2014, una ley específica para prevenir el karoshi se ha beneficiado de las iniciativas por todo el país para prevenir suicidios, con clases en las escuelas y personal en los municipios. Los médicos con formación especializada aumentan, así como la preocupación por atender al instante a suicidas en apuros y el enfoque especializado en hombres de mediana edad. Las denuncias por enfermedad mental relacionadas con el trabajo han crecido, por encima de las mil quinientas en 2016 por cuarto año consecutivo. La sociedad en su conjunto está cambiando, de cualquier forma. Las empresas que han violado las normas laborales reciben un nombre, burakku kigyō, «compañías negras o siniestras», que se ha popularizado en mangas, novelas e incluso con un premio anual, y a esta labor se ha sumado el gobierno con listados de las empresas que infringen las normas. El problema se está afrontando con una perspectiva amplia, porque las reformas apuestan por garantizar la equidad salarial entre hombres y mujeres, acabar con el trabajo no regular y afrontar otros ámbitos, como el teletrabajo, el cuidado de niños y mayores o reeducar a los trabajadores. Es necesario cambiar más aún, porque se ha comprobado la dificultad para empezar de nuevo cuando se sufre un grave problema personal, como perder la casa, el trabajo o la pareja. Con el final de la crisis, el problema de los suicidios se ha suavizado.

El envejecimiento desencadena efectos negativos en la cohesión social. La tradición de respeto a los mayores está sufriendo desafíos, como ocurre en Corea y China, y obliga al Estado a ocuparse de los mayores. Los planes para cubrir el hueco que dejan las jubilaciones están cambiando Japón definitivamente. La necesidad de mano de obra ha obligado a las empresas a diseñar las condiciones de trabajo del futuro y a convertirse en líderes de una tendencia que crecerá en el futuro. Están aumentando las ofertas a los jubilados, creando más empleos regulares, deberán conseguir que haya más mujeres en más puestos de dirección e integrar a los extranjeros más allá de una política de multiculturalidad, porque si se desea que se queden y que la población aumente será necesario una mezcla real de la población. La sociedad está cambiando lentamente, pero los trabajadores con horarios más relajados, las mujeres con más poder y los extranjeros quizá tan numerosos como en otros países de Europa metamorfosearán Japón de manera irremisible.

——————————–

A magnificent book. Japan has surprised both locals and strangers since 1945. With such tremendous poverty and galloping inflation, few could think that Japan would dodge conflicts in its environment. Few could imagine that his defeat at the hands of the United States would be the endorsement of his future progress. When the Liberal Democratic Party was founded in 1955, no one would have bet that it would hardly be five years without exercising power, more than any other in the democratic world. After astonishing his audacious handling of the previous economic crises, nobody thought that, after the “bubble economy” exploded, the morass would last more than a decade. It is not easy to understand how such a conservative and right-wing country carried out social democratic policies and achieved such egalitarianism. It was difficult to suppose that, having been attacked with two atomic bombs, Japan would suffer the most harmful nuclear accident in humanity. Few could think that Japan would solve the decline of their food production by exporting theirs at stratospheric prices. It is even possible to magnify the damage of your disasters. Like many others, the Japanese worshiped the golden calf of economic growth and as soon as they were the object of pride and gloating, they lowered their guard and ignored threats. Japan has risen with its own strength but has also sunk with its own mistakes: flattery has been more damaging than criticism and has fallen into the same traps for the second time. For the account that brings us, it is convenient to leave aside the superficial explanations and to know it better. Learn what is learned so that surprises are positive.

The Japanese clung to an impossible insularity. They have tended to praise it with the term shimaguni, or “country-island,” and if on the one hand they could reflect on Britain, at the time the similarity was seen with another isolated people, the Jews. According to a 2018 survey, Taiwan is the neighboring territory to which two-thirds of the Japanese feel closest, despite the fact that it has neither an embassy nor hardly any tourist trips, followed at a long distance by South Korea, preferred by hardly 15% And the most used comparison lately to explain the peculiarities of Japan is the so-called “Galapagos syndrome”, a term that began to be used to refer to its telephony so complex that it only has validity within the archipelago. Over time, the Ecuadorian archipelago has served to explain why some devices are successful only in Japan, why they can not connect with the outside world, why they continue to use videos, CDs and 3G phones and why technological innovations have tended to be gradual and not radical. In short, insular loneliness serves to explain broken and unsettled, and it comes to ensure that Japan has always been much broader, before the defeat, after, and of course in today’s globalized world. The culture of disaster has kept the Japanese attached to the moment. The repeated emergencies over the centuries have reaffirmed the idea that it is possible to sink, but also recover; that it is possible to solve problems for their own benefit to avoid being left behind and that it is convenient to work in groups to achieve synergies. Renewal, reinvention or rebirth are part of a culture that is aware of the emergency but also of planning.

Signing peace did not mean keeping it. Although the second postwar world was perhaps the most prepared in history, the unforeseen and the imponderables multiplied. The violence around Japan was the clearest example; what went wrong, could get worse even more. Asia became a powder keg, because of the violence but also because of the decisions of those years, in particular the displacement of millions of people due to military needs of all kinds, which left extreme poverty. It was reasonable to ask if Japan would also be involved in violent disputes. In part, because many Japanese were fighting with nationalist groups in order to maintain the struggle for the liberation of the Asian peoples, and partly because the penury made viable the outbreak of a social revolt, as anticipated by the former Prime Minister Fumimaro Konoe . The desire to recover peace once and for all was imposed for several reasons. The Japanese had suffered military insanity to a greater extent than the Germans did Nazism, and very few of them had benefited from sending home looted products or appropriating the personal property of deported Jews, as happened in the Third Reich. Apart from some military victories that inflamed their national pride, the Japanese experienced little relief since in 1937 the national production was put at the service of the war victory. Of the situation in Japan, after so many years of intervened economy, war and destruction, it can only be said that it was worse than the German one. Having been in Europe, the photographer John Swope described the damage on the continent as “insignificant” compared to those caused in Japanese cities, and lamented even the difficulty of photographing that destruction: “If in Germany there were still walls standing and many of the houses had been reduced to the frame, here there is nothing that has not been demolished; you can not even see craters caused by bombs or piles of rubble: everything is completely flat, as if the smoke had taken the whole city. ” Two words encapsulate those moments, one specific and another more recurrent. Kyodatsu, “prostration”, a depletion and despair of multiple dimensions, from the relevant hunger (the rationing coupons had been implemented as early as 1942) or ambition, to personal-centered introspection, with obvious references to the country and the mistakes committed. And “liberation”, which for the Japanese acquired a more psychological sense. The United States set out to govern Japan with a series of initial ideas, but it was necessary to work much harder to realize them and carry them out. The main one was for Japan to stop being a military threat forever. Decisions were quick and relatively easy. Japan lost all the incorporated territories after 1868. From the occupied after the victories over China in 1895 and Russia in 1904, to the adherents of Korea since 1910, as well as those that were the consequence of mandates of the League of Nations since 1919 and, Of course, the conquests since the Manchuria incident of 1931. Arsenals were destroyed, the Diet abolished the Army and the Navy and, in order to break their social influence, the former military commanders were banned from holding political office and criminal trials were opened. war through the International Military Tribunal for the Far East. Washington also took over foreign relations and did not even allow contacts with the former neutral countries, such as Sweden and Switzerland, which formally continued to represent foreign interests in Japan.

The Constitution was the culmination of changes that were endorsed with the return of democracy. From the same year of the defeat, political and union life recovered its typical disputes, including an amnesty to several thousand political prisoners, which led to the resignation of Prime Minister Higashikuni just two months after taking office. The readjustments in the political parties were typical of the beginning of a new stage. The old Seiyukai became the Liberal Party, or Jiyūto, and the progressive Minseito became the Progressive Party of Japan (Nihon Shimpoto). In the first elections, in April 1946, the Liberal Party emerged victorious and proclaimed as prime minister Shigeru Yoshida, the decisive figure of Japanese post-war politics. The political readjustments also returned, because the rights were divided as a consequence of the law to nationalize coal, and from that Liberal Party a group of deputies split up to join other progressives to form the Liberal Democratic Party (Minshu Jiyūtō). Beyond the proclamation of the new Magna Carta, the year 1947 was the glaring demonstration that democracy had been definitively implanted in Japan. In short, dismantling the structure of the zaibatsu, proclaiming an antitrust law, liquidating holding companies and publicly selling securities companies, and at the same time a slow and unsettled deindustrialization, was not the recipe that post-war Japan needed. The economic preparation for the postwar period had been very scarce, the ideas reflected the confusion with the European scene and a very superficial knowledge of how the economy of the enemies had worked during the war. And there was barely any talk of concepts such as rationalization, systematization or following scientific lines, while the first important report on the situation in the country that could be used to take action was in September 1946. Japan and the United States not only decided to forget the past, but they found a complementary path that diluted the discordant news and limited the impact of the numerous tensions. Japan offered political subjugation and invaluable help in matters of security, while the United States guaranteed a presence in the world without that army that had brought so many problems. If the Japanese samurai was reincarnated in the salaryman, as the phrase so often repeated, it was with American complacency.

The economic optimism allowed the takeoff of two important sectors: the appliances and the field. Consumer electronics, in the first place, made the leap to mass production with Sanyo and Sharp as the pioneering companies that sold their first washing machines or vacuum cleaners to the Japanese, and even the first televisions, thanks to pre-war technology. and without popularizing for various reasons, in the case of television due to the rise of the radio. The fifties were the peak of the producers of large electrical equipment, such as Toshiba, Hitachi, Mitsubishi, Fuji or Sony, a brand newborn with a reputation for good technology. The electric sewing machines were the example of a production for use in private homes and soon became also internationally competitive. The other star of the boom of the fifties was heavy industry, such as metallurgy and machinery. The star was the petrochemical industry, based on manufacturing from gas or petroleum and able to produce at the same time numerous derivatives or products with cheaper costs. Since then, plastics caused changes of all kinds, replacing old wood or metal products, creating new applications, such as greenhouses and, in the case of Japan, ended suddenly with the furoshiki. The ubiquitous square fabrics that were used to wrap all kinds of products thanks to a multitude of wrapping and knot arts passed into a trunk of memories that are being recovered by design companies. The action of the State and the bureaucracy were also decisive to achieve that initial growth. On the one hand, resolving immediately the four bottlenecks of the economy. To improve electricity production, it was decided to build hydroelectric dams; to improve steel production, production was rationalized; to increase the transport capacity of the merchant marine, very low interest loans were granted to the merchant companies to buy new ships, and, to increase the production of coal, the capacities of the mines were improved. On the other, the bureaucracy developed policies through laws that were then approved in Parliament without major changes and without excessive problems, but above all by creating a general framework that allowed them to develop better. The decisive actions of the bureaucracy throughout this decade can be structured in four axes: the rigor in the use of foreign currency, technological modernization, the pressures for a behavior according to the needs of the country and the promotion of the most important industries. convenient.

The cold war made the nascent Japanese democracy more fragile. The first problem arose during the occupation, because the prohibition against holding public office was lifted and the return to the forefront of former political leaders who did their best to replace Yoshida, considered an upstart. Even a group of them, headed by Ichirō Hatoyama, delivered a written statement in favor of rearming John Foster Dulles, then in Tokyo overseeing the Peace Treaty negotiations, to win the US favor. With independence, the swords of Damocles that hung over the Japanese democracy were clear, from the inability of the parties to reach agreements to implement a stable system that allowed business and economic progress. Yoshida, for one, was unable to overcome the challenge of the former leaders arrested. He called a surprise election for August 1952 in which his party won an overwhelming victory, 244 deputies of the total of 466. But the victory did not help him to take hold. The oil crisis marked a new phase in Japanese economic and political development. In an international context hitherto unknown, with the war in Vietnam active but especially as a People’s China emerged at enmity with the Soviet Union and the term “trilateralism” was being coined, the price of energy rose as never before. Japan, thus, lived the first inflationary episode in many years, accompanied by some moments of panic, but with the tranquility of some successful past formulas that could serve for the future. The recurring issue in the political arena is the shortcomings of Japanese democracy. Criticism has been numerous, from extreme corruption to lack of alternation or complaints about his idea of a truncated pyramid of power: “No one is a boss, but everyone, in one way or another, has influence over someone else, what helps to ensure an organized situation ». The fact of being a precursor democracy in Asia has led to comparisons that were not the most appropriate and to stop looking for the particular logic and coherence of Japanese politics.

The beginning of a new era has always been a source of joy in Japan and that was the case in 1989. Emperor Hirohito, aged eighty-eight, had been seriously ill for months and the news of his death gave way to ceremonies by the new period, with the consequent expectations. They were the best, for the incoming emperor Akihito belonged to the generation of those who had suffered in their own childhood the disasters of war and had formed in the postwar period, in the years of the effort to recover in the midst of many difficulties. And his wife Michiko culminated the fairy tale as the first commoner turned empress of Japan. The encounter in a tennis match in which they met and that changed their lives and those of the rest of the country was known all over the planet. But the self-absorption soon turned, both abroad and in Japan itself. The last decade of the twentieth century was the overlap of those crises that appeared in 1989. The doubts caused by the fall of the Soviet Union and the gap left by its leadership were soon resolved. The invasion of Kuwait first and the Gulf War from 1990 to 1991 made it clear that Japan could not act quickly enough or with the clarity of ideas required to exercise leadership. He had a lot to change to become a power, he lacked political consensus, legal and regulatory limitations of all kinds. Before the outbreak of the economic bubble, the action was radically different. Because if until then Tokyo gave an example of reacting quickly and dealing with problems with integrity, in those moments the opposite occurred. In 1992, corruption returned to the agenda. First, the Kyowa scandal broke out, a support corporation for steel producers that gave money to Fumio Abe, leader until a few months ago of the same faction to which Miyazawa belonged. The Sagawa scandal revealed links between the LDP and the extreme right, but above all, the unsuspected magnitude of corruption. The parcel distribution company Sagawa Kyūbin had delivered five hundred million yen to Kanemaru, one of the PLD’s de facto powers in the vicinity of Tanaka and Takeshita, to get a new trade route. The subprime crisis of 2008 was a big blow to Japan. With a particular consumption again very weak, the expectations of a definitive improvement were frustrated again. Koizumi’s reforms, in fact, had left Japanese banks better prepared than before the 1998 bubble crisis, with the exception of retail banking, although their heavy concentration in the energy sector hurt them. Even so, the structural problems were also evident. First, because the reduction of state expenditures mixed both the possibly superfluous ones, as well as the new infrastructures, with the less necessary in the short term, the universities. Second, the only locomotives of consumption returned to be business profits and capital investment, a fact that contributed little to an early exit from the crisis, unlike what had happened in the past. Third, the new increase in debt since 2007. The aging of the population was increasingly difficult to resolve, and opened the door to still modest foreign participation, at around 3% …

Japan suffers about 20% of earthquakes above 6 degrees on the Richter scale, surrounded as it is by four plates that collide with each other at a speed of 4-10 centimeters per year. The Fukushima nuclear power plant is located where there are more earthquakes, on the coast of the North Pacific, Sanriku, which runs parallel to the oceanic pit in the area where it descends below the Okhotsk plate, a friction that has been causing an earthquake 8 degrees every 80-150 years. History remembers that danger. In the Heian era, in the year 868, there was an earthquake with similar waves, the Jogan Sanriku, and it is known of other earthquakes especially harmful in 1896 and 1933, of 8,4 and 8,5 degrees, respectively. The tsunamis caused some people to decide to resettle in higher areas, after suffering waves of more than twenty-five meters and around twenty thousand deaths. After the Triple Disaster, earthquakes have continued to devastate Japan: in 2014, a small one (6.4 degrees) killed 42 people and another, in 2016, fifty, both in Kyūsh. The case of the Fukushima power plant is perhaps the most serious, and not only because of its location. A year after its implementation, in 1971, the Nuclear Regulatory Commission of the United States already considered that, due to its poor design, the operating license should have been canceled. Then, in 1985, it was alerted of 90% of possibilities of collapse in its fuel container, which should be used in case of a serious accident, as it is assured in Nuclear Tsunami. Its location by the sea was logical due to the need for water to cool the waste, but the height of the retaining wall was not revised, nor was the probability of a severe accident. The legislation, in fact, limited these preventions to something optional, and the Fukushima plant hardly took action: not only was the operations manual not very rigorous, but the personnel had not been trained to deal with it either. The plant already had its own history of leakage of radioactive substances (1978 and 1989), and when it came to light in 2002 that TEPCO, the company that owns it, had falsified 29 reports, the resignation of managers and a temporary detention of all employees were enough. reactors so that it would work again as before. Fukushima also was not dismantled in February 2011, when he turned forty years, but just weeks before the accident was authorized to operate for another ten years invoking a report from TEPCO itself that said the reactor had been designed to work for six decades . The Fukushima accident has come to remind us that absolute reliability is impossible, but the example is much more valid than Chernobyl, a military plutonium production plant reconverted for electrical use. There is no way to quantify the total damage caused by Fukushima Daiichi, but the IAEA (International Atomic Energy Agency) placed the damage at level 7, the maximum so far, along with Chernobyl (1986). The dismantling process can last four decades, and the problem of contaminated water as a consequence of cooling the molten nuclear fuel in the three damaged reactors in the complex is especially serious. Water is still being introduced to cool the reactors, it mixes …

In Japan, science was decisive for this jump to the idea that man can dominate the world. The change that was experienced in Japan with the Meiji era was analogous to that experienced during the Enlightenment, but while in the West this new vision of nature emerged from philosophical thought, in the case of Japan appeared as a result of scientific innovations coming from the West. Promoting the scientific mentality in schools and the media was key to modernization, and in fact at the end of the 19th century a new term was defined to define nature, shizen 「自然」, with two ideograms: “oneself” and “Good” (or “spontaneity”). From this, in addition, numerous additional terms arose that were changing their meaning: shizenshugi 「自然 主義」 «naturalism»; shizenhō 「自然 法」 «natural law», and shizen kagaku 「自然科学」 «natural sciences». Adversity allows the Japanese to get the best out of themselves. Faced with the desire to look for personal interests and be together with the family, the group perspective predominated; Many Japanese people refused to return to their home towns to, instead, contribute to society recovering normalcy, for example by helping their companies reopen their doors, convinced that others did too. The samurai were reckless in the battles because they knew that their comrades were not left behind; later, the workers have also been involved in the projects of the companies because they were seen as an aspiration of the group in which they participated from workers to high positions.

Japan has made important efforts to improve the environment. It barely produces 4% of global CO2 emissions compared to 20% in China or the United States, and the energy consumption of its factories has remained stable over the last three decades despite the fact that GNP has doubled. Climate change, Japan has become a world leader in resilience. In hydrography, energy, transport and other essential infrastructures, with resilience centers with renewable energy, storage and efficiency, Japan has a more advanced and better funded program than other countries, both privately and publicly, with an Association for the Resilience of Japan that is directing the studies. Faced with the increasingly frequent disasters that await us, it seems appropriate to learn from those who have already learned from experience. From this perspective, Japan offers ways already explored in the face of the crises that the world is going through and will live. The ability to transform disaster into opportunity has allowed the Japanese to change their registration. After three decades of era Heisei, that lame Japan in so many areas has managed to overcome this double trap of slow growth and great earthquake with a self-renewal whose results will be seen in the future: the new role of women, see the elderly as an opportunity, the introduction of robots in daily life or a commitment to multiculturalism.

Japan has achieved leadership through qualitative leaps. After his identification with the images of brave warriors and refined women in the war years, when peace came he was ashamed of himself with visible remnants of hedonism and later, with the economic progress, more confident, ended up basking in the admiration . It was from the 1990s when their cultural identity made a definitive leap to global culture. The influence has subsequently passed to the palates, both in the public and private spaces, and has multiplied thanks to its numerous consumer products, especially the manga, anime, j-pop culture or games of computer.

The pachinko, a variety of pinball or “milloncete”, was invented to output the surplus ball bearings of the former Nagoya military naval factories. It consists of redirecting steel balls to enter holes through controls, for which a millimeter control and a large pulse is required, although in the new models the computers can control that impulse and resemble other slot machines. It was created for children, but soon became a favorite attraction among manual workers and, with the passage of time, anyone who does not need company to spend a good afternoon. The pachinko maintained its popularity even when horse races received official support, due to the growing importance of the animal feed industry. It became the most popular gambling game and at its best there were about eleven thousand salons and 10% of the population was a regular player, along with a three times higher percentage of casuals. The immense amount of money that moves the pachinko, around thirty trillion yen in the best years, exceeds that of the rest of the gambling games together and has caused, in addition to the imaginable cases of corruption, important political problems. Part of the benefits of this game have passed to North Korea, as many of the owners are Koreans with families in these regions, and therefore susceptible to being pressured to remit money to the Juche regime, although this has been increasingly difficult. The main problem, however, has been the prosecutor. Table pastimes such as mahjong, go and shogi have not only been maintained throughout the postwar period, but have gained a special vitality thanks to a modernization based on international expansion and in ranges similar to those existing in the arts. martial arts, tea ceremony, writing or ikebana. The best-known game is the mahjong, from China, which, simplified, was introduced in Japan in the 1920s and was successful during militaristic Japan, as well as word puzzles and miniature golf. The boom of go and shogi, on the other hand, seems to be maintained thanks to its international expansion. The first is an old strategy game invented in China in which the objective is to occupy the largest possible territory against the adversary, and was popularized through the Japanese Go Association, which published a magazine in English, opened centers in the West and He even organized tours of professional teachers. The number of players is less than that of mahjong, but its followers appreciate its growing popularity.

Japan is riding on that culture of everyday life, or seikatsu, but also of a society that has a wide diversity of cultural assets, from humor to nonconformity, but above all, a lot of imagination. The most decisive changes for mass culture in Japan are prior to the war, when cosmopolitanism coincided with the beginning of body care and current sports, and the most popular music, such as ryūkōka, was disseminated. The great difference for mass culture was marked by the economic boom since the sixties, which wiped out a part of old Japan and with it a way of life with reduced activities in neighborhoods with a captive audience, as a member of a family or as a neighbor of a neighborhood. Japanese society breaks molds. Social cohesion has allowed the economic boom, but it does not avoid inequalities and young people are more physically alone. The growth of production has been a consequence mainly of the internal market, but the Japanese consumption trends are followed in the rest of the world, partly because many of their products are made “without cultural smell”: from sushi to videos, Japanese products are increasingly lacking in ‘niponeity’. The current massive access of women to employment is altering traditional ways of working. After so much convulsion, traumatic conclusions could be drawn, as that all resemblance to pre-war society is mere chance, or that modernity has imposed itself on tradition. An academic term sums it up best: “self-reproducing capacity”, because it indicates that the reinventions of Japanese society are continuous and occur in very different spheres, from companies to the vision of the country itself. It could also be said that Japanese society cares for each individual and that the advantages of being Japanese and being part of their society are numerous. But it is also necessary to remember that problems are not lacking; and that its characteristics are not unique either, as it happens in so many other countries. And that Japan is experiencing radical changes in recent years, in line with what happens in many others.

The yakuzas pride themselves on having an ethical code. They call themselves a “chivalrous group” or ninkyō dantai, and they fill their mouths with pompous phrases of redemption such as “helping the weak and opposing the powerful” or “not being greedy despite being a ruffian”, while granting new interpretations aesthetics to the old punishments. They also claim to have defended legality because they assumed the functions of the State when it was unable to do so, such as safeguarding order after the defeat in the Second World War or providing food to the victims of the 1995 Kobe earthquake. Junichi Saga collects a testimony that says: “The yakuzas kill for logical reasons: the honor, the good of the clan.” It is in all cases false autohalagos, more or less simple background of the fake news. The yakuzas simply took advantage of the government’s weakness to threaten and extort, and in any case, after the end of the Second World War, they counted on the complicity of the authorities to weaken other groups on the black market, such as the Koreans. Their organizations were very powerful. In 1950, the authorities admitted their inability to protect the population of the Yakuza, and by 1960 there were around 5,200 bands operating throughout the country, with a total of some two hundred thousand members easily identifiable by their attire and appearance (costumes blacks, dark sunglasses and haircuts at zero). The main factions, like the Tosei-ka, of the Korean Hisayuki Machii, and the Yamaguchi-gumi, of Kazuo Taoka, reached a truce thanks to the mediation of a former ultranationalist spy, Yoshio Kodama. And the main example of the mafio-business success was the Yamaguchi-gumi, of Kobe, because thanks to that peace with its neighbors, and in spite of the regulation of the government, in the decade of the seventies it came to have offices throughout the country and about two hundred thousand members. The Law on Measures against Organized Crime of 1992 was decisive in combating these crimes, and this was followed by others in 2011 to increase police pressure. In general, their criminal activities have been reduced. It began by identifying what are the crime syndicates. The weakness of the Yakuza is evident. After reaching a figure close to three million crimes, in 2016 it fell from one million, something that had never happened since the Second World War and that suggests that the decline of the Mafia organizations is final. In addition, the escalation of violence and fighting between rival gangs as a result of a breakup of the Yamaguchi-gumi in Kobe in the summer of 2015 led to the arrest of numerous members of the groups for numerous reasons, including extortion and fraud. The current situation, however, can also be the result of a strategy of adapting to the new times. Now, retirees are tricked into giving them money, and Yamaguchi invests in IT (Information Technology) and in the stock market, where extortions can yield quicker benefits and leave less traces.

One of the first decisions at the end of the war was to judge the culprits. In a short time, decisions were made that might have been better prepared, such as the three types of war crimes: against peace, against enemy soldiers and civilians and “against humanity”. This last type was to define the murders of civilians of the same nationality as the murderer, which in Japan did not make much sense and, in fact, led to the merging of the last two types. It was also ruled that the courts would be able to condemn retroactively by a newly created accusatory figure: “crimes against peace”. Added to this haste were the logistical difficulties of doing justice just a few months after the end of the war and the trials, as you can imagine, experienced numerous irregularities. In the Japanese case, however, the haste compromised the legitimacy of the sentences, for two main reasons. On the one hand, due to the criticism of the sole Asian judge, Radhabinod Pal, who was especially critical, he highlighted the irregularities of the trial and was always suspicious of considering the Japanese crimes as the only ones of the conflict, and even assured that in another court many proofs incriminations would not have been considered valid. Japan, certainly, had reasons to complain about the mistreatment that its nationals had received from the countries that accused it of aggression. And, in the face of resolutions in some cases perhaps hasty and in others perhaps too late, public opinion tended to avoid as far as possible the delivery of compatriots to be judged abroad. It was a behavior before the justice opposed to the German, as Franziska Seraphim recalls. Bonn allowed his fellow citizens to be tried in the countries where they had committed the alleged crimes and to be tried by foreign lawyers, but in Tokyo those accused of war crimes were previously considered Japanese as criminal suspects, which is a crucial difference that explains why German repentance has seemed more sincere. The new identity of Japan must be peaceful. Along with the multitude of mestizos and values that are settling down, the memories of the world war must be reconverted. So far, however, they have transcended the mere bilateral or even humanitarian dispute that has led to politics. The disappearance of those affected will not lead to oblivion and will continue to impede the worldwide projection of Japan as long as there are no efforts for winners and losers of the world war. In the field of foreigners, it would be convenient to leave the brushstrokes to go to the details, and for that it is very convenient that the statue of Judge Pal and his verses on the final pre-eminence of justice are a broad referent. To think that characters like Hirota did not deserve death does not mean criticizing the need to punish those guilty of so many massacres, and to avoid words with negative connotations does not mean to avoid any truth. On the Japanese side, the role of the Japanese researchers themselves to calmly check and analyze the facts is as necessary as in any other country. The excellent reception in 2017 of an NHK documentary about unit 731 shows that many predisposed to listen to negative opinions also value the decision to discriminate between fact and fiction.

The karoshi, in short, has been the tip of the iceberg of an illegal business practice from which it is difficult to obtain definitive figures. The beginning of the 1980s was especially bloody in the workplace; depressions increased abruptly, by 200%, and in 1983 suicides grew by 18% – in particular those motivated by economic issues, by 53%. After the bursting of the bubble the suicides began to grow again; later, once the term karoshi became popular, between 1988 and 2013 there were 29,958 requests for compensation and it has been estimated that it has involved up to ten thousand deaths per year, almost all of men. The legislation has been slow. The Labor Standards Act of 1997 did little to solve it, just the creation of a first helpline and an opinion of the Supreme Court pointing out the obligation of companies to protect the health of their workers. In 2014, a specific law to prevent karoshi has benefited from initiatives throughout the country to prevent suicides, with classes in schools and staff in municipalities. Physicians with specialized training increase, as well as the concern to attend instantly to suicides in distress and the specialized approach in middle-aged men. Reports of mental illness related to work have grown, exceeding one thousand five hundred in 2016 for the fourth consecutive year. Society as a whole is changing, in any way. Companies that have violated labor standards receive a name, burakku kigyō, “black or sinister companies”, which has become popular in manga, novels and even with an annual prize, and this work has been added by the government with listings of companies that violate the rules. The problem is being faced with a broad perspective, because the reforms are committed to ensuring wage equality between men and women, ending non-regular work and confront other areas, such as teleworking, caring for children and the elderly or re-educating workers . It is necessary to change even more, because it has been proven difficult to start again when you suffer a serious personal problem, such as losing your home, work or your partner. With the end of the crisis, the problem of suicides has softened.

Aging unleashes negative effects on social cohesion. The tradition of respect for the elderly is suffering challenges, as in Korea and China, and forces the State to take care of the elderly. Plans to fill the gap left by retirements are definitely changing Japan. The need for labor has forced companies to design the working conditions of the future and to become leaders in a trend that will grow in the future. They are increasing the offers to retirees, creating more regular jobs, they must get more women in more management positions and integrate foreigners beyond a multicultural policy, because if you want them to stay and that the population increases it will be necessary a real mixture of the population. Society is slowly changing, but workers with more relaxed schedules, women with more power and foreigners perhaps as numerous as in other European countries will inevitably metamorphose Japan.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .