Indios, Chinos, Falsarios. Las Historias Del Mundo En El Renacimiento — Giuseppe Marcocci / Indios, Cinesi, Falsari. Le Storie Del Mondo Nel Rinascimento by Giuseppe Marcocci

Un libro más que interesante. Vivimos en una época en que el tiempo se comprime. La rapidez de los desplazamientos y la posibilidad de comunicarse en unos instantes con quien se halla en el otro extremo del mundo nos producen la sensación de estar inmersos en el vórtice de un eterno presente, ya sin futuro que construir, y a la vez separados de un pasado que, obsoleto y extraño, se aleja a toda velocidad. A ese pasado parecen cada vez más pertenecer los historiadores, guardianes de un saber antiguo. Como sucedió en un momento dado con los artesanos, que poco a poco fueron desapareciendo ante el triunfo de la sociedad industrial, el cuidado con que realizan sus pulidas manufacturas ya no basta para asegurarles la subsistencia. En la actualidad se pide a la historia que formule preguntas y proponga análisis capaces de abordar sociedades de composición cultural cada vez menos uniforme. La solución no estriba en inventar un pasado a la medida del presente.

Hoy está muy difundida la insatisfacción respecto de la idea de una excepcionalidad intrínseca de Europa, y luego de Occidente, de la misma manera en que resulta cada vez más arbitraria la pretensión de aplicar al resto del mundo esquemas e interpretaciones elaboradas por la historia europea. Esta insatisfacción conecta un sector del público de lectores –potencialmente global si comparten una de las lenguas vehiculares de nuestro tiempo– con la comunidad internacional de los historiadores, en la que hoy se enfrentan estudiosos procedentes de una variedad de tradiciones intelectuales y lingüísticas sin precedentes. No se trata de sustituir un relato de la historia del mundo por otro, sino de recuperar su polifonía perdida mediante investigaciones cuidadosas sobre las fuentes, capaces de restablecer conexiones, porosidades e hibridaciones, aunque sin construir la imagen anacrónica de un mundo cosmopolita y exento de violencia. Por el contrario, es justamente este tipo de análisis lo que ha restituido la plena conciencia de la medida en que el período comprendido entre los siglos XV y XIX ha estado dominado por la competencia entre imperios globales. En 1559 se imprimió en Venecia un mapamundi en forma de corazón, realizado según un modelo francés de 1534. Pero los nombres de los lugares fueron escritos en turco, la «lengua que domina el mundo», como se lee en el largo aparato textual, también en turco, que acompaña al mapa. Las circunstancias en las que vio la luz no están del todo claras. Su confección parece remontarse a un círculo de estudiosos relacionados con la memoria del gran visir de Solimán, Ibrahim Pasha. Antes de su ejecución en 1536, había sostenido una interpretación del poder del sultán como heredero de la soberanía universal de Alejandro Magno y de los emperadores romanos. Esa visión iba acompañada del énfasis en la dimensión europea del Imperio otomano, en abierto desafío al Sacro Imperio Romano de los Habsburgo. A finales de la década de 1550, esa idea del Imperio, inspirada en la Antigüedad clásica, cuya herencia se habría encarnado en Solimán, era todavía muy bien vista por algunos miembros de la élite culta otomana, pese a no ser turcos de nacimiento.

El énfasis que se ha puesto sobre la indiferencia inicial de los europeos respecto a América contrasta con la importancia que más tarde, en los siglos posteriores al XVI, se atribuyó al nuevo continente. En sentido contrario, un estudio de las similitudes y de las diferencias en las reacciones de los europeos y los no europeos respecto del mundo exterior permitiría hacernos una idea más correcta en el terreno de la historia, aunque a condición de no limitarnos a tomar únicamente en cuenta las relaciones con el Nuevo Mundo y de rechazar cualquier otro antagonismo dual entre Europa, por una parte, y el resto del mundo, por otra. Además, es indudable que la cultura europea del Renacimiento no constituía un bloque homogéneo, sino que estaba recorrida por tensiones internas y tradiciones en mutua competencia. Su participación en un mundo más vasto que Europa, del que extraía inspiración y en el que, por lo demás, como ya se ha dicho, veían en esos años la luz intentos similares de producir historias que conectaban entre sí los pasados de hombres, sociedades y potencias de un planeta en transformación.

Los primeros españoles que comenzaron a recorrer México central inmediatamente después de la conquista de Hernán Cortés (1521), deambulaban por un paisaje todavía marcado por grandiosos testimonios de las sociedades prehispánicas, con restos de edificios y templos sagrados que confundieron con pirámides egipcias o mezquitas islámicas. Tenochtitlan (antiguo nombre de la actual Ciudad de México), Tlaxcala, Cholula, Iztapalapa, Texcoco y Tlacopán eran centros urbanos del altiplano del valle de México con decenas de miles de habitantes. Los nuevos señores que llegaban del mar tuvieron entonces la sensación de entrar en un mundo paralelo, donde la vida parecía haberse desarrollado sin contacto alguno con el resto de la humanidad. Las páginas en las que Motolinía da a conocer sus fuentes presentan una reveladora ambigüedad. Dice haber recogido sus noticias de los «libros antiguos que estos naturales tenían de caracteres y figuras», difíciles de interpretar «a causa de no tener letras», pero también de la «memoria de los hombres», que a menudo entraba en contradicción con aquellos. La manera en que emplea los materiales de los que dispone se ve afectada sobre todo por la decisión de presentarlos en la forma de genealogías de pueblos colonizadores. Explica que de «cinco» códigos pictográficos, confió particularmente en uno, al que denomina «Xiuhtonalamatl». A estas alturas, la conclusión no sorprenderá. La reconstrucción más antigua que ha llegado a nosotros de la historia prehispánica de los indios escrita por un autor europeo dice fundarse en fuentes y testimonios indígenas, pero en realidad es el producto del encuentro de esas tradiciones con el mayor falsario del Renacimiento. Por tanto, su fiabilidad queda gravemente comprometida. Al mismo tiempo, sin embargo, al modo de la piedra filosofal de los alquimistas, el método de Annio transmutó una materia informe a ojos de los europeos, como era el pasado del antiguo México, en el oro de un relato que, al responder a la necesidad de insertarlo en un diseño providencial superior, podía pasar a formar parte de la historia del mundo. No sabemos en qué momento Motolinía leyó las Antiquitates.

China y el deseo de saber más acerca de ella eran, por tanto, temas recurrentes en el pensamiento de Cosme I cuando decidió decorar los ambientes privados de su monumental residencia, renovada en estilo renacentista, con mapas preciosos y actualizados. Este florentino fue el ejemplo más insigne de una tendencia a contemplar el mundo con una perspectiva que en la segunda mitad del siglo XVI se propagó con rapidez en otros lugares de Italia. Ciertamente, la presencia de globos, planisferios y mapamundis en las habitaciones secretas de los poderosos, además de responder a un gusto que se alimentaba del conocimiento de los nuevos espacios geográficos, reflejaba también la ambición de posesión que acompañó los proyectos de ciertos estados de incluirse en los flujos de la mundialización ibérica. Desde el Mediterráneo se contemplaban atentamente las regiones del mundo que los imperios ibéricos habían sometido o con las que habían entrado en contacto. No es paradójico que la ciudad europea en la que se acumulaban los nuevos conocimientos sobre China fuera la metrópolis más occidental del continente. Precisamente debido a la posición geográfica que la proyectaba al centro del mundo atlántico, Lisboa se había convertido en la capital del primer imperio. Las Navigationi son deudoras de la colección que organizara el humanista Johan Huttich y que vio la luz en Basilea con el título de Novus Orbis (1532). Esta obra contiene, en traducción latina, una serie de textos recientes no únicamente sobre América, con la explícita intención de demostrar su superioridad sobre las antiguas obras de geografía, todavía predominantes en la cultura humanística. Se encuentran allí escritos que el propio Ramusio habría traducido, pero sin un plan de conjunto comparable y sobre todo sin los autores antiguos que las Navigationi, en cambio, incluyen. Si el Novus Orbis, como es evidente desde la elección del título, acusa la profunda influencia del descubrimiento de América, Ramusio, por su parte, inicia el primer volumen de su colección con la exaltación de la «costumbre de los antiguos, continuada hasta nuestros días». En muchas ocasiones se sugiere la importancia de los conocimientos y de los viajes de los antiguos. No se debía romper con el pasado, al contrario. Solo se trataba de corregir los posibles errores mediante oportunas actualizaciones, gracias a las obras de los «escritores de nuestro tiempo y la descripción de los mapas marítimos portugueses. Sobre el tratado de Galvão –al punto de traducir su título como «los descubrimientos del mundo», donde el plural señalaba un proceso todavía en curso–, Hakluyt traiciona su enfoque hasta llegar a convertir la obra de un católico portugués en base de futuras celebraciones del naciente Imperio inglés, fundado en la fe protestante y en un orgulloso espíritu antiibérico. La imagen de un mundo modelado por la circulación de hombres y mercancías, que Galvão había dejado entrever en su texto escrito en un hospital de Lisboa, estaba destinada a contrastar con una época de imperios y agresivas potencias emergentes y en competición recíproca, en la que no había sitio para su singular intuición renacentista de la rica polifonía de pasados sobre la que se apoyaba la mundialización.

Si bien el descubrimiento de que otras poblaciones del mundo tenían un pasado estimuló en el siglo XVI reacciones inesperadas entre ciertos historiadores, esa tensión creadora se atenuó con el paso del nuevo siglo. No es que hubiese menguado el interés, sino más bien al contrario. Escribir historias del mundo se fue convirtiendo en una tarea cada vez más delicada debido precisamente a la mayor conciencia de la importancia que los horizontes globales estaban adquiriendo para las potencias europeas. Ese tipo de obras se hizo entonces objeto de producción oficial y se agregó a la multitud de ediciones para el gran público que se imprimían en Venecia. Ya no era época de reclamar la plena dignidad del pasado prehispánico de América, ni de volver a evocar las épocas en que las rutas del océano Índico habían estado dominadas por las enormes flotas chinas. La materia ilimitada y proteiforme de la historia del mundo favoreció un proceso de selección que con toda prepotencia reinstaló a Europa y la primacía de la religión cristiana en el centro, acomodando el relato a la exigencia de celebrar un imperio o una orden misionera en particular, en perjuicio del resto. Resurgían tendencias ya existentes en la historiografía medieval y renacentista, origen de un doble vicio de fondo de las historias supuestamente universales que se escribieron en Europa en los siglos siguientes: por un lado, la correspondencia entre la distinta atención que se prestaba a las diversas partes del planeta y la posición que se atribuía a las respectivas culturas dentro de una jerarquía con vértice en Europa; por otro lado, la connotación marcadamente política, a menudo acompañada del intento de legitimar por medio de la historia un determinado orden del mundo, tanto en el presente como en el futuro. El libro de Maffei apareció en Florencia en latín, pero rápidamente se tradujo al italiano y fue objeto de muchas reimpresiones. Es difícil sobreestimar su importancia, pese a no tratarse de una historia del mundo, sino de una de las dos Indias, nombre evocativo que abarcaba las tierras no europeas, con la relevante excepción de África y la península Arábiga. El tiempo durante el que se utilizó ese concepto –piénsese que la Histoire des deux Indes, del abad Reynal, es de 1770– da testimonio de la persistencia que la unidad de dos continentes tan distintos como América y Asia conservó para la mirada de los europeos. La de Maffei era la primera historia de las Indias Orientales que se publicaba en la época de las exploraciones. Pero, a pesar del título, no recupera la historia milenaria de Asia, y opta, en cambio, por una exposición informada y plana, centrada de lleno en la presencia europea, desde el desembarco de Vasco da Gama hasta la muerte del rey Juan III de Portugal (1557).

¿Qué tuvieron en común un fraile dominico famoso como falsario, un capellán de Ulm autor de un tratado sobre las costumbres del mundo en el que no se aludía a América, un hombre de estado y bibliotecario veneciano que recogió obras de geografía e historia y relatos de viajes de todo el mundo mientras comerciaba con las Antillas, y un humanista que contó las historias de su tiempo y creó un museo con los retratos de algunos de sus protagonistas? Annio da Viterbo, Hans Böhm, Giovanni Battista Ramusio y Paolo Giovio ofrecieron modelos de escritura que en el Renacimiento hizo posible que otros escribieran historias del mundo. Sin la lectura de sus obras, escritas entre Italia y Alemania, ni el misionero franciscano Toribio de Benavente, apodado Motolinía, ni el capitán portugués Antonio Galvão, ni el indio quechua don Felipe Guamán Poma de Ayala, ni el polígrafo italiano de origen griego Giovanni Tarcagnota y sus continuadores, habrían sabido organizar su material, tan rico y huidizo, en relatos capaces de coordinar los múltiples pasados del mundo. Los actuales historiadores globales más atentos a reconocer en detalle las conexiones entre lugares y culturas del pasado seguramente no deben reivindicar como sus precursores a los historiadores del mundo del siglo XVI y principios del XVII, de esos lejanos intentos es posible tal vez extraer algo más de confianza respecto del calado de los interrogantes que se formulan.

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A great book. We live in a time when time is compressed. The rapidity of the displacements and the possibility of communicating in a moment with whoever is at the other end of the world give us the sensation of being immersed in the vortex of an eternal present, with no future to build, and at the same time separated from a past that, obsolete and strange, moves away at full speed. To this past historians seem increasingly to belong, guardians of ancient knowledge. As happened at a given moment with the artisans, who little by little were disappearing before the triumph of the industrial society, the care with which they perform their polished manufactures is no longer enough to ensure their subsistence. Nowadays, history is asked to formulate questions and propose analyzes capable of tackling societies of less and less uniform cultural composition. The solution is not to invent a past tailored to the present.

Today there is widespread dissatisfaction with the idea of an intrinsic exceptionality of Europe, and then of the West, in the same way that it is increasingly arbitrary the claim to apply to the rest of the world schemes and interpretations developed by European history. This dissatisfaction connects a sector of the audience of readers – potentially global if they share one of the vehicular languages of our time – with the international community of historians, in which today students come from a variety of unprecedented intellectual and linguistic traditions. It is not a matter of replacing a story of the history of the world with another, but of recovering its lost polyphony through careful research on sources, capable of reestablishing connections, porosities and hybridizations, although without building the anachronistic image of a cosmopolitan and exempt world. violence. On the contrary, it is precisely this type of analysis that has restored full awareness of the extent to which the period between the fifteenth and nineteenth centuries has been dominated by competition between global empires. In 1559 a world-shaped heart map was printed in Venice, made according to a French model of 1534. But the names of the places were written in Turkish, the “language that dominates the world,” as it is read in the long textual apparatus, also in Turkish, which accompanies the map. The circumstances in which he saw the light are not entirely clear. Its preparation seems to go back to a circle of scholars related to the memory of the great vizier of Suleyman, Ibrahim Pasha. Prior to his execution in 1536, he had held an interpretation of the sultan’s power as heir to the universal sovereignty of Alexander the Great and the Roman emperors. That vision was accompanied by the emphasis on the European dimension of the Ottoman Empire, in open challenge to the Holy Roman Empire of the Habsburgs. At the end of the 1550s, this idea of the Empire, inspired by classical antiquity, whose heritage would have been embodied in Suleiman, was still very well seen by some members of the educated Ottoman elite, although they were not Turks by birth.

The emphasis that has been placed on the initial indifference of Europeans towards America contrasts with the importance that later, in the centuries after the XVI, was attributed to the new continent. On the other hand, a study of the similarities and differences in the reactions of Europeans and non-Europeans with respect to the outside world would allow us to have a more correct idea in the field of history, although on the condition that we do not limit ourselves to taking only it counts the relations with the New World and of rejecting any other dual antagonism between Europe, on the one hand, and the rest of the world, on the other. In addition, there is no doubt that the European culture of the Renaissance did not constitute a homogeneous block, but was crossed by internal tensions and traditions in mutual competition. Their participation in a wider world than Europe, from which they drew inspiration and in which, as has already been said, in those years they saw similar attempts to produce stories that connected the past of men, societies and powers of a planet in transformation.

The first spaniards who began to visit central Mexico immediately after the conquest of Hernán Cortés (1521), wandered through a landscape still marked by great testimonies of pre-Hispanic societies, with remains of buildings and sacred temples that they mistaken for Egyptian pyramids or Islamic mosques . Tenochtitlan (former name of the current Mexico City), Tlaxcala, Cholula, Iztapalapa, Texcoco and Tlacopán were urban centers of the highlands of the Valley of Mexico with tens of thousands of inhabitants. The new gentlemen who came from the sea then had the feeling of entering a parallel world, where life seemed to have developed without any contact with the rest of humanity. The pages on which Motolinía reveals his sources present a revealing ambiguity. He claims to have collected his news from the “old books that these natives had of characters and figures,” difficult to interpret “because of not having letters,” but also of the “memory of men,” which often contradicted those. The way in which he uses the materials available to him is affected above all by the decision to present them in the form of genealogies of colonizing peoples. He explains that of “five” pictographic codes, he relied particularly on one, which he calls “Xiuhtonalamatl”. At this point, the conclusion will not surprise. The oldest reconstruction that has come to us from the prehispanic history of the Indians written by a European author says to be based on indigenous sources and testimonies, but in reality it is the product of the meeting of those traditions with the greatest falsifier of the Renaissance. Therefore, its reliability is seriously compromised. At the same time, however, in the manner of the philosopher’s stone of the alchemists, the method of Annio transmuted a material report to the eyes of Europeans, as was the past of ancient Mexico, in the gold of a story that, in responding to the need to insert it into a superior providential design could become part of the history of the world. We do not know at what moment Motolinia read the Antiquitates.

China and the desire to know more about it were, therefore, recurrent themes in the thought of Cosme I when he decided to decorate the private rooms of his monumental residence, renovated in Renaissance style, with precious and updated maps. This Florentine was the most famous example of a tendency to contemplate the world with a perspective that spread rapidly in other parts of Italy in the second half of the sixteenth century. Certainly, the presence of globes, planispheres and world maps in the secret rooms of the powerful, besides responding to a taste that was nourished by the knowledge of the new geographic spaces, also reflected the ambition of possession that accompanied the projects of certain states of inclusion in the flows of Iberian globalization. From the Mediterranean, the regions of the world that the Iberian empires had undergone or with which they had come into contact were closely watched. It is not paradoxical that the European city in which the new knowledge about China accumulated was the westernmost metropolis of the continent. Precisely because of the geographical position that projected it to the center of the Atlantic world, Lisbon had become the capital of the first empire. The Navigationi are indebted to the collection organized by the humanist Johan Huttich and which was published in Basle with the title of Novus Orbis (1532). This work contains, in Latin translation, a series of recent texts not only about America, with the explicit intention of demonstrating its superiority over the ancient works of geography, still predominant in the humanistic culture. There are written there that Ramusio himself would have translated, but without a comparable set plan and above all without the old authors that the Navigationi, on the other hand, include. If the Novus Orbis, as is evident from the election of the title, accuses the profound influence of the discovery of America, Ramusio, for his part, initiates the first volume of his collection with the exaltation of the “custom of the ancients, continued until our days”. On many occasions the importance of the knowledge and travel of the ancients is suggested. You should not break with the past, on the contrary. It was only a matter of correcting possible errors through timely updates, thanks to the works of the “writers of our time and the description of the Portuguese maritime maps. On the treaty of Galvão – to the point of translating his title as “the discoveries of the world”, where the plural signaled a process still in progress -, Hakluyt betrays his approach to the point of converting the work of a Portuguese Catholic on the basis of future celebrations of the nascent English Empire, founded on the Protestant faith and a proud anti-Iberian spirit. The image of a world modeled by the circulation of men and goods, which Galvão had hinted at in his written text in a hospital in Lisbon, was destined to contrast with a time of empires and aggressive emerging powers and in reciprocal competition, in which there was no room for his unique Renaissance intuition of the rich polyphony of the past on which globalization rested.

Although the discovery that other populations of the world had a past stimulated in the sixteenth century unexpected reactions among certain historians, that creative tension was attenuated with the passage of the new century. It is not that interest has waned, but rather the opposite. Writing stories of the world was becoming an increasingly delicate task due precisely to the greater awareness of the importance that the global horizons were acquiring for the European powers. That type of works was then made the subject of official production and added to the multitude of editions for the general public that were printed in Venice. It was no longer a time to claim the full dignity of America’s pre-Hispanic past, nor to recall the times when the Indian Ocean routes had been dominated by the huge Chinese fleets. The unlimited and protean material of the history of the world favored a selection process that with all arrogance reinstated Europe and the primacy of the Christian religion in the center, accommodating the story to the requirement of celebrating an empire or a missionary order in particular, to the detriment of the rest. Resurgence already existing trends in medieval and Renaissance historiography, origin of a double vice of the background of the supposedly universal stories that were written in Europe in the following centuries: on the one hand, the correspondence between the different attention paid to the various parties of the planet and the position that was attributed to the respective cultures within a hierarchy with vertex in Europe; on the other hand, the markedly political connotation, often accompanied by the attempt to legitimize a specific order of the world through history, both in the present and in the future. Maffei’s book appeared in Florence in Latin, but was quickly translated into Italian and was the subject of many reprints. It is difficult to overestimate its importance, despite not being a world history, but one of the two Indies, an evocative name that encompassed non-European lands, with the relevant exception of Africa and the Arabian peninsula. The time during which this concept was used – think that the Histoire des deux Indes, by Abbot Reynal, is from 1770 – testifies to the persistence that the unity of two continents as different as America and Asia preserved for the gaze of Europeans . Maffei’s was the first history of the East Indies that was published at the time of the explorations. But, in spite of the title, it does not recover the millenary history of Asia, and opts, instead, for an informed and flat exhibition, centered in full on the European presence, from the landing of Vasco da Gama until the death of King Juan III of Portugal (1557).

What did they have in common a famous Dominican friar as a fake, a chaplain of Ulm author of a treatise on the customs of the world in which there was no reference to America, a statesman and Venetian librarian who collected works of geography and history and stories from trips around the world while trading with the Antilles, and a humanist who told the stories of his time and created a museum with portraits of some of its protagonists? Annio da Viterbo, Hans Böhm, Giovanni Battista Ramusio and Paolo Giovio offered models of writing that in the Renaissance made it possible for others to write stories about the world. Without reading his works, written between Italy and Germany, neither the Franciscan missionary Toribio de Benavente, nicknamed Motolinía, nor the Portuguese captain Antonio Galvão, nor the Quechua Indian Felipe Guamán Poma de Ayala, nor the Italian polygraph of Greek origin Giovanni Tarcagnota and his followers, would have known how to organize their material, so rich and elusive, in stories capable of coordinating the multiple pasts of the world. The current global historians, more attentive to recognizing in detail the connections between places and cultures of the past, surely should not claim as their predecessors the world historians of the sixteenth and early seventeenth centuries, from those distant attempts it is possible to extract something more from confidence regarding the depth of the questions that are formulated.

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