Un Buen Hijo — Pascal Bruckner / A Dutiful Son by Pascal Bruckner

El libro es un ejercicio de memoria fragmentado y que no aborda el amor y el odio desde los convencionalismos. La incomprensión del hijo por parte del padre no tiene explicación, ni las heridas consuelo, ni las pérdidas reconciliación. Esto no es una história, ni tiene moraleja. Esto es lo que Pascal Bruckner recuerda que vivió, nada más ni menos que eso. Por eso no sobra nada, por eso cada parte del libro es tan necesaria. El libro es auténtico Pascal Bruckner, niño, le solicita a Dios, en sus oraciones, la muerte de su padre, al que más adelante calificará de Atila doméstico. El clima del domicilio de los Bruckner es asfixiante, imprecación antitodo y especialmente antisemita, violencia doméstica contra la esposa, maltrato físico y moral del hijo único. El recuento de los agravios por parte de este último es exhaustivo. Aunque recuerde también algunas «playas de armonía», el ejercicio es terrible y agotador —para el lector, pero, todavía más, para el narrador—, especialmente en todo lo que se refiere a la relación del personaje central del libro con su mujer, que encima comparte lo principal de las ideas de su verdugo.

Conocimos a Pascal Bruckner, escritor, novelista y ensayista, talentoso, voluntariamente provocativo y cínico. Ahora conocemos al hombre, a través de Un buen hijo, la historia de sus complejas relaciones con su padre, pero también la historia de una vida, tanto literaria como personal, construida como una reacción a esta aplastante y odiada figura del padre. El libro comienza con la oración de un niño de 10 años, el propio autor: “Dios mío, te dejo la elección del accidente, dejé que mi padre se suicide”. Porque este hombre es un ogro, un tirano doméstico que da vida a su hijo y a su madre (especialmente) un infierno casi permanente, con algunas remisiones, especializado en la humillación y la violencia. El retrato a cargar es terrible. Sin embargo, el odio de Bruckner se ha convertido en una especie de aceptación forzada de este personaje atroz sin llegar al punto del perdón. Imposible. Un buen hijo no se parece a libros escritos sobre el mismo tema. El escritor ha disipado la ira ahora que este padre ya no es de este mundo. Dibuja una declaración, enumera los hechos, recuerda el antisemitismo primario y atroz de este nostálgico Petain. Pero detrás de la figura del monstruo, Pascal Bruckner evoca su propia identidad, cómo podría vivir y, a pesar de esta sombra, y forjar armas para convertirse en lo que es, una antítesis casi perfecta. No es la parte menos emocionante del libro que esta búsqueda de equilibrio, a través de sus libros, sus amistades y sus amores. Con este miedo a veces encontrar en él, en su comportamiento, las huellas de este padre. Pero es a este último, como bien sabe el escritor, que debe haberse convertido en lo que es y ha sido. Con claridad, en una escritura sobria y límpida, un buen hijo dice y testifica. Y es tan doloroso como suele ser conmovedor.

Los padres violentos tienen una ventaja: no te atontan con su dulzura y sus arrumacos, no juegan a ser hermanos mayores o amigos tuyos. Te despiertan como si fueran una descarga eléctrica, te convierten en un eterno luchador o un eterno oprimido. El mío me comunicó su rabia: le estoy muy agradecido. El odio que me inculcó también me salvó. Lo volví contra él como un bumerán.

Me enteré de su muerte, el 18 de agosto de 2012, mediante un lacónico SMS de mi hijo que recibí a las cinco de la madrugada, yo estaba de vacaciones con el resto de la familia y algunos amigos a orillas del lago Powell, en el Oeste americano, a caballo entre Arizona y Utah. Una arritmia ventricular le había provocado un paro cardíaco a la hora del almuerzo. No había sufrido. Quedé a la vez aliviado y abrumado. Inmediatamente pensé: «Vuelven a empezar las complicaciones». Un hilillo de tristeza quedó ahogado por una oleada de angustia ante las gestiones que tendría que emprender. No me defraudaron, y comprendí que iba a hundirme en una ciénaga administrativa. Todavía dura. Descubrí el sabroso mundo de las pompas fúnebres, esa combinación de retórica compasiva y matemática financiera. Me gustó la obsequiosidad, la voz dulzona, la sonrisa sintética de los empleados. Su mímica hiperbólica está hecha para distraernos de nuestro dolor, y a veces lo conseguían. Después del funeral, iba una boda, seguramente más jugosa. A veces Dios tiene sentido del humor.

Mi padre me permitió pensar mejor pensando contra él. Yo soy su derrota: ese es el regalo más hermoso que me hizo. Mientras el horizonte se hace más estrecho, yo conservo una línea de conducta: no cambiar nada de mi vida, confirmar todas mis opciones. Me iré sin haber aprendido nada, solo el precio sin precio de la existencia. El mundo es una llamada y una promesa: en todas partes hay seres sobresalientes, obras maestras que descubrir. Hay demasiadas cosas que desear, demasiadas cosas que aprender y muchas páginas por escribir. Mientras sigamos creyendo, mientras sigamos queriendo, estamos vivos. Yo espero ser inmortal hasta el último aliento.

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The book is an exercise of fragmented memory and does not address love and hatred from conventionalisms. The incomprehension of the son by the father has no explanation, nor the consolation wounds, nor the reconciliation losses. This is not a story, nor does it have a moral. This is what Pascal Bruckner remembers that he lived, nothing more nor less than that. That’s why there’s nothing left over, that’s why every part of the book is so necessary. The book is authentic Pascal Bruckner, a child, asks God, in his prayers, for the death of his father, whom he later describes as domestic Attila. The climate of the Bruckner’s home is stifling, anti-Jewish and especially anti-Semitic imprecation, domestic violence against the wife, physical and moral mistreatment of the only child. The recount of the grievances by the latter is exhaustive. Although I also remember some “harmony beaches”, the exercise is terrible and exhausting – for the reader, but even more so for the narrator – especially in everything that refers to the relationship of the central character of the book with his wife, that over shares the main ideas of his executioner.

We met Pascal Bruckner, writer, novelist and essayist, talented, voluntarily provocative and cynical. Now we know man, through A Good Child, the story of his complex relationships with his father, but also the story of a life, both literary and personal, constructed as a reaction to this crushing and hated figure of the father. The book begins with the prayer of a 10-year-old boy, the author himself: “My God, I leave you the choice of accident, I let my father commit suicide”. Because this man is an ogre, a domestic tyrant who gives life to his son and his mother (especially) an almost permanent hell, with some remissions, specialized in humiliation and violence. The portrait to upload is terrible. However, Bruckner’s hatred has become a kind of forced acceptance of this atrocious character without reaching the point of forgiveness. Impossible. A good son does not look like books written on the same subject. The writer has dispelled the anger now that this father is no longer of this world. Draw a statement, list the facts, remember the primary and atrocious anti-Semitism of this nostalgic Petain. But behind the figure of the monster, Pascal Bruckner evokes his own identity, how he could live and, in spite of this shadow, and forge weapons to become what he is, an almost perfect antithesis. It is not the least exciting part of the book that this search for balance, through his books, his friendships and his loves. With this fear sometimes find in him, in his behavior, the traces of this father. But it is the latter, as the writer well knows, that he must have become what he is and has been. With clarity, in a sober and clear writing, a good son says and testifies. And it is as painful as it is usually moving.

Violent parents have an advantage: they do not stun you with their sweetness and their cuddles, they do not play to be older brothers or friends of yours. They wake you up like an electric shock, make you an eternal fighter or an eternal oppressed. Mine communicated his anger: I am very grateful. The hatred that he instilled in me also saved me. I turned him against him like a boomerang.

I learned of his death, on August 18, 2012, through a laconic SMS from my son that I received at five in the morning, I was on vacation with the rest of the family and some friends on the shores of Lake Powell, in the American West, straddling Arizona and Utah. A ventricular arrhythmia had caused a cardiac arrest at lunchtime. I had not suffered. I was both relieved and overwhelmed. Immediately I thought: «Complications start again». A trickle of sadness was drowned out by a wave of anguish at the steps he would have to take. They did not disappoint me, and I understood that I was going to sink into an administrative morass. It still lasts. I discovered the tasty world of funeral pouches, that combination of compassionate rhetoric and financial mathematics. I liked the obsequiousness, the sweet voice, the synthetic smile of the employees. His hyperbolic mimicry is meant to distract us from our pain, and sometimes they succeeded. After the funeral, there was a wedding, probably more juicy. Sometimes God has a sense of humor.

My father allowed me to think better thinking about him. I am his defeat: that is the most beautiful gift he gave me. While the horizon gets narrower, I keep a line of conduct: do not change anything in my life, confirm all my options. I will go without having learned anything, only the price without price of existence. The world is a call and a promise: everywhere there are outstanding beings, masterpieces to discover. There are too many things to be desired, too many things to learn and many pages to write. As long as we continue to believe, as long as we continue to love, we are alive. I hope to be immortal until the last breath.

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