Esclavos Del Tiempo: Vidas Aceleradas En La Era Del Capitalismo Digital — Judy Wajcman / Pressed for Time: The Acceleration of Life in Digital Capitalism by Judy Wajcman

Si nos sentimos presionados por el tiempo, el autor argumenta, no es culpa de la tecnología. En cambio, dice, es culpa de las prioridades y los parámetros que nosotros mismos establecemos. Lo que ella no puede apreciar es cómo nuestras expectativas de inducción de estrés están moldeadas por el entorno tecnológico invasivo y adictivo que nos rodea. El argumento de Wajcman tiene muchos matices, pero tal vez debido a ese hecho y la jerga académica que abunda, a menudo carece de la claridad que los lectores pueden desear. Esto es especialmente cierto en su capítulo final, que no ofrece consejos prácticos para despresurizar nuestras vidas, aparte de disfrutar de la “tensión creativa” de ser apresurado y “abrazar” el potencial emancipador de la tecnociencia para crear nuevos significados y nuevos mundos mientras estamos siendo el mismo su principal crítico ”- ¡lo que sea que eso signifique! Ausente del libro también hay una referencia a un trabajo anterior, Hipercultura: el costo humano de la velocidad, que abordó este mismo problema hace casi dos décadas, pero tal vez con mayor perspicacia y valor.

Todo lo que ha creado es la ansiedad (debido a la hiperconectividad vacía), las tendencias antisociales (debido a las cabezas mirando hacia abajo a los dispositivos), el falso prestigio (pretendiendo estar ocupado e importante), el aprendizaje del byte de sonido (nadie realmente lee nada de profundidad). más), el pensamiento grupal (todos regurgitan la misma mierda instantáneamente en las redes sociales a través de sus dispositivos), y la pérdida del pensamiento crítico. La actividad es recompensada independientemente de su valor. Es increíble para mí que la gente ahora pueda leer sus teléfonos y iPads en reuniones de negocios. Esto no solo es grosero, es terriblemente improductivo. El libro de Wajcman aborda nuestro ritmo acelerado, las presiones sobre nuestro tiempo, la conectividad constante y la falta de intimidad en la era de las redes sociales. Está bien escrito y discutido. Mientras se proponen soluciones, parece imposible revertir la marea. Todos debemos aprender que no se trata de velocidad, se trata de ser mejores y de utilizar las herramientas para este fin en lugar de ser utilizadas por las herramientas. Estoy a favor de esto porque no quiero ser uno de los drones sin mente que miran la pantalla pero que no absorben nada mientras el mundo real se mueve a su alrededor.

Nuestra vida moderna desgranada en sus pro y sus contras, con inteligencia. Mientras la gente trata de afrontar las presiones de la sociedad contemporánea intentando encontrar suficiente tiempo para trabajar, tiempo para la familia y tiempo para el ocio, e incluso tiempo para dormir. De hecho, el deseo de ralentizar el ritmo de vida aparece cada vez más en los estudios sobre felicidad y bienestar. La falta de control sobre el propio tiempo y el acceso desigual al ocio se identifican como importantes dimensiones de injusticia social. Al tiempo que proliferan las tecnologías, resulta que no tenemos más tiempo para nosotros mismos; de hecho, muchos de nosotros tenemos menos. ¿Cómo, exactamente, la tecnología ha acelerado el ritmo de la vida cotidiana? ¿Cómo nos ha hecho estar más atareados en lugar de hacernos más libres? ¿Cómo es que recurrimos a dispositivos digitales para aliviar la falta de tiempo y, sin embargo, los culpamos de incrementarla? Esa es la paradoja fundamental.

El tiempo puede parecer intrínsecamente igualitario, en tanto que todo el mundo dispone solamente de veinticuatro horas al día, de siete días a la semana y de doce meses al año, y así seguirá siendo en las épocas venideras. Sin embargo, la soberanía temporal y la suficiencia de tiempo libre son importantes indicadores de una buena vida. La cantidad de tiempo del que disponemos es un aspecto crucial de la libertad y la autonomía individual, y, a la vez, un indicativo de igualdad.

Nuestra obsesión por hacer más cosas a la vez es sintomática de nuestro frenético ritmo de vida. La comunicación electrónica ha aumentado esta velocidad de forma exponencial. La velocidad de las transacciones financieras automatizadas, que actualmente está pasando de los milisegundos a los microsegundos (es decir, millonésimas de segundo), se ha hecho emblemática en ese sentido. Se trata de una velocidad muy superior a los tiempos de reacción humanos, que suelen oscilar entre unos ciento cuarenta milisegundos para los estímulos auditivos y los doscientos milisegundos para los estímulos visuales. Las percepciones del tiempo cambian con el surgimiento de nuevas ideas y de nuevos inventos, pero eso siempre ocurre en el contexto de ideas, hábitos, aparatos materiales y prácticas culturales preexistentes. Entender cómo se ha reconfigurado el tiempo en el pasado puede ayudarnos a estar más atentos a algunos de los profundos cambios en la conciencia del tiempo que todavía se están produciendo en nuestra propia época.

La conciencia de lo que nuestras configuraciones sociales, económicas y tecnológicas le deben al pasado hace que la tesis de la sociedad de la aceleración resulte más inteligible. Conectar con esos debates anteriores nos lleva a darnos cuenta de que las cuestiones que hoy afrontamos no son nuevas en sí mismas. Eso no reduce en nada su urgencia. Pero para poder desarrollar una perspectiva crítica con respecto a los discursos sobre la aceleración que nos rodean, debemos situarlos en una perspectiva histórica más completa de lo que generalmente se reconoce. El discurso de la aceleración tiende a abordar superficialmente y a ocultar hasta qué punto el ritmo de la vida moderna depende de los propios recursos y de las opciones que los hacen posibles. En realidad, tanto el control del tiempo como el acceso a la movilidad reflejan y refuerzan el poder. La existencia moderna presupone un mundo multimodal y tecnológicamente repleto de una conectividad ubicua. La comunicación electrónica y los nuevos sistemas de medios de comunicación forman cada vez más la urdimbre de nuestra vida cotidiana. Aunque existen investigaciones sobre la multitarea en relación con los niños, el estudio de la multitarea en relación con la tecnología digital apenas está empezando a surgir. Sin embargo, el concepto de sociedad de la aceleración antes perfilado presupone la existencia de un vínculo directo entre la aceleración tecnológica y la creciente escasez de tiempo.

Hoy, el grado en que nuestras vidas se ven consumidas por las TIC no tiene precedentes, y debemos superar estas visiones polarizadas de la relación entre las tecnologías y nuestra experiencia del tiempo. La tecnología no tiene ninguna lógica temporal intrínseca, de modo que incluso los mismos dispositivos pueden tener dinámicas contradictorias. Los teléfonos móviles, a los que habitualmente se culpa de acelerar el ritmo de vida, desempeñan un importante papel tanto a la hora de mantener la sociabilidad como de proporcionar una forma de cuidado basado en el habla. Puede que la comunicación contemporánea resulte extremadamente mediada, pero eso no significa necesariamente que el tiempo dedicado a comunicarse a través de estos canales sea de menor calidad o importancia. Las mismas tecnologías que promueven la extensión del tiempo de trabajo también pueden aumentar la autonomía y el control sobre cuándo y dónde se realizan las tareas laborales. Las tecnologías rápidas e inteligentes proporcionan una oportunidad incomparable para alcanzar una sociedad más humana y justa; basta tener presente que el ajetreo no depende de los artilugios en sí, sino de las prioridades y parámetros que nosotros mismos establecemos. Ha llegado el momento de cuestionar la euforia de la velocidad y el impulso tecnológico de alcanzarla, haciendo uso de nuestra inventiva para tomar el control de nuestro tiempo durante más tiempo.

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If we feel pressed for time, the author argues, it’s not technology’s fault. Instead, she says, it’s the fault of the priorities and parameters we ourselves set. What she fails to appreciate is how much our stress-inducing expectations are shaped by the invasive and addictive technological environment that surrounds us. Wajcman’s argument is highly nuanced but, perhaps because of that very fact and the academic jargon it abounds in, often lacks the clarity readers may crave. This is especially true of her concluding chapter which fails to offer practical advice for depressurizing our lives apart from enjoying the “creative tension” of being rushed and “embrac[ing] the emancipatory potential of technoscience to create new meanings and new worlds while at the same being its chief critic” – whatever that means! Absent from the book also is a reference to an earlier work, Hyperculture: The Human Cost of Speed, that addressed this same issue almost two decades ago, but perhaps with greater insight and courage.

All this has created is anxiety (due to vacuous hyper connectivity), anti-social tendencies (due to heads down staring at devices), faux prestige (pretending to be busy and important), sound byte learning (no one really reads anything of depth anymore), group think (everyone regurgitates the same crap instantaneously in social media via their devices), and the loss of critical thinking. Activity is rewarded regardless of its value. It is incredible to me that people can now read their phones and iPads in business meetings. This is not only rude it is horrendously unproductive. Wajcman’s book addresses our accelerated pace, pressures on our time, constant connectivity, and lack of intimacy in the age of social media. It is well written and argued. While solutions are proposed it seems impossible to reverse the tide. We all must learn that it is not about speed, it is about being better and using the tools to this end rather than being used by the tools. I am for this because I do not want to be one of the mindless drones staring at screen but absorbing nothing while the real world moves around them.

Our modern life shelled in its pros and cons, with intelligence. While people try to face the pressures of contemporary society trying to find enough time to work, time for the family and time for leisure, and even time to sleep. In fact, the desire to slow down the pace of life appears more and more in the studies on happiness and well-being. The lack of control over one’s time and unequal access to leisure are identified as important dimensions of social injustice. As technologies proliferate, it turns out that we do not have more time for ourselves; In fact, many of us have less. How, exactly, has technology accelerated the pace of everyday life? How has it made us more busy instead of making us more free? How is it that we resort to digital devices to alleviate the lack of time and, nevertheless, blame them for increasing it? That is the fundamental paradox.

Time may seem intrinsically egalitarian, while everyone has only twenty-four hours a day, seven days a week and twelve months a year, and will continue to be so in the coming ages. However, temporary sovereignty and the sufficiency of free time are important indicators of a good life. The amount of time we have is a crucial aspect of individual freedom and autonomy, and, at the same time, an indication of equality.

Our obsession to do more things at the same time is symptomatic of our frantic pace of life. Electronic communication has increased this speed exponentially. The speed of automated financial transactions, which is currently moving from milliseconds to microseconds (that is, millionths of a second), has become emblematic in that sense. It is a speed much higher than the human reaction times, which tend to oscillate between a hundred and forty milliseconds for auditory stimuli and two hundred milliseconds for visual stimuli. Perceptions of time change with the emergence of new ideas and new inventions, but that always happens in the context of preexisting ideas, habits, material devices and cultural practices. Understanding how time has been reconfigured in the past can help us to be more attentive to some of the profound changes in time consciousness that are still occurring in our own time.

The awareness of what our social, economic and technological configurations owe to the past makes the thesis of acceleration society more intelligible. Connecting with these earlier debates leads us to realize that the issues we face today are not new in themselves. That does not reduce his urgency at all. But in order to develop a critical perspective on the discourses on the acceleration that surround us, we must place them in a more complete historical perspective than is generally recognized. The discourse of acceleration tends to superficially address and hide to what extent the pace of modern life depends on the resources themselves and the options that make them possible. In reality, both time control and access to mobility reflect and reinforce power. Modern existence presupposes a multimodal and technologically full world of ubiquitous connectivity. Electronic communication and new media systems are increasingly the warp of our daily lives. Although there is research on multitasking in relation to children, the study of multitasking in relation to digital technology is just beginning to emerge. However, the concept of acceleration society outlined above presupposes the existence of a direct link between technological acceleration and the growing shortage of time.

Today, the degree to which our lives are consumed by ICT is unprecedented, and we must overcome these polarized visions of the relationship between technologies and our experience of time. Technology has no intrinsic temporal logic, so even the same devices can have contradictory dynamics. Mobile phones, which are usually blamed for accelerating the pace of life, play an important role both in maintaining sociability and providing a form of care based on speech. Contemporary communication may be extremely mediated, but that does not necessarily mean that the time spent communicating through these channels is of lesser quality or importance. The same technologies that promote the extension of working time can also increase autonomy and control over when and where work tasks are performed. The fast and intelligent technologies provide an incomparable opportunity to reach a more humane and just society; it is enough to keep in mind that the hustle and bustle does not depend on the gadgets themselves, but on the priorities and parameters that we ourselves establish. The time has come to question the euphoria of speed and the technological impulse to achieve it, making use of our inventiveness to take control of our time for a longer time.

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