El Paraguas Balcánico. Un Paseo Sin Protocolos — Enrique Criado / The Balkan Umbrella. A Walk Without Protocols by Enrique Criado (spanish book edition)

Un muy buen libro sobre experiencias De un diplomático desde Canberra a Bulgaria y países aledaños, el desconocimiento de la costumbre búlgara de las nekrologs, una especie de esquelas con foto que ponen en lugares públicos como fachadas, farolas o árboles, pero también en el interior de los portales. Muchas de ellas lo que hacen es recordar el aniversario del fallecimiento de un familiar, pero al ver tres o cuatro en mi portal asumí que todas eran muertes recientes, como de una pandemia… El delicioso olor que surge de casi todas las casas búlgaras a final del verano, cuando asan pimientos rojos para conservarlos de cara al invierno. Cada hogar búlgaro tiene un aparato que sirve solo para asar pimientos, el chushkopek. A veces la conserva es de pimientos enteros y otras de un preparado similar al pisto manchego, que llaman lutenitsa. Por el mercado de Sofía que llaman jali y pararme en las fuentes termales municipales, donde había cola para rellenar garrafas de un agua que sale caliente y a la que atribuyen todo tipo de efectos curativos, pese a las advertencias contrarias del ayuntamiento. Luego seguí recorriendo la avenida María Luiza hasta el Puente de los Leones que cruza el canal.

Existe una gran tradición de música clásica en Sofía, con buenos conservatorios y auditorios, como la Sala Bulgaria, llenos de un público entendido y que ha pagado un precio muy razonable por la entrada o por su abono de temporada. Lo mismo sucede con la ópera. Las pocas veces que yo había ido en otros sitios —Madrid, Sídney, quizá con la excepción de Viena—, recuerdo que tenía que sacar las entradas con mucha antelación, que me resultaba caro y hasta un poco trabajoso. En Sofía, sin embargo, puedes ir dando un paseo… El 1 de marzo se celebra en Bulgaria «Baba Marta», la abuela Marta, juego de palabras con el nombre del mes, que en búlgaro se dice mart. Según la tradición búlgara, se regala una pulsera de colores rojo y blanco, llamada martenitsa, deseando buena suerte y confiando en que la primavera llegue pronto. La última semana de febrero se llenan las calles de puestos de martenitsi y el día 1 casi es posible contar cuántos amigos tiene cada persona en función del número de pulseras que cuelguen de su muñeca. Para que la fortuna y la protección de «Baba Marta» te acompañe, tienes que llevar las martenitsi puestas hasta que aprecies el primer síntoma de la primavera: el vuelo de una cigüeña o un brote verde en una planta. Lo que debes hacer entonces es atar tu martenitsa a la rama de un árbol. De modo que a partir de mediados de abril las ramas de los árboles de los parques búlgaros se llenan de colgajos rojos y blancos. Esta tradición, al parecer prerromana, la he empezado a ver en España también, sobre todo en las zonas con mayor presencia de búlgaros — grandes ciudades y costa mediterránea—.

Estambul luce con orgullo la tradición y la combina, casi insolente, con la modernidad de su ciudad financiera y sus nodos de comunicaciones. En el barrio de Galata, subiendo la voz por encima del chirrido del tranvía, conversan los clientes de una cafetería, tomando unos té moruno, y otros, café turco, mientras que en la mesa de al lado fuman shisha y beben el yogur aguado que en Bulgaria llaman airán. Si estos alzan la mirada, verán cómo aquí y allá intentan despuntar entre el tupido bosque de minaretes una columna romana, el tejado de una sinagoga o el campanario de una iglesia. Los viandantes alternan ropas occidentales (como esas gafas de sol que los españoles admiramos en los italianos, pero con las que no nos atrevemos, taconazos de vértigo, escotes prominentes y vestidos ajustados) con las cada vez más frecuentes túnicas y piadosos hijabs. Las barbas hípsteres y las de los islamistas, el fez y la gorra de béisbol, la mano que juega como autómata con el iPhone o con el tasbih, el equivalente musulmán del rosario cristiano. Son impresionantes las dos mezquitas del centro, muy cercanas una de la otra. La que comúnmente llaman la mezquita antigua la comenzó a construir en el siglo XV el emir Suleimán y fue concluida por su hermano, el sultán Mehmet I. Su patio central es un remanso de paz al que apenas llega como un murmullo el bullicio que reina tras sus espesos muros, en la plaza del mercado, donde los ciclomotores esquivan puestos de fruta y a vendedores de carcasas de móviles, mientras unos viandantes compran un baklava chorreante de almíbar. La otra, la de Selimiye, es aún más grande y majestuosa. Su construcción entre 1566 y 1574 fue encomendada a Mimar Sinan, el arquitecto más prestigioso del Imperio otomano, en conmemoración de la conquista de Constantinopla un siglo antes. Desde 2011 es patrimonio de la Unesco y sus altísimos minaretes tuvieron que ser reconstruidos, una vez más por el factótum Atatürk, tras el huracán que los derribó en 1930. Sus múltiples boveditas azuladas son parecidas a la mezquita que se encuentra en el Museo de la Salud, un precioso complejo arquitectónico del siglo XV, un poco alejado del centro, que funciona desde entonces como hospital y que ahora alberga la Facultad de Medicina de la Universidad de Tracia.

El Palacio de Invierno es hoy el principal de los cinco o seis edificios que componen el imponente Hermitage, el gran museo de las colecciones imperiales rusas, a las que se fue sumando en tiempos de la URSS todo el arte de vanguardia adquirido durante el siglo XX. A las puertas del edificio, en la plaza Dvortsovaya. La avenida principal de San Petersburgo lleva el nombre de Nevski, por el río Neva, y a ella le dedica un cuento Nikolái Gogol, que comienza señalando que «nada hay tan hermoso como la avenida Nevski, por lo menos en San Petersburgo; porque en San Petersburgo esa avenida lo es todo». Pero termina afirmando que «defrauda en todo esa avenida Nevski; pero sobre todo cuando la noche se cierne sobre ella como una masa espesa (…), cuando el diablo mismo enciende los faroles de la calle para que todo pueda verse en engañosos colores».

Lo primero que le viene a la cabeza a un búlgaro cuando se habla de la Navidad son los plátanos, lo que tiene especial mérito teniendo en cuenta que no se producen en ningún sitio del país. Durante el comunismo, el régimen mantenía un estricto control de las importaciones, lo que, unido a la carestía general, hacía que muchos búlgaros no tuvieran acceso a la mayoría de los productos extranjeros. Una diferencia sustancial entre Bulgaria y la mayoría de Europa del Este es que el anticomunismo no se tradujo en rusofobia. La gente supo discernir entre el régimen político y un pueblo al que tantos vínculos les unen. Y de algún modo, así sigue siendo ahora: por críticos que puedan llegar a ser los búlgaros —algunos, otros no— con el Gobierno de Putin, la simpatía y la cercanía cultural con Rusia apenas se resiente. Por ello en Bulgaria no se escucha el chiste del polaco al que un genio le concede tres deseos y en las tres ocasiones pide que su país sea invadido por los chinos; ante la sorpresa del genio, el polaco justifica que para llegar a su país y regresar tres veces, los invasores chinos tendrán que pasar seis veces por Rusia.

En las callejuelas del barrio de Kapana, otrora judío y ahora hípster, se alternan los negocios modernos con los tradicionales, y se cruzan quien sale de rezar en la mezquita con quien aparca su bici frente al restaurante de moda Pavash o el café de al lado, donde compensan con buena comida y música el que te tengas que acomodar en una carretilla metálica en lugar de en una silla. En las tiendecitas de la zona también conviven con naturalidad la banitsa búlgara —hojaldre relleno de queso fresco que se encuentra por todos los Balcanes, aunque con distintos nombres—, el doner kebap y baklava turcos con el mazapán sefardí, al que llaman masapan. Por cierto, se sorprenden cuando les dices que en España solo se consume en Navidad, pues los judíos búlgaros lo toman todo el año. El desconocimiento que existe en España sobre los sefardíes contrasta con la idealización que estos tienen de Sefarad, casi una obsesión por lo que se erige en su imaginario colectivo como una segunda tierra prometida. Sirva como último ejemplo que en el pueblo conquense de Cañete se mostraron muy sorprendidos cuando un señor llamado Elias Canetti, flamante ganador del Nobel de Literatura en 1981, reivindicó esa localidad como lugar de origen de su familia, genealogía hasta entonces absolutamente ignorada por los cañeteros.

El monasterio de Rila, un complejo religioso de origen medieval, situado en el centro de un circo de montañas imponentes. Monjes barbudos vestidos de negro y con largas cabelleras pasean distraídos entre los turistas que buscan el selfie perfecto. Un tipo de foto que siempre me ha hecho gracia es la pose sexi ante, por ejemplo, un fresco medieval con motivos religiosos, o la joven asiática que sonríe y hace con sus dedos la V de victoria con el trasfondo de un Cristo crucificado. Los lagos glaciares escondidos entre las cumbres del circo alpino que rodea el monasterio son una ruta de una belleza increíble. Cada pocos pasos merece la pena parar y observar en trescientos sesenta grados. Y también para coger aire, ya que la ruta de los llamados Siete Lagos de Rila puede suponer, en función del grado de forma y de las condiciones climáticas.

La frontera entre Bulgaria y Macedonia se encuentra a escasa hora y media de Sofía, junto a la localidad de Kyustendil, que al atravesarla no me dio la impresión de merecer una parada. Al cabo de otros cien kilómetros se llega a Skopje, la capital de Macedonia, que me dio la sensación de que funcionaba casi como dos ciudades yuxtapuestas, separadas por un río no muy ancho y unidas por un elegante puente de piedra. De un lado está una Skopje nueva y flamante, que parece concebida para cabrear a los vecinos griegos y búlgaros mediante la apropiación de elementos de su historia y de su cultura. Se trata de un conjunto de edificios que imitan un estilo clásico salpicado de enormes estatuas de bronce que incluyen al zar búlgaro Samuel y, sobre todo, al griego Alejandro Magno a lomos de un caballo encabritado, presentados todos como próceres de la milenaria nación macedonia. Este megalómano proyecto kitsch nacionalista terminó costando mucho más del ya disparatado presupuesto inicial, pero su construcción consiguió parte de los efectos esperados: insuflar ánimos a la grey patriótica nacional y meter el dedo en el ojo de los indignados países vecinos.

La iglesia del Teólogo Jovan, del siglo XIV, que añade a la belleza de su arquitectura bizantina su emplazamiento en un alto frente al lago. Hay una bonita perspectiva de ella y del lago desde el risco de detrás y, de hecho, luego descubrí que es desde allí desde donde están tomadas las fotos de la mayoría de las postales turísticas de la ciudad. El Parque Natural de Butrinto, una laguna de agua dulce junto al mar en la que además hay ricas ruinas romanas. Esta combinación de naturaleza, de aves y de patrimonio cultural, frente a un Corfú atestado de cruceristas, puede visitarse casi en solitario.

El contexto balcánico de mezquitas convertidas en iglesias y viceversa, me resultó interesantísimo, en Split, cómo el palacio y el mausoleo de Diocleciano, del siglo IV, fueron consagrados tres siglos después como catedral con una torre altísima para la arquitectura de esa época. Aunque una parte importante del centro de la ciudad está encerrada en las murallas que la protegieron de los invasores, me dio la sensación de estar soportando mucho mejor que Dubrovnik el asedio moderno de los turistas, con muchos barrios que parecen mantener aún su pulso vital genuino, no el que marca el ritmo sincopado de los autobuses.

El monasterio de Kykkos, es el alma de la Iglesia grecochipriota y, por extensión, también del país. En su museo se exhibe con orgullo un montón de reliquias de santos —manos, fémures, cráneos…—, códices y tesoros eclesiásticos que muchas veces estuvieron ocultos en casas particulares durante los siglos de ocupación otomana. Para llegar al monasterio, hay que seguir una empinada carretera que atraviesa varios pueblecitos de montaña y que bordea todo el macizo de Troodos, casi el único lugar verde del país. En esas colinas aterrazadas, a más de mil cuatrocientos metros, se cultiva la uva xynisteri, una variedad local que da unos blancos secos bastante buenos.

En Nicosia, pero aún en la parte turca, visité la impresionante catedral gótica de Santa Sofía, del siglo XIII, convertida en mezquita de Selimiye en el siglo XV. Antes incluso de la catedral, hubo allí un iglesia bizantina. Impresiona bastante la combinación de una arquitectura que nos resulta tan familiar con encontrar su suelo cubierto de alfombras, con la ausencia de bancos para sentarse, la eliminación de todas las imágenes religiosas, y hasta el hecho mismo de recorrerla descalzo. Su conversión nada tuvo que ver con el hecho de que quedara en el lado ocupado de la ciudad, pues lleva casi seis siglos funcionando como mezquita, mezquita gótica.

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A very good book about experiences from a spaniard diplomat from Canberra to Bulgaria and neighboring countries, the ignorance of the Bulgarian custom of the nekrologs, a kind of obituaries with photo that they put in public places like facades, lampposts or trees, but also in the interior of the portals. Many of them do is remember the anniversary of the death of a family member, but seeing three or four on my site I assumed that all were recent deaths, like a pandemic … The delicious smell that comes from almost all Bulgarian houses at the end of summer, when they roast red peppers to preserve them for the winter. Each Bulgarian home has a device that serves only to roast peppers, the chushkopek. Sometimes the conserve is of whole peppers and others of a similar preparation to the manchego pisto, which they call lutenitsa. For the market of Sofia that they call jali and stop at the municipal thermal springs, where there was a queue to fill water bottles that come out hot and to which they attribute all kinds of healing effects, despite the contrary warnings from the town hall. Then I continued along Avenida María Luiza to the Puente de los Leones crossing the canal.

There is a great tradition of classical music in Sofia, with good conservatories and auditoriums, such as the Sala Bulgaria, filled with a knowledgeable public that has paid a very reasonable price for entry or for its season ticket. The same happens with the opera. The few times I had gone elsewhere-Madrid, Sydney, perhaps with the exception of Vienna-I remember that I had to check out the tickets well in advance, which was expensive and even a little laborious. In Sofia, however, you can go for a walk … On March 1 is celebrated in Bulgaria «Baba Marta», the grandmother Marta, a play on words with the name of the month, which in Bulgarian is called mart. According to the Bulgarian tradition, a bracelet of red and white colors is given, called martenitsa, wishing good luck and trusting that spring arrives soon. The last week of February the streets are filled with martenitsi stalls and on day 1 it is almost possible to count how many friends each person has depending on the number of wristbands hanging on their wrist. So that the fortune and protection of “Baba Marta” accompanies you, you have to wear the martenitsi until you notice the first symptom of spring: the flight of a stork or a green shoot on a plant. What you must do then is to tie your martenitsa to the branch of a tree. So from the middle of April the branches of the trees of the Bulgarian parks are filled with red and white flaps. This tradition, apparently pre-Roman, I have begun to see in Spain as well, especially in the areas with the greatest presence of Bulgarians – large cities and the Mediterranean coast.

Istanbul proudly displays the tradition and combines it, almost insolently, with the modernity of its financial city and its communications nodes. In the neighborhood of Galata, raising their voices above the squeal of the tram, the customers of a coffee shop converse, having some Moorish tea, and others, Turkish coffee, while at the next table they smoke shisha and drink the watery yogurt that in Bulgaria they call airán. If they raise their eyes, they will see how a Roman column, the roof of a synagogue or the bell tower of a church try to break through the dense forest of minarets here and there. The passers-by alternate western clothes (like those sunglasses that the Spaniards admire in the Italians, but with which we dare not, heels of vertigo, prominent necklines and tight dresses) with the increasingly frequent robes and pious hijabs. The hippster beards and those of the Islamists, the fez and the baseball cap, the hand that plays as an automaton with the iPhone or tasbih, the Muslim equivalent of the Christian rosary. The two mosques in the center are very impressive, very close to each other. What is commonly called the ancient mosque was built by the Emir Suleiman in the 15th century and was completed by his brother, Sultan Mehmet I. Its central courtyard is a haven of peace that is barely hummed by the bustle that reigns after its thick walls, in the market square, where mopeds dodge fruit stalls and cell phone sellers, while pedestrians buy a baklava dripping with syrup. The other, Selimiye’s, is even bigger and majestic. Its construction between 1566 and 1574 was entrusted to Mimar Sinan, the most prestigious architect of the Ottoman Empire, in commemoration of the conquest of Constantinople a century earlier. Since 2011 it is Unesco’s heritage and its towering minarets had to be reconstructed, once again by the Atatürk factotum, after the hurricane that tore them down in 1930. Its multiple bluish vaults are similar to the mosque that is in the Museum of the Salud, a beautiful architectural complex from the 15th century, a little away from the center, which has since functioned as a hospital and now houses the Faculty of Medicine of the University of Thrace.

The Winter Palace is today the main one of the five or six buildings that make up the imposing Hermitage, the great museum of the Russian imperial collections, which was added in the time of the USSR all the avant-garde art acquired during the twentieth century . At the doors of the building, in the Dvortsovaya square. The main avenue of St. Petersburg bears the name of Nevsky, by the river Neva, and a story by Nikolai Gogol, which begins by noting that “there is nothing so beautiful as the Nevsky avenue, at least in St. Petersburg; because in St. Petersburg that avenue is everything ». But he ends up affirming that “he defrauds in all that avenue Nevski; but above all when the night hangs over her like a thick mass (…), when the devil himself lights the lanterns of the street so that everything can be seen in deceptive colors ».

The first thing that comes to a Bulgarian head when talking about Christmas is bananas, which has special merit considering that they are not produced anywhere in the country. During communism, the regime maintained a strict control of imports, which, together with the general shortage, meant that many Bulgarians did not have access to most of the foreign products. A substantial difference between Bulgaria and most of Eastern Europe is that anti-communism did not translate into Russophobia. People knew how to discern between the political regime and a people to whom so many links unite them. And somehow, that’s still the way it is now: for critics that may turn out to be Bulgarians – some, some not – with Putin’s government, sympathy and cultural closeness to Russia hardly suffers. That is why in Bulgaria one can not hear the Polish joke to which a genie grants three wishes and on all three occasions he asks that his country be invaded by the Chinese; To the surprise of the genius, the Pole justifies that to get to his country and return three times, the Chinese invaders will have to pass six times through Russia.

In the backstreets of the Kapana neighborhood, once Jewish and now hippster, modern and traditional business are alternated, and those who leave praying in the mosque meet with whom they park their bike in front of the fashionable restaurant Pavash or the café next door , where they compensate with good food and music that you have to accommodate in a metal cart instead of a chair. The Bulgarian banitsa – puff pastry stuffed with fresh cheese that is found throughout the Balkans, although with different names -, the Turkish doner kebap and baklava with the Sephardic marzipan, which they call masapan, coexist naturally with the Bulgarian banitsa. By the way, they are surprised when you tell them that in Spain they only consume at Christmas, because the Bulgarian Jews take it all year. The ignorance that exists in Spain about the Sephardim contrasts with the idealization they have of Sefarad, almost an obsession with what stands in their collective imagination as a second promised land. It serves like last example that in the conquense town of Cañete they were very surprised when a called gentleman Elias Canetti, flaming winner of the Nobel Prize in Literature in 1981, claimed that locality like place of origin of its family, genealogy until then absolutely ignored by the cañeteros .

The Rila Monastery, a religious complex of medieval origin, located in the center of a circus of imposing mountains. Bearded monks dressed in black and with long hair stroll distracted among tourists seeking the perfect selfie. One type of photo that has always made me funny is the sexy pose, for example, a medieval fresco with religious motifs, or the young Asian woman who smiles and makes with her fingers the V of victory against the background of a crucified Christ. The glacial lakes hidden between the summits of the alpine circus surrounding the monastery are a route of incredible beauty. Every few steps is worth stopping and observing in three hundred and sixty degrees. And also to catch air, since the route of the so-called Seven Lakes of Rila can assume, depending on the degree of form and weather conditions.

The border between Bulgaria and Macedonia is only an hour and a half away from Sofia, next to the town of Kyustendil, which when crossing it did not give me the impression of deserving a stop. After another hundred kilometers you reach Skopje, the capital of Macedonia, which gave me the feeling that it worked almost like two juxtaposed cities, separated by a not very wide river and joined by an elegant stone bridge. On one side is a new and brand-new Skopje, which seems designed to piss off Greek and Bulgarian neighbors by appropriating elements of their history and culture. It is a set of buildings that imitate a classic style dotted with huge bronze statues that include the Bulgarian tsar Samuel and, above all, the Greek Alexander the Great on the back of a horse reared, all presented as heroes of the ancient Macedonian nation. This megalomaniacal nationalist kitsch project ended up costing much more than the already absurd initial budget, but its construction achieved part of the expected effects: breathe encouragement to the national patriotic flock and put your finger in the eye of the indignant neighboring countries.

The church of the Theologian Jovan, from the 14th century, which adds to the beauty of its Byzantine architecture its location on a hill facing the lake. There is a nice perspective of it and the lake from the cliff behind and, in fact, I later discovered that it is from there that the photos of most of the tourist postcards of the city are taken. The Butrinto Natural Park, a freshwater lagoon next to the sea where there are also rich Roman ruins. This combination of nature, birds and cultural heritage, in front of a Corfu crowded with cruise passengers, can be visited almost alone.

The Balkan context of mosques converted into churches and vice versa, I found it interesting, in Split, how the palace and the mausoleum of Diocletian, of the fourth century, were consecrated three centuries later as a cathedral with a very tall tower for the architecture of that time. Although an important part of the city center is enclosed in the walls that protected it from the invaders, it gave me the feeling of being enduring much better than Dubrovnik the modern siege of the tourists, with many neighborhoods that seem to still maintain their genuine vital pulse , not the one that marks the syncopated rhythm of the buses.

The Kykkos monastery is the soul of the Greek Cypriot Church and, by extension, also of the country. In its museum proudly displays a lot of relics of saints – hands, femurs, skulls … -, codices and ecclesiastical treasures that were often hidden in private homes during centuries of Ottoman occupation. To reach the monastery, you have to follow a steep road that crosses several mountain villages and that borders the Troodos massif, almost the only green place in the country. In these terraced hills, at more than one thousand four hundred meters, the xynisteri grape is cultivated, a local variety that gives quite good targets.

In Nicosia, but still in the Turkish part, I visited the impressive Gothic cathedral of Santa Sofia, from the 13th century, converted into a Selimiye mosque in the 15th century. Even before the cathedral, there was a Byzantine church there. It is quite impressive the combination of an architecture that is so familiar to us to find its floor covered with carpets, with the absence of benches to sit on, the elimination of all religious images, and even the fact of going barefoot. His conversion had nothing to do with the fact that it remained on the occupied side of the city, since it has been functioning as a mosque, a Gothic mosque for almost six centuries.

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